Sinopsis: «La salamandra» es un cuento de la escritora catalana Mercè Rodoreda, publicado en 1967 en la colección La meva Cristina i altres contes. Una joven inicia una relación clandestina con un hombre casado. Cuando la esposa los descubre, el pueblo entero se vuelve contra la protagonista, acusándola de brujería. La comunidad la persigue con actos cada vez más crueles y violentos. La muchacha se convierte progresivamente en un ser marginado y rechazado, una paria que debe ser castigada.

La salamandra
Mercè Rodoreda
(Cuento completo)
Pasé por debajo del sauce, llegué al prado de los berros y me hinqué de rodillas junto al lago. Como de costumbre, me rodearon las ranas. Salían en cuanto yo llegaba, se acercaban brincando y, así que empezaba a peinarme, las más atrevidas me rozaban la falda roja adornada con cinco trencillas, o bien me estiraban del orillo de las enaguas llenas de volantes y de alforzas. Y el agua se iba volviendo triste y los árboles que trepaban por el alcor ennegrecían poco a poco. Mas aquel día las ranas volvieron al agua de un brinco, haciendo añicos el espejo del lago, y cuando el agua volvió a quedar tersa vi su cara junto a la mía como si desde el otro lado dos sombras me estuviesen mirando. Aparenté no estar asustada, me levanté en silencio, caminé por la hierba con calma y cuando advertí que me seguía di media vuelta y me detuve. Todo estaba en reposo y el cielo tenía ya una orilla salpicada de estrellas. Se paró, algo alejado de mí; yo no sabía qué hacer, pero de repente tuve miedo y arranqué a correr y, cuando me di cuenta de que me seguía y me alcanzaba, me paré debajo del sauce, de espaldas al tronco, y él se plantó frente a mí con los brazos abiertos de par en par para que no me escapase. Y entonces, mirándome a los ojos me fue estrujando contra el sauce, y yo, con los cabellos deshechos, entre el sauce y él, me mordí los labios para no gritar por el dolor que sentía en el pecho, como si todos mis huesos estuviesen a punto de quebrarse. Pegó su boca a mi cuello y donde la puso sentí una quemadura.
Al día siguiente, cuando llegó, los árboles del alcor estaban ya negros, pero en la hierba aún quedaba la tibieza del sol. Volvió a abrazarme contra el tronco del sauce y puso su mano extendida sobre mis ojos. Y de pronto creí dormirme y me pareció que las hojas me decían cosas que guardaban un sentido que yo no captaba, y que las iban diciendo cada vez más bajo y más despacio. Y cuando ya no las oí, con la lengua helada por la angustia, le pregunté: «¿Y tu mujer?». Y él me dijo: «Mi mujer eres tú, solo tú». Con la espalda aplastaba aquella misma hierba que cuando iba a peinarme apenas pisaba un poco para aspirar el aroma de su herida. Solo tú. Después, cuando abrí los ojos, vi la trenza rubia colgando, y ella estaba inclinada mirándonos con los ojos vacíos. Y cuando se dio cuenta de que la había visto me cogió por los pelos y me dijo: «Bruja». Bajito. Pero me soltó enseguida y lo cogió a él por el cuello de la camisa. «Va, va, va», iba diciéndole. Y se lo llevó a empujones.
No volvimos al lago. Nos encontrábamos en los establos, en los almiares, en el bosque de las raíces. Pero desde el día en que su mujer se lo había llevado, la gente del pueblo me miraba como si no me viera y había quien, cuando yo pasaba, se persignaba a hurtadillas. Al cabo de un tiempo, cuando me veían llegar se metían en sus casas y cerraban las puertas. Empecé a oír una palabra que me perseguía por todos los sitios, como si el aire la silbase o surgiese de la luz y de la sombra: «Bruja, bruja, bruja». Las puertas se cerraban; yo andaba por las calles de un pueblo muerto y cuando veía unos ojos entre unas cortinas, siempre eran unos ojos helados. Una mañana, me costó mucho trabajo abrir la puerta de casa, una puerta vieja, agrietada por el sol; en medio, me habían colgado una cabeza de buey con dos ramitas tiernas clavadas en los ojos. Descolgué la cabeza, que pesaba mucho, y la dejé en el suelo. No sabía qué hacer con ella. Las ramitas se fueron secando y, mientras se secaban, la cabeza iba pudriéndose, y toda la parte del cuello, donde tenía el corte, era un enjambre de gusanos blancos como la leche.
Otro día encontré una paloma decapitada y con el pecho tinto de sangre, y otro aún, un corderillo muerto al nacer antes de tiempo, y dos orejas de rata. Y cuando terminaron de colgarme animales muertos en la puerta, empezaron a tirarme piedras. Se estrellaban de noche contra las ventanas, contra las tejas, gruesas como el puño… Después formaron la procesión. Fue a principios de invierno. Era un día de viento; las nubes corrían y la procesión desfilaba lentamente, llena de flores blancas y moradas de papel. Yo la miraba por la gatera, tendida en el suelo, y cuando ya estaba casi delante de la puerta, con el viento, la santa y los pendones, el gato, asustado por las antorchas y los cánticos, quiso entrar y apenas me vio dio un tremendo maullido, con el lomo arqueado como un puente. La procesión se detuvo y el cura bendecía y los monaguillos cantaban y el viento inclinaba las llamas de las antorchas, y el sacristán iba de aquí para allá, y todo era alboroto de las hojas blancas y violetas de las flores de papel. Por fin la procesión se marchó y apenas se había secado el agua bendita que salí a buscarle y no le encontré por parte alguna. Le busqué por los establos, por los almiares, en el bosque de las raíces —me lo conocía de memoria—; siempre me sentaba encima de la raíz más vieja, blanca y pulida como un hueso. Y aquella noche, al sentarme me di cuenta de golpe de que ya no esperaba nada; vivía de cara al pasado, a él, con él dentro de mí como una raíz dentro de la tierra. Al día siguiente, con un tizón escribieron bruja en mi puerta, y por la noche, bajo mi ventana, dos hombres dijeron en voz alta para que pudiese oírlo que tenían que haberme quemado cuando pequeña, junto con mi madre, que se elevaba con sus alas de aguilucho mientras el pueblo dormía. Que me tenían que haber quemado cuando todavía no me necesitaban para arrancar ajos y atar las gavillas del trigo y la alfalfa y coger la uva de las viñas pobres.
Una noche me pareció verle en la linde del bosque de las raíces, pero cuando me acerqué huyó y no pude saber si era él o tan solo el deseo que de él tenía, o su sombra que me buscaba perdida entre los árboles, como yo, de un lado para otro. Bruja, decían; y me dejaban con mi dolor, que no era el que ellos hubiesen querido causarme. Y pensaba en el lago, y en los berros, y en las delgadas ramas del sauce… El invierno era oscuro y liso, sin hojas; tan solo con hielo, y escarcha, y luna helada. No podía moverme, porque andar en invierno es andar delante de todo el mundo y yo no quería que me viesen. Y cuando llegó la primavera con las pequeñas y alegres hojas, prepararon el fuego en medio de la plaza, con leña seca, bien cortada.
Vinieron a buscarme cuatro hombres del pueblo, los más viejos. Yo no quería seguirles, y así lo grité desde dentro, y entonces vinieron otros hombres jóvenes, con las manos grandes y rojas; hundieron la puerta a golpes de hacha. Y yo gritaba: me estaban sacando de mi casa; a uno de ellos le mordí y me dio un puñetazo en mitad de la cabeza. Me cogieron por los brazos y las piernas y me arrojaron como una rama más encima del montón, me ataron de pies y manos y allí me dejaron con la falda arremangada. Volví la cabeza. La plaza estaba llena de gente, los jóvenes delante de los viejos y los niños a un lado, con ramitas de olivo en la mano y el delantal nuevo de los domingos. Y, mirando a los niños, le vi: estaba junto a su mujer —vestida de oscuro, la trenza rubia—, y le pasaba la mano por encima del hombro. Volví la cabeza de nuevo y cerré los ojos. Cuando los abrí, dos viejos se acercaron con teas encendidas y los niños se pusieron a cantar la canción de la bruja quemada. Era una canción muy larga, y cuando la terminaron los viejos dijeron que no podían prender el fuego, que yo no les dejaba, y entonces el cura se acercó a los niños con una bacina llena de agua bendita y les ordenó mojar las ramitas de olivo e hizo que me las echaran encima y pronto estuve cubierta de ramitas de olivo de tiernas hojas. Y una vieja menuda, jorobada y sin dientes, se echó a reír y se fue, y al cabo de un rato volvió con dos espuertas llenas de tronquillos muy secos de brezo y dijo a los viejos que los esparciesen por todo alrededor de la hoguera, y ella misma les ayudó a hacerlo, y entonces el fuego prendió. Subían cuatro columnas de humo y cuando las llamas se alzaron pareció que de los pechos de todo aquel gentío surgiera un enorme suspiro de paz, las llamas se alzaron en persecución del humo y yo lo vi todo a través de una cascada de agua rojiza —y a través de aquella cascada, cada hombre, cada mujer y cada niño era una sombra feliz porque yo ardía.
Los bajos de la falda habían ennegrecido, sentía el fuego en los riñones y, de vez en cuando, una llama mordía mis rodillas. Me pareció que las cuerdas que me ataban estaban quemadas. Y entonces sucedió algo que me hizo rechinar los dientes: los brazos y las piernas se me iban acortando como los cuernos de un caracol al que una vez toqué con los dedos, y por debajo de la cabeza, donde el cuello se junta con los hombros, sentí algo que se estiraba y me pinchaba. Y el fuego crepitaba y la resina hervía… Vi que algunos de los que me miraban levantaban los brazos y que otros corrían y tropezaban con los que aún estaban quietos, y todo un lado de la hoguera se hundió con gran estrépito de chispas, y cuando el fuego volvió a prender en la leña desparramada me pareció oír que alguien decía: «Es una salamandra». Y me puse a andar por encima de las ascuas muy poco a poco; la cola me pesaba.
Tenía la cara a ras del suelo y andaba con los pies y las manos. Iba hacia el sauce, pegada a las paredes; cuando doblé la esquina volví un poco la cabeza y vi que mi casa parecía una tea encendida. La calle estaba desierta. Me acerqué al poyo, crucé la casa por entre las llamas y las ascuas, deprisa, hacia el sauce, hacia los berros, y cuando estuve al otro lado me volví para ver cómo ardía el techo. Mientras estaba mirando cayó la primera gota, una gota gruesa y caliente, de las que crían sapos, y enseguida cayeron otras muchas, al principio despacio y después muy deprisa, y pronto toda el agua de arriba saltó abajo y el fuego fue apagándose produciendo una gran humareda. Yo permanecía quieta y cuando ya no vi nada —había caído la noche y era densa y negra—, empecé a andar sobre el fango y los charcos, y a las manitas les gustaba hundirse en aquella pasta blanda, pero a los pies, detrás, les cansaba mucho quedarse enganchados. Hubiera querido correr, pero no podía. Un trueno me dejó clavada en medio del camino; más tarde, un relámpago me dejó ver entre las piedras el sauce. Respiré deprisa y me acerqué al lago. Y cuando después del fango, hecho con el polvo de la tierra, encontré el lodo, que es polvo dormido en el fondo del agua, me acurruqué, medio cubierta, entre dos raíces. Y entonces llegaron las tres anguilas pequeñas.
De madrugada, no sé si al día siguiente u otro, salí despacio y vi las altas montañas bajo un cielo cerrado de nubes. Corrí por los berros y me detuve junto al tronco del sauce. Las primeras hojas aún estaban dentro de los brotes, pero los brotes ya verdeaban. No había dónde ir; si me distraía, las briznas de hierba se me metían en los ojos —y entre la hierba me dormí hasta que el sol estuvo bien alto. Cuando desperté cacé un mosquito muy pequeño y después busqué gusanos por entre la hierba. Por último volví al lodo y me hice la dormida y enseguida llegaron retozonas las tres anguilas.
La noche en que me decidí a ir al pueblo era de luna llena. El aire estaba cargado de aromas y temblaban ya las hojas en las ramas. Fui por el camino de las piedras, con mucho cuidado, pues las cosas más insignificantes me asustaban. Cuando llegué frente a mi casa, descansé: solo se veían ruinas y ortigas, y las arañas tejiendo incansables. Di la vuelta por detrás y me detuve frente a su huerto. Junto a las malvarrosas, los girasoles se erguían a punto de inclinar sus redondas flores. Crucé el seto de zarzas sin pensar por qué lo hacía, como si alguien me fuese diciendo: haz esto, haz aquello; y entré por debajo de la puerta. La ceniza del hogar aún estaba tibia: me tendí un rato y después de correr un poco por todos lados me quedé debajo de la cama. Estaba tan cansada que me dormí y no vi levantarse el día.
Al despertar, el suelo estaba lleno de sombras; volvía a ser de noche y su mujer iba de un lado para otro con una vela encendida. Veía sus pies y un pedazo de las piernas, delgadas por abajo, hinchadas más arriba, con las medias blancas. Después vi los pies de él, gruesos, los calcetines azules caídos sobre los tobillos. Y vi caer la ropa de los dos, y sentí cómo se sentaban en la cama, y los pies que les colgaban, los de él junto a los de ella, y un pie de él se fue hacia arriba y cayó un calcetín, y ella se sacó las medias estirando con las dos manos, y luego escuché el rumor de las sábanas cuando se taparon. Hablaban en voz baja y, al cabo de mucho rato, cuando ya me había hecho a la oscuridad, entró la luz de la luna por la ventana, una ventana de cuatro cristales separados por dos listones en cruz y yo anduve hasta la claridad y me puse justo bajo la cruz y empecé a rezar por mí misma; en mi interior, aunque no estaba muerta, nada había que estuviese del todo vivo, y rezaba con todas mis fuerzas, pues no sabía si aún era una persona o tan solo era una alimaña pequeña, o si era mitad persona mitad alimaña, y también rezaba por saber dónde me encontraba, pues a ratos creía estar bajo el agua, y cuando estaba bajo el agua me parecía estar sobre la tierra y nunca lograba saber dónde me hallaba en realidad. Al irse la luna, se despertaron, y volví al escondrijo bajo la cama, y con briznas de borra empecé a construirme una especie de nido. Y pasé muchas noches entre la borra y la cruz. A veces salía y me iba junto al sauce. Cuando estaba bajo la cama, escuchaba. Todo era igual. «Solo tú», decía él. Y una noche en que la sábana arrastraba por el suelo, subí por ella, asida a los pliegues, y me metí en la cama, junto a una de sus piernas. La pierna estaba quieta, como muerta. Se volvió un poco y la pierna quedó encima de mí. No podía moverme. Respiré fuerte porque estaba ahogándome y le restregué la mejilla por la pierna, con mucho cuidado para no despertarle.
Hasta que una mañana ella hizo limpieza. Vi las medias blancas y la escoba y, cuando menos me lo esperaba, la trenza rubia colgó hasta el suelo y la escoba se metió por debajo de la cama. Salí huyendo, pues parecía como si la escoba me buscase, y de repente oí un chillido y vi cómo las piernas de ella corrían hacia la puerta. Volvió con una tea encendida y metió medio cuerpo debajo de la cama y quiso quemarme los ojos. Y yo, torpe, no sabía por dónde huir; estaba deslumbrada y tropezaba por todos sitios: con los pies de la cama, con las paredes, con las patas de las sillas… Hasta que, no sé cómo, me encontré fuera y fui hasta el chorro de agua del abrevadero de los caballos y el agua me cubrió, pero dos chicos me vieron y fueron a buscar cañas y empezaron a hurgar con ellas. Me volví de cara, con la cabeza fuera del agua, y los miré de hito en hito, y entonces tiraron las cañas y salieron corriendo, pero volvieron enseguida con seis o siete de los mayores y empezaron a tirarme piedras y puñados de polvo. Una piedra me dio en una manita y me la rompió, y por entre la lluvia de piedras lanzadas con escaso acierto y con un miedo terrible pude escapar y meterme en el establo. Y ella vino a buscarme con la escoba; los niños aguardaban en la puerta y no cesaban de gritar. Ella me aguijoneaba y quería obligarme a salir de mi rincón en la paja y yo, medio ciega y desesperada, tropezaba con los cubos, con las puertas, con los sacos de algarrobas, con las patas de los caballos, y un caballo se encabritó cuando tropecé con una de sus patas y me agarré a ella. Un golpe de escoba me dio en la manita rota y casi me la arrancó de cuajo, y por la comisura de la boca empezó a caerme una baba negra. Pero todavía tuve fuerzas para huir por una grieta y, mientras escapaba, oía la escoba que seguía hurgando sin parar.
Era noche cerrada cuando fui al bosque de las raíces. Salí de debajo de unos matorrales a la luz de la luna en cuarto creciente. Iba perdida. La manita rota no me hacía daño, pero me colgaba de un nervio y tenía que levantar el brazo para que no me arrastrase demasiado. Andaba algo inclinada, por encima de las raíces o las piedras, hasta que llegué a la raíz donde a veces me sentaba antes de que me llevasen al fuego de la plaza; no pude pasar al otro lado: me resbalaba. Y paso a paso fui hacia el sauce, y hacia los berros y a mi casa de lodo en el agua. El viento movía las hierbas y hacía revolotear trozos de hojas secas y se llevaba los pistilos cortos y brillantes de las flores de los márgenes del camino. Me rasqué un lado de la cabeza contra un tronco y, poco a poco, llegué hasta el lago y me metí en él, sosteniendo el brazo en alto, cansada, con la manita rota.
Por entre el agua rayada por la luna vi llegar a las tres anguilas. Las veía borrosamente; se entrelazaban las unas con las otras, se ataban entre sí y volvían a desatarse y hacían nudos escurridizos, hasta que la más pequeña se me acercó y me mordió la manita rota. Del puño salía un poco de jugo que allí, en el agua, parecía humo, y la anguila no dejaba en paz la manita y tiraba despacio y, mientras tiraba, me miraba. Y cuando le parecía verme distraída, daba dos o tres tirones, tozuda. Y las otras jugaban a enroscarse como si estuviesen haciendo una cuerda, y la que me mordía la manita tiró con furia y me segó del todo el nervio y se llevó la mano y cuando la tuvo me miró como diciéndome: ya la tengo. Cerré los ojos durante un rato y cuando los abrí la anguila aún estaba allí, entre la sombra y las briznas de luz que temblaban, con la manita en la boca: un pequeño haz de huesos encajados, cubiertos por un poco de piel negra. Y no sé por qué, de repente vi el camino de piedras, las arañas de mi casa, las piernas colgando de la cama; colgaban blancas y azules, como si ellas estuviesen sentadas sobre el agua, pero vacías; como la colada tendida, y el ir y venir del agua las balanceaba de un lado para otro. Yo me veía bajo la cruz que hacía sombra, sobre un fuego de colores que se alzaba crepitando, pero que no me quemaba… Y mientras veía todas estas cosas las anguilas jugaban con aquel pedazo de mí misma y lo abandonaban y volvían a cogerlo, y la manita iba de una anguila a otra, revoloteando como una hoja pequeña, con todos los dedos separados. Y yo estaba en los dos sitios, entre el lodo, con las anguilas, y un poco en aquel mundo de no sé dónde… Hasta que las anguilas se cansaron y la sombra engulló la manita…, una sombra muerta, que poco a poco extendía el polvo del agua, días y días y días, en aquel rincón de lodo, entre raíces de hierba y de sauce que tenían sed y bebían allí desde siempre.
FIN
