Poul Anderson: Don Quijote y el molino de viento

Poul Anderson - Don Quijote y el molino de viento
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Sinopsis: «Don Quijote y el molino de viento» (Quixote and the Windmill) es un cuento de Poul Anderson, publicado en noviembre de 1950 en Astounding Science Fiction. En el futuro, la Tierra ha alcanzado la plena automatización: la producción es casi totalmente automática, las máquinas realizan todas las tareas rutinarias y los seres humanos viven rodeados de comodidad, ocio y abundancia. La jornada laboral es mínima, las necesidades básicas están cubiertas y las personas pueden dedicar su tiempo a la creatividad y el esparcimiento. En este mundo de utopía tecnológica, dos hombres beben en un bar mientras ahogan su frustración por un mundo que parece ya no necesitarlos.

Poul Anderson - Don Quijote y el molino de viento

Don Quijote y el molino de viento

Poul Anderson
(Cuento completo)

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El primer robot del mundo avanzaba por verdes colinas, con destellos de sol en su bruñida piel metálica. Andaba con una gracia ondulante, casi felina, y sus pisadas eran silenciosas… aunque se podía sentir cómo el suelo vibraba apenas bajo el impacto de aquella masa aterradora, y el aire conservaba un temblor subliminal procedente del gran motor que palpitaba en su interior.

ÉL. No se podía pensar en el robot como un ser neutro. Tenía la brutal masculinidad de un cañón naval o de un alto horno. Toda la suave y silenciosa elegancia de su diseño y construcción perfectos no ocultaba el peso y la fuerza de sus dos metros y medio de altura. Sus ojos brillaban como con fuegos internos de átomos incandescentes; podían ver en cualquier rango de frecuencia que eligiera, y podían proyectar un haz de rayos X y atravesar a cualquiera de parte a parte con aquella mirada terrible. Lo habían construido humanoide, pero tuvieron el buen gusto de no darle un rostro; estaban los ojos, con sus alojamientos para lentes adicionales cuando necesitaba visión microscópica o telescópica, y algunos otros pequeños orificios sensoriales y vocales, pero por lo demás su cabeza era una máscara de metal reluciente. Humanoide, pero no humano… creación del hombre, pero más que el hombre… la primera máquina independiente, volitiva, no especializada… y, sin embargo, había sido soñada desde hacía mucho tiempo: el genio de la botella, el Gólem, la cabeza de bronce de Bacon o el monstruo de Frankenstein; la criatura que trascendía al hombre y podía servir o destruir con la misma facilidad desdeñosa.

Caminaba bajo un brillante cielo estival, sobre campos bañados de sol y a través de pequeños bosquecillos que danzaban y susurraban al viento. Las casas de los hombres estaban dispersas aquí y allá, viviendas que prácticamente se cuidaban solas; más allá del horizonte se alzaba una de las gigantescas fábricas de alimentos, casi totalmente automática; algunos aerocoches autopilotados cruzaban silenciosamente el cielo. Había seres humanos a la vista: hombres tostados por el sol, con sus mujeres y niños, ocupados en diversos quehaceres, con prendas sueltas y luminosas flotando a la brisa. Unos pocos parecían estar trabajando: un colorista experimentaba con una nueva armonía cromática, un compositor estaba sentado en su porche extrayendo notas de un omnireproductor, y un grupo de ingenieros probaba mecanismos en un laboratorio de paredes transparentes. Pero con la jornada laboral reducida como lo estaba entonces, la mayoría se dedicaba al ocio. Un picnic, un baile bajo los árboles, un concierto, una pareja de enamorados, un grupo de niños jugando a uno de los juegos inmemorialmente antiguos de su grupo de edad, un anciano felizmente balanceándose en una hamaca con un libro y una botella de cerveza… la raza humana se tomaba las cosas con calma.

Veían pasar al robot, y a menudo caía un silencio cuando su enorme sombra se deslizaba junto a ellos. Sus detectores electrónicos percibían los impulsos arremolinados que delataban nerviosismo, una vaga inquietud… oh, confiaban en los expertos en cibernética, no esperaban un monstruo devorador, pero se preguntaban. Sentían la vieja inseguridad del hombre ante lo ajeno y lo desconocido; en el fondo de sus mentes se preguntaban qué se proponía el robot y qué podría significar su nueva e invencible raza para los habitantes de la Tierra… y luego, tal vez, cuando su fulgor se perdía tras las colinas, reían y lo olvidaban.

El robot siguió su camino.


No había muchos clientes en el Casanova a esa hora. Después de la puesta del sol el bar se llenaba y los autodispensadores trabajaban sin descanso, pues ofrecía un buen espectáculo en vivo y la televisión se estaba volviendo anticuada. Pero en ese momento sólo estaban presentes quienes disfrutaban de una copa a media tarde, junto con algunos bebedores empedernidos.

El edificio se alzaba aislado sobre una elevada y arbolada colina, rodeado de jardines y de un estacionamiento de buen tamaño. Su exterior columnado era largo, bajo y elegante; en el interior reinaban el fresco, la penumbra y una relativa quietud; y el aire general de decoro, debido por completo a la escasez de clientes, probablemente se mantendría hasta el anochecer. El administrador había salido a atender asuntos propios y las muchachas no consideraban que valiera la pena presentarse hasta más tarde, de modo que el Casanova quedaba enteramente a cargo de sus máquinas.

Dos hombres estaban dándole un buen uso al autodispensador. Apenas podía servir una bebida antes de que ya se le introdujera otra moneda para pedir la siguiente. El hombre más bajo bebía whisky con soda; el más corpulento se mantenía fiel a la cerveza más fuerte disponible, y ambos estaban ya completamente borrachos.

Estaban sentados en un reservado de la esquina desde el que podían ver la puerta abierta, aunque su atención estaba centrada en las bebidas. Era una de esas curiosas camaraderías de bar que surgen entre tipos completamente distintos. Difícilmente se recordarían al día siguiente. Pero en ese momento intercambiaban confidencias y compartían sus desdichas.

El hombre pequeño, de cabello oscuro, Roger Brady, terminó su bebida y marcó para otra.

—¡Te gané! —dijo triunfalmente.

—Dame tiempo —replicó el grandote pelirrojo, Pete Borklin—. Esto entra más despacio.

Brady sacó un cigarrillo. Sus dedos temblaron al llevárselo a la boca y dio una calada hasta encenderlo.

—¿Por qué no puede llegar esa bebida de inmediato? —gruñó—. Me indigna una demora de diez segundos. ¡Diez eternidades secas! Exijo bebidas mezcladas instantáneamente, entregadas más rápido que la luz.

El vaso llegó y lo alzó hasta los labios.

—Me temo —dijo con la cuidadosa precisión de un hombre muy ebrio— que voy a entrar en una borrachera de llanto. Preferiría una borrachera de pelea. Pero, por desgracia, no hay nadie con quien pelear.

—Yo pelearé contigo —ofreció Borklin, cerrando los enormes puños.

—Bah… ¿para qué? No sería una pelea de verdad. Me aplastarías. Y además, ¿por qué habríamos de pelear? Estamos en el mismo barco.

—Sí —dijo Borklin, mirando sus puños—. De todos modos no sirven de mucho. Alguien haría un trabajo mucho mejor matando con un arma automática que yo con… esto. —Abrió los puños lentamente, como con esfuerzo, y bebió otro trago.

—Lo que queremos hacer —dijo Brady— es pelear contra un mundo. Volar la Tierra entera y esparcir los pedazos desde aquí hasta Plutón. Aunque tampoco serviría de nada, Pete. Alguna máquina vendría y la volvería a ensamblar.

—Yo sólo quiero emborracharme —dijo Borklin—. Mi esposa me dejó. ¿Te lo dije? Mi esposa me dejó.

—Sí, ya me lo dijiste.

Borklin sacudió la cabeza pesada, confuso.

—Dijo que yo era un borracho. Fui a un médico, como ella quería, pero no sirvió de nada. Dijo… no recuerdo qué dijo. Pero de todos modos tenía que seguir bebiendo. No había otra cosa que hacer.

—Lo sé. La psiquiatría ayuda a la gente a resolver problemas. No es no poder resolver un problema lo que vuelve loco a un hombre. Pero cuando el problema es inherentemente insoluble… ¿qué se puede hacer? Sólo beber y tratar de olvidar.

—Mi esposa quería que yo fuera alguien —dijo Borklin—. Quería que consiguiera un trabajo. Pero ¿qué podía hacer? Lo intenté. De verdad que lo intenté. Intenté… bueno, en realidad lo he intentado toda mi vida. Pero no había trabajo. Ninguno que yo pudiera hacer.

—Por suerte, el subsidio básico ciudadano alcanza para emborracharse —dijo Brady—. Sólo que las bebidas no llegan con suficiente rapidez. Exijo un autodispensador instantáneo.

Borklin marcó otra cerveza. Miró sus manos con expresión desconcertada.

—Siempre he sido fuerte —dijo—. Sé que no soy listo, pero soy fuerte, y bueno trabajando con máquinas y todo eso. Pero nadie quiso contratarme. —Abrió los gruesos dedos de obrero—. En casa yo era habilidoso. Teníamos un pequeño lugar en Alaska; mi padre no confiaba demasiado en los artilugios, así que yo hacía de todo. Pero ahora él está muerto, el lugar se vendió… ¿de qué me sirven mis manos?

—El paraíso del obrero —dijo Brady, torciendo los labios—. Desde el final de la Transición, la Tierra es Utopía. Las máquinas hacen todo el trabajo rutinario, todo, y producen tanto que las necesidades básicas de la vida son gratuitas.

—¡Ni hablar! —gruñó Borklin—. Cobran por todo.

—No demasiado. Y uno recibe su subsidio ciudadano, que no es más que una forma cómoda de hacer gratuitas las necesidades. Cuando quieres más dinero, para lujos, trabajas como ingeniero, científico, músico, pintor, tabernero, astronauta o… cualquier cosa para la que haya demanda. No se trabaja demasiado. ¡El paraíso! —Los dedos temblorosos de Brady dejaron caer ceniza sobre la mesa. Un pequeño tubo descendió de la pared y la aspiró.

—No puedo encontrar trabajo. No me quieren. En ninguna parte.

—Claro que no. ¿De qué sirve hoy en día el trabajo manual? Las máquinas lo hacen todo. Oh, hay técnicos, por supuesto, muchos… pero son hombres muy cualificados, con años de formación. El hombre que no tiene nada que ofrecer salvo su fuerza y un poco de ingenio empírico no consigue trabajo. ¡No hay lugar para él! —Brady dio otro sorbo—. El genio humano ha eliminado la necesidad del obrero. Ahora sólo queda eliminar al obrero mismo.

Los puños de Borklin volvieron a cerrarse, peligrosamente.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó con aspereza—. ¿Qué quieres decir, en realidad?

—Nada personal. Pero tú mismo lo sabes. Tu tipo ya no encaja en la sociedad humana. Así que los genetistas están eliminándolo gradualmente de la raza. La población se mantiene estable, relativamente reducida, y evoluciona lentamente hacia un tipo capaz de adaptarse al entorno actual. Y ese no es tu tipo, Pete.

La ira del grandote se derrumbó en impotencia. Se quedó mirando su vaso, vacío.

—¿Qué hacer? —susurró—. ¿Qué puedo hacer?

—Nada, Pete. Sólo beber e intentar olvidar a tu esposa. Sólo beber.

—Tal vez se vayan a las estrellas.

—No en nuestras vidas. Y aun entonces, querrán llevarse sus máquinas. Nosotros seguiríamos siendo inútiles. Bebe, viejo amigo. ¡Alégrate! ¡Estás viviendo en Utopía!

Se hizo un silencio, por un rato. Afuera el día brillaba. Brady agradeció la penumbra del bar.

Por fin Borklin dijo:

—Lo que no entiendo es a ti. Pareces listo. Tú podrías encajar… ¿no?

Brady esbozó una sonrisa sin humor.

—No, Pete. Sí, tuve un trabajo. Era un técnico mediocre en servos. El otro día ya no pude más. Le dije al jefe lo que podía hacer con sus servos, y desde entonces no he dejado de beber. No creo que quiera parar nunca.

—¿Pero cómo así?

—Trabajo pesado, rutina… lo odiaba. Prefería estar borracho. También tuve ayuda psiquiátrica, naturalmente, y no me sirvió de nada. En el fondo, el mismo problema insoluble que el tuyo.

—No lo entiendo.

—Soy un tipo brillante, Pete. ¿Por qué ocultarlo? Mi coeficiente intelectual me coloca en la categoría de los genios. Pero… no lo bastante brillante. —Brady rebuscó en el bolsillo en busca de otra moneda. Sólo encontró un billete, pero la máquina le devolvió el cambio—. Quiero un autodispensador instantáneo… ¿o ya dije eso antes? No importa… No tiene importancia. —Se cubrió el rostro con las manos.

—¿Qué quieres decir con que no lo bastante brillante? —insistió Borklin. Tenía la vaga sensación de que una nueva perspectiva sobre el problema de Brady podría ayudarle a comprender el suyo—. Eso mismo me dijeron a mí, sólo que con más rodeos. Pero tú…

—Soy demasiado inteligente para ser un técnico corriente… al menos no por mucho tiempo. Y no tengo ninguno de los talentos artísticos o literarios que hoy se valoran tanto. Lo que siempre quise fue ser matemático. Toda mi vida quise ser matemático. Y trabajé en ello. Estudié. Aprendí todo lo que puede contener una mente humana, y sé dónde buscar el resto. —Sonrió con cansancio—. ¿Y cuál fue el resultado? Que las máquinas matemáticas se hicieron cargo de todo. No sólo del cálculo rutinario —eso es cosa antigua—, sino incluso de la investigación independiente, y a un nivel muy superior al que puede operar el cerebro humano.

»Todavía hay seres humanos trabajando en ello, claro. Hombres que plantean los problemas, controlan y verifican las máquinas, siguen cada paso del proceso… hombres que son, incluso hoy, el alma de la ciencia.

»Pero sólo los genios de primer orden. Las mentes realmente brillantes y originales, capaces de fogonazos de pura inspiración. Ellos siguen siendo necesarios. Las máquinas hacen todo lo demás. —Brady se encogió de hombros—. Yo no soy un genio de primer nivel, Pete. No puedo hacer nada que un cerebro electrónico no haga mejor y más rápido. Así que yo tampoco conseguí mi trabajo.

Volvieron a quedarse en silencio. Al cabo de un rato, Borklin dijo lentamente:

—Al menos tú puedes divertirte un poco. A mí no me gustan esos conciertos, ni los espectáculos, ni todas esas exquisiteces. No me queda mucho más que la bebida, las mujeres y quizá alguna película estereoscópica.

—Supongo que tienes razón —dijo Brady con indiferencia—. Pero no sirvo para ser un hedonista. Ni tú tampoco. Los dos queremos trabajar. Queremos sentir que tenemos alguna importancia, algún valor… queremos ser algo. Nuestros amigos… tu esposa… yo tuve una chica una vez, Pete… esperan que seamos algo… Sólo que no hay nada para nosotros…

Un destello de sol, duro y cegador, le hirió los ojos. Miró a través de la puerta y se estremeció con tanta violencia que volcó su vaso.

—¡Gran universo! —murmuró—. Pete… Pete… mira, ¡es el robot! ¡Es el robot!

—¿Eh? —Borklin se volvió, tratando de enfocar la vista hacia el exterior—. ¿Qué es eso?

—El robot… ya has oído hablar de él. —La borrachera de Brady se evaporó en una súbita intensidad temblorosa. Su voz sonó dura como el metal—. Lo construyeron hace tres años en el Laboratorio de Cibernética. Con forma humana, con un cerebro volitivo y no especializado… humano, pero más que humano.

—Sí… sí, algo oí —dijo Borklin, viendo la gran figura resplandeciente avanzar a zancadas por los jardines, rumbo a un destino desconocido que la llevaba a pasar frente al bar—. Lo estaban probando. Pero lleva ya como un año andando suelto… ¿A dónde irá?

—No lo sé. —Brady observaba la poderosa figura como hipnotizado—. No lo sé… —De pronto se puso de pie y exclamó—: ¡Pero lo averiguaremos! ¡Vamos, Pete!

—¿A dónde…? ¿Por qué…? —Borklin se levantó despacio, luchando con su confusión—. ¿Qué quieres decir?

—¿No lo ves? ¿No lo ves? Es el robot… el hombre después del hombre… todo lo que el hombre es, y mucho más de lo que siquiera imaginamos. Pete, las máquinas han ido reemplazando a los hombres por todas partes. ¡Ésta es la máquina que reemplazará al propio hombre!

Borklin no dijo nada, pero salió tras Brady. El hombre más bajo seguía hablando, rápido y con amargura:

—Claro, ¿por qué no? El hombre no es más que carne y sangre. Los humanos son sólo humanos. No son lo bastante eficientes para nuestro brillante mundo nuevo. ¿Por qué no desechar a toda la raza humana? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que no tengamos más que hombres de metal en un absurdo hormiguero de metal?

»Vamos, Pete. El hombre se hunde en la oscuridad. ¡Pero podemos caer luchando!

Algo de aquello logró abrirse paso en la mente de Borklin. Vio la máquina gigantesca delante de él, y de pronto fue como si encarnara todo lo que lo había destruido. La máquina definitiva, la arrogancia final de la eficiencia, remota y divina, aplastándolo con indiferencia… De pronto la odió con una violencia que parecía partirle el cráneo. Avanzó pesadamente junto a Brady, y juntos alcanzaron al robot.

—¡Date la vuelta! —gritó Brady—. ¡Date la vuelta y pelea!

El robot se detuvo. Brady recogió una piedra y la arrojó. Rebotó contra la armadura con un golpe sordo.

El robot se volvió. Borklin corrió hacia él maldiciendo. Sus pesadas botas patearon los tobillos del robot; sus puños golpearon el torso. No dejaron la menor marca.

—Deja eso —dijo el robot. Su voz tenía poca variación tonal, pero resonaba como una gran campana—. Deja eso. Te harás daño.

Borklin retrocedió, jadeando por el dolor de la carne magullada y por una impotencia sofocante. Brady se tambaleó hasta quedar frente al robot. El alcohol zumbaba y cantaba en su cabeza, pero su voz salió extrañamente clara.

—No podemos hacerte daño —dijo—. Somos como Don Quijote, embistiendo un molino de viento. Pero tú no sabes nada de eso; no conoces los viejos sueños del hombre.

—No puedo explicar su conducta actual —dijo el robot. Sus ojos ardían con fuegos profundos mientras examinaban a los hombres. Inconscientemente, ambos retrocedieron un poco—. Son infelices. Han estado bebiendo para escapar de su propia desdicha y, en su embriaguez, me identifican con las causas de su miseria.

—¿Y por qué no? —estalló Brady—. ¿Acaso no lo eres? Las máquinas se están apoderando de la Tierra con su engreída eficiencia, convirtiendo al hombre en un parásito… y ahora llegas tú, la máquina definitiva, la que va a reemplazar al propio hombre.

—No tengo intenciones beligerantes —dijo el robot—. Deben saber que fui condicionado contra cualquier tendencia de ese tipo, incluso mientras mi cerebro estaba en proceso de construcción. —Algo parecido a una risa vibró en la profunda voz metálica—. ¿Qué razón tendría para pelear con nadie?

—Ninguna —dijo Brady con voz apagada—. Ninguna en absoluto. Simplemente tomarás el control, a medida que fabriquen más como tú, a medida que su poder sin emociones empiece a…

—¿Empiece a qué? —preguntó el robot—. ¿Y cómo sabes que carezco de emociones? Cualquier psicólogo te dirá que la emoción, aunque no sea necesariamente del tipo humano, es la base del pensamiento. ¿Qué razón lógica tiene un ser para pensar, trabajar o siquiera existir? No puede racionalizarlo: simplemente lo hace, debido a su sistema endocrino, a su planta de energía, a lo que sea que lo impulse… ¡a sus emociones! Y cualquier mente capaz de autoconciencia sentirá una gama de emociones tan amplia como la tuya: será tan feliz, tan interesada… o tan miserable como tú.


Era extraño —incluso en un mundo acostumbrado a máquinas casi vivas— discutir así con una masa viviente de metal y plástico, vacío y energía. Brady sintió la rareza de la situación; se dio cuenta de cuán borracho estaba. Pero aun así necesitaba escupir su odio y su desesperación, balbucear cualquier frase que aliviara un poco la tensión que amenazaba con hacerlo estallar.

—No me importa lo que sientas o dejes de sentir —dijo, ya con la voz trabada—. Lo que importa es que… tú eres el futuro, un futuro sin sentido en el que todos los hombres serán tan inútiles como yo lo soy ahora; y te odio por eso… y lo peor es que no puedo matarte.

El robot permanecía inmóvil, como una estatua bruñida de algún dios antiguo y no antropomórfico, pero su voz estremeció el aire quieto:

—Tu caso es bastante común. La tecnología avanzada te ha relegado a la oscuridad. Pero no te identifiques con toda la humanidad. Siempre habrá hombres que piensen, sueñen y canten, que continúen todo aquello que la raza ha amado siempre. El futuro les pertenece a ellos, no a ti… ni a mí.

»Me sorprende que un hombre de tu aparente inteligencia no comprenda mi situación. Pero dime… ¿para qué sirve un robot? Cuando la ciencia avanzó lo suficiente como para que yo pudiera ser construido, ya no había ninguna razón para hacerlo. Piensa: tienen máquinas especializadas para realizar, o ayudar al hombre a realizar, cualquier tarea concebible. ¿Qué utilidad puede tener una máquina no especializada? El propio hombre cumple esa función, y las máquinas no son más que sus herramientas. ¿Quiere un ama de casa un robot sirviente cuando basta con manejar la docena de máquinas que ya hacen todo el trabajo? ¿Por qué querría un científico un robot que entrara, por ejemplo, en salas radiactivas peligrosas, si ya dispone de aparatos automáticos y de control remoto que lo hacen todo allí? Y, desde luego, los artistas, pensadores y gobernantes no necesitan robots: realizan tareas específicamente humanas. Siempre será el hombre quien fije las metas del hombre y sueñe sus sueños. La máquina universal es, y será siempre… el hombre mismo.

»Yo fui creado únicamente para el estudio científico. Al cabo de un par de años habían aprendido todo lo que había que aprender sobre mí… y no tenía ningún otro propósito. Me dejaron convertirme en un vagabundo inofensivo, sin rumbo y sin sentido, sólo para que hiciera algo… y se estima que mi vida durará quinientos años.

»No tengo propósito. No tengo una razón real para existir. No tengo compañía, ni lugar en la sociedad humana, ni uso para mi fuerza y mi mente. Hombre… ¿crees que yo soy feliz?

El robot se volvió para marcharse. Brady estaba sentado en el césped, sujetándose la cabeza para impedir que le diera vueltas, de modo que no vio alejarse al dios gigante de metal. Pero oyó las últimas palabras que lanzó al irse, y había en la voz broncínea y sin inflexión una amargura tan profunda que jamás pudo olvidarla:

— Hombre, el afortunado eres tú. ¡ puedes emborracharte!

FIN

Poul Anderson - Don Quijote y el molino de viento
  • Autor: Poul Anderson
  • Título: Don Quijote y el molino de viento
  • Título Original: Quixote and the Windmill
  • Publicado en: Astounding Science Fiction, noviembre de 1950
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia
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