Ray Bradbury: El que espera

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Vivo en un pozo. Vivo como humo en el pozo. Como vapor en una garganta de piedra. No me muevo. No hago nada más que esperar. Arriba, veo las estrellas frías de la noche y la mañana, y el sol. Y a veces canto antiguas canciones de cuando este mundo era joven. ¿Cómo puedo deciros lo que soy, si yo no lo sé? No puedo. Estoy aguardando, simplemente. Soy niebla y luz de luna y memoria. Soy triste y soy viejo. A veces caigo como lluvia en el pozo. Cuando mi lluvia cae de prisa, se despiertan telas de araña en la superficie del agua. Espero en el silencio fresco, y llegará un día en que ya no esperaré.

Ahora es de mañana. Oigo truenos. Huelo fuego rojo, a distancia. Oigo ruidos de metal que se rompe. Escucho.

Voces. Lejos.

—¡Bueno!

Una voz. Una voz extraña. Una lengua extraña. No puedo saberlo. Ninguna palabra me es familiar. Escucho.

—¡Hagan salir a los hombres!

Crujidos de arenas cristalinas.

—¡Así que esto es Marte!

—¿Dónde está la bandera?

—Aquí la tiene, señor.

—Bien, bien.

El sol está alto en el cielo azul y sus rayos dorados llenan el pozo y yo cuelgo como el polen de una flor, invisible y húmedo en la luz tibia.

Voces.

—En nombre del Gobierno de la Tierra, proclamo que éste es territorio marciano, a dividirse equitativamente entre las naciones miembros.

—Amén.

¿Qué están diciendo? Giro al sol, como una rueda, invisible y perezoso, dorado y sin cansancio.

—¿Qué hay allí?

—¡Un pozo!

—No.

—Venid a verlo.

Aproximación de calor. Tres objetos se inclinan sobre el brocal y mi frescura se alza hasta los objetos.

—¡Bien!

—¿Será buena el agua?

—Ya veremos.

—¡Yo lo haré!

Sonido de carrera. El regreso.

—Aquí está.

Yo espero.

—Bájalo con la cuerda. Despacio.

El agua se estremece suavemente cuando el cubo la toca y se llena. Yo me elevo en el aire tibio hacia el brocal del pozo.

—Aquí está. ¿Quieres probar el agua, Regent?

—Probemos.

—Qué hermoso pozo. Mirad la construcción. ¿Cuántos años creéis que tendrá?

—Quien sabe. Ayer, cuando bajamos en aquella otra ciudad, Smith dijo que no ha habido vida en Marte en los últimos diez mil años.

—¡Vaya!

—¿Cómo es, Regent? El agua.

—Pura como la plata. Toma un vaso.

Sonido de agua al calor del sol. Ahora floto como polvo, como canela, sobre el viento suave.

—¿Qué sucede, Jones?

—No sé. Un dolor de cabeza horrible. De repente.

—¿Ya bebiste el agua?

—No, todavía no. No es eso. No hice más que agacharme sobre el pozo y de repente se me partía la cabeza. Me siento mejor ahora.

Ahora sé quién soy.

Mi nombre es Stephen Jones y tengo veintitrés años y acabo de llegar en un cohete de un planeta llamado Tierra y estoy aquí con mis amigos Regent y Shaw junto a un pozo viejo en el planeta Marte.

Contemplo mis dedos dorados, fuertes y morenos por el sol. Miro mis piernas largas, mi uniforme plateado, a mis amigos.

—¿Qué pasa, Jones? —dicen.

—Nada —les digo, mirándolos—. Nada.

La comida es buena. Han pasado diez mil años sin comida. Es agradable la sensación en la lengua, y el vino con la comida reconforta. Escucho el sonido de las voces. Formo palabras que no comprendo pero en cierto modo comprendo. Pruebo el aire.

—¿Qué pasa, Jones?

Inclino esta cabeza mía y apoyo las manos que sostienen los utensilios plateados. Lo siento todo.

—¿De qué hablas? —dice esta voz, esta nueva cosa mía.

—Está respirando raro. Tosiendo —dice el otro.

—Tal vez me vaya a constipar —pronuncio con exactitud.

—Que lo vea el doctor después.

Asiento con la cabeza, y es bueno moverla. Es bueno hacer varias cosas después de diez mil años. Es bueno respirar el aire y sentir el sol en la carne, hondo, más hondo, y es bueno sentir la estructura de marfil, el fino esqueleto escondido en su abrigo de carne, y es bueno oír los sonidos, mucho más claros e inmediatos que en la profundidad pétrea de un pozo. Estoy encantado.

—Despiértate, Jones. Vamos. ¡Tenemos que irnos!

—Sí —digo, hipnotizado por la manera en que la palabra se forma como agua en la lengua y cae al aire con lenta belleza.

Camino, y es bueno caminar. Soy alto, y el suelo queda lejos cuando miro desde mis ojos y mi cabeza. Es como vivir en un hermoso acantilado y ser feliz allí.

Regent está junto a la pared de piedra, mirando hacia abajo. Los otros se han ido, murmurando, a la nave de plata de donde salieron.

Siento los dedos de mi mano y la sonrisa en mi cara.

—Es profundo —digo.

—Sí.

—Se llama un Pozo de Alma.

Regent alza la cabeza y me mira.

—¿Cómo lo sabes?

—¿No es eso lo que parece?

—Nunca oí hablar de un Pozo de Alma.

—Es un lugar donde las cosas que esperan, cosas que en otro tiempo tuvieron carne, aguardan y aguardan —digo, tocándole el brazo.

La arena es fuego y la nave es fuego de plata al calor del día, y es bueno sentir el calor. El sonido de mis pies en la arena dura. Escucho. El sonido del viento y el sol quemando los valles. Huelo el olor del cohete hirviendo al mediodía. Estoy de pie junto a la escotilla.

—¿Dónde está Regent? —dice alguien.

—Lo vi junto al pozo —respondo.

Uno de ellos corre hacia el pozo. Estoy empezando a temblar. Un estremecimiento leve, escondido en lo hondo, pero que se va haciendo muy fuerte. Y por primera vez lo oigo, como si él también estuviera escondido en un pozo. Una voz que me llama, dentro de mí, pequeña y asustada. Y la voz grita «Déjame salir, déjame salir», y hay una sensación como si algo tratara de liberarse, un golpear a puertas de laberinto, una carrera por oscuros corredores y pasadizos, subiendo y bajando, con ecos y gritos.

—¡Regent está en el pozo!

Los hombres corren, los cinco. Yo corro con ellos, pero ahora estoy enfermo y los temblores son violentos.

—Debe haberse caído. Jones, tú estabas con él. ¿Lo viste? ¿Jones? Bueno, habla, hombre.

—¿Qué pasa, Jones?

Caigo de rodillas, el temblor es muy fuerte.

—Está enfermo. Ayúdame.

—El sol.

—No, no es el sol —murmuro.

Me tienden y los ataques van y vienen como terremotos, y la voz escondida en lo hondo de mi grita: Este no es Jones, soy yo, no es él, no es él, no le creáis, dejadme salir. Y levanto la vista a las cabezas inclinadas y mis párpados tiemblan. Me tocan las muñecas.

—Su corazón va raro.

Cierro los ojos. Cesan los gritos. Cesa el temblor.

Me levanto, como en un pozo fresco, liberado.

—Está muerto —dice alguien.

—Jones ha muerto.

—¿De qué?

—Shock, parece.

—¿Qué clase de shock? —pregunto, y mi nombre es Sessions y mis labios se mueven con rapidez, y soy el capitán de estos hombres. Estoy entre ellos y miro el cuerpo que yace enfriándose en la arena. Me llevo las manos a la cabeza.

—¡Capitán!

—No es nada —digo, a voces—. Sólo un dolor de cabeza. Ahí. Ahí —susurro—. Ya estoy bien.

—Será mejor que salgamos del sol, señor.

—Sí —digo, mirando a Jones—. No de-deberíamos haber venido. Marte no nos quiere.

Llevamos el cadáver de vuelta al cohete, y una voz nueva llama desde mi interior, pidiendo que la deje salir.

—¡Socorro, socorro! —Lejos, en el barro húmedo del cuerpo—. ¡Socorro, socorro! —en profundidades rojas, con ecos, implorando.

El temblor empieza mucho antes esta vez. El control es menos firme.

—Capitán, es mejor que se proteja del sol; no tiene buen aspecto, señor.

—Sí —digo—. ¡Auxilio! —digo.

—¿Qué, señor?

—No dije nada.

—Dijo «auxilio», señor.

—¿De veras, Mathews?

Dejan el cadáver a la sombra del cohete y la voz chilla en las profundas catacumbas subterráneas de hueso y marea roja. Mis manos se sacuden. Mi boca se parte y se reseca. Las ventanas de mi nariz se abren. Se me ponen los ojos en blanco. Socorro, socorro, no me dejéis salir, no, no.

—No —digo.

—¿Qué, señor?

—No importa —digo—. Tengo que ser libre —digo. Me aprieto la boca con la mano.

—¿Qué dice, señor? —grita Mathews.

—¡Adentro, todos, volved a la Tierra! —grito.

Tengo una pistola en la mano. La levanto.

—¡Señor, no!

Una explosión. Corren sombras. Se corta el grito. Hay un sonido sibilante de algo que cae por el espacio.

Después de diez mil años, qué bueno es morir. Qué bueno es sentir la súbita frescura, la relajación. Qué bueno ser como una mano dentro de un guante que se estira y crece, maravillosamente frío en la arena caliente. ¡Oh, la quietud y la belleza de la muerte oscura que se acerca! Pero no es posible demorarse.

Un crujido, un golpe seco.

—¡Dios Santo, se ha matado! —grito, y abro los ojos y ahí está el capitán apoyado en el cohete, con el cráneo partido por una bala, los ojos muy abiertos, la lengua asomando entre los dientes blancos. Le corre sangre por la cabeza. Me inclino y lo toco.

—Qué tonto —digo—. ¿Por qué lo hizo?

Los hombres están horrorizados. Se acercan a los dos hombres muertos y vuelven la cabeza hacia las arenas marcianas y el pozo distante donde Regent se mece en las aguas profundas. De sus labios secos brota un sonido ahogado, un lloriqueo, una protesta infantil contra este sueño horrible.

Después de un largo rato, dice uno de ellos:

—Esto te convierte en capitán, Mathews.

—Lo sé —digo lentamente.

Sólo quedamos seis.

—¡Dios mío, sucedió todo tan de prisa!

—¡No quiero seguir aquí, vayámonos!

Los hombres claman. Voy hacia ellos y los toco, con una confianza que casi quema.

—Escuchad —digo, tocando sus codos, o sus brazos, o sus cabezas.

Todos nos quedamos en silencio.

Somos uno.

¡No, no, no, no, no!, gritan voces interiores, profundas, aprisionadas bajo exteriores.

Nos estamos mirando. Somos Samuel Mathew y Raymond Moses y William Spaulding y Charles Evans y Forrest Cole y John Summers, y no decimos nada, sólo nos miramos, y miramos nuestros rostros pálidos y nuestras manos temblorosas.

Nos volvemos, todos a una, y miramos hacia el pozo.

—Ahora —decimos.

No, no, chillan seis voces, escondidas, tapadas, guardadas para siempre.

Nuestros pies caminan por la arena y es como si una mano grande con doce dedos se moviera por el caliente fondo del mar.

Nos asomamos al pozo, miramos hacia abajo. En la fresca profundidad, seis caras nos miran.

Uno tras otro, nos inclinamos hasta perder el equilibrio, y uno tras otro caemos por la boca, por la oscuridad fresca, a las aguas frías.

Se pone el sol. Giran las estrellas en el cielo nocturno. En la lejanía hay un destello de luz. Otro cohete que llega, dejando marcas rojas en el espacio.

Vivo en un pozo. Vivo como humo en un pozo. Como vapor en una garganta de piedra. Arriba, veo las frías estrellas de la noche y la mañana, y veo el sol. Y a veces canto antiguas canciones de cuando este mundo era joven. Cómo puedo decir lo que soy, si ni siquiera yo lo sé. No puedo.

Estoy simplemente esperando.

Ficha bibliográfica

Autor: Ray Bradbury
Título: El que espera
Título original: The One Who Waits
Publicado en: The Arkham Sampler, 1949
Traducción: Marila Estévez

[Relato completo]

Ray Bradbury

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