Saki: El ratón

Theodoric Voler había sido criado, desde la infancia hasta los confines de la edad madura, por una madre cariñosa cuyo principal cuidado fue el de mantenerle a salvo de lo que ella llamaba las realidades más ásperas de la vida. Cuando murió, dejó a Theodoric solo en un mundo que era tan real como siempre, y mucho más áspero de lo que él consideraba necesario. Para un hombre de su crianza y temperamento, un simple viaje en ferrocarril estaba lleno de molestias y de contratiempos. Aquella mañana de septiembre, mientras se instalaba en un compartimiento de segunda clase, Theodoric Voler tenía conciencia de lo irritado de sus sentimientos y de su pésimo estado de ánimo. Había pasado unos días en casa de unos amigos que vivían en el campo, y las incomodidades de aquella existencia, que él calificaba de rupestre, se le habían hecho insoportables. Para colmo de males, el carruaje que tenía que llevarle a la estación no estaba preparado a la hora prevista y no hubo modo de encontrar al cochero. Theodoric, con silencioso pero muy intenso disgusto, se vio obligado a colaborar con la hija de su anfitrión en la tarea de aparejar al caballo en un cobertizo mal iluminado al cual daban el nombre de establo y que olía muy poco a establo…, excepto en aquellos lugares donde olía a ratones. Sin que pudiera decirse que le asustaban los ratones, Theodoric los clasificaba entre los incidentes más ásperos de la vida, y consideraba que la Providencia, con un pequeño ejercicio de valor moral, debió reconocer hacía ya mucho tiempo que no eran indispensables, y haberlos retirado de la circulación.

Mientras el tren se deslizaba fuera de la estación, la nerviosa imaginación de Theodoric le acusaba a sí mismo de exhalar un leve olor a establo, y posiblemente de lucir alguna brizna de paja en su traje, habitualmente impecable. Por fortuna, el único ocupante del compartimiento, aparte del propio Theodoric, una dama de edad mediana, parecía más inclinada al sueño que al escrutinio; el tren no se detendría hasta la estación en la cual debía apearse Theodoric, dentro de una hora, aproximadamente; y el vagón era de un modelo anticuado, sin ninguna comunicación con un pasillo. En consecuencia, no era probable que el semiaislamiento de Theodoric se viera interrumpido por la presencia de otros compañeros de viaje.

Sin embargo, apenas el tren había alcanzado su velocidad normal cuando Theodoric tuvo conciencia de que no estaba solo con la soñolienta dama; de que ni siquiera estaba solo en sus propias ropas. Un cálido y serpenteante movimiento sobre su carne traicionó la desagradable presencia, invisible pero acerba, de un descarriado ratón, el cual era evidente que se había introducido en su actual refugio durante el episodio del aparejamiento del caballo. Unas furtivas sacudidas y unos pellizcos salvajemente aplicados fracasaron en su propósito de desalojar al intruso; el ocupante legal de las ropas se retrepó contra el respaldo del asiento, pensando furiosamente, tratando de encontrar algún medio que le permitiera poner término a aquella doble posesión. No podía imaginarse a sí mismo durante toda una hora en la horrible situación de un refugio para ratones vagabundos (su fantasía había doblado ya, como mínimo, el número de los invasores). Por otra parte, lo único que le libraría de su atormentador sería el desvestirse, aunque fuera parcialmente: pero la idea de hacerlo delante de una dama era una idea que hizo enrojecer de vergüenza a Theodoric.

Y, sin embargo…, en este caso la dama parecía estar profundamente dormida; y el ratón, por su parte, empezaba a dar muestras de una extraña afición escaladora. Si hay algo de cierto en la teoría de la transmigración, en su estado anterior aquel ratón debió de ser un miembro del Club Alpino. De cuando en cuando, el animalito perdía pie y resbalaba un par de centímetros piel abajo; y entonces, asustado, o más probablemente enfurecido, mordía. Theodoric se vio abocado a la empresa más audaz de su vida. Enrojeciendo como una amapola y manteniendo una mirada agonizante sobre su dormida compañera, ató rápida y silenciosamente los extremos de su manta de viaje a la ventanilla y a la portezuela del compartimiento, estableciendo así una cortina protectora. Inmediatamente empezó a despojarse de sus ropas. Mientras el sorprendido ratón daba un salvaje salto hasta el suelo, la manta, mal atada, seguía el mismo camino, y casi simultáneamente la viajera abrió los ojos. Con un movimiento casi tan rápido como el del ratón, Theodoric saltó sobre la manta y se envolvió con ella hasta la barbilla, retirándose al rincón más apartado del compartimiento. La sangre latía furiosamente en las venas de su cuello y de sus sienes, mientras esperaba el asombrado comentario de la dama. Ésta, sin embargo, se limitó a dirigir una silenciosa mirada a su angustiado compañero. ¿Qué es lo que había visto, se preguntó Theodoric, y qué diablos debía opinar de su actual posición?

—Creo que he atrapado un resfriado —murmuró, desesperadamente.

—¡Cuánto lo siento! —respondió la dama—. Precisamente iba a preguntarle si no tenía inconveniente en abrir la ventanilla.

—Imagino que se trata de malaria —añadió Theodoric, temblando como un azogado.

—Tengo un poco de coñac en mi bolso —dijo su compañera—. Si es tan amable y quiere alcanzármelo…

—Por nada del mundo… quiero decir que soy abstemio, que nunca pruebo el alcohol —se apresuró a declarar Theodoric.

—Supongo que la cogería usted en los trópicos…

Theodoric, cuyas relaciones con los trópicos se limitaban al envío anual de un cajón de té que le hacía un tío que vivía en Ceilán, notó que incluso la malaria le estaba abandonando. ¿Sería posible, se preguntó, informar a la dama acerca del verdadero estado de sus asuntos a pequeñas dosis?

—¿Le asustan a usted los ratones? —inquirió, Theodoric tanteando el terreno.

—No, a menos que se presenten en grandes cantidades, como los que se comieron al obispo Hatto. ¿Por qué me lo pregunta?

—Hace unos momentos tenía un ratón metido entre mis ropas —dijo Theodoric con una voz que apenas reconoció como suya—. Una situación comprometida, ¿verdad?

—Desde luego —asintió la dama—. Los ratones tienen unas ideas muy raras.

—Tuve que librarme de él mientras usted dormía —continuó Theodoric; luego, tragando saliva, añadió—: Por eso me encuentro… así.

—No creo que el librarse de un ratón provoque un resfriado —dijo la dama, con una ligereza que Theodoric encontró abominable.

Evidentemente, la dama se estaba divirtiendo con aquella situación. Toda la sangre de Theodoric parecía haberse movilizado en dirección a sus mejillas, y una agonía de degradación, peor que una miríada de ratones, reptaba arriba y abajo sobre su alma. Y luego, a medida que la reflexión se abría paso en su cerebro, su sentimiento de humillación fue convirtiéndose en un intenso terror. A cada minuto que transcurría, el tren se acercaba un poco más a su estación de destino, donde el par de ojos que le contemplaban desde el otro extremo del compartimiento se convertirían en docenas y docenas… Quedaba la leve posibilidad de que, en los minutos siguientes, su compañera de viaje volviera a quedarse dormida. Pero Theodoric tuvo que renunciar a aquella remota esperanza: la dama se había desvelado definitivamente y mantenía los ojos muy abiertos.

—Creo que ya estamos cerca de la estación —observó súbitamente la dama.

Theodoric había observado ya con creciente terror los detalles del paisaje que anunciaban el final del viaje. Las palabras de la dama actuaron como un revulsivo. Cerrando los ojos, dejó caer la manta al suelo y empezó a vestirse frenéticamente. Tenía conciencia del incesante martilleo de la sangre en su garganta y en su corazón, y del silencio glacial que reinaba en el rincón hacia el cual no se atrevía a mirar. Luego, mientras se dejaba caer en su asiento, vestido y casi delirante, el tren aminoró la marcha y, finalmente, se detuvo.

La mujer habló:

—¿Sería usted tan amable de avisar a un mozo para que me acompañe hasta un taxi? Siento mucho molestarle, sabiendo que se encuentra indispuesto, pero una persona ciega se halla tan indefensa en una estación de ferrocarril…

Ficha bibliográfica

Autor: Saki (Hector Hugh Munro)
Título: El ratón
Título original: The Mouse
Publicado en: Reginald in Russia and Other Sketches, 1910
Traducción: Alfredo Herrera – José María Aroca

[Relato completo]

Saki (Hector Hugh Munro)

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