Sinopsis: «El pelo del Profeta» (The Prophet’s Hair) es un cuento de Salman Rushdie, publicado el 16 de abril de 1981 en London Review of Books. En pleno invierno en Srinagar, el prestamista Hashim está a punto de subir a su shikara cuando descubre flotando en el lago una reliquia sagrada robada de la mezquita de Hazratbal. Aunque no es un hombre devoto y sabe que debería devolverla, su ambición de coleccionista se impone y decide conservarla. Desde ese momento, su conducta comienza a alterarse de forma alarmante, afectando la vida doméstica y sembrando un clima de temor, rigidez moral, fanatismo y creciente desorden en el seno de su familia.

El pelo del Profeta
Salman Rushdie
(Cuento completo)
A principios del año 19—, cuando Srinagar estaba bajo el embrujo de un invierno tan feroz que podía quebrar los huesos de los hombres como si fueran de cristal, se vio a un joven cuya piel, rosada por el frío, exhibía, como una escarcha, el inconfundible lustre de la riqueza, entrar en la zona más miserable y de peor fama de la ciudad —donde las casas de madera y chapa ondulada parecían perpetuamente a punto de perder el equilibrio— y preguntar, en voz baja y grave, dónde podía contratar los servicios de un ladrón profesional de confianza. El nombre del joven era Atta, y los rufianes de aquel barrio lo condujeron, regocijados, hacia callejones cada vez más oscuros y menos transitados, hasta que, en un patio húmedo con la sangre de un pollo sacrificado, dos hombres cuyos rostros no llegó a ver lo atacaron, lo despojaron del considerable fajo de billetes que insensatamente había llevado en su solitaria excursión y lo golpearon hasta dejarlo al borde de la muerte.
Cayó la noche. Manos anónimas llevaron su cuerpo a la orilla del lago, desde donde fue transportado en shikara[1] al otro lado y depositado, desgarrado y sangrante, en el talud desierto del canal que conduce a los jardines de Shalimar. Al amanecer del día siguiente, un vendedor de flores remaba su bote por un agua a la que el frío nocturno había dado la turbia consistencia de la miel salvaje cuando vio el cuerpo tendido boca abajo del joven Atta, que empezaba a agitarse y gemir, y sobre cuya piel, ahora mortalmente pálida, todavía podía distinguirse débilmente el lustre de la riqueza bajo una auténtica capa de escarcha.
El vendedor de flores amarró la embarcación y, al inclinarse sobre la boca del herido, pudo saber su dirección, murmurada por unos labios que apenas podían moverse; luego, confiando en una buena propina, llevó a Atta en el bote hasta una gran casa a orillas del lago, donde una joven hermosa, pero inexplicablemente magullada, y su madre —igual de bella, pero fuera de sí—, ambas con los ojos de quien no ha dormido ni un instante de pura preocupación, chillaron al ver a Atta —el hermano mayor de la joven— yaciendo inmóvil en medio de las flores invernales, encogidas y mustias, del esperanzado florista.
Al vendedor de flores le pagaron, en efecto, con generosidad —en buena medida para garantizar su silencio— y no volverá a aparecer en esta historia. Atta, tras sufrir horriblemente la intemperie y una fractura de cráneo, se hundió en un coma frente al cual los mejores médicos de la ciudad, impotentes, solo supieron encogerse de hombros. Por eso resultó aún más notable que, a la tarde siguiente, la zona más miserable y de peor fama de la ciudad recibiera un segundo e inesperado visitante. Era Huma, la hermana del desgraciado joven, y su pregunta fue la misma de su hermano, formulada con la misma voz baja y grave:
—¿Dónde puedo contratar a un ladrón?
La historia del rico idiota que había ido a buscar un ladrón era ya de dominio público en aquellas callejas insalubres, pero esta vez la joven añadió:
—Debo decir que no llevo dinero ni joyas. Mi padre me ha desheredado y no pagará rescate si me secuestran; y he dejado una carta en poder de mi tío, el subcomisario de policía, para que la abra si mañana no estoy en casa, sana y salva. En esa carta encontrará todos los detalles de mi venida aquí y moverá cielo y tierra para castigar a mis agresores.
Su excepcional belleza —visible incluso a través de los enormes cardenales y magulladuras que le desfiguraban brazos y frente—, unida a lo extraño de sus preguntas, atrajo a un grupo considerable de curiosos; y como su breve discurso parecía abarcarlo todo, nadie intentó hacerle daño, aunque se oyeron algunos murmullos despectivos en el sentido de que era muy peculiar que quien trataba de contratar a un granuja invocara la protección de un tío policía bien situado.
La condujeron por callejones cada vez más oscuros y menos transitados hasta que, finalmente, en una calleja negra como la tinta, una anciana con unos ojos que miraban tan penetrantemente que Huma comprendió al instante que era ciega le indicó que pasara por una puerta de la que parecía derramarse la oscuridad como si fuera humo. Apretando los puños, ordenándole con furia a su corazón que se comportara con normalidad, Huma siguió a la anciana al interior de la casa envuelta en tinieblas.
El más tenue hilillo de luz de vela se filtraba en la oscuridad; guiándose por aquel rastro amarillo e inseguro (porque ya no alcanzaba a ver a la anciana), Huma recibió de pronto un golpe seco en la parte baja de las piernas y gritó sin querer. Al instante se mordió el labio, furiosa por haber delatado su miedo creciente ante quienquiera —o lo que fuera— que la aguardaba más adelante, envuelto en la negrura.
En realidad, había tropezado con una mesita baja en la que ardía una sola vela y más allá de la cual podía distinguirse una figura, semejante a una montaña, sentada en el suelo con las piernas cruzadas.
—Siéntese, siéntese —dijo la voz tranquila y profunda de un hombre, y las piernas de ella, que no necesitaban una invitación más retórica, se le doblaron ante la orden escueta. Agarrándose la mano izquierda con la derecha, obligó a su voz a responder sin temblar:
—Usted, señor, debe de ser el ladrón que ando buscando.
Desplazando apenas su peso, la montaña en la sombra informó a Huma de que todas las actividades delictivas de la zona estaban bien organizadas y también centralmente controladas, de modo que cualquier solicitud de lo que pudiera llamarse un trabajo independiente debía tramitarse en aquella habitación.
Le pidió amplios detalles del delito que había que perpetrar, incluido un inventario exacto de los objetos que había que obtener y una exposición clara de todos los incentivos ofrecidos —sin excluir las primas— y, además, solo a efectos informativos, un resumen de los motivos de su solicitud.
Entonces Huma, como si recordara algo, se puso rígida de cuerpo y talante y replicó en voz alta que sus motivos eran exclusivamente suyos; que no discutiría los detalles más que con el ladrón mismo; pero que las recompensas que ofrecía solo podían describirse como fastuosas.
—Todo lo que estoy dispuesta a revelarle, señor, ya que al parecer estoy en la sede de una especie de oficina de empleo, es que, a cambio de esas recompensas fastuosas, debo tener al delincuente más desesperado de que disponga; a un hombre que no tema a nada, ni siquiera a Dios.
—El peor que tenga, se lo aseguro… ¡Ningún otro valdrá!
Entonces se encendió una lámpara de queroseno, y Huma vio frente a ella a un gigante de cabello gris cuya mejilla izquierda recorría la más siniestra de las cicatrices: un surco con forma de letra sín, de la escritura nastaliq[2]. Ella se sintió atrapada por una idea tan insoportable como nostálgica: que el monstruo de su cuarto de infancia se alzaba para plantársele delante, porque su ayah[3] había cortado siempre cualquier amago de desobediencia amenazando a Huma y a Atta:
— Si no se comportan, mandaré a buscar para que se los lleve… ¡al jeque Sín, el Ladrón de los Ladrones!
Allí, con el pelo cano pero, sin duda, con su cicatriz, estaba el tristemente célebre criminal en persona… Y ¿se estaba volviendo loca, la engañaban sus oídos, o acababa él de anunciar realmente que, dadas las circunstancias que ella había expuesto, él mismo era el único hombre apropiado para la tarea?
Luchando con fuerza contra los duendecillos recién nacidos de la nostalgia, Huma advirtió al terrorífico voluntario que solo un asunto de urgencia y peligro extremos había podido llevarla, sin escolta, a aquellas calles atroces.
—Y como no podemos permitirnos que nadie se eche atrás en el último momento —continuó—, estoy decidida a contárselo todo, sin guardar ningún secreto. Si, después de oírme, sigue dispuesto a actuar, haremos cuanto esté en nuestra mano para prestarle ayuda y para hacerlo rico.
El viejo ladrón se encogió de hombros, asintió, escupió. Huma comenzó su relato.
Seis días antes, todo en la casa de su padre, el rico prestamista Hashim, había transcurrido como siempre. En el desayuno, la madre había llenado amorosamente de khichri[4] el plato del prestamista y la conversación había estado colmada de aquellas expresiones de cortesía y atención de las que la familia se preciaba.
A Hashim le gustaba señalar que, aunque no era un hombre devoto, daba gran importancia a «vivir honorablemente en el mundo». En aquella espaciosa residencia a orillas del lago se recibía a todos los extraños con la misma formalidad y respeto, incluso a los desgraciados que acudían a negociar pequeñas sumas de la gran fortuna de Hashim, a quienes, naturalmente, él cobraba intereses de más del setenta por ciento; en parte —decía a su esposa mientras ella servía el khichri— «para enseñarle a esa gente lo que vale el dinero: que lo aprendan y se les quitará esa fiebre de pedir prestado, pedir prestado todo el tiempo… y ya verás, si mis planes salen bien, ¡podré dejar los negocios!».
A sus hijos, Atta y Huma, el prestamista y su mujer habían tratado de inculcarles —con éxito— las virtudes del ahorro, la honradez en los negocios y una saludable independencia de espíritu. También por ello solía Hashim felicitarse.
Terminado el desayuno, los miembros de la familia se desearon mutuamente un día satisfactorio. Sin embargo, en el espacio de unas horas, la cristalina complacencia de aquel hogar, de aquella vida de delicadeza de porcelana y sensibilidad de alabastro, iba a hacerse añicos, sin esperanza de reparación.
El prestamista llamó a su shikara personal y estaba a punto de subir en ella cuando, atraído por un destello de plata, vio un frasquito que flotaba entre la barca y su muelle privado. Movido por un impulso, lo sacó del agua viscosa.
Era un cilindro de cristal coloreado, engastado en plata exquisitamente cincelada, y Hashim vio, dentro de sus paredes, un colgante de plata con una sola hebra de cabello humano.
Cerrando el puño en torno a aquel hallazgo excepcional, murmuró al barquero que había cambiado de planes y se apresuró a ir a su despacho privado, donde, a puerta cerrada, sus ojos se dieron un festín con el descubrimiento.
No hay duda de que Hashim, el prestamista, supo desde el primer momento que estaba en posesión de la famosa reliquia del profeta Mahoma: aquel pelo venerado cuyo robo del relicario de la mezquita de Hazratbal[5], la mañana anterior, había provocado en el valle un griterío sin precedentes.
Los ladrones —sin duda alarmados por el tumulto, por la procesión callejera de cocodrilos[6] que ululaban sin fin sus lamentos, por los desórdenes, las ramificaciones políticas y por la búsqueda a gran escala realizada por la policía, mandada y ejecutada por hombres cuya carrera dependía por completo de que se encontrara el pelo perdido— evidentemente habían entrado en pánico y arrojado el frasquito al fondo gelatinoso del lago.
Haberlo encontrado por un golpe de extraordinaria suerte dejaba claro cuál era el deber de Hashim como ciudadano: debía devolver el pelo a su relicario, y al Estado la ecuanimidad y la paz.
Pero el prestamista pensaba de otro modo.
Todo lo que lo rodeaba en el despacho daba prueba de su manía de coleccionista. Había enormes cajas de cristal llenas de mariposas empaladas de Gulmarg[7]; tres docenas de modelos a escala, en diversos metales, del legendario cañón Zamzama[8]; innumerables espadas; una lanza naga; noventa y cuatro camellos de terracota de los que venden en los andenes de las estaciones de ferrocarril; muchos samovares; y toda una zoología de diminutos animales de madera de sándalo, tallados originalmente para que los niños los usaran como juguetes en el baño.
—Y, después de todo —se dijo Hashim—, el Profeta habría desaprobado enérgicamente este culto a una reliquia. ¡Aborrecía la idea de ser deificado! De modo que, al sustraer este pelo de sus devotos perturbados, presto un servicio más alto —¿no?— que si lo devolviera. Naturalmente, no lo quiero por su valor religioso… Soy un hombre de mundo, de este mundo. Lo veo únicamente como un objeto secular de gran rareza y de una belleza deslumbrante. En suma: deseo el frasquito de plata, más que el pelo.
—Dicen que hay millonarios estadounidenses que compran obras maestras robadas y las esconden… Ellos sabrían lo que siento. ¡Tengo, tengo que tenerlo!
Todo coleccionista debe compartir sus tesoros con otro ser humano, y Hashim mandó llamar a Atta, su único hijo, y se lo contó. Atta se sintió profundamente turbado, pero, tras jurar guardar el secreto, solo lo reveló cuando las cosas se hicieron demasiado horribles para soportarlas.
El joven se excusó y dejó a su padre solo, en la populosa soledad de sus colecciones. Hashim se sentó erguido en una silla dura, de respaldo recto, contemplando con intensa concentración el precioso frasquito.
Era sabido que el prestamista nunca comía al mediodía, de modo que solo al caer la noche entró un criado en el despacho privado para llamar a su amo a cenar. Encontró a Hashim tal como lo había dejado Atta. Era el mismo, y no lo era… porque el prestamista parecía hinchado, inflado. Los ojos se le salían aún más que de costumbre, ribeteados de rojo, y tenía los nudillos blancos.
¡Parecía a punto de reventar! Como si, bajo la influencia de aquella reliquia mal adquirida, se hubiera llenado de algún fluido espectral que en cualquier momento pudiera desbordarse, incontrolable, por todas las aberturas del cuerpo. Hubo que ayudarlo a llegar a la mesa, y entonces la explosión se produjo de verdad.
Sin cuidarse, al parecer, del efecto de sus palabras sobre la frágil y cuidadosamente construida estructura de su vida familiar, Hashim empezó a babear, a vomitar torrentes de verdades terribles. En un silencio horrorizado, los hijos oyeron al padre arremeter contra su esposa, revelándole que, durante muchos años, su matrimonio había sido la peor de sus calamidades.
—¡Basta de cortesía! —tronó—. ¡Basta de hipocresía!
Luego, con el mismo espíritu, reveló a la familia la existencia de una amante; les informó también de sus visitas regulares a mujeres a las que pagaba. Le dijo a su mujer que, lejos de ser la principal beneficiaria de su testamento, no recibiría más que la octava parte que le correspondía según la ley islámica. Después se volvió contra sus hijos: le reprochó a gritos a Atta su incapacidad para el estudio —«¡Un estúpido! ¡He sido maldecido con un estúpido!»— y acusó a su hija de lascivia, porque se paseaba por la ciudad con el rostro descubierto, algo indecoroso en cualquier buena chica musulmana. Le ordenó que entrara de inmediato en purdah[9].
Hashim abandonó la mesa sin haber probado bocado y cayó en el sueño profundo del hombre que se ha descargado de muchas cosas, dejando a sus hijos atónitos, entre lágrimas, y la cena enfriándose en el aparador, bajo la mirada expectante de un criado.
A las cinco de la mañana del día siguiente, el prestamista obligó a su familia a levantarse, lavarse y hacer sus oraciones. Desde entonces, por primera vez en su vida, comenzó a rezar cinco veces al día, y forzó a su mujer y a sus hijos a hacer lo mismo.
Antes del desayuno, Huma vio a los criados —dirigidos por su padre— hacer una gran pila de libros en el jardín y prenderle fuego. El único volumen que quedó intacto fue el Corán, que Hashim envolvió en una tela de seda y puso sobre una mesa en el vestíbulo. Ordenó a todos los miembros de la familia leer pasajes del libro al menos dos horas al día. Prohibió ir al cine. Y, si Atta invitaba amigos a la casa, Huma debía retirarse a su habitación.
Para entonces, la familia estaba sumida en una conmoción consternada, pero lo peor aún estaba por venir.
Aquella tarde llegó a la casa un deudor tembloroso para confesar que no podía pagar el último plazo de los intereses debidos, y cometió el error de recordarle a Hashim, de manera un tanto fanfarrona, las restricciones del Corán contra la usura. El prestamista estalló de rabia y lo golpeó con uno de los látigos de su gran colección. Por desgracia, más tarde ese mismo día, un segundo deudor moroso vino a pedir más tiempo, y se lo vio salir huyendo del despacho de Hashim con un gran tajo en el brazo: el padre de Huma lo había llamado ladrón del dinero ajeno y había intentado cortarle la mano derecha con uno de los treinta y ocho kukris[10] que colgaban de las paredes del despacho.
Aquellas transgresiones de las reglas no escritas del decoro familiar alarmaron a Atta y a Huma. Cuando, esa noche, su madre trató de calmar a Hashim, él le estampó una bofetada en la cara. Atta salió en defensa de su madre, y a él también lo derribó de un golpe.
—¡A partir de ahora —rugió Hashim— va a haber un poco de disciplina!
La esposa del prestamista sufrió un ataque de histeria que duró toda esa noche y el día siguiente, y que irritó tanto a su marido que la amenazó con el divorcio; ella huyó entonces a su habitación, cerró la puerta y se derrumbó en una raga[11] de sollozos. Huma perdió la compostura, desafió abiertamente a su padre y anunció —con la misma independencia de espíritu que él había fomentado en ella— que no llevaría velo; al margen de todo lo demás, era malo para la vista.
Al oírlo, su padre la repudió en el acto y le dio una semana para hacer las maletas y marcharse.
Al cuarto día, el miedo que se respiraba en la casa se había vuelto tan espeso que parecía difícil moverse. Atta le dijo a su hermana, aturdida por el golpe:
—Estamos llegando al nivel de las alcantarillas… pero sé lo que hay que hacer.
Aquella tarde, Hashim salió de casa acompañado por dos rufianes, contratados para arrancarles a dos clientes insolventes el dinero que le debían. Atta entró de inmediato en el despacho de su padre. Como hijo y heredero, tenía su propia llave de la caja fuerte del prestamista. La usó y, sacando el frasquito de su escondite, se lo metió en el bolsillo del pantalón y volvió a cerrar la caja fuerte.
Entonces le reveló a Huma el secreto de lo que su padre había sacado del lago Dal, y exclamó:
—Tal vez me haya vuelto loco, tal vez las cosas horribles que están ocurriendo me hayan hecho perder la cabeza, pero estoy convencido de que no habrá paz en nuestra casa hasta que ese pelo salga de ella.
Su hermana estuvo de acuerdo de inmediato en que había que devolver el pelo, y Atta partió, en una shikara alquilada, hacia la mezquita de Hazratbal. Solo cuando la barca lo dejó en medio de la multitud de fieles trastornados que daba vueltas alrededor del santuario profanado descubrió que la reliquia ya no estaba en su bolsillo. Había un agujero, que su madre, normalmente tan atenta a los asuntos de la casa, no había visto, tensada por los acontecimientos recientes.
Su primer arrebato de aflicción fue sustituido enseguida por una sensación de profundo alivio.
«¡Imaginemos —pensó— que les hubiera anunciado a los mullahs que tenía el pelo! No me habrían creído… ¡y la multitud me habría linchado! En cualquier caso, ha desaparecido, y eso me quita un peso de encima.»
Sintiéndose más contento de lo que había estado en días, el joven volvió a casa.
Allí encontró a su hermana, magullada y llorando, en el vestíbulo; arriba, en su alcoba, su madre gemía como una viuda recién hecha. Atta le rogó a Huma que le dijera qué había ocurrido, y cuando ella respondió que su padre, al regresar de su brutal visita de negocios, había vuelto a ver un destello de plata entre la barca y el embarcadero, había pescado de nuevo la reliquia errante y por consiguiente estaba con una rabia de las que acaban con todas las rabias, después de haberle arrancado a ella la verdad a golpes… Atta enterró el rostro entre las manos y sollozó que el pelo los perseguía y había vuelto para terminar su trabajo.
Entonces fue Huma quien tuvo que pensar en una salida.
Mientras se le amorataban los brazos y grandes manchas se extendían por su frente, abrazó a su hermano y le susurró que estaba decidida a deshacerse del pelo a cualquier precio… repitió la última frase muchas veces.
—El pelo —dijo luego— fue robado de la mezquita; así que puede ser robado de esta casa. Pero tiene que ser un robo auténtico, realizado por un ladrón auténtico, no por alguien que esté bajo el poder del pelo… Por un ladrón tan desesperado que no le tema a ser atrapado ni a las maldiciones.
—Desgraciadamente —añadió—, el robo sería diez veces más difícil ahora, porque su padre, sabiendo que ya había habido un intento de sustraer la reliquia, estaría sin duda en guardia.
—¿Puede hacerlo?
En el cuarto iluminado por una vela y una lámpara de tormenta, Huma terminó su relato con otra pregunta:
—¿Qué garantía puede dar de que ese trabajo no lo aterrorizará?
El criminal, escupiendo, respondió que no tenía la costumbre de dar referencias como si fuera un cocinero o un jardinero; que no se alarmaba tan fácilmente y que, desde luego, no lo haría por una maldición de djinni[12] para niños. Huma tuvo que contentarse con la fanfarronada y pasó a describir los detalles del robo proyectado.
—Desde que mi hermano fracasó en su intento de devolver el pelo a la mezquita, mi padre duerme con su precioso tesoro bajo la almohada. Además, duerme solo y se mueve mucho al dormir; usted solo tendrá que entrar en su habitación sin despertarlo, y sin duda se revolverá lo bastante como para que el robo sea sencillo. Cuando tenga el frasquito, venga a mi habitación —le entregó al jeque Sín un plano de la casa— y yo le daré las joyas de mi madre y las mías. Verá… que valen la pena… Es decir, podrá obtener una fortuna por ellas…
Era evidente que su dominio de sí misma empezaba a flaquear y que estaba al borde del colapso.
—¡Esta noche! —exclamó por fin—. ¡Debe venir esta noche!
Apenas ella salió del cuarto, el cuerpo del viejo criminal fue sacudido por un ataque de tos, y escupió sangre en una vieja lata de vanaspati. El gran jeque, el ladrón de ladrones, ya era un hombre enfermo, y cada día se acercaba más el momento en que algún joven aspirante a su poder le hundiría un puñal en el estómago. Una adicción al juego de toda la vida lo había dejado casi tan pobre como cuando, décadas atrás, se había iniciado en el oficio como simple aprendiz de ratero; por eso, en el extraordinario encargo que acababa de aceptar de la hija del prestamista veía la oportunidad de reunir de golpe el dinero suficiente para abandonar el valle para siempre y darse el lujo de una muerte respetable que le dejara el estómago intacto.
En cuanto al pelo del Profeta… bueno: ni él ni su esposa ciega habían tenido nunca demasiado que decir sobre profetas. Eso era algo que tenían en común con el fulminado clan del prestamista.
No tenía sentido, sin embargo, revelar la naturaleza de aquel crimen —el último— a sus cuatro hijos. Para gran consternación suya, todos, al crecer, se habían convertido en hombres desesperadamente piadosos, que incluso hablaban de hacer algún día la peregrinación a La Meca.
—¡Absurdo! —se burlaba su padre—. Decidme, ¿cómo van a ir?
Porque, por puro amor de padre, se había preocupado de que todos tuvieran una fuente de altos ingresos para toda la vida, convirtiéndolos en inválidos al nacer, de modo que, mientras se arrastraban por la ciudad, ganaran buen dinero en el negocio de la mendicidad.
Así pues, sus hijos podían cuidar de sí mismos.
Él y su mujer se irían pronto con las cajas de joyas de las mujeres del prestamista. De verdad era una oportunidad providencial la que había llevado a aquella muchacha hermosa y magullada a su rincón de la ciudad.
Aquella noche, la gran casa a orillas del lago aguardaba a ciegas, mientras el silencio le lamía los muros. Noche de ladrones: nubes en el cielo y niebla sobre el agua invernal. Hashim, el prestamista, dormía: el único miembro de la familia que había logrado conciliar el sueño. En otra habitación, su hijo Atta yacía hondamente hundido en las espirales de su coma mientras un coágulo de sangre se formaba en su cerebro, atendido por una madre que se había soltado la larga melena gris en señal de duelo, una madre que le aplicaba compresas calientes en la cabeza con gestos de impotencia. En una tercera alcoba, Huma aguardaba, completamente vestida, entre los cofres repletos de joyas de su desesperación.
Por último, un bulbul cantó suavemente en el jardín bajo la ventana y, deslizándose por la escalera, ella bajó para abrirle la puerta al pájaro, que llevaba en el rostro una cicatriz con forma de letra sín.
Sin hacer ruido, el pájaro subió por la escalera detrás de ella. Al llegar arriba se separaron, cada uno hacia un extremo del pasillo de su conspiración, sin cruzarse una sola mirada.
Al entrar en el cuarto del prestamista con la soltura del oficio, Sín, el ladrón, comprobó que las predicciones de Huma habían sido exactas. Hashim yacía en diagonal sobre la cama, con la cabeza lejos de la almohada y la recompensa al alcance de la mano. Paso a paso, con pisadas amortiguadas, Sín avanzó hacia su objetivo.
Fue entonces cuando, en la habitación contigua, el joven Atta se incorporó de golpe en la cama, dando un susto tremendo a su madre y, sin preámbulo alguno —impulsado por Dios sabe qué presión del coágulo sobre su cerebro— empezó a gritar con todas sus fuerzas:
—¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Al ladrón!
Es probable que, en esos últimos instantes, su pobre mente estuviera pensando en su propio padre; pero es imposible saberlo con certeza, porque, después de lanzar aquellas tres enfáticas palabras, el joven volvió a desplomarse sobre la almohada y murió.
De inmediato, su madre soltó un chillido y un lamento y un gemido y un aullido tan agudos que culminaron lo que había iniciado el grito de Atta: los alaridos atravesaron las paredes del dormitorio de su marido y despertaron por completo a Hashim.
El jeque Sín estaba decidiendo si esconderse bajo la cama o partirle sencillamente el cráneo al prestamista cuando Hashim agarró el bastón-estoque atigrado que siempre descansaba en un rincón junto a la cama y se precipitó fuera de la habitación sin advertir siquiera al ladrón, oculto en la oscuridad al otro lado del lecho. Sín se inclinó rápidamente y sacó de su escondite el frasquito que contenía el pelo del Profeta.
Entretanto, Hashim había irrumpido en el pasillo, tras desenvainar la hoja del bastón. Empuñaba el arma en la mano derecha y la blandía con demencia; con la izquierda sacudía el bastón. Una sombra se abalanzó hacia él a través de la negrura de medianoche del corredor y, en su furia somnolienta, el prestamista le atravesó el corazón de parte a parte con la espada. Cuando encendió la luz, descubrió que había matado a su hija y, bajo la terrible influencia de este accidente, se sintió tan abrumado por el remordimiento que volvió la espada contra sí mismo, se dejó caer sobre ella y acabó con su vida. Su esposa, único miembro superviviente de la familia, enloqueció ante aquella carnicería general y tuvo que ser internada en un manicomio por su hermano, el subcomisario de policía de la ciudad.
El jeque Sín comprendió de inmediato que el plan había fracasado.
Abandonando el sueño de hacerse con las joyas cuando estaba a apenas unos pasos de cumplirlo, escapó por la ventana de Hashim en medio de los espantosos sucesos ya descritos. Llegó a casa antes del alba, despertó a su mujer y le confesó el fracaso. Tendría que desaparecer por un tiempo, le susurró. Los ojos ciegos de ella no se abrieron hasta que él se hubo ido.
En la casa de Hashim, el alboroto había alertado a los criados y hasta había logrado despertar al vigilante nocturno que, como de costumbre, dormía a pierna suelta en su charpoy[13], junto a la puerta de calle. Avisaron a la policía, y hasta el propio subcomisario fue informado. Cuando se enteró de la muerte de Huma, el funcionario, desolado, abrió y leyó la carta sellada que le había entregado su sobrina y, al instante, condujo a un numeroso destacamento de hombres armados a los callejones sin luz del barrio más miserable y de peor fama de la ciudad.
La lengua de un ladrón escalador, malicioso, dio el nombre del cómplice de Huma; el dedo de un ladrón de bancos ambicioso señaló la casa donde se escondía; y, aunque Sín consiguió escabullirse por una trampilla del desván e intentó huir por los tejados, una bala disparada por el propio fusil del subcomisario le atravesó el estómago y lo hizo caer y estrellarse aparatosamente contra el suelo, a los pies del furibundo tío de Huma.
Del bolsillo del ladrón muerto rodó un frasquito de cristal coloreado, engastado en plata filigranada.
La recuperación del pelo del Profeta fue anunciada de inmediato por All-India Radio. Un mes después, los hombres más santos del valle se congregaron en la mezquita de Hazratbal y autentificaron oficialmente la reliquia. Hasta hoy se conserva en una cámara estrechamente custodiada junto a las orillas del más encantador de los lagos, en el corazón de un valle que, en otro tiempo, estuvo más cerca del Paraíso que cualquier otro lugar de la Tierra.
Pero, antes de que nuestra historia concluya como es debido, hay que dejar constancia de que, cuando los cuatro hijos del difunto jeque despertaron la mañana de su muerte —habiendo pasado, sin saberlo, unos minutos bajo el mismo techo que el célebre pelo—, descubrieron que había ocurrido un milagro: tenían los miembros sanos y el aliento fuerte, tan enteros como habrían podido estar si a su padre no se le hubiera ocurrido romperles las piernas en las primeras horas de vida. Los cuatro se sintieron, como correspondía, furiosos, porque el milagro había reducido en un setenta y cinco por ciento —siendo conservadores— su capacidad de obtener ingresos; así que estaban arruinados.
Solo la viuda del jeque tuvo algún motivo para sentirse agradecida: aunque su marido había muerto, ella recuperó la vista, de modo que pudo pasar sus últimos días contemplando una vez más las bellezas del valle de Cachemira.
FIN
[1] Shikara: embarcación ligera de madera, típica de Cachemira, usada como bote de remo para desplazarse por los lagos y canales de Srinagar (en especial el lago Dal); puede servir también para transportar personas y mercancías.
[2] Letra sín (س), de la escritura nastaliq: sín es una letra del alfabeto árabe (usado también en persa y urdu). Nastaliq es un estilo caligráfico cursivo, de trazos fluidos y descendentes, muy asociado a la escritura del persa y, sobre todo, del urdu. La comparación sugiere que la cicatriz dibuja en la mejilla la forma curvada y elegante de esa letra.
[3] Ayah: en el contexto del sur de Asia (especialmente en la India y regiones cercanas), ayah designa a la niñera o criada doméstica encargada del cuidado de los niños (y a veces también de labores de servicio en la casa). En muchas familias funcionaba como figura de autoridad cotidiana en la crianza, a menudo la que imponía disciplina y contaba historias o amenazas para controlar a los pequeños.
[4] Khichri: plato tradicional del subcontinente indio, una preparación sencilla y reconfortante hecha, por lo general, con arroz y lentejas cocidos juntos (a veces con especias, verduras o ghee), de textura suave, similar a una papilla espesa o un guiso muy blando.
[5] Mezquita (o santuario) de Hazratbal: importante lugar de culto musulmán en Srinagar (Cachemira), situado en la ribera norte del lago Dal. Es célebre por custodiar el Moi-e-Muqqadas, una reliquia tradicionalmente considerada un cabello del Profeta Muhammad, que en el cuento funciona como el centro simbólico y político del conflicto.
[6] «Cocodrilos» se usa aquí en sentido metafórico, no literal: Rushdie compara la larga procesión de dolientes que recorre las calles —serpenteante, densa, casi como un solo cuerpo— con una hilera de “cocodrilos”, acentuando además el carácter primitivo y ominoso de sus ululantes lamentos.
[7] Gulmarg es una localidad y zona montañosa de Cachemira, conocida por sus praderas y paisaje alpino; aquí funciona como referencia geográfica del origen “exótico” de esas piezas de colección.
[8] Célebre cañón de gran calibre del siglo XVIII, fundido en Lahore y hoy expuesto en esa ciudad (Pakistán), también conocido como “Kim’s Gun” por su aparición en Kim, de Rudyard Kipling. Mencionarlo aquí subraya el gusto de Hashim por las reliquias históricas y los objetos raros de colección.
[9] Purdah: práctica social de origen surasiático, asociada a ciertos contextos musulmanes e hindúes, que implica el resguardo de las mujeres en el ámbito privado y/o la limitación de su visibilidad pública mediante el uso del velo y la separación de espacios (por ejemplo, permanecer en áreas privadas de la casa y evitar mostrarse ante hombres ajenos a la familia). En el relato, Hashim lo impone como símbolo de control moral y disciplinario.
[10] Kukris (o khukuris): cuchillos tradicionales de hoja curva y pesada, originarios del área del Himalaya (especialmente Nepal) y asociados históricamente a los gurkhas. Se usan tanto como herramienta (cortar leña, labores rurales) como arma; su filo y peso los hacen capaces de causar cortes muy profundos.
[11] Raga: en la música clásica del subcontinente indio, un raga es un modo o patrón melódico que sirve de base a la interpretación y que define un clima emocional particular. En el cuento se usa de forma metafórica: una “raga de sollozos” sugiere un llanto prolongado, ondulante y casi musical, como una composición que se despliega en variaciones.
[12] Djinni (plural djinn, también jinn): ser sobrenatural de la tradición árabe e islámica, mencionado en el Corán, creado de “fuego sin humo” y dotado de voluntad propia. En el imaginario popular puede ser benévolo o maligno y suele asociarse a maldiciones, posesiones, engaños y prodigios; aquí la expresión “maldición de djinni para niños” alude a un espanto supersticioso, casi de cuento, que el ladrón dice no temer.
[13] Charpoy: catre o cama tradicional del sur de Asia, de estructura sencilla (normalmente de madera) y con el lecho hecho de cuerdas o tiras entrelazadas tensadas sobre el marco. Se usa tanto dentro de las casas como al aire libre y, por su diseño, suele ser fácil de mover y colocar en patios, verandas o junto a una puerta.
