HACIA el final de la Guerra Americana, los oficiales del ejército de lord Cornwallis que se habían rendido en Yorktown, y otros que habían sido hechos prisioneros durante la imprudente y desafortunada controversia, regresaron a su propio país a relatar sus aventuras y a descansar de sus fatigas. Entre ellos había un general llamado Browne, oficial de mérito además de caballero de elevada consideración tanto por su linaje como por sus conocimientos.

Cierto asunto le había llevado a recorrer los condados del oeste, cuando, al finalizar una etapa matutina, se encontró en las cercanías de una pequeña población rural que ofrecía una perspectiva de rara belleza y un carácter particularmente inglés.

La pequeña ciudad, con su majestuosa y vetusta iglesia, cuyo campanario daba testimonio de la devoción en tiempos pasados, se erguía entre pastos y trigales poco extensos, pero limitados y divididos por setos de enormes árboles viejos. Presentaba escasas huellas del moderno progreso. Los alrededores de la plaza no daban a entender ni la soledad de la decadencia ni el bullicio de la novedad. Las casas eran viejas, pero se mantenían en buen estado; y el hermoso riachuelo discurría libremente por la parte izquierda de la ciudad, sin que su cauce fuera contenido por ningún embalse ni bordeado por ningún camino de sirga.

Sobre un suave promontorio, casi a una milla hacia el sur de la ciudad, podían verse, entre una multitud de venerables robles y enmarañados matorrales, los torreones de un castillo, tan antiguo como las guerras de York y Lancaster, pero que parecía haber experimentado importantes alteraciones durante el reinado de Isabel y sus sucesores. No había sido de gran tamaño. Pero, cualquiera que fuera su capacidad en tiempos pasados, en apariencia todavía podía brindar alojamiento entre sus paredes. Al menos ésa fue la deducción que sacó el general Browne al observar el humo que se elevaba risueño de varias de las viejas chimeneas labradas. La tapia del parque se extendía a lo largo del camino unos dos o tres centenares de millas, y, en los diferentes lugares desde dónde se podía vislumbrar el paisaje boscoso, parecía bastante bien surtido. Una tras otra surgían nuevas perspectivas: ora una completa de la fachada del viejo castillo, ora un vislumbre lateral de sus singulares torres. Mientras la fachada abunda en toda la extravagancia de la escuela isabelina, la sencilla y firme solidez de otras partes del edificio parecía indicar que habían sido levantadas más por fines defensivos que por ostentación.

Encantado con los vislumbres parciales del castillo, obtenidos a través de los bosques y los claros que rodeaban a esta antigua fortaleza feudal, nuestro viajero militar estaba determinado a informarse de si merecía la pena acercarse a él, o si contenía retratos de familia u otros objetos curiosos dignos de ser visitados por un forastero, cuando, abandonando las inmediaciones del parque, atravesó una calle limpia y bien pavimentada y se detuvo a la puerta de una frecuentada taberna.

Antes de encargar caballos para continuar su viaje, el general Browne hizo averiguaciones acerca del propietario del castillo que había atraído su admiración, y le sorprendió, y a la vez le encantó, enterarse de que se trataba de un noble al que llamaremos lord Woodville. ¡Qué suerte! La mayor parte de los recuerdos más antiguos de Browne, tanto del colegio como de la universidad, estaban relacionados con el joven Woodville, el cual, según pudo averiguar tras unas pocas preguntas, era el mismo propietario de esta hermosa heredad. Había sido elevado a la dignidad de par a la muerte de su padre hacía unos pocos meses, y, según se enteró por el dueño de la taberna, finalizado el período de luto, acababa de tomar posesión de su herencia paterna en la jovial estación otoñal, en compañía de un selecto grupo de amigos, con el fin de disfrutar de unos parajes famosos por su caza.

Estas noticias agradaron a nuestro viajero. Frank Woodville había servido a Richard Browne en Eton, y fue su íntimo amigo en Christ Church. Sus placeres y sus obligaciones habían sido los mismos, y el corazón del honrado soldado se alegraba de encontrar a su antiguo amigo en posesión de una residencia tan deliciosa, y de una propiedad enteramente adecuada a la conservación y aumento de su dignidad, como le aseguró el patrón con una inclinación de cabeza y un guiño. Era muy natural, pues, que el viajero, al que nadie obligaba a apresurarse, suspendiera su viaje para visitar a un viejo amigo en tan agradables circunstancias.

Por consiguiente, los caballos de refresco solamente tuvieron que llevar el carruaje del general hasta el castillo de Woodville. Un portero les dejó entrar en un moderno recinto de estilo gótico, en correspondencia con el castillo mismo, y al mismo tiempo tocó una campana para avisar de la presencia de visitantes. Aparentemente, el sonido de la campana había interrumpido la dispersión de los invitados, empeñados en las diversas distracciones matinales, pues, al entrar en el patio del castillo, varios jóvenes ganduleaban vestidos con sus trajes de caza, observando y criticando a los perros que los guardas sujetaban, dispuestos a acompañarles en su pasatiempo. Al apearse el general Browne, el joven lord salió a la puerta de la sala y por un momento contempló, sin reconocerlo, el semblante de su amigo, que la guerra, con sus fatigas y sus heridas, había alterado considerablemente. Pero la incertidumbre sólo duró hasta que el visitante habló; y siguió una acogida tan cordial como la que únicamente podría darse entre aquellos que han pasado juntos días felices en su despreocupada niñez o adolescencia.

—Si me hubiera sido posible formular un deseo, mi querido Browne —dijo lord Woodville—, habría sido teneros aquí a vos, de entre todos los hombres, en esta ocasión que mis amigos hacen bien en considerar como una especie de fiesta. No creáis que no he seguido vuestros pasos durante los años que habéis estado ausente. He rastreado vuestros peligros, vuestros triunfos, vuestros infortunios, y me encantó comprobar que, tanto en la victoria como en la derrota, el nombre de mi viejo amigo, era siempre distinguido en el aplauso.

El general respondió adecuadamente, felicitando a su amigo por sus nuevas dignidades, así como por la posesión de un lugar y una propiedad tan hermosos.

—No, todavía no habéis visto nada —dijo lord Woodville—, y confío en que no tengáis la intención de dejarnos hasta haberos puesto más al corriente. Es verdad, lo confieso, que mi actual propiedad es bastante grande, pero la vieja mansión, como otras similares, no ofrece tanta capacidad de acomodo como parece sugerir la extensión de los muros exteriores. Sin embargo puedo daros un aposento confortable y anticuado, y me atrevo a suponer que vuestras campañas os habrán enseñado a contentaros con cuartos peores.

El general se encogió de hombros y rió.

—Supongo —dijo— que el peor aposento de vuestro castillo será considerablemente mejor que el barril de tabaco en que me vi obligado a pasar la noche cuando estuve en el monte, como dicen los virginianos, con las tropas ligeras. Allí permanecí, como el mismo Diógenes, tan encantado con aquel abrigo contra los elementos, que en vano intenté llevármelo conmigo a mis siguientes alojamientos. Pero mi comandante en aquella época no cedió a tan lujosa provisión, y tuve que despedirme de mi adorado barril con lágrimas en los ojos.

—Bien, entonces, dado que no os asusta vuestro alojamiento —dijo lord Woodville—, os quedaréis conmigo una semana por lo menos. Disponemos de abundantes armas, perros, cañas de pescar, moscas y todo tipo de medios para la práctica del deporte, tanto en el mar como en la tierra. No contamos con distracciones pero sí con los medios para conseguirlas. Pero, si preferís escopeta y perros de muestra, yo mismo iré con vos a ver si ha mejorado vuestra puntería desde que habéis estado con los indios de las remotas colonias.

El general aceptó de buen grado y en todos sus puntos la propuesta de su amistoso anfitrión. Después de una mañana de ejercicios varoniles, el grupo se congregó para almorzar, lo que permitió a lord Woodville el placer de mostrar sus importantes propiedades a su recuperado amigo, así como recomendarlo a sus huéspedes, la mayoría personas distinguidas. Woodville indujo al general Browne a que contara sus experiencias. Y mientras cada palabra revelaba igualmente al bravo oficial y al hombre sensible que conservaba su juicio sereno en los peligros más inminentes, el grupo empezó a mirar con respeto al soldado, como a alguien que había demostrado poseer una dosis poco corriente de valor personal, ese atributo que, entre todos los demás, todo el mundo desea que le consideren en posesión.

El día transcurrió en el castillo de Woodville como era costumbre en semejantes mansiones. La hospitalidad se mantuvo dentro de los límites del buen orden. La música, en la que el joven lord era todo un experto, siguió a la circulación de la botella. Había naipes y billar a disposición de aquellos que prefiriesen tales distracciones. Pero el ejercicio matinal requería madrugar, por lo que algo después de las once los huéspedes comenzaron a retirarse a sus aposentos.

El joven lord condujo personalmente a su amigo el general Browne a la cámara que le estaba destinada, la cual, respondiendo a la descripción que aquél hiciera, era confortable aunque anticuada. La cama era del tipo macizo que se usaba a finales del siglo diecisiete, y las cortinas, de seda descolorida, con abundantes adornos de oro deslustrado. Pero, aun así, las sábanas, almohadas y mantas parecieron encantar al militar cuando pensó en su última mansión: el barril. Una impresión de tristeza se desprendía de los tapices que, con sus adornos muy gastados, cubrían las paredes de la pequeña cámara y ondeaban suavemente cuando la brisa otoñal se abría paso a través de la vieja ventana de celosía, la cual golpeteaba cada vez que el aire conseguía entrar. El tocador, con su espejo endoselado con una especie de turbante de seda morada, según la costumbre de principios de siglo, y sus innumerables compartimentos de extrañas formas, previstos para usos que habían quedado obsoletos hacía más de cincuenta años, tenía también un aspecto anticuado y un tanto melancólico. Pero nada resplandecía con tanta alegría e intensidad como los dos velones de cera. Si algo podía rivalizar con ellos, se trataba, sin duda, de los llameantes y chisporroteantes haces de leña de la chimenea, que en seguida transmitían su luz y su calor al confortable aposento, el cual, pese a la antigüedad de su aspecto, no estaba desprovisto de ninguna de las comodidades que las costumbres modernas hacen necesario o deseable.

—Es un aposento anticuado para dormir, general —dijo el joven lord—, pero espero que no encontraréis en él nada que os haga envidiar a vuestro viejo barril de tabaco.

—No soy nada exigente con respecto a mi alojamiento —replicó el general—. Sin embargo, si tuviera que elegir, preferiría con mucho esta cámara a las habitaciones más alegres y más modernas de vuestra mansión. Creedme: cuando considero su aspecto moderno y su venerable antigüedad, y recuerdo que es propiedad de vuestra señoría, pienso que me sentiré mejor aquí que en el mejor hotel que Londres pudiera ofrecerme.

—Confío, sin duda, que os encontraréis tan cómodo como es mi deseo, mi querido general —dijo el joven noble. Y, tras darle las buenas noches a su huésped, le estrechó la mano y se retiró.

El general miró de nuevo a su alrededor y, felicitándose interiormente por su vuelta a la vida pacífica, cuyas comodidades se hacían querer más por el recuerdo de las dificultades y los peligros que últimamente había arrostrado, se desnudó y se dispuso a pasar el resto de la noche lo mejor posible.

Contrariamente a lo que es habitual en este tipo de relatos, dejaremos al general en sus aposentos hasta la mañana siguiente.

El grupo se reunió muy temprano para desayunar, sin que apareciera el general Browne, al parecer el huésped que lord Woodville más deseaba honrar entre todos los que se habían acogido a su hospitalidad. Más de una vez expresó éste su sorpresa por la ausencia del general, hasta que finalmente envió un sirviente a investigar. El criado volvió con la información de que el general Browne había salido a pasear a una temprana hora de la mañana, desafiando al tiempo, que era brumoso e inclemente.

—Costumbres de soldados —dijo a sus amigos el joven noble—. Muchos de ellos padecen habitualmente de insomnio y no pueden dormir después de la temprana hora en que normalmente sus deberes les obligan a permanecer alerta.

No obstante, la explicación que lord Woodville había ofrecido al grupo le parecía a él mismo escasamente satisfactoria, por lo que aguardó el regreso del general en medio del silencio y el ensimismamiento. Esto sucedía una hora después de que hubiera sonado la campana para el desayuno. Parecía fatigado y febril. Su cabello, cuyo empolvoramiento y arreglo constituían en aquel tiempo algunas de las más importantes ocupaciones diarias de un hombre, y marcaban su elegancia tanto como, en la actualidad, el nudo de la corbata o su ausencia, estaba despeinado, estirado, desprovisto de polvos y húmedo por el rocío. Llevaba puesta la ropa con evidente descuido, cosa notable tratándose de un militar, cuyos auténticos o supuestos deberes incluyen normalmente algún cuidado en el aseo. Igualmente, su aspecto era macilento y cadavérico en un grado peculiar.

—Así que esta mañana os habéis anticipado a nosotros, mi querido general —dijo lord Woodville—. O es que no habéis encontrado el lecho tan de vuestro agrado como yo hubiera deseado y vos parecíais esperar. ¿Cómo habéis descansado la noche pasada?

—¡Oh, excelentemente bien! ¡Extraordinariamente bien! Mejor que en toda mi vida —dijo rápidamente el general Browne con un cierto desconcierto que no le pasó desapercibido a su amigo. Luego, se tomó mesuradamente una taza de té y, haciendo caso omiso o rechazando cualquier otra cosa que se le ofreciera, pareció caer en el ensimismamiento.

—Hoy podréis utilizar la escopeta, general —dijo su amigo y anfitrión. Pero tuvo que repetir dos veces la pregunta antes de recibir esta abrupta contestación:

—No, mi lord. Siento no poder tener el honor de pasar otro día en vuestra compañía; mis caballos de posta están ya encargados y llegarán en seguida.

Todos los presentes mostraron sorpresa, y lord Woodville replicó inmediatamente.

—¿Caballos de posta, mi buen amigo? ¿Para qué los queréis, si prometisteis quedaros conmigo tranquilamente por lo menos una semana?

—Es posible —dijo el general, bastante turbado obviamente— que, por el placer de mi primer encuentro con vuestra señoría, os dijera algo acerca de detenerme aquí algunos días, pero desde entonces he comprobado que eso es del todo imposible.

—¡Qué raro! —contestó el joven noble—. Ayer parecíais libre de compromisos, y no os han podido llamar hoy, pues nuestro correo de la ciudad no ha llegado todavía, por lo que no podéis haber recibido ninguna carta.

El general Browne, sin dar más explicaciones, murmuró algo acerca de un asunto ineludible, e insistió de tal forma en la absoluta necesidad de su partida que silenció cualquier oposición por parte de su anfitrión, el cual, comprendiendo que su resolución estaba ya tomada, se abstuvo de importunarle más.

—Sin embargo, permitidme por lo menos, mi querido Browne —dijo—, que antes de que os vayáis os muestre el paisaje desde la terraza, ahora que la niebla está a punto de levantarse.

Lord Woodville abrió la ventana de par en par y se inclinó hacia la terraza de la que había hablado. El general le siguió mecánicamente, aunque parecía poco atento a lo que su anfitrión le iba diciendo, mientras le señalaba los diferentes objetos dignos de ser observados en la dilatada y espléndida perspectiva que contemplaban. Así que se pusieron en movimiento hasta que lord Woodville logró su propósito de apartar a su huésped del resto del grupo. Volviéndose entonces hacia él con gran solemnidad, le dijo:

—Richard Browne, mi viejo y muy querido amigo, ahora estamos solos. Os conjuro a que me contestéis por la palabra de un amigo y el honor de un soldado. ¿Cómo pasásteis en realidad la última noche?

—Realmente muy mal, mi lord —contestó el general en el mismo tono solemne—. Tan mal que no correría el riesgo de pasar otra noche parecida, no solamente en las tierras que pertenecen a este castillo, sino en todo el país que se divisa desde este elevado punto de vista.

—Es bastante sorprendente —dijo el joven lord, como hablando para sí—, debe haber algo de cierto en los rumores referentes a ese aposento. Por el amor de Dios, querido amigo —dijo, volviéndose de nuevo al general—, sed sincero conmigo y dadme a conocer los desagradables pormenores que os han acontecido bajo un techo en el que, por voluntad de su dueño, no tendríais que haber encontrado más que comodidades.

El general pareció angustiarse por la petición, y vaciló antes de contestar.

—Mi querido lord —dijo finalmente—, lo que me ocurrió la noche pasada fue de una índole tan peculiar y tan desagradable que difícilmente podría intentar detallarlo a vuestra señoría, si no fuera porque, independientemente de mi deseo de satisfacer cualquier petición vuestra, considero que la sinceridad por mi parte me obliga a daros algunas explicaciones acerca de unas circunstancias igualmente dolorosas y misteriosas. Por lo que estoy a punto de comunicaros, otros podrían considerarme un mentecato y supersticioso necio, cuya imaginación le engaña y le desconcierta. Pero vos me habéis conocido en la infancia y en la juventud, y no sospecharéis de mí que haya adoptado en la madurez los sentimientos y las debilidades de los que me vi libre en mis primeros años.

Tras una pausa, su amigo le replicó:

—No dudo de la veracidad de vuestra declaración, por extraña que pueda parecer —contestó lord Woodville—. Conozco lo suficiente vuestra firmeza de carácter como para sospechar que podáis ser víctima de un engaño, y soy consciente de que vuestro honor y vuestra amistad os disuadirían igualmente de exagerar lo que hayáis podido presenciar.

—Bien, entonces —dijo el general—, continuaré con mi historia hasta donde pueda, confiando en vuestra imparcialidad, y sintiendo inequívocamente que preferiría enfrentarme a toda una batería que tener que convocar en mi mente los odiosos recuerdos de la noche pasada.

Se detuvo otra vez y luego, dándose cuenta de que lord Woodville permanecía callado y en una actitud alerta, comenzó, no sin evidente desgana, el relato de sus aventuras nocturnas en la Cámara de los Tapices.

—Me desnudé y me metí en la cama tan pronto como vuestra señoría me dejó ayer por la noche. Pero la leña ardía alegremente en la chimenea que había frente a la cama, y el montón de excitantes recuerdos de mi infancia y juventud, recuperados gracias al inesperado placer de haber tropezado con vuestra señoría, me impidió dormirme inmediatamente. Debo decir, sin embargo, que estas reflexiones fueron agradables y placenteras, dándome la sensación de haber cambiado el trabajo, las fatigas y los peligros de mi profesión por los placeres de la vida contemplativa y la compañía de aquellos amistosos y afectuosos lazos que había hecho pedazos a causa de la brusca llamada de la guerra.

»Mientras me rondaban por la mente tan agradables reflexiones, adormeciéndome gradualmente, me despertó de repente un sonido parecido al crujido de un vestido de seda y el golpeteo de un par de zapatos de tacón alto, como si una mujer estuviera paseando por el aposento. Antes de que pudiera correr la cortina para ver de qué se trataba, una mujer pequeña cruzó entre la cama y el fuego. Cuando me dio la espalda, pude observar que era una anciana que vestía un anticuado traje de esos que, según creo, las damas llaman de saco; es decir, un tipo de bata, completamente holgada de hechura pero recogida en amplios pliegues en el cuello y los hombros, que llegaba hasta el suelo y terminaba en una especie de cola.

»Encontré la intrusión bastante extraña, pero no abrigué ni por un momento la idea de que lo que había visto fuera otra cosa que el cuerpo mortal de alguna anciana de la servidumbre que tuviera el capricho de vestirse como su abuela y que, habiendo sido tal vez desalojada de su cámara para acomodarme a mí (pues vuestra señoría mencionó que estábais más bien apurado en cuanto a aposentos), hubiera olvidado esa circunstancia y volviera a las doce a su vieja guarida. Bajo esta convicción, me moví en el lecho y tosí un poco para que la intrusa se diera cuenta de mi presencia. La mujer se volvió lentamente ¡válgame Dios!, mi lord, ¡qué semblante mostró ante mí! No era ya cuestión de preguntarse quién sería o si se trataba de un ser vivo. Sobre un rostro que presentaba las rígidas facciones de un cadáver estaban impresas las huellas de las más viles y espantosas pasiones que lo habían animado mientras vivía. Parecía como si el cuerpo de algún criminal atroz hubiera abandonado la tumba, y su alma hubiera sido devuelta del fuego castigador para unirse por algún tiempo con el antiguo cómplice de su culpa. Me incorporé en la cama y, sentándome sobre las palmas de las manos, contemplé a ese horrible espectro. Me pareció que la bruja se acercaba con veloz zancada al lecho donde yo estaba, y se agachaba, exactamente en la misma posición que yo había adoptado en el colmo de mi espanto, acercando su diabólico semblante a menos de media yarda de mí, con una mueca que parecía anunciar la malicia y la irrisión de un diablo encarnado.

El general Browne hizo una pausa y se enjugó el sudor frío que cubría su frente al recordar su horrible visión.

—Mi lord —dijo—, no soy un cobarde. He arrostrado todos los peligros mortales propios de mi profesión y puedo jactarme verdaderamente de que jamás nadie oyó decir que Richard Browne deshonrara la espada que llevaba. Pero en esas horribles circunstancias, a la vista y posiblemente al alcance de la encarnación de un espíritu maligno, me abandonó la firmeza, toda mi virilidad se derritió como cera en un horno, y sentí que se me erizaba el cabello. Cesó mi flujo de sangre vital y me desmayé presa de un pánico mayor que el que pudiera sufrir cualquier aldeana o un niño de diez años. No puedo recordar cuánto tiempo permanecí en ese estado.

»Pero me despertó el reloj del castillo dando la una, tan fuerte que parecía estar en la misma habitación. Pasó algún tiempo antes de que me atreviera a abrir los ojos, pues temía encontrarme de nuevo con el horrible espectáculo. Cuando, no obstante, me armé de valor y levanté los ojos, el espectro ya no era visible. Mi primera intención fue hacer sonar la campana, despertar a los sirvientes y trasladarme al desván o al henil, a fin de librarme de una segunda visita. Para seros franco, si cambié de parecer no fue por la vergüenza a que iba a exponerme, sino por miedo a que, como el cordón de la campanilla colgaba de la chimenea, al abrirme paso hasta él, pudiera cruzarme otra vez con la diabólica aparición que, suponía, podía estar oculta todavía en algún rincón del aposento.

»No pretenderé describiros la agitación que me atormentó durante el resto de la noche, interrumpiendo mi sueño y provocándome una agotadora vigilia y ese ambiguo estado que constituye un término medio entre ambos. Un sinnúmero de objetos terribles parecían obsesionarme, pero la gran diferencia entre la visión que he descrito y las que le sucedieron estribaba en el hecho de que yo sabía que estas últimas eran producto de mi propia fantasía y mis sobreexcitados nervios.

»Por fin compareció el nuevo día, y me levanté de la cama con el cuerpo enfermo y la mente humillada. Me sentía avergonzado como hombre y como soldado, y más aún al sentir un extremado deseo de huir del aposento encantado, que se imponía, sin embargo, a las demás consideraciones. Así es que, poniéndome la ropa descuidadamente y muy deprisa, huí de la mansión de vuestra señoría buscando al aire libre algún alivio a mi sistema nervioso, trastornado por ese horrible encuentro con una visitante, así debía considerarla, del otro mundo. Vuestra señoría conoce ahora la causa de mi alteración y de mi súbito deseo de abandonar vuestro hospitalario castillo. Confío en que podamos volver a encontrarnos en otros lugares, pero ¡quiera Dios librarme de volver a pasar otra noche bajo este mismo techo!

Por extraño que pudiera parecer el relato, el general lo había contado con tan profunda convicción que zanjó los habituales comentarios que suelen suscitar semejantes historias. Lord Woodville no le preguntó si estaba seguro de no haber soñado con la aparición, ni le sugirió algunas de las posibilidades que solían estilarse para explicar las apariciones sobrenaturales como insensatas extravagancias de la imaginación o ilusiones de los nervios ópticos. Por el contrario, parecía profundamente impresionado por la veracidad y realismo de lo que había escuchado. Y, tras una considerable pausa, se lamentó, con bastante apariencia de sinceridad, de que su antiguo amigo hubiera sufrido tan severamente en su propia casa.

—Siento más que nadie vuestra aflicción, mi querido Browne —prosiguió—, que es el desgraciado, aunque sumamente inesperado, resultado de un experimento mío. Debéis saber que, por lo menos desde los tiempos de mi padre y mi abuelo, el aposento que os asigné la noche pasada había estado cerrado a causa de rumores acerca de visiones y ruidos sobrenaturales. Cuando, hace unas pocas semanas, tomé posesión de la propiedad, consideré que el castillo no ofrecía suficiente alojamiento para todos mis amigos, por lo que no iba a permitir que los habitantes del mundo invisible retuvieran la posesión de tan confortable alcoba. Por consiguiente, fui yo la causa de que la Cámara de los Tapices, como solemos llamarla, fuera abierta. Y, sin destruir su antiguo aspecto, coloqué un nuevo mobiliario que le confiriera un aire moderno. Sin embargo, como entre los criados prevalecía la opinión de que la habitación estaba profundamente encantada, hecho que también conocían los vecinos y muchos de mis amigos, temí que el nocivo rumor pudiera alcanzar al primer ocupante de la Cámara de los Tapices, por lo que desistí de mi propósito de convertirla en parte útil de la casa. Debo confesar, mi querido Browne, que vuestra llegada ayer, tan agradable para mí por un millar de razones, me pareció la ocasión más propicia de disipar los desagradables rumores atribuidos a la habitación, ya que vuestro valor está fuera de toda duda y además nada conocíais al respecto. No podría, por consiguiente, haber elegido para mi experimento un sujeto más apropiado.

—¡Por vida mía! —dijo el general Browne, un poco a la ligera—. Estoy infinitamente obligado a vuestra señoría; muy especialmente agradecido, de veras. Es probable que recuerde por algún tiempo las consecuencias del experimento, como vuestra señoría gusta de llamarlo.

—Ahora sois injusto, mi querido amigo —dijo lord Woodville—. Debéis meditar por un momento solamente, hasta convenceros de que yo no podía augurar la aflicción a la que desgraciadamente os visteis expuesto. Ayer por la mañana era completamente escéptico con respecto a las apariciones sobrenaturales. Estoy seguro de que si os hubiera contado lo que se decía acerca del aposento, esos mismos rumores os habrían inducido a elegirlo, por voluntad propia, para vuestro alojamiento. Ha sido mi infortunio, tal vez mi error, aunque no puede calificarse como culpa mía, que hayáis sufrido de forma tan extraña.

—¡Y tan extraña! —dijo el general, recobrando su buen humor—. Reconozco que no tengo derecho a enfadarme con vuestra señoría por tratarme como yo mismo lo hubiera hecho, es decir, como a un hombre de cierta firmeza y valor. Pero veo que acaban de llegar mis caballos de posta, y no debo entretener más a vuestra señoría.

—No, mi viejo amigo —dijo lord Woodville—, ya que no podéis permanecer con nosotros otro día, a lo que verdaderamente ya no puedo urgiros, concededme al menos media hora más. Os solían gustar los cuadros y yo poseo una colección de retratos, algunos de ellos de Van Dyck, que representan al linaje al que anteriormente pertenecieron tanto la propiedad como el castillo. Creo que varios de ellos os parecerán dignos de mérito.

El general Browne aceptó la invitación, aunque un poco a disgusto. Era evidente que no iba a respirar libremente o a gusto hasta haberse alejado del castillo de Woodville. Sin embargo, no podía rechazar la invitación de su amigo, y menos aún en vista de que estaba un poco avergonzado del malhumor que había mostrado a su bienintencionado anfitrión.

Por tanto, el general siguió a lord Woodville a través de varios aposentos hasta una larga galería repleta de cuadros, que aquél fue señalando a su huésped, informándole de los nombres y otras particularidades de los personajes, cuyos retratos aparecían cronológicamente. El general Browne estaba poco interesado en los detalles que estos informes le revelaban, que eran, realmente, similares a los que solían encontrarse en otras galerías de antiguas familias. Había un caballero que arruinó la heredad en la causa real, y una hermosa dama que la había restituido contrayendo matrimonio con un rico Cabezarredonda[1]. También pendía un galán que había corrido grave peligro por escribirse con los exiliados de la corte de St. Germain[2]; otro que había combatido por Guillermo en la Revolución; y un tercero que se había inclinado alternativamente por los whigs y los tories.

Mientras lord Woodville saturaba con estas palabras los oídos de su huésped, «en contra de su propio parecer», llegaron a la mitad de la galería. Entonces advirtió que el general Browne se había sobresaltado repentinamente, asumiendo una actitud de máxima sorpresa, mezclada con miedo, al fijarse sus ojos súbitamente en el retrato de una anciana dama con vestido de saco, prenda de moda a finales del siglo diecisiete.

—¡Es ella! —exclamó—. La misma figura y los mismos rasgos, aunque su expresión no es tan diabólica como la de la condenada bruja que me vistió la pasada noche.

—Si es así —dijo el joven noble—, no puede caber ya la menor duda acerca de la horrible realidad de vuestra aparición. Es el retrato de una desdichada antepasada mía, de cuyos crímenes recoge la historia de la familia un funesto y espantoso catálogo que guardo en mi caja de caudales. La relación de todos ellos sería demasiado horrible. Baste con decir que en aquel fatal aposento se cometieron incesto y asesinato contra natura. Lo restituiré a la soledad a la que lo había consignado el mejor juicio de los que me precedieron. Y nadie, mientras yo pueda evitarlo, será nunca más expuesto a la repetición de los horrores sobrenaturales que fueron capaces de hacer mella en un valor como el vuestro.

De esta manera, los amigos que con tanto júbilo se habían encontrado, partieron en un estado de ánimo bien diferente. Lord Woodville a ordenar que desmantelaran la Cámara de los Tapices y que reforzaran la puerta, y el general Browne a buscar en algún país menos hermoso, y en compañía de algún amigo menos digno, el olvido de la desagradable noche que había pasado en el castillo de Woodville.


[1] Miembros del partido del Parlamento durante la guerra civil del siglo XVII, así llamados por su puritana costumbre de llevar el pelo muy corto, cuando los partidarios del rey usaban largas melenas. (N. del T.)

[2] Se refiere a la que formó Jacobo II, rey de Inglaterra, en la ciudad francesa de Saint-Germain-en-Laye, cerca de París, al ser depuesto en 1688. (N. del T.)

© Walter Scott: The Tapestried Chamber (La cámara de los tapices). Publicado en The Keepsake, 1828. Traducción de Juan Antonio Molina Foix.