Hay un tema relacionado con la lectura de libros que creo que vale la pena desarrollar porque implica un hábito que es muy generalizado y sobre el cual, que yo sepa, muy poco se ha escrito: me refiero a la lectura en el retrete. Siendo joven, en busca de un lugar seguro donde devorar los clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el cuarto de baño. Desde esa época juvenil ya nunca volví a leer en el retrete. Cuando busco paz y quietud tomo el libro y me marcho al bosque. No conozco mejor lugar para leer un buen libro que las profundidades de la espesura. Con preferencia junto a un arroyo.

Inmediatamente escucho objeciones. «¡Pero no todos tenemos la fortuna de usted! Tenemos empleos, vamos al trabajo y regresamos de él en tranvías, autobuses y metros atestados; a duras penas tenemos un minuto que podamos llamar nuestro».

Yo mismo fui «trabajador» hasta los treinta y tres años. Fue en este período temprano de mi vida cuando realicé la mayor parte de mis lecturas. Invariablemente leía en condiciones difíciles. Recuerdo que cierta vez me reprendieron al sorprenderme leyendo a Nietzsche, en vez de corregir el catálogo de pedidos por correo, que era entonces mi ocupación. Ahora que lo pienso comprendo que fue afortunado que me hayan despedido. ¿Acaso Nietzsche no fue mucho más importante en mi vida que el conocimiento del negocio de los pedidos por correo?

Durante cuatro años consecutivos, en el trayecto de ida y vuelta entre las oficinas de la Everlasting Portland Cement Co. y mi casa, leí los libros más «pesados». Leía de pie, apretujado por los cuatro costados por pasajeros como yo. No solamente leía durante estos viajes en el suburbano sino que memorizaba extensos pasajes de esos tomos demasiado compactos. Aunque no hubiera servido para otra cosa, fue un valioso ejercicio en el arte de la concentración. En este empleo muchas veces me quedaba trabajando hasta muy avanzada la noche, por lo general sin almorzar, no porque quisiera leer durante la hora del almuerzo sino porque no tenía dinero para comer. De noche cenaba deprisa y corría a reunirme con mis compañeros. En esos años, y muchos años después, raras veces dormí más de cuatro a cinco horas diarias, pero leía enormemente. Además, repito, leí —por lo menos para mí— los libros más difíciles y no los fáciles. Nunca leí para matar el tiempo. Raras veces leo en la cama, a menos que me sienta indispuesto o finja sentirme mal para gozar un breve descanso. Contemplando el pasado, me parece que siempre leía en posición incómoda. (Que es la forma en que escriben la mayoría de los escritores y pintan la mayoría de los pintores, según compruebo). Pero lo leído penetró. Lo importante es, y debo recalcarlo, que leía sin desviar la atención y con todas las facultades que poseía. Cuando jugaba me sucedía lo mismo.

De vez en cuando iba a pasar la noche en la biblioteca pública, para leer. Eso era como ocupar un palco en el paraíso. A menudo, cuando abandonaba la biblioteca, decía para mis adentros: «¿Por qué no vienes más a menudo?». El motivo de que no lo hiciera, por supuesto, era que la vida se interponía en el camino. Uno muchas veces dice la «vida» para indicar el placer o cualquier distracción tonta.

Por lo que he podido establecer mediante conversaciones con amigos íntimos, la mayoría de las lecturas que se hacen en el retrete es lectura inútil. Los periódicos, las revistas gráficas, los folletines, las novelas policíacas y de aventuras, y todos los cabos sueltos de la literatura, es lo que la gente lleva al baño para leer. Algunos, según me dicen, tienen estantes con libros en el cuarto de baño. Su material de lectura los espera, por así decirlo, como los espera en el consultorio del dentista. Es sorprendente la avidez con que la gente examina el «material de lectura», según se le llama, que encuentra en grandes pilas en las salas de espera de los profesionales. ¿Será para distraer la mente de la dolorosa prueba que los aguarda? Mis limitadas observaciones me indican que estos individuos ya han absorbido más de lo que les corresponde en cuanto a los «acontecimientos de actualidad»: guerra, accidentes, más guerra, desastres, guerra otra vez, homicidios, más guerra, suicidios, guerra de nuevo, asaltos de bancos, nuevamente guerra y más guerra, fría y caliente. No cabe duda de que son los mismos individuos que tienen la radio funcionando prácticamente todo el día y la noche, que van al cine con la máxima frecuencia posible —donde reciben más noticias frescas, más «acontecimientos de actualidad» y que compran televisores para sus hijos. ¡Todo para estar informados! ¿Pero saben algo que realmente valga la pena saber sobre estos acontecimientos de tremenda importancia que conmueven al mundo?

La gente podrá insistir en que devora los diarios o pega las orejas a la radio (a veces las dos al mismo tiempo) para mantenerse al corriente de las actividades del mundo, pero es pura ilusión. Lo cierto es que apenas estos tristes individuos no están activos, no están ocupados, adquieren noción de un siniestro y doloroso vacío dentro de sí mismo. Francamente no importa con qué papilla se harten, lo importante es no ponerse cara a cara frente a sí mismos. Meditar sobre el problema del día, o siquiera sobre los problemas personales, es lo último que el individuo normal quiere hacer.

Incluso en el retrete, donde uno creería innecesario hacer algo, pensar algo, donde por lo menos una vez al día uno se encuentra a solas consigo mismo y todo lo que suceda sucede automáticamente, hasta este momento de gloria, porque es en realidad un tipo de gloria menor, debe ser interrumpido mediante la concentración en el material impreso. Creo que cada cual tiene su tipo de lectura preferida para la intimidad del excusado. Algunos navegan por largas novelas; otros, en cambio, sólo leen la hojarasca más superficial. Algunos, no cabe la menor duda, simplemente vuelven las páginas y sueñan. ¿Cómo son los sueños que sueñan? Nos preguntamos. ¿De qué se tiñen sus sueños?

Hay madres que nos dirán que sólo en la toilette tienen oportunidad de leer. ¡Pobres madres! La vida es realmente dura para vosotras en estos tiempos. Sin embargo, comparadas con las madres de cincuenta años atrás, vosotras tenéis más oportunidad para desarrollaros a vosotras mismas. En vuestro completo arsenal de dispositivos que economizan trabajo tenéis lo que ni siquiera las emperatrices de la antigüedad poseyeron. Si al adquirir todos esos artefactos queríais realmente ahorrar «tiempo», entonces habéis sido cruelmente engañadas.

Después están los niños, por supuesto. Cuando todas las demás excusas fallan, siempre son «los niños». Vosotras tenéis jardines de infantes, campos de juego, niñeras y Dios sabe qué otras cosas. Hacéis dormir la siesta a los niños después de almorzar y los acostáis lo antes posible, todo de acuerdo con los «modernos» métodos aprobados. En suma, tenéis lo menos posible que hacer con vuestros hijos. Son eliminados, tal como sucede con los odiosos menesteres domésticos. Todo en nombre de la ciencia y la eficiencia.

Sí, mis queridas madres, sabemos que por mucho que hagáis siempre hay más que hacer. Es verdad que vuestra tarea nunca se acaba. ¿De quién será, me pregunto? ¿Quién descansa el séptimo día, no siendo Dios? ¿Quién contempla su obra, cuando está terminada, y la halla buena? Al parecer el único que lo hace es el Creador.

A veces me pregunto si estas madres conscientes que siempre se quejan de que nunca terminan su trabajo (forma inventada de autoelogio), me pregunto, como decía, si alguna vez se les ocurre llevarse al retrete, no material de lectura sino pequeños trabajitos que han dejado sin terminar. O bien, diciéndolo de otra manera, ¿alguna vez se les ocurre sentarse a meditar sobre su suerte durante esos preciosos momentos de completa intimidad? ¿Alguna vez, en tales momentos, piden al buen Señor fuerzas y valor para seguir marchando por el camino del martirio?

Muchas veces me pregunto cómo se las arreglaron nuestros pobres antepasados, empobrecidos y totalmente incapacitados, para hacer lo que hicieron. Algunas madres de antes, como sabemos por las vidas de los grandes hombres, lograron leer en abundancia a pesar de esas graves «incapacidades». Parecería como si algunas hubiesen tenido tiempo para todo. No solamente cuidaron a sus hijos, les enseñaron todo lo que sabían, los amamantaron, les dieron de comer, los limpiaron, jugaron con ellos y hasta les confeccionaron la ropa (y a veces hasta las telas), no solamente lavaban y planchaban la ropa de todos, sino que por lo menos algunas también consiguieron echar una mano a sus esposos, especialmente si eran gente sencilla del campo. Son innumerables las cosas grandes y pequeñas que nuestros antepasados hicieron sin ninguna ayuda, antes de que hubiese dispositivos que ahorraran trabajo, dispositivos que ahorraran tiempo, antes de que hubiese medios para aprender más rápido, antes de que hubiese jardines de infantes, guarderías, centros de recreo, trabajadores sociales, cinematógrafos y oficinas de asistencia federal de todo tipo.

Puede que las madres de nuestros grandes hombres también hayan tenido la costumbre de leer en el baño. Si es así, comúnmente no se sabe. Tampoco he leído que lectores omnívoros como Macaulay, Saintsbury y Rémy de Gourmont, por ejemplo, cultivasen este hábito. Sospecho, en cambio, que estos lectores gargantuescos han vivido demasiado activos, demasiado concentrados en su objetivo, como para derrochar el tiempo de esta manera. El hecho mismo de que fueran lectores tan prodigiosos indicaría que su atención siempre estuvo indivisa. Es cierto, sin embargo, que existen bibliómanos que leen durante las comidas o mientras caminan; puede que algunos hasta consigan leer y conversar al mismo tiempo. Hay un tipo de persona que no puede resistir la lectura de todo cuanto entra dentro de su campo visual: leen literalmente de todo, hasta los avisos de objetos perdidos en el diario. Están obsesionados y son dignos de compasión.

Quizá no esté de más un sano consejo en esta encrucijada. Si tus intestinos se niegan a funcionar, consulta a un herborista chino. No leas para distraer la mente de la ocupación que tienes entre manos. Al sistema autónomo le agrada la concentración total y responde a ella, sea al comer, dormir, evacuar o lo que tú quieras. Si no puedes comer, si no puedes dormir, es porque algo te molesta. Hay algo «sobre tu mente», donde en realidad no debería estar, en otras palabras. Lo mismo reza en cuanto a las deposiciones. Elimina de tu cabeza todo lo que no sea la ocupación que estás cumpliendo. No importa lo que hagas, encáralo con la mente libre y la conciencia limpia. Este es un consejo antiguo y sano. En la actualidad se tiende a intentar varias cosas al mismo tiempo para «aprovechar el tiempo al máximo», como se dice. Esto es completamente desacertado, antihigiénico e ineficaz. ¡Las cosas se hacen con lo fácil! «Ocúpate de las cosas pequeñas, porque las grandes se hacen solas». Todo el mundo escucha eso cuando es niño. Muy pocos lo practican.

Si reviste vital importancia alimentar el cuerpo y la mente, la misma importancia tiene eliminar del cuerpo y la mente lo que ha servido a sus fines. Lo que no se usa y se «acapara» se torna ponzoñoso. Esto es sentido común liso y llano. Se desprende, por lo tanto, que si acudes al baño para eliminar el material de desecho acumulado en tu organismo, te perjudicas si empleas esos preciosos momentos en llenarte la cabeza con «desperdicios». ¿Acaso para ahorrar tiempo se te ocurriría comer y beber sentado en el excusado?

Si todo momento de la vida es tan precioso para ti, si insistes en razonar para tus adentros que el tiempo que pierdes todos los días en el retrete no es despreciable —algunas personas prefieren llamarlo «W.C.» o el «John»— entonces, cuando tomes tu material de lectura preferido pregúntate: ¿Necesito esto? ¿Por qué? (Los fumadores muchas veces lo hacen cuando tratan de quitarse del vicio y lo mismo hacen los alcohólicos. Es una estratagema que no debe desdeñarse). Supongamos —¡y ya es suponer mucho!— que eres una persona que solamente lee en el excusado «la mejor literatura del mundo». Aun así, sostengo que te valdrá la pena preguntarte: «¿Necesito esto?». Supongamos que te resistieras a leer La Divina Comedia. Supongamos que en vez de leer este gran clásico medites sobre lo que has leído sobre él o lo que has oído decir de él. Eso produciría una ligera mejoría. Mejor todavía, sin embargo, sería no meditar sobre literatura en absoluto sino simplemente mantener la mente tan abierta como el intestino. Si por fuerza tienes que hacer algo, ¿por qué no ofreces una silenciosa oración al Creador, una oración de agradecimiento porque tus intestinos todavía funcionan? ¡Imagínate cuál sería tu situación si se paralizaran! Poco tiempo lleva ofrecer una oración de este tipo y, además, ofrece la ventaja de poder sacar al Dante a la luz del sol, donde podrás comulgar con él en términos más iguales. Tengo la certeza de que ningún escritor, ni siquiera muerto, se sentiría halagado si alguien asociara su obra con el sistema de cloacas. Ni siquiera las obras escatológicas se gozan al máximo en el excusado. Habría que ser un auténtico coprófilo para explotar al máximo una situación así.

Habiendo dicho algunas cosas duras sobre la madre moderna, ¿qué me quedaría para el padre moderno? Me limitaré al padre norteamericano porque lo conozco mejor. Esta especie de padre de familia, como sabemos perfectamente, se considera a sí mismo un desdichado esclavo al que nadie aprecia. Además de proveer para los lujos y necesidades de la vida, hace todo lo posible por mantenerse en segundo plano. Si tuviera uno o dos minutos de ocio, se creería en el deber de lavar los platos o cantar al nene para que se duerma. A veces se siente tan apremiado, tan acuciado y tan abusado que cuando su pobre mujer agotada, desnutrida y opaca se encierra en el baño —o sea el «W.C.»— durante una hora interminable, se enfurece hasta el extremo de querer romper la puerta para asesinarla allí mismo.

A estos pobres diablos que desconocen su verdadero papel quisiera recomendarles el siguiente procedimiento para el caso que se presente una crisis así. Digamos que ella ha estado encerrada «allí» por lo menos media hora. No está constipada, no se está masturbando ni se está hermoseando. «¿Entonces qué demonios hace allí?». ¡Cuidado! Yo sé lo que pasa cuando te pones a hablar solo. No pierdas los estribos. Simplemente trata de imaginar que, sentada allí, en el excusado, está la mujer que antaño amaste tan locamente que por nada en el mundo te habrías enfadado con ella. No te pongas celoso de Dante, de Balzac o Dostoievsky si éstas son las sombras con las cuales ella se está comunicando allí. «¡Y hasta puede que lea la Biblia! Ha estado allí lo suficiente como para leer el Deuteronomio». Lo sé. Sé la impresión que esto te causa. Pero no está leyendo la Biblia, y tú lo sabes. Quizá tampoco sea Los Poseídos, ni Seraphita, ni Holy Living (Vida Santa) de Jeremy Taylor. Podría ser Lo que el Viento se Llevó. ¿Pero qué importa? El remedio —créeme hermano, ¡el único remedio!— es ensayar una actitud distinta. Ensaya las preguntas y respuestas. Como éstas, por ejemplo.

—¿Qué haces allí dentro, querida?

—Estoy leyendo.

—¿Se puede saber qué?

—Algo sobre la Batalla del Marne.

(Simula no irritarte por eso. ¡Prosigue!).

—Me pareció que estabas puliendo tu español.

—¿Cómo dices, amor mío?

—Te preguntaba si es bueno.

—Oh, no, muy aburrido.

—¿Quieres que te traiga otra cosa?

—¿Cómo dices, querido?

—Decía si quieres que te traiga una bebida fresca mientras lees ese material.

—¿Que material?

—La Batalla del Marne.

—Oh, eso ya lo terminé. Ahora estoy leyendo otra cosa.

—¿Necesitas algún libro de referencia, querida?

—Me parece que sí. Me gustaría un diccionario abreviado, el Webster’s, si no es molestia.

¿Molestia? Es un placer. Te traeré el no abreviado.

—No, con el abreviado es suficiente. Es más manejable.

(Corre ahora de un lado para otro, como si buscaras el diccionario).

—Querida, no encuentro ni el abreviado ni el no abreviado. ¿Te serviría la enciclopedia? ¿Qué es lo que buscas, una palabra, una fecha, o?…

—Oye, querido, lo que en realidad quiero es paz y tranquilidad.

—Sí, querida, por supuesto. Quitaré la mesa, lavaré los platos y acostaré a los chicos. Después si quieres te leeré. Acabo de descubrir un magnífico libro sobre Nostradamus.

—Eres muy atento, querido. Pero prefiero seguir leyendo.

—¿Leyendo qué?

—Se llama Las Memorias del Mariscal Joffre, con un prefacio de Napoleón y un detallado estudio de las principales campañas escrito por un profesor de estrategia militar —¡no figura su nombre!— de West Point. ¿Ahora estás conforme, querido?

—Perfectamente.

(Entonces vete a buscar el hacha en la pila de leña. Si no hay pila de leña tendrás que inventarla. Rechina los dientes como si afilaras el hacha, tal como hace Minutten en Mysteries).

Pero he de darte otro consejo. Cuando ella no mire, deja un ejemplar de la obra de Balzac Sobre Catalina de Médici en el «W.C.», ponle una marca en la página 109 y subraya el siguiente pasaje:

El cardenal acababa de comprobar que Catalina le había traicionado. La taimada italiana había visto en la rama joven de la familia real un obstáculo que podría utilizar para contrarrestar las pretensiones de los Guisas, y, a pesar del consejo de los dos Gondis, quienes le indicaron que dejara actuar contra los Borbones a los Guisas con toda la violencia de que eran capaces, consiguió frustrar, poniendo sobre aviso a la reina de Navarra, el complot para secuestrar Béarn que los Guisas habían urdido con el rey de España. Como solamente conocían este secreto de Estado ellos mismos y Catalina, los príncipes de Lorena tuvieron la seguridad de que los había traicionado y quisieron enviarla de nuevo a Florencia; pero para obtener pruebas de la traición de Catalina al Estado —el Estado era la Casa de Lorena— el duque y el cardenal la utilizaron como instrumento para deshacerse del rey de Navarra.

La ventaja de darle a leer un texto como éste consiste en que apartará por completo su mente de los quehaceres domésticos y la colocará en condiciones de charlar contigo de historia, profecías o simbolismos el resto de la noche. Hasta es probable que se sienta tentada a leer la introducción escrita por George Saintsbury, uno de los más grandes lectores del mundo, virtud o vicio que no le impidió escribir algunos de los prefacios o introducciones más tediosos y superfluos para las obras de otros.

Podría sugerir, por supuesto, otros libros absorbentes, principalmente uno llamado Nature and Man (La Naturaleza y el Hombre) de Paul Weiss, profesor de filosofía y lógica, que, si no es simplemente de primera fila, por lo menos es de «aguas lustrosas», un ventrílocuo capaz de retorcerle los sesos a un pundit rabínico para hacer un nudo gordiano con ellos. Se puede leer al azar esta obra sin perder ni un solo hilo de su destilada lógica. Todo ha sido predigerido por el autor. El texto no tiene otra cosa que pensamiento puro. He aquí un ejemplo, de la parte sobre «Inferencia».

La inferencia necesaria difiere de la contingente en que la premisa basta para justificar la conclusión. En la inferencia necesaria sólo existe una relación lógica entre la premisa y la conclusión: no hay ningún principio que provea el contenido para la conclusión. Tal inferencia es derivable de una inferencia contingente tratando al principio contingente como premisa. C. S. Pierce parece haber sido el primero que descubrió esta verdad. «Designemos las premisas de cualquier argumento con la letra P, la conclusión con C y el principio con L —dijo—. Entonces, si todo el principio se expresa como premisa, el argumento se convertirá en L y P.». C. Pero este nuevo argumento también tiene que tener su principio, que puede denotarse con L’. Ahora bien, como L y P (suponiendo que sean verídicas) contienen todo lo necesario para determinar la verdad probable o necesaria de C, entonces contienen a L’. Por lo tanto, L’ tiene que estar contenida en el principio, esté expresado en la premisa o no. De ahí que todo argumento tenga, como porción de su principio, cierto principio que no puede eliminarse de su principio. Tal principio podría denominarse principio lógico. Todo principio de inferencia, como indica con claridad la observación de Pierce, contiene un principio lógico mediante el cual es posible avanzar rigurosamente desde una premisa y el principio original hasta la conclusión. Todo resultado de la naturaleza o de la mente, por lo tanto, es consecuencia necesaria de algún antecedente y de algún curso que parte de ese antecedente y termina en ese resultado.

El lector se preguntará por qué no he sugerido la Fenomenología de la Mente, de Hegel, que es la piedra angular reconocida de toda la suite cascanueces de la prestidigitación intelectual, o sea Wittgenstein, Korzybski, Gurdjieff y Cía. ¡Por qué no! ¿Por qué no la Philosophy of As if (Filosofía del Como si) de Vaihinger? ¿O The Alphabet (El Alfabeto) de David Diringer? ¿Por qué no The Ninety-Five Theses (Las Noventa y Cinco Tesis) de Lutero o el Preface to the History of the World (Prefacio a la Historia del Mundo) de Walter Raleigh? ¿Por qué no la Aeropagitica de Milton? Todos son libros amorosos. Tan edificantes, tan instructivos…

Ah, si nuestro pobre pater familias norteamericano tomase a pecho este problema de la lectura en el cuarto de baño, si prestase seria consideración al medio más eficaz para romper este hábito, ¡qué lista de libros no idearía para un Estante Privado de Un Metro Cincuenta! Con un poco de ingenio conseguiría curar a su esposa del hábito o disgregarle la mente.

Si realmente fuera ingenioso pensaría en un sustituto de este pernicioso hábito de lectura. Podría, por ejemplo, tapizar las paredes del «waterre», como dicen los franceses, con lienzos. ¡Qué agradable, sedante, lenitivo y educativo sería dejar que la mirada recorra algunas obras maestras mientras se responde a la llamada de la naturaleza! Para empezar, Romney, Gainsborough, Watteau, Dalí, Grant Wood, Soutine, Breuguel el Viejo y los hermanos Albright. (Las obras de arte, dicho sea de paso, no son una afrenta para el sistema autónomo.). O bien, si su gusto no tiende hacia esas direcciones, podría revestir las paredes del «waterre» con las cubiertas del Saturday Evening Post o con tapas de Time, pues nada podría ser más «básico-básico», para emplear el lenguaje de la dianética. O bien podría aprovechar los ratos de ocio para ponerse a bordar en sedas multicolores alguna leyenda rara para colgar a la altura de los ojos cuando ella ocupa su lugar acostumbrado en el «waterre», una leyenda como esta: Hogar es todo sitio donde uno cuelga el sombrero. Como esto entraña una moraleja, podría cautivarla de manera inimaginable. ¡Hasta la liberaría de la blanca muleta del excusado en tiempo récord, vaya uno a saber!

En este punto creo importante mencionar el hecho de que la ciencia acaba de descubrir la eficacia, la eficacia terapéutica, del Amor. Los suplementos dominicales están repletos de temas así. Al parecer éste es el gran descubrimiento del siglo, después de la dianética, los platillos volantes y la cibernética. El hecho de que hasta los psiquiatras reconozcan ahora la validez del amor, imparte un sello de aprobación que (al parecer) Jesucristo, la luz del Mundo, no consiguió facilitar. Las madres, que ahora han despertado a este hecho incontrovertible, ya no tendrán problemas en sus tratos con sus hijos ni tampoco, «ipso facto», en sus tratos con sus maridos. Los alcaides abrirán las cárceles para soltar a los reclusos; los generales ordenarán a sus hombres que abandonen las armas. El milenio está a la vuelta de la esquina.

No obstante, y a pesar de la llegada del milenio, los seres humanos todavía estarán obligados a reparar en el «water closet» diariamente. Todavía tropezarán con el problema de cómo sentarse en el excusado para aprovechar mejor el tiempo. Este problema es virtualmente un problema metafísico. Para desempeñar esta función la naturaleza no nos pide otra cosa que completa conformidad. La única colaboración que demanda de nuestra parte es nuestra disposición a dejar salir. Evidentemente, cuando el Creador diseñó el organismo humano comprendió que sería mejor para nosotros dejar libradas ciertas funciones a sí mismas; es evidente que, si funciones tan vitales como la respiración, el sueño o la defecación quedasen libradas a nuestra disposición, algunos dejaríamos de respirar, de dormir o de concurrir al baño. Muchas personas, recordemos que no todos están en el manicomio, ponen en tela de juicio la inteligencia de su propio organismo. Preguntan por qué, no para saber sino para ridiculizar lo que su limitada inteligencia no alcanza a comprender. Contemplan las demandas del cuerpo como tiempo desperdiciado. ¿Cómo pasan, entonces, el tiempo esos seres superiores? ¿Están completamente al servicio de la humanidad? ¿No comprenden la razón de que haya que perder tiempo en comer, beber, dormir y defecar porque tienen tantas obras buenas que hacer? Sería interesante saber lo que quiere decir esta gente cuando habla de «perder el tiempo».

Tiempo, tiempo… Muchas veces me he preguntado qué haríamos con el tiempo si de pronto tuviésemos el privilegio de funcionar a la perfección. Porque en cuanto pensamos en el funcionamiento perfecto, ya no podemos retener la imagen de la sociedad tal como está constituida en la actualidad. Gastamos la mayor parte de nuestra vida luchando contra desajustes de todo tipo; todo está fuera de sus carriles, desde el cuerpo humano hasta el cuerpo político. Suponiendo que el cuerpo humano funcione bien y que el cuerpo social también funcione bien, pregunto: «¿Qué haríamos con nuestro tiempo?». Para circunscribir por el momento el problema a un solo aspecto, la lectura, ruego al lector que imagine qué libros, qué tipo de libros, consideraría entonces necesarios o dignos de merecer un poco de tiempo. En cuanto estudiamos el problema de la lectura desde este punto de vista toda la literatura se desmorona. Según mi entender, en la actualidad leemos principalmente por los siguientes motivos: uno, para escapar de nosotros mismos; dos, para armarnos contra peligros reales o imaginarios; tres, para «mantenernos a la altura» de nuestros vecinos o para impresionarles, lo cual es lo mismo; cuatro, para saber lo que pasa en el mundo; cinco, para entretenernos, lo que significa ser estimulados a una actividad mayor y superior, y a una existencia más rica. Podríamos agregar otras razones, pero estas cinco me parecen las principales, y las he consignado por orden de importancia actual, según creo conocer a mis semejantes. No hace falta reflexionar mucho para llegar a la conclusión de que, si fuésemos correctos con nosotros mismos y todo marchase bien en el mundo, la única razón válida, la que tiene menor importancia en el presente, sería la última. Las otras desaparecerían porque no tendrían razón de existir. E incluso la nombrada en último término, dadas las condiciones ideales mencionadas, tendría poco o ningún asidero en nosotros. Hay y siempre hubo individuos raros que ya no necesitan los libros, ni siquiera los libros «sagrados». Éstos son precisamente los iluminados, los que han despertado. Saben perfectamente bien lo que sucede en el mundo. No consideran a la vida como un problema ni un calvario, sino como un privilegio y una bendición. No buscan imbuirse de conocimientos sino de sabiduría. No viven torturados por el miedo, la ansiedad, la ambición, la envidia, la codicia, el odio o la rivalidad. Se interesan profundamente, pero al mismo tiempo se despreocupan. Gozan todo lo que hacen porque participan directamente. No tienen necesidad de leer libros sagrados ni de comportarse como santos porque ven la vida en su totalidad y ellos mismos son totales, de manera que para ellos todo es total y sagrado.

¿Cómo gastan su tiempo estos individuos excepcionales?

Ah, se han dado muchas respuestas a esta pregunta. Y el motivo por el cual existen muchas respuestas es que todo el que sea capaz de plantearse tal pregunta ante sí mismo, piensa en un tipo distinto de individuo «excepcional». Algunos consideran que estos raros individuos pasan su vida entregados a la oración y a la meditación; otros los ven actuando en el concierto de la vida, desempeñando un sinnúmero de ocupaciones, pero sin hacerse notar nunca. Sin embargo, no importa cómo contemplemos a estas almas raras, no importa el mucho o poco desacuerdo que haya en cuanto a la validez o la eficacia de su manera de vivir, estos hombres tienen en común una cualidad, cualidad que los distingue radicalmente del resto de la humanidad y proporciona la clave de su personalidad, su raison d’être: ¡tienen todo el tiempo en sus propias manos! Estos hombres jamás están demasiado apurados, jamás demasiado ocupados como para no responder a una llamada. El problema del tiempo sencillamente no existe para ellos. Viven el momento y tienen noción de que cada momento es una eternidad. Todos los demás tipos de individuos que conocemos establecen límites a su tiempo «libre». Los primeros, en cambio, no tienen otra cosa que tiempo libre.

Si pudiera darte un pensamiento que te conviene llevar contigo todos los días al baño sería el siguiente: «Medita en tus momentos libres». Si este pensamiento no rinde sus frutos, entonces vuelve a tus libros, a tus revistas, a tus diarios, a tus historietas cómicas, a tus aventuras. Amaos, informaos, preparaos, divertíos, olvidaos de vosotros mismos, dividíos los unos a los otros. Y cuando hayáis hecho todas estas cosas (inclusive el bruñido del oro, como recomienda Cennini), preguntaos si sois seres más fuertes, más sabios, más felices, más nobles, más conformes. Sé que no lo seréis, pero eso está en vosotros descubrirlo.

Es curioso, pero el mejor tipo de excusado —según los médicos— es aquel donde sólo un equilibrista podría leer. Me refiero a los que encontramos en Europa, Francia especialmente, y que hacen gemir al turista norteamericano. No hay asiento, no hay un cuenco, sino simplemente un agujero en el piso con dos baldosas para los pies y un pasamanos a ambos lados para sostenerse. Uno no se sienta como de ordinario, sino que se pone en cuclillas. (¡Les vrais chiottes, quoi!). En estos extraños retretes jamás se le mete a uno en la cabeza la idea de leer. Lo único que uno quiere es terminar lo antes posible y no mojarse los pies. Nosotros, los norteamericanos, aunque disimulamos todo lo que se relacione con las funciones vitales, terminamos haciendo tan atractivo al «W.C.» que nos quedamos allí sin hacer nada después de haber terminado lo que teníamos que hacer. La combinación de excusado y baño nos resulta por demás atractiva. Bañarse en un lugar distinto de la casa nos parecería absurdo. Pero no podría parecerlo para personas realmente delicadas.

Interrupción… Hace unos momentos dormí la siesta al aire libre, en medio de una densa niebla. Fue un sueño liviano, interrumpido por el zumbido de un insistente moscardón. En uno de mis sobresaltos, entre dormido y despierto, acudió a mi mente el recuerdo de un sueño o, para ser más exacto, el fragmento de un sueño. Se trata de un sueño viejo, muy viejo, y sumamente maravilloso, que vuelve a mí —en ocasiones— con insistencia. Por momentos se me presenta con tanta claridad, aunque colado por una grieta, que dudo que haya sido un sueño. Me pongo entonces a devanarme los sesos para recordar el título de una serie de libros que en una época mantuve encerrados en un cofrecito. En este momento la naturaleza y contenido de este sueño recurrente no aparecen tan nítidos como en otras ocasiones. No obstante, su aura todavía conserva su intensidad, como también las asociaciones que suelen acompañar a su evocación.

Hace un instante me preguntaba por qué siempre pienso en este sueño en relación con el retrete, pero entonces recordé de pronto que, al salir de mi estado onírico, o, mejor dicho, cuando estaba a punto de salir de él, percibí el desagradable olor del excusado que está escondido en ese «pozo negro» de mi casa, en ese barrio que siempre prolongo a la «calle de los viejos pesares». En invierno era un verdadero problema refugiarse en este congelado y hermético cubículo que nunca estaba alumbrado, ni siquiera por una vacilante mecha de aceite comestible.

Pero otra cosa más precipitó el recuerdo de esos días idos tanto tiempo atrás. Esta misma mañana examiné el índice que aparece en el último volumen de The Harvard Classics con el fin de refrescar la memoria. Como siempre, la simple idea de esta colección despierta memorias de días sombríos pasados en el altillo con estos sangrientos libros. Considerando el triste estado de ánimo en que solía estar cuando me retiraba a esta ala funeraria de la casa, no puedo menos que maravillarme por el hecho de que haya navegado por una literatura como Rabbi Ben Ezra, The Chambered Nautilus, Ode to a Waterfowl, I Promessi Sposi, Samson Agonistes, Guillermo Tell, La Riqueza de las Naciones, Las Crónicas de Froissart, la Autobiografía de John Stuart Mill, y otras por el estilo. Ahora creo que no ha sido la fría niebla sino el peso abrumador de esos días pasados en el altillo, cuando luchaba con autores por los cuales no experimentaba ninguna simpatía, lo que me hizo dormir tan bien hace un rato. En ese caso debo agradecer a sus espíritus ausentes por haberme hecho recordar este caprichoso sueño, en el que aparece una colección de mágicos libros que valoraba hasta tal extremo que los escondí —en un cofrecito— y jamás volví a encontrarlos nuevamente. ¿No es extraño que esos libros, libros que pertenecen a mi juventud, tengan que revestir más importancia para mí que todo lo que he leído después? Obviamente debo de haberlos leído en el sueño, inventando títulos, contenido, autor, todo. De vez en cuando como he mencionado previamente, con los destellos del sueño regresan a veces nítidos recuerdos de la misma textura de la narración. En tales momentos me pongo casi frenético, porque en la serie del sueño hay un libro que encierra la clave de toda la obra, y este libro en particular, su título, su contenido y su significado, llega a veces hasta el umbral mismo de la conciencia.

Uno de los aspectos más borrosos, confusos y atormentadores relacionados con este recuerdo es que siempre me impone la sensación —¿por quién?, ¿en virtud de qué?— de haber leído esos libros en el barrio de Fort Hamilton (Brooklyn). Se me impone el convencimiento de que todavía están escondidos en la casa donde los leí, pero no tengo la menor noción del sitio donde estaba esa casa, a quién pertenecía ni por qué motivo llegué allí. Lo único que recuerdo hoy sobre Fort Hamilton es haber andado en bicicleta por los lugares hacia los cuales me encaminaba los solitarios sábados por la tarde, en la época en que me consumía un desolado amor por mi primera novia. Como un fantasma sobre ruedas recorría el trayecto de rutina —Dyker Heights, Bensonhurst, Fort Hamilton— siempre que salía de casa pensando en ella. Viajaba tan absorto pensando en ella que perdía por completo la noción de mi cuerpo: por momentos pedaleaba pegado al parachoques trasero de un automóvil que marchaba a sesenta kilómetros por hora y por momentos deambulaba como un sonámbulo. No podría decir que el tiempo haya gravitado pesadamente en mis manos. La pesadez se alojaba enteramente en mi corazón. En ocasiones me arrancaba de la ensoñación el paso de una pelota de golf sobre mi cabeza. En ocasiones la vista del cuartel me llevaba allí, porque siempre que espío viviendas militares, viviendas que los hombres habitan hacinados como ganado, experimento una sensación de repugnancia. Pero también había intermedios —o «remisiones», si se quiere— agradables. Siempre, por ejemplo, me agradaba entrar en Bensonhurst, donde de niño había pasado días tan encantadores con Joey y Tony. ¡Cómo ha cambiado todo con el tiempo! En esa época, en esas tardes de los sábados, era un joven desesperadamente enamorado, un becerro lunar completamente indiferente a todo lo demás en el mundo. Si me echaba en brazos de un libro sólo era para olvidar el dolor de un amor que resultaba demasiado grande para mí. Mi refugio era la bicicleta. Montado en la bicicleta tenía la sensación de sacar a ventilar mi doliente amor. El panorama que se desplegaba ante mis ojos o que desaparecía a mis espaldas era un sueño perfecto: bien podría haber estado recorriendo una pista en un escenario. Todo lo que miraba sólo servía para recordarme a ella. A veces, creo que, para no caerme al suelo completamente desesperado y abrumado, alimentaba esas fatuas fantasías que asaltan a los enamorados, la chispa de esperanza, digamos, de que en un recodo del camino ella me aguardase para recibirme con una cálida, radiante y amorosa sonrisa… pero ella. Si ella no se «materializaba» en este punto, imaginaba que estaría en otro, hacia el cual, con oraciones y esperanzas, avanzaría a toda velocidad, sólo para llegar sin aliento y otra vez decepcionado.

No cabe duda que la mágica naturaleza de estos libros del sueño guardaba relación con mi acumulada nostalgia por esta niña que nunca lograba encontrar, y había sido inspirada por ella. No cabe duda de que, en algún lugar de Fort Hamilton, en breves momentos tan negros, tan torturados por el dolor, tan desolados, tan singularmente míos, mi corazón debe haberse destrozado varias veces. Sin embargo —y de esto estoy seguro— esos libros nada tenían que ver con el amor. Estaban más allá de eso… ¿de qué? Trataban de cosas indecibles. Aún ahora, a pesar de lo nublado y carcomido por el tiempo que el sueño aparece en el recuerdo, reconozco elementos tenues, sombríos pero reveladores, como los siguientes: una mágica figura blanca sentada en un trono (como en las antiguas piezas de ajedrez de piedra), que sostenía en las manos un llavero de llaves grandes y pesadas (como una antigua moneda sueca) y no se parece ni a Hermes Trimegisto ni a Apolonio de Tiana, ni siquiera al temible Merlín, sino que más se asemeja a Noé o a Matusalén. Trata de decirme, con prístina claridad, algo que escapa a mi comprensión, algo que he venido ansiando y afanándome por conocer. (Un secreto cósmico, sin duda). La figura pertenece al libro clave que, como he destacado, es el eslabón perdido de toda la serie. Hasta este punto la narración, si pudiéramos llamarla así —a través de los libros precedentes de la colección del sueño— ha sido una serie de aventuras extraterrenas, interplanetarias o, a falta de una palabra mejor, «prohibidas», de la más asombrosa variedad y naturaleza. Es como si la leyenda, la historia y el mito, combinadas con incursiones suprasensibles y que escapan a toda descripción, se hubiesen entremezclado y comprimido en un prolongado y sostenido momento de divina fantasía. Y, por supuesto, ¡para mi beneficio especial! Pero lo que agrava la situación en el sueño es que siempre recuerdo el hecho de que comencé la lectura del libro que falta, pero —¡ah, si lo supiera!— lo abandoné sin ninguna razón obvia, evidente o siquiera oculta. Una sensación de pérdida irreparable alisa, literalmente aplana, todo sentido de culpa que quiere emerger. ¿Por qué, por qué, me pregunto, no proseguí la lectura de este libro? Si lo hubiese hecho jamás habría perdido ese libro y tampoco lo demás. En el sueño la doble pérdida —la pérdida del contenido y la pérdida del libro mismo— se acentúa y se presenta como una sola.

Pero este sueño tiene asociada otra característica más: la parte que tuvo en ello mi madre. En La Crucifixión Rosada he descrito mis visitas al viejo hogar, visitas que hice expresamente para recuperar los bienes de mi juventud, particularmente ciertos libros que, por alguna razón inexplicable, eran muy preciosos para mí en estas ocasiones. Según lo interpreto, mi madre parece haberse deleitado perversamente en decirme que «mucho tiempo» antes había regalado los libros. «¿A quién?» pregunté fuera de mí. Nunca pudo recordarlo, sólo que había sido mucho tiempo atrás. O bien, si lo recordaba, la gente a la cual los había entregado se había mudado mucho tiempo antes y, por supuesto, ya no sabía dónde vivían ni le parecía —y esto fue gratuito por su parte— que se hubieran quedado con esos libros para siempre. Y así sucesivamente. Algunos los había regalado, según confesó, a la Sociedad de Beneficencia o a la Sociedad de San Vicente de Paúl. Estas explicaciones siempre me sacaban de quicio. A veces, en momentos de vigilia, me preguntaba si en realidad esos libros perdidos en el sueño y cuyos títulos habían desaparecido por completo de mi memoria, no eran libros reales de carne y hueso que mi madre había obsequiado irreflexiva e irresponsablemente.

Por supuesto, siempre que estuve allí en el altillo leyendo la imponente biblioteca de un metro cincuenta de alto, mi madre se mostraba tan intrigada por este proceder como por todo lo que se me ocurría hacer. No comprendía que pudiera «desperdiciar» una tarde tan hermosa leyendo esos libros soporíferos. Ella sabía que yo sufría, pero jamás tuvo la más remota idea de la causa de ese sufrimiento. En ocasiones expresó el parecer de que vivía deprimido a causa de los libros. Y, por supuesto, los libros contribuyeron a deprimirme con mayor profundidad porque no contenían ningún remedio para el mal que me aquejaba. Quería ahogarme en mis penas, y los libros fueron otros tantos moscardones gordos y zumbones que me mantenían despierto, haciéndome arder el cuero cabelludo de aburrimiento.

Cómo salté el otro día al leer en uno de los libros de Marie Corelli, ahora olvidados, lo siguiente: «¡Dadnos algo duradero!, es la exclamación de la cansada humanidad. Las cosas que hemos pasado, en razón de su efímera naturaleza son inútiles. ¡Dadnos algo que podamos guardar y llamar nuestro para siempre! Por esta razón ensayamos y probamos todas las cosas que parecen mostrarnos el elemento suprasensible que hay en el hombre, y cuando comprobamos que fuimos engañados por impostores y conjurados, nuestro disgusto y contrariedad resultan demasiado amargos hasta para ventilarse con palabras».

Hay otro sueño concerniente a otro libro y al cual me refiero en La Crucifixión Rosada. El sueño es por demás extraño y en él aparece un gran libro que esta niña que amaba (¡la misma!) y otra persona (su amante desconocido, quizá) están leyendo por encima de mis hombros. El libro es mío, quiero decir que es un libro escrito por mí. Menciono esto sólo para sugerir que de todas las leyes de la lógica resultaría que el libro perdido en el sueño, la clave de toda la serie —¿de qué serie?— había sido escrito por mí y no por otro. Si había conseguido escribirlo en sueños, ¿por qué no podría escribirlo soñando despierto? ¿Acaso un estado difiere tanto del otro? Puesto que me he aventurado a decir tanto, ¿por qué no completar el pensamiento y agregar que la única finalidad que me animó a escribir radicó en esclarecer un misterio? (Nunca he sabido abiertamente en qué consiste este misterio). Sí, desde el momento en que comencé a escribir con absoluta dedicación, mi único deseo fue sacarme de encima este libro que llevo dentro, en lo profundo de mi ser, a todas las latitudes y longitudes y en todas las faenas y vicisitudes. Arrancar este libro de mis entrañas, darle calor, vida y existencia física, tal ha sido mi empeño y preocupación… El mago iluminado que aparece en oníricos destellos oculto en un cofre diminuto —cofre soñado, podríamos decir—, ¿quién es sino yo mismo, el más antiguo de mis seres? ¿Acaso no tiene en las manos un llavero? Y está situado en el centro crucial de todo el misterioso andamiaje. Pues bien, ¿qué es ese libro desaparecido, entonces, sino la «la historia de mi corazón», según el nombre tan hermoso que le ha dado Jefferies? ¿Acaso un hombre puede narrar otra historia que no sea la suya? ¿Acaso no es ésta la más difícil de narrar entre todas las historias, la más oculta, la más abstrusa, la más mistificadora?

El hecho de que hasta en sueños leamos es un hecho significativo. ¿Qué leemos, qué podemos leer en las tinieblas del inconsciente, no siendo nuestros más profundos pensamientos? Los pensamientos jamás cesan de agitar el cerebro. En ocasiones percibimos la diferencia entre los pensamientos y el pensamiento, entre el que piensa y la mente que es todo pensamiento. A veces, como a través de una pequeña hendidura, captamos un destello de nuestro ser dual. Cerebro no es mente, de eso podemos estar seguros. Si fuese posible localizar el asiento de la mente, entonces sería más correcto situarlo en el corazón. Pero el corazón es simplemente un receptáculo o transformador por cuyo intermedio el pensamiento se torna reconocible y efectivo. El pensamiento tiene que pasar por el corazón para volverse activo y significativo.

Existe un libro que forma parte de nuestro ser y que está contenido en nuestro ser, y ese libro es el registro de nuestro ser. He dicho nuestro ser y no nuestro devenir. Comenzamos a escribir este libro en el momento de nacer y lo proseguimos después de la muerte. Solamente cuando estamos a punto de renacer lo terminamos y le ponemos la palabra «Fin». En consecuencia, es toda una serie de libros que, desde un nacimiento hasta el siguiente, continúa la historia de la identidad. Todos somos escritores, pero no todos heraldos ni profetas. Lo que sacamos a relucir del registro oculto lo firmamos con nuestro nombre de pila, que jamás es el nombre real. Pero lo único que llega a conocer alguna vez la luz es lo mejor de nosotros, lo más fuerte, lo más valiente, lo mejor dotado. Lo que entorpece nuestro estilo, lo que falsea la narración, son las porciones del registro que ya no podemos descifrar. El arte de escribir no lo perdemos nunca, pero lo que a veces perdemos es el arte de leer. Cuando encontramos un adepto de este arte, recuperamos el don de la visión. Es el don de la interpretación, naturalmente, porque leer siempre es interpretar.

La universalidad del pensamiento es suprema y está por encima de las cosas. Nada escapa a la comprensión o al entendimiento. Lo que falla en nosotros es el deseo de saber, el deseo de leer o interpretar, el deseo de dar significado a todo pensamiento que expresamos. Acidia: el gran pecado contra el Espíritu Santo. Abrumados por el dolor de la privación, cualquiera sea la forma en que se manifieste —y asume muchas, muchas formas—, nos refugiamos en la mistificación. La humanidad, en el sentido más profundo, no es huérfana porque haya sido abandonada, sino porque obstinadamente se niega a reconocer su paternidad divina. Terminamos el libro de la vida en el otro mundo porque nos negamos a comprender que hemos escrito aquí y ahora…

Pero volvamos a les cabinets, que es el equivalente francés de retrete y que por alguna extraña razón siempre se emplea en plural. Algunos de mis lectores recordarán un pasaje en el cual consigno tiernas reminiscencias de Francia, concernientes a una apresurada visita al retrete y a la visión totalmente inesperada de París que tuve desde la ventana de ese estrecho lugar. ¿No sería formidable, pensaría cierta gente, construir nuestra casa de manera que desde el asiento del excusado pudiéramos divisar un imponente panorama? Me parece que no interesa en lo más mínimo la vista que se tenga desde el retrete. Si al acudir al retrete llevas contigo algo más que tú mismo, además de tu propia necesidad vital de evacuar y limpiar el organismo, puede que entonces el desiderátum sea una vista hermosa o imponente desde la ventana del cuarto de baño. En ese caso bien valdría la pena montar una estantería para libros, colgar cuadros y hermosear de otra manera este lieu d’aisance. Así, en vez de salir al aire libre y tenderse bajo un árbol frondoso, valdría la pena sentarse en el «baño» y meditar. Si fuese necesario hasta se podría construir todo el mundo personal en torno al «W.C.». Se podría hacer que el resto de la casa quedase subordinado al asiento de esta suprema función. Se forjaría así una raza que, altamente consciente del arte de la eliminación, se dedicaría a eliminar todo lo que hay de feo, inútil, malo y «deletéreo» en la vida cotidiana. Haciendo eso elevaríamos el retrete a lugar celestial. Pero mientras usemos este sagrado retiro no perdamos el tiempo leyendo sobre la eliminación de esto o aquello, o ni siquiera sobre la eliminación misma. La diferencia entre la gente que se refugia en el retrete, sea para leer, rezar o meditar, y la que sólo concurre allí para hacer lo que tiene que hacer, radica en que la primera siempre tiene una ocupación inconclusa entre manos y la segunda siempre está lista para el próximo movimiento, para el próximo acto.

Hay un antiguo dicho que dice. «¡Mantén abierto tu intestino y confía en el Señor!». Esto encierra su sabiduría. Hablando en términos amplios, significa que manteniendo nuestro organismo libre de venenos estaremos en condiciones de tener la mente libre y despejada, abierta y receptiva; dejaremos de preocuparnos por cuestiones que no nos atañen —como la forma en que debe dirigirse el cosmos, por ejemplo— y haremos en paz y tranquilidad lo que debe hacerse. Este sano consejo no contiene la menor insinuación de que al mantener abierto el intestino también se debe luchar por mantenerse al tanto de los acontecimientos mundiales o estar al día sobre los libros o comedias de actualidad, o familiarizarse con la última moda, con los cosméticos más refinados o los fundamentos del inglés básico. En efecto, esa breve máxima implica que cuanto menos se haga para ello, tanto mejor. Digo «ello» entendiendo que la ocupación de ir al retrete es muy seria y no absurda ni repulsiva. Las palabras claves son «abrid» y «confiad». Ahora bien, si se arguye que leyendo sentado en el excusado se contribuye a liberar el intestino, sugeriría entonces la lectura de un material lo más leve posible. Leed los Evangelios, por ejemplo, porque los Evangelios son del Señor, y el segundo mandamiento es «confiad en el Señor». Yo mismo estoy convencido de que se puede tener fe y confianza en el Señor sin leer el Santo Mandato en el retrete y, en efecto, abrigo la certeza de que se tiende a creer y confiar más en el Señor no leyendo absolutamente nada en el retrete.

¿Cuando visitas al psicoanalista éste te pregunta qué lees en el excusado? Debería hacerlo. Para el psicoanalista debería ser muy distinto que el paciente lea un tipo de literatura en el retrete y otro en otra parte. Incluso debería ser importante el hecho de que tú leas o no leas en el retrete. Lamentablemente estas cuestiones no se comentan con suficiente amplitud. Se presume que lo que se haga en el «W.C.» pertenece al fuero privado de cada cual. No es así. Interesa al universo entero. Si, según vamos creyendo cada vez más, nos vigilan criaturas de otros planetas, no cabe duda de que espían hasta nuestros actos más secretos. Si logran penetrar la atmósfera de esta tierra, ¿qué podría impedirles atravesar las puertas cerradas de nuestros retretes? Reflexionad sobre esto cuando no tengáis nada mejor en qué pensar, allí dentro. Quisiera instar a los que experimentan con cohetes y otros medios de comunicación y transporte interestelar, que imaginen por un instante qué aspecto tendrían para los moradores de otros mundos si los viesen leyendo Time o The New York, por ejemplo, en el «John». Vuestra lectura dice mucho de vuestro ser interior, pero no todo. Sin embargo, el hecho de que estéis leyendo en un sitio donde deberíais estar haciendo, reviste cierta importancia. Es una característica que hombres ajenos a este planeta destacarían inmediatamente, y bien podría influir en su juicio sobre nosotros.

Y si para cambiar de tono nos limitamos a la opinión de los seres simplemente terrestres, pero seres alerta y discernidores, el cuadro no se modifica mucho. No solamente es grotesco y ridículo mirar la página impresa estando sentado en el excusado, sino que también tiene visos de locura. Este elemento patológico se pone en evidencia con bastante claridad cuando la lectura se combina con la comida, por ejemplo, o durante un paseo. ¿Por qué no impresiona lo mismo cuando lo observamos vinculado con el acto de la defecación? ¿Tiene algo de natural hacer estas dos cosas simultáneamente? Supongamos que, aunque nunca quisiste ser cantante de ópera, siempre que acudes al retrete te pones a practicar la escala musical. Supongamos que, aunque el canto fuese todo en la vida para ti, insistieras en que el único momento en que puedes cantar es cuando estás en el «W.C.». O supongamos que sencillamente dices que cantas en el retrete porque no tienes otra cosa que hacer. ¿Colaría eso en el consultorio de un alienista? Pero éste es el tipo de coartada que da la gente cuando se le apremia a explicar por qué tiene que leer en el retrete.

¿Entonces con limitarse a abrir el intestino no basta? ¿Hace falta incluir a Shakespeare, Dante, William Faulkner y a toda la galería de escritores de libros de bolsillo? ¡Dios mío, qué complicada se ha vuelto la vida! En otra época cualquier lugar nos venía bien. Por compañía teníamos el sol o las estrellas, el canto de los pájaros o el graznido de la lechuza. No se trataba de matar el tiempo ni de matar dos pájaros de una sola pedrada. Simplemente se trataba de dejar salir. Ni siquiera se nos ocurría confiar en el Señor. Esta confianza en el Señor era tan inherente a la naturaleza del hombre, que vincularla con el movimiento intestinal habría parecido blasfemo y absurdo. En la actualidad se requiere un eximio matemático, que también sea metafísico y astrofísico, para explicar el sencillo funcionamiento del sistema autónomo. Ya nada es sencillo. Debido al análisis y a la experimentación hasta las cosas más ínfimas han asumido proporciones tan complicadas que es extraño que alguien pueda decir que todo lo sabe de todas las cosas. Hasta la conducta instintiva resulta ser altamente compleja. Las emociones primitivas, como el miedo, el odio, el amor y la angustia, resultan terriblemente complejas.

¡Pensar que somos nosotros quienes en los próximos cincuenta años nos lanzaremos a conquistar el espacio! ¡Somos las criaturas que, no queriendo convertirnos en ángeles, vamos a desarrollarnos como seres interplanetarios! Pues bien, no cabe duda de que por lo menos una cosa es previsible: ¡que hasta en el espacio tendremos excusados! Dondequiera que vayamos, el «John» nos acompaña, según observo. Antes solíamos preguntar: «¿Y si las vacas volaran?». Este chiste ya es antediluviano. Ahora, en vista de los proyectados viajes más allá de la atracción gravitacional, se impone la siguiente interrogante: «¿Cómo funcionarán nuestros órganos cuando ya no estemos sometidos a la atracción de la gravedad?». Viajando a mayor velocidad que el pensamiento —¡hasta se ha sugerido que seremos capaces de lograrlo!—, ¿podremos leer algo allí, entre las estrellas y los planetas? Lo pregunto porque supongo que la nave espacial modelo estará equipada con lavabos, además de laboratorios, y que en ese caso nuestros nuevos exploradores del tiempo y el espacio sin duda se llevarán consigo material para leer en el retrete.

Hay un aspecto que se presta a conjeturas: la índole de esta literatura interespacial. Solíamos ver de tiempo en tiempo cuestionarios en los que se nos preguntaba qué leeríamos si fuésemos a refugiarnos en una isla desierta. Nadie, que yo sepa, ha preparado todavía un cuestionario sobre lo que sería buena lectura en el excusado de una nave espacial. Si obtuviésemos las mismas respuestas de siempre en este próximo cuestionario, o sea Homero, Dante, Shakespeare y compañía, mi desilusión sería sumamente cruel.

Esta primera nave que abandone la tierra, quizá para no regresar jamás… ¡Qué no daría por conocer los títulos de los libros que habría en ella! Me parece que no se han escrito todavía libros que ofrezcan sustento mental, moral y espiritual a esos audaces precursores. Es posible, según lo veo, que estos hombres no se preocupen para nada por la lectura, ni siquiera en el retrete; quizá se conformen con ponerse a tono con los ángeles, con escuchar las voces de los seres queridos que partieron, aguzando el oído para captar la incesante canción celestial.

© Henry Miller: The books in my life (Los libros en mi vida), 1952. Traducción de José Martínez Pozo.