La mujer llevaba la frente ceñida con una cinta anaranjada que recordaba el estilo de los años veinte. Su voz destacaba sobre la charla de sus dos compañeros, sobre el muchacho que aceleraba su motocicleta en la calle, hasta sobre el ruido de los platos en la cocina del pequeño restaurante de Antibes, casi vacío ahora que empezaba el otoño. Su cara me era conocida: la había visto mirar hacia la calle desde el balcón de una de las casas restauradas junto a las murallas, mientras gritaba frases cariñosas a alguien o algo invisible. Pero no había vuelto a verla desde el verano, y suponía que se había marchado con los demás extranjeros.

—Pasaré la Navidad en Viena —dijo—. Adoro Viena. Esos deliciosos caballos blancos… y los niños que cantan Bach…

Sus compañeros eran ingleses. El hombre procuraba mantener el aspecto de un veraneante, pero, de vez en cuando, se estremecía en secreto bajo su camisa de algodón azul.

—¿Entonces no la veremos en Londres? —preguntó con voz engolada.

—Oh, pero tiene usted que visitarnos —dijo su mujer, mucho más joven que los otros dos.

—Hay ciertas dificultades —dijo ella—. Pero si pasan la primavera en Venecia, mis queridos amigos…

—No creo que nos alcance el dinero, ¿verdad querido? Pero nos gustaría enseñarle Londres, ¿verdad, querido?

—Desde luego —dijo él, con aire lúgubre.

—Creo que es absolutamente imposible. Es por Belleza, ¿comprenden?

Hasta entonces no había reparado en Belleza de tan bien como se había portado. Estaba echado en el antepecho de la ventana, inerte como un pastel de crema en un escaparate. Creo que era el pekinés más perfecto que he visto, aunque ignoro los detalles que valora el juez en un concurso canino. Habría sido blanco como la leche si no le hubieran agregado un poco de café. Pero eso no era un defecto: destacaba su belleza. Desde mi asiento, sus ojos parecían profundamente negros, como el centro de una flor, ausentes de todo pensamiento. No parecía la clase de animal que reacciona ante la palabra «rata» o demuestra un juvenil entusiasmo si alguien sugiere un paseo. Imaginé que sólo su propia imagen en un espejo podía suscitar en él un asomo de interés. Estaba lo bastante bien alimentado como para no prestar atención en la comida que los comensales habían dejado en sus platos, aunque quizás estuviera habituado a algo más sabroso que la langouste.

—¿No puede dejarlo al cuidado de una amiga? —preguntó la mujer más joven.

—¿Dejar a Belleza?

La pregunta no merecía respuesta. Pasó los dedos por el largo pelo café con leche, pero el perro no movió la cola, como hubiese hecho un perro cualquiera. Apenas gruñó como un viejo importunado por un camarero en el club.

—Esas leyes de la cuarentena… Sus diputados debieran hacer algo sobre el particular.

—Los llamamos M. P.[2] —dijo el hombre con oculto desprecio.

—No me importa cómo los llamen. Viven en la Edad Media. Puedo ir a París, a Viena, a Venecia… hasta puedo ir a Moscú si se me antoja, pero no puedo ir a Londres sin dejar a Belleza en una horrible prisión, con toda clase de perros indeseables.

—Supongo que tendría… —el hombre vaciló con admirable cortesía inglesa mientras sopesaba el término correcto: ¿celda?, ¿perrera?— …un cuarto propio.

—Imagínense las enfermedades que puede contraer.

La mujer lo levantó de la ventana como si fuera una estola de piel y lo apretó resueltamente contra su pecho izquierdo. El perro no se molestó en gruñir. Me dio la sensación de algo totalmente entregado. Un niño se habría rebelado al menos un momento. Pobre criatura, no sé por qué no sentí lástima del perro. Quizás porque era demasiado bonito.

—Mi pobre Belleza tiene sed.

—Le traeré un poco de agua —dijo el hombre.

—Media botella de agua mineral, por favor. No me fío del agua del grifo.

En ese momento me fui, porque la sesión de cine de la Place De Gaulle empezaba a las nueve.

Salí pasadas las once. Como la noche era agradable, salvo por el viento frío que soplaba desde los Alpes, di la vuelta a la plaza y, pensando que las murallas estarían demasiado expuestas al viento, tomé las estrechas y sucias calles que salen de la Place Nationale: la rue de Sade, la rue des Bains… Los cubos de basura estaban en las aceras, los perros habían esparcido las inmundicias por el pavimento y los niños habían meado en el arroyo. Un bulto blanco que al principio me pareció un gato avanzaba furtivamente frente a las casas; por fin se detuvo y cuando me acerqué se escurrió tras un cubo de basura. Me detuve asombrado, y esperé. Una luz proyectaba por entre las tablillas de una persiana un dibujo de piel de tigre sobre la acera. Al fin Belleza reapareció y me miró con su cara relamida y sus negros ojos inexpresivos. Debió de suponer que quería cogerlo, porque me enseñó los dientes.

—¡Pero si es Belleza! —exclamé.

Belleza me respondió con un gruñido de viejo de club y esperó. ¿Se mostraba receloso porque yo sabía su nombre o porque mi ropa y mi olor le indicaban que pertenecía a la misma clase que la mujer de la cinta, la gente que desaprobaría su escapada nocturna? De pronto movió una oreja, en dirección a la casa de la muralla; quizás había oído la llamada de una voz femenina. Lo cierto es que me miró súbitamente, como para comprobar si también yo lo había oído. Como no me moví, se consideró a salvo. Empezó a serpear por la acera con una determinada intención, como la boa de plumas de la muchacha del cabaret que flota en torno al sombrero de copa. Lo seguí a discreta distancia. ¿Lo guiaba un recuerdo o un agudo sentido del olfato? Sólo uno de los cubos de basura de la calleja había perdido la tapa; de sus bordes pendían marañas indiscernibles. Belleza —que me ignoraba como habría ignorado a un perro inferior— se irguió sobre las patas traseras y apoyó delicadamente sus patas delanteras en el borde del cubo. Volvió la cabeza y me miró, sin expresión: dos manchas de tinta en las que quizás un adivino habría descifrado infinitas predicciones. Tomó impulso como un atleta que se levanta sobre las paralelas y se metió en el cubo. Las patitas emplumadas —estoy seguro de haber leído en algún lugar que ese es un detalle importante en un concurso de pekineses— escarbaban entre la verdura podrida, las latas vacías, los blandos desechos del cubo. Se entusiasmó y hundió el hocico como un cerdo en busca de inmundicias. Después entraron en acción las patas traseras, que descartaron desechos. Cayeron al suelo mondaduras de frutas, higos podridos, cabezas de pescado… Al fin consiguió lo que buscaba: un largo intestino perteneciente a Dios sabe qué animal. Lo sacudió en el aire y las tripas se le envolvieron en el blanco cuello. Entonces abandonó el cubo y trotó por la calle como un arlequín, arrastrando tras de sí los intestinos, que parecían una ristra de salchichas.

Admito que me puse de su lado. Cualquier cosa era mejor que el abrazo de un pecho estéril.

Al doblar una esquina encontró un rincón oscuro, mucho más adecuado que cualquier otro para morder un intestino porque contenía un montón de basuras. Primero inspeccionó las inmundicias con el hocico, como un auténtico hombre de club, y después se revolcó largamente sobre ellas, con las patas al aire, restregándose la piel café con leche con ese oscuro champú sin soltar los intestinos de la boca, mientras los ojos satinados miraban imperturbables el gran cielo negro del Midi.

La curiosidad me hizo regresar por el camino de las murallas. Allí, inclinada sobre el balcón, la mujer procuraba distinguir a su perro entre las sombras de la calleja. «¡Belleza!», la oí llamar cansadamente. «¡Belleza!». Después, con creciente impaciencia: «¡Belleza! ¡Vuelve a casa! Ya has hecho pipí, Belleza. ¿Dónde estás? ¡Belleza, Belleza!».

Hay detalles íntimos que nos impiden sentir compasión. De no haber sido por la horrible cinta anaranjada, sin duda habría sentido alguna piedad por la vieja estéril que clamaba desde el balcón por su irrecuperable Belleza.

© Graham Greene: Beauty (Belleza). Publicado en May We Borrow Your Husband? and Other Comedies of the Sexual Life, 1967. Traducción de Enrique Pezzoni.