Era el último día del último verano del siglo LXXXIII d. C.

Tarareando en voz baja, a gran altura en la estratosfera, viajaba en su balsa J. Smithlao, de profesión psicodinamista, sobre el Sector 139 de Ing Land. Comenzó a descender. Bajaba oblicuamente, como zambulléndose, hasta que volvió a ponerse horizontal y quedó oscilando en el aire sobre la propiedad de Charles Gunpat, eligiendo su curso sin que Smithlao le prestara atención.

Para Smithlao ése era un trabajo de rutina. Iba, como psicodinamista de Gunpat, a hacerle un tratamiento de estímulo del odio. Su rostro moreno revelaba aburrimiento al mirar la réplica de los exteriores en sus telepantallas. Curiosamente, al hacerlo vio a un hombre que se aproximaba a pie a la propiedad de Gunpat.

—Debe de ser un loco —murmuró para sí.

Bajo la balsa que disminuía su velocidad, el paisaje era tan nítido como una heliografía. Los campos empobrecidos formaban rectángulos impecables. Aquí y allá, algún robot mantenía a la naturaleza en su propia imagen funcional: no se desgranaba una sola arveja sin supervisión cibernética: no llegaba ninguna abeja a los estambres sin que un radar controlara su vuelo. Cada pájaro tenía un número y una señal de llamada, y en cada ejército de hormigas marchaban las hormigas metálicas para transmitir información, contando los secretos del hormiguero hasta volver a la base. Cuando caía la lluvia, caía sobre un lugar predeterminado. El viejo y amable mundo de los factores azarosos había desaparecido bajo la presión del hambre.

Ningún ser vivo vivía sin control. Las enormes poblaciones de los siglos anteriores habían agotado la tierra. Sólo la más estricta parsimonia, unida a un régimen sin piedad, producía suficiente alimento para la pequeña población actual. Los miles de millones habían muerto de hambre; los centenares que seguían vivos estaban al borde del hambre.

En la estéril prolijidad del paisaje, la propiedad de Gunpat parecía un insulto. Abarcaba dos hectáreas, era una pequeña isla de vida salvaje. Los álamos altos y desgreñados cercaban el perímetro, invadiendo el césped y la casa. La casa misma, la principal del Sector 139, estaba construida con grandes bloques de piedra. Tenía que ser fuerte para resistir el peso de los servimecanismos, que, aparte de Gunpat y su hija loca, Ployploy, eran sus únicos ocupantes.

Smithlao vio la figura humana que avanzaba a pie hacia la propiedad al descender con su balsa más abajo del nivel de los árboles. Por una enorme cantidad de razones, lo que veía era muy poco común. Como la gran riqueza material del mundo era compartida por comparativamente muy pocas personas, nadie era tan pobre como para tener que ir caminando a alguna parte. El creciente odio del hombre hacia la naturaleza, acicateado por la idea de que ella lo había traicionado, convertiría esa caminata en un castigo… a menos que esa persona fuera loca, como Ployploy.

Apartando la figura de sus pensamientos, Smithlao aterrizó con la balsa en una extensión de piedra frente a la casa. Se alegraba de bajar: era un día ventoso, y los altos cúmulos que había tenido que atravesar para descender estaban llenos de turbulencias. La casa de Gunpat, con las ventanas ciegas, las torres, las terrazas interminables, los adornos innecesarios y el enorme pórtico, le parecía una torta de bodas abandonada.

Su llegada estimuló una actividad inmediata. Robots de tres ruedas se acercaron a la balsa desde diferentes direcciones, blandiendo armas atómicas livianas al acercarse.

Nadie, pensó Smithlao, podía entrar en ese lugar sin ser invitado. Gunpat no era un hombre amable, ni siquiera considerando la poca amabilidad reinante en su época; la desgracia de tener una hija como Ployploy había servido para acentuar el lado más malhumorado de su temperamento melancólico.

—Identifíquese —exigió la máquina jefe. Era fea y chata, y recordaba vagamente a un sapo.

—Soy J. Smithlao, el psicodinamista de Charles Gunpat —replicó Smithlao; tenía que repetir ese procedimiento en cada visita. Mientras hablaba, mostraba su rostro a la máquina. La máquina hizo un ruido, al controlar la imagen y la información con la que tenía en su memoria. Finalmente dijo:

—Usted es J. Smithlao, el psicodinamista de Charles Gunpat. ¿Qué desea?

Maldiciendo su monstruosa lentitud, Smithlao respondió al robot:

—Tengo una cita con Charles Gunpat para administrarle un estímulo del odio, a las diez —y esperó que la máquina digiriera esta información.

—Usted tiene una cita con Charles Gunpat para administrarle un estímulo del odio, a las diez —confirmó el robot finalmente—. Sígame.

Echó a rodar con sorprendente gracia, hablando con los otros dos robots, tranquilizándolos, y repitiéndoles mecánicamente:

—Éste es J. Smithlao, el psicodinamista de Charles Gunpat. Tiene una cita con Charles Gunpat para administrarle un estímulo del odio, a las diez —… Por si no habían captado esos hechos.

Entretanto, Smithlao habló a su balsa. La parte de la cabina que lo contenía se separó del resto y apoyó las ruedas en el suelo, convirtiéndose en un sedán. En ese vehículo, Smithlao siguió a los otros robots hacia la casa grande.

Se levantaron las persianas automáticas que cubrían las ventanas y Smithlao se encontró en presencia de otros seres humanos. Sólo podía ver y ser visto por vía de las telepantallas. El odio (equivalente al miedo) que el hombre sentía por su prójimo no podía tolerar una mirada directa.

Una detrás de la otra, las máquinas treparon por las terrazas, atravesaron el gran pórtico donde las cubrió una gran niebla de desinfectante, pasaron por un laberinto de corredores y llegaron a la presencia de Charles Gunpat.

El rostro moreno de Gunpat en la pantalla de su sedán sólo mostraba un ligero desagrado al ver a su psicodinamista. Generalmente era así, muy controlado: eso resultaba negativo en sus reuniones de trabajo, donde la idea era intimidar a los opositores con espléndidos despliegues de furia. Por esa razón, Smithlao siempre era llamado a administrar un estímulo del odio cuando aparecía algo importante en la agenda del día. La máquina de Smithlao lo llevó a un metro de distancia de la imagen de su paciente, mucho más cerca de lo que indicaba la cortesía.

—He llegado tarde —comenzó Smithlao, hablando con objetividad—, porque no toleraba la idea de estar en tu repugnante presencia un solo minuto antes de la hora. Esperaba que si dejaba pasar tiempo suficiente, algún feliz accidente podría haber eliminado esa estúpida nariz de tu —¿cómo llamarla?— cara. Lamentablemente allí está todavía, con esas dos fosas nasales que ascienden como cuevas de ratas hasta el cráneo. A menudo me pregunto, Gunpat, si a veces no te enganchas los pies en esos agujeros y caes hacia adelante.

Observando cuidadosamente la cara de su paciente, Smithlao sólo advirtió una ligera sombra de irritación. Sin duda, Gunpat era difícil de alterar. Afortunadamente, Smithlao era un experto en su profesión: procedió a buscar un insulto más sutil.

—Pero, por supuesto, tú nunca caerías hacia adelante —prosiguió—, porque eres tan lamentablemente ignorante que no distingues arriba de abajo. Ni siquiera sabes cuántos robots suman cinco. ¡Por favor!, cuando te llegó el turno de ir a la capital, al Centro de Apareamiento, ni siquiera te diste cuenta de que ésa era la única oportunidad que tiene un hombre de salir de detrás de su pantalla. ¡Pensabas que podías hacer el amor por tele! ¿Y cuál fue el resultado? Una hija chiflada… ¡una sola hija y chiflada, Gunpat! ¿No te dan ganas de llorar? Pienso cómo deben de morirse de risa tus rivales de Automoción, chiquito mío. «El lunático Gunpat y su hija chiflada. No se pueden controlar los genes», estarán diciendo.

Los ataques comenzaban a hacer el efecto deseado. El rostro de Gunpat enrojeció.

—Ployploy no tiene nada, excepto que es recesiva… ¡tú mismo lo dijiste! —saltó.

Comenzaba a responder: buena señal. Su hija era un punto débil en su armadura.

—¡Una recesiva! —se burló Smithlao—. ¿Hasta dónde es posible retroceder? Es tierna, ¿me oyes? A ti te hablo, el del pelo en las orejas… ¡quiere amar! —soltó una carcajada irónica—. ¡Ah, es obsceno, Gunny-boy! Esa muchacha no podría odiar aunque fuese para salvar su vida. Es como un salvaje. ¡Peor que un salvaje, está loca!

—No está loca —dijo Gunpat, aferrándose a los costados de su pantalla. Con ese ritmo, estaría listo para la conferencia en diez minutos.

—¿No está loca? —preguntó el psicodinamista, con un dejo sarcástico en la voz—. No, Ployploy no está loca: el Centro de Apareamiento sólo le negó el derecho a reproducirse, eso es todo. El Gobierno Imperial sólo le negó el derecho a televotar, eso es todo. Los Comercios Unidos sólo le negaron una Tarjeta de Consumo, eso es todo. Educación Inc. sólo la restringió a recreaciones beta, eso es todo. Está prisionera aquí porque es un genio, ¿verdad? Estás loco, Gunpat, si no crees que esa muchacha es una absoluta y total demente. Ahora me dirás, con tu boca grotesca y colgante, que no tiene el rostro blanco.

Gunpat tragó saliva.

—¡Te atreves a mencionar eso! —respondió, jadeando—. Y si su cara es… de ese color… ¿qué?

—Haces preguntas tan tontas, que casi no vale la pena molestarse contigo —respondió Smithlao con suavidad—. Tu problema, Gunpat, es que tu cabezota huesuda es totalmente incapaz de absorber un simple hecho histórico. Ployploy es blanca porque es un pobre ser con elementos atávicos. Nuestros antiguos enemigos eran blancos. Ocupaban esta parte del planeta, Ing Land y You-Rohp, hasta que nuestros antepasados se alzaron en Oriente y les arrebataron los antiguos privilegios que habían disfrutado durante tanto tiempo a nuestras expensas. Nuestros antepasados se mezclaron con los derrotados que sobrevivieron, ¿verdad? Y en algunas generaciones, la veta blanca quedó disminuida, diluida, se perdió. No se ha visto un rostro blanco en la Tierra desde antes de la terrible Era de la Superpoblación: hace unos mil quinientos años, digamos, para ser generosos. Y entonces:…el pequeño Lord Gunpat vomita una, un perfecto ejemplar. ¿Qué te dieron en el Centro de Apareamiento, una mujer de las cavernas?

Gunpat explotó de furia, sacudiendo el puño ante la pantalla.

¡Estás despedido, Smithlao! ¡Esta vez has ido demasiado lejos, incluso considerando que eres un podrido psicólogo! ¡Fuera! ¡Vamos, fuera! ¡Y no vuelvas nunca más! ¡Te has cerrado la puerta de esta casa para siempre!

Bruscamente gritó a su auto-operador que apretara el botón para llevarlo a la conferencia. Estaba en condiciones ideales para tratar con Automoción y con los otros malhechores.

Cuando la furiosa imagen de Gunpat desapareció de la pantalla, Smithlao suspiró y se aflojó. El estímulo del odio estaba cumplido. En su profesión, ser despedido por un paciente al final de una sesión era el supremo elogio: Gunpat tendría aun más interés en contratarlo la próxima vez. De todas maneras, Smithlao no tenía sensación de triunfo. Para su trabajo se requería una profunda exploración de la psicología humana; tenía que saber exactamente cuáles eran los puntos más dolorosos en la estructura de un hombre. Actuando sobre esos puntos con suficiente habilidad podía empujar al hombre a la acción.

Si no se los estimulaba, los hombres eran presas desvalidas del letargo, trapos arrastrados por las máquinas. Los antiguos impulsos habían muerto y desaparecido.

Smithlao permaneció donde estaba, contemplando el pasado y el futuro.

Al agotar la Tierra, el hombre se había agotado a sí mismo. La psiquis y un suelo viciado no podían existir simultáneamente; era simple y lógico.

Sólo las mareas declinantes del odio y la furia daban al hombre suficiente ímpetu como para seguir adelante. Fuera de eso, no era más que una mano muerta en su mundo mecanizado.

«¡De manera que así es como se extingue una especie!», pensó Smithlao, y se preguntó si algún otro había pensado lo mismo. Tal vez el Gobierno Imperial sabía todo al respecto, pero no podía hacer nada; al fin y al cabo, ¿qué más se podía hacer que lo que se hacía?

Smithlao era un hombre chato… hecho inevitable en una sociedad limitada por las castas, tan débil que no podía enfrentarse a sí mismo.

Una vez descubierto el terrorífico problema, Smithlao se dispuso a olvidarlo, a evadir su impacto, a esquivar cualquier implicación personal que pudiera tener. Mascullando una orden a su sedán, dio vuelta y emprendió el regreso.

Como los robots de Gunpat ya se habían retirado, Smithlao viajó solo desandando el camino que había hecho para llegar. Llegó afuera y volvió a la balsa que se encontraba silenciosa entre los álamos.

Antes de que el sedán volviera a incorporarse a la balsa, Smithlao percibió un movimiento. Oculta a medias por la galería, estaba Ployploy en un ángulo de la casa. Por un repentino impulso de curiosidad, Smithlao bajó del sedán. Al aire libre, sintió una brisa y el perfume de las rosas, las nubes y todo lo verde que oscurecía al aproximarse el otoño. Smithlao sintió miedo, pero un impulso de aventura lo llevó a seguir adelante.

La muchacha no miraba en dirección a él: miraba hacia la barricada de árboles que la separaban del mundo. Cuando Smithlao se aproximó, la joven retrocedió al fondo de la casa, sin dejar de mirar atentamente. Él la siguió con cautela, aprovechando la cobertura que le ofrecía una pequeña plantación. Cerca de él, un jardinero de metal seguía blandiendo la guadaña sobre un borde de pasto, sin percibir su existencia.

Ployploy ya estaba en la parte trasera de la casa. El viento desordenaba su largo vestido y lo llenaba de hojas secas. Más tarde, el jardinero recogería los pétalos caídos de los senderos, el césped y el patio; en ese momento se arremolinaban a los pies de la joven.

La extravagante arquitectura dejaba en sombras a Ployploy. Una fantasía rococó de la antigua Italia mezclada con el ingenio chino para los portales y los techos fantásticos. Balaustradas que subían y bajaban, escaleras que ascendían alrededor de arcadas circulares, aleros grises y azules que casi llegaban al suelo. Pero todo estaba tristemente abandonado: la enredadera, que ya comenzaba a tomar sus gloriosos colores de otoño, luchaba por derrumbar las estatuas de mármol; colchones de pétalos de rosas obstruían todas las escaleras. Y todo eso formaba un fondo ideal para la melancólica figura de Ployploy.

Excepto sus delicados labios rosados, su rostro estaba totalmente pálido. Tenía el cabello muy negro y lacio, recogido en la nuca, y luego caía en cascada hasta su cintura. Realmente parecía loca, con sus ojos melancólicos clavados en los grandes álamos y su mirada que parecía quemar todo lo que tocaba. Smithlao se volvió para ver qué era lo que miraba con tanta fuerza.

El hombre salvaje que había observado desde el aire se abría paso entre los matorrales rodeando los troncos de los árboles.

Cayó una lluvia repentina, que tamborileó sobre las hojas secas de los arbustos. Como una lluvia de primavera, terminó en un instante; durante el momentáneo chaparrón, Ployploy no cambió de posición, y el hombre no levantó la mirada. Luego salió el sol, arrojando las sombras de los álamos en cascada sobre la casa, y en cada flor había una gota de lluvia.

Smithlao recordó lo que había pensado en la habitación de Gunpat sobre el próximo fin del hombre. Y en ese momento hizo este agregado: Sería muy fácil para la naturaleza, cuando el hombre parásito se extinguiera, volver a empezar.

Esperó, tenso, porque conocía un fragmento del drama que iba a desarrollarse ante sus ojos. Por el césped brillante, un objeto pequeño con ruedas se escurrió, saltó por los escalones y desapareció a través de una arcada. Era un guardia del perímetro, que salía a dar la alarma, a avisar que había un intruso cerca.

Un minuto después volvió. Lo acompañaban cuatro grandes robots; Smithlao reconoció a uno de ellos como la máquina parecida a un sapo que lo había detenido al llegar. Avanzaron cuidadosamente entre los rosales, como cinco amenazas de diferentes formas. El jardinero de metal murmuró algo para sí mismo, dejó de cortar el césped y se unió a la procesión que iba hacia el hombre salvaje.

«No tiene más posibilidades de sobrevivir que un perro», se dijo Smithlao. La frase tenía significado: todos los perros, declarados supernumerarios, habían sido exterminados mucho tiempo atrás.

En esos momentos el hombre desesperado había roto la barrera del matorral y llegaba al borde del césped. Arrancó una ramita con hojas de un arbusto y la prendió a su camisa de manera que oscurecía parcialmente su rostro; prendió otra rama a sus pantalones. Al acercarse a los robots, levantó los brazos por encima de su cabeza, sosteniendo una tercera rama con las manos.

Las seis máquinas lo rodearon, murmurando y resoplando suavemente.

El robot-sapo hizo un click, como si pensara qué hacer a continuación.

—Identifícate —ordenaron.

—Soy un rosal —respondió el hombre salvaje.

—Los rosales tienen rosas. Tú no tienes rosas. No eres un rosal —respondió el sapo de acero. Su arma más grande y más alta apuntó al pecho del hombre.

—Mis rosas están muertas —respondió el hombre salvaje—, pero todavía tengo hojas. Pregúntale al jardinero si no sabes lo que son las hojas.

—Este objeto es un objeto con hojas —dijo de inmediato el jardinero con voz profunda.

—Sé lo que son las hojas. No tengo necesidad de preguntarle al jardinero. Las hojas son el follaje de los árboles y las plantas que les dan su apariencia verde —dijo el sapo.

—Este objeto es un objeto con hojas —repitió el jardinero, y agregó para aclarar el asunto—: Las hojas le dan su apariencia verde.

—Sé lo que son los objetos con hojas —respondió el sapo—. No tengo necesidad de preguntártelo, jardinero.

Parecía que iba a estallar una discusión interesante, aunque limitada, entre los dos robots, pero en ese momento una de las máquinas dijo algo.

—Este rosal sabe hablar —declaró.

—Los rosales no saben hablar —dijo de inmediato el sapo. Después de haber expresado semejante genialidad, guardó silencio, rumiando probablemente que la vida era algo muy extraño. Luego agregó con lentitud—: Por lo tanto, este rosal no es un rosal, o este rosal no habló.

—Este objeto es un objeto con hojas —comenzó tercamente el jardinero—. Pero no es un rosal. Los rosales tienen estípulas. Este objeto no tiene estípulas. Es un espino. El espino también se conoce como aliso.

Ese conocimiento especializado iba más allá del vocabulario del sapo. Hubo un silencio incómodo.

—Soy un espino —dijo el hombre salvaje, sin abandonar su pose—. No sé hablar.

En ese momento todas las máquinas se pusieron a hablar al mismo tiempo, arrastrándose alrededor del hombre para verlo mejor chocando entre ellas al hacerlo. Finalmente la voz del sapo se elevó por encima de los murmullos metálicos.

—No sé lo que es este objeto con hojas, pero debemos arrancarlo, debemos matarlo —declaró.

—No puedes arrancarlo. Ésa es la tarea del jardinero —dijo el jardinero. Hizo rotar sus hojas afiladas, que salían de una poderosa guadaña, atacando al sapo.

Sus simples herramientas no tuvieron efecto en la armadura del sapo. Sin embargo el sapo se dio cuenta de que habían llegado a un callejón sin salida en sus investigaciones.

—Iremos a preguntarle a Charles Gunpat qué debemos hacer —dijo—. Vengan por aquí.

—Charles Gunpat está en una asamblea —respondió el robot scout—. Charles Gunpat no debe ser interrumpido en la asamblea. Por lo tanto no debemos interrumpir a Charles Gunpat.

—Por lo tanto debemos esperar a Charles Gunpat —dijo el sapo de metal, imperturbable. Echó a andar hacia adelante, en dirección a Smithlao; todos subieron los escalones y desaparecieron en la casa en medio de una nube de silogismos.

Smithlao sólo pudo maravillarse ante la serenidad del hombre salvaje. Era un milagro que aún sobreviviera. Si hubiera intentado correr, lo habrían matado instantáneamente; los robots estaban entrenados para controlar una situación de ese tipo. Sus frases de doble sentido, por más inspiradas que estuvieran, no lo habrían salvado si hubiera tenido que enfrentarse con un solo robot, porque el robot es un ser de mentalidad concentrada en un solo propósito.

Pero cuando está en compañía sufre de un mal que a veces aflige a las reuniones de seres humanos. Una tendencia a hacer alardes de lógica a expensas del objeto de la reunión.

¡La lógica! Ése era el problema. Era lo único en que podían apoyarse todos los robots. El hombre tenía lógica e inteligencia: se manejaba mejor que su robot. Sin embargo perdía la batalla contra la naturaleza. La naturaleza, como los robots, sólo acudía a la lógica. Era una paradoja que el hombre no podía vencer.

Inmediatamente después de desaparecer la hilera de máquinas en el interior de la casa, el hombre salvaje cruzó corriendo el césped y subió el primer tramo de la escalera, avanzando hacia la muchacha inmóvil. Smithlao se deslizó detrás de un haya para estar más cerca de ellos. Se sentía como un delincuente observándolos sin que hubiera una pantalla interpuesta, pero no podía evitarlo; presentía que allí había una pequeña charada que marcaba el final de todo lo que había sido el hombre. El hombre salvaje se aproximaba a Ployploy, avanzando lentamente por la terraza como si estuviera hipnotizado.

Ella habló primero.

—Usaste buenos recursos —le dijo. Su rostro pálido tenía un tinte rosado en las mejillas.

—He tenido que usar recursos durante un año entero para llegar a ti —respondió él. Ahora que sus recursos lo habían llevado frente a ella, fallaban, y lo dejaban inmóvil, desvalido. Era un joven delgado y fuerte, con la ropa gastada y la barba descuidada. Sus ojos no se apartaban en ningún momento de los de Ployploy.

—¿Cómo me encontraste? —preguntó Ployploy. Su voz, a diferencia de la voz salvaje del hombre, apenas llegaba a Smithlao. En su rostro había una expresión cautivante.

—Fue una especie de instinto… como si oyera tu llamado —contestó el hombre salvaje—. Todo lo que puede andar mal en el mundo anda mal… Tal vez tú eres la única mujer en el mundo que ama, tal vez yo soy el único hombre que puede responder a ese amor. Por eso vine.

—Siempre soñé que alguien vendría —dijo ella—. Desde hace semanas que siento… que sé… que venías. Ah, querido mío…

—Debemos apresurarnos, mi amor. Una vez trabajé con robots… tal vez te habrás dado cuenta de que los conocía. Cuando nos alejemos de aquí, tengo un avión robot que nos llevará… a cualquier parte: a una isla, quizá, donde la situación no sea tan desesperada. Pero debemos irnos antes de que vuelvan las máquinas de tu padre.

Dio un paso hacia Ployploy.

Ella levantó una mano.

—¡Espera! —imploró—. No es tan simple. Debes saber algo… El… el Centro de Apareamiento me negó el derecho a procrear. No debes tocarme.

—¡Odio al Centro de Apareamiento! —exclamó el hombre salvaje—. Odio todo lo que concierne al régimen de los reglamentos. Nada de lo que hayan hecho puede afectarnos ahora.

Ployploy cerró los puños detrás de la espalda. El color había abandonado sus mejillas. El viento llevó una lluvia de pétalos de rosa contra su vestido, burlándose de ella.

—Esto no tiene remedio —dijo—. No entiendes…

El salvajismo del hombre decreció.

—Lo dejé todo para venir a ti —repuso—. Sólo deseo tomarte entre mis brazos.

—¿De veras eso es todo lo que quieres en la vida? —preguntó.

—Lo juro —respondió simplemente él.

—Entonces, ven, tócame —dijo Ployploy.

En ese momento Smithlao vio una lágrima en los ojos de la muchacha, brillante y madura como una gota de lluvia.

La mano del hombre salvaje se extendió hacia ella, hacia su mejilla. Ployploy seguía inmóvil en la terraza gris, con la cabeza alta. Y entonces los dedos amantes del hombre rozaron levemente el rostro de la muchacha. La explosión fue casi instantánea. Casi. Los nervios traidores de la epidermis de Ployploy sólo necesitaron una fracción de segundo para analizar el contacto como perteneciente a otro ser humano y transmitir su hallazgo al centro nervioso; allí, el bloque neurológico que, para prevenir esa contingencia, implantaba el Centro de Apareamiento en todos los individuos que tenían prohibido reproducirse, entró en acción de inmediato. Todas las células del cuerpo de Ployploy se rindieron a su energía en una sola explosión total. Con tanto éxito que la detonación mató también al hombre rebelde.

Sólo por un segundo, sopló un nuevo viento, entre los vientos de la Tierra.

Sí, pensó Smíthlao, apartándose, había que admitir que el proceso había sido perfecto. Y, nuevamente, había sido lógico, positivamente aristotélico. En un mundo al borde del hambre, ¿qué otra forma había de evitar que los indeseables se reprodujeran? Lógica contra lógica: el hombre entra en competencia con la naturaleza; eso era lo que provocaba todas las lágrimas del mundo.

Se alejó por la plantación húmeda, dirigiéndose hacia la balsa, ansioso por desaparecer antes de que volvieran los robots de Gunpat. Las figuras destrozadas en la terraza todavía estaban cubiertas a medias de hojas y pétalos. El viento rugía como un gran mar triunfante entre las copas de los árboles. No era extraño que el hombre salvaje no supiera nada sobre el gatillo neurológico: pocas personas lo conocían, excepto los psicodinamistas y el Consejo de Apareamiento… y, por supuesto, los seres a quienes se había implantado el mecanismo. Sí, Ployploy sabía lo que sucedería. Había elegido deliberadamente morir así.

«¡Siempre dije que estaba loca!», pensó Smithlao. Rió mientras subía a su máquina, sacudiendo la cabeza al pensar en la locura de la muchacha.

Sería un excelente tema para irritar a Charles Gunpat, la próxima vez que necesitase un estímulo del odio.

© Brian Aldiss: All the World’s Tears (Todas las lágrimas del mundo). Publicado en Nebula Science Fiction, No. 21, 1957. Traducción de Alicia Steimberg.