La conocí en la boda de un amigo y nos hicimos íntimos. Fue hace tres años. Entre nosotros casi había una generación de diferencia; ella tenía veinte años, yo treinta y uno, aunque en verdad eso no representaba ningún impedimento. Tenía muchas otras preocupaciones en mente en aquel momento y, para ser sincero, no le dediqué un solo minuto de mi tiempo al asunto de la edad. Tampoco significó nada para ella desde el principio. Yo estaba casado y eso tampoco le importó. Cuestiones como la edad, la familia o el dinero que ganaba no parecían importarle lo más mínimo. Era algo innato en ella, como la talla de sus zapatos, el tono de su voz o la forma de sus uñas. Esa clase de cosas que no podían cambiarse por mucho que uno pensara en ellas. Visto así, no le faltaba razón.

Se ganaba la vida como modelo publicitaria y así se pagaba las clases de pantomima que impartía no sé qué maestro. No le gustaba su trabajo y a menudo rechazaba lo que le ofrecía la agencia, de ahí que sus ingresos fueran exiguos. Sus carencias financieras las cubría, al parecer, gracias a la buena voluntad de unos cuantos novios. En ese momento no podía saberlo a ciencia cierta, solo eran piezas sueltas de un puzle que fui juntando a lo largo de muchas conversaciones.

De ningún modo insinúo que se acostase con hombres por dinero. Puede que la realidad no fuera muy distinta, pero eso tampoco representaba un problema para mí. Su encanto residía en algo mucho más simple: tenía un carácter abierto y sencillo que atraía a la gente. Al toparse con esa sencillez, los hombres se sentían arrastrados por ella y trataban de aplicarla a sus complejos sentimientos. No sé cómo explicarlo mejor, pero sucedía algo así. Digamos que vivía sostenida por su sencillez.

Obviamente, algo así no podía durar para siempre. En caso de hacerlo, hasta el propio universo se habría vuelto del revés. Esa virtud solo podía existir en un momento y en un lugar concreto. Era como pelar mandarinas.

Hablaré sobre pelar mandarinas.

La primera vez que la vi me contó que estudiaba pantomima. «¡Vaya!», dije yo a pesar de que en realidad no me sorprendía mucho. Las chicas jóvenes y modernas siempre están enfrascadas en algo y ella no parecía de esas que se concentran en una actividad seria con el objetivo de desarrollar su talento.

Ella pelaba mandarinas. Literalmente. Pelaba mandarinas. A su izquierda había un cuenco de cristal lleno de mandarinas y a la derecha otro para dejar las mondas. En realidad, no hacía otra cosa con su vida. Tomaba una mandarina imaginaria con la mano izquierda, la pelaba despacio, se metía los gajos lentamente en la boca y tiraba la piel con la derecha. Repetía sin cesar el mismo movimiento. Al explicarlo así no parece gran cosa, pero al verla haciéndolo, durante veinte o treinta minutos, con mis propios ojos (charlábamos mientras tomábamos algo en la barra de un bar y ella pelaba mandarinas de manera casi inconsciente), sentí como si perdiera la noción de la realidad. En la época del juicio a Eichmann en Israel, se habló de que un castigo proporcional a sus crímenes sería encerrarle en un cuarto y extraer poco a poco el aire del interior. No sé qué sucedió con él al final, pero algo así era lo que me venía a la cabeza cuando estaba con ella.

—Tienes mucho talento —le dije.

—No se trata de talento ni nada de eso —repuso ella—. No se trata de pensar que allí hay una mandarina, sino de olvidar que no la hay. Eso es todo.

—Parece uno de esos sofisticados acertijos zen.

Fue entonces cuando me di cuenta de que me gustaba.

No nos veíamos muy a menudo. Una o dos veces al mes como mucho. La llamaba para invitarla a salir. Comíamos algo y después bebíamos en algún bar. Hablábamos todo el tiempo. Yo la escuchaba a ella y ella me escuchaba a mí. Entre nosotros no había muchas cosas en común, pero no nos importaba. Nos hicimos amigos. Por supuesto, siempre pagaba yo. Alguna vez llamaba ella. Cuando lo hacía solía ser porque tenía hambre y ni un céntimo. En ocasiones así devoraba cantidades increíbles de comida.

Cuando estábamos juntos me relajaba de verdad. Me olvidaba del trabajo, de las cosas que no quería hacer, de problemas insignificantes que era incapaz de resolver o de pensamientos humanos incomprensibles. Era una habilidad suya. No decía nada que tuviera un sentido especial y, en ocasiones, aunque asentía con la cabeza, en realidad apenas la escuchaba. De todos modos, hacerlo me producía una sensación agradable, me distraía, como si observara las nubes en el horizonte.

Le conté muchas cosas. Desde asuntos personales a temas generales, le hablé de mis sentimientos y lo hice con toda honestidad. Quizás ella tampoco me prestaba demasiada atención y se limitaba a asentir. Aun en ese caso, no me importaba. Yo buscaba una determinada atmósfera con ella, no esperaba compasión ni entendimiento.

En la primavera de hace dos años, su padre murió de una enfermedad coronaria y heredó una considerable cantidad de dinero. Al menos eso me dijo entonces. Con el dinero quería viajar por el norte de África. ¿Por qué el norte de África? No lo sé, pero por casualidad yo tenía una conocida que trabajaba en la embajada de Argelia y se la presenté. Se decidió por Argelia y, gracias a diversas circunstancias, fui a despedirla al aeropuerto. No llevaba más que un miserable bolso de viaje con algo de ropa de recambio. Cualquiera hubiera dicho que volvía del norte de África en lugar de ir allí.

—Regresarás a Japón sana y salva, ¿verdad? —le pregunté medio en broma.

—Por supuesto.

Volvió tres meses después. Había perdido tres kilos, estaba muy morena y venía acompañada de un nuevo novio al que había conocido en un restaurante de Argel. No había muchos japoneses en aquel país, por lo que no tardaron en intimar y en hacerse novios. De todos los que le había conocido, era el primer novio oficial.

Tendría alrededor de veinticinco años, era alto, con un aspecto impecable y hablaba con mucha corrección. Quizás un poco inexpresivo, pero se le podía considerar guapo y agradable. Me llamaron la atención sus manos grandes, sus largos dedos.

Me acuerdo bien de él porque fui a buscarlos al aeropuerto. Me había llegado por sorpresa un telegrama de Beirut con una fecha y un número de vuelo. Comprendí el mensaje. Cuando aterrizó el avión —se retrasó cuatro horas a causa del mal tiempo y me las pasé enteras en una cafetería leyendo revistas—, salieron por la puerta agarrados del brazo. Parecían una simpática pareja de recién casados. Me lo presentó. Nos dimos la mano como movidos por un acto reflejo. Un fuerte apretón de manos habitual en la gente que vive mucho tiempo en el extranjero. Fuimos a comer algo. Ella se moría por comer arroz con tempura y nosotros dos pedimos cerveza.

Me explicó que se dedicaba al comercio, pero no concretó nada. No entendí si es que no quería hablar de ello o no quería aburrirme. Lo cierto es que no tenía ningunas ganas de hablar de intercambios comerciales, así que tampoco le molesté con preguntas. Como no teníamos nada de qué hablar, conversamos sobre la seguridad en Beirut y el agua potable en Túnez. Parecía estar bien informado sobre la situación de todo el norte de África e incluso Oriente Próximo.

Cuando terminó de comer, ella bostezó y dijo que tenía sueño. Parecía como si se fuera a dormir allí mismo. He olvidado mencionarlo, pero tenía la costumbre de quedarse dormida en cualquier parte. Él se ofreció a llevarnos a todos en taxi, pero preferí ir en tren porque era más rápido. No entendí para qué había ido al aeropuerto.

—Me alegro de haberle conocido —dijo él como si se disculpara.

—Lo mismo digo.

 

Volvimos a encontrarnos en algunas ocasiones más. Si me cruzaba con ella en alguna parte por casualidad, él nunca andaba lejos. Si quedábamos, la llevaba en coche hasta el lugar de la cita. Tenía un deportivo alemán inmaculado, de color gris plateado. Yo apenas entiendo de coches, pero me recordaba a uno de esos que aparecen en las películas en blanco y negro de Fellini. Desde luego, no era el automóvil de un oficinista medio.

—Debe de tener un montón de dinero —le comenté a ella en una ocasión.

—Sí —se limitó a contestar con un desinterés total—. Supongo.

—¿Tanto se gana con los intercambios comerciales?

—¿Intercambios comerciales?

—Me dijo que se dedicaba a eso.

—Quizá. No tengo ni idea. Tampoco trabaja tanto. Ve a mucha gente y habla todo el tiempo por teléfono, eso sí.

Me lo imaginé como una suerte de Gran Gatsby. Nadie sabe a qué se dedica, pero tiene mucho dinero. Un joven enigmático.

 

Un domingo por la tarde del mes de octubre me llamó. Mi mujer había ido a visitar a un pariente y me encontraba solo desde por la mañana. Era un día agradable y soleado. Me estaba comiendo una manzana mientras contemplaba el alcanforero del jardín. Era la séptima del día. A veces me pasaba eso. Me dominaba una terrible ansiedad por las manzanas. Quizá fuese el presentimiento de algo.

—Estoy cerca de tu casa. ¿Podemos ir? —me preguntó.

—¿Podemos?

—Él y yo —dijo.

—Desde luego. No hay problema.

—De acuerdo. Llegaremos en media hora.

La llamada se cortó sin más.

Estaba sentado en el sofá. Me levanté para darme una ducha y afeitarme. Me limpié bien los oídos. No sabía si recoger el cuarto de estar o no, pero al final desistí. Mejor no disimular si no tenía tiempo de recoger la casa entera. Había un considerable desorden de libros, revistas, cartas, discos, lápices e incluso un jersey tirado por el medio. A pesar de todo, no daba la impresión de estar sucia. Acababa de terminar un trabajo y no tenía ganas de hacer nada. Me había sentado en el sofá y mientras contemplaba distraído el alcanforero del jardín me comía la séptima manzana de día.

Llegaron pasadas las dos. Oí el ruido de un coche deportivo acercándose a la casa. Salí a la entrada y aquel vehículo plateado que ya conocía se encontraba allí delante. Ella sacó la cabeza por la ventanilla y agitó la mano. Los seguí con la mirada hasta que aparcaron en la parte de atrás del jardín.

—Ya estamos aquí —dijo sonriente.

Llevaba una camisa tan fina que casi se le transparentaban los pezones, y una falda corta de color verde oliva. Él vestía una chaqueta sport azul marino. Daba una impresión muy distinta respecto a la última vez que le había visto debido a una barba descuidada de no menos de dos días. No obstante, su aspecto general era correcto. Tan solo se apreciaba en él una sombra algo más densa de lo normal. Nada más salir del coche se quitó las gafas de sol y se las guardó en el bolsillo.

—Siento aparecer así de improviso en su día de descanso —se excusó.

—No pasa nada. Para mí, casi todos los días son de descanso. Además me aburría de estar solo.

—Hemos traído algo de comer.

Sacó una bolsa grande de papel blanco del asiento trasero.

—¿Comida?

—Poca cosa —aclaro él—, pero es domingo y me pareció adecuado.

—Se lo agradezco. No he comido más que manzanas en todo el día.

Entramos en casa y dejamos la comida en la mesa. Había un surtido considerable: sándwiches de rosbif, ensalada, salmón ahumado y helado de arándanos. No estaba mal, la verdad. Ella lo sirvió todo en platos y yo saqué una botella de vino blanco de la nevera. Parecía una fiesta.

—Vamos a comer. Me muero de hambre.

Estaba muerta de hambre, como de costumbre.

Comimos los sándwiches, la ensalada y picamos salmón ahumado. Cuando se terminó el vino, saqué unas cervezas. En la nevera siempre había cerveza. Un amigo tiene una empresa pequeña y me proporciona vales de descuento.

Por mucho que bebiera, la expresión de la cara de él no cambiaba. Yo también aguanto bien la cerveza. Ella bebió a su vez y, en menos de una hora, había una considerable cantidad de latas vacías encima de la mesa. Era una visión sorprendente. Se levantó de la mesa, eligió unos cuantos discos de la estantería y puso uno en el reproductor. Airegin, de Miles Davis, fue su primera elección.

—Un Garrard de cambio automático —dijo él—. Qué cosa tan poco habitual en estos tiempos.

Le expliqué que era un maniático de los reproductores automáticos y que encontrar un Garrard en buen estado había significado todo un triunfo. Escuchaba mis explicaciones sin dejar de asentir con la cabeza.

Cuando se acabó el tema de la filia por los reproductores musicales, se calló unos instantes.

—Tengo hierba —dijo—. ¿Quiere fumar?

Vacilé. La única razón era que había dejado el tabaco tan solo un mes antes y aún me encontraba en un momento delicado. No sabía qué efecto podía tener en mí la marihuana. Al final me decidí. De una bolsa de papel sacó una hierba negra envuelta a su vez en papel de aluminio. Fue colocándola sobre el papel de fumar, lo enrolló y chupó uno de los bordes para sellarlo. Lo encendió con un mechero, inhaló varias veces, confirmó que tiraba y me lo pasó. Era maría de primera. Durante un rato no dijimos nada. Nos limitábamos a pasarnos el canuto después de unas cuantas caladas. Miles Davis dio paso a una recopilación de valses de Johann Strauss. Una combinación extraña, pero no estaba mal.

A ella el porro le dio sueño. Había dormido poco, se había bebido tres cervezas y encima había fumado marihuana. La acompañé arriba y la ayudé a meterse en la cama. Me pidió una camiseta. Se desvistió y se quedó en ropa interior. Se puso la camiseta y se tumbó. Cuando quise preguntarle si tenía frío, su respiración ya era lenta y pesada. Sacudí la cabeza y bajé.

Su novio estaba en el salón liando el segundo porro. Iba fuerte, pensé. Yo hubiera preferido acostarme con ella y quedarme dormido a su lado, pero no podía hacerlo. Fumamos. Los valses no terminaban. No sé por qué, pero me acordé de una función de teatro en la que participé en el colegio. Mi papel era el del dueño de una tienda de guantes que atendía a un zorrito que quería comprarse unos, pero el dinero no le alcanzaba.

«Con eso no te llega», le decía yo en mi papel de malo. «Pero mi mamá tiene mucho frío», protestaba él, «y se le agrietan las manos.» «No puede ser», insistía yo. «Ahorra y vuelve cuando lo tengas.» Entonces…

—A veces quemo graneros —dijo él.

—¿Cómo? —le pregunté, debía de haber oído mal.

—A veces quemo graneros —repitió.

Le miré.

Acariciaba el dibujo del mechero con la yema del dedo. Dio una profunda calada que debió de inundar el fondo de sus pulmones, contuvo la respiración diez segundos y expulsó el humo poco a poco, como si fuera un ectoplasma.

El humo no dejó de salir de su boca hasta que inundó la atmósfera de la habitación.

—Buena calidad, ¿verdad?

Asentí.

—La he traído de India. Elegí esta en concreto por su calidad. Cuando fumo, por alguna razón me acuerdo de muchas cosas, de luces, de olores, cosas así. Es como si la calidad de la memoria… —se calló de repente, como si se esforzase por encontrar la palabra adecuada mientras chascaba los dedos— cambiase por completo. ¿No le parece?

—Eso creo —dije.

Eso era. Me acordaba del rumor que escuchaba desde el escenario del teatro del colegio, del olor de las acuarelas de los decorados.

—¿Qué es eso de los graneros?

Me miró a los ojos. Como siempre, su gesto era inexpresivo.

—¿Puedo contárselo?

—Por supuesto.

—Es sencillo. Los rocío con gasolina y les pego fuego con una cerilla. Se oye una explosión y así se acaba todo. No tardan ni quince minutos en derrumbarse por completo.

—¿Y…? —Me quedé mudo al no encontrar tampoco las palabras adecuadas—. ¿Por qué graneros?

—¿Tan raro le parece?

—No sé. Tú quemas graneros y yo no. Hay una evidente diferencia entre nosotros. En lugar de averiguar si es raro o no, me interesa más esa distinción. Además, tú has sacado el tema.

—Tiene razón —admitió—. Es verdad. Por cierto, ¿no tendrá algún disco de Ravi Shankar?

—No.

Se quedó un rato distraído. Su conciencia parecía retorcerse como el caucho, aunque tal vez la que se retorcía era la mía.

—Quemo un granero más o menos cada dos meses —dijo antes de chascar los dedos de nuevo—. Me parece el ritmo más adecuado. Para mí, claro está.

Asentí vagamente. ¿Ritmo?

—Solo por saberlo, ¿son tuyos los graneros que quemas? —le pregunté.

El tipo me miró con gesto de no entender.

—¿Por qué iba a pegarle fuego a mi propio granero? ¿Qué le hace pensar que tengo tantos graneros?

—Eso quiere decir que quemas los de otra gente.

—Eso es. Son los graneros de otras personas. Es un delito. Un delito como el que cometemos usted y yo en este momento al fumar marihuana.

Me apoyé en el reposabrazos de la silla y me quedé callado.

—Es decir, le pego fuego a un granero propiedad de otra persona. Naturalmente, elijo solo los que están en lugares apartados donde no pueden provocar grandes incendios. No es eso lo que quiero. Solo quiero quemar graneros. Nada más.

Asentí y apagué la colilla.

—Si te detienen, te enfrentarás a un verdadero problema. Son incendios intencionados. Un solo error e irás a la cárcel.

—No van a meter a nadie en la cárcel —dijo él como si nada—. Rocío gasolina, tiro una cerilla y huyo a toda prisa. Después lo observo a cierta distancia con unos prismáticos. No me van a detener porque se trata del incendio de un granero de mala muerte. La policía ni se molesta.

Quizá tenía razón. Además, un joven bien vestido con un coche de importación no podía levantar demasiadas sospechas. A nadie se le podía ocurrir que se dedicase a quemar graneros.

—¿Lo sabe ella? —dije señalando hacia las escaleras.

—No sabe nada. Jamás se lo he dicho a nadie excepto a usted. Esa es la verdad. No es algo de lo que pueda hablar con cualquiera.

—¿Y por qué a mí?

Estiró los dedos de la mano izquierda y se rascó la mejilla. La barba hizo un ruido seco, como el de un bicho al desplazarse por un papel fino.

—Usted se dedica a escribir novelas. Pensé que quizá le interesaría un comportamiento como el mío. Un escritor disfruta de una historia antes de juzgarla. Si disfrutar no le parece la palabra adecuada, diré mejor que la recibe tal cual. Por eso se lo he contado. Tenía ganas de hacerlo.

Asentí, aunque no sabía realmente qué significaba recibir una historia tal cual.

—Puede que no sea la mejor forma de expresarlo —dijo mientras abría la mano y volvía a cerrarla sin dejar de contemplarla—, pero el mundo está lleno de graneros y siento que es como si esperasen a que los queme. Graneros solitarios cerca de la costa, en pleno campo… Los hay de todo tipo. Se queman en un cuarto de hora y desaparecen como si nunca hubieran existido. Nadie lo lamenta. Simplemente desaparecen en un abrir y cerrar de ojos.

—Entonces, tú sí decides si son necesarios o no, ¿no es así?

—Yo no decido nada. Están esperando a que los queme. Yo solo cumplo con mi obligación, la acepto. ¿Lo entiende? Acepto lo que hay, como la lluvia. Llueve, se desbordan los ríos, el agua arrastra las cosas. ¿Le parece que la lluvia decide algo? Me explico: ¿me convierte eso en un inmoral? Yo creo en mi propia moral. Es una fuerza esencial para la existencia humana. No existiríamos sin moral. No dudaría de ella si no estuviera equilibrada por la simultaneidad.

—¿Simultaneidad?

—Eso es. Estoy aquí y estoy allí. Estoy en Tokio y al mismo tiempo estoy en Túnez. Soy quien acusa y también quien perdona. Algo así. Me refiero a ese tipo de equilibrio. Sin él no podríamos vivir. Es el eje de todas las cosas. Si lo perdemos nos despedazamos, literalmente, pero gracias a él puedo existir simultáneamente.

—Lo que quieres decir, si lo entiendo bien, es que quemas graneros para afirmar esa moral tuya, ¿no?

—No exactamente. Es un acto para mantenerla, pero lo mejor es que nos olvidemos de eso. No se trata de algo esencial. Lo que quiero decir es que el mundo está plagado de ese tipo de construcciones. Yo tengo el mío y usted tiene el suyo. Es verdad. He viajado casi por todo el mundo, he vivido casi de todo, he estado a punto de morir muchas veces. No se lo digo porque esté orgulloso de ello, pero, en fin, dejémoslo. En general soy un tipo callado, pero la marihuana me desata la lengua.

Nos quedamos callados un buen rato, sin movernos, como si quisiéramos enfriar algún tipo de acaloramiento. No sabía qué decir. Me sentía el viajero de un tren que observa aparecer y desaparecer un extraño paisaje al otro lado de la ventanilla. Estaba tan relajado que no comprendía cómo conectaban entre sí las distintas partes que formaban mi cuerpo, a pesar de que mi conciencia se mantenía bien despierta. El tiempo marcaba minutos polirrítmicos imposibles.

—¿Quieres tomar una cerveza? —le pregunté al cabo de un rato.

—Sí, muchas gracias.

Fui a la cocina y volví con cuatro latas de cerveza y un poco de Camembert.

—¿Cuándo quemaste un granero por última vez?

—Pues… —se quedó pensativo con la lata de cerveza vacía en la mano—. En verano, a finales de agosto.

—¿Y cuándo quemarás el próximo?

—No lo sé. No lo planifico ni lo señalo en el calendario. Lo hago cuando me parece bien.

—Pero cuando te dan ganas, no sueles tener por casualidad un granero cerca que te resulte conveniente, ¿verdad?

—Por supuesto que no. Por eso lo elijo con antelación.

—O sea, que es como si los tuvieras en depósito.

—Eso es.

—¿Puedo hacerte otra pregunta?

—Claro.

—¿Ya tienes decidido cuál será el próximo?

Frunció el ceño e inhaló aire con un ruido.

—Sí, ya está decidido.

Di un sorbo a la cerveza.

—Es un granero estupendo, como no encontraba otro desde hace mucho tiempo. A decir verdad, hoy he venido hasta aquí para investigar.

—¿Quieres decir que está cerca de aquí?

—Muy cerca.

Llegados a ese punto, dejamos el tema de los graneros.

Ella se despertó. Eran las cinco. Volvió a disculparse por lo inesperado de la visita. A pesar de la cantidad de cerveza que había ingerido, él estaba sobrio. Sacó el coche del jardín trasero.

—Estaré atento a los graneros —le dije antes de despedirnos.

—De acuerdo. Recuerde que está muy cerca.

—¿Qué es eso de los graneros? —preguntó ella.

—Cosas de hombres —dijo él.

—¡Uf!

Desaparecieron los dos.

Volví al salón y me tumbé en el sofá. La mesa estaba en completo desorden. Alcancé la trenca colgada en el perchero, me la eché por encima hasta taparme la cabeza y me quedé profundamente dormido.

Cuando me desperté, la habitación estaba a oscuras. Habían dado las siete. Era una oscuridad azulada impregnada de olor a tabaco y marihuana, una oscuridad desigual, extraña. Sin levantarme del sofá, traté de recordar cómo continuaba la función del colegio que me había venido a la memoria, pero había perdido el hilo. ¿Había conseguido el zorrillo finalmente los guantes?

Me levanté. Abrí la ventana para ventilar la habitación y me preparé un café.

 

Al día siguiente fui a una librería y compré un mapa de la zona. Era un mapa a escala 1:20.000 en el que aparecían hasta las calles más pequeñas. Anduve con el mapa en la mano y marqué con una X todos los lugares donde había graneros. Los tres días siguientes caminé en todas direcciones en un radio de cuatro kilómetros. Mi casa estaba en las afueras y en la zona aún quedaban muchas casas de campo viejas. Había un considerable número de graneros. Dieciséis en total.

Su siguiente objetivo debía de ser uno de ellos y, por lo que me había dicho, suponía que no estaría muy lejos de mi casa.

Examiné con atención uno a uno el estado de todos ellos. Excluí los que se encontraban demasiado cerca de viviendas, los invernaderos, los que guardaban maquinaria agrícola o los que tenían algún cartel de advertencia de productos químicos como pesticidas. No imaginaba que quisiera destruir maquinaria agrícola o provocar una catástrofe química.

Al final quedaron cinco. Cinco graneros candidatos a desaparecer devorados por las llamas o, visto de otro modo, cinco graneros que podían arder sin mayores consecuencias. Construcciones que arderían en apenas quince minutos y cuya desaparición nadie lamentaría. No podía decidir, en cambio, cuál de todos ellos elegiría. Ahí jugaba un elemento de subjetividad. Me moría de ganas por descubrir cuál sería.

Extendí el mapa, borré las X descartadas y dejé solo las cinco candidatas más sólidas. Cogí un cartabón, un transportador de ángulos y un compás. Salí de casa para trazar desde allí la ruta más rápida que pasaba por todos ellos. La operación resultó difícil. Todos las alternativas eran sinuosas, había colinas, arroyos. La distancia más corta resultó de 7,2 kilómetros. La calculé varias veces para reducir al máximo el margen de error.

A las seis de la mañana del día siguiente, me puse la ropa de deporte y las zapatillas para hacer la ruta corriendo. Tenía la costumbre de correr todos los días seis kilómetros, por lo que aumentar uno no me suponía demasiado esfuerzo. El paisaje era interesante, y aunque había dos pasos a nivel, la frecuencia de trenes era más bien escasa.

Salí de casa y di varias vueltas en el campo de deportes de una universidad cercana. Después atravesé una calle sin asfaltar de unos tres kilómetros de longitud. A mitad de camino estaba el primero de los graneros, seguido de una arboleda en ligera pendiente. Más allá, otro granero y una cuadra. Si los caballos llegaban a ver el fuego, se alborotarían mucho, pero poco más. No había verdadero peligro. El tercer y cuarto granero se parecían como dos hermanos gemelos, viejos, feos y sucios. Apenas había doscientos metros de distancia entre ambos. Si se había decidido por uno de esos, casi me parecía mejor quemar los dos juntos.

El último se encontraba junto a uno de los pasos a nivel, en el punto kilométrico seis de mi ruta. Estaba completamente abandonado. En la fachada que daba a la vía había un cartel de Pepsi-Cola. Esa construcción, ni siquiera sé si debería llamarla así, amenazaba ruina. Era cierto que parecía esperar a que alguien le pegara fuego, como decía él.

Me detuve delante. Respiré hondo un par de veces, crucé el paso a nivel y volví a casa. El recorrido me llevaba 31 minutos y 30 segundos. Me duché y desayuné. Me tumbé en el sofá y, después de escuchar un disco, me puse a trabajar.

Durante un mes seguido hice la misma ruta todas las mañanas, pero no ardía ningún granero. Llegué incluso a pensar que lo que quería en realidad era que lo quemase yo. Quizá me había metido esa idea en la cabeza para que se hinchara poco a poco como la rueda de una bicicleta. En lugar de esperar, a lo mejor sería más rápido encender una cerilla y pegarle fuego yo mismo. No eran más que viejos graneros.

Pero al pensarlo dos veces, me di cuenta de que hubiera sido llevar las cosas demasiado lejos. No me dedicaba a quemar graneros. Por mucho que esa idea se hubiese apoderado de mí, no era un pirómano. Lo era él, no yo. Tal vez había cambiado de idea o tal vez estaba ocupado y no encontraba el momento de hacerlo. Fuera como fuera, tampoco tenía noticias de ella.

Llegó diciembre. El otoño tocó a su fin y el aire de la mañana empezó a calar en la piel. Los graneros seguían en pie. La escarcha cubría los tejados y los pájaros de invierno aleteaban en el interior de la arboleda congelada. El mundo seguía su curso sin apenas cambios.

 

La siguiente vez que le vi fue a mediados de diciembre del año pasado, poco antes de Navidad, cuando, fuera uno a donde fuera, no se oían más que las canciones típicas de la época. Había ido al centro para comprar unos regalos y mientras caminaba por Nogizaka vi su coche. Un deportivo gris plateado. No había duda. Matrícula de Shinagawa y junto al faro izquierdo un pequeño arañazo. Estaba en el aparcamiento de una cafetería, pero, a decir verdad, ya no refulgía como la última vez. Se veía mate. Quizá fuera solo una impresión mía, porque tengo tendencia a modificar los recuerdos a conveniencia. Entré en la cafetería sin pensármelo dos veces.

Estaba a oscuras y en ella reinaba un fuerte olor a café. No se oían voces, solo una música barroca no demasiado alta. Lo reconocí de inmediato. Se hallaba sentado junto a la ventana frente a una taza de café con leche. Hacía tanto calor allí dentro que se me empañaron las gafas. Sin embargo, él no se había quitado su abrigo negro de cachemir. Ni siquiera la bufanda.

Vacilé antes de hablarle. No mencioné que había visto su coche aparcado fuera. Fingí que había entrado por pura casualidad.

—¿Puedo sentarme? —le pregunté.

—Por supuesto, se lo ruego —respondió él con su habitual cortesía.

Hablamos de generalidades sin que la charla llegara a fluir del todo. En realidad no teníamos nada en común y él parecía distraído, con la cabeza en otra parte. En cualquier caso, no parecía molestarle mi presencia. Me contó algo sobre un puerto de Túnez, sobre los langostinos que se conseguían allí. No hablaba por obligación. Los langostinos parecían interesarle de verdad, pero la conversación se quedó a medias, como si a una fina corriente de agua se la hubiera tragado la arena del desierto.

Levantó la mano para llamar al camarero y pidió otro café con leche.

—Por cierto, ¿qué paso con el granero? —me atreví a preguntarle.

Sonrió apenas con un gesto de la comisura de los labios.

—¡Vaya, aún se acuerda de eso!

Sacó un pañuelo del bolsillo, se limpió la boca y lo guardó de nuevo.

—Lo quemé como le dije.

—¿Cerca de mi casa?

—Sí, muy cerca.

—¿Cuándo?

—Unos diez días después de nuestra visita.

Le hablé de mi mapa, de mi recorrido diario por los graneros.

—Me extraña que se me pasara por alto.

—Un plan minucioso —dijo él con aire divertido—. Minucioso y muy teórico, pero debió de pasársele algo por alto. Son cosas que ocurren. A veces algo se escapa cuando está demasiado cerca.

—No lo entiendo.

Se ajustó el nudo de la corbata y miró la hora.

—Demasiado cerca —repitió—. Lo siento, debo marcharme. ¿Por qué no hablamos de eso la próxima vez? Tengo una cita y no me gusta llegar tarde.

No había razón para retenerle. Se levantó y se guardó el tabaco y el mechero en el bolsillo.

—Por cierto, ¿ha vuelto a verla desde entonces? —me preguntó.

—No, ¿y tú?

—No. No hay forma de contactar con ella. No la encuentro en su casa, no responde al teléfono y hace tiempo que no va a clase.

—Se habrá marchado a alguna parte. Una de sus ocurrencias, ya sabes. Ya lo ha hecho varias veces.

De pie, con ambas manos metidas en los bolsillos, miró fijamente la mesa.

—¿Se va por ahí durante un mes y medio sin un céntimo? Tampoco es tan espabilada a la hora de ganarse la vida.

Chascó los dedos un par de veces dentro del bolsillo.

—La conozco bien. No tiene dinero ni amigos a los que se les pueda llamar verdaderamente así. Su agenda está repleta de nombres, pero todo es pura apariencia. No puede contar con nadie. Solo confiaba en usted y no lo digo por cortesía. Creo de verdad que siempre ha sido alguien especial para ella. Incluso yo estaba celoso, y se lo dice alguien que nunca había tenido celos.

Suspiró ligeramente y volvió a mirar la hora.

—Tengo que irme. Nos veremos en otra ocasión —se despidió.

Asentí con la cabeza sin saber qué decir. Siempre me ocurría delante de él. Las palabras se resistían a salir.

Después de nuestro encuentro la llamé varias veces, pero le habían cortado el teléfono por falta de pago. Me preocupé. Fui a su apartamento. La puerta estaba cerrada a cal y canto y el buzón desbordante de publicidad. No encontré al conserje y no tuve forma de confirmar si aún vivía allí. Arranqué una hoja de mi agenda para dejarle una nota en la que le pedía por favor que me llamara. La firmé y la metí en el buzón. No me llamó.

La siguiente vez que fui allí, en su puerta estaba escrito el nombre de otra persona. Llamé, pero nadie respondió. Como en la ocasión anterior, tampoco encontré al conserje.

Me resigné. De eso hace ya casi un año.

Desapareció.

 

Aún corro todas las mañanas por el camino de los cinco graneros y ninguno ha sido pasto de las llamas. Tampoco tengo noticia del incendio de ninguno en otro lugar. Llegó otra vez el mes de diciembre y los pájaros de invierno sobrevolaron mi cabeza. Así fui cumpliendo años.

En la oscuridad de la noche, a veces pienso en graneros que se derrumban al incendiarse.

© Haruki Murakami: Naya wo yaku (Quemar graneros), 1983. Publicado en Hotaru, naya o yaku, sonota no tanpen, 1984. Traducción de Fernando Cordobés González – Yoko Ogihara.