Resumen del argumento: En un futuro donde la investigación científica está controlada por el gobierno, el profesor de historia Arnold Potterley busca acceso al cronoscopio, un aparato que permite ver imágenes del pasado, para estudiar la antigua Cartago, pero su solicitud es rechazada. Frustrado, convence al joven físico Jonas Foster para que investigue la neutrínica, ciencia base de la cronoscopía. Foster descubre un método más eficiente para construir cronoscopios y fabrica uno, pero revela que solo puede observar hasta ciento veinticinco años atrás. Cuando la esposa de Potterley quiere usar el aparato para ver a su hija muerta, éste lo destruye. Posteriormente, delata a Foster ante las autoridades para evitar la difusión del descubrimiento; sin embargo, el tío de Foster ya ha enviado los planos a múltiples editores. El jefe de Cronoscopía revela entonces la devastadora verdad: el cronoscopio puede observar no solo el pasado muerto, también el presente inmediato, por lo que su masificación significa el fin absoluto de la privacidad humana.

Advertencia
El resumen y análisis que ofrecemos a continuación es sólo una semblanza y una de las múltiples lecturas posibles que ofrece el texto. De ningún modo pretende sustituir la experiencia de leer la obra en su integridad.
Resumen de El pasado muerto, de Isaac Asimov
«El pasado muerto» (The Dead Past) es un relato de ciencia ficción escrito por Isaac Asimov y publicado en abril de 1956 en la revista Astounding Science Fiction. La historia se desarrolla en un futuro donde la investigación científica está centralizada y controlada por un gobierno mundial. El cuento explora las consecuencias de la invención del cronoscopio —un dispositivo capaz de observar el pasado— y examina los peligros de la supresión gubernamental del conocimiento científico, así como las implicaciones éticas y sociales que surgen cuando la tecnología permite eliminar por completo la privacidad humana.
Arnold Potterley es un profesor de Historia Antigua cuya apariencia anodina —ojos azules desvaídos, nariz pequeña, figura pulcra y modales suaves— disimula una obsesión que está a punto de cambiar el mundo. Durante dos años ha intentado obtener permiso para utilizar el cronoscopio con el fin de investigar la antigua Cartago para sus estudios académicos. Su interés no es meramente profesional: Potterley busca reivindicar a los cartagineses de las acusaciones históricas de sacrificar niños al dios Moloch, quemándolos vivos en el vientre de un ídolo de bronce. Sostiene que estas acusaciones son mentiras propagandísticas difundidas por los enemigos de Cartago, los griegos y los romanos.
Cuando Potterley acude a Thaddeus Araman, jefe de la División de Cronoscopía, su solicitud es cortésmente rechazada. Araman le explica que la cronoscopía es un proceso extremadamente delicado y costoso, que existe una larga lista de espera y que las decisiones sobre prioridades son procesadas por computadora, siendo imposibles de alterar arbitrariamente. Frustrado pero no derrotado, Potterley comienza a contemplar una idea que primero lo asusta y luego lo fascina: si el gobierno no le permite usar su cronoscopio, él construirá el suyo propio.
El profesor encuentra su oportunidad cuando conoce a Jonas Foster, un joven instructor de física recién llegado a la universidad, especializado en hiperóptica y con conocimientos en campos gravitatorios artificiales. Potterley descubre que Foster no ha estudiado neutrínica, la ciencia base de la cronoscopía, porque esta disciplina simplemente no se enseña en ninguna universidad, ni siquiera en el prestigioso MIT. Cuando el historiador comienza a presionar a Foster con preguntas sobre neutrínica, el joven científico se resiste inicialmente, pues considera que el interés de un historiador por la física constituye una anarquía intelectual inaceptable en un sistema donde cada científico está obligado a permanecer dentro de su campo de especialización.
Sin embargo, la insistencia de Potterley despierta finalmente la curiosidad de Foster, quien, a pesar de sus reservas éticas, comienza a investigar por su cuenta. Descubre que la neutrínica no solo no se imparte realmente en las universidades, sino que tampoco existen textos científicos accesibles que la aborden en profundidad. Además, el historiador le revela que, mediante correspondencia con otros académicos, ha recopilado pruebas que demostrarían que nadie en la comunidad científica utiliza realmente el cronoscopio, a pesar de que el gobierno publica mensualmente un boletín con supuestos descubrimientos históricos obtenidos mediante visualización temporal. Foster se da cuenta de que algo extraño ocurre: o bien el gobierno está suprimiendo activamente la investigación en neutrínica, o bien el cronoscopio no existe en absoluto.
Foster recurre a su tío Ralph Nimmo, un exitoso escritor científico sin título universitario, quien se enorgullece de ser un generalista capaz de comprender y explicar cualquier campo. Nimmo confirma las sospechas de su sobrino: en todos sus años de carrera no ha recibido ningún trabajo sobre neutrínica para editar, lo cual es extremadamente inusual. Nimmo consigue para Foster una copia antigua y restringida del texto fundamental de Sterbinski y LaMarr sobre neutrínica, robándola literalmente de la Biblioteca Pública de Nueva York, ya que la copia de la Biblioteca del Congreso está clasificada.
Foster se sumerge en el estudio del texto, trabajando noches enteras en el sótano de los Potterley. Gradualmente comprende que Sterbinski, el inventor original del cronoscopio, utilizó un método indirecto y costoso para detectar neutrinos. Estas partículas, sin masa ni carga, atraviesan la barrera del espacio-tiempo, viajando tanto a través del tiempo como del espacio. Sterbinski desarrolló un método para detener y registrar el flujo de neutrinos, interpretando los patrones de deflexión causados por toda la materia que habían atravesado en su viaje temporal. Esto permitía reconstruir imágenes del pasado e incluso detectar vibraciones de aire para convertirlas en sonido.
El gran descubrimiento de Foster es que su especialidad en óptica pseudo-gravitatoria ofrece un método mucho más eficiente para detectar neutrinos usando campos gravitatorios artificiales. Si Sterbinski hubiera conocido esta ciencia más reciente, habría visto inmediatamente la posibilidad. Foster comprende que puede construir un cronoscopio pequeño y portátil, mucho más simple y económico que el aparato gubernamental de cinco pisos que supuestamente existe.
Cuando Foster finalmente construye su dispositivo experimental y lo activa para Potterley, las noticias son devastadoras. El cronoscopio funciona, pero existe un límite físico absoluto impuesto por el principio de incertidumbre: el movimiento térmico aleatorio de las partículas subatómicas crea un «ruido» en la señal de neutrinos que aumenta considerablemente cuanto más atrás se intente observar. Después de aproximadamente ciento veinticinco años en el pasado, el ruido ahoga completamente la imagen. No existe forma de superar esta barrera física. Cartago, la antigua Roma, Egipto… todo está permanentemente fuera de alcance. Lo máximo que Foster puede mostrar es una imagen borrosa y sin sonido de mediados del siglo XX. Potterley queda destrozado; toda su investigación y su obsesión han sido inútiles.
Sin embargo, no todos están decepcionados con el descubrimiento de Foster. Caroline, la esposa de Potterley, que ha estado escuchando la conversación, ve en ello la posibilidad de recuperar a su hija, Laurel, fallecida veinte años antes en un incendio. Desde entonces, Caroline se ha consumido poco a poco, envejeciendo prematuramente sin lograr recuperarse de la tragedia. Ve en el cronoscopio una forma de recuperar a su hija, aunque solo sea a través de una imagen. Potterley reacciona con furia ante el deseo de su esposa, advirtiéndole que enloquecerá si se dedica a revivir obsesivamente los tres años que alcanzó a vivir Laurel, viendo una y otra vez a una niña que nunca crecerá. Le advierte que revivirá repetidamente el incendio que la mató, intentando inútilmente prevenir lo inevitable, lo que acabará por destruir su cordura. En un arrebato de desesperación, Potterley destruye el cronoscopio de Foster con una barra metálica y le obliga a marcharse para nunca regresar.
Dos días después, Potterley aparece en la oficina de Foster con una disculpa y una súplica desesperada. Su esposa ha estado llamando a Foster, ofreciendo dinero para que le construya un cronoscopio. Potterley le ruega que no lo haga y que no publique su descubrimiento. Dice haber comprendido las razones del gobierno para suprimir la neutrínica. No se trata solo de unos pocos políticos temerosos de que sus secretos sean expuestos , sino de que la sociedad humana colapsaría si todos pudieran observar el pasado. La gente no lo usaría para investigación histórica, sino para espiar a sus vecinos, cónyuges, empleados y competidores. No existiría más la privacidad. Y lo peor: millones de personas como Caroline quedarían atrapadas neuróticamente en el pasado, reviviendo obsesivamente momentos con seres queridos fallecidos.
Además, Potterley revela un motivo muy personal para bloquear el acceso de Caroline al cronoscopio: teme que su esposa descubra que, el día en que Laurel murió, él había entrado fumando en su habitación y no recuerda si apagó bien el cigarrillo. En su fuero interno, Potterley cree que pudo ser el causante del incendio que mató a su hija y siente pavor de que su esposa lo confirme.
Foster rechaza sus argumentos e insiste en un principio importante: la ciencia debe ser libre. Los juicios morales no pueden detener el progreso científico; la humanidad ha pervertido todos los avances tecnológicos de la historia, pero también ha tenido el ingenio para prevenir los peores abusos. Cree que las personas obsesionadas con el pasado eventualmente se cansarán al ver a sus seres queridos haciendo cosas que no esperaban. Foster está dispuesto a arriesgar su carrera, su posición e incluso su libertad para publicar su descubrimiento y romper el asfixiante control gubernamental sobre la investigación.
Potterley sale furioso de la oficina. Foster, sintiéndose un poco ridículo pero tomando precauciones, escribe las ecuaciones y diagramas de construcción del cronoscopio, los sella en un sobre dirigido a Ralph Nimmo y los deposita en una caja de seguridad bancaria con instrucciones de abrirla en caso de su muerte o desaparición. Pasa las siguientes noches sin dormir, tratando de decidir cómo publicar datos obtenidos de manera no ética, ya que ninguna revista respetable aceptaría un artículo sin la nota al pie sobre el financiamiento de la Comisión de Investigación de las Naciones Unidas.
La situación estalla cuando Foster llega a su oficina y encuentra a Potterley esperándolo junto con Thaddeus Araman, el jefe de la División de Cronoscopía. Potterley ha delatado a Foster, asumiendo toda la culpa pero insistiendo en que el cronoscopio debe ser suprimido. Araman confirma que no solo puede destruir la carrera de Foster negándole todas las becas y ordenando su despido, sino que además lo encarcelará indefinidamente sin juicio si se niega a prometer que detendrá su investigación. Cuando Foster protesta argumentando que no están en el siglo XX y que tales acciones son imposibles en una sociedad moderna, Araman le informa fríamente que, en el caso de la cronoscopía, la investigación no autorizada es un delito criminal.
Araman revela información crucial: existe un cronoscopio gubernamental, pero tiene exactamente las mismas limitaciones que Foster descubrió: no puede ver más allá de ciento veinticinco años en el pasado. El boletín mensual con supuestos descubrimientos de la antigüedad es un engaño deliberado, diseñado para hacer que la cronoscopía parezca una herramienta de investigación común y ordinaria, quitándole el misterio que podría despertar una curiosidad peligrosa. Araman admite que cometió un error al subestimar a Potterley en su primera entrevista, descartándolo como un simple profesor de historia sin verificar sus antecedentes. También revela cómo contrastó la historia de Potterley y Foster: usando el cronoscopio gubernamental para observar momentos clave de sus vidas hasta el instante presente.
En ese momento, la puerta de la oficina se abre con violencia y un guardia golpea a un intruso con la culata de un arma, dejándolo aturdido. Es Ralph Nimmo. El escritor explica que Foster lo había llamado días atrás pareciendo estar en problemas, y había mencionado la existencia de información importante en una caja de seguridad. Nimmo decidió ayudar a su sobrino; comprendiendo que Foster planeaba publicar ilegalmente su descubrimiento, tomó la iniciativa de enviar los detalles del cronoscopio portátil a media docena de sus contactos editoriales. Pensó que, al hacerlo, toda la responsabilidad recaería sobre él, salvando así la carrera de Foster. Calculó que, si le revocaban su licencia de escritor científico, su posesión exclusiva de los datos cronoscópicos lo mantendría económicamente de por vida.
Araman queda horrorizado. Nimmo ha tenido los datos durante más de un día. Sus contactos habrán llamado a físicos para verificar la información antes de publicarla, y esos físicos se habrán comunicado entre sí para compartir las noticias. Una vez que los científicos combinen la neutrínica con la pseudo-gravitatoria, la cronoscopía casera se volverá obvia. En una semana, quinientas personas sabrán cómo construir un cronoscopio pequeño. No hay forma de detener la propagación del conocimiento.
Araman explica entonces la terrible verdad que Foster, Potterley y Nimmo no comprendieron. Todos hablaron del «pasado muerto» como si fuera algo lejano: Grecia, Roma, Cartago, la Edad de Piedra. Pero ¿cuándo comienza realmente el pasado? Hace un año, cinco minutos, un segundo… El pasado comienza hace un instante. Si enfocas el cronoscopio en el pasado de una centésima de segundo atrás, estás observando el presente. El «pasado muerto» es solo otro nombre para el presente vivo.
Las implicaciones son catastróficas. Una vez que la noticia de la cronoscopía casera se difunda, las personas eventualmente comprenderán las posibilidades. El ama de casa olvidará a su madre muerta y comenzará a espiar a su vecina en casa y a su esposo en la oficina. El empresario vigilará a su competidor; el empleador, a su empleado. No existirá tal cosa como la privacidad. Cada ser humano podrá ser observado en todo momento por cualquiera. Incluso la oscuridad no será un escape, porque la cronoscopía puede ajustarse al infrarrojo para ver figuras humanas por su calor corporal. Las imágenes serán borrosas y los alrededores oscuros, pero eso solo aumentará la excitación voyerista.
Araman señala amargamente que no se puede legislar efectivamente contra esto. Si no han podido eliminar el tráfico de heroína en mil años, ¿cómo van a legislar contra un dispositivo que puede construirse en un taller casero?. La mezcla de curiosidad morbosa y prurito sexual ejercerá un dominio sobre la humanidad peor que cualquier adicción. Nimmo reconoce su error con desesperación: no hay forma de volver a meter la nube de hongo en la esfera de uranio.
Araman se pone de pie y, con elaborada formalidad, saluda a cada uno de los tres hombres. Les informa que, entre los tres, han creado un mundo nuevo. Los felicita sarcásticamente: «Feliz pecera de cristal para ustedes, para mí, para todos, y que cada uno de ustedes se fría en el infierno para siempre». Acto seguido, levanta el arresto.
El cuento concluye con la comprensión de que el mundo, tal como lo conocían, ha sido destruido. Hasta ese momento, cada costumbre, cada hábito y cada pequeño aspecto de la vida humana había dado por sentado cierto grado de privacidad. Pero eso se ha acabado para siempre. La humanidad está a punto de entrar en una era donde cada acción, cada palabra y cada momento privado puede ser observado por cualquiera en cualquier momento. El intento bien intencionado de Foster por liberar la ciencia, la obsesión de Potterley por redimir a Cartago y liberarse de su culpa, y la precipitada acción de Nimmo para proteger a su sobrino han convergido para crear una catástrofe sin precedentes: el fin absoluto e irrevocable de la privacidad humana.
