La muerte de Iván Ilich

Lev Tolstói

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Sinopsis: Iván Ilich Golovín es un funcionario judicial que ha construido su vida entera conforme a lo que la sociedad espera de él: la carrera correcta, el matrimonio conveniente, la casa decorada con buen gusto, las amistades apropiadas. Todo en su existencia responde a un modelo de respetabilidad que nunca se ha detenido a cuestionar. Pero un día, mientras supervisa la instalación de unas cortinas en su nuevo piso, sufre una caída aparentemente insignificante. El golpe, que al principio descarta como una molestia menor, resulta ser el inicio de una enfermedad que ningún médico consigue diagnosticar con certeza ni curar. A medida que el dolor se instala y el cuerpo se deteriora, Iván Ilich descubre que quienes lo rodean —su esposa, sus colegas, sus amigos— prefieren fingir que nada grave ocurre. Solo entonces, confinado a un sofá y enfrentado a lo que nadie quiere nombrar, comienza a preguntarse si la vida que ha llevado era realmente la que debía vivir.

Lev Tolstói - La muerte de Iván Ilich. Resumen y análisis literario

Advertencia

El resumen y análisis que ofrecemos a continuación es sólo una semblanza y una de las múltiples lecturas posibles que ofrece el texto. De ningún modo pretende sustituir la experiencia de leer la obra en su integridad.

Resumen de La muerte de Iván Ilich, de Lev Tolstói

«La muerte de Iván Ilich» (Смерть Ивана Ильича) es un relato extenso del escritor ruso Lev Tolstói, publicado por primera vez en 1886 dentro del volumen duodécimo de sus obras completas (Сочинения графа Л. Н. Толстого. Часть двенадцатая. Произведения последних годов). El cuento narra la vida y la muerte de Iván Ilich Golovín, un funcionario judicial del Imperio ruso cuya existencia transcurre sometida a las convenciones sociales y al afán de respetabilidad, hasta que una enfermedad progresiva e incurable lo obliga a confrontar su propia mortalidad y el sentido de todo lo que ha vivido.

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El relato comienza por el final. En el edificio de la Audiencia, durante una pausa en un proceso judicial, los colegas de Iván Ilich se enteran de su muerte a través de una esquela publicada en la Gaceta. La noticia, comunicada por Praskovya Fyódorovna Golovína, su esposa, anuncia que el fallecimiento ha ocurrido el 4 de febrero de 1882. La reacción de los presentes no es de duelo, sino de cálculo: cada uno piensa en los ascensos y traslados que esa vacante puede generar. Entre ellos prevalece un alivio solapado, el pensamiento instintivo de que «el muerto es él; no soy yo».

Pyotr Ivánovich, compañero de estudios de Iván Ilich, acude a la casa del difunto para cumplir con el deber social del pésame. Allí se encuentra con Schwartz, otro colega, cuyo porte elegante y su gusto por los juegos de cartas permanecen inalterados incluso junto al féretro: su mirada juguetona parece decir que el funeral no tiene por qué arruinar la partida de vint de esa noche. Pyotr Ivánovich entra en la habitación del muerto, se santigua sin saber bien cómo comportarse y contempla el cadáver. El rostro de Iván Ilich, amarillo y demacrado, parece expresar un reproche y una advertencia dirigidos a los vivos. Pyotr Ivánovich se apresura a salir, inquieto. Luego es recibido por la viuda, Praskovya Fyódorovna, quien entre lágrimas y mientras gestiona asuntos prácticos busca sobre todo averiguar si puede obtener del Estado más dinero con motivo de la muerte de su marido. Pyotr Ivánovich, tras advertir que la viuda ya sabe más que él sobre el tema, se despide, asiste brevemente al oficio de difuntos sin mirar al muerto ni una sola vez, y se marcha a jugar a las cartas en casa de un amigo.

A partir del segundo capítulo, el relato retrocede en el tiempo para narrar la vida de Iván Ilich desde su origen. Su historia, dice el narrador, ha sido «sencillísima y ordinaria, a la par que terrible en extremo». Iván Ilich es el segundo de los tres hijos varones de Ilyá Yefímovich Golovín, un funcionario público cuya carrera ilustra la inercia burocrática del Imperio: ascendido sucesivamente a cargos ficticios con sueldos nada ficticios, vive hasta la vejez sin haber desempeñado ninguna función de importancia. El padre tiene además una hija, casada con el barón Greff, funcionario de Petersburgo. De los tres hermanos, el mayor sigue la misma senda burocrática del padre; el menor fracasa en múltiples empleos y la familia lo repudia. Iván Ilich es el punto medio, le phénix de la famille, como dice la gente: listo, sociable, agradable, discreto. Desde su juventud se siente atraído por las personas de elevada posición social, adopta sus costumbres y su filosofía, y aprende a considerar como deber todo aquello que sus superiores jerárquicos juzgan correcto.

Estudia Derecho, se gradúa, se equipa con ropa elegante en la sastrería de Scharmer y parte hacia una provincia donde ocupa el cargo de ayudante del gobernador para servicios especiales. Allí lleva durante cinco años una vida meticulosamente decorosa: cumple con sus obligaciones, se divierte dentro de los límites socialmente aceptables, frecuenta a personas distinguidas y mantiene amoríos discretos. Cuando se crean nuevas instituciones judiciales, acepta el cargo de juez de instrucción en otra provincia. Allí descubre el placer del poder: tiene en sus manos a cualquier persona, por importante que sea, y puede hacerla comparecer ante él como acusado o testigo. No abusa de esas atribuciones, pero la conciencia de poseerlas le resulta profundamente satisfactoria.

Al cabo de dos años en esa nueva ciudad conoce a Praskovya Fyódorovna Mihel, la muchacha más atractiva de su círculo, y se casa con ella por una combinación de afecto y conveniencia social. Los primeros meses del matrimonio transcurren con placidez, pero el embarazo de su esposa altera la armonía. Praskovya Fyódorovna se vuelve celosa, exigente y pendenciera. Iván Ilich, incapaz de tolerar esa perturbación de su cómoda vida, se refugia cada vez más en el trabajo. A medida que nacen los hijos —varios de los cuales mueren— y las disputas conyugales se multiplican, la vida doméstica se convierte para él en un territorio hostil del que solo extrae las comodidades básicas: la comida casera, el ama de casa, la cama, y, sobre todo, el decoro de las apariencias externas que la opinión pública exige. A los tres años de matrimonio es ascendido a ayudante fiscal, y siete años después es trasladado con el cargo de fiscal a otra provincia, donde el sueldo es mayor pero el coste de vida también lo es. Mueren dos de los niños. La vida familiar se deteriora aún más.

Así transcurren diecisiete años desde su casamiento. En 1880, Iván Ilich sufre el revés más duro de su carrera: un tal Hoppe le arrebata el puesto de presidente de tribunal que esperaba en una ciudad universitaria. Su sueldo de tres mil quinientos rublos no alcanza para cubrir las deudas que ha contraído, y siente que todos lo han olvidado. Para ahorrar, pide licencia y pasa el verano con su mujer en la casa de campo de su cuñado. Allí, alejado del trabajo, experimenta por primera vez no solo aburrimiento, sino una congoja insoportable. Tras una noche de insomnio en la terraza, decide viajar a Petersburgo para gestionar un nuevo nombramiento.

El viaje resulta un éxito inesperado. Gracias a un cambio de personal en el ministerio y a la mediación de su amigo Zahar Ivánovich, Iván Ilich obtiene un cargo que lo sitúa dos grados por encima de sus antiguos colegas, con un sueldo de cinco mil rublos más una remuneración por traslado. Vuelve al campo eufórico. Se reconcilia con su esposa y ambos planifican la mudanza a la nueva ciudad. Iván Ilich parte solo para instalarse; la familia se quedará con los cuñados hasta que todo esté listo. Encuentra un piso a su gusto y dedica semanas a decorarlo con esmero obsesivo, buscando que cada detalle sea comme il faut (como debe ser). Durante esos trabajos, al trepar por una escalerilla de mano para mostrar al tapicero cómo disponer los pliegues de las cortinas, pierde pie, resbala y se golpea con un costado contra el tirador de la ventana. La magulladura le duele, pero el dolor se le pasa pronto y no le da importancia. Cuando al fin recibe a su familia en la estación y la conduce al piso terminado, todos prorrumpen en exclamaciones de deleite. Esa misma tarde, mientras toman el té, Iván Ilich les muestra en pantomima la caída y bromea: «No en vano tengo algo de atleta. Otro se hubiera matado».

Pero ese golpe es el comienzo de todo. Poco a poco, Iván Ilich nota un extraño sabor en la boca y un malestar en el costado izquierdo que va convirtiéndose en dolor constante. Su mal humor crece y las disputas conyugales se intensifican. Visita a un médico famoso que se comporta ante él con la misma suficiencia que él mismo despliega ante los acusados en el tribunal: le palpa, le ausculta, le hace preguntas evidentemente innecesarias y elude la única pregunta que a Iván Ilich le importa: si su estado es grave o no. El médico diagnostica una apendicitis, o quizá un riñón flotante, y receta un tratamiento. Iván Ilich vuelve a casa con la sensación de que las cosas van mal. Su esposa y su hija escuchan distraídamente el relato de la consulta antes de salir a hacer sus propias diligencias.

La enfermedad progresa. Iván Ilich acude a otros médicos, cada uno con un diagnóstico diferente. Toma medicinas, las deja, vuelve a tomarlas. Intenta creer que mejora, pero cada contrariedad —una disputa con su mujer, una mala mano en las cartas— le devuelve de golpe la conciencia de su deterioro. Lo que más le atormenta es la actitud de quienes lo rodean. Su esposa ha adoptado una postura fija: Iván Ilich está enfermo porque no sigue el tratamiento con disciplina, y con ello impone una molestia más a su familia. En los tribunales, sus colegas lo observan como a alguien que pronto dejará vacante su puesto. Sus amigos bromean sobre su aprensión. Nadie quiere ver lo que él ya sabe: que se está muriendo.

Una noche, después de una partida de cartas que no logra disfrutar, Iván Ilich se acuesta y comprende por primera vez lo que le ocurre. No se trata del apéndice ni del riñón, sino de la vida y la muerte. Intenta encender una bujía con manos trémulas, la deja caer y se queda a oscuras, escuchando los latidos de su corazón. A través de la puerta oye el piano y la charla de los visitantes. «La muerte. Sí, la muerte. Y ésos no lo saben ni quieren saberlo», piensa. Repasa mentalmente el silogismo aprendido en la Lógica de Kiezewetter —«Cayo es un ser humano, los seres humanos son mortales, por consiguiente Cayo es mortal»—, pero no consigue aceptar que esa conclusión se aplique a él, a Vanya, el niño que jugaba, que besaba la mano de su madre, que sentía el frufrú de su vestido de seda.

La llegada de su cuñado confirma lo que ya sospechaba. Al verlo, el cuñado abre la boca para lanzar una exclamación de sorpresa, pero se contiene. Iván Ilich se mira en el espejo, se compara con un retrato antiguo y comprueba que el cambio es enorme. A partir de ese momento, la enfermedad avanza sin freno. Le dan opio y morfina, pero el dolor no cede. Le preparan comidas especiales que le resultan repulsivas. Las evacuaciones se convierten en una humillación que requiere la ayuda de otra persona. Y es en esa función degradante donde encuentra su único consuelo: Gerasim, un joven criado campesino, limpio y lozano, ayudante del mayordomo, se ocupa de sus necesidades físicas con una naturalidad exenta de asco y de falsedad. Cuando Iván Ilich le pide que le sostenga las piernas en alto porque en esa posición siente menos dolor, Gerasim lo hace durante horas, incluso durante noches enteras, sin quejarse. Es el único que no miente, el único que reconoce abiertamente que su amo se está muriendo y que es natural compadecerse de él.

Lo que más tortura a Iván Ilich es precisamente esa mentira generalizada. Todos fingen que solo está enfermo, que el tratamiento lo curará, que nada grave ocurre. El hecho atroz de su muerte es rebajado al nivel de las visitas, las cortinas, el esturión de la comida. Él quisiera gritar: «¡Dejad de mentir! ¡Vosotros bien sabéis, y yo sé, que me estoy muriendo!», pero nunca se atreve. En el fondo late otra necesidad no satisfecha: nadie se compadece de él como él querría, como se compadece a un niño enfermo. Desea que lo acaricien y que lloren por él, pero su condición de alto funcionario con barba entrecana se lo impide. Solo con Gerasim experimenta algo parecido a esa ternura.

Los días transcurren en una alternancia agotadora de dolor, somnolencia inducida por la morfina y breves visitas del médico que repite siempre el mismo ritual inútil. Praskovya Fyódorovna entra con su vestido de noche, el seno realzado por el corsé, para anunciarle que van al teatro a ver a Sarah Bernhardt. La hija exhibe su cuerpo juvenil y sano, irritada porque la enfermedad del padre estorba su felicidad. El novio de la hija, Petrischev, aparece enfundado en su frac, con guante blanco y chistera. Solo el pequeño Vasya, el hijo colegial, parece comprender algo: tiene enormes ojeras y mira a su padre con expresión timorata y condolida.

Una noche, después de un largo llanto en soledad, Iván Ilich entabla un diálogo consigo mismo. La voz interior le pregunta: «¿Qué es lo que quieres?». Él responde: «Quiero no sufrir. Vivir». La voz insiste: «¿Vivir cómo?». Y entonces repasa mentalmente los mejores momentos de su vida. Ninguno le parece ahora lo que le parecía antes, salvo los recuerdos de la infancia: el olor de la pelota de cuero de rayas, la mano de su madre, los pasteles que ella les traía. Todo lo demás —la facultad, la carrera, el matrimonio, los ascensos— se revela trivial o mezquino. «Era como si bajase una cuesta a paso regular mientras pensaba que la subía», concluye. Se le ocurre que quizá no ha vivido como debía, pero rechaza esa idea al recordar la aparente rectitud de su vida.

Tumbado en el sofá, con la cara vuelta hacia la pared, Iván Ilich pasa sus últimas semanas rumiando esa pregunta sin respuesta. Sus recuerdos gravitan siempre hacia la infancia: las ciruelas francesas, la niñera, el hermano, los juguetes, la cartera rota del padre, los pasteles de la madre. Cuanto más lejos mira en el tiempo, más vida encuentra; cuanto más se acerca al presente, más oscuridad. Compara su vida con una piedra que cae con velocidad creciente hacia su destrucción.

Cuando Petrischev pide formalmente la mano de su hija, Praskovya Fyódorovna acude a darle la noticia, pero Iván Ilich la recibe con una mirada de rencor tan intenso que ella no puede hablar. «¡Por los clavos de Cristo, déjame morir en paz!», le dice. Al médico le espeta: «Bien sabe usted que no puede hacer nada por mí; conque déjeme en paz». Esa noche, contemplando el rostro bonachón de Gerasim, se le ocurre la pregunta decisiva: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?». Advierte entonces que sus tentativas de bregar contra lo que la gente de alta posición social consideraba bueno, esos impulsos sofocados apenas nacidos, quizá eran lo genuino, y que todo lo demás —la carrera, la familia, los intereses sociales y oficiales— podía haber sido fraudulento.

Su esposa le sugiere que comulgue. Iván Ilich acepta, y durante la confesión experimenta un instante de calma y de esperanza. Al volver a la cama piensa incluso en la operación que le han propuesto. Pero el efecto se disipa rápidamente: al ver a su mujer, al escuchar su voz, vuelve a comprender que todo sigue siendo mentira, que nada ha cambiado.

Comienza entonces un aullido que dura tres días. Iván Ilich grita sin interrupción, primero «¡No quiero!» y luego una vocal prolongada e informe. Siente que lo empujan hacia un saco negro y profundo, y resiste como un condenado a muerte en manos del verdugo. Lo que le impide entrar en ese agujero es el convencimiento de que su vida ha sido buena; esa justificación lo retiene y lo atormenta más que nada.

Dos horas antes de morir, algo cambia. Su mano cae sobre la cabeza de su hijo Vasya, quien la coge y la aprieta contra sus labios, llorando. Iván Ilich se hunde, ve una luz en el fondo del agujero y comprende que, aunque su vida no ha sido como debía, aún se puede corregir. Abre los ojos y mira a su hijo con lástima. Ve a su esposa con lágrimas en las mejillas y siente lástima también. Quiere decir «perdóname», pero lo que sale de su boca es «perdido». Ya no importa: sabe que Aquél cuya comprensión es necesaria lo comprenderá. Busca su antiguo temor a la muerte y no lo encuentra. «¿Dónde está? ¿Qué muerte? No había temor alguno porque tampoco había muerte. En lugar de la muerte había luz». Exclama: «¡Conque es eso! ¡Qué alegría!». Para los presentes, la agonía continúa dos horas más: algo borbotea en su pecho, el cuerpo se crispa, el estertor se apaga. Iván Ilich toma un sorbo de aire, se detiene en medio de un suspiro, da un estirón y muere.

Análisis literario de La muerte de Iván Ilich, de Lev Tolstói

«La muerte de Iván Ilich» ocupa un lugar singular dentro de la trayectoria de Tolstói. Escrita entre 1884 y 1886, pertenece al período posterior a su crisis espiritual, cuando el autor había abandonado la novela convencional en busca de formas más directas de indagación moral. No es ya la vasta arquitectura de Guerra y paz ni el entramado psicológico de Anna Karénina: es un relato tenso, concentrado en una sola vida y en una sola muerte, que funciona como una parábola sobre la existencia auténtica y la existencia simulada.

Tolstói construye la historia con una inversión cronológica deliberada: el lector conoce primero la muerte de Iván Ilich y las reacciones mecánicas de quienes lo sobreviven; luego retrocede a lo largo de cuarenta y cinco años para comprender cómo se llegó a ese desenlace. Esa disposición no es un simple recurso temporal: es un argumento. Al mostrar primero el vacío que deja la muerte —un vacío que los colegas y familiares del difunto se apresuran a llenar con cálculos de ascenso y gestiones burocráticas—, Tolstói anticipa la conclusión a la que el propio protagonista llegará mucho después: que la vida regida por las convenciones sociales no produce ningún efecto perdurable en el mundo.

El capítulo primero, con su retrato del funeral visto desde la perspectiva de los sobrevivientes, cumple la función de un prólogo moral. La escena de Pyotr Ivánovich ante el cadáver está construida con ironía minuciosa: no sabe si debe santiguarse o inclinarse, hace ambas cosas a medias, examina la habitación mientras finge rezar, percibe en el rostro del muerto un reproche que se apresura a desestimar. La lucha con la otomana rebelde —cuyos muelles se sublevan cada vez que él se sienta o se levanta— inyecta en la escena fúnebre un humor físico que subraya la incomodidad de los vivos ante la muerte. Schwartz, con su gusto por las cartas y su negativa a dejarse afectar, encarna la posición que el propio Iván Ilich ocupará hasta que la enfermedad lo impida: la convicción de que la muerte es un accidente que les ocurre a otros.

La frase que abre la biografía de Iván Ilich contiene una tensión deliberada: «La historia de la vida de Iván Ilich había sido sencillísima y ordinaria, a la par que terrible en extremo». Lo sencillo y lo terrible coexisten porque la banalidad misma es la fuente del horror. Iván Ilich no es un villano ni un corrupto; es un hombre razonable que hace todo lo que la sociedad espera de él. Estudia lo que debe estudiar, se viste donde debe vestirse, se casa con quien debe casarse, decora su casa como debe decorarla. Cada decisión de su vida está gobernada por la noción francesa de lo comme il faut («como debe ser»), que el narrador emplea con insistencia irónica. Lo terrible no radica en ninguna transgresión, sino en la ausencia total de transgresión: una vida ajustada a los moldes preestablecidos sin que la persona que la vive se pregunte jamás si esos moldes corresponden a algo real.

Tolstói despliega esa vida con una economía narrativa que contrasta con la amplitud de sus novelas anteriores. En pocas páginas cubre décadas enteras: la infancia apenas se menciona, la carrera se resume en una sucesión de cargos y ascensos, el matrimonio se reduce a un patrón repetitivo de disputas y treguas. Esta compresión es deliberada: la vida de Iván Ilich merece ser contada rápidamente porque es una vida en la que nada significativo ocurre. Las únicas escenas que el narrador dilata son las de la enfermedad y la muerte, las únicas en que el protagonista se ve obligado a pensar por sí mismo, fuera de los cauces de la convención. La estructura del relato reproduce así la experiencia del moribundo: años de vida mecánica pasan en un instante; las semanas de agonía se alargan hasta lo insoportable.

El estilo acompaña esa estrategia. Tolstói prescinde de ornamentos y de digresiones líricas. Las frases son cortas, las descripciones precisas, los diálogos lacónicos. La aridez de la prosa refleja la aridez de la existencia que retrata. Solo en los pasajes dedicados a la infancia y al instante de la muerte se percibe un cambio de registro, una suavidad que contrasta con la rigidez del resto. El lenguaje mismo parece recuperar vida únicamente en los extremos de la experiencia: cuando la conciencia aún no ha sido domesticada por las convenciones y cuando ya no puede serlo.

La caída de la escalerilla durante la decoración del piso funciona como un episodio de ironía trágica. Iván Ilich dedica semanas a crear un espacio que sea la imagen material de su éxito social, y es precisamente en ese acto de construcción donde se produce el golpe que inicia su destrucción. La casa, concebida como prueba de una vida comme il faut, se convierte en el lugar de su agonía. Tolstói hace que Iván Ilich muera rodeado de los mismos objetos por los que sacrificó su vida, y esos objetos —los platos de adorno, las cortinas, la cretona color de rosa— son ahora testigos mudos de su irrelevancia.

La enfermedad es al mismo tiempo un hecho clínico y una metáfora. Tolstói la describe con precisión —el dolor en el costado, el sabor extraño en la boca, la pérdida de apetito, el adelgazamiento progresivo—, pero su función en el relato es moral: despoja a Iván Ilich de todas las pantallas que había levantado entre él y la realidad. El trabajo judicial, el juego de cartas, la decoración de la casa, las relaciones sociales: cada una de esas actividades había servido como barrera contra la conciencia de la propia mortalidad. La enfermedad las atraviesa todas. Tolstói emplea el pronombre demostrativo «aquello» para nombrar la presencia innombrable de la muerte, que asoma detrás de cada pantalla y se niega a ser ignorada. Los mismos objetos con los que Iván Ilich había pretendido construir una vida distinguida se convierten en el escenario transparente a través del cual «aquello» lo observa sin descanso.

La relación de Iván Ilich con los médicos constituye uno de los episodios de mayor densidad irónica. Tolstói traza un paralelo explícito entre la consulta médica y el proceso judicial: el médico se da ante el enfermo los mismos aires de importancia que el juez ante el acusado; formula preguntas cuya respuesta ya conoce; elude la única cuestión relevante —si la enfermedad es mortal o no— con la misma frialdad con que el juez elude la humanidad del procesado. Lo que Iván Ilich había hecho durante años con otros le es devuelto ahora: se descubre al otro lado de la mesa, reducido a un caso clínico, tratado con una cortesía que enmascara la indiferencia.

Praskovya Fyódorovna encarna la respuesta convencional ante la enfermedad y la muerte. Su actitud no es de crueldad deliberada sino de incapacidad para salir del papel que la sociedad le ha asignado. Culpa a su marido de su propia enfermedad, se queja del trastorno que les causa, gestiona los asuntos prácticos del funeral con la misma eficiencia con que discute el precio de una parcela de cementerio. Incluso su compasión está filtrada por el interés: la muerte de su marido le preocupa en parte porque con ella cesará el sueldo. Tolstói no la demoniza; la muestra como un producto del mismo sistema que ha moldeado a Iván Ilich. Ella también vive según las reglas, y las reglas no incluyen ninguna instrucción para enfrentar el sufrimiento de otra persona.

Frente a este universo de falsedad, Gerasim representa la única presencia auténtica. Es joven, campesino, siempre alegre y espabilado, y esas características no son accidentales: Tolstói, en su etapa tardía, identificaba cada vez más la autenticidad con la vida campesina y la falsedad con la civilización urbana. Gerasim no disimula que su amo se está muriendo («Todos tenemos que morir. ¿Por qué no habría de hacer algo por usted?», dice), no se avergüenza de atender sus funciones corporales, no busca evadirse de la proximidad del sufrimiento. Lo que ofrece a Iván Ilich es algo anterior a cualquier filosofía: reconocimiento y cuidado. Su presencia silenciosa, sosteniendo las piernas del enfermo durante la noche, es la imagen de una compasión que no necesita justificaciones.

El hijo de Iván Ilich, Vasya, cumple una función análoga pero más concentrada. Es un niño que todavía no ha sido absorbido por las convenciones del mundo adulto, y su dolor es por eso el único sincero de la familia. Las enormes ojeras, la mirada timorata, el llanto junto al lecho del padre: Vasya representa lo que Iván Ilich fue antes de convertirse en funcionario y en jugador de vint. No es casual que sea el contacto físico con su hijo —la mano del moribundo cayendo sobre su cabeza, el beso del niño en esa mano— lo que desencadene la revelación final.

El tema de la mentira atraviesa el relato de principio a fin. No se trata solo de que quienes rodean a Iván Ilich finjan que no se está muriendo; hay también una mentira constitutiva en su propia vida: la pretensión de que el decoro, la corrección y la posición social equivalen a una vida plena. Tolstói presenta la muerte como el único acontecimiento capaz de disolver esa impostura. Frente a ella, los damascos, los bronces, la caoba y las alfombras se revelan como lo que siempre fueron: utilería de una representación vacía.

El silogismo de Kiezewetter —«Cayo es un ser humano, los seres humanos son mortales, por consiguiente Cayo es mortal»— condensa uno de los problemas centrales del relato. Iván Ilich conoce esa cadena lógica desde la facultad de Derecho, la ha manejado como ejemplo de razonamiento correcto durante décadas, y sin embargo nunca ha sentido que le concierna. Eso no se debe a un defecto de inteligencia, sino a un mecanismo que Tolstói presenta como universal: la muerte, mientras no amenaza en primera persona, permanece como dato abstracto, como accidente que les ocurre a otros. A lo largo del cuento, esa convicción se muestra compartida por todos los personajes. Los colegas de Iván Ilich, al enterarse de su muerte, piensan inmediatamente en quién ocupará su vacante; Schwartz no altera sus planes de jugar a las cartas; Praskovya Fyódorovna calcula la pensión. Nadie se detiene a considerar que el destino de Iván Ilich prefigura el suyo propio. La muerte ajena no funciona como espejo sino como confirmación de la propia inmunidad: «el muerto es él; no soy yo». Iván Ilich ha pensado exactamente lo mismo durante toda su vida. Lo que la enfermedad hace es arrebatarle esa distancia. Cayo era un término genérico, un nombre intercambiable; Vanya, en cambio, es él mismo, el niño que jugó, que amó, que sintió el olor del cuero y el frufrú de la seda. Tolstói plantea así una distinción entre el saber intelectual y el saber vivido: Iván Ilich sabe que todos los hombres mueren, pero no sabe que él morirá, porque ese segundo saber requiere un tipo de conciencia que su vida entera ha estado diseñada para evitar. La enfermedad lo obliga a cruzar la frontera entre el concepto y la experiencia, y ese tránsito es lo que convierte sus últimos meses en un suplicio.

Esa misma conciencia recién adquirida lo lleva a revisar retrospectivamente toda su existencia. El diálogo interior que sostiene consigo mismo durante las noches de insomnio constituye el núcleo filosófico del relato. La voz le pregunta «¿Qué es lo que quieres?» y él responde: «Vivir como vivía antes: bien y agradablemente». Pero cuando intenta recordar en qué consistía esa vida buena y agradable, descubre que cada etapa posterior a la infancia resulta más vacía que la anterior. Los recuerdos de la facultad ya contienen algo falso; los del matrimonio, algo mezquino; los de la carrera, algo hueco. Solo la infancia se salva: la pelota de cuero de rayas, los pasteles de la madre, la niñera, el hermano. A partir de ahí, la línea de su vida desciende. La imagen de la cuesta es precisa: Iván Ilich creía subir mientras en realidad bajaba, y cada ascenso profesional, cada mejora material, cada partida de cartas ganada era un paso más en dirección contraria a la vida.

Lo que ocurre en esas semanas finales no es simplemente un repaso nostálgico: es un desprendimiento gradual y doloroso de la visión del mundo que había sostenido su existencia. Iván Ilich empieza resistiéndose a la idea de que su vida haya sido errada. Se aferra a la evidencia de su rectitud: ha cumplido con sus deberes, ha alcanzado posiciones respetables, ha mantenido el decoro. Pero cada vez que intenta defenderse con esos argumentos, la pregunta vuelve con más fuerza: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?». Lo que Tolstói muestra es un proceso de erosión interna: la enfermedad no solo destruye el cuerpo de Iván Ilich, sino que desmonta pieza por pieza la estructura de valores sobre la que había construido su identidad. Y lo que emerge detrás de esa estructura no es una nueva certeza, sino una comprensión negativa: aquellos impulsos que había sofocado a lo largo de su vida —las tentativas de resistir a lo que la gente de alta posición social consideraba bueno— quizá eran lo genuino, y todo lo demás era postizo. Iván Ilich no llega a formular una ética alternativa; lo que logra es percibir, con la claridad del moribundo, que la ética que siguió era vacía.

El desenlace concentra toda esa evolución en unas pocas horas. Iván Ilich pasa tres días gritando, resistiendo la entrada en el saco negro, y de pronto cesa la resistencia. ¿Qué es lo que cambia? No la realidad externa —sigue muriéndose, sigue rodeado de las mismas personas—, sino su relación con ella. Al sentir la mano de Vasya sobre la suya, al ver las lágrimas de su esposa, experimenta por primera vez algo que no es defensa ni cálculo: lástima. No condescendiente, sino el reconocimiento de que también ellos sufren, de que su muerte les causa dolor aunque no sepan expresarlo. Esa lástima rompe el círculo de autocompasión en el que había estado encerrado y le permite hacer lo único que aún está en su poder: dejar de justificarse. Mientras se aferró al convencimiento de que su vida había sido buena, la entrada en el agujero negro le resultó intolerable, porque morir significaba perder algo valioso. Cuando admite que esa vida no fue lo que debía ser, la muerte deja de ser una pérdida. Lo que Iván Ilich suelta no es la vida, sino la imagen ficticia de su vida. Y al hacerlo, descubre que el terror desaparece.

La lectura religiosa del desenlace no carece de apoyo en el texto: Iván Ilich comulga poco antes, y la frase «Aquél cuya comprensión es necesaria» sugiere una presencia divina. Para esta interpretación, la luz que Iván Ilich ve en el fondo del agujero sería la gracia, y el relato contaría la historia de un alma que se salva en el último instante al reconocer su pecado y pedir perdón. Pero también es posible una lectura laica: la luz no sería trascendencia sobrenatural sino un cambio de perspectiva, el instante en que Iván Ilich deja de mirar hacia sí mismo y mira hacia los demás, y en ese desplazamiento encuentra una forma de paz que la autodefensa le impedía alcanzar. Tolstói no cierra la ambigüedad. Lo que sí resulta inequívoco en ambas lecturas es el contenido moral: la liberación llega cuando Iván Ilich abandona la defensa de su propia vida y acepta su responsabilidad ante los otros. El «perdóname» que intenta pronunciar no es un acto litúrgico: es el primer gesto genuino de su vida adulta, la primera palabra dirigida a otro ser humano sin cálculo, sin convención y sin interés.

Y es aquí donde el desenlace se conecta con el inicio del relato y cierra la estructura circular que Tolstói ha diseñado. La pregunta que Iván Ilich se formula en su lecho de muerte —«¿Y si toda mi vida ha sido lo que no debía ser?»— recibe su respuesta no de sus propias reflexiones, sino de la escena del capítulo primero, que el lector ya conoce. En el funeral, nadie acusa el golpe existencial de esa muerte. Los colegas calculan ascensos, Schwartz piensa en la partida de vint, Praskovya Fyódorovna negocia la pensión, Pyotr Ivánovich se marcha con alivio a jugar a las cartas. Iván Ilich ha vivido conforme a todas las reglas de su clase, ha cumplido con todo lo que la sociedad le exigía, y el resultado de esa vida es un vacío que sus contemporáneos se apresuran a llenar con sus propios intereses. Si la vida de Iván Ilich hubiera sido verdaderamente buena —si hubiera dejado en los demás algo más profundo que el recuerdo de un colega competente y un jugador hábil de vint—, su muerte habría producido un efecto distinto. Solo Gerasim y Vasya, las dos figuras que escapan al mundo de las convenciones, muestran una aflicción que no está mediada por el cálculo. El relato sugiere así que la respuesta a la pregunta de Iván Ilich estaba ya contenida en la primera página, antes de que el lector supiera siquiera quién era ese hombre: una vida vivida exclusivamente según las reglas de lo comme il faut no deja marca alguna en quienes la rodean, y esa ausencia de marca es, para Tolstói, la prueba definitiva de que no fue una vida real.

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Lev Tolstói - La muerte de Iván Ilich. Resumen y análisis literario
  • Autor: Lev Tolstói
  • Título: La muerte de Iván Ilich
  • Título Original: Смерть Ивана Ильича
  • Publicado en: Сочинения графа Л. Н. Толстого. Часть двенадцатая. Произведения последних годов (1886)

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