Sinopsis: Una noche, en una ruta desierta en medio del campo, Felicidad sale del baño y descubre que su marido se ha ido sin ella. Todavía lleva puesto el vestido de novia. Sentada sobre una piedra, arranca los granitos de arroz del bordado mientras contempla la oscuridad por la que desaparecieron las luces del auto. Una mujer llamada Nené aparece entre las sombras: tiene el rostro envejecido, un cigarrillo encendido y la certeza amarga de que los hombres no vuelven. Nené lleva décadas en ese lugar. No es la única. Desde el campo llegan voces de otras mujeres, cientos quizá, que lloran y repiten los nombres de sus maridos. Pero no todas lloran: algunas insultan, amenazan, se ríen. Cuando una nueva luz se detiene frente al baño, Felicidad comprende que el ciclo está a punto de repetirse y que la noche apenas comienza.

Advertencia
El resumen y análisis que ofrecemos a continuación es sólo una semblanza y una de las múltiples lecturas posibles que ofrece el texto. De ningún modo pretende sustituir la experiencia de leer la obra en su integridad.
Resumen de Mujeres desesperadas de Samanta Schweblin
«Mujeres desesperadas» es un cuento de la escritora argentina Samanta Schweblin, publicado en 2002 como parte de su primer libro de relatos, El núcleo del disturbio. En este breve texto, Schweblin construye una escena nocturna y desoladora en la que varias mujeres, abandonadas por sus maridos junto a un baño al borde de una ruta en medio del campo, se enfrentan a la soledad, al rencor colectivo y a una solidaridad desesperada que las empuja a una fuga que mezcla el patetismo con la violencia y el humor negro.
Felicidad, una mujer recién casada que aún lleva puesto su vestido de novia, se asoma a la ruta y comprende que su marido se ha ido sin ella. Cree distinguir en el horizonte el resplandor rojizo de las luces traseras del auto que se aleja, pero el campo es oscuro y no queda nada a su alrededor salvo la noche, la carretera y un baño público de mujeres. Sentada sobre una piedra junto a la puerta del baño, arranca uno a uno los granitos de arroz que se adhieren al bordado del vestido. No llora todavía: se encuentra sumida en un estado de estupor, incapaz de asimilar lo que acaba de ocurrir. Contempla la ruta con la esperanza vaga de que él regrese.
Una voz la sobresalta. Es Nené, una mujer de rostro envejecido y amargo que conserva, sin embargo, los rastros de una belleza pasada: ojos claros y labios de proporciones perfectas. Nené le anuncia con frialdad que los hombres no vuelven. Enciende un cigarrillo con movimientos parsimoniosos y le pregunta si el hombre que la dejó era su primer marido. Felicidad responde que sí, con una timidez que le apaga la voz. Nené le resume la situación sin contemplaciones: los hombres se cansan de esperar, las abandonan, y ellas lloran. Lloran durante horas, durante noches enteras, sin parar. Lo dice con una mezcla de rabia y agotamiento, como quien lleva demasiado tiempo soportando un mismo padecimiento.
Felicidad, que necesitaría consuelo y solidaridad, se topa con la hostilidad de Nené, que no le ofrece compasión sino reproches. Nené le exige que se calle, que deje de llorar, que entienda que hay otras mujeres que también sufren y que están hartas de oír llantos ajenos. Le pide su nombre. Felicidad intenta decirlo, pero el llanto le quiebra la palabra en dos sílabas entrecortadas: «Fe, li… cidad». Nené la llama por su nombre completo, le repite que la situación es insostenible, y cuando el llanto de Felicidad se vuelve incontrolable, Nené estampa su cigarrillo contra la pared con violencia y se aleja hacia el campo, llamándola desconsiderada.
Felicidad la sigue y le pide que no se vaya. Nené se detiene y le ordena que haga silencio y escuche. Felicidad obedece. Al principio no percibe nada, pero a medida que el oído se le acostumbra, distingue en la oscuridad del campo un sonido lejano y difuso: son llantos. Voces de mujeres que lloran, que repiten los nombres de sus maridos una y otra vez. Nené le confirma lo que escucha y le señala su propio rostro como prueba de las noches en vela: nunca duermen, porque el llanto de las otras no se lo permite. Lleva más de cuarenta años abandonada en ese lugar.
Desde el campo, las voces de las mujeres dejan de ser solo llantos y se convierten en insultos dirigidos a Nené. La llaman psicótica, desgraciada, insensible. Le gritan que las deje llorar. Nené responde furiosa: reclama que también ella fue abandonada, que también ella sufre, y que no puede soportar más el llanto de las demás. Las voces no se aplacan: la provocan, le piden que dé la cara, la amenazan.
Una nueva luz blanca se detiene frente al baño. Nené anuncia con fatiga que ha llegado otra mujer. Felicidad comprende con horror que está a punto de repetirse la misma escena: un hombre dejará a una mujer en la ruta. Y en efecto, desde la distancia, Felicidad observa cómo el auto se aleja y la figura de una mujer queda sola junto al baño. Es una mujer vieja, vestida con tonos dorados y un encaje negro asomando por el escote, que avanza hacia ellas sin comprender lo que sucede. Felicidad se le adelanta y le dice con la voz entrecortada que en la ruta siempre es así. La vieja mira la carretera con indignación, deja caer su libreta de matrimonio y maldice a su marido.
Las voces del campo arrecian. Los insultos se multiplican y se acercan. Felicidad y Nené retroceden hacia la ruta junto con la vieja, que se aferra al vestido de novia de Felicidad con manos nerviosas. Felicidad siente que algo le roza las piernas, el cuello, la punta de los dedos, como manos invisibles que intentan retenerla. Bajo los pies perciben el temblor de un campo por el que avanzan cientos de mujeres desesperadas.
En ese momento, un nuevo auto se detiene frente al baño. Nené toma una decisión: si el auto para, se suben. Espera a que la mujer del auto baje, pero no es ella quien desciende sino el hombre, que busca apurado la bragueta de su pantalón. Las voces del campo se lanzan sobre él con risas y burlas. En el desconcierto, Nené sube al asiento del conductor. Abre la puerta trasera para que suban Felicidad y la vieja, y al mismo tiempo sujeta a la mujer del auto, que intenta zafarse sin entender lo que ocurre. Felicidad sugiere que la dejen irse si ella quiere, que quizá esa pareja sí se ama. Pero cuando Nené le abre la puerta y le da la opción de bajar, la mujer mira al hombre sin afecto, dice que no se baja, y ordena que arranquen antes de que él vuelva.
Nené enciende el motor. El auto patina sobre el barro con dos ruedas fuera de la ruta, y los faros iluminan por un instante el campo: la luz alcanza para distinguir una masa descomunal de centenares de mujeres que corren hacia el auto, o más bien hacia el hombre que, entre ellas y la multitud, aguarda inmóvil como quien espera la muerte. Una patada de la mujer sobre el pie de Nené activa el acelerador. El auto vuelve a la ruta. Con la imagen de las mujeres abalanzándose sobre el hombre, el motor acalla los gritos y todo se convierte en silencio y oscuridad.
Ya en el auto, la mujer confiesa que nunca quiso a su marido. Dice que cuando él bajó pensó en tomar el volante y dejarlo en la ruta, pero que algo, el instinto maternal, la detuvo. Ninguna de las demás le presta atención. Todas prefieren mirar el pequeño espacio de carretera que dibujan las luces y permanecer en silencio.
Entonces Nené ve algo en el horizonte. Pequeños pares de luces blancas aparecen a lo lejos y avanzan rápido hacia ellas. Felicidad se asoma entre los asientos delanteros, sonríe y dice que son ellos, que se arrepintieron y vuelven a buscarlas. Nené suelta una bocanada de humo y la corrige: no vuelven por ellas. Vuelven por él.
Análisis literario de Mujeres desesperadas de Samanta Schweblin
«Mujeres desesperadas» pertenece a El núcleo del disturbio (2002), la ópera prima de Samanta Schweblin, un libro que ya exhibía las obsesiones y los procedimientos que definirían su narrativa posterior: situaciones cotidianas que derrapan hacia lo extraño, personajes atrapados en dinámicas que no controlan y un uso del espacio como dispositivo de encierro emocional. El cuento opera en al menos dos niveles de lectura. En la superficie, es una fábula grotesca sobre mujeres abandonadas por sus maridos en una ruta desolada. En una capa más profunda, funciona como una alegoría sobre el modo en que la cultura procesa el abandono femenino: la mujer abandonada queda fijada en un territorio intermedio, sin destino propio, convertida en un coro de lamento que se reproduce y se perpetúa. La estructura del relato avanza por acumulación —cada nueva mujer que llega replica el mismo patrón—, de modo que el cuento no progresa tanto como se expande, como una mancha que crece sin modificar su forma.
El espacio en el que transcurre la acción es deliberadamente abstracto: una ruta, un baño, el campo. No hay ciudad, no hay pueblo, no hay horizonte reconocible. Ese vacío geográfico transforma el escenario en una suerte de purgatorio laico, un lugar que no está en ningún mapa pero al que todas las mujeres abandonadas parecen llegar inevitablemente. El baño de mujeres, única construcción mencionada, condensa un simbolismo preciso: es el espacio de lo íntimo y lo femenino reducido a su versión más precaria, un recinto de paso donde nadie elige quedarse pero del que estas mujeres no pueden salir. La ruta, por su parte, es la línea que conecta con la vida que sigue, pero para ellas solo funciona en una dirección: la de la partida del hombre.
Felicidad y Nené representan dos momentos distintos de una misma experiencia. Felicidad es el abandono recién ocurrido, con su vestido de novia intacto, sus granitos de arroz, su llanto que todavía busca contenerse. Nené es el abandono calcificado, el rencor que ha sustituido al dolor tras décadas de insomnio y soledad. Su rostro envejecido prematuramente conserva los vestigios de una belleza anterior, como si el cuerpo fuera un registro físico del deterioro que produce la espera. El nombre de Felicidad funciona con ironía evidente —es lo contrario de lo que experimenta—, pero también sugiere que la felicidad, en este universo, es apenas una palabra que se quiebra al intentar pronunciarla, como lo demuestra la escena en la que el llanto la parte en sílabas. Nené, por su lado, con su cigarrillo perpetuo y su agresividad defensiva, encarna una forma de resistencia cínica que no la ha liberado sino que la ha endurecido: sigue ahí, en el mismo lugar, solo que ahora pelea contra las que lloran en vez de llorar ella misma.
La masa de mujeres que habita el campo constituye uno de los hallazgos más inquietantes del cuento. Schweblin no las individualiza: son voces sin cuerpo, insultos que emergen de la oscuridad, manos que rozan la piel de Felicidad sin que se las pueda ver. Esa multitud amorfa funciona como una representación del resentimiento colectivo, una fuerza que se alimenta de su propio sufrimiento y que, en lugar de dirigir su furia contra quienes las abandonaron, la vuelca contra las otras mujeres, en particular contra Nené, que se niega a sumarse al llanto. La violencia entre ellas —los insultos, las amenazas, las burlas sobre el cuerpo y la sexualidad— refleja uno de los mecanismos más dolorosos del cuento: la competencia y la crueldad entre mujeres que comparten la misma herida. Las voces se burlan de Felicidad diciendo que ya se acostaban con su marido mientras ella se probaba el vestido de novia. No se sabe si es cierto; importa menos la verdad que el impulso de herir a la que aún conserva algo de esperanza.
El cigarrillo de Nené es un objeto recurrente que articula sus emociones. Lo enciende con calma cuando quiere aparentar control, lo estampa contra la pared cuando pierde la paciencia, lo fuma mirando el horizonte cuando se resigna. Es el único gesto autónomo que le queda, la única acción que no depende de nadie más. Los granitos de arroz del vestido de Felicidad cumplen una función similar: son los restos de una celebración que ya no existe, pequeños fragmentos de un ritual cuyo sentido se ha vaciado por completo. Que Felicidad los quite uno a uno, absorta, es un modo de desprenderse de la ficción del matrimonio sin haber asimilado aún que esa ficción ha terminado.
La escena del auto robado introduce un giro que modifica el tono del relato. Hasta ese momento, las mujeres son figuras pasivas, definidas por la espera y el llanto. La decisión de Nené de subirse al auto y arrancar es el primer acto de voluntad del cuento, y la única acción que rompe el ciclo de abandono. Pero Schweblin no permite que ese gesto se lea como una liberación limpia. El auto se consigue a costa de dejar a un hombre solo frente a una horda de mujeres furiosas, y la fuga se realiza entre el barro, el pánico y la violencia. La mujer que estaba en el auto decide quedarse no por solidaridad con las otras, sino porque tampoco quería a su marido. Su confesión —«cuando se bajó pensé en tomar el volante y dejarlo en la ruta, pero no sé, el instinto maternal…»— introduce una ambigüedad perturbadora: ¿qué instinto maternal?, ¿hacia quién?, ¿hacia el hombre que la descuidó?
El final del cuento es uno de los más logrados de la colección. Los pares de luces blancas que aparecen en el horizonte son leídos por Felicidad como un signo de redención: los hombres vuelven, se arrepintieron, regresan a buscarlas. La corrección de Nené —«no, vuelven por él»— desmonta esa última ilusión con precisión quirúrgica. Los hombres no vuelven por amor ni por arrepentimiento: vuelven para rescatar al que quedó varado, para proteger al de su especie. La solidaridad masculina opera como un espejo invertido de la solidaridad femenina que el cuento ha ido construyendo de manera trabajosa e imperfecta. Mientras las mujeres pelean entre sí, se insultan y se acusan, los hombres actúan como un bloque silencioso y eficaz. Esa última frase —«vuelven por él»— condensa la asimetría de poder que sostiene todo el relato: el abandono femenino es un fenómeno masivo e invisible; la vulnerabilidad masculina, en cambio, genera una respuesta inmediata y coordinada.
Schweblin escribe este cuento con una economía que ya anticipa la precisión de su prosa posterior. Las frases son cortas, los diálogos avanzan sin acotaciones innecesarias, y la información se dosifica de modo que el lector descubre el alcance de la situación al mismo tiempo que Felicidad. No hay explicaciones: no se dice por qué los hombres abandonan, ni cómo llegaron todas esas mujeres al campo, ni qué pasará después de la fuga. Esa deliberada omisión de causas y consecuencias sitúa al cuento en un territorio que no es exactamente fantástico ni exactamente realista, sino algo intermedio: una pesadilla lógica en la que cada detalle es verosímil pero el conjunto resulta imposible. La tensión entre lo ordinario del dolor y lo extraordinario del escenario es lo que le da al cuento su fuerza particular, esa cualidad de parábola que no necesita moraleja porque la imagen final —las luces que vuelven por él, no por ellas— dice todo lo que hay que decir.