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SALTANAT, la hija del molinero, sólo tenía doce años cuando llegó a mujer. Si bien su aspecto era el de una rama sin hojas, la decisiva feminidad de su cuerpo había llegado de improviso; la chica había florecido como capullo en primavera.

Su padre, Hasso, en tanto contemplaba a los sacos de trigo amontonarse en pilas más altas que nunca, pensaba aquel día que la cosecha iba a ser muy abundante; de no haberse peleado los dos muchachos por Saltanat, Hasso ni se habría dado cuenta de la súbita madurez de su hija. Uno de aquellos mozos había visto el fresco, redondeado cuerpo de Saltanat mientras ella lavaba una camisa del padre en la corriente que hacía rodar al molino, y atraído por su hermosura, como enajenado, intentó llevársela arrastrándola por el pelo. Entonces había intervenido el otro que estaba cargando su burro con sacos de trigo, y que, después de observar la escena, intentó defender a la chica. Momento en el que ambos muchachos se habían peleado.

Al oír sus jadeos y sus gritos, los chillidos de Saltanat y los ladridos de Karakurt tirando desesperadamente de su soga, Hasso y todos los campesinos que estaban esperando su trigo se precipitaron al patio. A la primera ojeada, el molinero lo comprendió todo: la causa de la pelea era evidente. Saltanat estaba con las manos en las mejillas, como enmarcando sus ojos negros, agrandados a la sazón por el miedo, mientras su blusa dejaba entrever un hombro terso y torneado.

Se desvaneció el ceño entre las pobladas cejas de Hasso y una sonrisa le iluminó la cara. Hmmm… ¡la muchacha había llegado a la edad de ser vendida! A sus años, convertiría a su padre en suegro. Miró a su hija de pies a cabeza y se sintió muy contento; él solo la había criado, sin la mano de una madre. ¡Y vaya ojos que tenía! ¡Menos mal que no se parecían nada a los suyos!

En aquel momento, uno de los luchadores había conseguido arrojar al agua al otro; la satisfacción de Hasso dio paso a una sonora carcajada y aquella risa del molinero contagió a todos los demás. El alborozo general terminó al punto con la pelea, y, por fin, los dos chicos se incorporaron; uno se estaba restañando la sangre de la nariz, y Saltanat huyó a la casa, impulsada por una vergüenza que ella no alcanzaba a explicarse.

—¡Perros! —gritó Hasso—, ¡perros! ¿No tiene un padre la chica? ¿Habéis olvidado ya la costumbre? ¿Por qué intentáis romperos el cuello en vez de hacer las cosas bien hechas y pedirme que os la venda?

Los dos muchachos agacharon la cabeza, convencidos, y el molinero siguió vociferando dando rienda suelta a la rabia que ahora le hervía dentro:

—¡Por lo más sagrado que lo que necesitáis los dos es una buena paliza! ¿O es que quiero demasiado? ¿No está claro que no pienso abusar de los dineros de una buena persona? Si Saltanat ha llegado a la edad de ser vendida, eso es lo que voy a hacer. Y de esta forma: ¡quien quiera llevársela debe estar dispuesto a demostrar su valentía en la llanura Karga el primer día que nieve!

La proposición se extendió como la pólvora y, al anochecer, varios jóvenes de los tres poblados más próximos se enamoraron rendidamente de la hermosa molinerita. Pero en el interior de todos los mozos apuntó de pronto una sospecha: ¿qué valentía era la que Hasso quería para su hija? Este enigma se convirtió en el tema central de todas las conversaciones del bar y las tabernas del pueblo, y cada día salían a la luz nuevas sugerencias y cálculos respecto a la prueba de valor que Hasso exigiría a todo el que aspirase a la mano de su hija. La mayoría se inclinaba a pensar que podía tratarse de un asunto de robo; encontraban altamente probable que Hasso les obligase a robar caballos de las comunidades campesinas próximas. Y aquellos que robasen un caballo le esquilarían crin y cola de tal manera que su dueño no pudiera reconocerlo incluso después de seguirle la pista hasta el pueblo. Hasso, pensaban, vendería después el caballo y obtendría así el dinero correspondiente a la venta de Saltanat. O bien preferiría el oro de la dentadura de un hombre rico que yacía en el cementerio de poco tiempo atrás…

Con el transcurso de los días, se pronosticaban muchas otras clases de proezas, que convirtieron a sus posibles protagonistas en héroes de cuento infantil. Alguien recordó la escasez de agua que el molino padecía en verano y presentó la idea de que tal vez Hasso quisiera recibir el agua de las montañas, predicción con la que las suposiciones llegaron a su más alto punto imaginativo.

Hasso, sin embargo, aún no había movido un dedo ni dicho una palabra. De día y de noche continuaba moliendo el trigo, la avena, la cebada, afilando cada tres fechas las muelas del molino y no queriendo saber nada de cuanto se refiriera a la prometida competición. No había hecho más que aumentarle la ración a Karakurt, su perro. En cada comida cortaba un buen trozo de pan, lo migaba en un cubo con agua y se lo daba al animal. A medida que Karakurt engordaba, relucía más y más su pelo y ladraba con mayores energía y ferocidad a los campesinos que acudían a moler, a los asnos y las mulas, y trataba de atacar a todos, forcejeando con la cadena que ahora lo sujetaba.

Cuando cayó la niebla sobre los montes Suphan y la nieve se posó en sus faldas, cubriéndolas de blancura, los lobos bajaron a la llanura Karga y, durante tres jornadas, el campesinado tuvo que suspender sus diarias faenas. Una mañana los despertó un blanco centelleo. Los niños se sintieron felices porque podían deslizarse sobre la primera nieve, y los mayores porque había llegado el día del torneo. Apenas salido el sol, una voz rebotó de tejado en tejado:

—¡Ahí vienen los Hasso!

Abandonando la leche y las tarhanas, mujeres, hombres y niños corrieron a la calle. Hasso llegaba ya por el sendero del molino. Bien abrigado por su pelliza de piel de oveja, encaramado en su burro, fumaba una pipa y parecía sumamente satisfecho. Saltanat le seguía, con una piel de lobo como abrigo y calzando altas botas. En torno a la cabeza llevaba un chal de viva lana roja y sus muñecas y sus brazos aparecían protegidos por tiras de fieltro. Sujetaba a Karakurt con una fuerte correa y el perro avanzaba ansioso, tirando de Saltanat; entre los afilados dientes le asomaba una lengua inquieta.

La pequeña expedición hizo alto en la plaza del pueblo y Hasso revistó con la mirada a la gente que los observaba desde portales, ventanas y tejados. Se llevó una mano a la boca y gritó:

—¡Oídme bien, chicos! Voy a llevar a mi hija a la llanura. ¡Quien esté seguro de su valentía puede venir a por ella!

Y, sin esperar respuesta, Hasso, Saltanat y el perro abandonaron la plaza del lugar y se dirigieron hacia la llanura Karga, aplastando con sus pasos la nieve del camino.

Ya sabían, por fin, lo que durante tiempo les había tenido en vilo: quien quisiera a Saltanat tendría que separarla de su perro. La fiebre de la competencia se apoderó de la llanura Karga y los jóvenes que confiaban en sus canes se envolvieron en fieltros y trapos; concluidos estos preparativos, pusieron las carlancas a sus perros y caminaron orgullosamente al terreno de la contienda, seguido cada uno de ellos por un tropel de amigos y parientes.

Sobre el mediodía, las altas botas verdes, amarillas, rojizas, los pantalones abombados, aflojaron el paso, y los espectadores se agruparon para contemplar el torneo. Mientras sujetaba a Karakurt en un claro sin nieve, Saltanat esperaba ya al valeroso joven que obtendría su mano. Karakurt levantó la cabeza y enderezó las orejas; arañaba el suelo, impaciente, con las pezuñas. Y los jóvenes que debían contender se sentaron en cuclillas bajo los árboles que salpicaban la llanura. Sus perros, agrupados aparte, no ladraban ni se peleaban entre sí.

Uno a uno, los muchachos se fueron acercando a Saltanat. Antes ya de que llegara el momento de empujar a su perro al ataque, muchos comprendieron que se trataba de una batalla perdida. Y no tanto por las temibles arrancadas de Karakurt como por el miedo que infundía a los perros del torneo la piel de lobo de Saltanat, cuyo olor les hacía esconder el rabo y agachar las orejas retrocediendo. Así, y pese a los insultantes gritos de los espectadores los jóvenes iban retirándose del terreno de combate. Ni siquiera el amo de la alquería, el hijo de Ali Agha, ni Kuyruksuz, su famoso perro de pastor, que tantas veces había luchado contra los lobos, consiguieron separar a Saltanat de Karakurt. Sangrando por el cuello y las patas, Kuyruksuz abandonó también la lid, y Hasso rió a voz en grito ante el hijo de Ali Agha; todos los jóvenes derrotados se sentían humillados al oír sus palabras:

—¡Perros, qué vergüenza! Vais a dejar a esta muchacha sin marido. ¡No hay ya ni un hombre valiente en toda la llanura Karga!

El gentío escuchaba en silencio al molinero, y los deudos de los vencidos apretaron las mandíbulas y se deshicieron en maldiciones contra ellos y su derrota.

Empezaba ya a moverse la gente, disponiéndose para la retirada, cuando, de repente, un aullido y un relincho resonaron bajo el grupo de árboles bitim, hacia el lado derecho de la llanura: el rumor y el movimiento de retirada cesaron como por encanto y todos miraron hacia donde habían surgido. Un momento después, Mem de Van, criado de Ali Agha, apareció arrastrando con una cadena a una loba.

La decisión de Mem se produjo apenas conocida la clase de competición que Hasso se proponía. El muchacho, sin perder un momento, había saltado entonces a su caballo y cabalgó hacia el bosque por el que resonaban los aullidos de los lobos. Amedrentó con su fusil a una manada de ellos, separó del grupo a una loba y la acosó hasta que la fiera cayó, rendida, al suelo. Mem se acercó, le pasó una cadena por el cuello, esquivando sus tarascadas, y la arrastró hacia el llano.

El molinero, que había dejado de reír y gritar, clavó sus ojos en Mem. El airoso salto con que Mem dejó su cabalgadura y el firme dominio con que sujetaba a la loba, usando la cadena como un látigo, le hizo palidecer: aquel mozo no se parecía a los otros.

Saltanat, a su vez, se asustó al ver cómo Mem arrastraba a la loba hacia el terreno de combate. Y Karakurt enderezó las orejas como si estuviera viendo algo muy desacostumbrado; sus ojos denotaban más curiosidad que fiereza. La loba vio a Karakurt, su brillante pelaje negro, sus relucientes pupilas, y empezó a aullar y a enseñar los dientes, mientras unas chispas blancas le asomaban a los ojos. Ello aumentó las esperanzas de la gente en que la loba huyese, no porque fueran partidarios de Karakurt, sino porque deseaban que la muchacha y la fama de valiente no fueran conseguidas por un criado como Mem. Comenzaron, pues, a alentar al perro y, como si los entendiera, Karakurt arañó la tierra con las patas y ladró vigorosamente. Sin embargo, al ladrar no enseñaba los dientes. Se iba aproximando muy despacio a la loba igual que un macho ventea a la hembra, cuidando de no asustarla. Mas, lejos de lograrlo, alarmó a la loba; como si supiera que no tenía a nadie a su favor, que estaba sola y era detestada, ésta arqueó el lomo. Pero no se movía.

Mutuamente, Saltanat y Mem se estaban mirando a los ojos. Las oscuras pupilas del muchacho habían tocado el corazón de Saltanat, lo habían hecho estremecerse de miedo y, junto al miedo, de una sensación desconocida para ella. Sentía impulsos de huir de aquel joven y, al tiempo, de reclinar la cabeza en su pecho y llorar. Una confiada sonrisa iluminaba ahora la cara de Mem.

Ya muy cerca de la loba, Karakurt empezó a husmearla moviendo la cola suavemente. La loba comprendió que el perro no abrigaba intenciones agresivas y dejó de enseñarle los dientes, permitiéndole olisquearle el cuerpo mientras gruñía sordamente. Los dos animales continuaron olfateándose el uno al otro, pese a los gritos de la reducida muchedumbre:

—¡Venga, Kara, vamos! ¡Muérdele ya!

Con la cola entre las patas, la loba proclamó al fin su miedo. Los concurrentes observaban el nervioso jadeo de ambos animales y nadie pensó entonces en gritarle a Saltanat que azuzara a su perro.

Mem y la muchacha también seguían estudiándose mutuamente y los ojos de él parecían haberse dulcificado. Saltanat se sintió algo más tranquila y, poco después, una extraña dicha sustituyó a sus temores. Casi sin darse cuenta, ambos soltaron las ataduras de sus respectivos animales. Apenas se vio libre, la loba echó a correr, seguida muy de cerca por Karakurt; los dos producían extraños ruidos mientras corrían hacia el grupo de árboles bitim. La loba trotaba con la cabeza vuelta hacia atrás, como para ver si el perro continuaba siguiéndola; Karakurt, por su parte, rastreaba a la hembra, saltando en torno a ella a derecha e izquierda.

Aún por un instante, Mem y Saltanat contemplaron a ambos animales y se sonrieron el uno al otro. Mem, después, tomó la muñeca de la muchacha y la condujo muy gustosa hasta su relinchante caballo.

© Kemal Bilbaşar: La venta de Saltanat. En Los relatos más bellos del mundo, 1969. Sin datos de traducción.