Sinopsis: «Cartas desde la Tierra» (Letters from the Earth) es una pieza satírica del escritor estadounidense Mark Twain, escrita en 1909 y publicada póstumamente en 1962. Tras asistir a la creación del universo y del hombre, el arcángel Satanás es desterrado del cielo por un día celestial a causa de sus comentarios burlones sobre las obras del Creador. Aprovechando el destierro, viaja a la Tierra para observar cómo marcha el experimento de la especie humana. Lo que encuentra lo deja perplejo: una criatura absurda que se proclama la obra más noble de Dios, que reza sin ser escuchada, que ha imaginado un cielo lleno de todo lo que detesta, y que cree ciegamente en una Biblia repleta de contradicciones. Desde allí escribe a los arcángeles Miguel y Gabriel para contarles sus hallazgos.

Cartas desde la Tierra
Mark Twain
(Relato completo)
El Creador estaba sentado en el trono, pensando. Detrás de él se extendía el continente ilimitado del cielo, impregnado de un resplandor de luz y color; delante, como un muro, se alzaba la noche negra del Espacio. Su poderosa corpulencia se elevaba hacia el cenit, abrupta y semejante a una montaña, y su divina cabeza refulgía allí como un sol lejano. A sus pies había tres figuras colosales, casi reducidas a la nada por el contraste —arcángeles—, cuyas cabezas apenas llegaban al nivel de su tobillo.
Cuando el Creador terminó de pensar, dijo:
—He pensado. ¡Miren!
Levantó la mano, y de ella brotó un surtidor de fuego, un millón de soles portentosos que rasgaron las tinieblas y se elevaron lejos, y más lejos, y más lejos todavía, disminuyendo en tamaño y en intensidad al atravesar las remotas fronteras del Espacio, hasta quedar al fin como cabezas de diamante que centelleaban bajo la vasta bóveda del universo.
Al cabo de una hora, el Gran Consejo fue disuelto.
Sus miembros se retiraron de la Presencia, impresionados y pensativos, y se dirigieron a un lugar privado donde pudieran hablar con libertad. Ninguno de los tres parecía querer tomar la iniciativa, aunque todos deseaban que alguien lo hiciera. Cada uno ardía en deseos de discutir el gran acontecimiento, pero preferían no comprometerse hasta saber cómo lo juzgaban los demás. Se desarrolló así una conversación vaga y llena de pausas sobre asuntos sin importancia, que se arrastró con tedio, sin llegar a ninguna parte, hasta que por fin el arcángel Satanás se armó de valor —del que tenía muy buena provisión— y rompió el hielo. Dijo:
—Todos sabemos de qué venimos a hablar, señores, y bien podemos dejar los fingimientos y comenzar. Si esta es la opinión del Consejo…
—¡Lo es, lo es! —exclamaron Gabriel y Miguel, interrumpiéndolo con gratitud.
—Muy bien, entonces procedamos. Hemos sido testigos de algo maravilloso; en eso, forzosamente coincidimos. En cuanto a su valor —si es que lo tiene—, es un asunto que personalmente no nos concierne. Podemos tener al respecto todas las opiniones que queramos, y ese es nuestro límite. No tenemos voto. Pienso que el Espacio estaba bien como estaba, y además era útil. Frío y oscuro, un lugar de descanso de vez en cuando, tras una temporada en el clima excesivamente delicado y los agotadores esplendores del cielo. Pero estos son detalles de poca monta; el rasgo nuevo, el rasgo inmenso, es… ¿cuál, caballeros?
—¡La invención e introducción de una ley automática, no supervisada y autorregulada, para el gobierno de esas miríadas de soles y mundos que giran y se precipitan vertiginosamente!
—¡Eso es! —dijo Satanás—. Ustedes perciben que es una idea estupenda. Nada parecido ha salido antes del Intelecto Maestro. Ley —Ley automática—, ley exacta e invariable, que no requiere vigilancia, ni corrección, ni reajuste mientras duren las eternidades. Él dijo que esos innumerables cuerpos inmensos se precipitarían a través de las inmensidades del Espacio siglos y siglos, a velocidades inimaginables, en torno a órbitas portentosas, sin chocar jamás y sin alargar ni acortar sus períodos orbitales ni siquiera en una centésima de segundo en dos mil años. Ese es el nuevo milagro, y el mayor de todos: ¡la Ley Automática! Y le dio un nombre —la LEY DE LA NATURALEZA—, y dijo que la Ley Natural es la LEY DE DIOS: nombres intercambiables para una misma cosa.
—Sí —dijo Miguel—, y dijo que establecería la Ley Natural —la Ley de Dios— en todos sus dominios, y que su autoridad sería suprema e inviolable.
—Además —dijo Gabriel—, dijo que con el tiempo crearía animales, y los pondría también bajo la autoridad de esa Ley.
—Sí —dijo Satanás—, lo oí, pero no entendí. ¿Qué son los animales, Gabriel?
—Ah, ¿cómo voy a saberlo? ¿Cómo habría de saberlo ninguno de nosotros? Es una palabra nueva.
[Intervalo de tres siglos, tiempo celestial: el equivalente a cien millones de años, tiempo terrenal. Entra un Ángel Mensajero.]
—Señores míos, está haciendo los animales. ¿Les gustaría venir a verlos?
Fueron, vieron y se quedaron perplejos. Profundamente perplejos; y el Creador lo notó, y dijo:
—Pregunten. Yo responderé.
—Divino —dijo Satanás, haciendo una reverencia—, ¿para qué sirven?
—Son un experimento en Moral y Conducta. Obsérvenlos y aprendan.
Había miles de ellos. Estaban llenos de actividad. Atareados, todos atareados, sobre todo en perseguirse unos a otros. Satanás observó, después de examinar a uno de ellos con un poderoso microscopio:
—Esta bestia grande está matando a los animales más débiles, Divino.
—El tigre, sí. La ley de su naturaleza es la ferocidad. La ley de su naturaleza es la Ley de Dios. No puede desobedecerla.
—Entonces, al obedecerla, ¿no comete ninguna falta, Divino?
—No. No tiene culpa.
—Esta otra criatura, aquí, es tímida, Divino, y sufre la muerte sin resistirse.
—El conejo, sí. Carece de valor. Es la ley de su naturaleza, la Ley de Dios. Debe obedecerla.
—¿Entonces no se le puede exigir honorablemente que contradiga su naturaleza y se resista, Divino?
—No. A ninguna criatura se le puede exigir honorablemente que contradiga la ley de su naturaleza, la Ley de Dios.
Tras mucho tiempo y muchas preguntas, Satanás dijo:
—La araña mata a la mosca, y se la come; el pájaro mata a la araña, y se la come; el gato montés mata al ganso; en fin, todos se matan unos a otros. Es puro asesinato, de principio a fin. Aquí hay multitudes incontables de criaturas, y todas matan, matan, matan; todas son asesinas. ¿Y no son culpables, Divino?
—No son culpables. Es la ley de su naturaleza. Y siempre la ley de la naturaleza es la Ley de Dios. Ahora, ¡miren! ¡Observen! Una nueva criatura, la obra maestra: ¡el Hombre!
Hombres, mujeres y niños llegaron en enjambre, a montones, por millones.
—¿Qué harás con ellos, Divino?
—Pondré en cada individuo, en distintos tonos y grados, el conjunto entero de Cualidades Morales, aquellas que antes se distribuyeron una por una, como única característica distintiva, entre el mundo animal sin habla: valor, cobardía, ferocidad, mansedumbre, equidad, justicia, astucia, traición, magnanimidad, crueldad, malicia, malignidad, lujuria, piedad, compasión, pureza, egoísmo, dulzura, honor, amor, odio, bajeza, nobleza, lealtad, falsedad, veracidad, mendacidad. Cada ser humano tendrá todas ellas en sí, y constituirán su naturaleza. En algunos habrá rasgos elevados y nobles que ahogarán a los malignos, y a esos se los llamará hombres buenos; en otros dominarán los rasgos malignos, y a esos se los llamará hombres malos. ¡Miren! ¡Observen cómo desaparecen!
—¿Adónde se han ido, Divino?
—A la tierra. Ellos y todos sus compañeros animales.
—¿Qué es la tierra?
—Un pequeño globo que hice hace un tiempo, dos tiempos y medio. Ustedes lo vieron, pero no lo advirtieron entre la explosión de mundos y soles que brotó de mi mano. El hombre es un experimento, los otros animales son otro experimento. El tiempo dirá si han valido la pena. La exhibición ha terminado; pueden retirarse, señores míos.
Pasaron varios días.
Esto representa un largo tramo de nuestro tiempo, ya que en el cielo un día es como mil años.
Satanás venía haciendo comentarios admirativos sobre algunas de las refulgentes obras del Creador, comentarios que, leídos entre líneas, eran sarcasmos. Los había compartido en privado con sus amigos de fiar, los otros arcángeles; pero algunos ángeles comunes los habían oído y los habían informado al Cuartel General.
Se le condenó al destierro por un día: un día celestial. Era un castigo al que estaba acostumbrado, a causa de su lengua demasiado suelta. Antes se lo había deportado al Espacio, por no haber otro lugar donde mandarlo, y allí había revoloteado tediosamente en la noche eterna y el frío ártico; pero ahora se le ocurrió seguir adelante y buscar la tierra, para ver cómo iba el experimento de la Raza Humana.
Al poco tiempo escribió a casa —muy en privado— a san Miguel y a san Gabriel, para contárselo.
La carta de Satanás
Este es un lugar extraño, un lugar extraordinario, y también interesante. No hay nada parecido en casa. Las personas están todas locas, los demás animales están todos locos, la tierra está loca, la Naturaleza misma está loca. El hombre es una rareza maravillosa. Cuando está en su mejor momento, es una especie de ángel de baja categoría enchapado en níquel; en el peor, es indescriptible, inimaginable; y antes que nada, y siempre, es un sarcasmo. Y sin embargo, con la mayor tranquilidad y toda sinceridad, se llama a sí mismo «la obra más noble de Dios». Es la verdad lo que les digo. Y no es una idea nueva en él: la ha pregonado a lo largo de todas las épocas, y la ha creído. La ha creído, y no ha encontrado a nadie en toda su raza que se ría de ella.
Pero hay más, y temo tensar otra vez su credulidad: piensa que es el favorito del Creador. Cree que el Creador está orgulloso de él; cree, incluso, que el Creador lo ama; que siente pasión por él; que se queda en vela de noche para admirarlo; sí, y para cuidarlo y alejarlo de problemas. Le reza, y cree que él lo escucha. ¿No es una idea peculiar? Llena sus oraciones de adulaciones toscas, descaradas y floridas, y piensa que él se sienta a ronronear de gusto con esas extravagancias. Reza todos los días pidiendo ayuda, favores y protección, y lo hace con esperanza y confianza, aunque ninguna de sus oraciones haya recibido jamás respuesta. La afrenta diaria, la derrota diaria, no lo desaniman: sigue rezando igual. Hay algo casi admirable en esa perseverancia. Y aún debo tensar su credulidad una vez más: ¡cree que irá al cielo!
Tiene maestros asalariados que así se lo dicen. También le dicen que hay un infierno, de fuego eterno, y que irá a él si no guarda los Mandamientos. ¿Qué son los Mandamientos? Son una curiosidad. Ya se los comentaré más adelante.
Carta II
«Nada les he dicho sobre el hombre que no sea cierto». Deben perdonarme si repito esta observación de tanto en tanto en mis cartas; quiero que tomen en serio lo que les digo, y pienso que si yo estuviera en su lugar, y ustedes en el mío, necesitaría este recordatorio cada tanto para que mi credulidad no flaqueara.
Porque no hay nada en el hombre que no le resulte extraño a un inmortal. No ve nada como nosotros lo vemos, su sentido de las proporciones es muy distinto del nuestro, y su sentido de los valores diverge tanto del nuestro que, con toda nuestra gran capacidad intelectual, es improbable que siquiera el más dotado de nosotros alcance a entenderlo del todo.
Tomen, por ejemplo, esta muestra: ha imaginado un cielo y ha dejado enteramente fuera de él el supremo de todos sus deleites, el único éxtasis que ocupa el primerísimo lugar en el corazón de cada individuo de su raza —y de la nuestra—: ¡las relaciones sexuales!
¡Es como si a un hombre perdido y agonizante en un desierto abrasador le ofrecieran todo lo que anhelara, menos una sola cosa, y él eligiera renunciar al agua!
Su cielo es como él: extraño, interesante, asombroso, grotesco. Les doy mi palabra: no tiene una sola característica que él realmente valore. Consiste —completa y enteramente— en diversiones que aquí, en la tierra, le importan muy poco, y que sin embargo está seguro de que le gustarán en el cielo. ¿No es curioso? ¿No es interesante? No crean que exagero, porque no es así. Les daré detalles.
La mayoría de los hombres no canta, la mayoría no sabe cantar, y la mayoría no se queda donde otros cantan si el canto se prolonga más de dos horas. Tomen nota.
Solo dos hombres de cada cien saben tocar un instrumento musical, y ni siquiera cuatro de cada cien tienen deseos de aprender. Apunten eso.
Muchos hombres rezan; a pocos les gusta hacerlo. Unos cuantos oran largo rato; los demás acortan.
Van a la iglesia más hombres de los que quieren hacerlo.
Para cuarenta y nueve de cada cincuenta hombres, el día del Sabbat es un tedio enorme, enorme.
De todos los hombres que asisten a una iglesia un domingo, dos tercios ya están cansados cuando el oficio va por la mitad, y el resto, antes de que termine.
El momento más grato para todos ellos es aquel en que el predicador alza las manos para la bendición. Puede oírse el suave murmullo de alivio que recorre la nave, y se reconoce enseguida que está cargado de gratitud.
Todas las naciones miran con desdén a las demás.
A todas las naciones les desagradan las demás.
Todas las naciones blancas desprecian a las naciones de color, sea cual sea su tinte, y las oprimen cuando pueden.
Los hombres blancos no se juntan con «los negros» ni se casan con ellos.
No los admiten en sus escuelas ni en sus iglesias.
Todo el mundo odia al judío, y no lo tolera salvo cuando es rico.
Les pido que tomen nota de todos esos detalles.
Algo más. Toda la gente cuerda detesta el ruido.
A todas las personas, cuerdas o locas, les gusta tener variedad en la vida. La monotonía las cansa pronto.
Cada hombre, según el equipamiento mental que le haya tocado en suerte, ejercita su intelecto constantemente, sin cesar, y ese ejercicio constituye una parte vasta, valiosa y esencial de su vida. El intelecto más bajo, igual que el más alto, posee alguna habilidad, y siente un agudo placer en ponerla a prueba, comprobarla, perfeccionarla. El chico que supera a sus compañeros en los juegos es tan diligente y tan entusiasta en su práctica como lo son el escultor, el pintor, el pianista, el matemático y los demás. Ni uno solo de ellos podría ser feliz si se le vedara el uso de su talento.
Ahora bien, ya tienen los hechos. Saben qué disfruta la raza humana y qué no disfruta. Ha inventado un cielo sacado por completo de su propia cabeza, ella sola: ¡adivinen cómo es! En mil quinientas eternidades no lo conseguirían. La mente más capaz que ustedes o yo podamos conocer no lo lograría en cincuenta millones de eones. Muy bien, se los voy a contar.
1. Ante todo, les recuerdo el hecho extraordinario con el que comencé. A saber: que el ser humano, igual que los inmortales, coloca por naturaleza las relaciones sexuales muy por encima de todos los demás goces; ¡y sin embargo las ha dejado fuera de su cielo! La sola idea del sexo lo excita; la oportunidad lo enloquece; en ese estado es capaz de arriesgar la vida, la reputación, todo —incluso su extraño cielo—, con tal de aprovechar la ocasión y cabalgarla hasta el clímax arrollador. Desde la juventud hasta la edad madura, todos los hombres y todas las mujeres valoran la cópula por encima de todos los demás placeres juntos; y sin embargo es tal como digo: no está en su cielo; la oración ocupa su lugar.
Lo tienen en altísima estima; y sin embargo, como todos sus supuestos «dones», es algo mezquino. En el mejor y más prolongado de los casos, el acto es breve más allá de lo imaginable —de lo imaginable para un inmortal, quiero decir—. En cuanto a la repetición, el hombre está limitado, oh, mucho más allá de la comprensión de un inmortal. Nosotros, que prolongamos el acto y sus éxtasis supremos sin interrupción y sin retirada durante siglos, nunca podremos comprender ni compadecer como corresponde la atroz pobreza de estos seres respecto de ese rico don que, al poseerlo como nosotros lo poseemos, vuelve triviales todas las demás posesiones, al punto de no valer siquiera la pena inventariarlas.
2. En el cielo del hombre ¡todo el mundo canta! El que no cantaba en la tierra, canta allí; el que no sabía cantar en la tierra, allí puede hacerlo. Ese canto universal no es casual, no es ocasional, no se alivia con intervalos de silencio: sigue todo el día, y todos los días, a lo largo de doce horas seguidas. Y nadie se va; mientras que en la tierra el lugar quedaría vacío en dos horas. El canto es solo de himnos. Más todavía: es de un solo himno. Las palabras son siempre las mismas, en número apenas una docena; no hay rima, no hay poesía: «¡Hosanna, hosanna, hosanna, Señor Dios de Sabaoth, ra, ra, ra, siss… boom… aaah!».
3. Entretanto, cada persona toca un arpa —¡y son millones y millones!—, mientras que en la tierra no más de veinte de cada mil sabían tocar un instrumento, ni quisieron jamás aprender.
Imaginen el huracán ensordecedor de sonido: millones y millones de voces chillando al mismo tiempo, y millones y millones de arpas rechinando al mismo tiempo. Yo les pregunto: ¿es horrendo, es odioso, es horrible?
Consideren todavía algo más: ¡es un servicio de alabanza; un servicio de cumplidos, de lisonjas, de adulación! ¿Y me preguntan quién está dispuesto a soportar ese extraño cumplido, ese cumplido demencial? ¿Quién no solo lo soporta, sino que lo disfruta, lo exige, lo ordena? ¡Contengan la respiración!
¡Es Dios! El dios de esta raza, quiero decir. Se sienta en su trono, asistido por sus veinticuatro ancianos y otros dignatarios de su corte, y pasea la mirada por kilómetros y kilómetros de fieles enardecidos, y sonríe, y ronronea, y asiente con satisfacción hacia el norte, hacia el este, hacia el sur: el espectáculo más pintoresco e ingenuo que se haya imaginado hasta ahora en este universo, me parece a mí.
Es fácil ver que el inventor del cielo no concibió esa idea por sí mismo, sino que la copió de las ceremonias ostentosas de algún pequeño y miserable Estado soberano de algún rincón perdido de Oriente.
Toda la gente blanca cuerda detesta el ruido; y sin embargo han aceptado con tranquilidad un cielo de esta clase —sin pensar, sin reflexionar, sin examinarlo—, ¡y encima quieren ir a él! Viejos devotos de cabeza canosa dedican gran parte de su tiempo a soñar con el día feliz en que dejarán los afanes de esta vida y entrarán en las alegrías de ese lugar. Y sin embargo, se nota lo irreal que es para ellos, y lo poco que les caló como un hecho verdadero, porque no hacen ningún preparativo práctico para el gran cambio: nunca se ve a ninguno con un arpa, nunca se oye cantar a ninguno.
Como han visto, ese espectáculo singular es un servicio de alabanza: alabanza con himnos, alabanza con postraciones. Ocupa el lugar de la «iglesia». Ahora bien, en la tierra esta gente no puede soportar mucha iglesia: una hora y cuarto es el límite, y marcan el tope en una vez por semana. Es decir, el domingo. Un día de cada siete; y aun así, no lo esperan con ansia. Pues bien, consideren lo que su cielo les reserva: ¡una «iglesia» que dura para siempre, y un Sabbat que no tiene fin! Aquí se cansan pronto de su breve Sabbat semanal, y sin embargo anhelan el eterno; sueñan con él, hablan de él, se imaginan que van a disfrutarlo: ¡con todo su simple corazón se imaginan que van a ser felices en él!
Es porque no piensan, en absoluto; solo se imaginan que piensan. En realidad no pueden pensar: ni dos de cada diez mil seres humanos tienen con qué pensar. Y en cuanto a la imaginación… ¡oh, bueno, miren su cielo! Lo aceptan, lo aprueban, lo admiran. Eso les da la medida de su intelecto.
4. El inventor de su cielo vacía en él a todas las naciones de la tierra, en una mezcla común. Todas en una igualdad absoluta, sin que ninguna esté por encima de otra; tienen que ser «hermanas»; tienen que mezclarse, rezar juntas, tocar el arpa juntas, cantar hosannas juntas: blancos, negros, judíos, todo el mundo; no hay distinción. Aquí en la tierra todas las naciones se odian entre sí, y todas odian al judío. Y sin embargo, cada persona piadosa adora ese cielo y quiere entrar en él. De verdad lo desea. Y cuando está en un santo rapto, se imagina que si estuviera allí acogería a todo ese populacho en su corazón, y lo abrazaría, y lo abrazaría, y lo abrazaría.
¡Es una maravilla el hombre! Me gustaría saber quién lo inventó.
5. Cada hombre en la tierra posee alguna porción de intelecto, grande o pequeña; y sea grande o pequeña, se enorgullece de ella. Además, su corazón se ensancha ante la mención de los nombres de los grandes jefes intelectuales de su raza, y ama el relato de sus espléndidos logros. Porque es de su misma sangre, y al honrarse ellos, lo han honrado a él. «¡Miren lo que puede hacer la mente del hombre!», exclama, y pasa lista a los ilustres de todas las épocas; y señala las literaturas imperecederas que han dado al mundo, y las maravillas mecánicas que han inventado, y las glorias con que han revestido a la ciencia y a las artes; y ante ellos se descubre como ante reyes, y les rinde el más profundo homenaje, el más sincero que su corazón exultante pueda ofrecer, exaltando así el intelecto por encima de todas las demás cosas del mundo, y entronizándolo allí, bajo los cielos abovedados, en una supremacía inalcanzable. ¡Y luego ha ideado un cielo que no tiene ni un jirón de intelectualidad en ninguna parte!
¿Es raro, es curioso, es desconcertante? Es exactamente como lo he dicho, por increíble que parezca. Este sincero adorador del intelecto y pródigo recompensador de sus poderosos servicios aquí en la tierra ha inventado una religión y un cielo que no rinden ningún homenaje al intelecto, no le ofrecen distinciones, no le arrojan dádivas: de hecho, ni siquiera lo mencionan.
A estas alturas habrán notado que el cielo del ser humano ha sido pensado y construido sobre un plan absolutamente definido; y que ese plan consiste en que contenga, con laborioso detalle, todas y cada una de las cosas imaginables que le repugnan al hombre, y ni una sola de las que le gustan.
Muy bien; cuanto más avancemos, más evidente se volverá este curioso hecho.
Tomen nota: en el cielo del hombre no hay ejercicios para el intelecto, nada de qué pueda alimentarse. Allí se pudriría en un año. Se pudriría y apestaría. Se pudriría y apestaría… y, en ese estado, alcanzaría la santidad. Algo bendito, pues solo los santos pueden soportar las alegrías de ese manicomio.
Carta III
Ya habrán notado que el ser humano es una curiosidad. En tiempos pasados tuvo (y agotó y desechó) cientos y cientos de religiones; hoy tiene cientos y cientos de religiones, y lanza no menos de tres nuevas cada año. Podría aumentar esa cifra y seguir quedándome corto.
Una de sus principales religiones se llama cristiana. Un esbozo de ella les interesará. Se expone con detalle en un libro de dos millones de palabras, llamado el Antiguo y el Nuevo Testamento. Tiene también otro nombre: la Palabra de Dios. Porque el cristiano cree que cada palabra del libro fue dictada por Dios, el mismo del que les he venido hablando.
Es un libro lleno de interés. Contiene noble poesía; y algunas fábulas ingeniosas; y algo de historia empapada de sangre; y algunas buenas moralejas; y una abundancia de obscenidad; y más de mil mentiras.
Esta Biblia está construida principalmente con fragmentos de biblias más antiguas que tuvieron su día y se derrumbaron en ruinas. Por eso carece notoriamente, y por necesidad, de originalidad. Sus tres o cuatro episodios más imponentes e impresionantes ocurrieron todos en biblias anteriores; todos sus mejores preceptos y reglas de conducta provienen también de aquellas biblias; solo hay dos cosas nuevas en ella: el infierno, por un lado, y ese peculiar cielo del que les he hablado.
¿Qué hacer? Si creemos, como esta gente, que su Dios inventó estas crueldades, lo difamamos a él; si creemos que esta gente las inventó por sí misma, los difamamos a ellos. Es un dilema desagradable en cualquiera de los dos casos, pues ninguna de las dos partes nos ha hecho daño alguno.
En aras de la tranquilidad, tomemos partido. Unamos fuerzas con la gente y pongamos sobre él toda esa carga desagradable: el cielo, el infierno, la Biblia, todo. No parece justo, no parece correcto; y sin embargo, cuando se considera ese cielo, y lo aplastantemente cargado que está de todo lo que repugna al ser humano, ¿cómo podemos creer que un ser humano lo haya inventado? Y cuando les hable del infierno, la mancha será aún mayor, y es probable que digan: no, un hombre no fabricaría semejante lugar, ni para sí mismo ni para ningún otro; simplemente no podría.
Esa Biblia inocente nos cuenta la Creación. ¿De qué? ¿Del universo? Sí, del universo. ¡En seis días!
Dios lo hizo. No lo llamó «universo»: ese nombre es moderno. Toda su atención estaba puesta en este mundo. Lo construyó en cinco días; ¿y después? ¡Le tomó solo un día hacer veinte millones de soles y ochenta millones de planetas!
¿Para qué servían, según esta idea? Para suministrar luz a este mundito de juguete. Ese era su único propósito; no tenía otro. Uno de los veinte millones de soles (el más pequeño) debía iluminarlo de día; el resto debía ayudar a una de las incontables lunas del universo a atenuar la oscuridad de sus noches.
Resulta bastante evidente que creía que sus cielos recién hechos quedaban sembrados de diamantes con esas miríadas de estrellas titilantes en el instante mismo en que el sol de su primer día se ocultaba tras el horizonte; cuando en realidad ni una sola estrella parpadeó en aquella bóveda negra hasta tres años y medio después de que se completaran las formidables industrias de aquella semana memorable. Entonces apareció una estrella, toda sola, solitaria, y comenzó a parpadear. Tres años después apareció otra. Las dos parpadearon juntas más de cuatro años antes de que se les uniera una tercera. Al cabo del primer siglo todavía no había ni veinticinco estrellas titilando en las vastas extensiones de esos cielos sombríos. Al cabo de mil años aún no había suficientes estrellas visibles para formar un espectáculo. Al cabo de un millón de años apenas la mitad del actual despliegue había enviado su luz más allá de las fronteras telescópicas, e hizo falta otro millón para que el resto hiciera lo mismo, como dice la expresión corriente. Como en aquel entonces no había telescopios, la llegada de estas estrellas no fue observada.
Desde hace trescientos años el astrónomo cristiano sabe que su Deidad no hizo las estrellas en aquellos tremendos seis días; pero el astrónomo cristiano no se detiene en ese detalle. Tampoco lo hace el sacerdote.
En su Libro, Dios es elocuente al alabar sus poderosas obras, y las nombra con los nombres más grandes que puede encontrar, dando a entender con ello que siente una fuerte y justa admiración por las magnitudes; y sin embargo, hizo esos millones de soles prodigiosos para iluminar este diminuto globito, en lugar de asignar al pequeño sol de este globo la tarea de girar en torno a ellos. Menciona a Arturo en su libro —ustedes recuerdan Arturo; estuvimos allí una vez—. ¡Es una de las lámparas nocturnas de la tierra!: ese globo gigantesco, cincuenta mil veces más grande que el sol de la tierra, y que comparado con él es como un melón frente a una catedral.
Sin embargo, la escuela dominical todavía le enseña al niño que Arturo fue creado para ayudar a iluminar esta tierra, y el niño crece y sigue creyéndolo mucho después de haber descubierto que las probabilidades están en contra de que sea así.
Según el Libro y sus servidores, el universo tiene apenas seis mil años. Solo en los últimos cien años las mentes estudiosas e inquisitivas han descubierto que se acerca más a los cien millones.
Durante los Seis Días, Dios creó al hombre y a los demás animales.
Hizo a un hombre y a una mujer y los colocó en un jardín agradable, junto con las demás criaturas. Todos vivieron allí juntos, en armonía y contento y lozana juventud, durante algún tiempo; después llegaron los problemas. Dios les había advertido al hombre y a la mujer que no debían comer del fruto de cierto árbol. Y añadió una observación muy extraña: dijo que si comían de él, morirían sin duda. Extraña, porque, como nunca habían visto un caso de muerte, no podían saber qué quería decir. Ni él ni ningún otro dios habría podido hacer que aquellos niños ignorantes entendieran lo que quería decir, sin darles un ejemplo. La palabra sola no podía tener para ellos más significado del que tendría para un bebé de días.
Al poco tiempo, una serpiente los buscó en privado y se les acercó caminando erguida, que era como andaban las serpientes en aquellos días. La serpiente les dijo que el fruto prohibido llenaría sus mentes vacías de conocimiento. Así que lo comieron, lo cual era muy natural, pues el hombre está hecho de tal manera que ansía saber; mientras que el sacerdote, como Dios, de quien es imitador y representante, ha hecho su oficio desde el principio de impedir que el hombre sepa cualquier cosa útil.
Adán y Eva comieron el fruto prohibido, y al instante una gran luz inundó sus mentes oscuras. Habían adquirido conocimiento. ¿Qué conocimiento? ¿Conocimiento útil? No, apenas el conocimiento de que existía algo llamado el bien, y algo llamado el mal, y de cómo hacer el mal. Antes no podían hacerlo. Por lo tanto, todos sus actos hasta ese momento habían sido sin mancha, sin culpa, sin ofensa.
Pero ahora podían hacer el mal, y sufrir por ello. Ahora habían adquirido lo que la Iglesia llama un bien invaluable: el Sentido Moral; ese sentido que distingue al hombre de la bestia y lo coloca por encima de ella. En lugar de por debajo, que es donde uno supondría que debería estar, ya que siempre tiene la mente sucia y es culpable, mientras que la bestia siempre tiene la mente limpia y es inocente. Es como valorar más un reloj que anda mal que un reloj que no puede andar mal.
La Iglesia todavía hoy considera el Sentido Moral como el bien más noble del hombre, aunque la Iglesia sabe que Dios tuvo una opinión claramente pobre de él, e hizo lo que pudo, a su torpe manera, para impedir que sus felices Hijos del Jardín lo adquirieran.
Muy bien; Adán y Eva sabían ahora lo que era el mal y cómo hacerlo. Sabían cómo hacer diversas clases de cosas malas, y entre ellas una principal: la que Dios tenía sobre todo en mente. Esa era el arte y el misterio de las relaciones sexuales. Para ellos fue un magnífico descubrimiento, y dejaron de holgazanear y le dedicaron toda su atención, ¡pobres jovencitos exultantes!
En medio de una de estas celebraciones oyeron a Dios caminando entre los matorrales, lo cual era una costumbre suya de las tardes, y los invadió el miedo. ¿Por qué? Porque estaban desnudos. No lo habían sabido antes. Antes no les había importado; tampoco a Dios.
En aquel momento memorable nació la impudicia; y cierta gente la valora desde entonces, aunque sin duda le costaría explicar por qué.
Adán y Eva entraron al mundo desnudos y sin vergüenza, desnudos y puros de mente; y ningún descendiente suyo ha entrado en él de otro modo. Todos han entrado desnudos, sin vergüenza, y limpios de mente. Han entrado siendo pudorosos. Tuvieron que adquirir la impudicia y la mente sucia; no había otra manera. El primer deber de una madre cristiana es ensuciar la mente de su hijo, y no descuida esa tarea. Su muchacho crece y se vuelve misionero, y va al salvaje inocente y al japonés civilizado, y les ensucia la mente. Acto seguido, ellos adoptan la impudicia, ocultan sus cuerpos, dejan de bañarse desnudos en compañía.
La convención mal llamada pudicia no tiene patrón, y no puede tenerlo, porque se opone a la naturaleza y a la razón, y es por tanto un artificio, sujeto al capricho de cualquiera, al capricho enfermizo de cualquiera. Así, en la India, la dama refinada se cubre la cara y los pechos, y deja las piernas desnudas desde las caderas para abajo, mientras que la refinada dama europea se cubre las piernas y expone la cara y los pechos. En las tierras habitadas por el salvaje inocente, la refinada dama europea pronto se acostumbra a la plena desnudez de los nativos adultos, y deja de sentirse ofendida por ella. Un conde y una condesa franceses muy cultos —sin ningún parentesco entre sí— que quedaron abandonados en camisón, tras un naufragio, en una isla deshabitada del siglo XVIII, pronto estuvieron desnudos. Y también avergonzados, durante una semana. Después, su desnudez ya no los molestó, y pronto dejaron de pensar en ella.
Ustedes nunca han visto a una persona con ropa. Oh, bueno, no se han perdido nada.
Para seguir con las curiosidades bíblicas: naturalmente pensarán que la amenaza de castigar a Adán y a Eva por desobedecer no se llevó a cabo, ya que ellos no se habían creado a sí mismos, ni habían creado su naturaleza, sus impulsos o sus debilidades, y por tanto no estaban debidamente sujetos a las órdenes de nadie, ni eran responsables ante nadie por sus actos. Les sorprenderá saber que la amenaza se llevó a cabo. Adán y Eva fueron castigados, y ese crimen encuentra defensores hasta el día de hoy. La sentencia de muerte se ejecutó.
Como pueden ver, la única persona responsable del delito de la pareja escapó; y no solo escapó, sino que se convirtió en verdugo de los inocentes.
En el país de ustedes y en el mío tendríamos el privilegio de burlarnos de esta clase de moralidad, pero no sería amable hacerlo aquí. Muchas de estas personas tienen la facultad de razonar, pero ninguna la usa en materias religiosas.
Las mentes más lúcidas les dirán que cuando un hombre ha engendrado un hijo, está moralmente obligado a cuidarlo con ternura, a protegerlo del daño, a resguardarlo de la enfermedad, a vestirlo, a alimentarlo, a soportar sus caprichos, a no ponerle la mano encima salvo por bondad y por su propio bien, y a no infligirle jamás una crueldad gratuita. El trato que Dios da a sus hijos terrenales, cada día y cada noche, es exactamente lo contrario; y sin embargo, esas mentes lúcidas justifican con entusiasmo estos crímenes, los disculpan, los excusan, y se niegan indignadas a considerarlos crímenes siquiera cuando es él quien los comete. El país de ustedes y el mío es un país interesante, pero no hay nada allí que sea ni la mitad de interesante que la mente humana.
Muy bien: Dios expulsó a Adán y a Eva del Jardín, y con el tiempo los asesinó. Todo por desobedecer una orden que él no tenía ningún derecho a dar. Pero no se detuvo ahí, como verán. Tiene un código moral para sí mismo, y otro muy distinto para sus hijos. A sus hijos les exige que traten con justicia —y con dulzura— a los ofensores, y que los perdonen setenta y siete veces; mientras que él no trata ni con justicia ni con dulzura a nadie, y ni siquiera perdonó a la ignorante e impensada primera pareja de jovencitos su primera pequeña falta, ni dijo: «Por esta vez pueden irse libres, les daré otra oportunidad».
¡Al contrario! Eligió castigar a sus hijos, a través de todas las épocas hasta el fin de los tiempos, por una ofensa trivial cometida por otros antes de que ellos nacieran. Y los sigue castigando. ¿De manera suave? No, de manera atroz.
Ustedes no pensarían que un ser de esta clase recibe muchos elogios. Pues desengáñense: el mundo lo llama el Todojusto, el Todorrecto, el Todobueno, el Todomisericordioso, el Todoperdonador, el Todoveraz, el Todoamoroso, la Fuente de Toda Moral. Estos sarcasmos se pronuncian a diario, por todo el mundo. Pero no como sarcasmos conscientes. No, se dicen en serio; se pronuncian sin una sonrisa.
Carta IV
Así que la Primera Pareja salió del Jardín bajo una maldición, una maldición permanente. Habían perdido todos los placeres que poseían antes de «la Caída»; y sin embargo eran ricos, porque habían ganado uno que valía por todos los demás: conocían el Arte Supremo.
Lo practicaban con diligencia y estaban llenos de contento. La Deidad les ordenó practicarlo. Obedecieron, esta vez. Pero daba lo mismo que no estuviera prohibido, porque lo habrían practicado de todas maneras, aunque mil Deidades lo hubieran prohibido.
Siguieron los resultados. Con los nombres de Caín y Abel. Y estos tuvieron algunas hermanas; y supieron qué hacer con ellas. De modo que hubo algunos resultados más: Caín y Abel engendraron algunos sobrinos y sobrinas. Estos, a su vez, engendraron algunos primos segundos. En este punto, la clasificación de los parentescos comenzó a hacerse difícil, y se abandonó el intento de sostenerla.
La agradable tarea de poblar el mundo prosiguió de una época a otra, y con la mayor eficiencia; porque en aquellos días felices los sexos todavía eran aptos para el Arte Supremo cuando, por derecho, deberían haber estado muertos ochocientos años antes. El sexo más dulce, el sexo más querido, el sexo más bello estaba entonces, sin duda, en su mejor momento, pues era capaz incluso de atraer a los dioses. A dioses de verdad. Bajaban del cielo y pasaban momentos maravillosos con aquellos cálidos pimpollos jóvenes. La Biblia lo cuenta.
Con la ayuda de esos forasteros de visita, la población creció y creció hasta contar varios millones. Pero fue una decepción para la Deidad. Estaba descontento con su moral, la cual, en ciertos aspectos, no era mejor que la suya propia. De hecho, era una imitación halagadoramente fiel de la suya. Era un pueblo muy malo, y como no conocía ninguna forma de reformarlo, sabiamente concluyó abolirlo. Esta es la única idea verdaderamente ilustrada y superior que su Biblia le atribuye, y le habría labrado su reputación para siempre si tan solo hubiera podido mantenerla y llevarla a cabo. Pero siempre fue inestable —excepto en su propaganda—, y su buena resolución flaqueó. Sentía orgullo del hombre; el hombre era su mejor invención; el hombre era su favorito, después de la mosca común, y no podía soportar la idea de perderlo del todo. Así que al final decidió salvar una muestra de él y ahogar al resto.
Nada podría ser más propio de él. Había creado a todas aquellas personas infames, y él solo era responsable de su conducta. Ninguna de ellas merecía la muerte, pero ciertamente era buena política extinguirlas; especialmente porque al crearlas ya se había cometido el crimen maestro, y permitirles seguir procreando sería una clara adición a ese crimen. Pero, al mismo tiempo, no podía haber justicia, no podía haber equidad en ningún favoritismo: debían ahogarse todos, o ninguno.
No: él no quiso así. Salvaría a media docena e intentaría con la raza otra vez. No fue capaz de prever que se corrompería de nuevo, porque él es el Todoclarividente únicamente en su propaganda.
Salvó a Noé y a su familia, y dispuso exterminar al resto. Planeó un Arca, y Noé la construyó. Ninguno de los dos había construido nunca un Arca, ni sabía nada de Arcas; así que había que esperar algo fuera de lo común. Y sucedió. Noé era un granjero, y aunque sabía qué se requería del Arca, era incapaz de decir si esta sería lo bastante grande para cumplir con los requisitos o no (y no lo era), así que no se atrevió a dar ningún consejo. La Deidad no sabía que no era lo bastante grande, pero corrió el riesgo y no tomó medidas adecuadas. Al final, la nave se quedó muy corta frente a las necesidades, y hasta hoy el mundo sigue sufriendo por ello.
Noé construyó el Arca. La construyó lo mejor que pudo, pero dejó fuera la mayor parte de lo esencial. No tenía timón, no tenía velas, no tenía brújula, no tenía bombas, no tenía cartas de navegación, no tenía sondas, no tenía anclas, no tenía corredera, no tenía luces, no tenía ventilación; y en cuanto al espacio de carga —que era lo principal—, cuanto menos se diga, mejor. Iba a estar once meses en el mar, y necesitaría agua fresca suficiente para llenar dos Arcas de su tamaño; y sin embargo no se proveyó el espacio adicional. El agua del exterior no podía usarse: la mitad sería agua salada, y ni los hombres ni los animales terrestres podían beberla.
Pues debía salvarse no solo una muestra del hombre, sino también muestras comerciales de los demás animales. Deben entender que, cuando Adán comió la manzana en el Jardín y aprendió a multiplicarse y a repoblar, los otros animales también aprendieron el Arte, observando a Adán. Fue astuto de su parte, fue limpio; porque sacaron de la manzana todo lo que valía la pena, sin probarla y sin castigarse con el desastroso Sentido Moral, padre de todas las inmoralidades.
Carta V
Noé comenzó a reunir animales. Debía haber una pareja de cada clase de criatura que caminara o se arrastrara, nadara o volara, en el mundo de la naturaleza animada. Hay que suponer cuánto tiempo tomó reunir a las criaturas y cuánto costó, pues no existe registro de esos detalles. Cuando Símaco se preparaba para introducir a su joven hijo en la vida adulta de la Roma imperial, envió hombres a Asia, a África y a todas partes para reunir animales salvajes destinados a los combates en la arena del circo. A esos hombres les llevó tres años acumular los animales y traerlos a Roma. Solo cuadrúpedos y caimanes, entiéndase: ni pájaros, ni serpientes, ni ranas, ni gusanos, ni piojos, ni ratas, ni pulgas, ni garrapatas, ni orugas, ni arañas, ni moscas domésticas, ni mosquitos; nada más que simples y llanos cuadrúpedos y caimanes, y solo cuadrúpedos de pelea. Y sin embargo, fue como he dicho: les tomó tres años reunirlos, y el costo de los animales, el transporte y el salario de los hombres sumó 4 500 000 dólares.
¿Cuántos animales? No lo sabemos. Pero fueron menos de cinco mil, pues ese fue el mayor número jamás reunido para aquellos espectáculos romanos, y fue Tito, no Símaco, quien reunió esa colección. Aquellos eran meros museos infantiles en comparación con el contrato de Noé. De aves, bestias y criaturas de agua dulce tenía que reunir 146 000 clases; y de insectos, más de dos millones de especies.
Miles y miles de esos bichos son muy difíciles de atrapar, y si Noé no hubiera renunciado y tirado la toalla, todavía estaría en la tarea, como solía decir Levítico. Pero no quiero decir que abandonara. No, no hizo eso. Reunió tantas criaturas como le cupieron, y entonces se detuvo.
Si hubiera conocido todos los requisitos desde el principio, se habría dado cuenta de que lo que hacía falta era una flota de Arcas. Pero no sabía cuántas clases de criaturas había, ni tampoco lo sabía su Jefe. Así que no tuvo canguro, ni zarigüeya, ni monstruo de Gila, ni ornitorrinco, y le faltó una multitud de otras bendiciones indispensables que un amoroso Creador había previsto para el hombre y luego había olvidado, porque esas bendiciones se habían desviado, mucho tiempo atrás, hacia un lado de este mundo que él nunca había visto y cuyos asuntos desconocía. Y así, cada una de esas criaturas estuvo a un pelo de ahogarse.
Se salvaron solo por un accidente. No había agua suficiente para todos. Solo se proveyó la suficiente para inundar un pequeño rincón del globo; el resto del globo no se conocía entonces, y se suponía inexistente.
Sin embargo, lo que de verdad, al final y definitivamente, decidió a Noé a conformarse con las especies justas para fines puramente comerciales y dejar que las demás se extinguieran, fue un incidente de los últimos días: llegó un forastero agitado con las noticias más alarmantes. Dijo que había estado acampando entre unas montañas y valles a unas seiscientas millas de distancia, y que allí había visto algo maravilloso: estaba parado al borde de un precipicio, contemplando un ancho valle, y por el valle subía un negro mar ondulante de extraña vida animal. Al rato, las criaturas pasaron junto a él, forcejeando, peleando, trepando, chillando, resoplando: ¡horribles masas enormes de carne tumultuosa! Perezosos del tamaño de un elefante; ranas del tamaño de una vaca; un megaterio y su harén descomunales, inmensos más allá de lo creíble; saurios y saurios y saurios, grupo tras grupo, familia tras familia, especie tras especie: de treinta metros de largo, nueve de alto y el doble de pendencieros; uno de ellos le dio un coletazo a un toro Durham, completamente inocente, y lo mandó volando por los aires unos noventa metros; el toro cayó a los pies del hombre con un suspiro, y ya no fue más. El hombre dijo que aquellos animales prodigiosos habían oído hablar del Arca y venían hacia ella. Venían a salvarse del diluvio. Y no venían en parejas: venían todos. No sabían que los pasajeros estaban limitados a parejas, dijo el hombre, y de todos modos no les importaba un pepino el reglamento: iban a navegar en esa Arca, o alguien tendría que explicarles por qué no. El hombre dijo que el Arca no alcanzaría ni para la mitad de ellos; y, además, venían hambrientos, y se comerían todo lo que hubiera, incluidas la colección de animales y la familia.
Todos estos hechos se suprimieron en el relato bíblico. No se encuentra allí ni el menor indicio de ellos. Todo el asunto se silencia. Ni siquiera se mencionan los nombres de aquellas enormes criaturas. Esto les muestra que cuando la gente ha dejado un hueco vergonzoso en un contrato, puede disimularlo tanto en las biblias como en cualquier otra parte. Aquellos poderosos animales serían de inestimable valor para el hombre ahora, cuando el transporte es tan caro y escaso, pero se han perdido todos para él. Todos perdidos, y por culpa de Noé. Todos se ahogaron. Algunos de ellos hace ya ocho millones de años.
Muy bien: el forastero contó su historia, y Noé vio que debía irse antes de que llegaran los monstruos. Habría zarpado de inmediato, pero los tapiceros y decoradores del salón de la mosca doméstica todavía tenían que dar algunos últimos toques, y eso le hizo perder un día. Otro día se perdió en embarcar a las moscas, pues había sesenta y ocho mil millones de ellas y la Deidad seguía temiendo que no fueran suficientes. Otro día se perdió acomodando cuarenta toneladas de inmundicia selecta para el sustento de las moscas.
Entonces, por fin, Noé zarpó; y no demasiado pronto, pues el Arca apenas acababa de hundirse en la línea del horizonte cuando llegaron los monstruos y añadieron sus lamentos a los de la multitud de padres y madres que lloraban, y de los niños pequeños aterrados que se aferraban a las rocas barridas por las olas bajo la lluvia torrencial, y elevaban plegarias suplicantes a un Ser Todojusto, Todoperdonador y Todocompasivo que jamás había respondido una oración desde que aquellos peñascos se habían formado, grano a grano, a partir de las arenas, y que seguiría sin responder ninguna cuando los siglos los hubieran desmoronado otra vez en arena.
Carta VI
Al tercer día, hacia el mediodía, se descubrió que había quedado atrás una mosca. El viaje de regreso resultó largo y difícil, a causa de la falta de carta de navegación y de brújula, y por el aspecto cambiante de todas las costas, pues el agua, que subía sin parar, había sumergido algunos de los puntos de referencia más bajos y había dado a los más altos un aspecto desconocido; pero tras dieciséis días de búsqueda seria y fiel, la mosca fue encontrada al fin, y recibida a bordo con himnos de alabanza y gratitud, mientras la Familia permanecía descubierta en señal de reverencia por su origen divino. Estaba fatigada y maltrecha, y había sufrido un poco por el clima, pero por lo demás se encontraba en buen estado. Hombres, junto con sus familias, habían muerto de hambre en las cumbres áridas, pero a ella no le había faltado alimento: la multitud de cadáveres se lo proveía en abundancia pútrida y nauseabunda. Así fue como se preservó providencialmente el ave sagrada.
Providencialmente. Esa es la palabra. Porque la mosca no había quedado atrás por accidente. No; intervino la mano de la Providencia. No hay accidentes. Todas las cosas que suceden, suceden con un propósito. Están previstas desde el comienzo del tiempo, están ordenadas desde el comienzo del tiempo.
Desde el alba de la Creación, el Señor había previsto que Noé, alarmado y confundido por la invasión de aquellos prodigiosos fósiles sin clasificar, huiría al mar antes de tiempo sin haberse provisto de cierta enfermedad inestimable. Tendría todas las demás enfermedades, y podría distribuirlas entre las nuevas razas humanas a medida que fueran apareciendo en el mundo; pero le faltaría una de las mejores: la fiebre tifoidea, un mal que, cuando las circunstancias son especialmente favorables, es capaz de destruir por completo a un paciente sin matarlo, pues puede devolverlo en pie con una larga vida por delante, y sin embargo sordo, mudo, ciego, lisiado e idiota. La mosca doméstica es su principal diseminadora, y es más eficaz y más calamitosa que todos los demás distribuidores de ese temido azote juntos. Y así, por predestinación desde el principio del tiempo, esta mosca fue dejada atrás para que buscara un cadáver tifoideo y se alimentara de su corrupción y se embadurnara las patas con los gérmenes y los transmitiera al mundo repoblado como negocio permanente. A partir de esa única mosca doméstica, en las eras transcurridas desde entonces, se han surtido miles de millones de lechos de enfermos, se ha enviado a miles de millones de cuerpos en ruinas a tambalearse por la tierra, se han poblado miles de millones de cementerios con los muertos.
Es muy difícil comprender el carácter del Dios de la Biblia: es una maraña de contradicciones. A ratos inestable como el agua, a ratos inflexible como el hierro. Predica con palabras una moral abstracta y empalagosa, pero con los hechos practica una moral concreta que parece salida del infierno. Tiene bondades fugaces, y enseguida se arrepiente de ellas con malignidades que no acaban nunca.
Sin embargo, tras mucho cavilar, uno da con la clave de su disposición, y llega por fin a una especie de comprensión de ella. Con la más peculiar, juvenil y asombrosa franqueza, él mismo nos ha dado esa clave. ¡Son los celos!
Imagino que eso los dejará sin aliento. Ustedes saben —pues ya se los he dicho en una carta anterior— que entre los seres humanos los celos son claramente una debilidad; una marca de mentes pequeñas; una característica de todas las mentes pequeñas, y sin embargo una característica de la que hasta la más pequeña se avergüenza; y cuando se la acusa de tenerla, lo negará mintiendo y tomará la acusación como un insulto.
Los celos. No los olviden; ténganlos presentes. Son la clave. Con ellos llegarán a comprender a Dios a medida que avancemos; sin ellos, nadie puede comprenderlo. Como he dicho, él mismo ha mostrado abiertamente esta llave traidora, para que todos la vean. Dice, con candor, con franqueza y sin asomo de vergüenza: «Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso».
Como ven, es solo otra manera de decir: «Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios pequeño; un Dios pequeño, y mortificado por cosas pequeñas».
Estaba dando una advertencia: no podía soportar la idea de que algún otro Dios recibiera parte de los cumplidos dominicales de esta cómica y pequeña raza humana; los quería todos para sí. Los valoraba. Para él eran riquezas, igual que la chatarra metálica lo es para un zulú.
Pero esperen: no estoy siendo justo; lo estoy tergiversando; el prejuicio me está engañando y me hace decir lo que no es cierto. No dijo que quisiera todas las adulaciones; no dijo nada de no estar dispuesto a compartirlas con sus dioses colegas; lo que dijo fue: «No tendrás otros dioses delante de mí».
Es algo bien distinto, y lo coloca bajo una luz mucho mejor; lo reconozco. Había abundancia de dioses, los bosques estaban llenos de ellos, como se dice, y todo lo que él pedía era ser clasificado tan alto como los demás: no por encima de ninguno, pero tampoco por debajo de ninguno. Estaba dispuesto a que ellos fecundaran a las vírgenes terrenales, pero no en mejores condiciones que las que él mismo pudiera tener cuando le tocara su turno. Quería ser considerado su igual. Sobre esto insistió, en el más claro lenguaje: no tendría otros dioses delante de él. Podían marchar a su lado, pero ninguno podía encabezar la procesión, y él mismo no reclamaba el derecho de encabezarla.
¿Creen que fue capaz de mantenerse en esa postura íntegra y digna de crédito? No. Podía sostener una mala resolución para siempre, pero no podía sostener una buena ni siquiera un mes. Al poco tiempo la desechó y con toda tranquilidad reclamó ser el único Dios del universo entero.
Como decía, los celos son la clave: están presentes y ocupan un lugar prominente a lo largo de toda su historia. Son la sangre y el hueso de su disposición, son la base de su carácter. ¡Basta la cosa más pequeña para destruir su compostura y trastornar su juicio, con tal de que roce su llaga de celos! Y nada enciende este rasgo tan rápida, tan segura y tan exageradamente como la sospecha de que se avecina alguna competencia con el trust de los dioses. El temor de que, si Adán y Eva comían del fruto del Árbol del Conocimiento, llegaran a «ser como dioses», encendió tanto sus celos que su razón se vio afectada, y no pudo tratar a aquellas pobres criaturas ni con justicia ni con caridad, ni abstenerse siquiera de proceder cruel y criminalmente con su inocente posteridad.
Hasta el día de hoy su razón no se ha recuperado de aquella sacudida; desde entonces lo posee una pesadilla salvaje de venganza, y casi ha agotado su ingenio natural inventando dolores, miserias, humillaciones y desengaños con que amargar las breves vidas de los descendientes de Adán. ¡Piensen en las enfermedades que ha inventado para ellos! Son una multitud; ningún libro podría nombrarlas todas. Y cada una es una trampa tendida a una víctima inocente.
El ser humano es una máquina. Una máquina automática. Está compuesto de miles de mecanismos complejos y delicados que desempeñan sus funciones armónica y perfectamente, de acuerdo con leyes pensadas para gobernarlos, y sobre las cuales el hombre no tiene ninguna autoridad, ningún dominio, ningún control. Para cada uno de esos miles de mecanismos el Creador ha planeado un enemigo, cuya tarea es hostigarlo, importunarlo, perseguirlo, dañarlo, afligirlo con dolores y miserias, y finalmente destruirlo. Ni uno ha sido pasado por alto.
Desde la cuna hasta la tumba, estos enemigos están siempre en acción; no conocen descanso, ni de noche ni de día. Son un ejército: un ejército organizado; un ejército que sitia; un ejército que asalta; un ejército alerta, vigilante, ansioso, despiadado; un ejército que nunca cede, que nunca concede una tregua.
Se mueve por escuadrones, por compañías, por batallones, por regimientos, por brigadas, por divisiones, por cuerpos de ejército; en ocasiones concentra sus fuerzas y marcha contra la humanidad con todo su poder. Es el Gran Ejército del Creador, y él es su comandante en jefe. A lo largo de su frente de batalla, sus macabros estandartes ondean sus lemas de cara al sol: Desastre, Enfermedad, y los demás.
¡Enfermedad! Esa es la fuerza principal, la fuerza diligente, la fuerza devastadora. Ataca al niño en el momento mismo en que nace; le suministra una dolencia tras otra: crup, sarampión, paperas, trastornos intestinales, dolores de dentición, escarlatina y otras especialidades infantiles. Persigue al niño hasta la juventud, y le suministra algunas especialidades para esa etapa de la vida. Persigue al joven hasta la madurez, a la madurez hasta la vejez, a la vejez hasta la tumba.
Con estos hechos ante ustedes, ¿intentarán ahora adivinar el principal apodo cariñoso que el hombre le da a este feroz comandante en jefe? Les ahorraré el trabajo, pero no se rían. Es: ¡Padre Nuestro que estás en los Cielos!
Es curiosa la forma en que trabaja la mente humana. El cristiano parte de esta proposición directa, esta proposición definida, esta proposición inflexible e inmutable: Dios es omnisciente y todopoderoso.
Siendo así, nada puede suceder sin que él lo sepa de antemano; nada sucede sin su permiso; nada puede suceder si él decide impedirlo.
Es bastante claro, ¿no? Hace al Creador directamente responsable de todo lo que sucede, ¿verdad?
El cristiano lo concede en esa frase en cursiva. Lo concede con sentimiento, con entusiasmo.
Entonces, habiendo hecho así al Creador responsable de todos esos dolores, enfermedades y miserias antes enumerados, que él podría haber impedido, ¡el talentoso cristiano lo llama mansamente Padre Nuestro!
Es como les digo. Equipa al Creador con cada rasgo que compone a un demonio, ¡y luego llega a la conclusión de que un demonio y un padre son la misma cosa! Y sin embargo, negaría que un lunático malévolo y un superintendente de escuela dominical son esencialmente lo mismo. ¿Qué opinan de la mente humana? Quiero decir, en el caso de que piensen que existe una mente humana.
Carta VII
Noé y su familia se salvaron, si puede llamarse a eso una ventaja. Pongo el si por la simple razón de que nunca ha existido una persona inteligente de sesenta años que aceptara vivir su vida otra vez. Ni la suya ni la de nadie más. La familia se salvó, sí, pero no estaba cómoda: estaba llena de microbios. Llenos hasta las cejas; gordos de microbios, obesos de microbios, hinchados como globos. Era una condición desagradable, pero no había remedio, porque había que salvar microbios suficientes para proveer a las futuras razas humanas de enfermedades devastadoras, y solo había ocho personas a bordo para servirles de hoteles. Los microbios eran, con mucho, la parte más importante de la carga del Arca, y aquella por la que el Creador estaba más ansioso y más encaprichado. Tenían que contar con buen alimento y alojamientos agradables. Había gérmenes de tifoidea, y gérmenes de cólera, y gérmenes de rabia, y gérmenes de tétanos, y gérmenes de tuberculosis, y gérmenes de peste negra, y algunos cientos de otros aristócratas, creaciones especialmente preciadas, dorados portadores del amor de Dios al hombre, bendecidos regalos del embelesado Padre a sus hijos, todos los cuales debían ser alojados con suntuosidad y atendidos con esmero. Se los ubicó en los mejores sitios que los interiores de la familia podían ofrecer: en los pulmones, en el corazón, en el cerebro, en los riñones, en la sangre, en las tripas. En las tripas, sobre todo. El intestino grueso era el destino favorito. Allí se reunían, por miles de millones incontables, y trabajaban, y se alimentaban, y se retorcían, y cantaban himnos de alabanza y acción de gracias; y de noche, cuando había silencio, podía oírse su suave murmullo. El intestino grueso era, en efecto, su cielo. Lo rellenaban por completo; lo dejaban tan rígido como un tramo de tubería de gas. De ello se enorgullecían. Su himno principal hacía agradecida referencia a esto:
Estreñimiento, oh Estreñimiento,
proclama el gozoso sonido
hasta que la entraña más remota del hombre
alabe el nombre de su Hacedor.
Las incomodidades que ofrecía el Arca eran muchas y variadas. La familia tenía que vivir en presencia misma de los muchísimos animales, respirar el hedor penoso que producían y quedar ensordecida, día y noche, por el estruendo que levantaban sus rugidos y sus chillidos; y a esas intolerables incomodidades se sumaba que era un lugar particularmente penoso para las damas, pues no podían mirar en ninguna dirección sin ver a miles de criaturas entregadas a multiplicarse y a repoblar. Y además estaban las moscas. Enjambraban por todas partes, y perseguían a la familia todo el día. Eran los primeros animales en levantarse por la mañana, y los últimos en acostarse por la noche. Pero no se las podía matar ni lastimar: eran sagradas, su origen era divino, eran las favoritas especiales del Creador, sus consentidas.
Con el tiempo, las demás criaturas se distribuirían por aquí y por allá y por más allá de la tierra, dispersas: los tigres a la India, los leones y los elefantes al desierto vacío y a los lugares secretos de la selva, los pájaros a las regiones ilimitadas del espacio vacío, los insectos a uno u otro clima, según su naturaleza y sus requerimientos. ¿Y la mosca? No pertenece a nación alguna; todos los climas son su hogar, todo el globo es su provincia, todas las criaturas que respiran son su presa, y para todas ellas es un azote y un infierno.
Para el hombre es una embajadora divina, una ministra plenipotenciaria, la representante especial del Creador. Lo infesta en la cuna; se le pega en racimos a los pegajosos párpados; zumba, lo pica y lo acosa, robándole el sueño a él y las fuerzas a su agotada madre, en aquellas largas vigilias que ella dedica a proteger a su hijo del acoso de esta plaga. La mosca acosa al enfermo en su hogar, en el hospital, incluso en su lecho de muerte, en el último suspiro. Lo molesta en sus comidas; antes busca pacientes que sufran enfermedades repugnantes y mortales; camina sobre sus llagas, se embadurna las patas con un millón de gérmenes letales; y después llega a la mesa de ese hombre sano, restriega esas cosas en la mantequilla y descarga un intestino lleno de gérmenes de tifoidea y excrementos sobre sus tortitas. La mosca doméstica arruina más organismos humanos y destruye más vidas humanas que toda la multitud de mensajeros de miseria y agentes de muerte de Dios juntos.
Sem estaba lleno de uncinarias. Es maravilloso el estudio completo y exhaustivo que el Creador dedicó a la gran obra de hacer desgraciado al hombre. He dicho que ideó un agente de aflicción especial para todos y cada uno de los detalles de la estructura del hombre, sin pasar por alto ni uno solo, y dije la verdad. Muchos pobres tienen que andar descalzos, porque no les alcanza para zapatos. El Creador vio su oportunidad. Diré, de paso, que siempre tiene puesto el ojo en los pobres. Nueve de cada diez de sus invenciones de enfermedades estaban destinadas a los pobres, y a los pobres les llegan. Los acomodados reciben solo lo que sobra. No sospechen que hablo sin reflexionar, porque no es así: la enorme mayoría de las invenciones aflictivas del Creador están especialmente diseñadas para atormentar a los pobres. Podrían adivinarlo por el hecho de que uno de los nombres más finos y comunes que el púlpito da al Creador es «el Amigo de los Pobres». Bajo ninguna circunstancia el púlpito le dedica al Creador un cumplido que tenga siquiera un vestigio de verdad. El enemigo más implacable e incansable de los pobres es su Padre Celestial. El único amigo verdadero de los pobres es su prójimo. Este se compadece de ellos, siente lástima por ellos, y lo demuestra con sus actos. Hace mucho para aliviar sus desgracias; y en cada caso quien se lleva el crédito es su Padre Celestial.
Lo mismo ocurre con las enfermedades. Si la ciencia extermina una enfermedad que ha estado trabajando para Dios, es Dios quien se lleva el mérito, ¡y todos los púlpitos rompen en arrebatos de publicidad agradecida y llaman la atención sobre lo bueno que es! Sí, él lo ha hecho. Puede que haya esperado mil años antes de hacerlo. No importa: el púlpito dice que estuvo pensando en ello todo el tiempo. Cuando hombres exasperados se levantan y barren una tiranía de siglos y liberan a una nación, lo primero que hace el encantado púlpito es anunciarlo como obra de Dios, e invita al pueblo a ponerse de rodillas y darle gracias por ello. Y el púlpito dice, con emoción admirada: «Entiendan los tiranos que el Ojo que nunca duerme está sobre ellos; y recuerden que el Señor nuestro Dios no será siempre paciente, sino que desatará los torbellinos de su ira sobre ellos en el día señalado».
Se olvidan de mencionar que es el ser más lento del universo; que su Ojo que nunca duerme bien podría dormir, pues le toma un siglo ver lo que cualquier otro ojo vería en una semana; que en toda la historia no hay un solo caso en que él haya pensado una acción noble primero, sino que siempre la pensó un poco después de que alguien más la pensara y la hiciera. Llega entonces, y se apropia del dividendo.
Muy bien: hace seis mil años Sem estaba lleno de uncinarias. De tamaño microscópico, invisibles al ojo desnudo. Todos los productores de enfermedades especialmente mortales del Creador son invisibles. Es una idea ingeniosa. Durante miles de años impidió al hombre llegar a la raíz de sus males, y desbarató sus intentos de dominarlos. Solo muy recientemente la ciencia ha conseguido destapar algunas de estas traiciones.
El último de estos benditos triunfos de la ciencia es el descubrimiento y la identificación del asesino emboscado conocido con el nombre de uncinaria. Su presa especial son los pobres que andan descalzos. Acecha en regiones cálidas y lugares arenosos, y se abre paso hacia sus pies desprotegidos.
La uncinaria fue descubierta hace dos o tres años por un médico que había estado estudiando pacientemente a sus víctimas durante largo tiempo. La enfermedad producida por la uncinaria había estado haciendo su obra maligna aquí y allá en la tierra desde que Sem desembarcó en el Ararat, pero nunca se sospechó que fuera siquiera una enfermedad. A la gente que la padecía se la consideraba simplemente perezosa, y por eso era despreciada y objeto de burla, cuando debería haber sido compadecida. La uncinaria es una invención particularmente taimada y solapada, y durante siglos ha hecho su obra furtiva sin que nadie la molestara; pero ese médico y sus ayudantes la van a exterminar ahora.
Dios está detrás de esto. Ha estado pensándolo durante seis mil años, y decidiéndose. La idea de exterminar la uncinaria fue suya. Estuvo a punto de hacerlo antes de que lo hiciera el doctor Charles Wardell Stiles. Pero llega a tiempo para llevarse el mérito. Siempre lo hace.
Va a costar un millón de dólares. Probablemente estaba justo a punto de aportar esa suma cuando un hombre se le adelantó, como de costumbre. El señor Rockefeller. Él pone el millón, pero el mérito se lo llevará otro, como de costumbre. El diario de esta mañana nos cuenta algo sobre las actividades de la uncinaria:
Los parásitos de la uncinaria a menudo rebajan tanto la vitalidad de las personas afectadas que retrasan su desarrollo físico y mental, las vuelven más susceptibles a otras enfermedades, hacen menos eficiente el trabajo, y en las regiones donde la enfermedad es más común aumentan notablemente la tasa de mortalidad por tuberculosis, neumonía, fiebre tifoidea y malaria. Se ha demostrado que la disminución de la vitalidad de multitudes, atribuida durante mucho tiempo a la malaria y al clima, y que afecta seriamente el desarrollo económico, se debe en realidad, en algunos distritos, a este parásito. La enfermedad no se limita a una sola clase social; cobra su tributo de sufrimiento y muerte tanto entre los muy inteligentes y acomodados como entre los menos afortunados. Un cálculo conservador señala que dos millones de personas en nuestro país están afectadas por este parásito. La enfermedad es más común y más grave en los niños en edad escolar que en los adultos.
Por extendida y grave que sea la infección, el panorama es de lo más alentador. La enfermedad puede reconocerse fácilmente, tratarse con prontitud y eficacia, y prevenirse con éxito mediante precauciones sanitarias sencillas y adecuadas [con la ayuda de Dios].
Como ven, los pobres niños están bajo el Ojo que nunca duerme. Han tenido esa mala suerte en todas las épocas. Ellos y «los pobres del Señor», como reza la sarcástica frase, jamás han logrado escapar de las atenciones de ese Ojo.
Sí: los pobres, los humildes, los ignorantes, son los que se llevan la peor parte. Tomen la «enfermedad del sueño», de África. Esta atroz crueldad tiene por víctimas a una raza de negros ignorantes e inofensivos, a quienes Dios colocó en un desierto remoto, y sobre los cuales fijó su Ojo paternal, el que no duerme cuando hay ocasión de sembrar dolor en alguien. Dispuso lo necesario para esta gente antes del Diluvio. El agente elegido fue una mosca, emparentada con la tsé-tsé; la tsé-tsé es una mosca que domina la región del Zambeze y mata con sus picaduras al ganado y a los caballos, volviendo esa zona inhabitable para el hombre. El pariente espantoso de la tsé-tsé deposita un microbio que produce la enfermedad del sueño. Cam estaba lleno de estos microbios, y cuando terminó el viaje los descargó en África, y comenzó la devastación, destinada a no hallar alivio hasta que hubieran pasado seis mil años y la ciencia se asomara al misterio y diera con la causa de la enfermedad. Las naciones piadosas dan gracias ahora a Dios, y lo alaban por venir al rescate de sus pobres negros. El púlpito dice que la alabanza le es debida. Es, ciertamente, un Ser curioso. Comete un crimen espantoso, sostiene ese crimen sin interrupción durante seis mil años, y luego tiene derecho a ser alabado porque le sugiere a alguien más que modere su severidad. Se lo llama paciente, y por cierto que debe de serlo, o hace eras que habría hundido al púlpito en la perdición por los escalofriantes cumplidos que le rinde.
La ciencia tiene lo siguiente que decir sobre la enfermedad del sueño, llamada también letargo de los negros:
Se caracteriza por períodos de sueño que se repiten a intervalos. La enfermedad dura de cuatro meses a cuatro años, y siempre es mortal. La víctima al principio parece lánguida, débil, pálida y embotada. Los párpados se le hinchan, aparece una erupción en la piel. Se queda dormida mientras habla, come o trabaja. A medida que avanza la enfermedad, se alimenta con dificultad y se consume mucho. La falta de nutrición y la aparición de llagas por estar postrada van seguidas de convulsiones y muerte. Algunos pacientes pierden la razón.
Es a él a quien la Iglesia y el pueblo llaman Padre Nuestro que estás en los Cielos: a él, que ha inventado la mosca y la ha enviado a infligir esta larga y tétrica miseria, esta melancolía y este infortunio, esta ruina del cuerpo y de la mente, a un pobre salvaje que no le ha hecho daño alguno a ese Gran Criminal. No hay un hombre en el mundo que no se compadezca de ese pobre doliente negro, y no hay un hombre que no lo sanaría si pudiera. Para encontrar a la única persona que no siente piedad por él, hay que ir al cielo; para encontrar a la única persona que puede sanarlo y a la que no se ha podido persuadir de que lo haga, hay que ir al mismo lugar. Solo hay un padre lo bastante cruel como para afligir a su hijo con esa horrible enfermedad; solo uno. Ni todas las eternidades producirán otro. ¿Les gustan los reproches poéticos expresados con calor e indignación? He aquí uno, recién salido del corazón de un esclavo:
La inhumanidad del hombre hacia el hombre
hace llorar a miles innumerables.
Les contaré una historia agradable que tiene un toque patético. Un hombre abrazó la religión, y le preguntó al sacerdote qué debía hacer para ser digno de su nuevo estado. El sacerdote dijo: «Imita a Nuestro Padre que está en los Cielos; aprende a ser como él». El hombre estudió su Biblia con diligencia, a fondo y con provecho, y luego, tras orar pidiendo guía celestial, se lanzó a imitarlo. Con engaños hizo caer a su esposa por las escaleras, y ella se partió la espalda y quedó paralítica de por vida; traicionó a su hermano entregándolo a un estafador, que le quitó todo lo que tenía y lo dejó en el hospicio; inoculó a uno de sus hijos uncinarias, a otro la enfermedad del sueño, a otro gonorrea; le proporcionó a una hija escarlatina y la llevó a la adolescencia sorda, muda y ciega de por vida; y después de ayudar a un canalla a seducir a la otra, le cerró las puertas de su casa, y ella murió maldiciéndolo en un prostíbulo. Después fue a rendirle cuentas al sacerdote, que le dijo que esa no era la manera de imitar a su Padre que está en los Cielos. El converso preguntó en qué había fallado, pero el sacerdote cambió de tema y le preguntó qué tal el tiempo por donde él vivía.
Carta VIII
El hombre es, sin duda, el tonto más interesante que existe. También el más excéntrico. No tiene una sola ley escrita, en su Biblia o fuera de ella, que tenga otra finalidad o intención que esta: limitar o derrotar la ley de Dios.
Rara vez toma un hecho sencillo sin sacar de él una conclusión equivocada. No puede evitarlo: así está construida esa confusión que él llama su mente. Fíjense en lo que admite, y en las curiosas conclusiones que saca de ello.
Por ejemplo, concede que Dios hizo al hombre. Lo hizo sin el deseo ni el consentimiento del hombre.
Esto parece, clara e indisputablemente, hacer a Dios, y solo a Dios, responsable de los actos del hombre. Pero el hombre lo niega.
Concede que Dios ha hecho a los ángeles perfectos, sin mancha e inmunes al dolor y a la muerte, y que podría haber sido igual de bondadoso con el hombre si lo hubiera querido, pero niega que tuviera obligación moral alguna de hacerlo.
Concede que el hombre no tiene derecho moral a infligir crueldades gratuitas, enfermedades dolorosas y la muerte al hijo que engendra, pero se niega a limitar de igual modo los privilegios de Dios con los hijos que él engendra.
La Biblia y los estatutos del hombre prohíben el asesinato, el adulterio, la fornicación, la mentira, la traición, el robo, la opresión y otros delitos, pero sostienen que Dios está libre de esas leyes y tiene derecho a quebrantarlas cuando quiera.
Concede que Dios le da a cada hombre su temperamento, su disposición, al nacer; concede que el hombre no puede, por ningún medio, cambiar ese temperamento, sino que debe permanecer siempre bajo su dominio. Y sin embargo, si en el caso de un hombre ese temperamento está colmado de pasiones terribles, y en el de otro carece de ellas, le parece justo y racional castigar al primero por sus crímenes y recompensar al segundo por abstenerse del crimen.
Veamos: consideremos estas curiosidades.
Temperamento (disposición)
Tomen dos extremos de temperamento: la cabra y la tortuga.
Ninguna de estas criaturas se fabrica su propio temperamento, sino que nace con él, como el hombre, y no puede cambiarlo más de lo que puede hacerlo el hombre.
El temperamento es la ley de Dios escrita en el corazón de cada criatura por la propia mano de Dios, y debe ser obedecida, y será obedecida a pesar de todos los estatutos que la restrinjan o prohíban, emanen de donde emanen.
Muy bien: la lujuria es el rasgo dominante del temperamento de la cabra; la ley de Dios está en su corazón, y debe obedecerla, y la obedecerá todo el día, durante la época de celo, sin detenerse a comer ni a beber. Si la Biblia le dijera a la cabra: «No fornicarás, no cometerás adulterio», hasta el hombre — por bruto que sea— reconocería el disparate de la prohibición, y admitiría que a la cabra no debería castigársela por obedecer la ley de su Hacedor. Y sin embargo piensa que es justo y correcto someter al hombre a esa prohibición. A todos los hombres. A todos por igual.
A primera vista esto es estúpido, pues, por temperamento —que es la verdadera ley de Dios—, muchos hombres son cabras y no pueden evitar cometer adulterio cuando se les presenta la oportunidad; mientras que hay otros, en buen número, que por temperamento pueden mantener su pureza y dejar pasar la ocasión si la mujer carece de atractivo. Pero la Biblia no permite el adulterio en absoluto, pueda la persona evitarlo o no. No admite distinción entre la cabra y la tortuga: la cabra excitable, la cabra emocional, que necesita algo de adulterio cada día, o se marchita y muere; y la tortuga, esa puritana fría y tranquila, que se da el gusto solo una vez cada dos años y se queda dormida en plena faena, y no despierta durante sesenta días. Ninguna dama cabra está a salvo de un asalto criminal, ni siquiera en el día del Sabbat, cuando hay un señor cabra a tres millas a sotavento y en medio no hay más que una cerca de cuatro metros y medio de alto; en cambio, ni el señor tortuga ni la señora tortuga sienten jamás un apetito tan acuciante por los solemnes goces de la fornicación como para estar dispuestos a quebrar el Sabbat con tal de conseguirlos. Pues bien: según el curioso razonamiento del hombre, la cabra se ha ganado el castigo, y la tortuga, el elogio.
«No cometerás adulterio» es un mandamiento que no hace distinción entre las siguientes personas. A todas se les exige obedecerlo:
Niños recién nacidos.
Niños de pecho.
Niños en edad escolar.
Jóvenes y doncellas.
Adultos jóvenes.
Mayores.
Hombres y mujeres de 40.
De 50.
De 60.
De 70.
De 80.
De 90.
De 100.
El mandamiento no reparte su carga por igual, ni puede hacerlo.
No es duro con los tres primeros grupos de niños.
Es duro —más duro— aún más duro con los tres grupos siguientes: cruelmente duro.
Se suaviza dichosamente con los tres grupos que vienen después.
A esas alturas el mandamiento ya ha hecho todo el daño que puede hacer, y bien podría darse de baja. Y sin embargo, con una imbecilidad cómica, se lo sigue aplicando, y los cuatro últimos grupos quedan bajo su implacable prohibición. Pobres ruinas viejas: aunque quisieran desobedecerlo, no podrían. Y lo más sorprendente: porque se abstienen santamente de adulterar unos con otros, ¡reciben elogios por ello! Lo cual es un disparate; porque hasta la Biblia sabe que si el más viejo de esos veteranos recuperara por una hora su perdido vigor juvenil, arrojaría aquel mandamiento a los vientos y deshonraría a la primera mujer que se cruzara en su camino, aunque fuera una perfecta desconocida.
Es como he dicho: cada estatuto de la Biblia y de los códigos legales es un intento de derrotar una ley de Dios, es decir, una ley inalterable e indestructible de la naturaleza. El dios de esta gente les ha demostrado con un millón de actos que no respeta ninguno de los estatutos de la Biblia. Él mismo los quebranta todos, el adulterio incluido.
La ley de Dios, tal como se expresa con toda claridad en la constitución de la mujer, es esta: No se te impondrá ningún límite a tu comercio sexual con el otro sexo, en ninguna etapa de la vida.
La ley de Dios, tal como se expresa con toda claridad en la constitución del hombre, es esta: Durante toda tu vida estarás sujeto a límites y restricciones sexuales inflexibles.
Durante veintitrés días de cada mes (cuando no hay embarazo), desde que una mujer tiene siete años hasta que muere de vieja, está lista para la acción y es competente. Tan competente como un candelero para sostener una vela. Competente todos los días, competente todas las noches. Además, quiere esa vela: suspira por ella, la anhela, la desea ardientemente, tal como se lo manda la ley de Dios en su corazón.
Pero el hombre solo es competente brevemente; y aun entonces, apenas en la medida moderada que la palabra admite tratándose de su sexo. Es competente desde los dieciséis o diecisiete años, y por treinta y cinco años más. Después de los cincuenta, su desempeño es de mala calidad, los intervalos se hacen amplios y sus satisfacciones son de escaso valor para ambas partes; mientras tanto, la bisabuela de él está como nueva. A su instrumento no le pasa nada. Su candelero está tan firme como siempre; la vela de él, en cambio, se ablanda y se debilita año tras año con el clima de la edad, hasta que al fin ya no puede sostenerse y es retirada tristemente a su reposo, en espera de una bienaventurada resurrección que jamás llegará.
Por constitución de la mujer, su instrumento tiene que estar fuera de servicio tres días al mes, y durante una parte del embarazo. Son etapas de incomodidad, a menudo de sufrimiento. Como compensación justa y equitativa, tiene el alto privilegio del adulterio ilimitado todos los demás días de su vida.
Esa es la ley de Dios, revelada en su constitución. ¿Qué ocurre con este alto privilegio? ¿Vive ella disfrutándolo libremente? No. En ningún lugar del mundo. En todas partes se le arrebata. ¿Quién lo hace? El hombre. Los estatutos del hombre —si es que la Biblia es la Palabra de Dios—.
Ahí tienen una muestra del «poder de razonamiento» del hombre, como él lo llama. Observa ciertos hechos. Por ejemplo: que en toda su vida jamás logra satisfacer a una sola mujer; y además, que cualquier mujer, cualquier día de su vida, puede agotar, vencer y dejar fuera de servicio a diez instrumentos masculinos que le metan en la cama. Une esos hechos sorprendentemente sugerentes y luminosos, y saca de ellos esta asombrosa conclusión: el Creador quiso que la mujer se limitara a un solo hombre.
Entonces convierte esta singular conclusión en una ley, para siempre.
Y lo hace sin consultar a la mujer, aunque ella tiene mil veces más en juego que él. La capacidad procreadora del hombre se limita a un promedio de cien ejercicios anuales durante cincuenta años; la de ella alcanza para tres mil al año durante todo ese tiempo, y tantos años más cuantos pueda vivir. Así, el interés vital de él en el asunto es de cinco mil refrescamientos, mientras que el de ella es de ciento cincuenta mil; y sin embargo, en lugar de dejar justa y honradamente la elaboración de la ley en manos de la persona con un interés abrumador en ella, este cerdo inconmensurable, que no tiene en el asunto nada digno de consideración, ¡la hace él mismo!
Gracias a mis enseñanzas ya habían descubierto que el hombre es un tonto; hoy han aprendido que la mujer es una tonta rematada.
Ahora bien, si ustedes o cualquier otra persona realmente inteligente tuvieran que repartir la equidad y la justicia entre el hombre y la mujer, le darían al hombre la cincuentava parte de una mujer, y a la mujer le darían un harén. ¿O no? Necesariamente. Les doy mi palabra: esta criatura de la vela decrépita lo ha dispuesto exactamente al revés. Salomón, que era uno de los favoritos de la Deidad, tenía un gabinete de copulación compuesto por setecientas esposas y trescientas concubinas. Ni aunque le fuera la vida en ello habría podido mantener satisfechas a dos de esas jóvenes criaturas, aun con quince expertos ayudándolo. Forzosamente, casi el millar entero pasaba años y años con el apetito insatisfecho. Imaginen a un hombre lo bastante duro de corazón como para contemplar a diario ese sufrimiento y no moverse a aliviarlo. Incluso añadió un tormento gratuito a aquellos sufrimientos: mantenía siempre a la vista de esas mujeres a robustos guardias cuyas espléndidas formas masculinas hacían que a las pobres muchachas se les hiciera agua la boca, pero que no tenían con qué reconfortar un candelero: esos caballeros eran eunucos. Un eunuco es una persona a la que se le ha apagado la vela. Adrede.
De cuando en cuando, a medida que avance, tomaré un estatuto bíblico y les mostraré que siempre viola una ley de Dios, y que después lo incorporan a los códigos de las naciones, donde continúa violándola. Pero esas cosas pueden esperar; no hay prisa.
Carta IX
El Arca prosiguió su viaje, derivando de un lado a otro sin rumbo, sin brújula y sin gobierno, juguete de los vientos al azar y de las corrientes arremolinadas. ¡Y la lluvia, la lluvia, la lluvia! Seguía cayendo, vertiéndose, empapando, inundando. Nunca se había visto tal lluvia. Se había oído hablar de cuarenta centímetros al día, pero aquello no era nada comparado con esto. Eran trescientos centímetros al día: ¡tres metros! A esa velocidad increíble llovió durante cuarenta días y cuarenta noches, y sumergió todo cerro de ciento veinte metros de alto. Entonces los cielos, e incluso los ángeles, se secaron; no quedaba más agua.
Como Diluvio Universal, fue una decepción, pero ya había habido muchísimos Diluvios Universales antes, como lo atestiguan todas las biblias de todas las naciones, y este fue tan bueno como el mejor.
Al fin el Arca se elevó y se posó sobre la cima del monte Ararat, a más de cinco mil metros por encima del valle, y su carga viva desembarcó y bajó la montaña.
Noé plantó una viña, bebió el vino y se embriagó.
Esta persona había sido seleccionada de entre toda la humanidad porque era el mejor espécimen disponible. Iba a refundar la raza humana sobre una nueva base. Esta fue la nueva base. Las perspectivas eran malas. Seguir adelante con el experimento era correr un riesgo grande y muy imprudente. Era el momento de hacer con esta gente lo que tan juiciosamente se había hecho con los demás: ahogarlos. Cualquiera que no fuera el Creador lo habría visto. Pero él no lo vio. O, quizás, no quiso verlo.
Se afirma que desde el principio del tiempo previó todo lo que sucedería en el mundo. Si eso es cierto, previó que Adán y Eva comerían la manzana; que su descendencia sería insoportable y tendría que ser ahogada; que la descendencia de Noé, a su vez, sería insoportable, y que con el tiempo tendría él que dejar su trono en el cielo y bajar a ser crucificado para salvar otra vez a esa misma fastidiosa raza humana. ¿A toda ella? ¡No! ¿A una parte? Sí. ¿Cuánta? En cada generación, durante cientos y cientos de generaciones, mil millones morirían y se irían todos a la perdición, excepto tal vez diez mil de cada mil millones. Los diez mil tendrían que provenir del pequeño cuerpo de cristianos, y solo uno de cada cien de ese pequeño cuerpo tendría alguna oportunidad. Ninguno de ellos se salvaría, excepto aquellos católicos romanos que tuvieran la suerte de tener a mano a un sacerdote que les puliera el alma en el último suspiro, y alguno que otro presbiteriano. Nadie más podría salvarse. Todos los demás, condenados. Por millones.
¿Concederán que previó todo esto? El púlpito lo concede. Es lo mismo que conceder que, en materia de intelecto, la Deidad es el Mendigo en Jefe del Universo, y que, en materia de moral y de carácter, está muy abajo, al nivel de David.
Carta X
Los dos Testamentos son interesantes, cada uno a su manera. El Antiguo nos ofrece un retrato de la Deidad de esta gente tal como era antes de abrazar la religión; el otro nos la muestra tal como aparece después. El Antiguo Testamento se interesa sobre todo por la sangre y la sensualidad. El Nuevo, por la Salvación. Salvación por el fuego.
La primera vez que la Deidad bajó a la tierra, trajo la vida y la muerte; cuando vino por segunda vez, trajo el infierno.
La vida no fue un don valioso, pero la muerte sí lo fue. La vida fue un sueño febril, hecho de alegrías amargadas por las penas, de placer envenenado por el dolor: un sueño que era una confusión de pesadillas, de deleites espasmódicos y fugaces, éxtasis, exultaciones, felicidades, entreveradas con miserias prolongadas, aflicciones, peligros, horrores, decepciones, derrotas, humillaciones y desesperaciones; la más pesada maldición que el ingenio divino pudiera concebir. Pero la muerte era dulce, la muerte era amable, la muerte era bondadosa; la muerte curaba el espíritu lastimado y el corazón destrozado, y les daba reposo y olvido; la muerte era el mejor amigo del hombre; cuando el hombre ya no podía soportar la vida, llegaba la muerte y lo liberaba.
Con el tiempo, la Deidad percibió que la muerte era un error; un error, en el sentido de que era insuficiente; insuficiente, porque si bien era un admirable agente para infligir miseria al sobreviviente, permitía que la persona muerta escapara de toda persecución posterior en el bendito refugio de la tumba. Esto no era satisfactorio. Había que concebir una manera de perseguir al muerto más allá de la tumba.
La Deidad meditó este asunto durante cuatro mil años, sin éxito, pero en cuanto bajó a la tierra y se hizo cristiano se le aclaró la mente y supo qué hacer. Inventó el infierno, y lo proclamó.
Ahora bien, aquí hay algo curioso. Todo el mundo cree que mientras estuvo en el cielo fue severo, duro, resentido, celoso y cruel; pero que cuando bajó a la tierra y tomó el nombre de Jesucristo se volvió lo contrario de lo que era antes: es decir, se volvió dulce y apacible, misericordioso, perdonador, y toda aspereza desapareció de su naturaleza, y en su lugar se instaló un amor profundo y anhelante por sus pobres hijos humanos. ¡Y sin embargo, fue como Jesucristo que ideó el infierno y lo proclamó!
Es decir, que como Salvador manso y apacible fue mil billones de veces más cruel de lo que jamás fue en el Antiguo Testamento. Oh, incomparablemente más atroz de lo que jamás fue en sus peores momentos de aquellos antiguos tiempos.
¿Manso y apacible? En su momento examinaremos este sarcasmo popular a la luz del infierno que inventó.
Aunque hay que reconocer que la palma de la malignidad se la lleva Jesús, el inventor del infierno, ya era bastante duro y poco apacible para todo lo que se espera de un dios, incluso antes de hacerse cristiano. No parece que se detuviera nunca a pensar que era él el culpable cuando un hombre se descarriaba, dado que el hombre se limitaba a actuar de acuerdo con el temperamento con el que él mismo lo había cargado. No: castigaba al hombre, en lugar de castigarse a sí mismo. Aun más, el castigo solía ser desmedido respecto de la falta. A menudo, también, caía no sobre el que cometía el mal, sino sobre algún otro: un caudillo, la cabeza de una comunidad, por ejemplo.
Y moró Israel en Sitim, y el pueblo empezó a fornicar con las hijas de Moab.
Y el Señor dijo a Moisés: «Toma a todos los jefes del pueblo, y cuélgalos ante el Señor, al sol, para que la ardiente ira del Señor se aparte de Israel».
¿A ustedes les parece justo? No parece que los «jefes del pueblo» hubieran tenido parte alguna en el adulterio, y sin embargo son ellos los que son colgados, en lugar del «pueblo».
Si fue justo y correcto en aquel tiempo, lo sería hoy, pues el púlpito sostiene que la justicia de Dios es eterna e inmutable; y también que él es la Fuente de la Moral, y que su moral es eterna e inmutable. Muy bien: entonces debemos creer que si el pueblo de Nueva York comenzara a fornicar con las hijas de Nueva Jersey, sería justo y correcto levantar un cadalso frente al ayuntamiento y colgar en él al alcalde, al sheriff, a los jueces y al arzobispo, aunque ellos no tuvieran nada que ver con el asunto. A mí no me parece correcto.
Además, pueden estar muy seguros de una cosa: no podría suceder. Esta gente no lo permitiría. Son mejores que su Biblia. Nada pasaría aquí, salvo algunos juicios por daños, si el incidente no se pudiera silenciar; e incluso allá en el Sur no procederían contra personas que no tuvieran nada que ver con el asunto: tomarían una soga y saldrían a cazar a los adúlteros, y si no los encontraran, lincharían a un negro.
Por más que diga el púlpito, las cosas han mejorado mucho desde los tiempos del Todopoderoso.
¿Quieren examinar un poco más los rasgos morales, el carácter y la conducta de la Deidad? ¿Y recuerdan que en la escuela dominical se insta a los niños pequeños a amar al Todopoderoso, a honrarlo, a alabarlo, a tomarlo como modelo y a tratar de parecerse a él lo más posible? Lean:
1. Y el Señor habló a Moisés, diciendo:
2. Toma venganza de los madianitas en favor de los hijos de Israel; después serás reunido a tu pueblo…
7. Y pelearon contra los madianitas, como el Señor lo había mandado a Moisés; y mataron a todo varón.
8. Y mataron a los reyes de Madián, además del resto de los muertos; a saber, Evi, Requem, Zur, Hur y Reba, los cinco reyes de Madián; también a Balaam, hijo de Beor, mataron a espada.
9. Y los hijos de Israel tomaron cautivas a todas las mujeres de Madián, y a sus niños pequeños, y tomaron como botín todo su ganado, y todos sus rebaños, y todos sus bienes.
10. Y quemaron con fuego todas las ciudades en que habitaban y todas sus hermosas fortalezas.
11. Y tomaron todo el despojo y toda la presa, tanto de hombres como de animales.
12. Y trajeron los cautivos, y la presa, y el despojo, a Moisés y al sacerdote Eleazar, y a la congregación de los hijos de Israel, al campamento, en los llanos de Moab, que están junto al Jordán, cerca de Jericó.
13. Y Moisés, y el sacerdote Eleazar, y todos los príncipes de la congregación, salieron del campamento a recibirlos.
14. Y Moisés se enojó con los oficiales del ejército, con los capitanes de millares y los capitanes de cientos, que venían de la batalla.
15. Y Moisés les dijo: «¿Habéis dejado con vida a todas las mujeres?
16. He aquí, estas, por consejo de Balaam, hicieron que los hijos de Israel prevaricaran contra el Señor en el asunto de Peor, y hubo una plaga entre la congregación del Señor.
17. Ahora, pues, matad a todo varón entre los niños, y matad a toda mujer que haya conocido varón acostándose con él.
18. Pero a todas las niñas que no hayan conocido varón acostándose con él, dejadlas con vida para vosotros.
19. Y permaneced fuera del campamento siete días: todo el que haya matado a alguien, y todo el que haya tocado a un muerto, se purificará, tanto vosotros como vuestros cautivos, al tercer día y al séptimo día.
20. Y purificaréis todos vuestros vestidos, y todo lo hecho de pieles, y todo lo hecho de pelo de cabras, y todas las cosas hechas de madera».
21. Y el sacerdote Eleazar dijo a los hombres de guerra que habían ido a la batalla: «Esta es la ordenanza de la ley que el Señor ha mandado a Moisés…».
25. Y el Señor habló a Moisés, diciendo:
26. «Toma la suma de la presa que se ha tomado, tanto de hombres como de animales, tú, y el sacerdote Eleazar, y los principales padres de la congregación;
27. y divide la presa en dos partes: entre los que salieron a combatir y entre toda la congregación…
31. Y Moisés y el sacerdote Eleazar hicieron como el Señor mandó a Moisés.
32. Y el botín, que era el resto de la presa que los hombres de guerra habían tomado, fue de seiscientas setenta y cinco mil ovejas;
33. y setenta y dos mil vacunos;
34. y sesenta y un mil asnos;
35. y treinta y dos mil personas en total, de mujeres que no habían conocido varón acostándose con él…
40. Y las personas fueron dieciséis mil; de las cuales el tributo del Señor fue treinta y dos personas.
41. Y Moisés dio el tributo, que fue la ofrenda elevada del Señor, al sacerdote Eleazar, como el Señor le mandó a Moisés…
47. Así que, de la mitad de los hijos de Israel, Moisés tomó una porción de cada cincuenta, tanto de hombres como de animales, y los dio a los levitas, que estaban a cargo del tabernáculo del Señor; como el Señor lo mandó a Moisés.
10. Cuando te acerques a una ciudad para combatir contra ella, le proclamarás la paz…
13. Y cuando el Señor tu Dios la haya entregado en tus manos, herirás a todo varón suyo a filo de espada;
14. pero las mujeres, y los pequeños, y el ganado, y todo lo que haya en la ciudad, todo su botín, tomarás para ti; y comerás el botín de tus enemigos, que el Señor tu Dios te haya dado.
15. Así harás con todas las ciudades que estén muy lejos de ti, que no sean de las ciudades de estas naciones.
16. Pero de las ciudades de estos pueblos, que el Señor tu Dios te da por heredad, no dejarás con vida nada que respire.
La ley bíblica dice: «No matarás».
La ley de Dios, plantada en el corazón del hombre al nacer, dice: «Matarás».
El capítulo que he citado les muestra que el estatuto del libro vuelve a fracasar. No puede dejar sin efecto la más poderosa ley de la naturaleza.
Según la creencia de esta gente, fue Dios mismo quien dijo: «No matarás».
Entonces está claro que no puede cumplir sus propios mandamientos.
Él mató a toda esa gente, a todo varón.
Habían ofendido de algún modo a la Deidad. Sabemos cuál fue la ofensa sin necesidad de indagar; es decir, sabemos que fue una bagatela: alguna cosa menor a la que nadie salvo un dios daría importancia. Lo más probable es que algún madianita hubiera imitado la conducta de un tal Onán, a quien se le había ordenado «llégate a la mujer de tu hermano», cosa que hizo; pero en lugar de terminar, «la derramó en tierra». El Señor mató a Onán por eso, pues el Señor nunca pudo tolerar la falta de delicadeza. El Señor mató a Onán, y hasta el día de hoy el mundo cristiano no puede entender por qué se detuvo en Onán, en lugar de matar a todos los habitantes en trescientas millas a la redonda, siendo ellos inocentes de la falta y, por tanto, precisamente los que normalmente habría matado. Porque esa había sido siempre su idea del trato justo. Si hubiera tenido un lema, habría dicho: «Que ningún inocente escape». Recordarán lo que hizo en tiempos del Diluvio. Había multitudes y multitudes de niños pequeñitos, y él sabía que nunca le habían hecho daño alguno; pero sus parientes sí, y eso le bastaba: vio cómo las aguas subían hacia sus labios que gritaban, vio el terror salvaje en sus ojos, vio esa agonía de súplica en los rostros de las madres, que habría conmovido a cualquier corazón menos al suyo; pero iba especialmente tras los inocentes, de modo que ahogó a aquellas pobres criaturas.
Y recordarán que, en el caso de la descendencia de Adán, todos los miles de millones son inocentes: ninguno de ellos tuvo parte en su ofensa, pero la Deidad los considera culpables hasta el día de hoy. Nadie se libra, excepto reconociendo esa culpa: ninguna mentira más barata le sirve.
Algún madianita ha de haber repetido el acto de Onán, y así atrajo aquel terrible desastre sobre su nación. Si esa no fue la falta de delicadeza que ultrajó los sentimientos de la Deidad, entonces sé cuál fue: algún madianita había estado orinando contra la pared. Estoy seguro de ello, porque esa era una impropiedad que la Fuente de Toda la Etiqueta jamás pudo soportar. Una persona podía orinar contra un árbol, podía orinar sobre su propia madre, podía orinarse en los calzones, y salir bien librado; pero no debía orinar contra la pared: eso sería ir demasiado lejos. El origen del prejuicio divino contra este humilde delito no se explica; pero sabemos que el prejuicio era muy fuerte, tan fuerte que nada salvo una masacre total de la gente que habitaba la región donde el muro había sido mancillado podía satisfacer a la Deidad.
Tomen el caso de Jeroboam. «Cortaré de Jeroboam a todo aquel que orine contra la pared». Así se hizo. Y no solo fue cortado el hombre que lo había hecho, sino todos los demás.
Lo mismo con la casa de Baasa: todos fueron exterminados, parientes, amigos, todo el mundo, sin dejar «ni uno que orine contra la pared».
En el caso de Jeroboam tienen un ejemplo notable de la costumbre de la Deidad de no limitar sus castigos a los culpables; los inocentes también son incluidos. Incluso el «resto» de aquella desdichada casa fue quitado, «como el hombre retira el estiércol, hasta que todo desaparezca». Esto incluye a las mujeres, a las doncellas y a las niñas pequeñas. Todas inocentes, porque no podían orinar contra la pared. Ninguna persona de ese sexo puede. Solo los miembros del otro sexo pueden llevar a cabo esa hazaña.
Un prejuicio curioso. Y todavía existe. Los padres protestantes todavía tienen la Biblia a mano en la casa, para que los niños puedan estudiarla, y una de las primeras cosas que los niños y las niñas aprenden es a ser justos y santos, y a no orinar contra la pared. Estudian esos pasajes más que cualquier otro, salvo los que incitan a la masturbación. Esos los buscan y los estudian en privado. No existe niño protestante que no se masturbe. Ese arte es el primer logro que su religión le confiere. Y es también el primero que el niño le aporta a la religión.
La Biblia tiene esta ventaja sobre todos los demás libros que enseñan refinamiento y buenos modales: llega al niño. Llega a la mente en su edad más receptiva e impresionable; los demás tienen que esperar.
«Tendrás una pala entre tus armas; y cuando salgas a hacer tus necesidades, cavarás con ella, y te volverás y cubrirás lo que sale de ti».
Esa regla se hizo en los viejos tiempos porque «el Señor tu Dios camina en medio de tu campamento».
Probablemente no vale la pena tratar de averiguar, con certeza, por qué fueron exterminados los madianitas. Solo podemos estar seguros de que no fue por una gran ofensa; pues los casos de Adán, del Diluvio y de los profanadores del muro nos lo enseñan. Quizá un madianita dejó su pala en casa y provocó así el problema. De todos modos, no importa. Lo principal es el problema mismo, y las morales de uno u otro tipo que ofrece para la instrucción y elevación del cristiano de hoy.
Dios escribió sobre las tablas de piedra: «No matarás». Y también: «No cometerás adulterio».
Pablo, hablando con la voz divina, aconsejó no tener relaciones sexuales en absoluto. Un gran cambio respecto del punto de vista divino tal como existía en la época del incidente madianita.
Carta XI
La historia humana está, en todas las épocas, enrojecida de sangre, amargada de odio y manchada de crueldades; pero desde los tiempos bíblicos estos rasgos nunca han carecido de algún límite. Incluso la Iglesia, a la que se atribuye haber derramado más sangre inocente, desde el comienzo de su supremacía, que todas las guerras políticas juntas, ha observado un límite. Una especie de límite. Pero fíjense: cuando el Señor Dios del Cielo y de la Tierra, adorado Padre del Hombre, va a la guerra, no hay límite. Es totalmente despiadado: él, a quien llaman la Fuente de la Misericordia. ¡Mata, mata, mata! A todos los hombres, a todas las bestias, a todos los muchachos, a todos los bebés; también a todas las mujeres y a todas las niñas, salvo a las que no han sido desfloradas.
No hace distinción entre inocentes y culpables. Los bebés eran inocentes, las bestias eran inocentes, muchos de los hombres, muchas de las mujeres, muchos de los muchachos, muchas de las niñas eran inocentes, y sin embargo tuvieron que sufrir con los culpables. Lo que el Padre demente exigía era sangre y desgracia; le era indiferente quién las proveyera.
El más pesado de todos los castigos recayó sobre personas que de ningún modo podrían haber merecido destino tan horrible: las treinta y dos mil vírgenes. Sus partes íntimas desnudas fueron palpadas para verificar que aún conservaran el himen intacto; después de esa humillación, fueron desterradas de la tierra que había sido su hogar, para ser vendidas como esclavas —la peor y más vergonzosa de las esclavitudes: la esclavitud de la prostitución; esclavitud de lecho, para excitar la lujuria y satisfacerla con sus cuerpos; esclavitud ante cualquier comprador, fuera un caballero o un rufián tosco y sucio.
Fue el Padre quien infligió este castigo feroz e inmerecido a aquellas vírgenes desamparadas y sin amigos, cuyos padres y parientes él mismo había masacrado ante sus ojos. ¿Y estaban ellas, entretanto, rezándole por piedad y rescate? Sin la menor duda.
Esas vírgenes eran «despojo», saqueo, botín. Él reclamó su parte y la obtuvo. ¿De qué le servían a él las vírgenes? Examinen su historia posterior y lo sabrán.
Sus sacerdotes también obtuvieron una parte de las vírgenes. ¿Qué uso podían hacer los sacerdotes de las vírgenes? La historia privada del confesionario católico romano puede responder a esa pregunta. El principal entretenimiento del confesionario ha sido la seducción, en todas las épocas de la Iglesia. Père Hyacinth declara que, de cien sacerdotes confesados por él, noventa y nueve habían usado el confesionario con eficacia para seducir a mujeres casadas y a muchachas jóvenes. Un sacerdote confesó que, de las novecientas muchachas y mujeres a quienes había servido como padre y confesor a lo largo de su vida, ninguna había escapado a su abrazo lascivo salvo las viejas y las feas. La lista oficial de preguntas que el sacerdote está obligado a hacer basta para excitar sin remedio a cualquier mujer que no sea paralítica.
No hay nada ni en la historia salvaje ni en la civilizada que sea más absolutamente completo, más implacablemente arrasador, que la campaña del Padre de la Misericordia contra los madianitas. El informe oficial no ofrece los incidentes, episodios y detalles menores; solo habla en masa: todas las vírgenes, todos los hombres, todos los bebés, todas las «criaturas que respiran», todas las casas, todas las ciudades; nos da apenas una sola imagen vasta, extendida aquí, allá y más allá, hasta donde alcanza la vista, de ruina calcinada y desolación barrida por la tormenta; la imaginación añade una quietud sombría, un silencio terrible, el silencio de la muerte. Pero por supuesto hubo incidentes. ¿De dónde los sacaremos?
De la historia fechada ayer. De la historia hecha por el indio pielroja de América. Él ha duplicado la obra de Dios, y la ha hecho en el espíritu mismo de Dios. En 1862, los indios de Minnesota, profundamente agraviados y tratados a traición por el gobierno de los Estados Unidos, se alzaron contra los colonos blancos y los masacraron; masacraron a todos los que pudieron echar mano, sin respetar edad ni sexo. Consideren este incidente:
Doce indios irrumpieron al amanecer en la casa de una granja y capturaron a la familia. Estaba compuesta por el granjero, su esposa y cuatro hijas, la menor de catorce años y la mayor de dieciocho. Crucificaron a los padres; es decir, los pusieron completamente desnudos contra la pared de la sala y les clavaron las manos a la pared. Después desnudaron a las hijas, las tendieron en el suelo frente a sus padres, y las violaron repetidamente. Por último, crucificaron a las muchachas en la pared de enfrente de sus padres, y les cortaron las narices y los pechos. También… pero en eso no entraré. Hay un límite. Hay indignidades tan atroces que la pluma no puede escribirlas. Un miembro de aquella pobre familia crucificada —el padre— estaba todavía vivo cuando, dos días después, llegó auxilio.
Ahora tienen un incidente de la masacre de Minnesota. Podría darles cincuenta. Cubrirían todas las distintas clases de crueldad que el brutal talento humano haya inventado jamás.
Y ahora saben, por estas señales seguras, lo que ocurrió bajo la dirección personal del Padre de las Misericordias en su campaña madianita. La campaña de Minnesota fue meramente una copia de la incursión madianita. Nada ocurrió en una que no ocurriera en la otra.
No; eso no es del todo cierto. El indio fue más misericordioso que el Padre de las Misericordias. No vendió a ninguna virgen como esclava para que atendiera la lujuria de los asesinos de sus parientes durante el resto de sus tristes vidas; las violó, y luego, caritativamente, acortó sus sufrimientos posteriores, poniéndoles fin con el precioso don de la muerte. Quemó algunas de las casas, pero no todas. Se llevó a inocentes animales mudos, pero no le quitó la vida a ninguno.
¿Esperarían que este mismo Dios sin conciencia, esta bancarrota moral, se convirtiera en maestro de moral, de mansedumbre, de humildad, de rectitud, de pureza? Parece imposible, extravagante; pero escúchenlo. Estas son sus propias palabras:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.
La boca que pronunció estos inmensos sarcasmos, estas gigantescas hipocresías, es la misma que ordenó la masacre total de los hombres, los bebés y el ganado madianitas; la destrucción total de casa y ciudad; el destierro total de las vírgenes a una esclavitud inmunda e indescriptible. Esta es la misma persona que descargó sobre los madianitas las diabólicas crueldades que los indios pielrojas repitieron, detalle por detalle, en Minnesota dieciocho siglos después. El episodio madianita lo llenó de alegría. También el de Minnesota; de lo contrario, lo habría impedido.
Las Bienaventuranzas y los capítulos citados de Números y Deuteronomio deberían leerse siempre juntos desde el púlpito; así la congregación tendría una visión de conjunto de Nuestro Padre que está en los Cielos. Y sin embargo, jamás he sabido de un clérigo que lo haya hecho.
FIN