Sinopsis: «Humano es» (Human Is) es un cuento de ciencia ficción escrito por Philip K. Dick y publicado en 1955 en la revista Startling Stories. Jill es una mujer atrapada en un matrimonio con Lester Herrick, un esposo frío y emocionalmente maltratador, un científico extremadamente racional y entregado por completo a su trabajo. Sin embargo, tras ser enviado a una misión en el planeta Rexor IV, Lester regresa con una actitud completamente distinta: amable, afectuoso, casi irreconocible. Este cambio desconcierta a Jill, que comienza a preguntarse cuál es el verdadero motivo detrás de la transformación de su esposo.

Humano es
Philip K. Dick
(Cuento completo)
Los ojos azules de Jill Herrick se llenaron de lágrimas. Miró a su marido con un horror indescriptible.
—¡Eres… eres horrible! —sollozó.
Lester Herrick continuó trabajando, ordenando montones de notas y gráficas en pilas precisas.
—“Horrible” es un juicio de valor —dijo—. No contiene información objetiva. —Hizo pasar por el escáner de escritorio una cinta informativa sobre la vida parasitaria centauriana—. Es simplemente una opinión. Una expresión de emoción, nada más.
Jill se dirigió tambaleándose hacia la cocina. Con un gesto apagado activó la estufa. Las cintas transportadoras en la pared cobraron vida con un zumbido, enviando los alimentos desde los depósitos subterráneos para la comida de la noche.
Se volvió para mirarlo por última vez.
—¿Ni siquiera por un momento? —suplicó—. ¿Ni siquiera…?
—Ni siquiera por un mes. Cuando él venga, puedes decírselo. Si no tienes el valor, lo haré yo. No quiero un niño correteando por aquí. Tengo demasiado trabajo. Este informe sobre Betelgeuse XI debe estar listo en diez días. —Lester dejó caer una cinta sobre utensilios fósiles fomalahutianos en el escáner—. ¿Qué le pasa a tu hermano? ¿Por qué no puede ocuparse de su propio hijo?
Jill se frotó los ojos hinchados.
—¿Es que no lo entiendes? ¡Quiero que Gus venga! Le rogué a Frank que le diera permiso. Y ahora tú…
—Me alegraré cuando sea lo bastante mayor para que el Gobierno se haga cargo de él. —El rostro delgado de Lester se crispó con molestia—. Maldita sea, Jill, ¿todavía no está la cena? ¡Han pasado diez minutos! ¿Qué le ocurre a esa estufa?
—Está casi lista.
La luz roja de la estufa se encendió. El sirviente robótico emergió de la pared y esperó pacientemente para recoger la comida.
Jill se dejó caer en una silla y se sonó con fuerza. En la sala de estar, Lester seguía trabajando, imperturbable. Su trabajo. Su investigación. Día tras día. Lester progresaba, no había duda. Su cuerpo delgado permanecía inclinado como un resorte tenso sobre el escáner de cintas, sus fríos ojos grises devorando la información febrilmente, analizándola, sopesándola, con sus facultades conceptuales funcionando como una maquinaria bien engrasada.
Los labios de Jill temblaron de desdicha y resentimiento. Gus… el pequeño Gus. ¿Cómo iba a decírselo? Nuevas lágrimas afloraron a sus ojos. Nunca volvería a ver al regordete niño. No podría regresar… porque sus risas y juegos infantiles molestaban a Lester. Interferían en sus investigaciones.
La luz de la estufa cambió a verde. La comida salió hacia los brazos del sirviente robótico. Unas suaves campanillas anunciaron la cena.
—Ya lo oigo —gruñó Lester. Desconectó el escáner y se puso en pie—. Supongo que llegará mientras cenamos.
—Puedo llamar a Frank por videófono y pedirle…
—No. Será mejor acabar con esto cuanto antes. —Lester hizo un gesto impaciente al robot—. Bien. Sirve. —Sus labios finos se tensaron con irritación—. ¡No te entretengas! Quiero volver a mi trabajo.
Jill reprimió las lágrimas.
El pequeño Gus entró arrastrando los pies cuando estaban terminando de cenar.
Jill lanzó un grito de alegría.
—¡Gussie! —Corrió a abrazarlo—. ¡Qué alegría verte!
—Cuidado con mi tigre —murmuró Gus. Dejó caer a su pequeño gato gris sobre la alfombra, y el animal corrió a refugiarse bajo el sofá—. Se está escondiendo.
Los ojos de Lester brillaron un instante mientras observaba al niño y la punta de la cola gris asomando bajo el sofá.
—¿Por qué lo llamas “tigre”? No es más que un gato callejero.
Gus se mostró herido y frunció el ceño.
—Es un tigre. Tiene rayas.
—Los tigres son amarillos y muchísimo más grandes. Ya va siendo hora de que aprendas a clasificar las cosas por sus nombres correctos.
—Lester, por favor… —suplicó Jill.
—Cállate —la cortó él con brusquedad—. Gus es lo bastante mayor para dejar atrás las ilusiones infantiles y desarrollar una orientación realista. ¿Qué pasa con los examinadores psíquicos? ¿Es que no corrigen estas tonterías?
Gus corrió a recoger a su tigre.
—¡Déjalo en paz!
Lester contempló al animalito. Una sonrisa fría y extraña se dibujó en sus labios.
—Ven al laboratorio algún día, Gus. Te enseñaremos muchos gatos. Los usamos en nuestras investigaciones. Gatos, cobayas, conejos…
—¡Lester! —jadeó Jill—. ¡Cómo puedes decir eso!
Lester soltó una risita seca. De pronto volvió a su escritorio.
—Ahora fuera de aquí. Tengo que terminar estos informes. Y no olvides decírselo a Gus.
—¿Decirme qué? —preguntó Gus, excitado. Sus mejillas se encendieron y sus ojos brillaron—. ¿Qué es? ¿Algo para mí? ¿Un secreto?
El corazón de Jill se hundió. Apoyó la mano con fuerza sobre el hombro del niño.
—Ven, Gus. Vamos al jardín y te lo contaré. Trae… trae a tu tigre.
Un chasquido. El videotransmisor de emergencia se encendió. Lester se levantó de inmediato.
—¡Silencio! —Corrió hacia el aparato, respirando agitadamente—. ¡Nadie hable!
Jill y Gus se detuvieron en la puerta. Un mensaje confidencial salió de la ranura y cayó en la bandeja. Lester lo tomó, rompió el precinto y lo examinó con atención.
—¿Qué ocurre? —preguntó Jill—. ¿Algo malo?
—¿Malo? —El rostro de Lester se iluminó con un brillo interior—. No, en absoluto. —Consultó su reloj—. Justo a tiempo. Veamos, necesitaré…
—¿Qué pasa?
—Me voy de viaje. Estaré fuera dos o tres semanas. Rexor IV está entrando en el área cartografiada.
—¿Rexor IV? ¿Vas allí? —Jill juntó las manos con entusiasmo—. ¡Siempre he querido ver un sistema viejo, ruinas antiguas, ciudades! Lester, ¿puedo ir contigo? ¿Puedo acompañarte? Nunca hemos tomado vacaciones, y siempre me prometiste…
Lester Herrick la miró, asombrado.
—¿Tú? ¿Tú acompañarme? —Rió desagradablemente—. Date prisa y prepara mis cosas. He esperado esta oportunidad mucho tiempo. —Se frotó las manos con satisfacción—. El niño puede quedarse aquí hasta que vuelva, pero ni un día más. ¡Rexor IV! No puedo esperar.
—Debes hacer concesiones —dijo Frank—. Al fin y al cabo, es un científico.
—No me importa —dijo Jill—. Voy a dejarlo en cuanto regrese de Rexor IV. Ya lo he decidido.
Su hermano permaneció callado, pensativo. Estiró los pies sobre el césped del pequeño jardín.
—Bueno, si lo dejas, podrás casarte de nuevo. Sigues clasificada como sexualmente adecuada, ¿no?
—Ya lo creo que sí —afirmó Jill—. No tendría ningún problema. Quizá encuentre a alguien a quien le gusten los niños.
—Piensas mucho en los niños —observó Frank—. A Gus le encanta venir a verte, pero no le gusta Lester. Les le mortifica.
—Lo sé. Esta última semana, con él fuera, ha sido una delicia. —Jill se acarició el cabello rubio, ruborizándose—. Me he divertido. Me siento viva otra vez.
—¿Cuándo volverá?
—En cualquier momento. —Jill apretó los puños—. Llevamos cinco años casados y cada año ha sido peor. Es tan… tan inhumano. Frío y despiadado. Él y su trabajo. Día y noche.
—Les es ambicioso. Quiere llegar a lo más alto en su campo. —Frank encendió un cigarrillo con gesto perezoso—. Un trepador. Bueno, quizá lo consiga. ¿En qué está especializado?
—Toxicología. Diseña nuevos venenos para el Ejército. Inventó aquella cal cáustica de sulfato de cobre que utilizaron contra Calisto.
—Es un campo pequeño. Fíjate en mí —dijo Frank, apoyándose cómodo contra la pared de la casa—. Hay miles de abogados de Seguridad. Podría trabajar años sin llamar la atención. A mí me basta. Hago mi trabajo y lo disfruto.
—Ojalá Lester pensara así.
—Quizá cambie.
—Nunca cambiará —dijo Jill con amargura—. Ahora lo sé. Por eso he decidido dejarlo. Siempre será igual.
Lester Herrick volvió de Rexor IV convertido en un hombre distinto. Radiante, dejó su maleta antigravitatoria en los brazos del sirviente robótico.
—Gracias.
Jill quedó sin habla.
—¡Les! ¿Qué…?
Lester se quitó el sombrero con una leve inclinación.
—Buenos días, querida. Estás preciosa. Tus ojos son claros y azules. Brillan como un lago virginal, alimentado por arroyos de montaña. —Aspiró el aire—. ¿Huelo acaso un delicioso manjar calentándose en el hogar?
—Oh, Lester… —Jill parpadeó, insegura. Una tenue esperanza comenzó a crecer en su pecho—. Lester, ¿qué te ha pasado? Estás… tan distinto.
—¿De veras, querida? —Lester recorrió la casa tocando objetos y suspirando—. Qué casita tan bonita. Tan dulce y acogedora. No sabes lo maravilloso que es estar aquí. Créeme.
—Tengo miedo de creerlo —dijo Jill.
—¿Creer qué?
—Que hablas en serio. Que ya no eres como antes. Como siempre has sido.
—¿Cómo era?
—Mezquino. Mezquino y cruel.
—¿Yo? —Lester frunció el ceño y se frotó los labios—. Hmm. Interesante. —Sonrió—. Bueno, eso pertenece al pasado. ¿Qué hay para cenar? Estoy muerto de hambre.
Jill lo observó con incertidumbre mientras se dirigía a la cocina.
—Lo que quieras, Lester. Sabes que nuestra estufa incluye toda la lista de platos selectos.
—Por supuesto. —Lester carraspeó nerviosamente—. Bien, ¿qué tal un solomillo a término medio, cubierto de cebollas? Con salsa de champiñones. Panecillos blancos. Café caliente. Quizá helado y pastel de manzana de postre.
—Nunca te importó demasiado la comida —dijo Jill, pensativa.
—¿No?
—Siempre decías que ojalá llegaran a hacer posible la alimentación por vía intravenosa para todo el mundo. —Lo estudió con atención—. Lester, ¿qué ha pasado?
—Nada. Nada en absoluto.
Lester sacó su pipa y la encendió deprisa, con cierta torpeza. Unas hebras de tabaco cayeron sobre la alfombra. Se inclinó nervioso para recogerlas.
—Sigue con tus cosas y no te preocupes por mí, por favor. Quizá pueda ayudarte a preparar… quiero decir, ¿puedo ayudarte en algo?
—No. Ya me encargo yo. Puedes seguir con tu trabajo, si quieres.
—¿Trabajo?
—Tus investigaciones sobre toxinas.
—¡Toxinas! —Lester pareció desconcertado—. ¡Ah, cielos! Toxinas. ¡Al diablo con ellas!
—¿Qué dices, cariño?
—Es solo que ahora me siento muy cansado. Trabajaré más tarde. —Lester vagó sin rumbo por la habitación—. Creo que me sentaré a disfrutar de estar de nuevo en casa. Lejos de ese horrible Rexor IV.
—¿Era horrible?
—Espantoso. —Una mueca de repugnancia cruzó su rostro—. Seco y muerto. Antiguo. Reducido a polvo por el viento y el sol. Un lugar atroz, querida mía.
—Lo siento. Siempre quise visitarlo.
—¡Dios no lo quiera! —exclamó Lester, con sincero sentimiento—. Tú te quedarás aquí, querida. Conmigo. Los dos… —Sus ojos recorrieron la habitación—. Sí, los dos. La Tierra es un planeta maravilloso. Húmedo y lleno de vida. —Sonrió, radiante—. Perfecto.
—No lo entiendo —dijo Jill.
—Repite todo lo que recuerdes —dijo Frank. Su lápiz robótico se dispuso a escribir—. Me interesan los cambios que has notado.
—¿Por qué?
—Por nada. Sigue. ¿Dices que advertiste enseguida que estaba distinto?
—Lo noté al instante. Su expresión. No tenía ese aire duro y práctico. Era una expresión apacible. Relajada. Tolerante. Serena.
—Ya veo —dijo Frank—. ¿Qué más?
Jill miró con nerviosismo hacia la casa. Se encontraban en el jardín trasero.
—No puede oírnos, ¿verdad?
—No. Está jugando con Gus en la sala de estar. Hoy son hombres-nutria venusinos. Tu marido ha construido un tobogán para nutrias en su laboratorio. Lo vi desempaquetándolo.
—Su manera de hablar.
—¿Su manera de hablar?
—Las palabras que usa. Palabras que jamás había utilizado. Frases nuevas. Metáforas. En cinco años nunca le oí usar una metáfora. Decía que las metáforas eran inexactas, engañosas, y…
—¿Y…? —El lápiz seguía trazando líneas sin cesar.
—Y son palabras extrañas. Antiguas. Palabras que ya no se oyen.
—¿Fraseología arcaica? —preguntó Frank, tenso.
—Sí. —Jill caminaba arriba y abajo con las manos en los bolsillos de sus cortos pantalones de plástico—. Palabras formales. Como si fueran…
—¿Sacadas de un libro?
—¡Exacto! ¿Te has dado cuenta?
—Lo noté —dijo Frank, sombrío—. Continúa.
Jill se detuvo.
—¿Qué piensas? ¿Tienes una teoría?
—Necesito más datos.
Ella reflexionó.
—Juega con Gus. Juega y bromea. Y… come.
—¿No comía antes?
—No así. Ahora le encanta comer. Va a la cocina y prueba combinaciones sin descanso. Él y la estufa se ponen a inventar toda clase de platos raros.
—Me pareció que había engordado.
—Ha engordado unos cuatro kilos y medio. Come, sonríe y ríe. Y es educado todo el tiempo. —Jill bajó la vista, avergonzada—. Incluso es… romántico. Siempre decía que eso era irracional. Y además ya no le interesa su trabajo, sus investigaciones sobre toxinas.
—Entiendo —murmuró Frank, mordiéndose el labio—. ¿Algo más?
—Hay algo que me desconcierta mucho. Lo he notado muchas veces.
—¿Qué es?
—Parece tener extraños lapsos de…
Una explosión de risas interrumpió sus palabras. Lester Herrick, con los ojos brillantes de alegría, salió corriendo de la casa, seguido de Gus.
—¡Tenemos un anuncio! —exclamó Lester.
—¡Un anunssio! —repitió Gus.
Frank guardó sus notas en el bolsillo de la chaqueta; el lápiz robótico se precipitó tras ellas. Se levantó despacio.
—¿Qué ocurre?
—Dilo tú —dijo Lester, tomando la mano del niño y haciéndolo avanzar.
La carita regordeta de Gus se contrajo de concentración.
—¡Me voy a venir a vivir con ustedes! —anunció. Miró ansiosamente a Jill—. Lester dice que puedo. ¿Puedo, tía Jill?
Una inmensa alegría inundó a Jill. Su mirada pasó de Gus a Lester.
—¿Lo dices… de verdad? —su voz apenas era un susurro.
Lester pasó un brazo alrededor de ella y la estrechó.
—Por supuesto que lo digo en serio —dijo con suavidad. Sus ojos eran cálidos, comprensivos—. No te tomaríamos el pelo, querida.
—¡Sin tomaduras de pelo! —gritó Gus, excitado—. ¡Nunca más!
Los tres se abrazaron.
Frank se mantenía algo apartado, con expresión sombría. Jill lo vio y se separó bruscamente.
—¿Qué pasa? —murmuró—. ¿Ocurre algo…?
—Cuando termines —dijo Frank a Lester Herrick—, quiero que vengas conmigo.
Un escalofrío atenazó a Jill.
—¿Qué sucede? ¿Puedo ir yo también?
Frank negó con la cabeza. Se acercó a Lester con gesto amenazante.
—Vamos, Herrick. Tú y yo vamos a hacer un pequeño viaje.
Los tres Agentes de Autorización Federal se situaron a pocos pasos de Lester Herrick, con los vibrotubos en posición.
El Director de Autorización, Douglas, examinó a Herrick durante largo rato.
—¿Está seguro? —dijo al fin.
—Absolutamente —respondió Frank.
—¿Cuándo regresó de Rexor IV?
—Hace una semana.
—¿Y el cambio fue perceptible al instante?
—Su esposa lo notó en cuanto lo vio. No hay duda de que ocurrió en Rexor. —Frank hizo una pausa significativa—. Y usted sabe lo que eso implica.
—Lo sé.
Douglas rodeó lentamente al hombre sentado, examinándolo desde todos los ángulos.
Lester Herrick permanecía quieto, con la chaqueta doblada sobre la rodilla. Tenía las manos apoyadas en su bastón de puño de marfil; su rostro era sereno e inexpresivo. Vestía un traje gris claro, corbata sobria, puños franceses y zapatos negros relucientes. No decía nada.
—Sus métodos son simples y exactos —dijo Douglas—. Extraen los contenidos psíquicos originales y los almacenan en algún tipo de suspensión. La inserción de los contenidos sustitutivos es instantánea. Seguramente Lester Herrick estaba husmeando por las ruinas de alguna ciudad de Rexor, sin respetar las precauciones de seguridad —el escudo o la pantalla manual—, y lo atraparon.
El hombre sentado se movió un poco.
—Me gustaría poder comunicarme con Jill —murmuró—. Debe de estar preocupada.
Frank se volvió, con el rostro crispado de repulsión.
—Dios… sigue fingiendo.
Douglas se contuvo con enorme esfuerzo.
—Desde luego, es algo asombroso. No se produce ningún cambio físico. Lo miras y no notas nada. —Se acercó al hombre sentado con expresión dura—. Escúchame, sea cual sea tu nombre. ¿Comprendes lo que digo?
—Por supuesto —respondió Lester Herrick.
—¿De veras crees que vas a salirte con la tuya? Atrapamos a los otros…, a los que te precedieron. A todos. Incluso antes de que llegaran. —Douglas sonrió con frialdad—. Los vibrodesintegramos uno tras otro.
Lester Herrick palideció. Perlas de sudor brillaron en su frente. Se la secó con un pañuelo de seda que sacó del bolsillo de la chaqueta.
—¿Sí? —murmuró.
—No nos engañas. Toda la Tierra está en alerta contra los rexorianos. Me sorprende que lograra abandonar Rexor. Herrick debió de ser increíblemente imprudente. Neutralizamos a los demás a bordo de la nave. Los devolvimos al espacio.
—Herrick tenía una nave privada —murmuró el hombre sentado—. Evitó la estación de control. No quedó registro alguno de su llegada. No fue detectado.
—¡Fríanlo! —gruñó Douglas.
Los tres agentes de Autorización Federal levantaron los vibrotubos y dieron un paso al frente.
—No —dijo Frank, moviendo la cabeza—. No podemos. La situación es demasiado compleja.
—¿Qué quiere decir? ¿Por qué no podemos? Freímos a los otros…
—A los otros los capturamos en el espacio. Aquí estamos en la Tierra. No rigen las leyes militares, rigen las leyes civiles. —Frank señaló al hombre sentado—. Está ocupando un cuerpo humano. Está bajo las leyes normales. Debemos demostrar que no es Lester Herrick… que es un rexoriano infiltrado. Será difícil, pero posible.
—¿Cómo?
—Su mujer. La mujer de Herrick. Su testimonio. Jill Herrick puede dar cuenta de las diferencias entre este ser y el verdadero Lester. Ella lo sabe…, y creo que podremos aclararlo en el juicio.
Caía la tarde. Frank conducía el crucero de superficie a poca velocidad. Él y Jill guardaban silencio.
—Eso lo explica todo —dijo por fin Jill, pálida. Tenía los ojos secos, brillantes, sin rastro de emoción—. Sabía que era demasiado bueno para ser verdad. —Intentó sonreír—. Parecía maravilloso.
—Lo sé —dijo Frank—. Es una situación terrible. Si al menos…
—¿Por qué? —preguntó Jill—. ¿Por qué ese hombre…, esa cosa lo hizo? ¿Por qué tomó el cuerpo de Lester?
—Rexor IV es viejo. Muerto. Un planeta agonizante. La vida desaparece lentamente.
—Ahora lo recuerdo. Él… dijo algo parecido. Algo sobre Rexor. Que estaba contento de haberse marchado.
—Los rexorianos son una raza antigua. Lo poco que queda de ellos es débil. Han intentado emigrar durante siglos, pero sus cuerpos son demasiado frágiles. Algunos intentaron trasladarse a Venus…, y murieron enseguida. Inventaron este sistema hace alrededor de un siglo.
—Pero sabe mucho sobre nosotros. Habla nuestro idioma.
—Sin dominarlo. Los cambios que mencionaste, esa dicción extraña. Los rexorianos solo tienen un conocimiento vago de la humanidad. Una especie de abstracción ideal, basada en lo que ha llegado a Rexor, libros, sobre todo. Datos secundarios. Su idea de la Tierra procede de clásicos literarios, novelas románticas. El idioma, las costumbres, los modales… todo extraído de libros antiguos.
»Por eso tiene ese aire arcaico. Ha estudiado la Tierra, sí, pero de forma indirecta, engañosa. —Frank sonrió con ironía—. Los rexorianos tienen un retraso cultural de doscientos años…, y eso nos da ventaja. Así podemos detectarlos.
—¿Esto… ocurre a menudo? ¿Suele pasar? Parece increíble. —Jill se frotó la frente, cansada—. Es como un sueño. Cuesta creer que haya pasado de verdad. Empiezo a entender lo que significa todo esto.
—La galaxia está repleta de formas de vida hostiles. Seres parasitarios, destructivos. La ética humana no les es aplicable. Tenemos que estar siempre alerta. Lester vagó por Rexor sin sospechar nada…, y esta cosa lo expulsó de su cuerpo y lo ocupó.
Frank miró a su hermana. El rostro de Jill era imperturbable. Una cara seria, de ojos grandes, pero tranquila. Estaba sentada muy erguida, con las manos enlazadas en el regazo, la vista fija al frente.
—Nos las arreglaremos para que no tengas que acudir en persona al juicio —dijo Frank—. Grabas tu declaración en vídeo y la presentaremos como prueba. Estoy seguro de que será suficiente. El tribunal nos ayudará en todo lo posible, pero necesita alguna prueba para proceder.
Jill no dijo nada.
—¿Qué opinas? —preguntó Frank.
—¿Qué pasará cuando el tribunal tome una decisión?
—Le aplicaremos un vibrorrayo. Destruiremos la mente rexoriana. Una patrulla de Rexor IV enviará una expedición para localizar los… hum… contenidos originales.
Jill tragó saliva y lo miró, atónita.
—¿Quieres decir…?
—Oh, sí. Lester está vivo. Suspendido en algún lugar de Rexor. En alguna ciudad derruida. Tendremos que forzarles a entregárnoslo. No querrán, pero lo harán. Ya lo han hecho antes. Luego volverá contigo, sano y salvo. Igual que antes. Y esta horrible pesadilla quedará atrás.
—Entiendo.
—Ya llegamos.
El crucero se detuvo ante el imponente edificio de la Autorización Federal. Frank salió enseguida y abrió la puerta para su hermana. Jill descendió despacio.
—¿De acuerdo? —preguntó Frank.
—De acuerdo.
Entraron en el edificio y los agentes los guiaron a través de las pantallas de control. Recorrieron largos pasillos. Los tacones de Jill resonaban en el silencio.
—Vaya sitio —comentó Frank.
—Da miedo.
—Piénsalo como una comisaría glorificada. —Frank se detuvo ante una puerta custodiada—. Es aquí.
—Espera —dijo Jill, retrocediendo con una mueca de pánico—. Yo…
—Esperaremos a que estés preparada. —Frank hizo una seña al agente para que se retirara—. Lo entiendo. Es algo horrible.
Jill permaneció un momento inmóvil, con la cabeza baja. Inspiró hondo, cerró los puños, levantó la barbilla.
—Adelante.
—¿Lista?
—Sí.
Frank abrió la puerta.
—Vamos.
El director Douglas y los tres agentes se volvieron al verlos entrar.
—Bien —murmuró Douglas, aliviado—. Ya empezaba a preocuparme.
El hombre sentado se levantó despacio y tomó su chaqueta. Apretaba con dedos tensos el bastón con empuñadura de marfil. No dijo nada. Observó en silencio a la mujer que entraba seguida de Frank.
—Esta es la señora Herrick —dijo Frank—. Jill, te presento al director Douglas.
—He oído hablar de usted —dijo Jill en voz baja.
—Entonces sabe cuál es nuestra labor.
—Sí. La conozco.
—Este asunto es desagradable. Ha ocurrido antes. No sé qué le habrá comentado Frank…
—Me explicó la situación.
—Bien —suspiró Douglas—. Me alegra oírlo. No es fácil de describir. Ya comprenderá, entonces, lo que necesitamos. En los casos anteriores, los neutralizamos en el espacio: una dosis de vibrotubos y recuperamos los contenidos originales. Esta vez, sin embargo, debemos seguir los cauces legales. —Tomó una grabadora de vídeo—. Necesitamos su declaración, señora Herrick. Como no hay cambios físicos, carecemos de pruebas directas. Solo podemos presentar su testimonio sobre la alteración del carácter.
Le tendió la grabadora. Jill la tomó despacio.
—El tribunal aceptará su testimonio, sin duda. Eso nos dejará las manos libres y procederemos. Si sale bien, todo volverá a ser exactamente como antes.
Jill miró al hombre que aguardaba en silencio en el rincón, con la chaqueta y el bastón en la mano.
—¿Como antes? —preguntó—. ¿Qué quiere decir?
—Como antes del cambio.
Jill se volvió hacia Douglas. Depositó la grabadora sobre la mesa con perfecta calma.
—¿A qué cambio se refiere?
Douglas palideció. Se humedeció los labios. Todos la miraron fijamente.
—El cambio en él —respondió, señalando al hombre.
—¡Jill! —gritó Frank—. ¿Qué te pasa? —Corrió hacia ella—. ¡Sabes perfectamente a qué cambio nos referimos!
—Pues me sorprende —dijo Jill, pensativa—. Yo no he notado ningún cambio.
Frank y Douglas intercambiaron una mirada.
—No lo entiendo —murmuró Frank.
—Señora Herrick… —empezó Douglas.
Jill se acercó al hombre que esperaba en silencio.
—¿Nos vamos, querido? —preguntó, tocándole el brazo—. ¿Hay algún motivo por el que mi marido no pueda irse de aquí?
El hombre y la mujer caminaban en silencio por la calle oscura.
—Bien, vamos a casa —dijo Jill.
—Es una tarde espléndida —comentó él, mirándola. Aspiró el aire profundamente—. Creo que la primavera se acerca. ¿No te parece?
Jill asintió.
—¿Vamos a pie? ¿Está lejos?
—No mucho.
El hombre la miró, serio.
—Te debo una, querida —dijo.
Jill asintió sin mirarlo.
—Debo darte las gracias. Admito que no esperaba este…
Jill se detuvo.
—¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu verdadero nombre?
Los ojos grises del hombre brillaron. Una sonrisa leve, dulce y hermosa asomó a sus labios.
—Me temo que no podrías pronunciarlo. Los sonidos… no pueden formarse.
Jill guardó silencio mientras caminaban, absorta en sus pensamientos. Las luces de la ciudad se encendían poco a poco, puntos amarillos en la oscuridad.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
—Estaba pensando que seguiré llamándote Lester —respondió Jill—. Si no te importa.
—No me importa —dijo él.
La rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí. La miró con ternura mientras avanzaban entre las luces amarillas que marcaban el camino.
—Lo que tú quieras. Todo lo que te haga feliz.
FIN
