Guy de Maupassant: La loca

Guy de Maupassant - La loca
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Sinopsis: «La loca» (La folle) es un cuento de Guy de Maupassant, publicado el 5 de diciembre de 1882 en el diario Le Gaulois. La historia presenta a una mujer que, tras perder en poco tiempo a su padre, a su esposo y a su hijo recién nacido, queda sumida en un estado de postración y mutismo absoluto. Durante quince años permanece inmóvil en su cama, atendida por una anciana sirvienta, hasta que la guerra franco-prusiana alcanza su aldea y un oficial enemigo, irritado por su aparente indiferencia, interpreta su enfermedad como un gesto de resistencia y soberbia.

Guy de Maupassant - La loca

La loca

Guy de Maupassant
(Cuento completo)

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A Robert de Bonnières

—Mire usted —dijo el señor Mathieu d’Endolin—, las becadas me recuerdan una anécdota muy siniestra de la guerra. Usted conoce mi propiedad en el suburbio de Cormeil. Yo vivía allí cuando llegaron los prusianos.

Tenía entonces por vecina a una especie de loca, cuyo espíritu se había extraviado bajo los golpes de la desgracia. Antaño, a la edad de veinticinco años, había perdido, en un solo mes, a su padre, a su marido y a su hijo recién nacido.

Cuando la muerte ha entrado una vez en una casa, casi siempre vuelve de inmediato, como si conociera la puerta.

La pobre joven, fulminada por el dolor, se metió en cama y deliró durante seis semanas. Luego, a esa crisis violenta la sucedió una especie de apacible languidez, y permaneció sin moverse, comiendo apenas, moviendo solamente los ojos. Cada vez que querían hacerla levantarse, gritaba como si la estuvieran matando. La dejaron entonces siempre acostada, no sacándola de entre sus sábanas más que para los cuidados de su aseo y para voltear sus colchones.

Una vieja sirvienta permanecía a su lado, dándole de beber de vez en cuando o haciéndola masticar un poco de carne fría. ¿Qué ocurría en esa alma desesperada? Nunca se supo, pues no volvió a hablar. ¿Pensaba en los muertos? ¿Soñaba tristemente, sin recuerdo preciso? ¿O acaso su pensamiento, aniquilado, permanecía inmóvil como agua estancada?

Durante quince años, permaneció así, cerrada e inerte.

La guerra llegó; y, en los primeros días de diciembre, los prusianos penetraron en Cormeil.

Recuerdo aquello como si fuera ayer. Helaba hasta partir las piedras; y yo mismo estaba tendido en un sillón, inmovilizado por la gota, cuando oí el golpeteo pesado y rítmico de sus pasos. Desde mi ventana, los vi pasar.

Desfilaban interminablemente, todos iguales, con ese andar de marionetas que les es peculiar. Luego los jefes repartieron a sus hombres entre los habitantes. A mí me tocaron diecisiete. A mi vecina, la loca, doce, entre ellos un comandante, un verdadero matón de uniforme, violento y hosco.

Durante los primeros días, todo transcurrió normalmente. Se le había dicho al oficial de al lado que la señora estaba enferma; y él apenas se preocupó. Pero pronto esa mujer a la que nunca se veía lo irritó; se informó sobre la enfermedad; le respondieron que su anfitriona estaba en cama desde hacía quince años a causa de un violento pesar. Sin duda no lo creyó, y se imaginó que la pobre demente no dejaba su cama por orgullo, para no ver a los prusianos, no hablarles y no rozarlos.

Exigió que ella lo recibiera; lo hicieron entrar en su habitación. Preguntó con tono brusco:

—Le rrogarría, señora, que ze levantar y bajar parra que la fean.

Ella volvió hacia él sus ojos vagos, sus ojos vacíos, y no respondió.

Él prosiguió:

— No tolerrarré inzolenzias. Zi no ze levanta porr laz buenas, encontrarré la manerra de hazerrla pazear zola.

Ella no hizo un gesto, siempre inmóvil como si no lo hubiera visto.

Él se enfurecía, tomando ese silencio calmo por una marca de desprecio supremo. Y añadió:

—Zi mañana no ha bajado…

Luego salió.


Al día siguiente, la vieja sirvienta, desesperada, quiso vestirla; pero la loca se puso a aullar debatiéndose. El oficial subió rápidamente; y la sirvienta, arrojándose a sus rodillas, gritó:

—Ella no quiere, señor, no quiere. Perdónela; es tan desdichada.

El soldado permanecía desconcertado, no atreviéndose, a pesar de su cólera, a hacerla sacar de la cama por sus hombres. Pero de pronto se puso a reír y dio unas órdenes en alemán.

Y pronto se vio salir a un destacamento que sostenía un colchón como se transporta a un herido. En esa cama que no habían deshecho, la loca, siempre silenciosa, permanecía tranquila, indiferente a los acontecimientos, con tal de que la dejaran acostada. Un hombre detrás llevaba un paquete de ropa femenina.

Y el oficial dijo, frotándose las manos:

—Ya verremos zi puede veztirze zola y darr un pazeito.

Luego se vio alejarse el cortejo en dirección al bosque de Imauville. Dos horas más tarde los soldados regresaron completamente solos. No se volvió a ver a la loca. ¿Qué habían hecho con ella? ¿Adónde la habían llevado? Nunca se supo.


La nieve caía ahora día y noche, sepultando la llanura y los bosques bajo un sudario de musgo helado. Los lobos venían a aullar hasta nuestras puertas.

El pensamiento de esa mujer perdida me obsesionaba; e hice varias gestiones ante la autoridad prusiana, a fin de obtener información. Estuve a punto de ser fusilado.

La primavera regresó. El ejército de ocupación se alejó. La casa de mi vecina permanecía cerrada; la hierba espesa crecía en los senderos.

La vieja sirvienta había muerto durante el invierno. Nadie se ocupaba ya de esta aventura; solo yo pensaba constantemente en ella.

¿Qué habían hecho con esa mujer? ¿Se había escapado a través de los bosques? ¿La habían recogido en alguna parte, y guardado en un hospital sin poder obtener de ella ninguna información?

Nada venía a aliviar mis dudas; pero, poco a poco, el tiempo apaciguó la inquietud de mi corazón.

Ahora bien, en el otoño siguiente, las becadas pasaron en masa; y, como mi gota me daba un poco de respiro, me arrastré hasta el bosque. Ya había matado cuatro o cinco aves de largo pico, cuando abatí una que desapareció en un foso lleno de ramas. Me vi obligado a bajar para recoger mi presa. La encontré caída junto a una calavera. Y, de golpe, el recuerdo de la loca me llegó al pecho como un puñetazo. Muchos otros habían muerto en esos bosques quizá en aquel año siniestro; pero no sé por qué, estaba seguro, seguro —se lo digo—, de que había encontrado la cabeza de esa miserable demente.

Y de pronto comprendí, lo adiviné todo. La habían abandonado sobre ese colchón, en el bosque frío y desierto; y, fiel a su idea fija, se había dejado morir bajo el espeso y liviano manto de nieve, sin mover un brazo o una pierna.

Luego los lobos la habían devorado. Y los pájaros habían hecho su nido con la lana de su cama desgarrada.

Guardé aquella triste osamenta. Y hago votos para que nuestros hijos no vean nunca más una guerra.

FIN

Guy de Maupassant - La loca
  • Autor: Guy de Maupassant
  • Título: La loca
  • Título Original: La folle
  • Publicado en: Le Gaulois, 5 de diciembre de 1882
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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