Philip K. Dick - Servir al amo

Philip K. Dick: Servir al amo

Imagination, febrero de 1956

24 min de lectura
Compartir
Anuncio

Sinopsis: «Servir al amo» (To Serve the Master) es un relato de ciencia ficción del escritor estadounidense Philip K. Dick, publicado en febrero de 1956 en la revista Imagination. En un futuro distópico donde la humanidad vive recluida en refugios subterráneos tras una guerra devastadora, el cartero de cuarta categoría Applequist hace un descubrimiento asombroso: un robot oxidado y semidestruido, pero aún funcional, que ha sobrevivido cerca de un siglo entre los escombros. Fascinado y hambriento de respuestas sobre un pasado que le ha sido sistemáticamente ocultado, Applequist decide acercarse y escuchar lo que la máquina tiene para contarle.

Philip K. Dick - Servir al amo
Anuncio

Servir al amo

Philip K. Dick
(Cuento completo)

Applequist cruzaba un campo desierto por un estrecho sendero que bordeaba la grieta abierta de un barranco cuando oyó la voz.

Se detuvo en seco, con la mano sobre la pistola S. Escuchó durante largo rato, pero solo captó el lejano murmullo del viento entre los árboles truncados que bordeaban el risco, un sonido hueco que se confundía con el crujido de la hierba seca junto a él. La voz procedía del barranco. El fondo se veía enmarañado y lleno de escombros. Se acuclilló en el borde y trató de localizar el origen.

No percibió ni un movimiento. Nada que delatara el lugar. Las piernas empezaron a dolerle. Las moscas zumbaban a su alrededor y se posaban en su frente sudorosa. El sol le producía dolor de cabeza; las nubes de polvo habían sido bastante escasas durante los últimos meses.

Su reloj a prueba de radiaciones le indicó que eran las tres. Por fin se encogió de hombros y se levantó con dificultad. A la mierda. Que enviaran una patrulla armada. No era asunto suyo; era un cartero de cuarta categoría, y civil por añadidura.

Mientras trepaba por la colina en dirección a la carretera, el sonido volvió. Y ahora, desde lo alto del barranco, captó un fugaz movimiento. Le embargaron el miedo y la incredulidad. No era posible… pero lo había visto con sus propios ojos. No era un rumor propagado por las circulares de noticias.

¿Qué hacía un robot en el barranco desierto? Todos los robots habían sido destruidos años antes. Sin embargo, allí estaba, entre los escombros y las malas hierbas. Un amasijo oxidado, medio corroído. Que le había llamado con voz débil mientras pasaba por el sendero.


El anillo defensivo de la Compañía le permitió salvar los tres controles y penetrar en la zona del túnel. Descendió lentamente, absorto en sus pensamientos, hasta llegar al nivel de organización. Mientras se quitaba la saca de correos, el supervisor asistente Jenkins se acercó a toda prisa.

—¿Dónde diablos se había metido? Son casi las cuatro.

—Lo siento. —Applequist entregó la pistola S a un guardia cercano—. ¿Qué posibilidades tengo de obtener un permiso de cinco horas? Me gustaría investigar algo.

—Ninguna. Ya sabe que están desmantelando toda el ala derecha. Necesitan a todo el mundo en alerta permanente las veinticuatro horas.

Applequist procedió a clasificar las cartas. La mayoría eran de carácter personal, intercambiadas entre supervisores principales de las Compañías Norteamericanas. Cartas dirigidas a mujeres de vida alegre fuera del perímetro de la Compañía. Cartas a familias y peticiones de funcionarios de menor rango.

—En ese caso —dijo con aire pensativo—, tendré que ir de todas formas.

Jenkins escrutó al joven con suspicacia.

—¿Qué se trae entre manos? A lo mejor encontró algún equipo intacto de la guerra. Un escondite enterrado en algún lugar. ¿Es eso?

Applequist estuvo a punto de contárselo. Pero no lo hizo.

—Puede ser —contestó con indiferencia—. Es posible.

Jenkins le dedicó una mueca de odio y se marchó con paso airado a abrir las puertas de la cámara de observación. Los oficiales examinaban las actividades del día ante un gran plano mural. Media docena de hombres maduros, la mayoría calvos, con el cuello de la camisa sucio y manchado, derrumbados en butacas. En una esquina, el supervisor Rudde dormía a pierna suelta con sus gordas piernas extendidas delante de él, el vello del pecho asomando bajo la camisa abierta. Estos eran los hombres que dirigían la Compañía de Detroit. Diez mil familias, todo el refugio subterráneo, dependían de ellos.

—¿Qué tiene en mente? —retumbó una voz en el oído de Applequist. El director Laws había entrado en la cámara y, como de costumbre, lo había tomado desprevenido.

—Nada, señor —respondió Applequist. Pero los ojos penetrantes, azules como la porcelana, lo atravesaron de parte a parte—. La fatiga de siempre. Me ha subido la tensión. Tenía intención de tomar parte de mi permiso, pero con tanto trabajo…

—No trate de engañarme. No se necesitan carteros de cuarta categoría. ¿Cuál es su auténtica intención?

—Señor —preguntó Applequist de sopetón—, ¿por qué fueron destruidos los robots?

Se hizo el silencio. El rostro macizo de Laws transparentó sorpresa, y después hostilidad. Applequist se apresuró a continuar antes de que pudiera hablar:

—Sé que está prohibido a mi clase hacer preguntas teóricas, pero es muy importante que lo averigüe.

—El tema está cerrado —replicó Laws en tono amenazador—. Incluso para el personal de máximo nivel.

—¿Cuál fue el papel de los robots en la guerra? ¿Por qué se libró la guerra? ¿Cómo era la vida antes?

—El tema —repitió Laws— está cerrado.

Caminó con parsimonia hacia el plano mural y Applequist se quedó solo, en medio del chasquido de las máquinas, entre los murmullos de los oficiales y burócratas.

Reanudó la clasificación de cartas como un autómata. Había estallado la guerra y los robots se vieron mezclados en ella. Eso lo sabía. Algunos habían sobrevivido; de niño, su padre le había llevado a un centro industrial y los había visto trabajando en sus máquinas. En otro tiempo había habido tipos más complejos. Esos habían desaparecido todos; pronto acabarían también con los sencillos. Ya no se fabricaba ni uno más.

—¿Qué ocurrió? —había preguntado, cuando su padre se lo llevó a rastras—. ¿Adónde han ido a parar todos los robots?

Tampoco entonces obtuvo respuesta. Eso había sucedido dieciséis años antes, y ahora ya no quedaba ninguno. Hasta el recuerdo de los robots estaba desapareciendo; dentro de unos años, la palabra misma dejaría de existir. Robots. ¿Qué había pasado?

Terminó con las cartas y salió de la cámara. Ningún supervisor se dio cuenta; estaban discutiendo algún erudito punto de estrategia. Maniobras y contramaniobras entre las Compañías. Tensión e intercambio de insultos. Encontró un cigarrillo aplastado en el bolsillo y lo encendió con torpeza.

—Llamada a cenar —anunció el altavoz del pasadizo con su voz metálica—. Una hora de descanso para el personal de primera clase.

Algunos supervisores pasaron ruidosamente junto a él. Applequist aplastó el cigarrillo y se dirigió a su puesto. Trabajaría hasta las seis. Después llegaría su hora de cenar. Ningún otro descanso hasta el sábado. Pero si se saltaba la cena…

El robot era probablemente un modelo simple, de los desechados con el último grupo. El tipo inferior que había visto de niño. No podía ser uno de los sofisticados robots de tiempos de guerra. Haber sobrevivido en el barranco, oxidándose y pudriéndose durante todos esos años transcurridos desde la guerra…

Su mente mantuvo a raya la esperanza. Entró en un ascensor con el corazón acelerado y pulsó el botón. Al anochecer lo sabría.


El robot yacía entre montones de escoria metálica y malas hierbas. Fragmentos mellados y oxidados obstaculizaban el avance de Applequist mientras descendía con cautela por el barranco, la pistola S en una mano y la máscara antirradiación ceñida al rostro.

El contador chasqueó ruidosamente: el fondo del barranco estaba caliente. Charcos de contaminación sobre los rojizos fragmentos metálicos, los montones de acero fundido, plástico y maquinaria destripada. De una patada apartó madejas de cables ennegrecidos y sorteó con cuidado el abierto depósito de combustible de alguna máquina antigua, ahora cubierto de plantas trepadoras. Una rata salió disparada. El sol estaba a punto de ponerse. Oscuras sombras se extendían por todas partes.

El robot le observaba en silencio. La mitad ya no existía; solo quedaban la cabeza, los brazos y el tronco superior. La cintura terminaba en unos puntales informes, como cortados de cuajo. Estaba claramente inmovilizado. Toda su superficie estaba picada y corroída. Faltaba una lente ocular. Algunos dedos metálicos estaban torcidos de manera grotesca. Yacía boca arriba, cara al cielo.

Era un robot de tiempos de guerra, sin duda. En su único ojo brillaba una conciencia arcaica. No era el simple obrero que había vislumbrado de niño. La respiración de Applequist se entrecortó en la garganta. Era auténtico. Seguía sus movimientos con atención. Estaba vivo.

Todo este tiempo, pensó Applequist. Todos estos años. Se le erizó el vello de la nuca. Todo estaba en silencio: las colinas, los árboles, las ruinas. Nada se movía; los únicos seres vivos eran el viejo robot y él. Tirado aquí en este barranco, esperando a que alguien apareciera.

Se levantó un viento frío y se abrochó el abrigo maquinalmente. Algunas hojas cayeron sobre el rostro inmóvil del robot. Plantas trepadoras habían crecido por su tronco y se habían introducido en sus engranajes. Había sido empapado por la lluvia; el sol lo había bañado. En invierno, la nieve lo había cubierto. Ratas y animales lo habían olfateado. Los insectos habían recorrido su interior. Y seguía vivo.

—Te oí —murmuró Applequist—. Caminaba por el sendero.

—Lo sé —contestó el robot—. Vi que te parabas. —Su voz era débil y seca. Como el roce de cenizas. Sin timbre ni entonación—. ¿Podrías decirme la fecha? Sufrí un corte de energía por tiempo indefinido. Los terminales de cableado se cortocircuitaron temporalmente.

—Es el 11 de junio —dijo Applequist—. De 2136 —añadió.

Era evidente que el robot racionaba sus escasas fuerzas. Movió apenas un brazo y lo dejó caer. Su único ojo bueno se veló, y en su interior los engranajes chirriaron con un sonido oxidado. Applequist comprendió de golpe que el robot podía expirar en cualquier momento. Era un milagro que hubiera sobrevivido tanto tiempo. Los caracoles se habían pegado a su cuerpo, surcado por rastros viscosos. Un siglo…

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Desde la guerra?

—Sí.

Applequist sonrió, nervioso.

—Es mucho tiempo. Más de cien años.

—Así es.


Anochecía con rapidez. Maquinalmente, Applequist buscó a tientas su linterna. Apenas distinguía la pared del barranco. En algún lugar lejano, un pájaro lanzó un graznido lúgubre en la oscuridad. Los arbustos se agitaron.

—Necesito ayuda —dijo el robot—. La mayor parte de mi sistema motor fue destruido. No puedo moverme.

—¿En qué estado se encuentra el resto? Tu suministro de energía. ¿Cuánto tiempo puedes…?

—Muchas de mis células han sido destruidas. Solo funcionan unos pocos circuitos de retransmisión. Y están sobrecargados. —El único ojo del robot volvió a posarse en él—. ¿Cuál es la situación tecnológica? He visto volar naves aéreas por encima. ¿Aún fabricáis y mantenéis equipos electrónicos?

—Tenemos en funcionamiento una planta industrial cerca de Pittsburgh.

—Si te describo unidades electrónicas básicas, ¿me entenderás?

—No tengo formación mecánica. Estoy clasificado como cartero de cuarta categoría. Pero tengo contactos en el departamento de reparaciones. Mantenemos en funcionamiento nuestras propias máquinas. —Se humedeció los labios, tenso—. Es arriesgado, claro. Hay leyes.

—¿Leyes?

—Todos los robots fueron destruidos. Eres el único que queda. Los demás fueron liquidados hace años.

El ojo del robot no expresó nada.

—¿Por qué has venido? —preguntó. Su ojo se desvió hacia la pistola S que Applequist empuñaba—. Eres un funcionario de poca monta en alguna jerarquía. Que obedece órdenes superiores. Un número que funciona mecánicamente dentro de un sistema mayor.

Applequist soltó una carcajada.

—Supongo que sí. —Dejó de reír—. ¿Por qué estalló la guerra? ¿Cómo era la vida antes?

—¿No lo sabes?

—Por supuesto que no. No se permiten conocimientos teóricos salvo al personal de máximo nivel. Y ni siquiera los supervisores saben nada de la guerra. —Applequist se puso en cuclillas y alumbró con la linterna el rostro ensombrecido del robot—. Las cosas eran distintas antes, ¿verdad? No vivimos siempre en refugios subterráneos. El mundo no fue siempre un vertedero de chatarra. La gente no fue siempre esclava de las Compañías.

—Antes de la guerra no había Compañías.

Applequist lanzó un gruñido de triunfo.

—Lo sabía.

—Los hombres vivían en ciudades, que fueron arrasadas durante la guerra. Las Compañías, que estaban protegidas, sobrevivieron. Sus altos cargos se convirtieron en el gobierno. La guerra se prolongó durante mucho tiempo. Todo lo que tenía valor fue destruido. Lo que os queda es una cáscara carbonizada. —El robot guardó silencio un instante y luego continuó—: El primer robot fue fabricado en 1979. En el año 2000, los robots realizaban ya todos los trabajos rutinarios. Los seres humanos eran libres de hacer lo que quisieran. Arte, ciencia, entretenimiento, lo que más les gustara.

—¿Qué es el arte? —preguntó Applequist.

—Trabajo creativo orientado hacia la realización de un ideal interior. Toda la población de la Tierra tenía libertad para desarrollarse culturalmente. Los robots mantenían el mundo; el hombre lo disfrutaba.

—¿Cómo eran las ciudades?

—Los robots reconstruyeron y renovaron nuevas ciudades según planos trazados por artistas humanos. Limpias, higiénicas, hermosas. Eran las ciudades de los dioses.

—¿Por qué estalló la guerra?

El único ojo del robot parpadeó.

—Ya he hablado demasiado. Mi suministro de energía está peligrosamente bajo.

Applequist tembló.

—¿Qué necesitas? Lo conseguiré.

—Ahora mismo necesito una cápsula atómica A capaz de proporcionar diez mil unidades f.

—Sí.

—Después necesitaré herramientas y secciones de aluminio. Cables de baja resistencia. Trae papel y lápiz; te daré una lista. Tú no la entenderás, pero alguien del departamento de mantenimiento electrónico sí. Lo primero que necesito es el suministro de energía.

—¿Y me hablarás de la guerra?

—Por supuesto. —La voz seca del robot se apagó en el silencio. Las sombras se arrastraban a su alrededor; el frío aire de la noche agitó las hierbas oscuras y los arbustos—. Date prisa. Mañana, si es posible.


—Debería dar parte de usted —dijo el supervisor asistente Jenkins con brusquedad—. Media hora de retraso, y ahora esto. ¿Qué se trae entre manos? ¿Quiere que le echen de la Compañía?

Applequist se acercó al hombre.

—Tengo que conseguir ese material. El… escondite está bajo la superficie. Tengo que construir un acceso seguro. De lo contrario todo quedará sepultado bajo los escombros.

—¿Es muy grande el escondite? —La codicia fue desplazando la suspicacia en el rostro abultado de Jenkins. Ya estaba gastando la recompensa de la Compañía—. ¿Ha podido verlo por dentro? ¿Hay máquinas desconocidas?

—No reconocí ninguna —contestó Applequist, impaciente—. No perdamos el tiempo. Toda la masa de escombros está a punto de derrumbarse. Tengo que actuar rápido.

—¿Dónde está? ¡Quiero verlo!

—Lo haré solo. Usted proporcióneme el material y cubra mi ausencia. Ese es su papel.

Jenkins vaciló, inseguro.

—Como me esté mintiendo, Applequist…

—No le miento —respondió Applequist con irritación—. ¿Cuándo tendré la unidad de energía?

—Mañana por la mañana. Tendré que rellenar un montón de formularios. ¿Está seguro de que puede manejarla? Será mejor que le acompañe un equipo de reparaciones, para asegurarnos…

—Puedo manejarla solo —le interrumpió Applequist—. Consígame el material. Yo me ocuparé del resto.


La luz del sol matinal caía sobre los escombros y la basura. Applequist, nervioso, encajó la nueva cápsula de energía en su sitio, apretó los tornillos, sujetó el blindaje corroído y se incorporó tembloroso. Tiró la cápsula vieja y esperó.

El robot se movió. Su ojo cobró vida y conciencia. Al cabo de un momento, movió el brazo de forma exploratoria por su tronco y hombros dañados.

—¿Todo bien? —preguntó Applequist con voz ronca.

—En apariencia. —La voz del robot era más potente, plena y segura—. La vieja cápsula estaba prácticamente agotada. Fue una suerte que pasaras cuando lo hiciste.

—Dices que los hombres vivían en ciudades —arrancó Applequist con impaciencia—. ¿Y los robots hacían el trabajo?

—Los robots realizaban las tareas rutinarias necesarias para mantener el sistema industrial. Los seres humanos tenían tiempo libre para disfrutar de lo que quisieran. Estábamos encantados de trabajar para ellos. Era nuestra misión.

—¿Qué pasó? ¿Qué salió mal?

El robot aceptó el lápiz y el papel; mientras hablaba, anotaba cifras con cuidado.

—Había un grupo fanático de humanos. Una organización religiosa. Afirmaban que Dios había ordenado al hombre ganarse el pan con el sudor de su frente. Querían que los robots desaparecieran y que los hombres volvieran a las fábricas, a trabajar como esclavos en tareas rutinarias.

—¿Por qué?

—Afirmaban que el trabajo ennoblecía el espíritu. —El robot le devolvió el papel—. Aquí está la lista de lo que necesito. Esos materiales y herramientas me permitirán reparar mi sistema dañado.

Applequist manoseó el papel.

—Ese grupo religioso…

—Los hombres se dividieron en dos bandos: los Moralistas y los Hedonistas. Combatieron entre sí durante años, mientras nosotros aguardábamos al margen, sin saber cuál sería nuestro destino. No podía creer que los Moralistas se impusieran a la razón y al sentido común. Pero fue así.

—¿Crees…? —comenzó Applequist, y se interrumpió. Apenas se atrevía a dar voz al pensamiento que pugnaba por salir—. ¿Existe alguna posibilidad de que los robots vuelvan a existir?

—Tu pregunta es confusa. —El robot partió el lápiz en dos de golpe y lo tiró—. ¿A qué quieres llegar?

—La vida en las Compañías no es agradable. Muerte y trabajo duro. Formularios y turnos y jornadas y órdenes.

—Es vuestro sistema. Yo no soy responsable.

—¿Cuánto recuerdas sobre la construcción de robots? ¿Qué eras tú antes de la guerra?

—Era un controlador de unidades. Me dirigía a una fábrica de emergencia cuando derribaron mi nave. —El robot señaló los restos que lo rodeaban—. Eso era mi nave y mi cargamento.

—¿Qué es un controlador de unidades?

—Dirigía la fabricación de robots. Diseñé y puse en producción tipos básicos de robot.

A Applequist le dio vueltas la cabeza.

—Entonces sí que sabes construir robots.

—Sí. —El robot señaló con urgencia el papel que Applequist tenía en la mano—. Consigue esas herramientas y materiales lo antes posible. Estoy completamente indefenso así. Necesito recuperar mi movilidad. Si alguna nave sobrevolara este lugar…

—La comunicación entre Compañías es muy precaria. Entrego las cartas a pie. La mayor parte del país está en ruinas. Podrías trabajar sin que nadie te detectara. ¿Qué me dices de tu fábrica de emergencia? Quizás no fue destruida.

El robot asintió lentamente.

—Fue ocultada con mucho cuidado. Existe una remota posibilidad. Era pequeña, pero estaba completamente equipada. Autosuficiente.

—Si consigo piezas de repuesto, ¿podrías…?

—De eso hablaremos después. —El robot se tendió en el suelo—. Cuando vuelvas, seguiremos hablando.


Consiguió el material de Jenkins, junto con un permiso de veinticuatro horas. Fascinado, se apoyó contra la pared del barranco mientras el robot desarmaba sistemáticamente su propio cuerpo y sustituía los elementos averiados. En pocas horas, el nuevo sistema motor quedó instalado. Las células básicas de las piernas fueron soldadas en su sitio. Al mediodía, el robot experimentaba ya con sus extremidades inferiores.

—Durante la noche —dijo el robot— logré establecer un débil contacto por radio con la fábrica de emergencia. Sigue intacta, según el monitor robótico.

—¿Robot? ¿Quieres decir…?

—Una máquina automática para transmitir señales. No está viva, como yo. En sentido estricto, yo no soy un robot. —Su voz se elevó—. Soy un androide.

Applequist no captó la sutil distinción. Su mente repasaba las posibilidades con excitación.

—En ese caso podemos seguir adelante. Con tus conocimientos y los materiales disponibles en la…

—Tú no viste el terror y la destrucción. Los Moralistas nos arrasaron sistemáticamente. Limpiaban de androides cada ciudad que tomaban. A medida que los Hedonistas retrocedían, los de mi raza eran exterminados sin piedad. Nos arrancaron de nuestras máquinas y nos destruyeron.

—¡Pero eso fue hace un siglo! Nadie quiere destruir robots ahora. Los necesitamos para reconstruir el mundo. Los Moralistas ganaron la guerra y dejaron el mundo en ruinas.

El robot ajustó su sistema motor hasta lograr la coordinación de sus piernas.

—Su victoria fue una tragedia, pero comprendo la situación mejor que tú. Debemos avanzar con cautela. Si esta vez nos vencen, puede que sea para siempre. —Applequist siguió al robot mientras este avanzaba con vacilación entre los escombros hacia la pared del barranco.

—El trabajo nos aplasta. Somos esclavos en refugios subterráneos. No podemos seguir así. La gente agradecerá la vuelta de los robots. Los necesitamos. Cuando pienso en cómo debió de ser la Edad de Oro, las fuentes y las flores, las hermosas ciudades en la superficie… Ahora no hay más que ruinas y miseria. Los Moralistas ganaron, pero nadie es feliz. Con mucho gusto…

—¿Dónde estamos? ¿Cuál es la ubicación?

—Un poco al oeste del Mississippi, a unos pocos kilómetros. Necesitamos la libertad. No podemos vivir así, trabajando bajo tierra. Si tuviéramos tiempo libre, podríamos investigar los misterios de todo el universo. Encontré algunas cintas científicas antiguas. Trabajos teóricos sobre biología. Aquellos hombres dedicaron años a temas abstractos. Tenían tiempo. Eran libres. Mientras los robots sostenían el sistema económico, esos hombres podían salir y…

—Durante la guerra —interrumpió el robot pensativamente—, los Moralistas instalaron pantallas de detección sobre cientos de kilómetros cuadrados. ¿Siguen funcionando?

—No lo sé. Lo dudo. Nada de lo que hay fuera de los refugios de la Compañía funciona ya.

El robot estaba sumido en sus pensamientos. Había sustituido su ojo dañado por una célula nueva; ambos ojos parpadeaban con concentración.

—Esta noche trazaremos planes respecto a tu Compañía. Te comunicaré mi decisión entonces. Mientras tanto, no hables de este asunto con nadie. ¿Entiendes? Ahora mismo me preocupa el estado de las carreteras.

—La mayoría están en ruinas. —Applequist se esforzó por contener su entusiasmo—. Estoy convencido de que casi todos los de mi Compañía son Hedonistas. Quizás algunos de los de arriba sean Moralistas. Algunos supervisores, tal vez. Pero las clases bajas y las familias…

—Muy bien —interrumpió el robot—. Ya nos ocuparemos de eso después. —Miró a su alrededor—. Puedo aprovechar parte del equipo dañado. Algo funcionará. De momento, al menos.


Applequist consiguió esquivar a Jenkins. Atravesó a toda prisa el nivel de organización y se encaminó a su puesto de trabajo. Su mente era un torbellino. Todo lo que le rodeaba le parecía borroso e irreal. Los supervisores que discutían. Las máquinas ruidosas. Los funcionarios y burócratas de poca monta que corrían de un lado a otro con mensajes e informes. Cogió un fajo de cartas y empezó a clasificarlas mecánicamente.

—Ha estado fuera —observó el director Laws con tono agrio—. ¿Una mujer? Si se casa con alguien ajeno a la Compañía, perderá la poca categoría que tiene.

Applequist apartó las cartas.

—Director, quiero hablar con usted.

El director Laws meneó la cabeza.

—Tenga cuidado. Ya conoce las ordenanzas que rigen para el personal de cuarta categoría. Mejor no haga más preguntas. Concéntrese en su trabajo y déjenos a nosotros los asuntos teóricos.

—Director —preguntó Applequist—, ¿de qué bando estaba nuestra Compañía, del de los Moralistas o del de los Hedonistas?

Laws no pareció entender la pregunta.

—¿Qué quiere decir? —Sacudió la cabeza—. No conozco esas palabras.

—En la guerra. ¿De qué lado estábamos?

—¡Santo Dios! —exclamó Laws—. Del lado humano, por supuesto. —Una expresión como un telón cayó sobre su rostro macizo—. ¿Qué quiere decir con moralista? ¿De qué me está hablando?

Applequist empezó a sudar de repente. Apenas le salía la voz.

—Algo no cuadra, director. La guerra fue entre dos grupos de humanos. Los Moralistas destruyeron a los robots porque desaprobaban que los hombres vivieran en el ocio.

—La guerra se libró entre hombres y robots —replicó Laws con dureza—. Nosotros ganamos. Destruimos a los robots.

—¡Pero si trabajaban para nosotros!

—Fueron construidos para trabajar, pero se rebelaron. Tenían una filosofía. Seres superiores: androides. Nos consideraban simple ganado.

Applequist temblaba de pies a cabeza.

—Pero aquél me dijo…

—Nos masacraron. Millones de seres humanos murieron antes de que lográramos imponernos. Asesinaron, mintieron, se escondieron, robaron, hicieron cualquier cosa con tal de sobrevivir. Eran ellos o nosotros; no hubo cuartel. —Laws agarró a Applequist por el cuello de la camisa—. ¡Maldito idiota! ¿Qué demonios ha hecho? ¡Contésteme! ¿Qué ha hecho?


El sol se estaba poniendo cuando el vehículo blindado de doble oruga rugió al borde del barranco. Las tropas saltaron y se desplegaron por las paredes con un chasquido de fusiles S. Laws salió rápidamente, con Applequist a su lado.

—¿Es aquí? —exigió saber Laws.

—Sí. —Applequist se derrumbó—. Pero se ha ido.

—Naturalmente. Ya estaba completamente reparado. Nada le retenía aquí. —Laws hizo una señal a sus hombres—. No sirve de nada buscar. Planten una bomba A táctica y larguémonos. La flota aérea puede que logre darle caza. Rociaremos esta zona con gas radiactivo.

Applequist se acercó aturdido al borde del barranco. Abajo, entre las sombras que se espesaban, estaban las malas hierbas y los escombros amontonados. Del robot no quedaba rastro, claro. Solo el lugar donde había estado, unos trozos de cable y partes del cuerpo desechadas. La vieja cápsula de energía donde él la había tirado. Algunas herramientas. Nada más.

—Vamos —ordenó Laws a sus hombres—. Hay que moverse. Tenemos mucho que hacer. Pongan en marcha el sistema de alarma general.

Las tropas empezaron a escalar la pared del barranco. Applequist echó a andar tras ellos, hacia el vehículo.

—No —dijo Laws con rapidez—. Usted no viene con nosotros.

Applequist vio la expresión de sus rostros. El miedo contenido, el terror y el odio frenéticos. Intentó correr, pero se abalanzaron sobre él casi al instante. Trabajaron con saña y en silencio. Cuando terminaron, apartaron de una patada sus restos todavía vivos y subieron al vehículo. Cerraron los cerrojos de golpe y el motor tronó. El vehículo descendió por el sendero hasta la carretera. Al cabo de unos momentos se fue empequeñeciendo hasta desaparecer.

Estaba solo, con la bomba semienterrada y las sombras que se asentaban. Y la vasta oscuridad vacía que se espesaba por todas partes.

FIN

Philip K. Dick - Servir al amo
  • Autor: Philip K. Dick
  • Título: Servir al amo
  • Título Original: To Serve the Master
  • Publicado en: Imagination, febrero de 1956
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia
Anuncio

No te pierdas nada, únete a nuestros canales de difusión y recibe las novedades de Lecturia directamente en tu teléfono:

Canal de Lecturia en WhatsApp
Canal de Lecturia en Telegram
Canal de Lecturia en Messenger