Sinopsis: «El informe de la minoría» (The Minority Report) es un relato del escritor estadounidense Philip K. Dick, publicado en enero de 1956 en la revista Fantastic Universe. John A. Anderton es el comisionado de policía fundador de Precrimen, una agencia que detiene a los criminales antes de que cometan sus delitos gracias a las visiones de tres mutantes precognitivos, capaces de ver líneas alternativas de tiempo. Cuando Ed Witwer, un joven ambicioso, llega para ser su asistente y eventualmente reemplazarlo, Anderton empieza a sentirse desplazado y vulnerable. La rutina se quiebra cuando el sistema emite una tarjeta que lo señala a él mismo como un futuro asesino. Convencido de que su nuevo asistente le ha tendido una trampa para usurpar su puesto, Anderton huye para proteger su libertad y desentrañar una posible falla en las visiones de los precogs.

El informe de la minoría
Philip K. Dick
(Cuento completo)
I
«Me estoy quedando calvo», pensó Anderton al ver al joven. «Calvo y gordo y viejo.» Pero no lo dijo en voz alta. En cambio, empujó la silla hacia atrás, se puso de pie y rodeó el escritorio con la mano derecha firmemente extendida. Sonriendo con forzada amabilidad, le estrechó la mano al joven.
—¿Witwer? —preguntó, ingeniándoselas para que el tono sonara cordial.
—Así es —dijo el joven—. Pero puede llamarme Ed, por supuesto. Es decir, si comparte mi rechazo por las formalidades innecesarias.
La expresión de su rostro rubio, excesivamente seguro de sí mismo, indicaba que el asunto estaba zanjado. Serían Ed y John: todo sería agradablemente cooperativo desde el principio.
—¿Tuvo mucho problema para encontrar el edificio? —preguntó Anderton con cautela, haciendo caso omiso de la actitud demasiado amistosa.
¡Dios, tenía que aferrarse a algo! El miedo lo rozó y empezó a sudar. Witwer se paseaba por la oficina como si ya fuera el dueño, como si estuviera midiéndola. ¿No podía esperar un par de días, un intervalo decente?
—No, ninguno —respondió Witwer alegremente, con las manos en los bolsillos. Examinó con avidez los voluminosos archivos alineados a lo largo de la pared—. No vine a su agencia a ciegas. Tengo mis propias ideas sobre el modo en que se maneja Precrimen.
Anderton encendió la pipa con mano temblorosa.
—¿Y cómo se maneja? Me gustaría saberlo.
—Nada mal —dijo Witwer—. A decir verdad, muy bien.
Anderton lo miró fijamente.
—¿Es su opinión personal? ¿O es solo un decir?
Witwer sostuvo su mirada con franqueza.
—Personal y pública. El Senado está complacido con su trabajo. Más aún, está entusiasmado. —Añadió—: Tan entusiasmado como pueden estarlo los viejos.
Anderton hizo una mueca, aunque por fuera logró permanecer impasible. Le costó un esfuerzo, sin embargo. Se preguntaba qué pensaba realmente Witwer. ¿Qué ocurría en ese cráneo rapado? Los ojos del joven eran azules, brillantes y turbadoramente perspicaces. Witwer no era ningún tonto. Y, evidentemente, tenía mucha ambición.
—Según tengo entendido —dijo Anderton con cautela—, va a ser mi asistente hasta que me jubile.
—Así lo entiendo yo también —respondió el otro sin vacilar un instante.
—Lo cual puede suceder este año, o el próximo, o dentro de diez años. —La pipa tembló en la mano de Anderton—. No tengo ninguna obligación de jubilarme. Fundé Precrimen y puedo quedarme aquí todo el tiempo que quiera. La decisión es exclusivamente mía.
Witwer asintió, con la misma expresión inocente de siempre.
—Por supuesto.
Con un esfuerzo, Anderton se calmó un poco.
—Solo quería dejar las cosas claras.
—Mejor desde el principio —convino Witwer—. Usted manda. Se hace lo que usted diga. —Con apariencia de total sinceridad, preguntó—: ¿Le molestaría mostrarme la organización? Me gustaría familiarizarme con la rutina general cuanto antes.
Mientras recorrían las atareadas oficinas bañadas en luz amarillenta, Anderton dijo:
—Conoce la teoría del precrimen, ¿no es así? Supongo que podemos darlo por sentado.
—Tengo la información públicamente disponible —respondió Witwer—. Con la ayuda de sus mutantes precog, han abolido con audacia y éxito el sistema punitivo posdelictivo de cárceles y multas. Como todos sabemos, el castigo nunca fue gran cosa como elemento disuasorio, y difícilmente hubiera podido dar consuelo a una víctima que ya estaba muerta.
Habían llegado al ascensor. Mientras este los llevaba velozmente hacia abajo, Anderton dijo:
—Seguramente habrá captado el problema legalista básico de la metodología de Precrimen. Estamos deteniendo a individuos que no han infringido ninguna ley.
—Pero que sin duda la infringirán —afirmó Witwer con convicción.
—Afortunadamente no…, porque los atrapamos primero, antes de que puedan cometer un acto violento. De modo que la comisión del crimen en sí misma es pura metafísica. Sostenemos que son culpables. Ellos, por su parte, eternamente alegan que son inocentes. Y, en cierto sentido, lo son.
El ascensor se detuvo y volvieron a caminar por otro corredor amarillo.
—En nuestra sociedad no hay grandes crímenes —continuó Anderton—, pero tenemos un campo de detención repleto de delincuentes potenciales.
Las puertas se abrieron y cerraron hasta que llegaron al ala de análisis. Frente a ellos se alzaban impresionantes bancos de equipos: los receptores de datos y los mecanismos de cómputo que estudiaban y reestructuraban el material entrante. Y más allá de la maquinaria, casi perdidos en ese laberinto de cables, estaban los tres precogs.
—Ahí están —dijo Anderton con sequedad—. ¿Qué piensa de ellos?
En la penumbra, los tres idiotas balbuceaban. Cada expresión incoherente, cada sílaba al azar, era analizada, comparada, recompuesta en forma de símbolos visuales, copiada en tarjetas perforadas convencionales e introducida en ranuras codificadas. Todo el día los idiotas balbuceaban, aprisionados en sus sillas de alto respaldo, sujetos en una sola posición rígida por bandas metálicas, manojos de cables y abrazaderas. Sus necesidades físicas eran atendidas de forma automática. No tenían necesidades espirituales. Como vegetales, mascullaban, dormitaban y existían. Sus mentes estaban embotadas, confusas, perdidas en las sombras.
Pero no en las sombras del presente. Esas tres criaturas balbucientes, de cabezas hipertrofiadas y cuerpos consumidos, contemplaban el futuro. La maquinaria de análisis registraba profecías, y mientras los tres idiotas precog hablaban, las máquinas escuchaban con atención.
Por primera vez el rostro de Witwer perdió su despreocupada confianza. Una expresión de malestar y consternación se insinuó en sus ojos: una mezcla de vergüenza y escándalo moral.
—No es… agradable —murmuró—. No sabía que fueran tan… —gesticuló, buscando la palabra apropiada—. Tan… deformes.
—Deformes y retardados —convino Anderton de inmediato—. En especial la chica. Donna tiene cuarenta y cinco años, pero aparenta diez. El talento lo absorbe todo; el lóbulo extrasensorial atrofia el resto de la zona frontal. Pero ¿qué nos importa? Obtenemos sus profecías. Nos transmiten lo que necesitamos. Ellos no entienden nada de lo que dicen, pero nosotros sí.
Más tranquilo, Witwer cruzó la habitación hacia las máquinas. De una ranura sacó un fajo de tarjetas.
—¿Estos son los nombres que han salido? —preguntó.
—Evidentemente. —Frunciendo el ceño, Anderton le quitó el fajo de las manos—. No he tenido tiempo de revisarlas —explicó con impaciencia, ocultando su irritación.
Fascinado, Witwer observó cómo la maquinaria depositaba una nueva tarjeta en la ranura que ahora estaba vacía. Le siguió una segunda y luego una tercera. De los discos giratorios salía una tarjeta tras otra.
—Los precogs deben de ver muy lejos en el futuro —exclamó Witwer.
—Ven un horizonte bastante limitado —lo informó Anderton—. Una semana o dos a lo sumo. Gran parte de sus datos no nos sirven: simplemente no son relevantes para nuestra área. Se los pasamos a los organismos correspondientes, que a su vez nos proveen datos a nosotros. Toda oficina importante tiene su sótano de valiosos monos.
—¿Monos? —Witwer lo miró con desconcierto—. Ah, ya entiendo, como la estatuilla: No veo, no hablo, etcétera. Muy gracioso.
—Muy apropiado. —Automáticamente, Anderton recogió las nuevas tarjetas que había expulsado la maquinaria giratoria—. Algunos de estos nombres serán descartados por completo. Y la mayoría de los restantes registran delitos menores: robos, evasión de impuestos, agresiones, extorsiones. Como seguramente sabe, Precrimen ha reducido los delitos graves en un noventa y nueve coma ocho por ciento. Rara vez vemos un homicidio o una traición. Al fin y al cabo, el culpable sabe que lo encerraremos en el campo de detención una semana antes de que tenga la oportunidad de cometer el crimen.
—¿Cuándo fue la última vez que se cometió un homicidio? —preguntó Witwer.
—Hace cinco años —dijo Anderton, con orgullo en la voz.
—¿Cómo ocurrió?
—El criminal se nos escapó. Teníamos su nombre…, de hecho, teníamos todos los detalles del crimen, incluido el nombre de la víctima. Sabíamos el momento exacto y el lugar del acto de violencia planeado. Aun así, lo cometió. —Anderton se encogió de hombros—. Al fin y al cabo, no podemos atraparlos a todos. —Hojeó las tarjetas—. Pero a la mayoría sí.
—Un homicidio en cinco años. —La confianza de Witwer volvía—. Un historial bastante impresionante…, algo de qué enorgullecerse.
—Estoy orgulloso —dijo Anderton en voz queda—. Hace treinta años elaboré la teoría…, en los tiempos en que los oportunistas pensaban en incursiones rápidas en el mercado bursátil. Yo vislumbré algo legítimo…, algo de enorme valor social.
Le arrojó el paquete de tarjetas a Wally Page, su subordinado a cargo del edificio de los monos.
—Fíjate cuáles nos sirven —le dijo—. Usa tu propio criterio.
Mientras Page desaparecía con las tarjetas, Witwer dijo pensativo:
—Es una gran responsabilidad.
—Sí que lo es —convino Anderton—. Si dejamos escapar a un criminal, como ocurrió hace cinco años, tenemos una vida humana sobre la conciencia. Somos los únicos responsables. Si fallamos, alguien muere. —Con gesto sombrío, extrajo tres nuevas tarjetas de la ranura—. Es una responsabilidad pública.
—¿Alguna vez siente la tentación de…? —Witwer vaciló—. Quiero decir, algunos de los hombres que detiene deben de ofrecerle sumas generosas.
—No serviría de nada. Un duplicado de las tarjetas sale automáticamente en el cuartel general del Ejército. Es un sistema de control mutuo. Ellos pueden vigilarnos todo lo que quieran. —Anderton echó un vistazo a la tarjeta de arriba—. De manera que aunque quisiéramos aceptar un…
Se interrumpió, con los labios tensos.
—¿Qué sucede? —preguntó Witwer con curiosidad.
Con cuidado, Anderton dobló la tarjeta y se la guardó en el bolsillo.
—Nada —murmuró—. Nada en absoluto.
La aspereza de su voz hizo sonrojar a Witwer.
—Usted realmente no me tiene simpatía —observó.
—Es cierto —admitió Anderton—. No se la tengo. Pero…
No podía creer que ese joven le cayera tan mal. No parecía posible…, no era posible. Aturdido, trató de ordenar sus pensamientos que se arremolinaban.
En la tarjeta estaba su nombre. Línea uno: ¡un futuro asesino ya acusado! Según las perforaciones en código, el comisionado de Precrimen, John A. Anderton, mataría a un hombre en el transcurso de la semana siguiente.
Con absoluta y abrumadora convicción, no lo creyó.
II
En la antesala, hablando con Page, estaba la joven y atractiva esposa de Anderton, Lisa. Enfrascada en una animada discusión de política, apenas levantó la vista cuando entraron Witwer y su marido.
—Hola, querida —dijo Anderton.
Witwer guardó silencio. Pero sus ojos claros parpadearon levemente al posarse sobre la mujer de cabello castaño con su pulcro uniforme policial. Lisa era ahora una funcionaria ejecutiva de Precrimen, aunque Witwer sabía que en otro tiempo había sido la secretaria de Anderton.
Al notar el interés en el rostro de Witwer, Anderton hizo una pausa y reflexionó. Para introducir la tarjeta en las máquinas habría que contar con un cómplice dentro de la organización, alguien estrechamente vinculado a Precrimen con acceso al equipo de análisis. Lisa era un elemento improbable. Pero la posibilidad existía.
Por supuesto, la conspiración podía ser de gran envergadura, implicar algo mucho más que una tarjeta manipulada insertada en algún punto del sistema. Los propios datos originales podrían haber sido alterados. En realidad, era imposible saber hasta dónde llegaba la manipulación. Un miedo frío lo invadió mientras empezaba a ver las posibilidades. Su impulso inicial —abrir las máquinas y retirar todos los datos— era inútil e irreflexivo. Probablemente las cintas coincidirían con la tarjeta: solo conseguiría incriminarse más.
Tenía aproximadamente veinticuatro horas. Luego, la gente del Ejército revisaría sus tarjetas y descubriría la discrepancia. Encontrarían en sus archivos un duplicado de la tarjeta que él se había apropiado. Solo tenía una de las dos copias, lo que significaba que la tarjeta doblada que llevaba en el bolsillo bien podría estar sobre el escritorio de Page, a la vista de todos.
Desde fuera del edificio llegó el zumbido de patrulleros que salían a sus rondas rutinarias. ¿Cuántas horas pasarían antes de que uno de ellos se detuviera frente a su casa?
—¿Qué te pasa, querido? —le preguntó Lisa con inquietud—. Pareces haber visto un fantasma. ¿Estás bien?
—Estoy bien —la tranquilizó.
De pronto Lisa pareció darse cuenta de la mirada de admiración de Ed Witwer.
—¿Es este caballero tu nuevo colega, querido? —preguntó.
Con cautela, Anderton presentó a su nuevo asociado. Lisa sonrió en cordial saludo. ¿Hubo entre ellos alguna complicidad tácita? No podía saberlo. Dios, estaba empezando a sospechar de todo el mundo: no solo de su esposa y de Witwer, sino de una docena de miembros de su propio equipo.
—¿Eres de Nueva York? —preguntó Lisa.
—No —respondió Witwer—. He vivido casi toda mi vida en Chicago. Me estoy alojando en un hotel…, uno de los grandes hoteles del centro. Espera…, tengo el nombre anotado en una tarjeta.
Mientras él hurgaba con torpeza en sus bolsillos, Lisa sugirió:
—Quizás quieras cenar con nosotros. Vamos a trabajar en estrecha colaboración, y creo que deberíamos conocernos mejor.
Sorprendido, Anderton dio un paso atrás. ¿Qué probabilidades había de que la cordialidad de su esposa fuera inocente y accidental? Witwer estaría con ellos el resto de la noche y ahora tendría una excusa para seguirlos hasta la residencia privada de Anderton. Profundamente perturbado, se volvió impulsivamente y caminó hacia la puerta.
—¿Adónde vas? —preguntó Lisa, asombrada.
—Al edificio de los monos —le respondió—. Quiero revisar unas cintas de datos bastante desconcertantes antes de que las vea el Ejército.
Estaba en el corredor antes de que ella pudiera encontrar una razón plausible para retenerlo. A paso rápido se dirigió a la rampa del extremo opuesto. Bajaba la escalera exterior a zancadas, en dirección a la acera, cuando Lisa apareció sin aliento a sus espaldas.
—¿Qué diablos te pasó? —Sujetándole el brazo, se plantó frente a él—. Sabía que ibas a irte —exclamó, cerrándole el paso—. ¿Qué te pasa? Todo el mundo cree que estás… —Se contuvo—. Quiero decir, estás actuando de manera muy errática.
La gente pasaba a su lado: la multitud habitual de la tarde. Sin hacerles caso, Anderton se zafó de los dedos de su esposa.
—Me voy —le dijo—. Mientras todavía puedo.
—¿Pero por qué?
—Me están tendiendo una trampa: deliberada y maliciosa. Este sujeto quiere quitarme el puesto. El Senado me está atacando a través de él.
Lisa lo miró sin entender.
—Pero parece un joven tan simpático.
—Simpático como una serpiente de agua.
La consternación de Lisa se convirtió en incredulidad.
—No lo creo. Querido, con toda la tensión que has tenido… —Sonriendo con incertidumbre, titubeó—: No es realmente creíble que Ed Witwer esté intentando tenderte una trampa. ¿Cómo podría hacerlo, aunque quisiera? Seguro que Ed no…
—¿Conque ahora es Ed?
—Así se llama, ¿no?
Sus ojos castaños relampaguearon, incrédulos, en una enérgica protesta.
—Santo cielo, sospechas de todo el mundo. Realmente crees que estoy implicada de alguna forma, ¿verdad?
Él reflexionó.
—No estoy seguro.
Ella se le acercó con expresión acusatoria.
—No es cierto. De verdad lo crees. Quizás deberías irte unas semanas. Necesitas urgentemente un descanso. Tanta tensión y tanto trauma, la llegada de un hombre joven… Estás actuando como un paranoico. ¿No te das cuenta? Gente conspirando contra ti… Dime, ¿tienes alguna prueba concreta?
Anderton sacó la billetera y extrajo la tarjeta doblada.
—Examínala con atención —le dijo, entregándosela.
El color desapareció de su rostro, y ella soltó un jadeo seco y áspero.
—La trampa es bastante obvia —le dijo Anderton con toda la calma que pudo—. Esto le dará a Witwer un pretexto legal para relevarme de inmediato. No tendrá que esperar a que yo renuncie. —Y añadió con gravedad—: Saben que todavía me quedan unos buenos años.
—Pero…
—Terminará con el sistema de control mutuo. Precrimen dejará de ser una agencia independiente. El Senado controlará a la policía, y después de eso… —Apretó los labios—. También absorberán al Ejército. Tiene toda la lógica del mundo desde afuera. Por supuesto que siento hostilidad y resentimiento hacia Witwer. Por supuestoque tengo un motivo. A nadie le gusta que lo reemplacen por alguien más joven y verse mandado al retiro. Todo es perfectamente plausible…, salvo que no tengo la más remota intención de matar a Witwer. Pero no puedo probarlo. ¿Qué puedo hacer entonces?
Muda, con el rostro muy pálido, Lisa sacudió la cabeza.
—No sé, querido. Si tan solo…
—Ahora mismo —dijo Anderton abruptamente— voy a casa a hacer las maletas. Hasta ahí llegan mis planes por el momento.
—¿De verdad vas a tratar de esconderte?
—Sí. Llegaré hasta los planetas de la colonia de Centauro, si es necesario. Hubo quienes lo lograron, y yo tengo una ventaja de veinticuatro horas. —Se volvió con decisión—. Regresa adentro. No tiene sentido que vengas conmigo.
—¿Pensabas que lo haría? —preguntó Lisa con voz ronca.
Sorprendido, Anderton la miró.
—¿No lo harías? —Luego murmuró con asombro—: No, ya veo que no me crees. Todavía piensas que todo esto es imaginación mía. —Golpeó la tarjeta con fuerza—. Ni siquiera esta prueba te convence.
—No —convino Lisa rápidamente—, no me convences. No la miraste con suficiente atención, querido. El nombre de Ed Witwer no aparece en ella.
Incrédulo, Anderton le arrebató la tarjeta.
—Nadie dice que vayas a matar a Ed Witwer —continuó Lisa, con voz fina y cortante—. La tarjeta tiene que ser auténtica, ¿entiendes? Y no tiene nada que ver con Ed. Él no está conspirando contra ti, ni él ni nadie más.
Demasiado confundido para responder, Anderton se quedó estudiando la tarjeta. Ella tenía razón. Ed Witwer no figuraba como su víctima. En la línea cinco, la máquina había impreso con pulcritud otro nombre.
LEOPOLD KAPLAN
Aturdido, se guardó la tarjeta. En su vida había oído hablar de ese hombre.
III
La casa estaba fresca y desierta, y casi de inmediato Anderton comenzó los preparativos para el viaje. Mientras hacía las maletas, pensamientos frenéticos le cruzaban la mente.
Quizás se había equivocado respecto a Witwer, pero ¿cómo podía estar seguro? En cualquier caso, la conspiración contra él era mucho más compleja de lo que había imaginado. Witwer, en el panorama general, podía ser apenas un títere insignificante manejado por otra persona: alguna figura distante y borrosa, apenas visible en el trasfondo.
Había sido un error mostrarle la tarjeta a Lisa. Sin duda ella se la describiría con todo detalle a Witwer. Nunca lograría salir de la Tierra, nunca tendría la oportunidad de descubrir cómo era la vida en un planeta de la frontera.
Mientras estaba absorto en esos pensamientos, un tablón crujió a sus espaldas. Se apartó de la cama, aferrando una chaqueta de montaña manchada por la lluvia, y se encontró frente al cañón de una pistola A de color gris azulado.
—No tardaron mucho —dijo, mirando con amargura al hombre de labios apretados y complexión robusta, vestido con abrigo marrón, que empuñaba el arma con la mano enguantada—. ¿Ella ni siquiera dudó?
El rostro del intruso no registró ninguna reacción.
—No sé de qué habla —dijo—. Acompáñeme.
Sorprendido, Anderton dejó caer la chaqueta.
—¿No es de mi agencia? ¿No es policía?
A pesar de sus protestas, lo sacaron a empujones de la casa hasta una limusina que esperaba fuera. Al instante, tres hombres fuertemente armados se acercaron por detrás. La portezuela se cerró de un golpe y el coche salió disparado por la autopista, alejándose de la ciudad. Impasibles y distantes, los rostros que lo rodeaban se sacudían con el movimiento del vehículo en marcha mientras campos abiertos y sombríos quedaban atrás.
Anderton todavía intentaba inútilmente comprender las implicaciones de lo ocurrido cuando el coche tomó una carretera lateral llena de baches, dobló y descendió hacia un lúgubre garaje subterráneo. Alguien gritó una orden. El pesado cerrojo metálico rechinó al cerrarse y las luces del techo parpadearon. El conductor apagó el motor.
—Tendrán motivos para arrepentirse de esto —advirtió Anderton con voz ronca, mientras lo sacaban a rastras del coche—. ¿Saben quién soy?
—Lo sabemos —dijo el hombre del abrigo marrón.
A punta de pistola, Anderton fue conducido escaleras arriba, desde el silencio húmedo del garaje hasta un corredor con una gruesa alfombra. Por lo visto estaba en una lujosa residencia privada, ubicada en la zona rural devastada por la guerra. Al fondo del corredor alcanzó a distinguir una habitación: un estudio repleto de libros, amueblado con sencillez y buen gusto. A la luz de una lámpara, con el rostro parcialmente oculto por las sombras, aguardaba un hombre al que nunca había visto.
Al acercarse Anderton, el hombre se colocó nerviosamente un par de anteojos sin montura, cerró el estuche con un clic y se humedeció los labios resecos. Era de edad avanzada, setenta años o más, y bajo el brazo llevaba un fino bastón de plata. Su cuerpo era enjuto y nervudo, y su actitud curiosamente rígida. El poco cabello que le quedaba era de un castaño polvoriento: una lisa pátina de color neutro sobre un cráneo pálido y huesudo. Solo sus ojos parecían verdaderamente alertas.
—¿Es este Anderton? —preguntó con mal humor, volviéndose hacia el hombre del abrigo marrón—. ¿Dónde lo encontraron?
—En su casa —respondió el otro—. Haciendo las maletas…, como esperábamos.
El hombre del escritorio se estremeció visiblemente.
—Haciendo las maletas. —Se quitó los anteojos y los devolvió bruscamente al estuche—. Oiga —le dijo a Anderton sin rodeos—, ¿qué le pasa? ¿Está completamente loco? ¿Cómo puede matar a un hombre al que nunca ha visto?
Anderton comprendió que el viejo era Leopold Kaplan.
—Primero seré yo quien haga una pregunta —contraatacó Anderton—. ¿Se da cuenta de lo que ha hecho? Soy el comisionado de policía. Puedo mandarlo veinte años preso.
Iba a decir más, pero una pregunta repentina lo interrumpió.
—¿Cómo se enteró? —exigió saber. Involuntariamente, la mano fue al bolsillo donde guardaba la tarjeta doblada—. Todavía falta…
—No fui notificado a través de su agencia —interrumpió Kaplan con airada impaciencia—. No me sorprende demasiado que usted nunca haya oído hablar de mí. Leopold Kaplan, general del Ejército de la Alianza Federada del Bloque Occidental. —Añadió a regañadientes—: Retirado desde el fin de la guerra anglo-china y la disolución de la AFBO.
Tenía sentido. Anderton había sospechado que el Ejército procesaba sus tarjetas duplicadas de inmediato, por su propia protección. Relajándose un poco, preguntó:
—¿Y bien? Ya me tiene aquí. ¿Qué sigue?
—Evidentemente —dijo Kaplan—, no voy a hacerlo eliminar, pues de lo contrario habría aparecido en una de esas miserables tarjetitas. Siento curiosidad por usted. Me pareció increíble que un hombre de su talla pudiera contemplar el asesinato a sangre fría de un completo desconocido. Aquí debe de haber algo más. Francamente, estoy desconcertado. Si se tratara de alguna estrategia policial… —Se encogió de hombros—. Usted no habría permitido que el duplicado llegara a nuestras manos.
—A menos —sugirió uno de sus hombres— que haya sido plantado deliberadamente.
Kaplan levantó sus vivos y pequeños ojos de pájaro y escrutó a Anderton.
—¿Qué tiene que decir usted?
—Exactamente eso —dijo Anderton, aprovechando la oportunidad de declarar lo que consideraba la simple verdad—. La predicción de la tarjeta fue fabricada deliberadamente por una camarilla dentro de la agencia policial. La tarjeta fue preparada y yo caí en la trampa. Me relevan del cargo automáticamente. Mi asistente toma el puesto y alega que impidió el homicidio mediante el eficiente método habitual de Precrimen. Huelga decir que no hay homicidio ni intención de homicidio.
—Coincido en que no habrá homicidio —afirmó Kaplan con frialdad—. Usted estará bajo custodia policial. Voy a asegurarme de ello.
—¿Me va a devolver allá? —protestó Anderton, horrorizado—. Si estoy bajo arresto, nunca podré demostrar…
—No me importa lo que demuestre o deje de demostrar —interrumpió Kaplan—. Solo me interesa quitarlo de en medio. —Y añadió fríamente—: Por mi propia seguridad.
—Se estaba preparando para irse —señaló uno de los hombres.
—Así es —dijo Anderton, sudando—. En cuanto me atrapen, me encerrarán en el campo de detención. Witwer se lo quedará todo. —Su rostro se ensombreció—. Incluida mi esposa. Aparentemente son cómplices.
Por un instante Kaplan pareció vacilar.
—Es posible —concedió, mirando fijamente a Anderton. Luego sacudió la cabeza—. No puedo correr ese riesgo. Si le tendieron una trampa, lo lamento. Pero no es asunto mío. —Esbozó una leve sonrisa—. No obstante, le deseo suerte. —Y le dijo a sus hombres—: Llévenlo al edificio de la policía y entréguenlo a la autoridad más alta.
Mencionó el nombre del comisionado en funciones y esperó la reacción de Anderton.
—¡Witwer! —repitió Anderton, incrédulo.
Sin dejar de sonreír, Kaplan se volvió y encendió la radio del estudio.
—Witwer ya asumió el cargo. Evidentemente, va a armar un gran revuelo con esto.
Hubo un breve murmullo de estática y de pronto la radio atronó en la habitación: una voz profesional y sonora leyendo un comunicado preparado con anterioridad.
«…se advierte a todos los ciudadanos que no brinden refugio ni presten ayuda de ningún tipo a este peligroso individuo marginal. La extraordinaria circunstancia de un criminal fugitivo en libertad y en posición de cometer un acto de violencia es única en los tiempos modernos. Se notifica a todos los ciudadanos que los estatutos legales aún vigentes sancionan a cualquier persona que no coopere plenamente con la policía en su tarea de aprehender a John Allison Anderton. Repetimos: la Agencia Precrimen del Gobierno Federal del Bloque Occidental está en proceso de localizar y neutralizar a su ex comisionado, John Allison Anderton, quien, mediante la metodología del sistema precriminal, es declarado homicida potencial y como tal pierde su derecho a la libertad y todos sus privilegios.»
—No tardó mucho —murmuró Anderton, consternado.
Kaplan apagó la radio y la voz se desvaneció.
—Lisa debe de haber ido directamente a él —especuló Anderton con amargura.
—¿Por qué habría de esperar? —preguntó Kaplan—. Usted dejó muy claras sus intenciones.
Le hizo una seña a sus hombres.
—Llévenlo de vuelta a la ciudad. Me siento incómodo teniéndolo tan cerca. En ese sentido coincido con el comisionado Witwer. Quiero que lo neutralicen cuanto antes.
IV
Una fría llovizna repiqueteaba contra el pavimento mientras el coche avanzaba por las oscuras calles de Nueva York hacia el edificio de la policía.
—Puede entender su postura —le dijo a Anderton uno de los hombres—. Si usted estuviera en su lugar, actuaría con igual determinación.
El hosco y resentido Anderton miraba al frente.
—De todas formas —continuó el hombre—, usted es solo uno entre muchos. Miles de personas han ido a ese campo de detención. No se va a sentir solo. Es más, puede que no quiera irse de allí.
Anderton, impotente, miraba a los peatones que apuraban el paso por las aceras barridas por la lluvia. No sentía ninguna emoción fuerte. Solo una abrumadora fatiga. Con la mente embotada, fue contando los números de las calles: se estaban acercando a la comisaría.
—Este Witwer sabe aprovechar una oportunidad —comentó uno de los hombres en tono casual—. ¿Lo conocía?
— Desde hace poco —respondió Anderton.
—Quería su puesto, así que le tendió una trampa. ¿Está seguro de eso?
Anderton hizo una mueca.
—¿Tiene importancia?
—Era pura curiosidad. —El hombre lo miró con languidez—. Así que usted es el ex comisionado de policía. La gente del campo se alegrará de verlo llegar. Lo van a recordar.
—Sin duda —convino Anderton.
—Witwer no perdió el tiempo. Kaplan tiene suerte de que haya un funcionario así a cargo. — El hombre lo miró casi suplicante—. Está realmente convencido de que es una conspiración, ¿no?
—Claro.
—¿No le tocaría ni un pelo de la cabeza a Kaplan? ¿Por primera vez en la historia Precrimen se equivoca? ¿Un hombre inocente es víctima de una de esas tarjetas? Quizás hubo antes otros inocentes, ¿verdad?
—Es bastante posible —admitió Anderton con indiferencia.
—Puede que todo el sistema se venga abajo. Claro, usted no va a cometer ningún homicidio…, y quizás lo mismo les pasó a todos los demás. ¿Por eso le dijo a Kaplan que quería mantenerse libre? ¿Esperaba demostrar que el sistema está equivocado? Tengo la mente abierta, si quiere hablar de eso.
Otro de los hombres se inclinó y preguntó:
—Entre nosotros, ¿tiene algo de cierto lo de la conspiración? ¿De verdad le tendieron una trampa?
Anderton suspiró. En ese momento él mismo no estaba seguro. Quizás estaba atrapado en un círculo cerrado y sin sentido, sin motivo ni principio. De hecho, casi estaba listo para admitir que era víctima de una fantasía neurótica, producto de una creciente inseguridad. Estaba dispuesto a entregarse sin oponer resistencia. El peso del agotamiento lo abrumaba. Luchaba contra lo imposible, y todas las cartas estaban en su contra.
El agudo chirrido de los neumáticos lo despertó. Frenéticamente, el conductor luchaba por controlar el coche, girando el volante y pisando los frenos, mientras un enorme camión que transportaba pan surgía de la niebla y cruzaba directamente por su carril. Si hubiera acelerado, quizás se habría salvado. Pero comprendió su error demasiado tarde. El coche patinó, se bamboleó, vaciló un instante y luego chocó de frente contra el camión.
El asiento de Anderton salió despedido y lo arrojó de cara contra la puerta. Un dolor súbito e insoportable pareció estallarle en el cerebro mientras yacía jadeando y trataba débilmente de ponerse de rodillas. En alguna parte resonó el crepitar del fuego, y un resplandor susurrante parpadeó entre los jirones de niebla que entraban en el retorcido chasis.
Unas manos llegaron desde fuera del coche. Poco a poco comprendió que lo arrastraban a través del hueco que antes era la puerta. Un pesado cojín del asiento fue apartado bruscamente y de pronto se encontró de pie, apoyado con pesadez en una forma oscura que lo guiaba hacia las sombras de un callejón cercano. A lo lejos ululaban sirenas policiales.
—Va a sobrevivir —le llegó una voz al oído, baja y urgente. Era una voz que nunca antes había oído, tan desconocida y áspera como la lluvia que le golpeaba el rostro—. ¿Me oye?
—Sí —acusó recibo Anderton. Tiró maquinalmente de la manga desgarrada de su camisa. Un corte en la mejilla empezaba a latir. Confundido, trató de orientarse—. Usted no es…
—Cállese y escuche. —El hombre era corpulento, casi gordo. Sus grandes manos sostenían a Anderton apoyado contra el húmedo muro de ladrillos del edificio, a resguardo de la lluvia y la trémula luz del coche en llamas—. Tuvimos que hacerlo así. Era la única alternativa. No teníamos mucho tiempo. Pensamos que Kaplan lo retendría más en su casa.
—¿Quién es usted? —logró articular Anderton.
El rostro mojado por la lluvia se crispó en una sonrisa desprovista de humor.
—Me llamo Fleming. Nos volveremos a ver. Tenemos unos cinco segundos antes de que llegue la policía. Entonces estaremos otra vez donde empezamos. — Puso un paquete en las manos de Anderton—. Con eso tiene dinero suficiente para seguir adelante. Hay también un juego completo de documentos de identidad. Estaremos en contacto. —Su sonrisa se amplió y se convirtió en una risa nerviosa—. Hasta que haya demostrado que tiene razón.
Anderton parpadeó.
—¿Entonces sí es una trampa?
—Claro. —El hombre soltó un juramento—. ¿No me diga que a usted también lo convencieron?
—Pensé… —Anderton tenía dificultades para hablar; uno de sus incisivos parecía estar flojo—. Hostilidad hacia Witwer…, que me reemplazara, mi esposa y un hombre más joven, resentimiento natural…
— No se deje engañar —dijo el otro—. Usted no es así de necio. Todo este asunto fue cuidadosamente planeado. Tenían cada fase bajo control. La tarjeta estaba programada para aparecer el día en que llegó Witwer. Ya completaron la primera etapa. Witwer es comisionado y usted es un criminal buscado.
—¿Quién está detrás de todo esto?
—Su esposa.
La cabeza de Anderton dio vueltas.
—¿Está seguro?
El hombre rio.
—Puede apostarlo. —Miró rápidamente alrededor—. Ahí viene la policía. Salga por este callejón. Tome un autobús hasta los barrios bajos, alquile una habitación y compre un montón de revistas para entretenerse. Consiga otra ropa. Es suficientemente listo para cuidarse solo. No intente salir de la Tierra. Vigilan todos los transportes intersistema. Si puede mantenerse oculto los próximos siete días, lo habrá logrado.
—¿Quién es usted? —insistió Anderton.
Fleming lo soltó. Con cautela, se asomó a la entrada del callejón y miró hacia afuera. El primer patrullero se había detenido en el pavimento húmedo; con el motor zumbando, se acercó con desconfianza a los restos humeantes del coche de Kaplan. Dentro del armazón, los hombres del escuadrón se movían débilmente, empezando a arrastrarse penosamente a través de la maraña de acero y plástico retorcido hacia la lluvia fría.
—Considérenos una sociedad protectora — murmuró Fleming. Su rostro rechoncho e inexpresivo brillaba, mojado por la lluvia —. Una especie de fuerza policial que vigila a la policía, para cerciorarse de que todo siga el curso correcto.
Extendió su gruesa mano y empujó a Anderton, que casi cayó sobre los desechos húmedos que cubrían el oscuro callejón.
—Muévase —le ordenó Fleming con rudeza—. Y no pierda ese paquete. —Mientras Anderton avanzaba a tientas hacia la salida del callejón, le llegaron las últimas palabras del hombre—. Estúdielo con cuidado y quizás sobreviva.
V
Los documentos de identidad lo describían como Ernest Temple, un electricista desempleado que recibía un subsidio semanal del estado de Nueva York, con esposa y cuatro hijos en Buffalo y menos de cien dólares de patrimonio. Una tarjeta laboral manchada de sudor lo autorizaba para viajar sin tener un domicilio fijo. Un hombre que busca trabajo necesita moverse. Puede que tenga que ir lejos.
Mientras cruzaba la ciudad en el autobús casi vacío, Anderton estudió la descripción de Ernest Temple. Era evidente que los documentos habían sido confeccionados pensando en él, pues todas las medidas coincidían. Después de un rato se preguntó por las huellas dactilares y el patrón de ondas cerebrales. Imposible que resistieran una comparación seria. La billetera con documentos solo lo sacaría de los controles más superficiales. Pero era algo. Y junto con los documentos venían diez mil dólares en billetes. Guardó el dinero y los documentos, y luego se volvió hacia el mensaje pulcramente mecanografiado en que venían envueltos. Al principio no pudo entenderlo. Lo estudió durante largo rato, perplejo.
La existencia de una mayoría implica lógicamente una minoría correspondiente.
El autobús había entrado en la vasta zona marginal: kilómetros de hoteles baratos y edificios deteriorados que habían proliferado tras la destrucción masiva de la guerra. Frenó hasta detenerse, y Anderton se puso de pie. Algunos pasajeros observaron distraídamente su mejilla cortada y la ropa dañada. Sin hacerles caso, bajó a la acera barrida por la lluvia.
Más allá de cobrarle el dinero, el empleado del hotel no mostró ningún interés. Anderton subió hasta el segundo piso y entró en el cuarto estrecho y algo maloliente que ahora era suyo. Con alivio cerró la puerta con llave y bajó las persianas. La habitación era pequeña pero limpia. Cama, cómoda, calendario con un paisaje, silla, lámpara y una radio que funcionaba con monedas.
Metió una moneda y se dejó caer pesadamente sobre la cama. Las principales emisoras transmitían el boletín policial. Era algo nuevo y excitante, desconocido para la generación actual. ¡Un fugitivo! El público estaba ávidamente interesado.
«…este hombre ha usado la ventaja de su alta posición para llevar a cabo una fuga», decía el locutor con indignación profesional. «Gracias a su alto cargo tenía acceso a los datos precognitivos, y la confianza depositada en él le permitió evadir el proceso normal de detección y reubicación. Durante su gestión, ejerció su autoridad para enviar a innumerables individuos potencialmente culpables a confinamiento, salvando así la vida de víctimas inocentes. Este hombre, John Allison Anderton, fue pieza clave en la creación del sistema Precrimen: la predetección profiláctica de criminales mediante el ingenioso uso de mutantes precog, capaces de prever eventos futuros y transferir verbalmente esos datos a maquinaria de análisis. Estos tres precogs, en su función vital…»
La voz se diluyó cuando entró al pequeño cuarto de baño. Allí se quitó la chaqueta y la camisa y abrió el grifo de agua caliente. Comenzó a limpiar el corte de la mejilla. En la farmacia de la esquina había comprado yodo y curitas, una navaja, un peine, un cepillo de dientes y otras cosas que necesitaría. A la mañana siguiente tenía intención de encontrar una tienda de ropa de segunda mano para conseguir una indumentaria más apropiada. Al fin y al cabo, ahora era un electricista desempleado, no un comisionado de policía con el traje destrozado por un accidente.
En el cuarto la radio seguía sonando. Sin prestarle demasiada atención, se detuvo frente al espejo resquebrajado y examinó el diente roto.
«…el sistema de tres precogs encuentra su génesis en las computadoras de mediados de este siglo. ¿Cómo se verifican los resultados de una computadora electrónica? Ingresando los datos en una segunda computadora de diseño idéntico. Pero dos computadoras no son suficientes. Si cada una llega a una respuesta diferente, es imposible saber a priori cuál de ellas es correcta. La solución, basada en un cuidadoso estudio del método estadístico, consiste en usar una tercera computadora para verificar los resultados de las dos primeras. De esta manera se obtiene lo que se denomina un informe de la mayoría. Puede asumirse con razonable probabilidad que el acuerdo de dos de las tres computadoras indica cuál de los resultados alternativos es el correcto. No sería probable que dos computadoras llegaran a soluciones igualmente incorrectas…»
Anderton soltó la toalla que tenía en las manos y corrió al cuarto. Temblando, se inclinó para escuchar las palabras que vociferaba la radio.
«…la unanimidad de los tres precogs es un fenómeno deseado pero raramente alcanzado, explica el comisionado en funciones Witwer. Es mucho más común obtener un informe de la mayoría elaborado en conjunto por dos precogs, más un informe de la minoría con alguna leve variación, generalmente en lo que respecta a tiempo y lugar, emitido por el tercer mutante. Esto se explica por la teoría de los futuros múltiples. Si existiera una sola senda temporal, la información precognitiva no tendría ninguna importancia, ya que al poseerla no existiría ninguna posibilidad de alterar el futuro. En el trabajo de la Agencia Precrimen debemos asumir ante todo que…»
Anderton se paseó frenéticamente por la pequeña habitación. El informe de la mayoría… Solo dos de los precogs habían coincidido en el material que respaldaba la tarjeta. Ese era el sentido del mensaje que venía con el paquete. El informe del tercer precog, el informe de la minoría, era, de algún modo, importante. ¿Por qué?
Su reloj le indicó que era pasada la medianoche. Page habría terminado su turno. No volvería al edificio de los monos hasta la tarde siguiente. Era una posibilidad remota, pero valía la pena intentarlo. Quizás Page lo cubriría, quizás no. Tendría que arriesgarse. Tenía que ver el informe de la minoría.
VI
Entre el mediodía y la una, las calles repletas de basura hervían de gente. Eligió ese horario, el momento más concurrido del día, para hacer la llamada. Escogió una cabina en una gran farmacia abarrotada de clientes, marcó el conocido número de la policía y se apoyó el frío auricular en la oreja. Deliberadamente había elegido la línea de audio, no la de video: a pesar de su ropa de segunda mano y su aspecto sucio y sin afeitar, podrían reconocerlo.
La recepcionista era nueva. Con cautela, pidió la extensión de Page. Si Witwer estaba sacando al personal habitual y poniendo gente de su confianza, podría encontrarse hablando con un desconocido.
—Hola —llegó la voz ronca de Page.
Aliviado, Anderton miró a su alrededor. Nadie le prestaba atención. Los compradores deambulaban entre la mercancía, ocupados en sus rutinas diarias.
—¿Puedes hablar? —preguntó—. ¿O estás ocupado?
Hubo un momento de silencio. Se imaginó el rostro tranquilo de Page crispado por la incertidumbre mientras trataba frenéticamente de decidir qué hacer. Al fin oyó su voz vacilante.
—¿Por qué… llamas aquí?
Sin hacer caso a la pregunta, Anderton dijo:
—No reconocí a la recepcionista. ¿Personal nuevo?
—Recién llegado —convino Page con voz aguda y estrangulada—. Hay mucha rotación últimamente.
—Eso he oído. —Con voz tensa, Anderton preguntó—: ¿Cómo está tu puesto? ¿Todavía seguro?
—Espera un momento. —Anderton oyó cómo dejaba el auricular; luego el ruido ahogado de pasos y el golpe rápido de una puerta cerrándose. Page volvió—. Ahora podemos hablar mejor.
—¿Cuánto mejor?
—No mucho. ¿Dónde estás?
—Paseando por el Central Park —dijo Anderton—. Disfrutando del sol. — No sabía si Page había ido a cerciorarse de que se grabara la conversación. Era probable que un equipo aerotransportado de la policía ya estuviera en camino. Pero tenía que arriesgarse—. Estoy en un nuevo rubro —dijo secamente—. Soy electricista.
—¿Ah sí? —respondió Page, desconcertado.
—Pensé que quizás tuvieras trabajo para mí. Si se puede arreglar, me gustaría pasar a revisar el equipo informático. En especial los bancos de datos y análisis del edificio de los monos.
—Podría… arreglarse —dijo Page después de una pausa—. Si es realmente importante.
—Lo es —aseguró Anderton—. ¿Cuándo te vendría bien?
—Bueno —dijo Page, pensando—, una unidad de reparación vendrá a revisar el equipo de intercomunicación. El comisionado en funciones quiere mejorarlo para operar más rápido. Podrías entrar con ellos.
—Así lo haré. ¿A qué hora más o menos?
—Digamos a las cuatro. Entrada B, nivel 6. Yo iré a recibirte.
—Bien —convino Anderton, ya listo para colgar—. Espero que todavía seas tú el responsable cuando llegue.
Colgó y salió rápidamente de la cabina. Momentos después se abría paso entre la apretada concurrencia de la cafetería vecina. Nadie lo encontraría allí.
Tenía tres horas y media de espera por delante, pero le pareció que habían sido muchas más. Resultó ser la espera más larga de su vida, hasta que al fin se reunió con Page, tal como habían acordado.
Lo primero que dijo Page fue:
—Estás loco. ¿Por qué rayos volviste?
—No me voy a quedar mucho. —Tenso, Anderton recorrió el edificio de los monos cerrando sistemáticamente una puerta tras otra—. No dejes entrar a nadie. No puedo correr riesgos.
—Debiste haberte ido cuando aún estabas a tiempo. —Page lo seguía agónico por el temor—. Witwer está sacando el máximo partido. Logró que todo el país clame por tu sangre.
Sin hacerle caso, Anderton abrió el panel de control principal de la maquinaria de análisis.
—¿Cuál de los tres monos presentó el informe de la minoría?
—No me preguntes; me largo. —De camino a la puerta, Page se detuvo un instante, señaló a la figura del medio y desapareció. La puerta se cerró y Anderton quedó solo.
El del medio. Lo conocía bien. Esa figura enana y encorvada llevaba quince años sepultada en sus cables y relés. Al acercarse Anderton, no levantó la vista. Con ojos vidriosos e inexpresivos, contemplaba un mundo que aún no existía, ciego a la realidad física que lo rodeaba.
«Jerry» tenía veinticuatro años. En un principio había sido clasificado como idiota hidrocefálico, pero cuando llegó a los seis años, los examinadores psicológicos identificaron el talento precog, sepultado bajo capas de tejido deteriorado. Llevado a una escuela de entrenamiento del estado, el talento latente fue cultivado. A los nueve años la capacidad había avanzado hasta una etapa funcional. «Jerry», sin embargo, seguía sumido en el caos amorfo de la idiotez; la facultad en pleno desarrollo había absorbido toda su personalidad.
Agachándose, Anderton comenzó a desmontar los escudos protectores que cubrían los carretes de cinta almacenados en la maquinaria de análisis. Siguiendo los esquemas, rastreó los cables desde las etapas finales de las computadoras integradas hasta el punto donde el equipo individual de «Jerry» se separaba del resto. Al cabo de unos minutos extrajo con mano temblorosa dos cintas de media hora: datos recientes rechazados, no fusionados con los informes de la mayoría. Consultando el diagrama de códigos, seleccionó el tramo de cinta que correspondía a su tarjeta.
Cerca había un lector de cintas. Conteniendo el aliento, insertó la cinta, activó el mecanismo y escuchó. Tardó solo un segundo. Desde la primera frase del informe resultó claro lo que había ocurrido. Tenía lo que quería; podía dejar de buscar.
La visión de «Jerry» estaba desfasada. Dada la naturaleza errática de la precognición, examinaba una franja temporal ligeramente distinta a la de sus compañeros. Para él, el informe de que Anderton cometería un homicidio era un evento que se debía integrar a todo lo demás. Esa afirmación, y la reacción de Anderton, eran un dato más.
Era evidente que el informe de «Jerry» invalidaba el informe de la mayoría. Al enterarse de que cometería un homicidio, Anderton cambiaría de idea y no lo haría. La anticipación del homicidio había cancelado el homicidio mismo; la profilaxis se había producido simplemente al ser informado. Ya se había creado una nueva senda temporal. Pero «Jerry» fue superado en votos.
Temblando, Anderton rebobinó la cinta y activó el cabezal de grabación. A alta velocidad hizo una copia del informe, devolvió el original a su lugar y sacó el duplicado del mecanismo. Aquí estaba la prueba de que la tarjeta era inválida: obsoleta. Solo tenía que mostrársela a Witwer…
Lo asombró su propia estupidez. Sin duda Witwer había visto el informe y, a pesar de ello, había asumido el cargo de comisionado sin informar a los equipos policiales. Witwer no tenía intención de echarse atrás; la inocencia de Anderton no era su problema.
¿Qué podía hacer entonces? ¿A quién más le importaría?
—¡Maldito idiota! —rugió una voz a sus espaldas, frenética de angustia.
Se dio vuelta rápidamente. Su esposa estaba en una de las puertas, con su uniforme policial, los ojos desencajados de consternación.
—No te preocupes —le dijo, mostrando el carrete de cinta—. Me voy.
Con el rostro demudado, Lisa corrió hacia él.
—Page me dijo que estabas aquí, pero no podía creerlo. No debió dejarte entrar. Simplemente no se da cuenta de lo que eres.
—¿Y qué soy? —inquirió Anderton desafiante—. Antes de responder, quizás deberías escuchar esta cinta.
—¡No quiero escucharla! ¡Solo quiero que te vayas! Ed Witwer sabe que hay alguien aquí. Page está tratando de entretenerlo, pero… —Se interrumpió, con la cabeza rígidamente ladeada—. ¡Ya llegó! Va a entrar a la fuerza.
—¿No tienes ninguna influencia? Sé amable y encantadora. Quizá se olvide de mí.
Lisa lo miró con amargo reproche.
—Hay una nave estacionada en la azotea. Si quieres escapar… —Su voz se ahogó y por un instante guardó silencio. Luego dijo—: Despegaré dentro de un minuto. Si quieres venir…
—Voy —dijo Anderton.
No tenía otra opción. Había conseguido la cinta, su prueba, pero no había pensado en ningún modo de salir de allí. Con alivio, corrió tras la esbelta figura de su esposa mientras ella salía del edificio por una puerta lateral y bajaba por un corredor de abastecimiento, con sus tacos repiqueteando fuerte en la desierta oscuridad.
—Es una nave rápida —le dijo por encima del hombro—. Tiene combustible de emergencia, está lista para partir. Iba a supervisar algunos equipos.
VII
Al volante de la nave patrulla de alta velocidad, Anderton describió el contenido de la cinta del informe de la minoría. Lisa escuchaba sin hacer comentarios, con el rostro tenso y contraído y las manos entrelazadas sobre el regazo. Bajo la nave, la campiña devastada por la guerra se extendía como un mapa en relieve. Ruinas de granjas y pequeñas plantas industriales marcaban los páramos, acribillados de cráteres, que separaban una ciudad de otra.
—Me pregunto cuántas veces habrá pasado esto antes —dijo ella cuando Anderton terminó—.
—¿Un informe de la minoría? Muchísimas veces.
—Me refiero a un precog desfasado. Que usa el informe de los otros como dato…, que los invalida. —Con ojos sombríos y serios, añadió—: Quizás muchas de las personas de los campos sean como tú.
—No —insistió Anderton. Pero él también empezaba a sentirse incómodo con esa idea—. Yo estaba en posición de ver la tarjeta, de echar un vistazo al informe. Eso cambiaba las cosas.
—Pero… —Lisa gesticuló significativamente—. Quizá todos ellos habrían reaccionado igual, si les hubiéramos contado la verdad.
—Habría sido un riesgo demasiado grande —respondió él tercamente.
Lisa soltó una carcajada.
—¿Riesgo? ¿Azar? ¿Incertidumbre? ¿Con precogs disponibles?
Anderton se concentró en conducir la pequeña y rápida nave.
—Este es un caso único —repitió—. Y tenemos un problema inmediato. Los aspectos teóricos los podemos abordar después. Tengo que llevar esta cinta a las personas indicadas, antes de que tu brillante amigo la destruya.
—¿Se la vas a llevar a Kaplan?
—Claro que sí. —Tocó el carrete de cinta que descansaba sobre el asiento entre ambos—. Le va a interesar. Saber que su vida no corre peligro debería ser de vital importancia para él.
Con mano temblorosa, Lisa sacó la cigarrera de la cartera.
—¿Y crees que te va a ayudar?
—Puede que sí o puede que no. Vale la pena intentarlo.
—¿Cómo lograste pasar a la clandestinidad tan rápido? —preguntó Lisa—. Un disfraz completamente eficaz es difícil de conseguir.
—Solo hace falta dinero —respondió él evasivamente.
Mientras fumaba, Lisa reflexionó.
—Probablemente Kaplan te proteja —dijo—. Tiene bastante poder.
—Creía que era solo un general retirado.
—Técnicamente, sí. Pero Witwer sacó su expediente. Kaplan encabeza un tipo inusual de organización exclusiva de veteranos. Es en realidad una especie de club, con pocos miembros selectos. Solo altos oficiales…, una clase internacional de ambos lados de la guerra. Aquí en Nueva York tienen una gran mansión, tres publicaciones en papel satinado y coberturas televisivas que cuestan una pequeña fortuna.
—¿ Qué quieres decir?
—Solo esto. Me convenciste de que eres inocente. O sea, es obvio que
no vas a cometer ningún homicidio. Pero ahora debes darte cuenta de que el informe original, el informe de la mayoría, no era una falsificación. Nadie lo inventó. Ed Witwer no lo creó. No hay ninguna conspiración contra ti y nunca la hubo. Si vas a aceptar este informe de la minoría como genuino, también tendrás que aceptar el de la mayoría.
A regañadientes, él estuvo de acuerdo.
—Supongo que sí.
—Ed Witwer —continuó Lisa— actúa de buena fe. De verdad cree que eres un criminal en potencia. ¿Y por qué no? Él tiene el informe de la mayoría sobre su escritorio, pero tú tienes esa tarjeta doblada en el bolsillo.
—La destruí —murmuró Anderton.
Lisa se inclinó hacia él con seriedad.
—A Ed Witwer no lo impulsa el deseo de quedarse con tu puesto —dijo—. Lo mueve el mismo deseo que siempre te dominó a ti. Cree en Precrimen. Quiere que el sistema continúe. Hablé con él y estoy convencida de que dice la verdad.
—¿Quieres que le lleve este carrete a Witwer? —preguntó Anderton—. Si lo hago, lo destruirá.
—Tonterías —replicó Lisa—. Los originales han estado en sus manos desde el principio. Los pudo haber destruido en cualquier momento que hubiera querido.
—Es verdad —concedió Anderton—. Quizás no lo sabía.
—Claro que no. Míralo de esta manera: si Kaplan consigue ese carrete, la policía quedará desacreditada. ¿No entiendes por qué? Demostraría que el informe de la mayoría era un error. Ed Witwer tiene toda la razón. Es necesario que te arresten…, para que Precrimen sobreviva. Tú estás pensando en tu propia seguridad. Pero piensa un momento en el sistema. —Inclinándose, apagó el cigarrillo y buscó otro en la cartera—. ¿Qué significa más para ti: tu seguridad personal o la existencia del sistema?
—Mi seguridad —respondió Anderton sin vacilar.
—¿Estás seguro?
—Si el sistema solo puede sobrevivir encarcelando a personas inocentes, merece ser destruido. Mi seguridad personal es importante porque soy un ser humano. Y además…
De la cartera, Lisa sacó una pistola increíblemente pequeña.
—Yo creo —dijo con aspereza— que tengo el dedo en el gatillo. Nunca he usado un arma como esta. Pero estoy dispuesta a intentarlo.
Tras una pausa, Anderton preguntó:
—¿Quieres que dé la vuelta? ¿Es eso?
—Sí, de regreso a la jefatura de policía. Lo lamento. Si pudieras anteponer el bien del sistema a tus egoístas…
—Guárdate el sermón —dijo Anderton—. Llevaré la nave de regreso, pero no escucharé tu apología de un código de conducta que ningún hombre inteligente aceptaría.
Los labios de Lisa se tensaron en una línea delgada y pálida. Empuñando la pistola, lo miraba fijamente mientras Anderton describía un amplio arco con la nave. Algunos objetos sueltos salieron volando de la guantera cuando la pequeña nave giró en un ángulo pronunciado, elevando majestuosamente un ala hasta quedar casi vertical.
Tanto Anderton como su esposa estaban sujetos por los brazos metálicos de sus asientos. Pero no así el tercer pasajero.
Por el rabillo del ojo, Anderton vio un veloz movimiento. Simultáneamente llegó un sonido: la lucha desesperada de un hombre corpulento que de pronto perdía el equilibrio y se estrellaba contra la pared reforzada de la nave. Lo que siguió ocurrió rápido. Fleming se incorporó al instante, tambaleante pero alerta, y lanzó un brazo hacia la pistola de la mujer. Anderton estaba demasiado atónito para gritar. Lisa se dio vuelta, vio al hombre y gritó. Fleming le dio un golpe que le hizo soltar el arma, haciéndola caer ruidosamente al suelo.
Con un gruñido, Fleming la apartó de un empujón y recogió el arma.
—Disculpe —jadeó, incorporándose como pudo—. Pensé que ella diría algo más. Por eso esperé.
—Usted estaba aquí cuando… —comenzó Anderton, y se detuvo. Era evidente que Fleming y sus hombres lo habían tenido bajo vigilancia constante. La existencia de la nave de Lisa había sido debidamente anotada y considerada, y mientras ella se preguntaba si sería prudente llevarlo a un lugar seguro, Fleming se había metido en el compartimiento de carga de la nave.
—Quizás sea mejor que me dé ese carrete de cinta —dijo Fleming, extendiendo los dedos torpes y húmedos—. Tiene razón: Witwer lo habría derretido hasta dejarlo convertido en un charco.
—¿También Kaplan? —preguntó Anderton aturdido, todavía desconcertado por la aparición del hombre.
—Kaplan está trabajando directamente con Witwer. Por eso su nombre aparecía en la línea cinco de la tarjeta. No sabemos cuál de los dos es el jefe. Quizás ninguno. —Fleming se deshizo de la diminuta pistola y desenfundó su arma militar—. Cometió un error grave al irse con esta mujer. Le dije que ella estaba detrás de todo esto.
—No puedo creerlo —protestó Anderton—. Si ella…
— Usted no se da cuenta. Esta nave fue preparada por orden de Witwer. Querían sacarlo del edificio para que nosotros no pudiéramos llegar a usted. Solo, separado de nosotros, no tenía ninguna oportunidad.
Una extraña expresión cruzó los tensos rasgos de Lisa.
—No es verdad —susurró—. Witwer nunca vio esta nave. Yo iba a supervisar…
—Casi lo logran —interrumpió Fleming—. Tendremos suerte si no hay una nave patrulla siguiéndonos. No hubo tiempo de verificarlo. —Mientras hablaba, se agachó detrás del asiento de la mujer—. Lo primero es quitarla de en medio. Vamos a tener que sacarlo de esta zona. Page le informó a Witwer sobre su nuevo disfraz, y puede estar seguro de que ya fue ampliamente difundido.
Todavía agachado, Fleming aferró a Lisa. Lanzándole su pesada pistola a Anderton, hábilmente le levantó el mentón hasta que la cabeza quedó apoyada contra el asiento. Lisa le arañó frenéticamente; un gemido de terror brotó en su garganta. Sin hacerle caso, Fleming cerró sus grandes manos alrededor del cuello y comenzó a apretar sin piedad.
—Sin herida de bala —explicó, jadeando—. Se caerá…, un accidente natural. Siempre ocurren estas cosas. Pero en este caso, el cuello se habrá roto antes.
Pareció extraño que Anderton esperara tanto. Los gruesos dedos de Fleming ya estaban cruelmente hundidos en la pálida carne de la mujer cuando él levantó la culata de la pesada pistola y la descargó sobre la nuca de Fleming. Las monstruosas manos se aflojaron. Tambaleándose, Fleming inclinó la cabeza hacia adelante y se desplomó contra la pared de la nave. Tratando de reponerse, comenzó a incorporarse. Anderton lo golpeó de nuevo, esta vez sobre el ojo izquierdo. Cayó de espaldas y quedó inmóvil.
Luchando por respirar, Lisa permaneció un momento encorvada, el cuerpo meciéndose hacia adelante y hacia atrás. Gradualmente, el color volvió a su rostro.
—¿Puedes tomar los controles? — preguntó Anderton con voz apremiante, sujetándola por los hombros.
—Sí, creo que sí. —Casi mecánicamente, ella tomó el volante—. Voy a estar bien. No te preocupes por mí.
—Esta pistola —dijo Anderton— es un modelo reglamentario del Ejército. Pero no es de la guerra. Es una de las nuevas que han desarrollado. Puedo estar muy equivocado, pero existe la posibilidad…
Fue hasta donde Fleming yacía extendido en el suelo. Intentando no tocarle la cabeza, le abrió la chaqueta y hurgó en sus bolsillos. Un momento después la sudada billetera del hombre estaba en sus manos.
Tod Fleming, según su identificación, era un mayor del Ejército adscrito al Departamento de Inteligencia Interna de Información Militar. Entre los diversos papeles había un documento firmado por el general Leopold Kaplan, que declaraba que Fleming se hallaba bajo la protección especial de su propio grupo: la Liga Internacional de Veteranos.
Fleming y sus hombres operaban bajo las órdenes de Kaplan. El camión de pan, el accidente, habían sido deliberadamente preparados.
Significaba que Kaplan lo había mantenido intencionadamente fuera del alcance de la policía. El plan se remontaba al contacto inicial en su casa, cuando los hombres de Kaplan lo habían capturado mientras hacía las maletas. Con incredulidad, comprendió lo que había ocurrido en realidad. Incluso entonces, estaban asegurándose de llegar a él antes que la policía. Desde el principio había sido una estrategia elaborada para garantizar que Witwer no lo arrestara.
—Tenías razón —le dijo a su esposa mientras volvía al asiento—. ¿Podemos comunicarnos con Witwer?
En silencio, ella asintió. Señalando el circuito de comunicaciones del tablero, preguntó:
—¿Qué… encontraste?
—Comunícame con Witwer. Quiero hablar con él cuanto antes. Es muy urgente.
Con manos temblorosas, ella marcó, entró en el canal cerrado y se comunicó con la jefatura de policía de Nueva York. Una sucesión de oficiales menores desfiló por la pantalla antes de que una pequeña réplica del rostro de Ed Witwer apareciera en ella.
—¿Me recuerdas? —le preguntó Anderton.
Witwer palideció.
—Dios mío. ¿Qué pasó? Lisa, ¿lo traes detenido? —De pronto sus ojos se fijaron en el arma que empuñaba Anderton—. Por favor —dijo con vehemencia—, no le haga nada a ella. Al margen de lo que usted crea, ella no es responsable.
—Ya lo sé —respondió Anderton—. ¿Puedes rastrear nuestra posición? Quizá necesitemos protección para volver.
—¡Volver! —Witwer lo miró con incredulidad—. ¿Viene para acá? ¿Piensa entregarse?
—Sí. —Hablando con urgencia, Anderton añadió—: Hay algo que debes hacer de inmediato. Cierra el edificio de los monos. Asegúrate de que nadie entre allí, ni Page ni ningún otro. Y mucho menos la gente del Ejército.
—Kaplan —dijo la imagen en miniatura.
—¿Qué pasa con él?
—Estuvo aquí. Acaba de irse.
El corazón de Anderton dejó de latir.
—¿Qué estuvo haciendo?
—Recogiendo datos. Transcribiendo duplicados de nuestros informes precog sobre usted. Insistió en que los quería únicamente para su protección.
—Entonces ya los tiene —dijo Anderton—. Es demasiado tarde.
Alarmado, Witwer casi gritó:
—¿Qué quiere decir? ¿Qué está pasando?
—Te lo explicaré — suspiró Anderton— cuando llegue a mi oficina.
VIII
Witwer lo esperaba en la azotea del edificio de la policía. Cuando la pequeña nave se posó, la escuadrilla de naves de escolta se alejó a gran velocidad. Anderton se acercó de inmediato al joven de cabello rubio.
—Tienes lo que querías —le dijo—. Puedes encerrarme y mandarme al campo de detención. Pero no será suficiente.
Los azules ojos de Witwer estaban pálidos de incertidumbre.
—Me temo que no entiendo.
—No es culpa mía. Nunca debí salir del edificio de la policía. ¿Dónde está Wally Page?
—Ya lo tenemos controlado —respondió Witwer—. No nos dará problemas.
El rostro de Anderton era sombrío.
—Lo estás reteniendo por el motivo equivocado. Dejarme entrar al edificio de los monos no fue ningún delito. Pero pasarle información al Ejército, sí. Has tenido un infiltrado del Ejército trabajando aquí. — Se corrigió de mala gana —: Es decir, yo lo he tenido.
— He anulado su orden de arresto. Ahora los equipos están buscando a Kaplan.
—¿Hubo suerte?
—Se fue de aquí en un camión del Ejército. Lo seguimos, pero el camión entró en unos barracones militares. Ahora tienen un tanque de guerra R-3 bloqueando la calle. Moverlo equivaldría a una guerra civil.
Lentamente, con pasos vacilantes, Lisa bajó de la nave. Todavía estaba pálida y conmocionada, y en su garganta se estaba formando un feo moretón.
—¿Qué te pasó? —exigió saber Witwer. Luego vio el cuerpo inerte de Fleming tendido dentro de la nave. Encarando a Anderton, dijo—: Ahora ya no cree que esto sea obra mía, ¿verdad?
—Así es.
—No cree que esté… conspirando para quedarme con su puesto —dijo, con una mueca de disgusto—.
— Claro que lo creo. Todo el mundo es culpable de ese tipo de cosas. Del mismo modo que yo estoy conspirando para conservarlo. Pero esto es otro asunto, y tú no eres responsable de ello.
—¿Por qué dice que es demasiado tarde para entregarse? —preguntó Witwer—. Por Dios, lo vamos a meter en el campo. La semana pasará y Kaplan seguirá con vida.
—Seguirá con vida, sí —concedió Anderton—. Pero puede demostrar que estaría igual de vivo si yo estuviera caminando por las calles. Posee información que demuestra que el informe de la mayoría es obsoleto. Puede destruir el sistema Precrimen. Cara o cruz, él gana y nosotros perdemos. El Ejército nos desacreditatará; su estrategia funcionó.
—¿Pero por qué arriesgan tanto? ¿Qué quieren exactamente?
—Después de la guerra anglo-china, el Ejército perdió poder. Ya no es lo que era en los buenos tiempos de la AFBO. Entonces manejaban el show completo, tanto en lo militar como en lo interno. Y hacían su propio trabajo policial.
—Como Fleming —dijo Lisa débilmente.
—Después de la guerra, el Bloque Occidental fue desmilitarizado. Oficiales como Kaplan fueron retirados y descartados. A nadie le gusta eso. —Anderton hizo una mueca—. Puedo entenderlo. No es el único. Pero no podíamos seguir manejando las cosas de esa manera. Tuvimos que dividir la autoridad.
— Usted asume que Kaplan ha ganado —dijo Witwer—. ¿No podemos hacer nada?
—No voy a matarlo. Lo sabemos nosotros y lo sabe él. Probablemente venga a proponernos algún tipo de trato. Seguiremos en funciones, pero el Senado nos va a quitar el verdadero poder. Eso no te gustaría, ¿verdad?
—Para nada —respondió Witwer con énfasis—. Algún día voy a estar al mando de esta agencia. —Se sonrojó—. No de inmediato, por supuesto.
La expresión de Anderton era sombría.
—Una lástima que hayas hecho público el informe de la mayoría. Si lo hubieras mantenido en secreto, podríamos haberlo retirado con discreción. Pero todo el mundo ya lo oyó. No podemos retractarnos ahora.
—Supongo que no —admitió Witwer con incomodidad—. Quizás yo… no tengo este trabajo tan controlado como creía.
—Con el tiempo lo tendrás. Vas a ser un buen agente de policía. Crees en el statu quo. Pero aprende a tomarlo con calma. —Anderton se alejó de los dos—. Voy a estudiar las cintas de datos del informe de la mayoría. Quiero saber exactamente cómo se suponía que iba a matar a Kaplan. —Y añadió pensativo—: Quizá me dé algunas ideas.
Las cintas de datos de los precogs «Donna» y «Mike» estaban guardadas por separado. Eligiendo la maquinaria responsable del análisis de «Donna», abrió el escudo protector y sacó el contenido. Como antes, el código le indicó cuáles carretes eran relevantes y en un momento tuvo el mecanismo de reproducción en funcionamiento.
Era aproximadamente lo que había sospechado. Este era el material utilizado por «Jerry»: la senda temporal invalidada. En ella, los agentes de Inteligencia Militar de Kaplan secuestraban a Anderton mientras regresaba a casa del trabajo. Lo llevaban a la villa de Kaplan, el cuartel general de la Liga Internacional de Veteranos. A Anderton se le daba un ultimátum: disolver voluntariamente el sistema Precrimen o enfrentarse a hostilidades abiertas con el Ejército.
En esta senda temporal descartada, Anderton, como comisionado de policía, acudía al Senado en busca de apoyo. No obtenía ninguno. Para evitar la guerra civil, el Senado ratificaba el desmantelamiento del sistema policial y decretaba el retorno a la ley marcial para hacer frente a la emergencia. Al frente de un grupo de policías fanáticos, Anderton localizaba a Kaplan y lo tiroteaba junto a otros oficiales de la Liga de Veteranos. Solo Kaplan moría. Los demás quedaban heridos, pero sobrevivían. Y el golpe resultaba exitoso.
Esta era «Donna». Rebobinó la cinta y se volvió al material previsto por «Mike». Debería ser idéntico; ambos precogs se habían combinado para presentar una imagen unificada. «Mike» comenzaba igual que «Donna»: Anderton tomaba conciencia del complot de Kaplan contra la policía. Pero algo no encajaba. Desconcertado, rebobinó la cinta hasta el principio. Incomprensiblemente, no coincidían. Volvió a pasarla, escuchando con atención.
El informe de «Mike» era bastante diferente al de «Donna».
Al cabo de una hora terminó su examen, guardó las cintas y salió del edificio de los monos. En cuanto emergió, Witwer preguntó:
—¿Qué sucede? Veo que algo anda mal.
—No —respondió Anderton con lentitud, todavía sumido en sus pensamientos—. No exactamente mal.
Oyó un bullicio. Se dirigió hacia la ventana y miró afuera.
La calle estaba abarrotada de gente. Por el carril central avanzaba una columna de tropas uniformadas en cuatro filas. Rifles, cascos…, soldados marchando con sus deslucidos uniformes de combate, portando los preciados emblemas de la AFBO que ondeaban en el frío viento de la tarde.
—Una manifestación del Ejército —explicó angustiado Witwer—. Me equivoqué. No van a llegar a ningún acuerdo con nosotros. ¿Para qué habrían de hacerlo? Kaplan hará una proclama pública.
Anderton no se sorprendió.
—¿Leerá el informe de la minoría?
—Aparentemente. Van a exigirle al Senado que nos disuelva y les ceda nuestra autoridad. Van a afirmar que hemos estado arrestando a hombres inocentes: redadas policiales nocturnas, ese tipo de cosas. El gobierno del terror.
—¿Crees que el Senado va a ceder?
Witwer vaciló.
—No me atrevería a adivinar.
—Yo sí —dijo Anderton—. Va a ceder. Lo que hay afuera encaja con lo que averigüé abajo. Estamos acorralados y solo hay una dirección posible. Nos guste o no, tendremos que tomarla.
Sus ojos tenían un brillo acerado.
—¿Cuál es? —preguntó Witwer con aprensión.
—En cuanto te lo diga, vas a preguntarte por qué no se te ocurrió a ti. Evidentemente, voy a tener que cumplir con el informe que se hizo público. Voy a tener que matar a Kaplan. Es la única manera de evitar que nos desacrediten.
—Pero —dijo Witwer asombrado—, el informe de la mayoría fue invalidado.
—Puedo hacerlo —le informó Anderton—, pero va a tener un costo. ¿Conoces los estatutos que rigen el homicidio en primer grado?
—Cadena perpetua.
—Como mínimo. Quizás puedas mover algunas influencias y lograr que lo conmuten por exilio. Me podrían enviar a uno de los planetas colonia, la vieja frontera.
—¿Preferirías eso?
—Para nada —dijo Anderton con energía—. Pero sería el menor de los dos males. Y hay que hacerlo.
—No veo cómo puedes matar a Kaplan.
Anderton sacó la pistola de grueso calibre que Fleming le había arrojado.
—Con esto.
—¿No te van a detener antes?
—¿Por qué habrían de hacerlo? Tienen ese informe de la minoría que dice que cambié de idea.
—¿Entonces el informe de la minoría está equivocado?
—No —dijo Anderton—. Es absolutamente correcto. Pero voy a matar a Kaplan de todas formas.
IX
Nunca había matado a un hombre. Nunca había visto matar a uno. Y había sido comisionado de policía durante treinta años. Para esta generación, el homicidio deliberado había desaparecido. Simplemente no ocurría.
Un coche de la policía lo acercó a la concentración del Ejército. Allí, en la penumbra del asiento trasero, examinó con detenimiento la pistola de Fleming. Parecía estar en perfectas condiciones. En realidad, no tenía ninguna duda sobre el desenlace. Estaba del todo seguro de lo que ocurriría en la próxima media hora. Montó de nuevo la pistola, abrió la portezuela del coche estacionado y salió con precaución.
Nadie le prestó la menor atención. Oleadas de personas avanzaban presurosas tratando de acercarse lo suficiente para oír el mitin. Predominaban los uniformes militares, y en el perímetro del área despejada habían desplegado una fila de tanques y armas pesadas: un equipo formidable que aún seguía en producción.
El Ejército había levantado una tarima con escalones de acceso. Detrás de ella colgaba el enorme estandarte de la Alianza Federada del Bloque Occidental, emblema de las potencias combinadas que habían combatido en la guerra. Por una curiosa perversión del tiempo, la Liga de Veteranos también incluía a oficiales del bando enemigo. Un general era un general, y las distinciones se habían borrado con los años.
Los altos mandos de la Alianza ocupaban las primeras filas de asientos. Detrás se ubicaban los oficiales de menor rango. Las banderas de los regimientos ondeaban con su variedad de colores y símbolos. El evento había tomado el aspecto de un festival. En la tarima estaban sentados severos dignatarios de la Liga de Veteranos, todos tensos y expectantes. En los extremos, casi inadvertidos, había algunos agentes de policía. En realidad, eran informantes que observaban. El orden, si era necesario, lo mantendría el Ejército.
El viento de la tarde traía el murmullo sordo de la multitud apretujada. Mientras Anderton avanzaba entre la densa muchedumbre, fue engullido por esa compacta masa humana. Una expectación tangible mantenía a todos en tensión. La multitud parecía intuir que algo espectacular estaba por suceder. Con dificultad, Anderton se abrió paso entre las filas de asientos hasta llegar al apretado grupo de oficiales del Ejército junto a la tarima.
Kaplan estaba entre ellos. Pero ahora era el general Kaplan.
El chaleco, el reloj de bolsillo de oro, el bastón, el traje conservador: todo había desaparecido. Para esta ocasión, Kaplan había sacado su viejo uniforme de la naftalina. Erguido e imponente, rodeado por los que habían sido su estado mayor, lucía sus insignias de servicio, sus condecoraciones, sus botas, su sable corto de gala y su gorra con visera. Era asombrosa la transformación que el severo poder de una gorra de oficial podía obrar en un hombre calvo.
Al ver a Anderton, el general Kaplan se separó del grupo y se le acercó. La expresión de su delgado semblante revelaba su asombro de ver al comisionado de policía.
—Vaya sorpresa —le dijo a Anderton, extendiéndole su pequeña mano enguantada de gris—. Tenía entendido que el comisionado provisional lo había arrestado.
—Todavía estoy libre —respondió Anderton lacónicamente, estrechándole la mano—. Al fin y al cabo, Witwer tiene ese mismo carrete de cinta. —Señaló el paquete que Kaplan sostenía con sus férreos dedos y aguantó con tranquilidad su mirada.
A pesar de su nerviosismo, el general Kaplan seguía de buen humor.
—Esta es una gran ocasión para el Ejército —manifestó—. Le alegrará saber que voy a ofrecerle al público un relato completo de las acusaciones falsas que se le hicieron.
—Bien —respondió Anderton en tono neutro.
—Quedará claro que fue acusado injustamente. —El general Kaplan intentaba descubrir cuánto sabía Anderton—. ¿Tuvo Fleming la oportunidad de ponerlo al corriente de la situación?
—Hasta cierto punto —respondió Anderton—. ¿Va a leer únicamente el informe de la minoría? ¿Es todo lo que tiene ahí?
—Lo voy a comparar con el informe de la mayoría. —El general Kaplan le hizo una seña a un asistente, quien le entregó un maletín de cuero—. Todo está aquí: todas las pruebas que necesitamos. No le importa servir de ejemplo, ¿verdad? Su caso es el símbolo del arresto arbitrario de innumerables personas. —Con gesto rígido, el general Kaplan consultó su reloj de pulsera—. Debo comenzar. ¿Me acompañará en la tarima?
—¿Para qué?
Con frialdad, pero con una especie de reprimida vehemencia, el general Kaplan dijo:
—Para que vean la prueba viviente. Usted y yo juntos: el asesino y su víctima. De pie, uno al lado del otro, exponiendo el siniestro fraude perpetrado por la policía.
—Con mucho gusto —convino Anderton—. ¿Qué estamos esperando?
Desconcertado, el general Kaplan se dirigió a la tarima. Una vez más, miró con inquietud a Anderton, como preguntándose por qué había aparecido y qué sabía en realidad. Su incertidumbre fue creciendo a medida que Anderton subía voluntariamente las escaleras de la tarima y se instalaba en un asiento junto al podio del orador.
—¿Comprende plenamente lo que voy a decir? —preguntó el general Kaplan—. La denuncia tendrá repercusiones considerables. Puede llevar al Senado a reconsiderar la validez del sistema Precrimen.
—Entiendo —respondió Anderton con los brazos cruzados—. Adelante.
Un tenso silencio había caído sobre la multitud. Pero se produjo una agitación ansiosa y expectante cuando el general Kaplan tomó el maletín y comenzó a ordenar su material frente a él.
—El hombre sentado a mi lado —comenzó, con voz limpia y cortante— es conocido por todos. Les sorprenderá verlo aquí, pues hasta hace poco la policía lo describía como un peligroso asesino.
La multitud fijó los ojos en Anderton. Miraron con avidez al único asesino potencial que habían tenido el privilegio de ver de cerca.
—Sin embargo, en las últimas horas —continuó el general Kaplan—, se revocó la orden policial para su arresto. ¿Fue porque el ex comisionado Anderton se entregó voluntariamente? No, de ningún modo. Él está sentado aquí. No se ha entregado, pero la policía ya no está interesada en él. John Allison Anderton es inocente de cualquier crimen en el pasado, el presente y el futuro. Las acusaciones en su contra eran fraudes manifiestos, diabólicas distorsiones de un sistema penal contaminado basado en una premisa falsa, una vasta e impersonal máquina de destrucción que tritura a hombres y mujeres hasta su perdición.
Fascinada, la multitud alternaba las miradas entre Kaplan y Anderton. Todos conocían los aspectos básicos de la situación.
—Muchos hombres han sido capturados y encarcelados bajo la llamada estructura profiláctica de Precrimen —continuó el general Kaplan, con voz que ganaba en emoción y energía—. Acusados no de crímenes que cometieron, sino de crímenes que cometerán. Se sostiene que estos hombres, de permanecer en libertad, perpetrarán delitos en algún momento futuro. Pero no puede haber un conocimiento fiable del futuro. En cuanto se obtiene información precognitiva, se cancela a sí misma. La afirmación de que este hombre cometerá un crimen en el futuro es paradójica. El solo hecho de poseer esta información la vuelve espuria. En todos los casos, sin excepción, el informe de los tres precogs de la policía ha invalidado sus propios datos. Si no se hubieran hecho arrestos, tampoco se habrían cometido crímenes.
Anderton escuchaba distraído, apenas prestando atención. La multitud, en cambio, oía con gran interés. El general Kaplan estaba elaborando una teoría a partir del informe de la minoría. Explicó lo que era y cómo había llegado a existir.
Anderton extrajo la pistola del bolsillo de la chaqueta y la apoyó en el regazo. Ya Kaplan dejaba de lado el informe de la minoría, el material precognitivo obtenido de «Jerry». A continuación, sus dedos huesudos buscaron el resumen de «Donna», y luego de «Mike».
—Este era el informe original de la mayoría —explicó—. La afirmación, realizada por los dos primeros precogs, de que Anderton cometería un homicidio. Y aquí está el material automáticamente invalidado. Se los voy a leer.
Se sacó los anteojos sin montura, los limpió, se los volvió a poner en la nariz y comenzó a leer lentamente.
Una extraña expresión apareció en su rostro. Vaciló, tartamudeó y se interrumpió bruscamente. Los papeles se le cayeron de las manos. Como un animal acorralado, se dio la vuelta, se agachó y salió huyendo del podio.
Por un instante, su rostro desencajado pasó fugaz frente a Anderton. Poniéndose de pie, este levantó la pistola, avanzó rápidamente y disparó.
Enredado en las hileras de pies que sobresalían de las sillas que llenaban la tarima, Kaplan lanzó un único y agudo grito de agonía y terror. Como un pájaro abatido, cayó dando tumbos, agitando brazos y piernas, de la tarima al suelo. Anderton se acercó a la baranda, pero todo había terminado.
Kaplan, tal como afirmaba el informe de la mayoría, estaba muerto. Su delgado pecho era una cavidad oscura y humeante, copos de ceniza que echaban a volar mientras el cuerpo convulsionaba.
Asqueado, Anderton se dio vuelta y caminó rápidamente entre las atónitas figuras de los oficiales del Ejército que comenzaban a ponerse de pie. La pistola que seguía empuñando garantizaba que nadie lo detendría. Saltó de la tarima y se abrió paso entre la caótica masa de gente. Pasmados y horrorizados, luchaban por ver qué había sucedido. El episodio, ocurrido ante sus propios ojos, era incomprensible. La aceptación tardaría en reemplazar al terror ciego.
Una vez superada la muchedumbre, Anderton fue tomado por los policías que lo esperaban.
—Tuvo suerte de escabullirse —le susurró uno de ellos mientras el coche avanzaba con cautela.
—Supongo que sí —respondió Anderton con voz distante. Se reclinó y trató de serenarse. Estaba temblando y mareado. De pronto se inclinó hacia adelante y vomitó.
—Pobre diablo — murmuró, en tono compasivo, uno de los policías.
En ese torbellino de abatimiento y náusea, Anderton no pudo saber si el policía se refería a Kaplan o a él mismo.
X
Cuatro fornidos policías ayudaron a Lisa y a John Anderton a empacar y cargar sus pertenencias. En cincuenta años, el ex comisionado de policía había acumulado una vasta colección de bienes materiales. Sombrío y pensativo, miraba el desfile de cajas camino a los camiones que esperaban.
En camión irían directamente al campo de lanzamiento, y de allí a Centauro X en transporte intersistema. Un largo viaje para un anciano, pero no tendría que regresar.
—Ahí va la penúltima caja —declaró Lisa, absorta en la tarea. Con suéter y pantalones, recorría las habitaciones desiertas revisando los últimos detalles—. Supongo que no podremos usar todos estos nuevos artefactos atrónicos. En Centauro X todavía usan electricidad.
—Espero que eso no te moleste demasiado —dijo Anderton.
— Nos acostumbraremos —respondió Lisa, y le ofreció una sonrisa fugaz—. ¿Verdad?
—Eso espero. ¿Estás segura de que no te vas a arrepentir? Si yo pensara…
—No me voy a arrepentir —lo aseguró Lisa—. ¿Qué te parece si me ayudas con esta caja?
Mientras subían al primer camión, Witwer llegó en un patrullero. Bajó de un salto y se les acercó a paso vivo, con el rostro visiblemente demacrado.
—Antes de que se vayan —le dijo a Anderton—, tendrá que darme un análisis de la situación de los precogs. El Senado está haciendo preguntas. Quieren saber si el informe intermedio, la retractación, fue un error, o qué. —Y terminó confusamente—: Todavía no puedo explicarlo. El informe de la minoría estaba equivocado, ¿no?
—¿Cuál de ellos? —preguntó Anderton con aire divertido.
Witwer parpadeó.
—Entonces es eso. Debí suponerlo.
Sentado en la cabina del camión, Anderton sacó la pipa y la llenó de tabaco. La prendió con el encendedor de Lisa y empezó a fumar. Lisa había vuelto a la casa; quería asegurarse de no haber olvidado nada importante.
—Había tres informes de la minoría —le dijo a Witwer, disfrutando de la confusión del joven. Algún día Witwer aprendería a no meterse en situaciones que no comprendía del todo. Anderton sentía una intensa satisfacción. Viejo y gastado como estaba, había sido el único en captar la verdadera naturaleza del problema.
—Los tres informes fueron consecutivos —explicó—. El primero era el de «Donna». En esa senda temporal, Kaplan me revelaba el complot y yo lo mataba de inmediato. «Jerry», proyectado un poco más adelante que «Donna», usó su informe como dato. Incorporó mi conocimiento del informe. En esa segunda senda temporal, yo solo deseaba conservar mi puesto. No quería matar a Kaplan. Era mi cargo y mi vida lo que me interesaba.
—¿Y el de «Mike» era el tercer informe? ¿Ese fue posterior al informe de la minoría? —Witwer se corrigió—. Es decir, ¿llegó en último lugar?
—El de «Mike» fue el último de los tres, sí. A partir del conocimiento del primer informe, yo había decidido no matar a Kaplan. Eso produjo el informe número dos. Pero frente a ese informe, volví a cambiar de idea. El informe número dos, la situación número dos, era la situación que Kaplan quería crear. Le convenía a la policía recrear la situación número uno. Y para ese entonces yo ya estaba pensando en la policía. Había descifrado lo que Kaplan estaba haciendo. El tercer informe invalidó al segundo del mismo modo en que el segundo había invalidado al primero. Eso nos llevó de vuelta al punto de partida.
Lisa se acercó sin aliento.
—Vámonos…, hemos terminado aquí.
Con grácil agilidad, subió los peldaños metálicos del camión y se acomodó junto a su marido y al conductor. Éste puso en marcha el motor y los demás lo imitaron.
—Cada informe era diferente —concluyó Anderton—. Cada uno era único. Pero dos de ellos coincidían en un punto. Si me dejaban en libertad, yo mataría a Kaplan. Eso creó la ilusión de un informe de la mayoría. En realidad, eso era todo lo que era: una ilusión. «Donna» y «Mike» habían previsto el mismo evento, pero en dos sendas temporales completamente distintas, ocurriendo bajo circunstancias completamente diferentes. «Donna» y «Jerry», el llamado informe de la minoría y la mitad del informe de la mayoría, estaban equivocados. De los tres, «Mike» era el correcto, ya que ningún informe posterior vino a invalidarlo. Eso lo resume todo.
Afanosamente, Witwer trotaba junto al camión, con su rostro pálido y suave surcado de preocupación.
—¿Va a volver a ocurrir? ¿Deberíamos revisar el sistema?
—Solo puede ocurrir en una circunstancia —dijo Anderton—. Mi caso fue único, pues yo tenía acceso a los datos. Podría volver a ocurrir…, pero solo al próximo comisionado de policía. Así que ten cuidado.
Sonrió brevemente, saboreando la tensa expresión de Witwer. A su lado, los rojos labios de Lisa se curvaron levemente y su mano se extendió hasta cubrir la de él.
—Más vale que mantengas los ojos abiertos —le dijo Anderton al joven Witwer—. Te puede ocurrir en cualquier momento.
FIN
