Sinopsis: «El cohete» (The Rocket) es un cuento de ciencia ficción del escritor estadounidense Ray Bradbury, publicado en marzo de 1950 en la revista Super Science Stories e incluido luego en el libro The Illustrated Man (1951). Fiorello Bodoni es un chatarrero que vive fascinado por los cohetes que cruzan el cielo nocturno y sueña con viajar algún día al espacio. Tras años de sacrificio, ha logrado reunir el dinero necesario para costear el viaje de uno de los miembros de su numerosa familia. Pero elegir quién cumplirá ese sueño y quién deberá quedarse en la Tierra pronto convierte la ilusión en un dilema doloroso.

El cohete
Ray Bradbury
(Cuento completo)
Muchas noches, Fiorello Bodoni se despertaba y oía los cohetes que pasaban suspirando por el cielo oscuro. Salía de la cama de puntillas, seguro de que su bondadosa esposa estaba dormida, y se dejaba envolver por el aire de la noche. Durante unos instantes dejaba atrás el olor a comida vieja de la casita junto al río. Durante un silencioso instante dejaba que su corazón se elevara a solas hacia el espacio, siguiendo a los cohetes.
Ahora, esta misma noche, de pie y semidesnudo en la oscuridad, observaba las fuentes de fuego que murmuraban en el aire. ¡Los cohetes en sus largos y alocados viajes a Marte, Saturno y Venus!
—Vaya, vaya, Bodoni.
Bodoni se sobresaltó.
En un cajón de leche, junto al silencioso río, estaba sentado un viejo que también observaba los cohetes en el silencio de la medianoche.
—Ah, eres tú, Bramante.
—¿Sales todas las noches, Bodoni?
—Solo a tomar el aire.
—¿Sí? Yo prefiero los cohetes —dijo el viejo Bramante—. Era un niño cuando empezaron. Hace ochenta años, y todavía no me he subido a ninguno.
—Algún día viajaré en uno —dijo Bodoni.
—¡No seas tonto! —exclamó Bramante—. Nunca irás. Este es un mundo de ricos. —Sacudió su cabeza gris, recordando—. Cuando yo era joven lo escribieron con letras de fuego: ¡EL MUNDO DEL FUTURO! ¡Ciencia, Comodidad y Novedades para Todos! ¡Ja! Ochenta años. ¡El Futuro se convirtió en el Ahora! ¿Volamos en cohetes? ¡No! Vivimos en chozas, igual que nuestros antepasados.
—Quizá mis hijos… —dijo Bodoni.
—¡Ni ellos ni los hijos de tus hijos! —gritó el viejo—. ¡Solo los ricos tienen sueños y cohetes!
Bodoni titubeó.
—Viejo, he ahorrado tres mil dólares. Me llevó seis años juntarlos. Para mi negocio, para invertir en maquinaria. Pero desde hace un mes me despierto todas las noches. Oigo los cohetes. Pienso. Y esta noche me he decidido. ¡Uno de nosotros volará a Marte! —Sus ojos brillaban, oscuros.
—Idiota —le espetó Bramante—. ¿Cómo vas a elegir? ¿Quién irá? Si vas tú, tu mujer te odiará, porque habrás estado un poco más cerca de Dios, allá en el espacio. Y, con los años, cada vez que le cuentes tu asombroso viaje, ¿no la irá royendo la amargura?
—¡No, no!
—¡Sí! ¿Y tus hijos? ¿Se pasarán la vida con el recuerdo de Papá, que voló a Marte mientras ellos se quedaban aquí? Qué meta tan absurda les pondrás a tus muchachos. No pensarán en otra cosa que en el cohete, toda su vida. No podrán dormir. Se enfermarán de deseo. Igual que tú ahora. Querrán morirse si no pueden ir. No les pongas esa meta, te lo advierto. Déjalos conformes con ser pobres. Que miren hacia abajo, hacia sus manos y hacia tu depósito de chatarra, no hacia las estrellas.
—Pero…
—Supón que fuera tu mujer. ¿Cómo te sentirías, sabiendo que ella vio lo que tú no? Se volvería sagrada. Pensarías en tirarla al río. No, Bodoni, cómprate una nueva máquina demoledora, que bien la necesitas, y con ella destroza tus sueños, hazlos pedazos.
El viejo se quedó callado, con la vista clavada en el río, donde las ahogadas imágenes de los cohetes ardían cayendo por el cielo.
—Buenas noches —dijo Bodoni.
—Que duermas bien —dijo el otro.
Cuando la tostada saltó de su caja plateada, Bodoni casi pega un grito. La noche había sido de insomnio. Entre sus nerviosos hijos, junto a su corpulenta mujer, Bodoni se había revuelto en la cama mirando la nada. Bramante tenía razón. Era mejor invertir el dinero. ¿De qué servía ahorrarlo si solo uno de la familia podría viajar en el cohete, mientras los demás se consumían de frustración?
—Fiorello, come tu tostada —dijo su esposa, María.
—Tengo la garganta seca —dijo Bodoni.
Los niños entraron corriendo: los tres varones peleándose por un cohete de juguete, las dos niñas cargando muñecas que imitaban a los habitantes de Marte, Venus y Neptuno, maniquíes verdes con tres ojos amarillos y doce dedos.
—¡Vi el cohete de Venus! —gritó Paolo.
—¡Despegó así, fuuush! —silbó Antonello.
—¡Niños! —gritó Bodoni, tapándose los oídos.
Lo miraron fijamente. Casi nunca les gritaba.
Bodoni se puso de pie.
—Escúchenme todos —dijo—. Tengo dinero suficiente para llevar a uno de nosotros en el cohete a Marte.
Todos gritaron a la vez.
—¿Entienden? —preguntó—. Solo uno de nosotros. ¿Quién?
—¡Yo, yo, yo! —gritaron los niños.
—Tú —dijo María.
—Tú —le dijo Bodoni a ella.
Todos se quedaron en silencio.
Los niños lo pensaron mejor.
—Que vaya Lorenzo, es el mayor.
—Que vaya Miriamne, es mujer.
—Piensa en todo lo que verías —le dijo María a su marido. Pero tenía los ojos raros. Le temblaba la voz—. Los meteoros, como peces. El universo. La Luna. Debería ir alguien que supiera contarlo bien a la vuelta. Tú tienes facilidad para las palabras.
—Tonterías. Tú también —objetó Bodoni.
Todos temblaban.
—Bueno —dijo Bodoni con tristeza. Arrancó de una escoba varias pajitas de distinto largo—. La más corta gana. —Extendió el puño cerrado—. Elijan.
Solemnemente, cada uno sacó la suya.
—Larga.
—Larga.
Otra.
—Larga.
Los niños habían terminado. La habitación quedó en silencio.
Quedaban dos pajitas. Bodoni sintió que el corazón le dolía.
—Ahora —susurró—. María.
Sacó.
—La corta —dijo.
—Ah —suspiró Lorenzo, mitad contento, mitad triste—. Mamá se va a Marte.
Bodoni intentó sonreír.
—Felicitaciones. Hoy mismo compro tu pasaje.
—Espera, Fiorello…
—Puedes salir la semana que viene —murmuró.
María vio los ojos tristes de los niños puestos en ella, con las sonrisas bajo sus narices rectas y grandes. Lentamente le devolvió la pajita a su marido.
—No puedo ir a Marte.
—¿Por qué no?
—Voy a estar ocupada con otro hijo.
—¡¿Qué?!
No quiso mirarlo.
—No me conviene viajar en mi estado.
Bodoni la tomó del codo.
—¿Es verdad?
—Saquen de nuevo. Empiecen otra vez.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —dijo Bodoni, incrédulo.
—No me acordé.
—María, María —murmuró Bodoni, acariciándole la cara. Se volvió hacia los niños—. Saquen otra vez.
Paolo sacó de inmediato la pajita corta.
—¡Voy a Marte! —Saltaba como loco—. ¡Gracias, papá!
Los otros niños retrocedieron.
—Qué suerte, Paolo.
Paolo dejó de sonreír y miró a sus padres, a sus hermanos y hermanas.
—Puedo ir, ¿verdad? —preguntó con tono inseguro.
—Sí.
—¿Y me van a querer cuando vuelva?
—Claro que sí.
Paolo estudió la preciosa pajita en su mano temblorosa y sacudió la cabeza. La tiró al suelo.
—Se me olvidaba. Empiezan las clases. No puedo ir. Saquen de nuevo.
Pero nadie quiso sacar. Una tristeza enorme pesaba sobre todos.
—Ninguno irá —dijo Lorenzo.
—Es lo mejor —dijo María.
—Bramante tenía razón —dijo Bodoni.
Con el desayuno agriado en el estómago, Fiorello Bodoni se puso a trabajar en el depósito de chatarra, cortando metal, fundiéndolo, vaciándolo en lingotes aprovechables. Su equipo se caía a pedazos; la competencia lo había mantenido al borde mismo de la miseria durante veinte años.
Fue una mañana pésima.
Por la tarde un hombre entró en el depósito y le gritó a Bodoni, que estaba arriba de su máquina demoledora.
—¡Eh, Bodoni, tengo metal para ti!
—¿Qué es, señor Mathews? —preguntó Bodoni sin interés.
—Un cohete. ¿Qué te pasa? ¿No lo quieres?
—¡Sí, sí! —Le agarró el brazo, y se detuvo, desconcertado.
—Claro que es solo una maqueta —dijo Mathews—. Ya sabes. Cuando diseñan un cohete, primero construyen un modelo a escala real, de aluminio. Podrías sacar algo de ganancia fundiéndolo. Te lo dejo en dos mil…
Bodoni dejó caer la mano.
—No tengo el dinero.
—Lo siento. Quise hacerte un favor. La última vez que hablamos me dijiste que todos te ganaban en las ofertas de chatarra. Pensé pasártelo sin que nadie se enterara. Bueno…
—Necesito equipo nuevo. Para eso ahorré.
—Entiendo.
—Si compro el cohete, ni siquiera podría fundirlo. Mi horno de aluminio se descompuso la semana pasada.
—Sí, ya sé.
—Sería imposible usar el cohete si te lo comprara.
—Lo sé.
Bodoni parpadeó y cerró los ojos. Los abrió y miró al señor Mathews.
—Pero soy un gran tonto. Voy a sacar mi dinero del banco y te lo voy a dar.
—Pero si no puedes fundirlo…
—Entrégamelo —dijo Bodoni.
—Está bien, si tú lo dices. ¿Esta noche?
—Esta noche —dijo Bodoni— estaría perfecto. Sí, me gustaría tener un cohete esta noche.
Había luna. El cohete se alzaba blanco y enorme en el depósito de chatarra. Guardaba la blancura de la luna y el azul de las estrellas. Bodoni lo miró y lo amó por entero. Quiso acariciarlo y recostarse contra él, apretar la mejilla contra el metal y contarle todos los anhelos secretos de su corazón.
Se quedó mirándolo hacia arriba.
—Eres todo mío —dijo—. Aunque nunca te muevas ni escupas fuego, y te quedes ahí cincuenta años oxidándote, eres mío.
El cohete olía a tiempo y distancia. Caminar adentro era como caminar por el interior de un reloj. Estaba terminado con una delicadeza suiza. Daban ganas de colgárselo de la cadena del reloj.
—Hasta podría dormir aquí esta noche —murmuró Bodoni, entusiasmado.
Se sentó en el asiento del piloto.
Tocó una palanca.
Se puso a zumbar con la boca cerrada y los ojos cerrados.
El zumbido fue creciendo, más fuerte, más fuerte, más alto, más alto, más salvaje, más extraño, más excitante, estremeciéndolo entero, inclinándolo hacia adelante, arrastrándolo a él y a la nave en un rugiente silencio, en una especie de alarido metálico, mientras los puños le volaban sobre los controles y los ojos cerrados le latían, y el sonido crecía y crecía hasta convertirse en fuego, en fuerza, en un empuje que lo levantaba y lo arrastraba y amenazaba con partirlo en dos. Jadeó. Volvió a zumbar, una y otra vez, sin parar, porque no podía parar, solo podía seguir y seguir, con los ojos cada vez más apretados, con el corazón furioso.
—¡Despegamos! —gritó. ¡La sacudida brutal! ¡El trueno!—. ¡La Luna! —exclamó, los ojos ciegos, apretados—. ¡Los meteoros! —La carrera silenciosa en una luz volcánica—. Marte. ¡Oh, sí! ¡Marte! ¡Marte!
Se desplomó hacia atrás, exhausto y jadeante. Las manos temblorosas soltaron los controles y la cabeza se le ladeó con violencia. Se quedó sentado mucho rato, dejando salir y entrar el aire, mientras el corazón se le iba calmando.
Lenta, muy lentamente, abrió los ojos.
El depósito de chatarra seguía ahí.
No se movió. Clavó los ojos en las pilas de metal durante un minuto, sin apartar la vista. Después, de un salto, pateó las palancas.
—¡Despega, maldito!
La nave permaneció en silencio.
—¡Ya vas a ver! —gritó.
Afuera, en el aire de la noche, tambaleándose, encendió el feroz motor de su terrible máquina demoledora y avanzó hacia el cohete. Levantó los pesados contrapesos hacia el cielo bañado de luna. Preparó las manos temblorosas para dejarlos caer, para aplastar, para despedazar ese sueño insolentemente falso, esa cosa estúpida en la que había gastado todo su dinero, que no se movía, que no le obedecía.
—¡Ya te voy a enseñar! —gritó.
Pero la mano no se movió.
El cohete plateado yacía bajo la luz de la luna. Y más allá del cohete, a una cuadra de distancia, brillaban cálidamente las luces amarillas de su casa. Escuchó la radio de la familia tocando alguna música lejana. Se quedó sentado media hora contemplando el cohete y las luces de la casa, y los ojos se le achicaron y se le abrieron. Bajó de la máquina demoledora y echó a caminar, y mientras caminaba empezó a reírse, y cuando llegó a la puerta trasera de la casa respiró hondo y gritó:
—¡María, María, prepara las maletas! ¡Nos vamos a Marte!
—¡Oh!
—¡Ah!
—¡No puedo creerlo!
—Ya van a ver, ya van a ver.
Los niños se balanceaban en el patio azotado por el viento, bajo el cohete resplandeciente, sin atreverse a tocarlo todavía. Se echaron a llorar.
María miró a su marido.
—¿Qué has hecho? —le dijo—. ¿Gastaste nuestro dinero en esto? No va a volar nunca.
—Va a volar —dijo él, mirando el cohete.
—Los cohetes cuestan millones. ¿Tienes millones?
—Va a volar —repitió con firmeza—. Ahora, entren a la casa, todos. Tengo que hacer unas llamadas, tengo trabajo. ¡Mañana nos vamos! No le digan a nadie, ¿entendieron? Es un secreto.
Los niños se alejaron del cohete, tropezando. Bodoni vio sus caras pequeñas y febriles en las ventanas de la casa, a lo lejos.
María no se había movido.
—Nos arruinaste —dijo—. Nuestro dinero gastado en… en esta cosa. Cuando debió haberse usado en maquinaria.
—Ya vas a ver —dijo Bodoni.
Sin decir una palabra, ella se dio la vuelta.
—Que Dios me ayude —murmuró él, y se puso a trabajar.
A lo largo de la medianoche fueron llegando camiones, descargaron paquetes, y Bodoni, sonriendo, agotó su cuenta de banco. Con soplete y tiras de metal se lanzó sobre el cohete: agregó, quitó, obró prodigios de fuego y secretos insultos sobre el casco. En la sala de máquinas vacía del cohete instaló nueve viejos motores de automóvil. Después selló la sala de máquinas con soldadura, para que nadie pudiera ver su trabajo oculto.
Al amanecer entró a la cocina.
—María —dijo—, estoy listo para desayunar.
Ella no le dirigió la palabra.
Al atardecer llamó a los niños.
—¡Ya estamos listos! ¡Vamos!
La casa estaba en silencio.
—Los encerré en el clóset —dijo María.
—¿Cómo que los encerraste? —le reclamó Bodoni.
—Te vas a matar en ese cohete —dijo ella—. ¿Qué clase de cohete puedes comprar con dos mil dólares? ¡Uno que no sirve!
—Escúchame, María.
—Va a estallar. Además, tú no eres piloto.
—Aun así, puedo pilotear esta nave. La arreglé.
—Te volviste loco —dijo María.
—¿Dónde está la llave del clóset?
—La tengo aquí.
Extendió la mano.
—Dámela.
Ella se la entregó.
—Los vas a matar.
—No, no.
—Sí, los vas a matar. Lo presiento.
Se quedó de pie frente a ella.
—¿No vienes con nosotros?
—Me quedo aquí —dijo ella.
—Ya vas a entender; ya lo vas a ver —dijo él, y sonrió. Abrió el clóset—. Vengan, niños. Sigan a su padre.
—¡Adiós, adiós, mamá!
María se quedó en la ventana de la cocina, mirándolos, muy erguida y en silencio.
En la puerta del cohete, el padre les dijo:
—Niños, este es un cohete veloz. Vamos a estar fuera solo un tiempo corto. Ustedes tienen que volver a la escuela, y yo a mi trabajo. —Tomó las manos de cada uno, por turno—. Escuchen. Este cohete es muy viejo y solo va a hacer un viaje más. No volverá a volar. Este será el único viaje de sus vidas. Abran bien los ojos.
—Sí, papá.
—Escuchen, abran bien los oídos. Huelan los olores del cohete. Sientan. Recuerden. Así, cuando vuelvan, van a poder hablar de esto el resto de sus vidas.
—Sí, papá.
La nave estaba callada como un reloj detenido. La esclusa se cerró con un siseo detrás de ellos. Bodoni los amarró a todos, como pequeñas momias, en las hamacas de hule.
—¿Listos? —les gritó.
—¡Listos! —respondieron todos.
—¡Despegue! —Jaló diez interruptores de golpe. El cohete tronó y dio un salto. Los niños bailaban en sus hamacas, gritando—. ¡Nos movemos! ¡Ya despegamos! ¡Miren!
—¡Ahí viene la Luna!
La Luna pasó como un sueño. Los meteoros estallaron en fuegos de artificio. El tiempo se escurrió en una serpentina de gas. Los niños gritaban. Horas después, libres de las hamacas, se asomaron por las ventanillas.
—¡Ahí está la Tierra! ¡Ahí está Marte!
El cohete iba soltando pétalos rosados de fuego mientras las manecillas del reloj giraban; los ojos de los niños se fueron cerrando. Al final quedaron colgados como mariposas borrachas en los capullos de sus hamacas.
—Bien —susurró Bodoni, a solas.
Salió de puntillas de la cabina de mando y se detuvo un largo momento, temeroso, frente a la puerta de la esclusa.
Apretó un botón. La puerta de la esclusa se abrió de par en par. Dio un paso afuera. ¿Hacia el espacio? ¿Hacia las mareas de tinta donde flotaban los meteoros y las antorchas de gas? ¿Hacia distancias vertiginosas y dimensiones infinitas?
No. Bodoni sonrió.
Alrededor del tembloroso cohete se extendía el depósito de chatarra.
Oxidada, igual que siempre, allí estaba la puerta del depósito con su candado, la casita silenciosa junto al río, la ventana iluminada de la cocina, y el río fluyendo hacia el mismo mar. Y en el centro del depósito, fabricando un sueño mágico, temblaba y ronroneaba el cohete. Se sacudía, rugía, meciendo a los niños atrapados en sus redes como moscas en una telaraña.
María estaba en la ventana de la cocina.
Bodoni la saludó con la mano y sonrió.
No alcanzó a ver si ella le devolvía el saludo. Un saludo leve, quizá. Una pequeña sonrisa.
El sol estaba saliendo.
Bodoni se metió rápidamente al cohete. Silencio. Todos dormían aún. Respiró aliviado. Se ató a una hamaca y cerró los ojos. Rezó para sus adentros: Que nada le pase a la ilusión en los próximos seis días. Que el espacio vaya y venga, y que el rojo Marte aparezca bajo nuestra nave, y las lunas de Marte también, y que no haya fallas en las películas de colores. Que haya tres dimensiones; que nada falle en los espejos ocultos y las pantallas que moldean la delicada ilusión. Que el tiempo pase sin sobresaltos.
Despertó.
El rojo Marte flotaba cerca del cohete.
—¡Papá! —Los niños se agitaban para soltarse.
Bodoni miró y vio el rojo Marte y era perfecto y no tenía ninguna falla y se sintió muy feliz.
Al atardecer del séptimo día el cohete dejó de temblar.
—Estamos en casa —dijo Bodoni.
Cruzaron el depósito de chatarra desde la puerta abierta del cohete, con la sangre cantando en las venas y las caras radiantes. Quizá sabían lo que él había hecho. Quizá adivinaron su maravilloso truco de magia. Pero si lo sabían, si lo adivinaron, nunca lo dijeron. Ahora solo se reían y corrían.
—Preparé jamón con huevos para todos —dijo María, desde la puerta de la cocina.
—¡Mamá, mamá, tendrías que haber venido, a ver, a ver Marte, mamá, y los meteoros, y todo!
—Sí —dijo ella.
A la hora de acostarse, los niños se reunieron frente a Bodoni.
—Queremos darte las gracias, papá.
—No fue nada.
—Lo vamos a recordar siempre, papá. Nunca lo vamos a olvidar.
Muy tarde, en la noche, Bodoni abrió los ojos. Sintió que su mujer estaba acostada a su lado, mirándolo. No se movió durante mucho tiempo, y de pronto lo besó en las mejillas y en la frente.
—¿Qué es esto? —exclamó Bodoni.
—Eres el mejor padre del mundo —susurró ella.
—¿Por qué?
—Ahora veo —dijo María—. Ahora entiendo.
Se recostó y cerró los ojos, tomándole la mano.
—¿Es un viaje muy hermoso? —preguntó.
—Sí —dijo él.
—Quizá —dijo ella—, quizá alguna noche me puedas llevar a dar un pequeño paseo, ¿no crees?
—Uno pequeño, quizá —dijo él.
—Gracias —dijo María—. Buenas noches.
—Buenas noches —dijo Fiorello Bodoni.
FIN