Josefina la cantora o el pueblo de los ratones

Franz Kafka

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Sinopsis: En el pueblo de los ratones, una comunidad acosada y trabajadora que se confiesa sin oído musical, vive Josefina, la única cantora reconocida por todos. Quien no la ha escuchado, asegura el narrador, no conoce el poder del canto. Sin embargo, una sospecha incómoda recorre el relato: lo que Josefina emite quizá no sea distinto del silbido común que cualquier ratón produce sin esfuerzo durante el trabajo. ¿Por qué entonces el pueblo entero suspende sus tareas, se reúne en silencio y la rodea con un fervor casi religioso, sobre todo en los momentos de peligro? La cantora, vanidosa y frágil, exige cada vez más privilegios y libra una batalla obstinada por un reconocimiento absoluto que no termina de llegar.

Franz Kafka - Josefina la cantora o el pueblo de los ratones. Resumen y análisis literario

Advertencia

El resumen y análisis que ofrecemos a continuación es sólo una semblanza y una de las múltiples lecturas posibles que ofrece el texto. De ningún modo pretende sustituir la experiencia de leer la obra en su integridad.

Resumen de Josefina la cantora o el pueblo de los ratones, de Franz Kafka

«Josefina la cantora o el pueblo de los ratones» (Josefine, die Sängerin oder Das Volk der Mäuse) es el último cuento que Franz Kafka concluyó en vida y apareció publicado el 20 de abril de 1924 en el diario Prager Presse, pocas semanas antes de la muerte del autor. El relato, narrado por una voz colectiva que pertenece al pueblo de los ratones, gira en torno a una cantora célebre cuyo arte casi nadie comprende, y construye, a partir de esa paradoja, una reflexión sobre la relación entre el artista y la comunidad que lo escucha.

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La voz que narra pertenece a un miembro anónimo del pueblo de los ratones, un colectivo trabajador, fatigado y desprovisto, según se confiesa, de todo sentido musical. En medio de esa comunidad indiferente al arte vive Josefina, una ratoncita frágil y delicada que ha alcanzado una fama singular: es la única cantora del pueblo, y quien no la ha escuchado, asegura el narrador, no conoce el poder del canto. Sin embargo, los oyentes mismos no saben con certeza qué es lo que oyen. Cuando se la escucha de lejos, o entre otras voces, lo que Josefina emite no parece distinto del silbido común que cualquier ratón produce sin esfuerzo durante la jornada de trabajo. Solo cuando el público la tiene de frente, recogido en torno a su menuda figura, ese silbido cotidiano se convierte en algo que merece atención.

El narrador se interroga largamente sobre la naturaleza del canto. Recuerda que el pueblo conserva tradiciones de un canto antiguo, del que sobreviven canciones que ya nadie sabe cantar, y se pregunta si lo de Josefina es realmente música o un simple silbido al que la solemnidad de la cantora otorga apariencia de arte. Compara el caso con el de alguien que se plantara ante una multitud para cascar nueces: el acto en sí es trivial, pero al ser elevado a espectáculo revelaría una dimensión nueva. Cuando Josefina canta, el público guarda un silencio profundo, casi religioso, y nadie se atreve a silbar, pese a que silbar es para los ratones una manifestación natural de la vida. Una vez, una pequeña criatura silbó por inocencia entre el público, y aunque su sonido era idéntico al de la cantora, los demás la hicieron callar al instante mientras Josefina entonaba, triunfante, su silbido.

Cualquier perturbación —un crujido, un rechinar de dientes, una falla en la luz— le viene bien a Josefina, porque le permite presentarse como una artista incomprendida que se sobrepone a obstáculos. Más útiles aún le resultan las grandes desgracias del pueblo. La vida de los ratones es agitada y peligrosa: enemigos numerosos, amenazas incalculables, un trabajo extenuante que recae también sobre los niños desde temprana edad. En esos tiempos difíciles, cuando las preocupaciones aplastan los hombros de la comunidad, Josefina considera que ha llegado su hora. Reúne fuerzas en el canto, se planta vibrando como si fuera a quebrarse, y el pueblo acude. Bastan unos gestos suyos —echar la cabeza atrás, entreabrir la boca, alzar los ojos— para que la noticia se difunda y las procesiones se encaminen al rincón elegido. Si los oyentes tardan, ella patalea, maldice e incluso muerde, pero el pueblo, lejos de reprenderla, envía mensajeros y aposta centinelas para apresurar la concurrencia.

El narrador se pregunta por qué la comunidad se esfuerza tanto por una cantora a la que en el fondo no comprende. Descarta que sea una entrega incondicional al arte, porque su pueblo ama por encima de todo la astucia práctica y no se entrega del todo a nadie. Plantea entonces otra explicación: Josefina les ha sido confiada, como un niño frágil que tiende la manita, y el pueblo la cuida con un sentido casi paternal. De ella no se ríen nunca, aunque haya en su figura cosas que invitarían a la risa, porque burlarse de quien le ha sido encomendado sería faltar a un deber. Josefina, en cambio, sostiene la idea contraria: cree que es ella quien protege al pueblo, que su canto los salva de la ruina política y económica, y que en los momentos de peligro les infunde fuerzas. El narrador admite que en esos momentos críticos las multitudes se reúnen alrededor de ella con especial recogimiento, pero atribuye ese fervor a otra causa: bajo la amenaza, el pueblo se aprieta gustoso unos contra otros, y la asamblea silenciosa, con el pequeño silbido al frente, funciona como una copa de paz bebida apresuradamente antes del combate.

Para explicar la curiosa eficacia del canto de Josefina, el narrador describe el modo de vida de los ratones. Entre ellos no existe la juventud: la niñez dura apenas un instante, porque los peligros y las exigencias económicas obligan a que los pequeños se incorporen pronto a la lucha por la existencia. La estirpe es prodigiosamente fecunda; las generaciones se empujan unas a otras, y siempre hay nuevos rostros infantiles que sustituyen a los anteriores. De esa imposibilidad de ser niños deriva, paradójicamente, una infantilidad que no muere y que convive con una vejez prematura. El pueblo es a la vez sensato y caprichoso, fatigado y tenaz. Demasiado viejos para la música verdadera, los ratones se contentan con el silbido, y el silbido de Josefina —que ella llama perlado y los demás llaman entrecortado— les llega en las pausas de la lucha como un eco de la breve infancia perdida y de la pequeña alegría indestructible del presente. En esos instantes, sueñan apretados unos contra otros como en una gran cama tibia, y el canto, sin grandes tonos, susurrante y confidencial, encuentra el lugar que ningún artista mayor podría ocupar entre ellos.

Desde tiempo atrás, Josefina libra una lucha persistente: pide que, en consideración a su arte, se la libere de todo trabajo, y que la carga de su sustento la asuma el pueblo entero. Argumenta que el esfuerzo cotidiano daña su voz y le impide alcanzar su máximo rendimiento. El pueblo escucha con calma y rechaza la petición sin entrar a refutarla. Josefina cede aparentemente, vuelve al trabajo, canta como puede, pero al poco tiempo reanuda el reclamo con energías intactas. El narrador observa que en realidad no es la exención del trabajo lo que persigue —pues no es perezosa, y su vida cotidiana no cambiaría—, sino un reconocimiento público, inequívoco y duradero de su arte, único privilegio que se le niega de manera obstinada. Como retroceder sería traicionarse, ahora debe sostenerse o caer en esta exigencia.

La lucha se endurece. Josefina extiende sus manipulaciones más allá del canto. Difunde la amenaza de recortar las coloraturas si no la atienden, y aunque luego asegura haberlas recortado, nadie nota diferencia alguna; vacila después y declara que las repondrá, y vuelve a cambiar de opinión, mientras el pueblo deja pasar todas esas declaraciones como un adulto absorto deja pasar la charla de un niño. Más adelante alega haberse lastimado un pie en el trabajo: cojea apoyada en su séquito, acorta los cantos, pero nadie cree en la lesión, y el público sigue escuchando con embeleso. Cuando ya no puede cojear sin descanso, inventa un nuevo espectáculo: aparece exhausta, con los brazos colgando, y su séquito le ruega y la lleva casi en brazos hasta el lugar del concierto; allí, entre lágrimas inexplicables, se derrumba al intentar empezar, hasta que finalmente se repone y canta como siempre, para luego alejarse con paso firme y mirar a la multitud con frío desafío.

Así sucede una y otra vez, hasta el episodio final. En el momento en que se esperaba que cantara, Josefina simplemente desaparece. Su séquito y muchos otros la buscan en vano. La cantora no quiere cantar, no quiere ya que se lo pidan, y esta vez ha abandonado al pueblo por completo. El narrador comenta que Josefina, tan astuta de costumbre, calcula esta vez tan mal que parece más bien arrastrada por su destino: ella misma se aparta del canto y destruye con sus manos el poder que se había ganado sobre los ánimos. El pueblo, sin embargo, no muestra decepción visible; tranquilo, dueño de sí, masa que reposa en su propia hondura, sigue su camino. A Josefina, en cambio, las cosas le irán cuesta abajo. Pronto su último silbido sonará y se apagará. Su pérdida no será fácil, porque las asambleas tendrán que celebrarse en completo silencio, pero el narrador se pregunta si ese silbido, mientras vivía, era ya algo más que un recuerdo, y si el pueblo, en su sabiduría, no lo había elevado tanto precisamente para que no se perdiera nunca. Liberada del tormento que ella misma reservaba a los elegidos, Josefina se confundirá entre la multitud incontable de los héroes del pueblo y, como todos sus hermanos, será olvidada en una redención más alta, pues los ratones, advierte el narrador, no cultivan la historia.

Análisis de Josefina la cantora o el pueblo de los ratones, de Franz Kafka

Este relato fue redactado en los meses finales de la vida de Kafka, cuando la tuberculosis laríngea le había arrebatado prácticamente la voz, y constituye el último texto que el autor consideró publicable y entregó él mismo a la imprenta. Forma parte del volumen Ein Hungerkünstler (Un artista del hambre), que Kafka todavía alcanzó a corregir en pruebas, y comparte con los otros tres cuentos del libro —«Primer dolor», «Una pequeña mujer» y la pieza homónima— una preocupación obsesiva por la figura del artista enfrentado a una comunidad que no comprende su oficio. Lejos de la pesadilla burocrática de El proceso o de la metamorfosis grotesca de Gregor Samsa, Josefina pertenece a una vena más reflexiva y melancólica, una suerte de fábula filosófica disfrazada de informe etnográfico, donde el escenario realista se diluye y todo el peso del relato recae sobre la voz que medita y se contradice.

Aunque el cuento adopta el ropaje exterior de la fábula animal, no funciona como las fábulas clásicas, en las que los animales encarnan vicios o virtudes humanos para extraer una lección. El pueblo de los ratones no representa a una clase de personas ni a un tipo psicológico particular: representa a una comunidad entera, vista como un cuerpo colectivo con su historia, sus costumbres, sus enemigos invisibles y su modo de habitar el tiempo. La elección del ratón es importante porque el ratón, en la imaginación europea, es una criatura que vive escondida, perseguida, prolífica y silbante. Esa imagen permite a Kafka construir, sin nombrarla nunca, una alegoría que muchos lectores, con razón, han leído como una meditación sobre el pueblo judío de la diáspora: una comunidad acosada, dispersa por razones económicas, prematuramente envejecida, sin tiempo para la infancia, atenta siempre a peligros incalculables y, sin embargo, tenaz, fecunda y sostenida por una astucia práctica. La interpretación no agota el cuento, pero ilumina muchos de sus pasajes y explica el tono grave con que el narrador habla de su gente.

El escenario, en consecuencia, es deliberadamente abstracto. No hay madrigueras descritas, ni paisajes, ni un tiempo histórico identificable; tampoco hay nombres propios fuera del de Josefina. Lo que se nos ofrece es un espacio social y mental, hecho de asambleas, conciertos improvisados en cualquier rincón, procesiones que se forman y se disuelven, y una atmósfera general de amenaza difusa. Esa abstracción es la que permite que el relato funcione como un experimento mental: Kafka aísla la relación entre el artista y la comunidad de cualquier circunstancia particular y la examina con la paciencia de quien hace girar un objeto frente a la luz para verlo desde todos sus ángulos.

Los personajes son, en rigor, dos: Josefina y el pueblo. Josefina es vanidosa, voluntariosa, manipuladora y al mismo tiempo conmovedora en su fragilidad. Cree que su canto sostiene a la comunidad, que en los momentos de peligro infunde fuerza a sus oyentes y que su arte está por encima de la comprensión vulgar. Su motivación no es, en el fondo, la exención del trabajo que reclama: lo que busca es un reconocimiento absoluto, un lugar singular y duradero en la memoria del pueblo, una corona colgada en el punto más alto que pueda imaginarse. Para conseguirlo despliega tácticas cada vez más teatrales —las coloraturas amenazadas, la cojera fingida, los desmayos antes del concierto— que el narrador describe con un humor seco y una compasión apenas disimulada. El pueblo, por su parte, es un personaje colectivo de naturaleza paradójica: cuida a Josefina con un amor casi paternal, la protege, la escucha en silencio, le concede todo lo que ella desea salvo lo único que ella verdaderamente quiere, y mantiene en todo momento esa sabiduría callada de quien ha aprendido a sobrevivir y sabe lo que vale cada cosa.

La estructura narrativa se aparta de cualquier modelo convencional. No hay un suceso central que progrese hacia un desenlace; el cuento es una larga reflexión que avanza por aproximaciones sucesivas, planteando preguntas, ensayando respuestas, retomando lo dicho desde otro ángulo y desmintiéndose en parte a sí mismo. El narrador formula una hipótesis —el pueblo está entregado a Josefina por su arte— y la matiza —pero no de manera incondicional—; afirma que Josefina silba como cualquier otro y luego concede que, frente a ella, eso ya no es un silbido; describe el efecto del canto en tiempos de crisis y a continuación lo atribuye no al canto sino a la necesidad colectiva de apretarse en asamblea. Este movimiento de tesis y contratesis es la verdadera forma del relato, y produce un efecto curioso: el lector comprende mejor el asunto cuanto más se da cuenta de que ningún juicio definitivo es posible.

La voz que narra es uno de los hallazgos más originales del cuento. Habla en primera persona del plural —«nuestra cantora», «nuestra vida», «nuestros niños»— y se incluye en el pueblo, pero al mismo tiempo se permite una distancia analítica, una ironía contenida y una capacidad de matización que la elevan por encima de la masa. Es a la vez parte y observador, partidario y crítico, cariñoso y escéptico. Esa duplicidad le permite a Kafka esquivar dos peligros: el de convertir el relato en una sátira contra la artista pretenciosa y el de hacer de Josefina una mártir incomprendida. La narración mantiene un equilibrio finísimo entre la simpatía hacia la cantora y la lucidez sobre sus pequeñas miserias, y ese equilibrio se sostiene con un estilo de prosa larga, sinuosa, llena de subordinadas, oraciones que se enmiendan en marcha y reservas que matizan lo recién afirmado, característico del Kafka tardío.

Entre las técnicas literarias más visibles está el uso sistemático de la paradoja como motor del pensamiento. Un pueblo sin oído musical venera a una cantora; el silbido de Josefina es indistinguible del silbido común, y sin embargo es único; el público guarda silencio para escuchar un sonido que en cualquier otro contexto pasaría inadvertido; Josefina cree salvar al pueblo, pero el pueblo es, en realidad, quien la sostiene a ella; las desgracias colectivas, que deberían silenciar el arte, son justamente las que crean las condiciones para que el arte sea escuchado. El cuento avanza acumulando estas paradojas hasta que la pregunta inicial —¿qué hace especial al canto de Josefina?— se transforma en otra mucho más honda: ¿qué relación existe entre el arte y la comunidad que lo recibe, y de quién depende, en última instancia, el valor de una obra?

Los temas que Kafka trabaja en este relato son, en consecuencia, varios y entrelazados. Está, en primer plano, el tema del artista frente al público: Josefina exige una excepcionalidad que el pueblo no le concede, y su drama no es que la rechacen —porque la cuidan y la escuchan— sino que la admiren a su manera, no a la manera que ella pretende imponer. Está también el tema de la vocación y el sacrificio inútil, ya que el reconocimiento que Josefina persigue es el único que se le niega y, al perseguirlo hasta el final, acaba destruyendo el frágil poder que sí poseía. Hay una reflexión sobre la naturaleza del arte mismo: si el canto es indistinguible del silbido cotidiano, lo que lo convierte en arte no es la cualidad sonora, sino el ritual que lo rodea, el silencio del público, la postura de la cantora, el contexto que transforma un gesto vulgar en una experiencia compartida. Y está, por último, el tema de la comunidad y la memoria: un pueblo que no cultiva la historia y que, por eso mismo, dispone de una forma de eternidad —la del olvido— en la que todos sus héroes se igualan.

El desenlace concentra el sentido del cuento. Josefina no muere en escena ni es expulsada por el pueblo: simplemente desaparece, abandona el canto, se retira de un escenario en el que nadie la había echado. Esa retirada voluntaria revela hasta qué punto su lucha era, en el fondo, contra una imposibilidad. El reconocimiento absoluto que perseguía no podía concedérselo nadie, porque el pueblo, según el narrador, solo puede dar y nunca recibir; no necesita en realidad lo que Josefina le ofrece, y por tanto no puede otorgarle a cambio el lugar privilegiado que ella reclama. Al desaparecer, Josefina se entrega a la única forma de inmortalidad disponible en su mundo: la de fundirse con la multitud incontable de los héroes anónimos y ser olvidada como sus hermanos. La última frase, que habla de una redención más alta, es ambigua y melancólica: no promete una salvación religiosa ni una fama póstuma, sino la disolución pacífica del individuo en el cuerpo del pueblo.

Conviene leer esa disolución en relación con la circunstancia biográfica. Kafka redactó el cuento cuando ya casi no podía hablar y debía comunicarse por escrito; corrigió las pruebas en su lecho de enfermo y murió un mes después de la publicación. La cantora cuya voz se apaga, cuyo último silbido sonará y se extinguirá, es difícilmente separable de un escritor que sentía que su obra acaso no sería leída ni comprendida, que pidió a Max Brod que la destruyera y que, sin embargo, eligió como despedida un texto sobre el modo en que un artista frágil deja de cantar y se confunde con su pueblo. Esa coincidencia no reduce el cuento a confesión personal, pero le añade una resonancia particular: el relato se convierte en una meditación, sostenida con humor y sin patetismo, sobre el gesto de retirarse, sobre la modestia del arte cuando se mide con la dureza de la vida colectiva, y sobre la forma extraña en que un canto pequeño puede sostenerse, durante un instante, en medio del silencio del mundo.

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Franz Kafka - Josefina la cantora o el pueblo de los ratones. Resumen y análisis literario
  • Autor: Franz Kafka
  • Título: Josefina la cantora o el pueblo de los ratones
  • Título Original: Josefine, die Sängerin oder Das Volk der Mäuse
  • Publicado en: Prager Presse, 20 de abril de 1924

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