Sinopsis: «Josefina la cantora o el pueblo de los ratones» (Josefine, die Sängerin oder Das Volk der Mäuse) es un cuento de Franz Kafka, publicado el 20 de abril de 1924 en Prager Presse. Josefina es un personaje único en el pueblo de los ratones: una cantora venerada por una comunidad que, paradójicamente, parece carecer por completo de sensibilidad musical. Su arte, semejante al silbido común de todos, provoca sin embargo un recogimiento especial entre quienes acuden a escucharla, más impresionados por su actitud que por su voz. Amparada en esa fascinación colectiva, Josefina empieza a reclamar privilegios que ponen a prueba la paciencia de su pueblo.

Josefina la cantora
o el pueblo de los ratones
Franz Kafka
(Cuento completo)
Nuestra cantora se llama Josefina. Quien no la ha oído no conoce el poder del canto. No hay nadie a quien su canto no arrebate, lo que debe valorarse tanto más cuanto que nuestra especie, en general, no ama la música. La paz silenciosa es para nosotros la música más querida; nuestra vida es dura, y aun cuando alguna vez hayamos intentado sacudirnos todas las preocupaciones cotidianas, ya no logramos elevarnos hacia cosas tan alejadas de nuestra existencia habitual como la música. Pero tampoco lo lamentamos demasiado; ni siquiera llegamos a eso. Consideramos nuestra mayor virtud cierta astucia práctica, que por lo demás necesitamos con extrema urgencia, y con la sonrisa de esa astucia solemos consolarnos de todo, incluso si alguna vez —cosa que no sucede— llegáramos a sentir nostalgia de la dicha que tal vez procede de la música. Solo Josefina es la excepción: ella ama la música y también sabe transmitirla; es la única; con su partida, la música —quién sabe por cuánto tiempo— desaparecerá de nuestra vida.
He pensado a menudo en qué consiste realmente esa música. Al fin y al cabo, carecemos por completo de sentido musical; ¿cómo es que comprendemos el canto de Josefina o, puesto que Josefina niega que lo comprendamos, creemos al menos comprenderlo? La respuesta más sencilla sería que la belleza de ese canto es tan grande que ni el oído más torpe puede resistírsele, pero esa respuesta no resulta satisfactoria. Si realmente fuera así, ante ese canto tendría que sentirse, antes que nada y siempre, la impresión de lo extraordinario, la impresión de que de esa garganta brota algo que nunca hemos oído antes y que ni siquiera tenemos capacidad de oír, algo para cuya percepción solo esta Josefina, y nadie más, nos habilita. Pero justamente eso, a mi juicio, no ocurre. Yo no lo siento, ni he observado nada semejante en los demás. En confianza, dentro de nuestro círculo más cercano, nos confesamos abiertamente que el canto de Josefina, considerado como canto, no tiene nada de extraordinario.
¿Pero es en realidad canto? A pesar de nuestra falta de musicalidad, tenemos tradiciones de canto; en los antiguos tiempos de nuestro pueblo hubo canto, las leyendas hablan de ello e incluso se han conservado canciones que, eso sí, ya nadie puede cantar. Tenemos, por lo tanto, una noción de lo que es el canto, y a esa noción el arte de Josefina no corresponde del todo. ¿Es, entonces, canto? ¿No será quizá nada más que un silbido? Y silbar, desde luego, todos sabemos; es la verdadera habilidad de nuestro pueblo o, mejor dicho, no es una habilidad, sino una manifestación característica de nuestra vida. Todos silbamos, aunque, por supuesto, a nadie se le ocurre presentar eso como arte; silbamos sin prestar atención, sin siquiera darnos cuenta, y hay muchos entre nosotros que ni siquiera saben que el silbido forma parte de nuestras peculiaridades. Si fuera cierto, por tanto, que Josefina no canta, sino que solo silba, y quizá, como al menos a mí me parece, apenas sobrepasa los límites del silbido común —más aún, tal vez ni siquiera tenga fuerzas suficientes para ese silbido corriente que un simple peón produce sin esfuerzo durante todo el día mientras trabaja—, si todo eso fuera cierto, quedaría refutada la supuesta condición artística de Josefina, pero entonces habría que resolver con mayor razón el enigma de su gran efecto.
Sin embargo, lo que ella produce no es simplemente un silbido. Si uno se coloca bastante lejos de ella y escucha, o mejor aún, si se somete a una prueba: si Josefina canta, por ejemplo, entre otras voces y uno se propone reconocer la suya, inevitablemente no percibirá otra cosa que un silbido común, apenas llamativo quizá por cierta delicadeza o debilidad. Pero si uno está frente a ella, ya no es solo un silbido; para comprender su arte es necesario no solo oírla, sino también verla. Incluso si no fuera más que nuestro silbido de todos los días, ya habría ahí, para empezar, la singularidad de que alguien se plante solemnemente a hacer nada más que lo habitual. Cascar una nuez no es, en verdad, ningún arte; por eso tampoco nadie se atrevería a convocar a un público y, para entretenerlo, ponerse a cascar nueces delante de él. Pero si alguien lo hace de todos modos y logra su propósito, entonces ya no puede tratarse simplemente de cascar nueces. O bien se trata, en efecto, de cascar nueces, pero resulta que habíamos pasado por alto ese arte porque lo dominábamos sin dificultad, y que este nuevo cascanueces nos muestra por primera vez su verdadera esencia; y en ese caso, incluso podría ser útil para el efecto que fuera algo menos hábil que la mayoría de nosotros en cascar nueces.
Tal vez ocurra algo parecido con el canto de Josefina: admiramos en ella aquello que no admiramos en nosotros mismos; y en esto último, por cierto, ella coincide por completo con nosotros. Una vez estuve presente cuando alguien, como naturalmente ocurre a menudo, le señaló el silbido común del pueblo, y lo hizo con mucha modestia; pero para Josefina aquello ya fue demasiado. Nunca he visto una sonrisa tan insolente y altiva como la que puso entonces; ella, que por fuera es la fragilidad misma, notablemente delicada incluso dentro de nuestro pueblo, donde abundan mujeres así de finas, pareció en ese momento francamente ordinaria. Por lo demás, con esa gran sensibilidad suya, probablemente lo sintió ella misma de inmediato, y se recompuso. En cualquier caso, niega toda relación entre su arte y el silbido. Para quienes opinan lo contrario solo tiene desprecio y probablemente un odio que no se atreve a confesarse. No se trata de vanidad común, pues esa oposición, a la que también yo pertenezco a medias, la admira sin duda no menos que la multitud; pero Josefina no quiere solo ser admirada, sino ser admirada exactamente de la manera que ella determina; la admiración por sí sola no le importa. Y cuando uno se sienta frente a ella, la comprende; la oposición solo se sostiene a la distancia; cuando uno está delante de ella, sabe que lo que ella silba allí no es un silbido.
Como silbar forma parte de nuestras costumbres irreflexivas, podría creerse que también se silba en el auditorio de Josefina. Su arte nos hace sentir bien, y cuando nos sentimos bien, silbamos; pero su auditorio no silba, reina un silencio de ratón, como si hubiéramos alcanzado la paz anhelada, de la que al menos nuestro propio silbido nos aparta; callamos. ¿Es su canto lo que nos cautiva, o más bien el silencio solemne que rodea a esa débil vocecita? Una vez ocurrió que una pequeña criatura tonta empezó también, con toda inocencia, a silbar durante el canto de Josefina. Pues bien, era exactamente lo mismo que oíamos de Josefina: allí adelante, a pesar de toda la rutina, el silbido todavía tímido; aquí, en el público, el silbido infantil y ensimismado. Habría sido imposible señalar la diferencia. Y sin embargo, de inmediato siseamos y silbamos para acallar a la entrometida, aunque no habría hecho falta, pues seguramente se habría encogido por sí misma de miedo y vergüenza, mientras Josefina entonaba su silbido triunfal y estaba fuera de sí, con los brazos abiertos y el cuello estirado hasta donde ya no podía estirarse más.
Así es ella siempre, por lo demás. Cualquier pequeñez, cualquier azar, cualquier contrariedad, un crujido en el piso, un rechinar de dientes, una falla en la iluminación, le parece apropiado para aumentar el efecto de su canto. Según ella, canta para oídos sordos; no le faltan entusiasmo ni aplausos, pero hace mucho que aprendió a renunciar a una verdadera comprensión, tal como ella la entiende. Por eso todas las molestias le vienen muy bien. Todo lo que desde afuera se opone a la pureza de su canto, todo lo que es vencido en una lucha leve, incluso sin lucha, por la simple confrontación, puede contribuir a despertar a la multitud y a enseñarle, si no comprensión, al menos un respeto instintivo.
Pero si lo pequeño le sirve de ese modo, cuánto más lo grande. Nuestra vida es muy agitada; cada día trae sorpresas, angustias, esperanzas y terrores, de tal modo que nadie podría soportarlo todo si no contara, a cualquier hora del día o de la noche, con el respaldo de sus compañeros. Incluso así, con frecuencia se vuelve muy difícil; a veces tiemblan mil hombros bajo una carga que en realidad estaba destinada a uno solo. Entonces Josefina considera que ha llegado su hora. Ya está allí, la criatura delicada, vibrando de manera inquietante sobre todo bajo el pecho; es como si hubiera reunido toda su fuerza en el canto, como si a todo lo que en ella no sirve directamente al canto se le hubiera quitado toda energía, casi toda posibilidad de vida; como si estuviera desnuda, abandonada, confiada únicamente a la protección de buenos espíritus; como si, mientras así, completamente ajena a sí misma, habita en el canto, un soplo frío al pasar pudiera matarla. Pero precisamente ante esa visión, nosotros, sus supuestos adversarios, solemos decirnos: «Ni siquiera sabe silbar; tiene que esforzarse de un modo terrible, no para cantar —no hablemos de cantar—, sino para forzarse a emitir, más o menos, el silbido habitual de nuestro pueblo». Así nos parece, pero, como ya he dicho, esa impresión, aunque inevitable, es fugaz y pasa pronto. También nosotros nos sumergimos entonces en el sentimiento de la multitud que escucha, cálida, cuerpo contra cuerpo, respirando con recogimiento.
Y para reunir a su alrededor a esa multitud, casi siempre en movimiento y yendo de un lado a otro por motivos que a menudo no están muy claros, Josefina no necesita por lo general hacer otra cosa que echar hacia atrás la cabecita, entreabrir la boca y volver los ojos hacia lo alto, en esa postura que indica que tiene intención de cantar. Puede hacerlo donde quiera; no es necesario que sea un lugar visible desde lejos: cualquier rincón escondido, elegido por un capricho momentáneo, sirve igual. La noticia de que quiere cantar se difunde de inmediato, y pronto las procesiones se encaminan hacia allí. A veces, claro, surgen obstáculos; Josefina canta con preferencia justamente en tiempos agitados, cuando las preocupaciones y necesidades nos obligan a tomar muchos caminos distintos; entonces, ni con la mejor voluntad, podemos reunirnos tan rápido como Josefina desea, y ella permanece allí, en su gran actitud, quizá durante un buen rato, sin un número suficiente de oyentes. Entonces, por supuesto, se enfurece; patalea, maldice de una manera muy poco femenina, incluso muerde. Pero ni siquiera una conducta así perjudica su fama; en vez de contener un poco sus excesivas pretensiones, nos esforzamos por satisfacerlas. Se envían mensajeros para traer oyentes; se mantiene en secreto ante ella que eso ocurre; se ven apostados centinelas en los caminos de los alrededores, que les hacen señas a los que llegan para que se apresuren; y todo esto hasta que finalmente se reúne un número aceptable.
¿Qué impulsa al pueblo a esforzarse tanto por Josefina? Una pregunta nada fácil de responder, y que además está ligada a la del canto de Josefina. Podría descartarse y unirse por completo a esa segunda pregunta si pudiera afirmarse, por ejemplo, que el pueblo está incondicionalmente entregado a Josefina por su canto. Pero justamente no es así; nuestro pueblo apenas conoce la entrega incondicional. Este pueblo, que por encima de todo ama la astucia, por inofensiva que sea, el susurro infantil, el chisme inocente que apenas mueve los labios, un pueblo así no puede entregarse incondicionalmente. También Josefina lo siente, y eso es lo que combate con todo el esfuerzo de su débil garganta.
Desde luego, no hay que llevar demasiado lejos estos juicios generales: el pueblo sí está entregado a Josefina, solo que no incondicionalmente. Por ejemplo, sería incapaz de reírse de ella. Podemos admitirlo: en Josefina hay muchas cosas que invitan a la risa; y la risa, de por sí, siempre está cerca de nosotros; pese a toda la miseria de nuestra vida, una risa leve vive siempre, de algún modo, entre nosotros. Pero de Josefina no nos reímos. A veces tengo la impresión de que el pueblo concibe su relación con Josefina de este modo: ella, esa criatura frágil, necesitada de cuidado, distinguida de alguna manera —según ella, distinguida por el canto—, le ha sido confiada, y el pueblo debe velar por ella. La razón de esto nadie la conoce; solo el hecho parece estar firmemente establecido. Pero de aquello que nos ha sido confiado uno no se ríe; reírse sería faltar a un deber. La mayor maldad que los más malvados de entre nosotros pueden infligirle a Josefina consiste en decir a veces: «Las ganas de reír se nos quitan cuando vemos a Josefina».
Así cuida el pueblo de Josefina, a la manera de un padre que se hace cargo de un niño que le tiende la manita —no se sabe bien si pidiendo o exigiendo—. Podría pensarse que nuestro pueblo no sirve para cumplir esos deberes paternales, pero en realidad los cumple, al menos en este caso, de manera ejemplar; ningún individuo podría hacer, en este sentido, lo que el pueblo en su conjunto es capaz de hacer. Es cierto que la diferencia de fuerza entre el pueblo y el individuo es tan enorme que basta con que el pueblo atraiga al desvalido hacia el calor de su cercanía para que quede suficientemente protegido. A Josefina, sin embargo, no se le puede hablar de estas cosas. «Me importa un silbido su protección», dice entonces. «Sí, sí, tú silbas», pensamos nosotros. Y además, en verdad, no es ninguna refutación que ella se rebele; más bien eso es enteramente propio de los niños y de la gratitud infantil, y propio del padre es no hacerle caso.
Pero interviene aquí todavía otra cosa, más difícil de explicar a partir de esta relación entre el pueblo y Josefina. Josefina, en efecto, opina lo contrario: cree que es ella quien protege al pueblo. Su canto, según ella, nos salva de una mala situación política o económica; nada menos que eso consigue, y si no aleja la desgracia, al menos nos da fuerzas para soportarla. Ella no lo dice así ni de ninguna otra manera; en general habla poco, es callada entre los parlanchines, pero eso destella en sus ojos y se lee en su boca cerrada —entre nosotros pocos logran mantener la boca cerrada; ella sí—. Ante cada mala noticia —y hay días en que se atropellan unas a otras, entre ellas falsas y a medias ciertas—, se levanta de inmediato, ella, a quien de ordinario el cansancio parece arrastrar hacia el suelo; se levanta, estira el cuello y busca abarcar con la mirada su rebaño, como el pastor antes de la tormenta. Es verdad que también los niños plantean exigencias semejantes, en su manera salvaje y descontrolada, pero en Josefina no son tan infundadas como en ellos. Desde luego, no nos salva ni nos da fuerzas; es fácil presentarse después como salvadora de este pueblo acostumbrado al sufrimiento, que no se cuida a sí mismo, rápido en sus decisiones, conocedor de la muerte, solo en apariencia temeroso dentro de la atmósfera de audacia en que vive constantemente y, además, tan fecundo como valeroso. Es fácil, digo, presentarse después como salvadora de este pueblo que siempre, de algún modo, se ha salvado a sí mismo, aunque haya sido a costa de sacrificios ante los cuales el historiador —en general descuidamos por completo la investigación histórica— quedaría paralizado de espanto. Y, sin embargo, es verdad que justamente en los momentos de necesidad escuchamos la voz de Josefina mejor que de costumbre.
Las amenazas que se ciernen sobre nosotros nos vuelven más silenciosos, más modestos, más dóciles ante la actitud mandona de Josefina; nos reunimos con gusto, nos apretujamos con gusto unos contra otros, sobre todo porque se trata de una ocasión que queda por completo al margen de lo principal que nos atormenta. Es como si, antes del combate, bebiéramos juntos y de prisa —sí, la prisa es necesaria, y Josefina lo olvida con demasiada frecuencia— una copa de paz. No es tanto una presentación de canto como una asamblea del pueblo, y una asamblea en la que, salvo por el pequeño silbido de adelante, reina un silencio absoluto; la hora es demasiado seria para gastarla en parloteos.
Una relación así, por supuesto, no podría satisfacer a Josefina. A pesar de toda la nerviosa desazón que le provoca su posición nunca del todo aclarada, enceguecida por la conciencia que tiene de sí misma, hay muchas cosas que no ve, y sin gran esfuerzo se la puede llevar a pasar por alto muchas más; un enjambre de aduladores trabaja siempre en ese sentido, es decir, en realidad, en un sentido útil para todos. Pero cantar solo de paso, inadvertida, en el rincón de una asamblea del pueblo: para eso, aunque en sí mismo no sería poca cosa, Josefina no sacrificaría su canto.
Pero tampoco tiene que hacerlo, pues su arte no pasa inadvertido. Aunque en el fondo estemos ocupados en cosas muy distintas y el silencio no reine solo por amor al canto, y aunque más de uno ni siquiera levante la vista, sino que hunda la cara en el pelaje del vecino, de modo que Josefina, allá arriba, parece esforzarse en vano, algo de su silbido, sin embargo —esto no puede negarse—, llega inevitablemente hasta nosotros. Ese silbido que se eleva allí donde a todos los demás se les ha impuesto silencio llega casi como un mensaje del pueblo al individuo; el débil silbido de Josefina en medio de decisiones graves es casi como la pobre existencia de nuestro pueblo en medio del tumulto del mundo enemigo. Josefina se sostiene; esa nada de voz, esa nada de ejecución se sostiene y se abre camino hasta nosotros; reconforta pensar en ello. A un verdadero artista del canto, si alguna vez apareciera uno entre nosotros, en semejantes momentos no lo soportaríamos, y rechazaríamos por unanimidad lo absurdo de semejante representación. Ojalá Josefina nunca llegue a comprender que el hecho de que la escuchemos es una prueba contra su canto. Alguna sospecha de esto debe de tener; ¿por qué, si no, negaría con tanta pasión que la escuchamos? Pero vuelve una y otra vez a cantar, y con su silbido se sobrepone a esa sospecha.
De todos modos, todavía le quedaría un consuelo: en cierto sentido la escuchamos de verdad, probablemente de una manera parecida a como se escucha a un artista del canto. Ella alcanza efectos que un artista del canto intentaría en vano lograr entre nosotros, y que solo le son concedidos precisamente a sus medios insuficientes. Esto se relaciona, sin duda, sobre todo con nuestro modo de vida.
En nuestro pueblo no se conoce la juventud; apenas una brevísima niñez. Es cierto que periódicamente surgen reclamos para que se les garantice a los niños una libertad especial, un cuidado especial; para que se reconozca su derecho a un poco de despreocupación, a un poco de correteo sin sentido, a un poco de juego, y se les ayude a disfrutarlo. Tales reclamos surgen, y casi todos los aprueban; no hay nada más digno de aprobación, pero tampoco hay nada que en la realidad de nuestra vida pueda concederse menos. Se aprueban los reclamos, se hacen intentos en ese sentido, pero pronto todo vuelve a estar como antes. Nuestra vida es de tal naturaleza que un niño, apenas puede correr un poco y distinguir un poco su entorno, debe valerse por sí mismo igual que un adulto. Los territorios en los que por razones económicas tenemos que vivir dispersos son demasiado extensos, nuestros enemigos son demasiados, los peligros que nos acechan en todas partes demasiado incalculables; no podemos mantener a los niños alejados de la lucha por la existencia; si lo hiciéramos, sería su fin prematuro.
A estas tristes razones se suma, eso sí, una razón que eleva el ánimo: la fecundidad de nuestra estirpe. Una generación —y cada una es numerosa— empuja a la otra; los niños no tienen tiempo de ser niños. Tal vez en otros pueblos los niños sean cuidadosamente atendidos, tal vez allí se levanten escuelas para los pequeños, tal vez de esas escuelas salgan cada día los niños, el futuro del pueblo; pero durante mucho tiempo, día tras día, son siempre los mismos niños los que salen de allí. Nosotros no tenemos escuelas, pero de nuestro pueblo brotan, en brevísimos intervalos, las multitudes incontables de nuestros niños, alegres, siseando o piando mientras aún no pueden silbar, revolcándose o rodando empujados por la presión mientras aún no pueden caminar, arrastrando torpemente todo con su masa mientras aún no pueden ver. ¡Nuestros niños! Y no como en aquellas escuelas, donde son siempre los mismos; no, siempre, una y otra vez, nuevos, sin fin, sin interrupción. Apenas aparece un niño, ya no es niño, pero detrás de él empujan ya los nuevos rostros infantiles, indistinguibles en su multitud y en su prisa, sonrosados de felicidad. Por hermoso que esto sea, y por mucho que otros puedan envidiarnos con razón, no podemos darles a nuestros niños una verdadera infancia. Y eso tiene sus consecuencias. Una cierta infantilidad que no muere ni puede arrancarse penetra nuestro pueblo. En contradicción directa con nuestra mejor cualidad, el infalible sentido práctico, a veces actuamos de un modo completamente necio, y precisamente como actúan los niños cuando son necios: sin sentido, pródigos, generosos, ligeros, y todo eso a menudo solo por una pequeña diversión. Y aunque nuestra alegría, desde luego, ya no puede tener toda la fuerza de la alegría infantil, algo de ella vive todavía en nosotros. De esta infantilidad de nuestro pueblo se aprovecha Josefina desde siempre.
Pero nuestro pueblo no solo es infantil; también es, en cierto modo, prematuramente viejo. Infancia y vejez se manifiestan entre nosotros de manera distinta que en otros pueblos. No tenemos juventud; somos de inmediato adultos, y luego somos adultos durante demasiado tiempo. De ahí que una cierta fatiga y desesperanza cruce con amplia huella el carácter de nuestro pueblo, que en conjunto es, sin embargo, tan tenaz y tan fuerte en la esperanza. Con esto se relaciona quizá también nuestra falta de musicalidad; somos demasiado viejos para la música. Su agitación, su arrebato, no se ajustan a nuestra pesadez; cansados, la apartamos con un gesto. Nos hemos retirado al silbido: un poco de silbido aquí y allá, eso es lo adecuado para nosotros. Quién sabe si no habrá talentos musicales entre nosotros; pero si los hubiera, el carácter de los demás tendría que sofocarlos antes de que pudieran desarrollarse. En cambio, Josefina puede silbar o cantar o llamarlo como quiera; eso no nos molesta, eso nos va bien, eso sí podemos soportarlo. Si en ello hubiera algo de música, estaría reducido a la mayor insignificancia posible; se conserva cierta tradición musical, pero sin que nos pese en lo más mínimo.
Pero Josefina le ofrece todavía algo más a este pueblo así dispuesto. En sus conciertos, sobre todo en tiempos difíciles, solo los más jóvenes se interesan aún por la cantora como tal; solo ellos miran con asombro cómo frunce los labios, expulsa el aire entre los lindos dientecitos delanteros, se queda extasiada ante los sonidos que ella misma produce y aprovecha ese desfallecimiento para animarse a una nueva ejecución, cada vez más incomprensible incluso para ella. Pero la verdadera multitud —esto se reconoce claramente— se ha replegado sobre sí misma. Aquí, en las pobres pausas entre las luchas, el pueblo sueña; es como si al individuo se le aflojaran los miembros, como si al inquieto le fuera permitido estirarse y desperezarse a gusto, por una vez, en la gran cama tibia del pueblo. Y en esos sueños resuena de vez en cuando el silbido de Josefina. Ella lo llama perlado; nosotros lo llamamos entrecortado. En cualquier caso, está aquí en su lugar como en ninguna otra parte, como rara vez la música encuentra el instante que la espera. Hay en él algo de la pobre y breve infancia, algo de una felicidad perdida que nunca volverá a encontrarse, pero también algo de la vida activa de hoy, de su pequeña, incomprensible y sin embargo existente e indestructible alegría. Y todo eso, en verdad, no se dice con grandes tonos, sino de manera leve, susurrante, confidencial, a veces un poco ronca. Naturalmente, es un silbido. ¿Cómo no habría de serlo? El silbido es la lengua de nuestro pueblo; solo que muchos silban toda la vida sin saberlo, mientras que aquí el silbido queda liberado de las ataduras de la vida cotidiana y también nos libera a nosotros por un breve rato. Sin duda, no querríamos prescindir de estas presentaciones.
Pero de ahí a la afirmación de Josefina de que en tales tiempos nos da nuevas fuerzas, y así sucesivamente, hay todavía un largo camino. Para la gente común, por supuesto, no para los aduladores de Josefina. «¿Cómo podría ser de otro modo?», dicen ellos con una audacia bastante despreocupada. «¿De qué otra manera podría explicarse la gran afluencia de público, sobre todo bajo un peligro inmediato y apremiante, que ya a veces incluso ha impedido la defensa suficiente y oportuna contra ese mismo peligro?». Pues bien, esto último, por desgracia, es cierto; pero no es ninguna gloria de Josefina, especialmente si se añade que, cuando tales reuniones fueron dispersadas por sorpresa por el enemigo y más de uno de los nuestros tuvo que dejar la vida, Josefina, que había causado todo aquello e incluso quizá había atraído al enemigo con su silbido, siempre estuvo en el lugar más seguro y desapareció primero, muy callada y a toda prisa, bajo la protección de sus partidarios. En el fondo, todos lo saben, y sin embargo vuelven a correr hacia ella cuando Josefina, en cualquier lugar y en cualquier momento, se levanta a cantar según su antojo.
De esto podría concluirse que Josefina está casi fuera de la ley, que se le permite hacer lo que quiera, incluso si pone en peligro a la comunidad, y que todo se le perdona. Si así fuera, sus pretensiones serían plenamente comprensibles; es más, en esa libertad que el pueblo le concedería, en ese regalo extraordinario, no otorgado a nadie más, que en realidad contradice las leyes, podría verse en cierto modo la confesión de que el pueblo no comprende a Josefina, tal como ella afirma, de que contempla su arte sin poder hacer nada, se siente indigno de él y se esfuerza por compensar con un esfuerzo verdaderamente desesperado el dolor que eso le causa; y así como su arte está fuera de su capacidad de comprensión, también coloca a su persona y sus deseos fuera del alcance de sus mandatos. Pues bien, esto no es en absoluto cierto. Tal vez en casos aislados el pueblo capitule demasiado pronto ante Josefina, pero así como no capitula incondicionalmente ante nadie, tampoco lo hace ante ella.
Desde hace mucho tiempo, quizá desde el comienzo de su carrera artística, Josefina lucha para que, en consideración a su canto, se la libere de todo trabajo; habría que quitarle, por tanto, la preocupación por el pan de cada día y por todo lo que está ligado a nuestra lucha por la existencia, y cargársela —probablemente— al pueblo en su conjunto. Un entusiasta fácil —también los hay— podría deducir ya de la mera singularidad de esta exigencia, del estado de ánimo capaz de concebir semejante exigencia, su legitimidad interior. Pero nuestro pueblo saca otras conclusiones y rechaza la petición con calma. Tampoco se esfuerza mucho en refutar sus argumentos. Josefina señala, por ejemplo, que el esfuerzo del trabajo perjudica su voz; que, aunque el esfuerzo del trabajo es pequeño en comparación con el del canto, le quita la posibilidad de descansar lo suficiente después de cantar y de fortalecerse para un nuevo canto; que debe agotarse por completo y que, sin embargo, en esas circunstancias nunca puede alcanzar su máximo rendimiento. El pueblo la escucha y pasa de largo. Este pueblo tan fácil de conmover a veces no se deja conmover en absoluto. El rechazo es a veces tan duro que la propia Josefina se queda perpleja; parece someterse, trabaja como corresponde, canta tan bien como puede, pero todo eso solo por un tiempo; luego reanuda la lucha con nuevas fuerzas —para eso parece tenerlas ilimitadas—.
Ahora bien, está claro que Josefina no aspira en realidad a lo que pide literalmente. Es sensata, no le teme al trabajo, como tampoco la pereza se conoce entre nosotros; aun si su exigencia fuera concedida, seguramente no viviría de otro modo que antes. El trabajo no le estorbaría en absoluto el canto, y el canto, por cierto, tampoco se volvería más hermoso. Lo que busca es, por tanto, solo el reconocimiento público, inequívoco, duradero, que atraviese los tiempos y se eleve por encima de todo lo conocido hasta ahora, de su arte. Pero mientras casi todo lo demás parece estar a su alcance, esto se le niega obstinadamente. Tal vez debió dirigir el ataque en otra dirección desde el principio; tal vez ahora ella misma ve el error, pero ya no puede retroceder. Retroceder sería traicionarse a sí misma; ahora tiene que sostenerse o caer con esta exigencia.
Si de verdad tuviera enemigos, como dice, estos podrían contemplar divertidos esta lucha sin mover un dedo. Pero no tiene enemigos, y aunque alguno que otro le haga objeciones, esta lucha no divierte a nadie. Ya por el solo hecho de que aquí el pueblo se muestra en su fría actitud de juez, como muy rara vez se lo ve entre nosotros. Y aunque uno apruebe esa actitud en este caso, la sola idea de que alguna vez el pueblo pudiera comportarse de modo semejante con uno mismo excluye toda alegría. Tanto en el rechazo como en la exigencia, no se trata de la cosa misma, sino de que el pueblo pueda cerrarse de un modo tan impenetrable ante uno de sus miembros, y tanto más impenetrablemente cuanto que por lo demás cuida de ese mismo miembro de manera paternal y más que paternal, con humildad.
Si en lugar del pueblo hubiera aquí un individuo, podría creerse que ese hombre cedió todo el tiempo ante Josefina bajo el ardiente y continuo deseo de poner por fin término a su condescendencia; que cedió de manera sobrehumana, en la firme creencia de que las concesiones encontrarían a pesar de todo su límite justo; es más, que cedió más de lo necesario solo para acelerar las cosas, solo para malcriar a Josefina e impulsarla a deseos siempre nuevos, hasta que ella formulara de verdad esa última exigencia; y entonces, como todo estaba preparado desde hacía tiempo, habría ejecutado por fin, de manera breve, el rechazo definitivo. Pues bien, no ocurre así en absoluto. El pueblo no necesita esas astucias; además, su veneración por Josefina es sincera y probada, y la exigencia de Josefina es tan desmesurada que cualquier niño sin prejuicios habría podido prever su desenlace. Con todo, puede ser que en la idea que Josefina tiene del asunto intervengan también sospechas de ese tipo y que ellas añadan amargura al dolor de la rechazada.
Pero aunque tenga tales sospechas, no se deja intimidar. En los últimos tiempos, incluso, la lucha se ha agudizado; si hasta ahora la había llevado solo con palabras, ahora empieza a emplear otros medios que, según ella, son más eficaces y, según nosotros, más peligrosos para ella misma.
Algunos creen que Josefina se vuelve tan insistente porque siente que envejece, que la voz muestra debilidades y que, por lo tanto, le parece que ha llegado la hora suprema de librar la última lucha por su reconocimiento. Yo no lo creo. Josefina no sería Josefina si eso fuera verdad. Para ella no hay vejez ni debilidades de la voz. Cuando exige algo, no la mueven circunstancias externas, sino una coherencia interior. Extiende la mano hacia la corona más alta, no porque en ese momento cuelgue un poco más baja, sino porque es la más alta; si estuviera en su poder, la colgaría todavía más arriba.
Este desprecio por las dificultades externas no le impide, desde luego, emplear los medios más indignos. Su derecho no le ofrece ninguna duda; ¿qué importa entonces cómo lo alcance, sobre todo si, en este mundo tal como ella se lo representa, precisamente los medios dignos tienen que fracasar? Tal vez por eso mismo ha trasladado la lucha por su derecho fuera del ámbito del canto, hacia otro que le importa poco. Su séquito ha hecho circular declaraciones suyas según las cuales se siente plenamente capaz de cantar de tal modo que para el pueblo, en todas sus capas y hasta en la oposición más oculta, sería un verdadero placer; verdadero placer no en el sentido del pueblo, que afirma sentir ese placer desde siempre ante el canto de Josefina, sino placer en el sentido del anhelo de Josefina. Pero, añade ella, como no puede falsificar lo elevado ni halagar lo vulgar, las cosas deben quedar como están. Distinto es el caso de su lucha por la exención del trabajo: también es, sin duda, una lucha por su canto, pero aquí no combate directamente con la preciosa arma del canto; cualquier medio que emplee es, por lo tanto, lo bastante bueno.
Así se difundió, por ejemplo, el rumor de que Josefina tenía intención, si no cedían ante ella, de recortar las coloraturas. Yo no sé nada de coloraturas; nunca he notado nada semejante en su canto. Pero Josefina quiere recortar las coloraturas, por ahora no suprimirlas, sino solo recortarlas. Según se dice, ha cumplido su amenaza; por mi parte, no he notado diferencia alguna respecto de sus presentaciones anteriores. El pueblo en su conjunto la escuchó como siempre, sin pronunciarse sobre las coloraturas, y tampoco cambió el tratamiento de la exigencia de Josefina. Por lo demás, Josefina, así como en su figura, también en su pensamiento tiene a veces algo indudablemente gracioso. Así, por ejemplo, después de aquella presentación, como si su decisión respecto de las coloraturas hubiera sido demasiado dura o demasiado repentina para el pueblo, declaró que la próxima vez volvería a cantar las coloraturas completas. Pero después del concierto siguiente volvió a cambiar de opinión: ahora sí se habían acabado definitivamente las grandes coloraturas y no volverían antes de una decisión favorable para Josefina. Pues bien, el pueblo pasa por alto todas estas declaraciones, decisiones y cambios de opinión, como un adulto sumido en sus pensamientos pasa por alto la charla de un niño, con buena disposición, pero inalcanzable.
Josefina, sin embargo, no cede. Hace poco afirmó, por ejemplo, que se había lastimado un pie durante el trabajo, lo que le hacía difícil permanecer de pie mientras cantaba; pero como solo puede cantar de pie, ahora incluso debe acortar los cantos. Aunque cojea y se deja sostener por su séquito, nadie cree en una lesión verdadera. Aun admitiendo la especial sensibilidad de su cuerpecito, nosotros somos un pueblo trabajador y Josefina pertenece a él; si quisiéramos cojear por cada rasguño, el pueblo entero no dejaría nunca de cojear. Pero aunque se deje llevar como una inválida, aunque en ese estado lamentable se muestre con más frecuencia que de costumbre, el pueblo escucha su canto con gratitud y embeleso, igual que antes, y no hace mucho caso por el acortamiento.
Como no puede cojear sin descanso, inventa otra cosa: alega cansancio, mal humor, debilidad. Además del concierto, ahora tenemos también un espectáculo. Vemos detrás de Josefina a su séquito, que le ruega y le suplica que cante. Ella querría, pero no puede. La consuelan, la miman, casi la llevan en brazos al lugar ya elegido donde debe cantar. Finalmente, con lágrimas inexplicables, cede. Pero cuando quiere disponerse a cantar, con lo que parece ser su última voluntad, cuando está allí de pie, exhausta, no con los brazos extendidos como de costumbre sino colgando inertes a los costados, de modo que se tiene la impresión de que quizá son un poco demasiado cortos; cuando quiere empezar, he aquí que no puede. Un involuntario movimiento de cabeza nos lo indica, y ella se derrumba ante nuestros ojos. Luego, sin embargo, se repone y canta; a mí me parece que no muy distinto de lo habitual. Tal vez, si uno tiene oído para los matices más finos, advierta una excitación poco común, que por lo demás le sienta bien a la cosa. Al final está incluso menos cansada que antes; con paso firme —si se puede llamar así a su menudo trotecito— se aleja, rechaza toda ayuda de sus partidarios y mide con fría mirada a la multitud, que se aparta respetuosamente ante ella.
Así ocurrió la última vez. Pero lo más reciente es que, cuando se esperaba que cantara, Josefina desapareció. No solo la busca su séquito; muchos salen también a buscarla. Todo es en vano. Josefina ha desaparecido; no quiere cantar, ni siquiera quiere que se lo pidan; esta vez nos ha abandonado por completo.
Es extraño lo mal que calcula, la astuta; calcula tan mal que podría creerse que no calcula en absoluto, sino que es arrastrada por su destino, que en nuestro mundo solo puede ser triste. Ella misma se aparta del canto, ella misma destruye el poder que se había ganado sobre los ánimos. ¿Cómo pudo ganarse ese poder, si conoce tan poco esos ánimos? Se esconde y no canta, pero el pueblo, tranquilo, sin decepción visible, dueño de sí mismo, masa que reposa en sí misma y que, aunque las apariencias digan lo contrario, solo puede dar y nunca recibir, ni siquiera de Josefina; el pueblo sigue su camino.
Pero a Josefina las cosas tendrán que irle cuesta abajo. Pronto llegará el momento en que su último silbido suene y se apague. Ella es un pequeño episodio en la eterna historia de nuestro pueblo, y el pueblo superará la pérdida. No nos será fácil; ¿cómo podrán celebrarse nuestras asambleas en completo silencio? Aunque, ¿no eran silenciosas también con Josefina? ¿Era su silbido real mucho más sonoro y vivo de lo que será el recuerdo? ¿Fue acaso, incluso mientras ella vivía, algo más que un simple recuerdo? ¿No habrá sido más bien que el pueblo, en su sabiduría, elevó tanto el canto de Josefina precisamente porque, de ese modo, era imposible perderlo?
Quizá, entonces, no extrañemos demasiado; Josefina, en cambio, liberada del tormento terrenal que, según ella, está reservado a los elegidos, se perderá alegremente en la innumerable multitud de los héroes de nuestro pueblo, y pronto, puesto que no cultivamos la historia, será olvidada, como todos sus hermanos, en una redención más alta.
FIN