La última fiesta de Arlequín

Thomas Ligotti

The Magazine of Fantasy & Science Fiction, abril de 1990

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

83 min de lectura
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Sinopsis: «La última fiesta de Arlequín» (The Last Feast of Harlequin) es un cuento del escritor estadounidense Thomas Ligotti, publicado en abril de 1990 en The Magazine of Fantasy & Science Fiction. Un antropólogo especializado en la figura cultural del payaso viaja a la remota ciudad de Mirocaw atraído por un peculiar festival de invierno. Guiado por los crípticos apuntes de su antiguo profesor, el doctor Raymond Thoss, el protagonista se interna en las gélidas calles de la ciudad, teñidas por una inusual luz esmeralda, donde descubre la existencia de extraños individuos que habitan en la zona marginal. Fascinado por el espectáculo y movido por la curiosidad, el académico se entrega de lleno a las celebraciones sin reparar en que a veces hay realidades ocultas que conviene no despertar.

Thomas Ligotti - La última fiesta de Arlequín

La última fiesta de Arlequín

Thomas Ligotti
(Cuento completo)

1.

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Mi interés en la ciudad de Mirocaw se despertó cuando oí que se celebraba allí un festival anual que prometía incluir, en alguna medida, la participación de payasos entre sus otros elementos de espectáculo. Un antiguo colega mío, que ahora está vinculado al departamento de antropología de una lejana universidad, había leído uno de mis recientes artículos («La figura del payaso en los medios de comunicación norteamericanos», Journal of Popular Culture), y me escribió diciendo que recordaba vagamente haber ojeado o escuchado algo sobre una ciudad en algún lugar del estado que celebraba una especie de «Fiesta de los Locos» cada año, y pensó que esto podría ser pertinente para mi peculiar línea de estudio. Por supuesto, era más pertinente de lo que él tenía razón de pensar, tanto para mis metas académicas en esta área como para mis búsquedas personales.

Aparte de mi labor docente, durante algunos años me había dedicado a varios proyectos antropológicos con la ambición principal de articular el significado de la figura del payaso en diversos contextos culturales. Cada año, durante los últimos veinte, había asistido a los festivales precuaresmales que se celebran en varios lugares del sur de Estados Unidos. Cada año aprendía algo más acerca de los esoterismos de la celebración. En estos estudios fui un participante activo: además de desempeñar mi papel como antropólogo, también ocupaba un lugar detrás de la máscara del payaso. Y apreciaba este papel como ninguna otra cosa en mi vida. Para mí, el título de Payaso siempre había tenido connotaciones de índole noble. Era un bufón hábil, por extraño que parezca, y siempre me había enorgullecido de las destrezas que tan diligentemente me esforzaba en desarrollar.

Escribí al Departamento Estatal de Recreación, indicando qué información deseaba y exponiendo una entusiasta urgencia que brotaba naturalmente en mí cuando abordaba este tema. Muchas semanas más tarde recibí un sobre manila con un logotipo del gobierno impreso. Dentro había un folleto que catalogaba todas las festividades estacionales de las que el estado tenía noticia oficial, y noté de paso que había tantas a finales de otoño y durante el invierno como en las estaciones más cálidas. Una carta incluida dentro del folleto me explicaba que, según sus voluminosos registros, no se había inscrito oficialmente ningún festival en la ciudad de Mirocaw. Sus archivos, sin embargo, estaban a mi disposición si deseaba investigar este u otros asuntos similares en conexión con algún proyecto concreto. En el momento en que se me hizo este ofrecimiento, yo estaba ya tan sobrecargado con compromisos profesionales y personales que, con mano fatigada, me limité a depositar el sobre y su contenido en un cajón, para no volver a consultarlo jamás.

Algunos meses más tarde, sin embargo, hice una impulsiva digresión de mis responsabilidades y, un poco al azar, retomé el proyecto de Mirocaw. Ocurrió que iba conduciendo hacia el norte una tarde a finales del verano con la intención de consultar algunas revistas en la biblioteca de otra universidad. Una vez fuera de los límites de la ciudad, el paisaje cambió a campos soleados y granjas, desviando mis pensamientos de las señales que pasaba en la autopista. Sin embargo, el investigador subconsciente que hay en mí debía haberlas estado observando con estudiosa atención. El nombre de una ciudad apareció ante mi vista. Al instante, el investigador recuperó ciertos datos de algún profundo cajón mental, y me encontré haciendo unos cuantos cálculos apresurados sobre si tenía tiempo y motivación suficientes para un pequeño desvío inquisitivo. Pero la señal de salida fue aún más rápida en aparecer, y pronto me encontré abandonando la autopista, recordando la promesa del letrero de que la ciudad estaba a no más de once kilómetros al este.

Esos once kilómetros incluyeron varios giros confusos, el desvío obligado por una ruta alternativa temporal y un destino que ni siquiera era visible hasta haber superado una pronunciada cuesta. En el descenso, otro letrero me informó de que estaba dentro de los límites de la ciudad de Mirocaw. Algunas casas dispersas en las afueras fueron las primeras estructuras que encontré. Más allá, la carretera numerada se convertía en Townshend Street, la avenida principal de Mirocaw.

La ciudad me pareció mucho más grande una vez estuve dentro de sus límites de lo que había aparentado desde la elevación anterior. Vi que el terreno ondulado del campo circundante era también un rasgo interno de Mirocaw. Aquí, sin embargo, el efecto era diferente. Las distintas partes de la ciudad no parecían adherirse muy bien unas a otras. Esta condición podía achacarse a la topografía irregular del lugar. Detrás de algunas de las viejas tiendas del distrito comercial se habían erigido casas de techos empinados en una súbita pendiente, con sus crestas asomando a una altura extraordinaria por encima de los edificios más bajos. Y como los cimientos de estas casas no se alcanzaban a ver, daban la ilusión de estar precariamente suspendidas en el aire, amenazando con desplomarse, o bien de haber sido construidas con una elevación antinatural en relación con su anchura y su masa. Esta situación creaba a su vez una extraña distorsión de la perspectiva. Los dos niveles de estructuras se superponían sin ofrecer sensación de profundidad, de modo que las casas, debido a su mayor elevación y cercanía a los edificios del primer plano, no parecían reducirse de tamaño como deberían hacerlo los objetos del fondo. En consecuencia, predominaba en toda la zona una apariencia plana, como de fotografía. De hecho, Mirocaw podía compararse a un álbum de viejas instantáneas, en particular aquellas en las que la cámara se había movido al tomarlas, haciendo que las imágenes aparecieran en ángulo: una torrecilla de techo cónico, como un sombrero puntiagudo alegremente ladeado, se asomaba por encima de las casas en una calle vecina; un letrero publicitario que exhibía un grupo de verduras sonrientes inclinaba ligeramente su contenido hacia el oeste; los autos estacionados a lo largo de las empinadas aceras parecían volar hacia el cielo en los escaparates distorsionados por el resplandor de una tienda de todo a cinco y diez centavos; la gente avanzaba letárgicamente inclinada mientras caminaba arriba y abajo por las aceras; y en aquel día soleado, la torre del reloj, que al principio confundí con el campanario de una iglesia, proyectaba una larga sombra que parecía extenderse una distancia imposible y colarse en lugares improbables a medida que avanzaba a través de la ciudad. Debo decir que quizá las disonancias de Mirocaw afectan mi imaginación de forma más aguda en retrospectiva de lo que lo hicieron aquel primer día, cuando mi principal preocupación era localizar el ayuntamiento o algún otro centro de información.

Doblé una esquina y estacioné. Me deslicé al otro lado del asiento, bajé la ventanilla y llamé a un transeúnte.

—Disculpe, señor —dije. El hombre, pobremente vestido y muy viejo, se detuvo un momento sin acercarse al auto. Aunque aparentemente había respondido a mi llamada, su expresión vacía no delató la menor conciencia de mi presencia, y por un momento pensé que era solo una coincidencia que se hubiera detenido en la acera al mismo tiempo que yo me dirigía a él. Sus ojos estaban enfocados en algún punto más allá de mí, con una mirada fatigada e imbécil. Al cabo de unos momentos siguió su camino y yo no hice nada por llamarlo de vuelta, aunque en el último segundo su rostro empezó a parecerme vagamente familiar. Finalmente apareció alguien que pudo indicarme cómo llegar al ayuntamiento y centro comunitario de Mirocaw.

El ayuntamiento resultó ser el edificio con la torre del reloj. Dentro me detuve ante un mostrador detrás del cual algunas personas trabajaban en escritorios y recorrían de un lado a otro un pasillo al fondo. En una pared había un cartel de la lotería estatal: un payaso de resorte brotando de una caja sorpresa con las manos llenas de billetes verdes. Al cabo de unos momentos, una mujer alta, de mediana edad, se acercó al mostrador.

—¿Puedo ayudarlo? —preguntó con voz neutra y burocrática.

Le expliqué que había oído hablar del festival —sin decir nada de que era un académico entrometido— y le pregunté si podía proporcionarme más información o dirigirme a alguien que pudiera hacerlo.

—¿Se refiere al que se celebra en invierno? —preguntó.

—¿Cuántos hay?

—Solo ese.

—Entonces supongo que me refiero a ese —sonreí como si compartiera un chiste con ella.

Sin decir más, se dirigió al pasillo del fondo. Mientras estaba ausente, intercambié miradas con varias de las personas detrás del mostrador, que periódicamente alzaban la vista de su trabajo.

—Aquí tiene —dijo cuando regresó, tendiéndome un papel que parecía el producto de una fotocopiadora barata. Por favor, venga a la diversión, decía en letras grandes. Desfiles, continuaba, mascarada callejera, bandas, rifa de invierno y la coronación de la Reina de Invierno. La página proseguía con la mención de varios festejos variados. Releí las palabras. Había algo en aquel implorante «por favor» que encabezaba el anuncio que hacía que todo el asunto pareciera una función de caridad.

—¿Cuándo se celebra? Aquí no dice cuándo tiene lugar el festival.

—La mayoría de la gente ya lo sabe. —Arrancó bruscamente el papel de mis manos y escribió algo en la parte inferior. Cuando me lo devolvió, vi «19-21 dic.» escrito en tinta azul verdosa. Me llamó la atención de inmediato la extraña elección de fechas por parte del comité del festival. Por supuesto, había sólidos antecedentes antropológicos e históricos para celebrar festividades alrededor del solsticio de invierno, pero el momento elegido para este evento en particular no parecía del todo práctico.

—Si no le molesta que pregunte, ¿no son esos días algo conflictivos con la temporada habitual de fiestas? Quiero decir, la mayoría de la gente ya tiene bastante con lo que hay por esas fechas.

—Es solo la tradición —dijo, como invocando algún venerable linaje detrás de sus palabras.

—Muy interesante —murmuré, tanto para mí como para ella.

—¿Algo más? —preguntó.

—Sí. ¿Podría decirme si este festival tiene algo que ver con payasos? Veo que hay algo sobre una mascarada.

—Sí, por supuesto que hay gente con… disfraces. A mí nunca me ha tocado estar en esa posición, pero…, sí, hay payasos, por así decirlo.

En aquel punto mi interés se había despertado definitivamente, pero no estaba seguro de hasta dónde quería proseguir la indagación. Le di las gracias a la mujer por su ayuda y pregunté cuál era la mejor manera de volver a la autopista, ya que no deseaba recorrer de nuevo la laberíntica ruta por la que había entrado en la ciudad. Regresé a mi auto con un torbellino de preguntas a medio formular, y casi la misma cantidad de respuestas vagas y contradictorias, bullendo en mi mente.

Las indicaciones que me dio la mujer me obligaron a pasar por el extremo sur de Mirocaw. No había mucha gente en las calles por esa parte de la ciudad. Los pocos que vi, arrastrando los pies con letargo por una cuadra de fachadas destartaladas, exhibían el mismo tipo de expresión y actitud desoladas que el viejo al que le había pedido indicaciones antes. Debía estar atravesando una arteria central de aquella zona, porque a cada lado se extendían calle tras calle de patios mal cuidados y casas encorvadas por la edad y la indiferencia. Cuando me detuve en una esquina, uno de los ciudadanos de aquel barrio bajo pasó frente a mi auto. Su presencia delgada, taciturna y asexuada se volvió hacia mí y esbozó una mueca despectiva con su boca tensa y pequeña, aunque no parecía mirar a nadie en particular. Tras recorrer unas cuantas calles más, llegué a una carretera que conducía de vuelta a la autopista. Me sentí notablemente más cómodo en cuanto me encontré viajando de nuevo a través de las extensiones de granjas bañadas por el sol.

Llegué a la biblioteca con tiempo de sobra para mi investigación, así que decidí hacer un desvío académico para ver qué material podía encontrar que iluminara el festival de invierno de Mirocaw. La biblioteca, una de las más antiguas del estado, incluía en su acervo la colección completa del Courier de Mirocaw. Pensé que sería un excelente punto de partida. Pronto descubrí, sin embargo, que no había una forma práctica de investigar información en aquel periódico, y no quería emprender una búsqueda a ciegas de artículos relativos a un tema específico.

Entonces recurrí a los recursos más organizados de los periódicos de las ciudades más grandes ubicadas en el mismo condado, que casualmente comparte su nombre con Mirocaw. Descubrí muy poco sobre la ciudad, y casi nada relativo a su festival, salvo un artículo general sobre eventos anuales de la zona que erróneamente atribuía a Mirocaw el carácter de una «gran comunidad del Medio Oriente» que celebraba cada primavera una especie de festival étnico. Por lo que ya había observado, y por lo que averigüé después, los ciudadanos de Mirocaw eran sólidamente norteamericanos del Medio Oeste, probables descendientes en línea directa de algún grupo emprendedor de colonos de Nueva Inglaterra del siglo pasado. Había un breve artículo dedicado a un acontecimiento mirocawiano, pero resultó ser simplemente una nota necrológica de una anciana que se había quitado la vida tranquilamente por la época de Navidad. De modo que aquel día regresé a casa prácticamente con las manos vacías en lo que respecta al tema de Mirocaw.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que recibiera otra carta de mi antiguo colega, aquel que me había impulsado a averiguar algo sobre Mirocaw y su festival. Resultó que había encontrado el artículo que había despertado mi interés en una «Fiesta de los Locos» local. El artículo había aparecido en un oscuro volumen académico de homenaje dedicado a estudios antropológicos de Ámsterdam, hacía veinte años. La mayoría de los textos estaban en holandés, unos pocos en alemán, y solo uno en inglés: «La última fiesta de Arlequín: Notas preliminares sobre un festival local». Fue emocionante, por supuesto, poder leer al fin este estudio, pero más emocionante aún fue el nombre de su autor: el doctor Raymond Thoss.

2.

Antes de seguir, debo mencionar algo acerca de Thoss, e inevitablemente acerca de mí mismo. Hace más de dos décadas, en mi alma mater en Cambridge, Massachusetts, Thoss fue mi profesor. Mucho antes de desempeñar un papel en los acontecimientos que voy a describir, ya era una de las figuras más importantes de mi vida. Una personalidad asombrosa, influía inevitablemente en todos los que entraban en contacto con él. Recuerdo sus conferencias sobre antropología social, cómo convertía aquella sala en penumbras en un brillante y profundo circo de erudición. Se movía de una manera extrañamente enérgica. Cuando barría con su brazo para señalar algún término común en la pizarra a sus espaldas, uno sentía que estaba presentando nada menos que algo de fantásticas cualidades y secreto valor. Cuando volvía a meter la mano en el bolsillo de su vieja chaqueta, esa magia fugaz quedaba de nuevo guardada en su gastado estuche, para ser recuperada a discreción del mago. Teníamos la sensación de que nos enseñaba más de lo que éramos capaces de aprender, y de que él mismo estaba en posesión de un conocimiento mayor y más profundo del que podía llegar a transmitir. En una ocasión tuve la audacia de ofrecer una interpretación —que se oponía en cierto modo a la suya— acerca de los payasos tribales de los indios hopi. Mis palabras insinuaban que mi experiencia personal como payaso amateur y mi especial devoción a este estudio me proporcionaban una perspectiva posiblemente más valiosa que la suya. Fue entonces cuando él reveló, de forma casual y muy de pasada, que había actuado realmente en el papel de uno de esos locos tribales enmascarados y había celebrado con ellos la danza de las kachinas. Al revelar estos hechos, sin embargo, de algún modo consiguió no añadir más leña a la humillación que yo mismo me había infligido. Y por ello le estuve profundamente agradecido.

Las actividades de Thoss eran tales que a veces se convertía en objeto de habladurías o románticas especulaciones. Era un trabajador de campo por excelencia, y su habilidad para infiltrarse en culturas y situaciones exóticas, obteniendo así percepciones donde otros antropólogos solo recopilaban datos, era renombrada. En varias ocasiones a lo largo de su carrera habían circulado rumores de que se había «vuelto nativo» al estilo de la leyenda de Frank Hamilton Cushing. Había indicios, que no siempre eran irresponsables o fantasiosos, de que estaba involucrado en proyectos de extraña índole, muchos de los cuales se centraban en Nueva Inglaterra. Es un hecho que estuvo seis meses haciéndose pasar por paciente mental en una institución del oeste de Massachusetts, recopilando información sobre la «cultura» de los psíquicamente perturbados. Cuando se publicó su libro El solsticio de invierno: La noche más larga de una sociedad, la opinión general fue que era decepcionantemente subjetivo e impresionista y que, salvo unas pocas observaciones emotivas pero «poéticamente oscuras», no había nada en él de valor. Quienes defendían a Thoss sostenían que era una especie de superantropólogo: si bien buena parte de su trabajo hacía énfasis en su propia mente y sus sensaciones, su experiencia había penetrado hasta un rico núcleo de datos objetivos que aún no había expuesto en un discurso formal. Como estudiante de Thoss, tendí a apoyar esta última valoración. Por una variedad de razones sostenibles y no sostenibles, creía que Thoss era capaz de desenterrar estratos de la existencia humana hasta entonces inaccesibles. Así que fue gratificante, al principio, que su artículo titulado «La última fiesta de Arlequín» pareciera sostener la mística de Thoss, y en un área que yo personalmente encontraba cautivadora.

No comprendí de inmediato buena parte del contenido del artículo, dadas las oscuridades características y a menudo estratégicas de su autor. En una primera lectura, el aspecto más interesante de aquel breve estudio —las «notas» abarcaban solo veinte páginas— era el tono general del texto. Las excentricidades de Thoss estaban sin duda presentes en aquellas páginas, pero solo como una fuerza interior que se debatía y que estaba decididamente contenida —encarcelada, me atrevería a decir— por los sombríos movimientos rítmicos de su prosa y por algunas lóbregas referencias a las que acudía ocasionalmente. Dos referencias en particular compartían un tema común. Una era una cita de «El gusano conquistador» de Poe, que Thoss empleaba como un epígrafe un tanto sensacionalista. El sentido del epígrafe, sin embargo, no encontraba eco en ninguna otra parte del texto, salvo en otra mención de pasada. Thoss exponía la bien conocida génesis de la moderna celebración navideña, que por supuesto desciende de las Saturnales romanas. Luego, dejando claro que aún no había presenciado el festival de Mirocaw y que solo había recogido su naturaleza a partir de varios informantes, establecía que este también contenía muchos elementos de las Saturnales, incluso más explícitos. A continuación hacía lo que me pareció una observación trivial y puramente lingüística, que tenía menos que ver con su argumento principal que con el igualmente periférico epígrafe de Poe. Mencionaba brevemente una secta primitiva de gnósticos sirios que se hacían llamar «saturnianos» y creían, entre otras herejías religiosas, que la humanidad había sido creada por ángeles que a su vez habían sido creados por el Supremo Desconocido. Los ángeles, sin embargo, no poseían el poder de hacer de su creación un ser erecto, y durante un tiempo esta se arrastró por la tierra como un gusano. Finalmente, el Creador remedió este grotesco estado de cosas. En aquel momento supuse que las correspondencias simbólicas entre los orígenes de la humanidad y su condición última, ambos asociados con gusanos, combinadas con un festival de fin de año que reconocía la muerte invernal de la tierra, constituían la esencia de aquella «intuición» thossiana: una observación poética pero científicamente carente de valor.

Otras observaciones que hacía sobre el festival de Mirocaw eran también desde una perspectiva externa; es decir, estaban basadas en fuentes de segunda mano, testimonios de oídas. Aun en aquella instancia, sin embargo, tuve la sensación de que Thoss sabía más de lo que revelaba; y, como descubrí después, en efecto había incluido información sobre ciertos aspectos de Mirocaw que sugerían que ya estaba en posesión de varias claves que por el momento guardaba celosamente en su bolsillo. Para entonces yo mismo poseía un revelador fragmento de conocimiento. Una nota al artículo del «Arlequín» advertía al lector de que el texto era solo un fragmento esbozado de una obra de mayor amplitud en preparación. Esa obra nunca vio la luz. Mi antiguo profesor no había publicado nada desde que se retirara de la circulación académica unos veinte años antes. Ahora sospechaba adónde había ido.

Porque el hombre al que detuve en las calles de Mirocaw y al que intenté pedir indicaciones, el hombre con la desconcertante mirada letárgica, se parecía enormemente a una versión envejecida del doctor Raymond Thoss.

3.

Y ahora debo hacer una confesión. Pese a mis razones para mostrarme entusiasta con Mirocaw y sus misterios, en especial su relación tanto con Thoss como con mis más profundas inquietudes como investigador, contemplé los días que se abrían ante mí con apenas una sensación de frío entumecimiento y a menudo de profunda depresión. Sin embargo, no tenía razón para sorprenderme de este estado emocional, que poco tenía que ver con los acontecimientos externos de mi vida y estaba más bien determinado por condiciones internas que obedecían a sus propias estaciones y ciclos, completamente enigmáticos. Durante muchos años, al menos desde mis días universitarios, había padecido esta oscura dolencia, este abatimiento recurrente en el que quedaba sepultado cuando llegaba la época en que la tierra se enfriaba y se desnudaba y los cielos se cargaban de sombras. Sin embargo, proseguí con mis planes, aunque de forma un tanto mecánica, de visitar Mirocaw durante los días de su festival, pues supersticiosamente esperaba que esta actividad pudiera aliviar el peso de mi desesperanza estacional. En Mirocaw habría desfiles y fiestas y la oportunidad de ser payaso una vez más.

Practiqué mi arte durante las semanas previas, perfeccionando incluso un nuevo truco de magia con malabares, que era mi especialidad en materia de bufonadas. Mandé limpiar mis trajes, compré maquillaje nuevo, y estuve listo. Obtuve permiso de la universidad para cancelar algunas de mis clases antes de las vacaciones, explicando la naturaleza de mi proyecto y la necesidad de llegar a la ciudad unos días antes de que empezara el festival, a fin de hacer investigaciones preliminares, establecer informantes, etcétera. En realidad, mi plan era posponer las indagaciones formales hasta después del festival e involucrarme de lleno, por anticipado, en tantas de sus actividades como fuera posible. Por supuesto, durante todo ese tiempo llevaría un diario.

Había, sin embargo, una fuente que deseaba consultar. Regresé específicamente a aquella biblioteca para examinar los números del Courier de Mirocaw correspondientes al diciembre de hacía dos décadas. Una historia en particular confirmó un punto que Thoss señalaba en el artículo del «Arlequín», aunque el acontecimiento del que daba cuenta debió ocurrir después de que Thoss escribiera su estudio.

La historia del Courier apareció dos semanas después de que el festival de aquel año terminara, y se refería a la desaparición de una mujer llamada Elizabeth Beadle, esposa de Samuel Beadle, propietario de un hotel en Mirocaw. Las autoridades locales especularon que se trataba de otro caso de los «suicidios navideños» que parecían producirse con una regularidad estacional desmedida en la región de Mirocaw. Thoss documentaba este fenómeno en su estudio del «Arlequín», aunque sospecho que hoy en día esas muertes serían categorizadas sin más bajo el rubro de «trastorno afectivo estacional». En cualquier caso, las autoridades buscaron en un lago medio congelado cerca de las afueras de Mirocaw, donde en años anteriores habían encontrado a varios suicidas consumados. Ese año, sin embargo, no se halló ningún cuerpo. Junto al artículo había una fotografía de Elizabeth Beadle. Incluso en la granulosa reproducción del microfilm, se podía detectar cierta vibración y vitalidad en el rostro de la señora Beadle. Que una hipótesis como la de «suicidio navideño» se planteara con tanta facilidad para explicar su desaparición resultaba extraño y, en cierto modo, injusto.

Thoss, en su breve artículo, escribía que cada año se producían cambios de carácter moral o espiritual que parecían afectar a Mirocaw junto con la habitual metamorfosis invernal. No era preciso sobre su origen o naturaleza, pero afirmaba, en su forma típicamente desconcertante, que el efecto de esta «subtemporada» sobre la ciudad era notoriamente negativo. Además de los suicidios efectivamente consumados durante ese período, había también un aumento en el tratamiento de dolencias «hipocondríacas», que era como los médicos de hacía veinte años describían esos casos en sus conversaciones con Thoss. Este estado de cosas empeoraba gradualmente hasta alcanzar su clímax durante los días previstos para el festival de Mirocaw. Thoss especulaba que, dada la naturaleza reservada de las ciudades pequeñas, la situación era probablemente mucho más intensa de lo que una investigación superficial podía revelar.

La conexión entre el festival y este insidioso clima subestacional en Mirocaw era un punto sobre el cual Thoss no llegaba a ninguna conclusión rígida. Escribía, no obstante, que estos dos «aspectos climáticos» habían tenido una existencia paralela en la historia de la ciudad hasta donde los registros disponibles podían documentar. Una historia del condado de Mirocaw de finales del siglo XIX habla de la ciudad por su nombre original de New Colstead, y censura a sus habitantes por celebrar una «fiesta impúdica y desalmada» excluyendo las prácticas navideñas habituales. (Thoss comenta que el historiador había confundido erróneamente dos aspectos distintos de la estación, cuya relación real era esencialmente antagónica). El artículo del «Arlequín» no rastreaba el festival hasta su aparición más temprana (quizá no fuera posible), aunque Thoss hacía hincapié en la procedencia de Nueva Inglaterra de los fundadores de Mirocaw. El festival, por tanto, había sido importado de esa región y podía razonablemente remontarse al menos un siglo; es decir, si es que no había sido traído del Viejo Mundo, en cuyo caso sus raíces se volverían indefinidas hasta que se realizaran más investigaciones. Sin duda la alusión de Thoss a los gnósticos sirios sugería que esa última posibilidad no podía descartarse del todo.

Pero parecía ser el vínculo del festival con Nueva Inglaterra lo que alimentaba las especulaciones de Thoss. Escribía sobre ese fragmento de geografía como si fuera un lugar aceptable donde terminar la indagación. Para él, las propias palabras «Nueva Inglaterra» parecían despojadas de toda connotación tradicional y habían llegado a implicar nada menos que una puerta a toda clase de territorios, tanto conocidos como sospechados, e incluso a épocas que trascienden la historia civilizada de la región. Habiendo sido educado en parte en Nueva Inglaterra, yo podía comprender hasta cierto punto su exageración sentimental, pues en efecto hay lugares que parecen arcaicos más allá de toda medida cronológica, que parecen trascender los estándares relativos del tiempo y alcanzar una especie de antigüedad absoluta imposible de sondear lógicamente. Pero no podía imaginar cómo esta vaga sugerencia se relacionaba con una pequeña ciudad del Medio Oeste. El propio Thoss observaba que los residentes de Mirocaw no revelaban ninguna conciencia misteriosamente primitiva. Al contrario, parecían superficialmente ignorantes de la génesis de su diversión invernal. Sin embargo, que una tradición así se hubiera mantenido a lo largo de los años, eclipsando incluso las fiestas navideñas convencionales, revelaba una profunda conciencia del significado y la función del festival.

No puedo negar que lo que había averiguado sobre el festival de Mirocaw inspiraba una trillada sensación de destino, especialmente dada la participación de una figura tan importante de mi pasado como Thoss. Era la primera vez en mi carrera académica que me sabía mejor preparado que nadie para discernir el verdadero significado de unos datos dispersos, aunque solo pudiera atribuir esta autoridad especial a las circunstancias del azar.

De todos modos, mientras permanecía sentado en aquella biblioteca una mañana de mediados de diciembre, dudé por un momento de la sensatez de partir hacia Mirocaw en vez de regresar a casa, donde me aguardaba el más familiar rite de passage de la depresión invernal. Mi plan original era evitar la melancolía cíclica que la estación me imponía, pero parecía que esto formaba también parte de la historia de Mirocaw, solo que a una escala mucho mayor. Sin embargo, mi inestabilidad emocional era exactamente lo que más me capacitaba para el trabajo de campo que tenía por delante, aunque el hecho no me llenara de orgullo ni de consuelo. Y retirarme hubiera sido negarme una oportunidad que tal vez no se presentaría de nuevo. En retrospectiva, parece que no hubo ninguna resolución afortunada para la decisión que debía tomar. El caso es que seguí adelante hacia la ciudad.

4.

Poco después del mediodía del 18 de diciembre, partí en auto hacia Mirocaw. Un paisaje apagado, color tierra, se extendía en todas direcciones. Las nevadas de finales de otoño habían sido escasas, y solo algunas manchas blancas aparecían en los campos ya cosechados junto a la autopista. Las nubes eran grises y abundantes. Al pasar junto a una zona boscosa, observé las negras y desgreñadas masas de nidos abandonados aferrados a la maraña retorcida de las ramas desnudas. Creí ver pájaros negros cruzando la carretera allá adelante, pero solo eran hojas muertas que se agitaron en el aire a mi paso.

Me aproximé a Mirocaw desde el sur, entrando en la ciudad por la dirección en que la había abandonado en mi visita del verano anterior. Esto me condujo de nuevo a través de aquella parte de la ciudad que parecía existir del lado equivocado de alguna gran barrera invisible que dividía las zonas deseables de Mirocaw de las indeseables. Si el barrio me había parecido sórdido bajo el sol de verano, bajo la tenue luz de aquella tarde de invierno degeneró en un pálido fantasma de sí mismo. Las frágiles tiendas y las casas de aspecto famélico sugerían una región fronteriza entre el mundo material y el inmaterial, uno llevando sardónicamente la máscara del otro. Vi unos cuantos peatones enjutos que se volvieron cuando yo pasé, aunque aparentemente no porque yo pasara, y seguí mi camino cuesta arriba hacia la calle principal de Mirocaw.

Al subir por la empinada cuesta de Townshend Street, encontré las vistas comparativamente acogedoras. Las calles de la ciudad estaban preparadas para el festival. Las farolas tenían sus postes adornados con ramas perennes, cuya frescura resaltaba orgullosa en una estación de letargo vegetal. En las puertas de muchos negocios de Townshend había coronas de acebo, igualmente verdes pero evidentemente de plástico. Sin embargo, aunque no había nada inusual en ese verdor tradicional de la temporada, pronto me resultó evidente que Mirocaw se había entregado por completo a este particular símbolo navideño. Estaba llamativamente presente en todas partes. Las ventanas de las tiendas y las casas estaban enmarcadas con luces verdes, banderines verdes colgaban de los toldos, y las luces del bar El Gallo Rojo eran reflectores de un verde pavorreal. Supuse que los residentes de Mirocaw deseaban estas decoraciones, pero el efecto era de exceso. Una extraña bruma esmeralda lo permeaba todo, y los rostros adquirían un aspecto vagamente reptiliano.

En aquel momento supuse que las abundantes ramas verdes, coronas de acebo y luces de colores (aunque de un solo color) demostraban un énfasis en los símbolos vegetales de la Navidad nórdica, que inevitablemente se confundirían con el festival invernal de cualquier país septentrional, del mismo modo que habían sido adoptados para la Navidad. En su artículo del «Arlequín», Thoss había escrito sobre el aspecto pagano del festival de Mirocaw, comparándolo con el ritual de un culto de fertilidad, con probables conexiones a divinidades ctónicas en algún momento del pasado. Pero Thoss había confundido, como yo, lo que solo era parte del significado del festival con su totalidad.

El hotel en el que había hecho mi reservación estaba en Townshend. Era un viejo edificio de ladrillo pardo, con una entrada en arco y un patético remate que pretendía dar una impresión de neoclasicismo. Encontré un lugar para estacionar enfrente y dejé mis maletas en el auto.

Cuando entré, el vestíbulo del hotel estaba vacío. Había pensado que tal vez el festival de Mirocaw atraería suficientes visitantes para al menos impulsar el negocio de su único hotel, pero al parecer estaba equivocado. Toqué una campanilla, me recliné en el mostrador y me volví a contemplar un pequeño árbol de Navidad tradicionalmente decorado sobre una mesa cerca de la entrada. Estaba completo, con resplandecientes esferas frágiles como huevos, bastones de caramelo en miniatura, planos y sonrientes Santa Claus con los brazos abiertos, una estrella en la punta inclinada torpemente contra el delicado hombro de una rama superior, y luces de colores que brotaban de bases en forma de flor. Por alguna razón, me pareció más bien lamentable.

—¿Puedo ayudarlo? —dijo una joven que salió de una habitación contigua al vestíbulo.

Debí de quedarme mirándola con bastante intensidad, porque desvió la vista y pareció incómoda. No pude imaginar qué decirle ni cómo explicar lo que estaba pensando. En persona, irradiaba de inmediato un estremecedor brillo en su actitud y su expresión. Pero si aquella mujer no se había suicidado hacía veinte años, como sugería el artículo del periódico, tampoco había envejecido en todo ese tiempo.

—Sarah —llamó una voz masculina desde las alturas invisibles de una escalera. Un hombre alto, de mediana edad, bajó los escalones—. Creí que estabas en tu cuarto —dijo el hombre, que supuse era Samuel Beadle. Sarah, no Elizabeth, Beadle me miró de reojo para indicarle a su padre que estaba atendiendo el hotel. Beadle se disculpó conmigo y luego se apartó con su hija para hablar unos momentos.

Sonreí y fingí que todo era normal, mientras intentaba permanecer al alcance de oído de su conversación. Hablaban en un tono que sugería un conflicto familiar: la sobreprotección de Beadle respecto al paradero de su hija y la frustrada resignación de Sarah ante las restricciones que se le imponían. Terminada la conversación, Sarah subió las escaleras, volviéndose un momento para ofrecerme una pantomima facial de disculpa por la escena tan poco profesional que acababa de ocurrir.

—Ahora, señor, ¿qué puedo hacer por usted? —preguntó, casi exigió, Beadle.

—Sí, tengo una reservación. En realidad llegué un día antes, si eso no es un problema. —Le di al hotel el beneficio de la duda de que su negocio estuviera secretamente floreciendo.

—Ningún problema, señor —dijo, tendiéndome el formulario de registro y luego una llave color latón que colgaba de un disco de plástico con el número 44.

—¿Equipaje?

—Sí, está en el auto.

—Le echo una mano.

Mientras Beadle me instalaba en mi habitación del cuarto piso, me pareció un momento oportuno para abordar el tema del festival, los suicidios navideños y quizá, dependiendo de su reacción, el destino de su esposa. Necesitaba a alguien que hubiera vivido muchos años en la ciudad y que pudiera ilustrarme sobre la actitud de los mirocawianos hacia su temporada de luces verde mar.

—Está muy bien —dije acerca de la limpia, pero sombría habitación—. Linda vista. Puedo ver las brillantes luces verdes de Mirocaw desde aquí. ¿La ciudad siempre se adorna así? Me refiero al festival.

—Sí, señor, por el festival —respondió mecánicamente.

—Imagino que probablemente van a recibir a bastantes forasteros en el próximo par de días.

—Puede ser. ¿Se le ofrece algo más?

—Sí, una cosa. Me pregunto si podría contarme algo sobre las festividades.

—¿Como qué?

—Bueno, ya sabe, los payasos y todo eso.

—Los únicos payasos aquí son los que… bueno, los escogidos, supongo que podría decirse.

—No entiendo.

—Disculpe, señor. En este momento estoy muy ocupado. ¿Necesita algo más?

No se me ocurrió nada para prolongar nuestra conversación. Beadle me deseó una buena estancia y se fue.

Deshice las maletas. Además de la ropa habitual, había traído también algunos objetos de mi guardarropa de payaso. El comentario de Beadle de que los payasos de Mirocaw eran «escogidos» me dejó pensando en qué función exacta cumplían esas mascaradas callejeras dentro del festival. La figura del payaso ha tenido tantos significados en distintas épocas y culturas. El alegre bromista, familiar para la mayoría de la gente, es en realidad solo un aspecto de esta criatura proteica. Locos, jorobados, amputados y otros seres anormales fueron considerados en su tiempo payasos naturales; se los elegía para cumplir un papel cómico que permitía a los demás verlos como ridículos en lugar de como terribles recordatorios de las fuerzas del desorden en el mundo. Pero a veces se requería un bufón sin alegría para llamar la atención sobre ese mismo desorden, como en el caso del morboso y honesto loco del Rey Lear, quien, por supuesto terminó colgado, y con él buena parte de su sabiduría de payaso. Los payasos han desempeñado a menudo papeles ambiguos y a veces contradictorios. Así que yo sabía lo suficiente como para no meterme temerariamente en un disfraz y exclamar: «¡Aquí estoy de nuevo!».

El primer día en Mirocaw no me alejé mucho del hotel. Leí y descansé unas horas, y luego cené en un restaurante cercano. A través de la ventana junto a mi mesa, observé cómo la noche de invierno convertía el suave resplandor verde de la ciudad en un color duro y casi completamente nuevo a medida que contrastaba con la oscuridad. Las calles de Mirocaw me parecieron inusualmente concurridas para una ciudad pequeña al anochecer. Sin embargo, no era el tipo de actividad que uno ve normalmente cuando se acercan las fiestas navideñas. No era una multitud de alegres compradores cargados con bolsas de regalos. Sus brazos estaban vacíos, las manos hundidas en los bolsillos contra el frío, que sin embargo no los empujaba al refugio de sus presumiblemente cálidas casas. Los vi entrar y salir de tienda en tienda sin comprar nada; muchos comercios permanecían abiertos hasta tarde, e incluso los que estaban cerrados habían dejado sus letreros de neón encendidos. Los rostros que pasaban frente a la ventana del restaurante quizá solo estaban rígidos por el frío, pensé; congelados en un ceño fruncido y nada más. En la misma ventana vi el reflejo de mi propia cara. No era la cara de un payaso diestro; estaba fláccida y colgante y en aquel momento parecía la de alguien menos que vivo. Afuera estaba la ciudad de Mirocaw, con sus calles subiendo y bajando con lunática severidad, sus ciudadanos llenando las aceras, su corazón bañado en verde: un campo de desafío profesional y personal más prometedor que cualquiera que hubiera encontrado, y sin embargo me sentía aburrido hasta el punto del espanto. Me apresuré a volver a mi habitación del hotel.

«Mirocaw tiene otra frialdad dentro de su frío», escribí en mi diario aquella noche. «Otro conjunto de edificios y calles que existe detrás de la fachada visible de la ciudad como un mundo de vergonzosos callejones traseros». Seguí así durante aproximadamente una página, al final de la cual tracé una gran X. Luego me fui a la cama.

* * *

Por la mañana dejé el auto en el hotel y caminé hacia el distrito comercial, a unas pocas cuadras. Mezclarme con la buena gente de Mirocaw parecía lo más apropiado en aquel punto de mi estadía científica. Pero apenas empecé a subir con esfuerzo por Townshend (las aceras estaban atestadas de peatones que deambulaban), el atisbo de alguien reemplazó de golpe mi improvisado plan por otro más específico e inmediato. Entre la multitud, a unos quince pasos por delante de mí, divisé mi objetivo.

—Doctor Thoss —llamé.

Su cabeza casi pareció volverse a mirar en respuesta a mi llamada, pero no pude estar seguro. Me abrí paso entre cuerpos bien abrigados y cuellos envueltos en bufandas verdes, solo para descubrir que el objeto de mi persecución parecía mantener la misma distancia de mí, aunque no supe si lo hacía deliberadamente o no. En la siguiente esquina, el Thoss del abrigo oscuro giró abruptamente a la derecha hacia una calle empinada que bajaba directamente hacia el dilapidado extremo sur de Mirocaw. Cuando llegué a la esquina miré calle abajo y pude verlo con claridad desde arriba. También vi cómo conseguía mantenerse tan adelante en medio de una multitud que había impedido mi propio avance. Por alguna razón, la gente en la acera le abría paso para que pudiera moverse con facilidad entre ellos, sin los habituales choques de cuerpos. No era una evasión física espectacular, aunque parecía no obstante intencional. Luchando contra el denso tejido de la muchedumbre, continué siguiendo a Thoss, perdiéndolo y recuperándolo de vista.

Cuando llegué al pie de la calle en pendiente, la gente se había reducido considerablemente, y tras caminar una o dos cuadras más me encontré siendo prácticamente el único peatón que caminaba detrás de una distante figura que esperaba fuera todavía Thoss. Ahora caminaba muy rápido y de un modo que parecía reconocer mi persecución, aunque en realidad se sentía como si me estuviera guiando tanto como yo lo perseguía a él. Lo llamé por su nombre unas cuantas veces más, a un volumen que no podía dejar de oír, asumiendo que la sordera no era uno de los cambios que le habían sobrevenido; después de todo, no era un hombre joven, ni siquiera uno de mediana edad ya.

Thoss cruzó repentinamente en mitad de la calle. Dio unos cuantos pasos más y entró en un edificio de ladrillos sin letrero alguno, entre una licorería y un taller de reparaciones. En el artículo del «Arlequín», Thoss había mencionado que la gente de esta zona de Mirocaw tenía sus propios negocios, y que estos eran frecuentados casi exclusivamente por los residentes del área. No me costó creerlo cuando contemplé aquellos pequeños tugurios comerciales, pues tenían el mismo aspecto deteriorado que su clientela. Pese a la formidable sordidez de aquellos edificios, seguí a Thoss hasta el cascarón de ladrillos que había sido, y posiblemente aún era, un comedor de mala muerte.

Adentro estaba inusualmente oscuro. Incluso antes de que mis ojos se ajustaran, percibí que no se trataba de un restaurante próspero acogedoramente repleto de mesas y sillas —como el establecimiento donde había cenado la noche anterior—, sino de un lugar con solo unos cuantos muebles desordenados, y muy frío. De hecho, parecía más frío que las calles invernales de afuera.

—¿Doctor Thoss? —llamé hacia una solitaria mesa cerca del centro de la larga sala. Quizá cuatro o cinco personas estaban sentadas alrededor de la mesa, con algunas otras fundiéndose en la penumbra detrás de ellas. Dispersos sobre la mesa había algunos libros y papeles sueltos. Un viejo sentado señalaba algo en las páginas frente a él, pero no era Thoss. A su lado había dos jóvenes cuyos rasgos saludables los distinguían del lúgubre cansancio de los demás. Me acerqué a la mesa y todos alzaron la vista hacia mí. Ninguno de ellos mostró el menor asomo de emoción, salvo los dos muchachos, que intercambiaron miradas culpables y preocupadas, como si acabaran de ser descubiertos en algún acto vergonzoso. Ambos se levantaron de golpe y corrieron hacia el oscuro fondo de la sala, donde apareció un breve destello de luz cuando salieron por una puerta trasera.

—Lo siento —dije tímidamente—. Creí ver entrar aquí a alguien conocido. 

No dijeron nada. De una habitación del fondo empezaron a emerger otros, sin duda interesados por la fuente de la conmoción. En pocos momentos la sala se llenó de aquellas figuras vagabundas, todos mirando vacíamente en la penumbra. En ese momento no me asustaron; al menos no temí que pudieran hacerme daño físico. En realidad, sentí que podría reducirlos a golpes sin mayor esfuerzo, con sus rostros ratoniles casi invitando a una sucesión de puñetazos firmes. Pero eran tantos.

Se deslizaron lentamente hacia mí en una masa vermicular. Sus ojos parecían vacíos y desenfocados, y por un momento me pregunté si siquiera eran conscientes de mi presencia. Sea como fuere, yo era el centro hacia el que convergía su letárgico arrastrar de pies, con sus zapatos produciendo un suave sonido raspante sobre el piso desnudo. Empecé a soltar un número de banalidades apresuradas mientras seguían presionando hacia mí, con sus débiles e inesperadamente inodoros cuerpos apretándose contra el mío. (Ahora comprendía por qué la gente de las aceras parecía evitar instintivamente a Thoss). Unas piernas invisibles se enredaron con las mías; me tambaleé y recobré el equilibrio. Este movimiento súbito me despertó de una especie de trance hipnótico en el que debía haber caído sin darme cuenta. Había tenido la intención de abandonar aquel deprimente lugar mucho antes de que las cosas llegaran a ese punto, pero por alguna razón no podía concentrar mis intenciones con la fuerza suficiente para impulsarme a actuar. Mi mente había ido a la deriva mientras aquellas cosas serviles se acercaban. En una repentina oleada de pánico empujé a través de sus blandas filas y salí.

El aire libre me devolvió a mi estado de alerta anterior, y de inmediato empecé a caminar a paso rápido colina arriba. Ya no estaba seguro de no haber imaginado simplemente lo que había parecido, y al mismo tiempo no había parecido, un momento peligroso. ¿Habían dirigido sus movimientos hacia un auténtico asalto, o solo intentaban intimidarme? Cuando llegué a la calle principal de Mirocaw, teñida de verde, era incapaz de determinar exactamente qué había ocurrido.

Las aceras seguían atestadas con una multitud de peatones, que ahora parecían más animados que tan solo un rato antes. Había una especie de vitalidad que solo podía atribuirse a las inminentes festividades. Un grupo de jóvenes habían empezado a celebrar prematuramente y cruzaban ruidosamente la calle por la mitad, evidentemente borrachos. Por las risas y las bromas entre los ciudadanos aún sobrios, deduje que, al estilo del Mardi Gras, la embriaguez pública estaba dentro de las tradiciones de este festival de invierno. Busqué algo que indicara el inicio de la mascarada callejera, pero no vi nada: ningún arlequín de brillantes colores ni ningún pierrot blanco como la nieve. ¿Se estarían preparando ahora las ceremonias para la coronación de la Reina de Invierno? «La Reina de Invierno», escribí en mi diario. «Figura de fertilidad investida con poderes simbólicos de resurrección y prosperidad. Elegida a la manera de la reina del baile de promoción en una preparatoria. Buscar posible figura de consorte en forma de un representante del inframundo».

En las horas previas al anochecer del 19 de diciembre, permanecí sentado en mi habitación del hotel, escribiendo, pensando y organizando. Las cosas no iban tan mal, considerando todo. La excitación festiva que ascendía firmemente desde las calles bajo mi ventana me estaba definitivamente contagiando. Me obligué a tomar una breve siesta en anticipación a una larga noche. Cuando desperté, la fiesta anual de Mirocaw había comenzado.

5.

Gritos, conmoción, jolgorio. Me dirigí soñoliento a la ventana y contemplé la ciudad. Parecía como si todas las luces de Mirocaw estuvieran encendidas, excepto en aquella zona al pie de la colina que se fundía con el vacío negro del invierno. Y ahora el tinte verdoso de la ciudad era aún más pronunciado, extendiéndose por todas partes como un gran arcoíris verde que se hubiera derretido del cielo y permanecido, fosforescente, en la noche. En las calles resplandecía una primavera artificial. Las callejuelas de Mirocaw vibraban de actividad: en una esquina cercana una banda de viento tocaba a todo pulmón; los autos hacían sonar sus bocinas y a veces eran abordados por peatones que reían a carcajadas; un hombre emergió del bar El Gallo Rojo, alzó los brazos al cielo y cacareó. Examiné con atención a los celebrantes, buscando atuendos de payaso. Pronto, para mi deleite, vi uno. El traje era rojo y blanco, con gorro a juego, y el rostro pintado de noble alabastro. Casi parecía una encarnación payasesca de aquel loco navideño de barba blanca y botas negras.

Este loco en particular, sin embargo, no estaba recibiendo el afecto y el respeto habitualmente concedidos a Santa Claus. Mi pobre colega payaso estaba en medio de un círculo de festejantes que lo empujaban de un lado a otro. El objeto de este abuso parecía aceptarlo con cierta voluntad, pero el jueguito no dejaba de tener la humillación como propósito. «Los únicos payasos aquí son los… escogidos», resonó la voz de Beadle en mi memoria. «Hostigados» parecía más próximo a la verdad.

Me enfundé en algo de ropa de abrigo y salí a las calles resplandecientes de verde. No lejos del hotel, un personaje con una ancha sonrisa azul y roja y brillantes ropas holgadas chocó conmigo. En realidad había sido empujado contra mí por unos jóvenes frente a una farmacia.

—Miren al fenómeno —dijo uno de ellos, obeso y borracho—. Miren caer al fenómeno.

Mi primera reacción fue de rabia, y luego de miedo cuando vi a otros dos flanqueando al gordo borracho. Caminaron hacia mí, y me tensé para una confrontación.

—Esto es una vergüenza —dijo uno, sosteniendo con descuido el cuello de una botella de vino en la mano izquierda.

Pero no era a mí a quien hablaban; era al payaso, que había sido empujado al suelo. Sus tres perseguidores lo levantaron de un tirón brusco y luego le rociaron la cara con vino. A mí me ignoraron por completo.

—Suéltenlo —dijo el gordo—. Arrástrate, fenómeno. ¡Ah, miren cómo vuela!

El payaso se alejó trotando y se perdió entre la multitud.

—Esperen un momento —dije al trío camorrista, que había empezado a alejarse. Decidí rápidamente que con toda probabilidad sería inútil pedirles que me explicaran lo que acababa de presenciar, especialmente en medio del ruido y la confusión de los festejos. De la manera más jovial que pude, les propuse que fuéramos a algún lugar donde pudiera invitarles un trago a cada uno. No pusieron objeción, y al rato estábamos los cuatro apretados alrededor de una mesa en El Gallo Rojo.

Mientras tomábamos, les expliqué que era de fuera de la ciudad, lo cual por alguna razón les complacía enormemente. Les dije que había cosas que no comprendía de su festival.

—No creo que haya nada que comprender —dijo el gordo—. Es simplemente lo que se ve.

Le pregunté por la gente vestida de payasos.

—¿Esos? Son los fenómenos. Este año les toca a ellos. Todo el mundo recibe su turno. El año que viene puede ser el mío. O el tuyo —añadió, señalando a uno de sus amigos al otro lado de la mesa—. Y cuando descubramos cuál eres tú…

—No eres lo bastante listo para eso —dijo desafiante el potencial fenómeno.

Este era un punto importante: el hecho de que los individuos que hacían de payasos permanecían, o al menos intentaban permanecer, anónimos. Esta disposición ayudaría a eliminar las inhibiciones que pudiera tener un residente de Mirocaw a la hora de abusar de su propio vecino o incluso de un familiar. Por lo que observé después, la magnitud de estos abusos no iba más allá de una especie de forcejeo juguetón. Y aun así, solo los grupos ocasionales de camorristas se aprovechaban realmente de este aspecto del festival; la mayoría de los ciudadanos se contentaban con mantenerse al margen.

En cuanto a iluminar el significado de esta costumbre, mis tres jóvenes amigos resultaron del todo inútiles. Para ellos era simple diversión, como imagino que lo era para la mayoría de los mirocawianos . Era comprensible. Supongo que la persona promedio no sería capaz de explicar exactamente cómo la profundamente familiar fiesta de Navidad llegó a celebrarse en su forma actual.

Abandoné solo el bar, no sin haber sido afectado por las bebidas que había consumido allí. Afuera proseguía la alegría general. De varios puntos brotaba música a todo volumen. Mirocaw se había transformado enteramente de una ciudad pequeña y tranquila en un enclave de Saturnales dentro de la oscura inmensidad de una noche de invierno. Pero Saturno es también el símbolo planetario de la melancolía y la esterilidad, un choque de opuestos contenido en una sola palabra. Y mientras caminaba medio borracho calle abajo, descubrí que había un conflicto dentro del propio festival de invierno. Este descubrimiento parecía ser precisamente esa llave secreta que Thoss había retenido en su estudio de la ciudad. Curiosamente, fue a través de mi poca familiaridad con el aspecto exterior del festival como llegué a conocer su verdadera naturaleza.

Estaba mezclándome con la gente de la calle, disfrutando cálidamente de la confusión a mi alrededor, cuando vi una criatura extrañamente concebida demorándose en la esquina de adelante. Era uno de los payasos de Mirocaw. Su ropa era ajada e indefinible, casi al estilo de un payaso vagabundo, pero sin la exageración humorística suficiente. El rostro, sin embargo, compensaba la falta de lustre del traje. Nunca había visto una concepción tan extraña para la cara de un payaso. La figura estaba de pie bajo una farola, y cuando volvió la cabeza en mi dirección comprendí por qué me resultaba familiar. La cabeza delgada, lisa y pálida; los ojos desorbitados; los rasgos ovalados que se parecían tanto a la criatura que gritaba con su rostro de calavera en aquel famoso cuadro (me fallaba la memoria). Aquella imitación de payaso rivalizaba con el original en sugerir estremecedores reinos de abyecto horror y desesperación: una imagen inhumana, más propia de algo que habita bajo la tierra que sobre ella.

Desde el primer momento en que vi a esa criatura, pensé en aquellos habitantes del gueto al pie de la colina. Había la misma pasividad nauseabunda y la misma languidez en su porte. Quizá si no hubiera estado bebiendo antes no me habría atrevido a hacer lo que hice. Decidí unirme a una de las principales tradiciones del festival de invierno, pues me irritaba ver a aquel morboso impostor de payaso plantado allí. Cuando llegué a la esquina me lancé riendo contra la criatura —«¡Uy!»—, que trastabilló hacia atrás y terminó en el suelo. Me reí de nuevo y miré a mi alrededor buscando la aprobación de los festejantes cercanos. Nadie, sin embargo, pareció apreciar ni siquiera reconocer lo que había hecho. No se rieron conmigo ni señalaron divertidos, sino que se limitaron a pasar, quizá caminando un poco más rápido hasta estar a cierta distancia de aquel incidente en la esquina. Comprendí al instante que había violado alguna regla tácita de comportamiento, aunque creía que mi acción estaba dentro de la práctica común. Se me ocurrió que tal vez podía ser detenido y procesado por lo que en cualquier otra circunstancia era ciertamente un acto criminal. Me volví para ayudar al payaso a ponerse de pie, esperando de algún modo redimir mi ofensa, pero la criatura había desaparecido. Eché a caminar solemnemente, alejándome de la escena de mi crimen involuntario, y busqué otras calles donde no hubiera testigos.

Vagué por las diversas calles secundarias de Mirocaw, deteniéndome en un momento dado, exhausto, para sentarme en el mostrador de un pequeño local de sándwiches repleto de clientes. Pedí un café para reanimar mi sistema alcoholizado. Mientras calentaba las manos alrededor de la taza y sorbía lentamente, observé a la gente que pasaba frente a la ventana. Era pasada la medianoche, pero el denso fluir de transeúntes no daba indicios de que alguien se fuera temprano a casa. Un carnaval de perfiles desfiló ante la ventana, y me contenté simplemente con quedarme sentado y observar, hasta que finalmente uno de esos rostros me sobresaltó. Era aquel horripilante payasito al que había empujado antes. Pero aunque su cara me resultaba familiar en su aspecto espantoso, había algo diferente en ella. Y me pregunté si no habría dos de esos horribles engendros.

Tras pagar rápidamente, salí para echar una segunda mirada al payaso, que ahora no estaba a la vista por ninguna parte. La densa multitud me impedía perseguir a la figura con velocidad, y me pregunté cómo el payaso había podido abrirse camino tan fácilmente. A menos que la multitud hubiera permitido instintivamente que la criatura pasara sin obstáculos entre sus apretadas filas, como hacía con Thoss. Mientras buscaba a aquel engendro en particular, descubrí que entre la población que celebraba en Mirocaw, junto con los payasos oficiales del festival, se mezclaban no uno ni dos, sino un número considerable de aquellas pálidas criaturas espectrales. Y todas ellas transitaban por las calles sin ser molestadas ni siquiera por los más revoltosos de los festejantes. Entonces comprendí uno de los tabúes del festival. Esos otros payasos no debían ser perturbados y debían incluso evitarse, tal como se evitaba a los residentes del barrio marginal en el borde de la ciudad. Sin embargo, sentí intuitivamente que los dos grupos de payasos estaban de algún modo identificados entre sí, aunque los payasos del gueto no fueran bienvenidos en el festival de invierno de Mirocaw. De hecho, no se trataba simplemente de un grupo de la comunidad que celebraba la estación a su modo. Según todas las apariencias, este grupo de melancólicos mimos constituía nada menos que un festival enteramente independiente: un festival dentro del festival.

De vuelta en mi habitación, anoté mis suposiciones en el diario que llevaba para esta empresa. A continuación, algunos extractos:

Los residentes de Mirocaw muestran cierta superstición respecto a la gente del barrio bajo, particularmente cuando estos aparecen con esos horribles rostros que identifican su propio festival. ¿Cuál es la relación entre estas celebraciones simultáneas? ¿Precedió la una a la otra? Y si es así, ¿cuál? Mi opinión a este respecto —y no pretendo que sea concluyente— es que el festival de invierno de Mirocaw es la manifestación posterior, que apareció después del festival de esos payasos lúgubremente pálidos, para encubrirlo o mitigar su efecto. Acuden a mi mente los suicidios navideños, y el subclima del que escribió Thoss, y la desaparición de Elizabeth Beadle hace veinte años, y mi propia experiencia con este clan de parias que existe a la vez fuera y dentro de la comunidad. De lo que yo mismo viví con esta subtemporada emocionalmente nociva prefiero no hablar por el momento. Aún no sabría decir si la causa es mi habitual melancolía invernal. En el tema general de la salud mental, debo considerar el libro de Thoss sobre su estancia en un hospital psiquiátrico (en el oeste de Massachusetts, estoy casi seguro. Verificar este libro y los orígenes de Mirocaw en Nueva Inglaterra). El solsticio de invierno es mañana, aunque en algún momento después de la medianoche (¡qué confusos se están volviendo estos días y noches!). Es, por supuesto, el día del año en que las horas nocturnas superan a las diurnas por el mayor margen. Nótese qué relación tiene esto con los suicidios y el aumento de los trastornos psíquicos. Al recordar la lista de suicidios documentados por Thoss en su artículo, parecía haber una recurrencia de nombres específicos de familias, como muy bien podría ocurrir con cualquier tipo de datos recogidos en una ciudad pequeña. Entre esos nombres había un Beadle o dos. Quizá entonces haya una base genealógica para los suicidios que no tenga nada que ver con el subclima místico de Thoss, idea pintoresca, sin duda, y que parece encajar con esta ciudad de tantos rostros visibles y ocultos, pero que es un concepto imposible de sostener.

Una cosa que sí parece cierta es la división de Mirocaw en dos tipos muy distintos de ciudadanos, que da como resultado dos festivales y la aparición de payasos similares —un término usado ahora en un sentido extremadamente laxo—. Pero hay una conexión, y creo tener alguna idea de cuál es. Dije antes que los residentes normales de la ciudad ven a los del gueto, y especialmente a sus figuras de payasos, con superstición. Pero es más que eso: es miedo, quizá un tipo de odio, el tipo particular de odio que resulta de algún poderoso e irracional recuerdo. Creo que puedo comprender muy bien lo que amenaza a Mirocaw. Recuerdo el incidente de hoy mismo en aquel comedor vacío. «Vacío» es la palabra adecuada aquí, pese a su contradicción con los hechos. La congregación de aquella sala a medio iluminar constituía menos una presencia que una ausencia, incluso teniendo en cuenta su opresiva cantidad. Esos ojos que no se enfocaban ni podían enfocarse en nada, la languidez anhelante de sus rostros, la marcha perezosa de sus pies. Me sentí espiritualmente exhausto cuando salí corriendo de allí. Entonces comprendí por qué se evitaba a esa gente y sus actividades.

No puedo cuestionar la sabiduría de esos mirocawianos ancestrales que iniciaron la tradición del festival de invierno y dieron a la ciudad un pretexto para la celebración y la convivencia social en la época en que las consecuencias del aislamiento meditabundo son más severas, esos días más largos y oscuros del solsticio. Un espíritu de jovialidad navideña obviamente no hubiera bastado para contrarrestar la amenaza de esta estación. Pero, aun así, están los suicidios de individuos que de algún modo quedan aislados, imagino, de las actividades vitalizantes del festival.

Es la naturaleza de esta insidiosa subtemporada lo que parece determinar las formas externas del festival de invierno de Mirocaw: el optimista verdor en un período de gris letargo; la fértil promesa de la Reina de Invierno; y, lo más interesante para mí, los payasos. Los brillantes payasos de Mirocaw que son tratados tan mal; parecen servir como figuras sustitutas de esos mimos de ojos oscuros del barrio bajo. Puesto que estos últimos son temidos por algún poder o influencia que poseen, pueden ser simbólicamente enfrentados y conquistados a través de sus contrapartes, quienes son elegidos precisamente para esa función. Si estoy en lo correcto, me pregunto hasta qué punto existe conciencia entre la población de la ciudad de esta demostración indirecta de agresión. Esos tres jóvenes con los que hablé esta noche no parecían poseer otra percepción más allá de ver que existe cierta cantidad de franca diversión en la tradición del festival. Por lo mismo, ¿cuánta más percepción hay del otro lado de estos dos festivales antagónicos? Es demasiado horrible pensar en algo así, pero debo preguntarme si, pese a su aparente falta de propósito, esos habitantes del gueto no serán los únicos que saben lo que hacen. No se puede negar que detrás de esas inhumanas expresiones fláccidas parece existir una especie de inteligencia aborrecible.

Ahora me doy cuenta de la confusión de mi estado actual, pero mientras iba de calle en calle esta noche, observando a esos payasos de boca ovalada, no podía evitar la sensación de que toda la diversión en Mirocaw era algo permitido solo por su tolerancia. Espero que eso no sea más que una extravagante intuición thossiana, el tipo de idea que es curiosa y provoca el pensamiento sin lograr nunca el beneficio de la prueba. Sé que mi mente no está enteramente lúcida, pero tengo la sensación de que es posible penetrar en las muchas complejidades de Mirocaw e iluminar el lado oculto de la temporada festiva. Debo buscar en particular el significado del otro festival. ¿Es también algún tipo de celebración de fertilidad? Por lo que he visto, el tenor de este subgrupo «celebrante» es, en todo caso, más bien de antifertilidad. ¿Cómo han evitado extinguirse por completo a lo largo de los años? ¿Cómo mantienen su número?

Pero estaba demasiado cansado para seguir formulando mis torpes especulaciones. Me dejé caer en la cama y pronto me perdí en sueños de calles y rostros.

6.

Por supuesto, tenía una ligera resaca cuando desperté a última hora de la mañana siguiente. El festival seguía en pleno apogeo, y la música estridente del exterior me arrancó de una pesadilla. Era un desfile. Varias carrozas descendían por Townshend, con un color familiar como predominante. Había carrozas temáticas de peregrinos e indios, de vaqueros e indios, y de payasos de tipo ortodoxo. En medio de todo estaba la Reina de Invierno en persona, tiritando sobre un trono helado. Saludaba con la mano en todas direcciones. Incluso me pareció que saludaba hacia mi oscura ventana.

En los primeros momentos del despertar, todavía aturdido, no sentí la menor simpatía hacia mi excitación de la noche anterior. Pero descubrí que mi entusiasmo previo simplemente había quedado dormido, y pronto regresó con una intensidad aún mayor. Nunca antes habían estado mi mente y mis sentidos tan activos durante esta época habitualmente inerte del año. En casa habría estado escuchando viejas grabaciones lúgubres y pasando largos ratos mirando por la ventana. Sentí una inmensa gratitud, en un sentido por entero abstracto, por mi entrega a esta obsesión llena de propósito. Y estaba ansioso por ponerme a trabajar después de desayunar algo en la cafetería.

Cuando regresé a mi habitación, descubrí que la puerta no estaba cerrada con llave. Y había algo escrito en el espejo del tocador. Las letras eran rojas y grasientas, como si hubieran sido trazadas con un lápiz de maquillaje de payaso —el mío, no tardé en darme cuenta—. Leí la frase, o más bien debería decir el acertijo, varias veces: «¿Qué se entierra a sí mismo antes de estar muerto?». Lo contemplé durante un buen rato, muy estremecido por cuán vulnerables eran las defensas que había levantado para estas fiestas. ¿Se suponía que era una advertencia de algún tipo? ¿Una amenaza de que si persistía en cierto rumbo acabaría enterrado prematuramente? Tendría que ser cuidadoso, me dije. Mi resolución fue no dejar que nada me desviara de la inspirada estrategia que había concebido. Limpié el espejo, que ahora necesitaba para otros fines.

Pasé el resto del día diseñando un disfraz muy especial y la cara adecuada para acompañarlo. Afeé fácilmente mi abrigo con uno o dos bolsillos desgarrados y un completo surtido de manchas. Combinado con unos jeans y un par de zapatos bastante gastados, era un atuendo pasable para un vagabundo. El rostro, sin embargo, fue más difícil, porque tenía que experimentar de memoria. Evocar una imagen mental del pierrot que gritaba en aquel cuadro (El grito, ahora lo recordaba) me ayudó bastante. Al caer la noche, salí del hotel por la escalera trasera.

Era extraño caminar por la concurrida calle con aquel macabro disfraz. Aunque creí que me sentiría muy llamativo, la experiencia real se aproximó, según imaginé, a una completa invisibilidad. Nadie me miraba cuando yo pasaba junto a ellos, ni cuando ellos pasaban junto a mí, ni cuando nos cruzábamos. Era un fantasma —quizá el fantasma de festivales pasados, o de los aún por venir—.

No tenía una idea clara de adónde me llevaría mi disfraz aquella noche, solo vagas expectativas de ganarme la confianza de mis colegas espectros y posiblemente llegar a conocer sus secretos de algún modo. Durante un rato vagué simplemente en esa forma lánguida que había aprendido de ellos, siguiendo su ejemplo en todo lo que pudieran indicar. Y en su mayor parte esto significaba no hacer casi nada, y hacerlo en silencio. Si me cruzaba con uno de los míos en la acera, no había palabras, ni intercambio de miradas, ni reconocimiento alguno que yo pudiera percibir. Estábamos allí en las calles de Mirocaw para crear una presencia y nada más. Al menos así era como llegué a sentirlo. Mientras iba a la deriva con mi incorpórea invisibilidad, me sentí cada vez más como una forma vacía y flotante, que veía sin ser vista y caminaba sin la interferencia de esas criaturas más burdas que compartían mi mundo. No era una experiencia del todo carente de interés, ni siquiera de placer. El lema de los payasos, «aquí estamos de nuevo», adquirió un nuevo significado para mí mientras me sentía novicio de un orden más alto y secreto de la arlequinada. Y muy pronto se presentó la oportunidad de avanzar por ese camino.

En dirección opuesta, calle abajo, pasó lentamente una camioneta, apartando suavemente un mar de ciudadanos que zigzagueaban. La carga en la plataforma trasera de la camioneta era curiosa, pues estaba compuesta enteramente por mis colegas de secta. Al final de la cuadra la camioneta se detuvo y otro de ellos subió por la compuerta trasera. Una cuadra más abajo vi subir a otro más. Entonces la camioneta dio una vuelta en U en un cruce y se encaminó en mi dirección.

Me detuve en la banqueta como había visto hacer a los demás. No estaba seguro de que la camioneta fuera a recogerme; pensé que de algún modo sabrían que era un impostor. La camioneta, sin embargo, redujo la marcha, casi deteniéndose al llegar a mi lado. Los otros estaban apretujados en la plataforma. La mayoría miraba a la nada con la habitual indiferencia que había llegado a esperar de ellos. Pero unos pocos me miraron con cierta anticipación. Vacilé un segundo, inseguro de querer llevar más lejos aquella farsa. En el último momento, un impulso me hizo trepar a la plataforma y apretarme entre los demás.

Solo quedaban unos pocos por recoger antes de que la camioneta acelerara hacia las afueras de Mirocaw y más allá. Al principio intenté mantener una orientación clara con respecto a la ciudad. Pero a medida que tomábamos una curva tras otra en la oscuridad de estrechos caminos rurales, me vi incapaz de conservar algún sentido de la dirección. La mayoría de los otros en la plataforma no mostraba conciencia aparente de sus compañeros de viaje. Con cautela, fui mirando de rostro fantasmal en rostro fantasmal. Unos pocos hablaban en frases cortas susurradas con quienes tenían al lado. No pude distinguir lo que decían, pero el tono de sus voces era de inocente normalidad, como si no fueran parte de la endurecida horda del barrio bajo de Mirocaw. Quizá, pensé, eran buscadores de emociones que se habían disfrazado como yo, o más probablemente, iniciados de algún tipo. Posiblemente habían recibido instrucciones previas en reuniones como aquella con la que yo había tropezado el día anterior. También era probable que entre este grupo estuvieran aquellos mismos muchachos a los que había espantado hasta hacerlos huir precipitadamente del viejo comedor.

La camioneta aceleraba ahora por un tramo relativamente despejado de campo, en dirección a las colinas más altas que rodeaban la ahora distante ciudad de Mirocaw. El viento helado nos azotaba, y no pude evitar temblar de frío. Esto me delataba definitivamente como uno de los recién llegados del grupo, pues los dos cuerpos que se apretaban contra el mío estaban rígidamente inmóviles e incluso parecían irradiar un frío propio. Miré hacia la oscuridad en la que avanzábamos rápidamente.

Habíamos dejado atrás el campo abierto, y la carretera estaba flanqueada por densos bosques. La masa de cuerpos en la camioneta se apoyó unos contra otros cuando empezamos a subir una cuesta empinada. Encima de nosotros, en la cima de la colina, brillaban luces en algún punto entre los árboles. Cuando la carretera se niveló, la camioneta dio un giro brusco, adentrándose en lo que parecía una gran zanja. Había un camino sin pavimentar por el que la camioneta avanzó hacia un resplandor que ahora estaba más cerca.

El resplandor se hizo más brillante y nítido a medida que nos acercábamos, parpadeando entre los árboles y revelando detalles donde antes solo había oscuridad cerrada. Cuando la camioneta entró en un claro y se detuvo, vi un grupo disperso de figuras, muchas de las cuales sostenían linternas que brillaban con una luz deslumbrante y helada. Me incorporé en la plataforma para bajar como estaban haciendo los demás. Mirando a mi alrededor desde esa altura, vi aproximadamente otros treinta de aquellos cadavéricos payasos deambulando. Uno de mis compañeros de viaje me vio demorarme en la camioneta y con un susurro extrañamente agudo me dijo que me apresurara, explicando algo sobre el «cénit de la oscuridad». Pensé de nuevo en aquella noche de solsticio; técnicamente era el período más largo de oscuridad del año, aunque no por un margen muy significativo respecto a muchas otras noches de invierno. Su verdadero significado, sin embargo, estaba relacionado con consideraciones que poco tenían que ver con las estadísticas o el calendario.

Me dirigí al lugar donde los otros se apiñaban en un grupo cada vez más cerrado, que delataba una sensación de expectación en los sutiles gestos y expresiones de sus integrantes. Ahora se intercambiaban miradas, la mano de uno tocaba ligeramente el hombro de otro, y un par de ojos perfilados de negro se posaron donde dos figuras depositaban sus linternas en el suelo, a unos dos metros una de otra. La iluminación de aquellas linternas reveló una abertura en la tierra. Finalmente la atención de todos se concentró en aquel pozo más o menos circular, y como obedeciendo una señal convenida empezamos a apiñarnos a su alrededor. Los únicos sonidos eran los del viento y nuestros propios movimientos al aplastar hojas y ramitas heladas bajo los pies.

Por fin, cuando todos habíamos rodeado aquel agujero, el primero saltó dentro, desapareciendo por un momento de nuestra vista pero reapareciendo luego para tomar una linterna que otro le tendió desde arriba. El abismo en miniatura se llenó de luz, y pude ver que no tenía más de dos metros de profundidad. Una de sus paredes se abría a la boca de un túnel. La figura que sostenía la linterna se agachó un poco y desapareció en el pasadizo.

Cada uno de nosotros, por turno, se dejó caer en la oscuridad del pozo, y cada quinto tomaba una linterna. Yo me mantuve en la parte trasera del grupo, pues fueran cuales fuesen las actividades subterráneas que estaban por llevarse a cabo, estaba seguro de que quería permanecer en su periferia. Cuando solo quedábamos unos diez arriba, me las arreglé para que cuatro pasaran antes que yo y así ser el quinto en recibir una linterna. Y así sucedió: tras saltar al fondo del agujero, alguien me tendió ritualmente una luz. Dando la vuelta, entré rápidamente en el pasadizo. A esas alturas temblaba tanto de frío que no me sentía ni curioso ni asustado, solo agradecido por el refugio.

Entré en un túnel largo de suave pendiente, justo lo bastante alto como para caminar erguido. Era considerablemente más cálido allá abajo que afuera en la fría oscuridad del bosque. Tras unos momentos me había recuperado lo suficiente del frío como para que mis preocupaciones pasaran del confort físico a una repentina y justificada inquietud por mi supervivencia. Mientras caminaba, mantuve la linterna cerca de las paredes del túnel. Eran relativamente lisas, como si el pasadizo no hubiera sido excavado manualmente sino horadado por algo que había dejado tras de sí un indicio de sus dimensiones en el tamaño y la forma del túnel. Esta idea delirante se me ocurrió cuando recordé el mensaje dejado en el espejo de mi habitación del hotel: «¿Qué se entierra a sí mismo antes de estar muerto?».

Tuve que apresurarme para no quedarme atrás de los extraños espeleólogos que me precedían. Las linternas allá adelante se mecían con cada paso de sus portadores, y la lenta procesión parecía menos y menos real cuanto más nos adentrábamos en aquel estrecho túnel. En algún punto observé que la fila delante de mí se acortaba. Los procesionarios se vaciaban en una cámara cavernosa adonde no tardé en llegar yo también. El espacio tenía unos diez metros de alto, y sus otras dimensiones se aproximaban a las de un amplio salón de baile. Mirar hacia la distancia por encima de mí me hizo penosamente consciente de lo mucho que habíamos descendido bajo tierra. A diferencia de las lisas paredes del túnel, las de esta caverna eran irregulares y dentadas, como si hubieran sido roídas. Supuse que la tierra se había extraído por el túnel que habíamos recorrido, o por alguna de las muchas otras aberturas negras que se distinguían en las paredes de la cámara, pues seguramente también conducían a la superficie.

Pero la estructura de esta cámara me ocupó la mente mucho menos que sus ocupantes. Allí, en el suelo de la gran caverna, nos esperaba lo que debía ser la población entera del barrio bajo de Mirocaw, y aún más gente, todos con los mismos rostros de ojos desorbitados y bocas ovaladas. Formaban un círculo alrededor de algo parecido a un altar, sobre el cual se extendía una especie de tela oscura, como de cuero. Encima de ella, otra cobertura del mismo material ocultaba un bulto.

Y detrás de esa forma, contemplando el altar, se erguía la única figura cuyo rostro no estaba cubierto de maquillaje.

Llevaba una larga túnica nívea del mismo color que el cabello ralo que orlaba su cabeza. Sus brazos colgaban relajadamente a los costados. No hizo movimiento alguno. El hombre del que en otro tiempo creí que penetraría grandes secretos se erguía ante nosotros con el mismo porte profesoral que me había impresionado tantos años atrás, pero ahora solo sentía pavor al imaginar qué revelaciones se ocultaban en los pliegues abismales de su atuendo solemne. ¿Realmente había venido hasta aquí para desafiar a una figura tan formidable? El nombre con que lo conocía parecía insuficiente para designar a alguien de su estatura. Antes habría que nombrarlo por sus otras encarnaciones: dios de toda sabiduría, escriba de todos los libros sagrados, padre de todos los magos, Tres Veces Grande y más… mejor habría que llamarlo Thoth.

Alzó las manos en cuenco hacia su congregación, y la ceremonia dio comienzo.

Todo fue muy simple. La asamblea entera, que había permanecido en silencio hasta ese momento, irrumpió en el canto más horrendo y agudo que pueda imaginarse. Era un coro de pesar, de aullante delirio y de ignominia. La caverna resonó estridentemente con el coro disonante y quejumbroso. Mi voz se sumó también a la de la congregación, intentando fundirse con su música deforme. Pero mi canto no podía imitar el suyo; mi tono ronco no se parecía en nada a su cacofónico gemido fúnebre. Para evitar delatarme como intruso, seguí articulando las palabras sin emitir sonido. Esas palabras eran una revelación de la maligna disposición que hasta entonces solo había intuido en presencia de estos seres. Cantaban a «los nonatos en el paraíso», a las «puras vidas no vividas». Cantaban una endecha por la existencia, por todas sus formas vivas y por todas sus estaciones. Sus ideales eran los de la oscuridad, el caos y una melancólica semiexistencia consagrada a todas las múltiples formas de la muerte. Un mar de rostros delgados y exangües temblaba y gritaba con esperanzas perversas. Y la figura de túnica que guiaba todo aquello —elevada en el transcurso de veinte años al rango de sumo sacerdote— era el hombre de quien yo había tomado tantos de los principios de mi propia vida. Sería inútil describir lo que sentí en ese momento, y un desperdicio del tiempo que necesito para contar los acontecimientos que siguieron.  

El canto cesó abruptamente, y la imponente figura de pelo blanco empezó a hablar. Daba la bienvenida a los de la nueva generación; habían transcurrido veinte inviernos desde que los «Puros» habían expandido sus filas. La palabra puros en aquel contexto era una violencia contra el juicio y la compostura que aún conservaba, porque nada podía ser más horrendo que lo que estaba por venir. Thoss —y empleo esta identidad difunta solo por conveniencia— cerró su sermón y se acercó al altar de cubierta oscura. Entonces, con todo el histrionismo de su vida anterior, retiró la cubierta superior. Debajo había una efigie de miembros fláccidos, una marioneta desplomada sobre la losa. Yo estaba de pie hacia la parte trasera de la congregación e intentaba mantenerme lo más cerca posible del pasadizo de salida. Por ello, no vi todo con la claridad que habría querido.

Thoss bajó la mirada hacia aquella forma torcida, semejante a una muñeca, y luego la alzó hacia la asamblea. Incluso me pareció que cruzaba conmigo una mirada de reconocimiento. Abrió los brazos, y un flujo continuo de palabras ininteligibles brotó de su boca gimiente. La congregación empezó a agitarse, no mucho pero sí perceptiblemente. Hasta ese momento yo había creído que la maldad de esa gente tenía un límite. Después de todo, eran solo eso: simples almas morbosas, atormentadas por sí mismas, con creencias extrañas. Si había algo que había aprendido en todos mis años como antropólogo, era que el mundo es infinitamente rico en ideas extravagantes, hasta el punto de que el concepto mismo de extrañeza tenía poco significado para mí. Pero con la escena que entonces presencié, mi conciencia moral se lanzó a un reino del que jamás regresará. Porque ahora venía la escena de la transformación, la culminación de toda arlequinada.

Empezó lentamente. Hubo un movimiento creciente entre los que se encontraban en el extremo opuesto de la cámara, lejos de donde yo estaba. Alguien había caído al suelo, y los que estaban junto a él retrocedieron. La voz en el altar continuó su canto. Intenté ver mejor, pero había demasiados cuerpos a mi alrededor. A través de la masa que se interponía solo pude captar atisbos de lo que sucedía.

El que se había desplomado en el suelo de la cámara parecía estar perdiendo toda su forma y proporción previas. Pensé que era un truco de payaso. Eran payasos, ¿no? Yo mismo podía hacer que cuatro bolas blancas se transformaran en cuatro negras mientras hacía malabares. Y ese no era mi truco más asombroso de magia payasesca. ¿Y acaso no hay siempre un acto de prestidigitación inherente a toda ceremonia, que a menudo depende de las ilusiones de los propios celebrantes? Era un buen espectáculo, pensé, y reí entre dientes. La escena de la transformación: Arlequín despojándose de su máscara de bufón. ¡Oh, Dios, Arlequín, no te muevas así! Arlequín, ¿dónde están tus brazos? Y tus piernas se han fundido y empiezan a retorcerse en el suelo. ¿Qué horrible ombligo, que se mueve como una boca, es ese donde debería estar tu rostro? ¿Qué se entierra a sí mismo antes de estar muerto? La todopoderosa serpiente de la sabiduría… el Gusano Conquistador.

Ahora empezaba a ocurrir por toda la cámara. Miembros individuales de la congregación miraban con ojos vacíos —atrapados por un instante en un frio trance— y luego se desplomaban al suelo para iniciar la repugnante metamorfosis. Esto sucedía con frecuencia creciente a medida que Thoss cantaba más fuerte y más frenéticamente su insana plegaria o maldición. Entonces comenzó un movimiento reptante hacia el altar, y Thoss daba la bienvenida a aquellas criaturas a medida que se enroscaban camino a su cima. Supe entonces qué figura inerte yacía sobre él.

Era Coré y Perséfone, la hija de Ceres y la Reina de Invierno: la niña raptada al inframundo. Solo que esta niña no tenía una madre divina que la salvara, no tenía madre viva alguna. Porque el sacrificio que presenciaba era el eco de otro ocurrido veinte años antes, la fiesta carnavalesca de la generación anterior: ¡oh carne vale! Ahora tanto madre como hija se habían convertido en víctimas de este aquelarre subterráneo. Comprendí por fin esta verdad cuando la figura se agitó sobre el altar, alzó su cabeza de helada belleza y gritó ante la visión de las bocas mudas que se cerraban en torno a ella.

Corrí de la cámara hacia el túnel. (No había nada más que pudiera hacer, me he dicho obsesivamente a mí mismo). Algunos de los otros que aún no habían cambiado se lanzaron en mi persecución. Me habrían alcanzado, no tengo duda, pues caí apenas a unos pocos metros dentro del pasadizo. Y por un momento imaginé que yo también iba a sufrir una transformación, pero no había sido preparado como lo habían sido los otros. Cuando oí los pasos de mis perseguidores acercándose, estuve seguro de que me esperaba un destino aún peor sobre el altar. Pero los pasos se detuvieron y retrocedieron. Habían recibido una orden en la voz de su sumo sacerdote. Yo también la oí, aunque desearía no haberlo hecho, pues hasta entonces había imaginado que Thoss no recordaba quién era yo. Fue esa voz la que me demostró lo contrario.

Por el momento estaba a salvo. Me incorporé con esfuerzo y, como había roto mi linterna en la caída, desanduve el camino en una negrura de alcantarilla.

Todo pareció ocurrir muy rápidamente una vez que emergí del túnel y trepé fuera del pozo. Me limpié el maloliente maquillaje del rostro mientras corría por el bosque de vuelta a la carretera. Un auto que pasaba se detuvo, aunque no le di otra opción que hacerlo o atropellarme.

—Gracias por detenerse.

—¿Qué demonios está haciendo usted aquí? —preguntó el conductor.

Recobré el aliento.

—Fue una broma. El festival. Unos amigos creyeron que sería divertido… Por favor, siga adelante.

El hombre me dejó a poco más de un kilómetro de la ciudad, y desde allí pude encontrar el camino. Era el mismo por el que había llegado a Mirocaw en mi primera visita del verano anterior. Me detuve un rato en la cima de aquella alta colina justo fuera de los límites de la ciudad, contemplando el ajetreo en la pequeña aglomeración allá abajo. La intensidad del festival no había disminuido, y no lo haría hasta la mañana. Bajé hacia el acogedor resplandor verde, me deslicé por entre los festejantes sin que nadie reparara en mí y regresé al hotel. Nadie me vio subir a mi habitación. De hecho, todo el edificio destilaba un aire de vacío y abandono, y el mostrador del vestíbulo estaba desierto.

Cerré con llave la puerta de mi habitación y me desplomé en la cama.

7.

Cuando desperté a la mañana siguiente, vi desde la ventana que la ciudad y el campo circundante habían sido visitados durante la noche por una nevada totalmente imprevista. La nieve seguía cayendo sobre las ahora desiertas calles de Mirocaw. El festival había terminado. Todo el mundo se había ido a casa.

Y esa era también mi intención. Cualquier acción mía respecto a lo que había visto la noche anterior tendría que esperar hasta estar lejos de la ciudad. Aún no estoy seguro de que sirva de algo hablar de esto. Cualquier acusación que yo pudiera hacer contra la población del barrio bajo de Mirocaw sería rechazada, como es lógico, por increíble. Quizá muy pronto nada de esto sea ya asunto mío.

Con las maletas en ambas manos, me acerqué al mostrador de recepción para liquidar mi cuenta. El hombre detrás del mostrador no era Samuel Beadle, y tuvo que rebuscar para encontrar mi factura.

—Ah, aquí está. ¿Todo bien?

—Bien —respondí con voz muerta—. ¿Está el señor Beadle por aquí?

—No, me temo que aún no ha vuelto. Pasó toda la noche buscando a su hija. Es una chica muy popular, por ser la Reina de Invierno y toda esa tontería. Seguro estaba en alguna fiesta por ahí.

Un pequeño ruido brotó de mi garganta.

Arrojé las maletas en el asiento trasero de mi auto y me senté al volante. Aquella mañana, nada de lo que podía recordar me parecía real. La nieve caía y la contemplé a través del parabrisas, lenta, silenciosa y fascinante. Encendí el auto y eché por rutina un vistazo al espejo retrovisor. Lo que vi allí quedó vívidamente grabado en mi mente, tal como quedó enmarcado en la ventanilla trasera del auto cuando giré la cabeza para confirmar lo que veía.

En medio de la calle, a mis espaldas, hundidos hasta los tobillos en la nieve, estaban Thoss y otra figura. Cuando observé al otro con más detenimiento, reconocí en él a uno de los muchachos que había sorprendido en aquel comedor de mala muerte. Pero ahora había adquirido el aire corrupto y vacío de su nueva familia. Tanto él como Thoss me clavaron la mirada sin intentar siquiera impedir mi partida. Thoss sabía que no hacía falta.

Hube de llevar la imagen de aquellas dos figuras tenebrosas en la mente durante todo el camino de regreso a casa. Pero solo ahora se ha abatido sobre mí el peso entero de mi experiencia. Hasta hoy he fingido enfermedad para esquivar mis compromisos académicos. Enfrentarme al curso normal de la vida tal como antes la conocía me resultaría imposible. Vivo ahora bajo la influencia de una estación y un clima mucho más fríos y desolados que todos los inviernos de la memoria humana. Y repasar mentalmente lo sucedido no parece haberme servido: puedo sentir cómo me hundo cada vez más en un abismo aterciopelado y blanco.

En ciertos momentos podría casi disolverme del todo en este reino interior de horrible pureza y vacío. Recuerdo aquellos momentos invisibles en los que, disfrazado, vagué por las calles de Mirocaw, ajeno a las formas ebrias y ruidosas que me rodeaban: intocable. Pero al instante retrocedo horrorizado ante esta grotesca nostalgia, porque comprendo lo que me está sucediendo y lo que no quiero que sea cierto, aunque Thoss lo proclamara. Recuerdo la orden que dio a los demás mientras yo yacía postrado e indefenso en el túnel. Habrían podido apresarme, pero Thoss, mi antiguo maestro, los hizo regresar. Su voz resonó en toda aquella caverna y ahora reverbera dentro de las cámaras interiores de mi memoria.

—Es uno de nosotros —dijo—. Siempre ha sido uno de nosotros.

Es esa voz la que ahora llena mis sueños y mis días y mis largas noches de invierno. Te he visto, doctor Thoss, entre la nieve, al otro lado de mi ventana. Pronto celebraré, a solas, esa última fiesta que matará tus palabras, tan solo para demostrar lo bien que he aprendido tu verdad.

FIN

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Thomas Ligotti - La última fiesta de Arlequín
  • Autor: Thomas Ligotti
  • Título: La última fiesta de Arlequín
  • Título Original: The Last Feast of Harlequin
  • Publicado en: The Magazine of Fantasy & Science Fiction, abril de 1990
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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