Sinopsis: «El violín de Rothschild» (Скрипка Ротшильда) es un cuento del escritor ruso Antón Chéjov, publicado en 1894 en el diario Russkie Védomosti. Yákov Ivánov es un viejo fabricante de ataúdes que vive pobremente en un pequeño pueblo junto a su silenciosa y abnegada esposa Marfa. Hombre amargado y avaro, obsesionado con las pérdidas económicas, complementa sus ingresos tocando el violín en una orquesta de bodas, donde descarga su odio sobre Rothschild, un humilde flautista judío. La existencia rutinaria de Yákov sufre un vuelco cuando Marfa cae enferma y él debe llevarla al hospital, donde se enfrenta a la indiferencia de un practicante incapaz de ofrecerle verdadera ayuda.

El violín de Rothschild
Antón Chéjov
(Cuento completo)
El pueblecito era pequeño, peor que una aldea, y vivían en él casi únicamente viejos, que morían tan rara vez que hasta daba rabia. En el hospital y en la cárcel se necesitaban muy pocos ataúdes. En una palabra, el negocio iba mal. Si Yákov Ivánov hubiera sido fabricante de féretros en una capital de provincia, seguramente habría tenido casa propia y lo habrían llamado Yákov Matvéich; pero allí, en aquel pueblucho, lo llamaban simplemente Yákov, su apodo callejero era, por alguna razón, Bronce, y vivía pobremente, como un simple campesino, en una pequeña y vieja isba de una sola habitación, donde cabían él, Marfa, la estufa, una cama matrimonial, los ataúdes, el banco de trabajo y todos sus enseres.
Yákov hacía ataúdes buenos y resistentes. Para campesinos y pequeñoburgueses los hacía de su propia estatura, y nunca se equivocaba, pues no había nadie más alto ni más fornido que él en ninguna parte, ni siquiera en la cárcel, aunque ya tenía setenta años. Para los señores y para las mujeres los hacía a medida, y para eso usaba una regla de hierro. Aceptaba de muy mala gana los encargos de ataúdes infantiles, los hacía directamente sin tomar medidas, con desprecio, y cada vez que recibía el dinero por su trabajo decía:
—A decir verdad, no me gusta ocuparme de tonterías.
Además de su oficio, le daba algún pequeño ingreso interpretar el violín. En las bodas del pueblo solía tocar una orquesta de judíos, dirigida por el hojalatero Moisés Ilich Shajkes, que se quedaba con más de la mitad de las ganancias. Como Yákov tocaba muy bien el violín, sobre todo canciones rusas, Shajkes a veces lo invitaba a la orquesta y le pagaba cincuenta kopeks al día, sin contar los regalos de los invitados. Cuando Bronce se sentaba en la orquesta, lo primero que le ocurría era que se le cubría de sudor la cara y se le ponía amoratada; hacía calor, olía a ajo hasta ahogar, el violín chillaba, a la derecha le gruñía el contrabajo en el oído, a la izquierda lloraba la flauta, tocada por un judío pelirrojo y flaco, con toda una red de venitas rojas y azules en la cara, que llevaba el apellido del célebre millonario Rothschild. Y aquel maldito judío se las arreglaba para tocar incluso lo más alegre de un modo lastimero. Sin ninguna razón visible, Yákov fue sintiendo poco a poco odio y desprecio por los judíos, y en especial por Rothschild; empezó a buscarle pleito, a insultarlo con palabras infames, y una vez incluso quiso pegarle. Rothschild se ofendió y dijo, mirándolo con ferocidad:
—Si no lo respetara por su talento, hace tiempo que lo habría hecho salir volando por la ventana.
Después se echó a llorar. Por eso a Bronce no lo invitaban a la orquesta con frecuencia, sino sólo en caso de extrema necesidad, cuando faltaba alguno de los judíos.
Yákov nunca estaba de buen humor, porque constantemente tenía que soportar pérdidas terribles. Por ejemplo, los domingos y los días de fiesta era pecado trabajar; el lunes era día de mala suerte, y así, a lo largo del año, se juntaban unos doscientos días en que uno se veía obligado a quedarse de brazos cruzados. ¡Y eso era una pérdida! Si alguien del pueblo celebraba una boda sin música, o si Shajkes no invitaba a Yákov, eso también era una pérdida. El inspector de policía llevaba dos años enfermo y se iba consumiendo, y Yákov esperaba con impaciencia que muriera; pero el inspector se fue a la capital de provincia a tratarse, y se le ocurrió morirse allí. Otra pérdida, por lo menos de diez rublos, pues habría tenido que hacerle un ataúd caro, con brocado. Los pensamientos sobre las pérdidas atormentaban a Yákov sobre todo por las noches; ponía el violín a su lado en la cama y, cuando se le metían en la cabeza toda clase de tonterías, tocaba las cuerdas, el violín emitía un sonido en la oscuridad y él se sentía más tranquilo.
El seis de mayo del año anterior, Marfa cayó enferma de pronto. La vieja respiraba con dificultad, bebía mucha agua y se tambaleaba, pero aun así por la mañana encendió ella misma la estufa e incluso fue al pozo. Hacia la tarde, sin embargo, cayó en cama. Yákov pasó todo el día tocando el violín; cuando oscureció completamente, tomó el cuaderno en que anotaba cada día sus pérdidas y, por aburrimiento, se puso a sacar la cuenta del año. Le dio más de mil rublos. Aquello lo sacudió tanto que arrojó el ábaco al suelo y se puso a patalear. Luego lo recogió y siguió contando durante largo rato, suspirando honda y penosamente. Tenía la cara amoratada y mojada de sudor. Pensaba que, si esos mil rublos perdidos se hubieran depositado en el banco, habrían dado al año, por lo menos, cuarenta rublos de interés. Eso quería decir que esos cuarenta rublos también eran una pérdida. En una palabra, mirara hacia donde mirara, no veía más que pérdidas, y nada más.
—¡Yákov! —llamó Marfa de pronto—. ¡Me muero!
Él se volvió hacia su mujer. Tenía el rostro rosado por la fiebre, extraordinariamente luminoso y alegre. Bronce, acostumbrado a ver siempre aquella cara pálida, tímida y desdichada, se turbó. Parecía como si de verdad se estuviera muriendo y se alegrara de marcharse por fin para siempre de aquella isba, de los ataúdes, de Yákov… Miraba al techo y movía los labios, con una expresión feliz, como si viera a la muerte, su libertadora, y susurrara con ella.
Ya amanecía; por la ventana se veía arder la aurora. Al mirar a la vieja, Yákov recordó, no sabía por qué, que en toda su vida, al parecer, nunca la había acariciado ni compadecido; nunca se le había ocurrido comprarle un pañuelo o llevarle de alguna boda algo dulce, y en cambio no había hecho más que gritarle, reprenderla por las pérdidas, lanzarse contra ella con los puños. Era verdad que nunca la había golpeado, pero de todos modos la asustaba, y ella se quedaba paralizada de miedo cada vez. Sí, no la dejaba beber té, porque ya de por sí los gastos eran grandes, y ella solo bebía agua caliente. Entonces comprendió por qué tenía ahora aquel rostro tan extraño y alegre, y sintió espanto.
Esperó a que amaneciera, pidió prestado un caballo al vecino y llevó a Marfa al hospital. Allí había pocos enfermos, de modo que no tuvo que esperar mucho: unas tres horas. Para su gran satisfacción, aquella vez no atendía el médico, que estaba enfermo, sino el practicante Maksim Nikoláich, un viejo de quien todos en el pueblo decían que, aunque bebía y se peleaba, entendía más que el doctor.
—Muy buenos días —dijo Yákov, conduciendo a la vieja a la consulta—. Disculpe que lo molestemos, Maksim Nikoláich, con nuestras pequeñeces. Aquí, como ve, se me ha enfermado mi objeto. La compañera de la vida, como suele decirse, disculpe la expresión…
Frunciendo las grises cejas y acariciándose las patillas, el practicante empezó a examinar a la vieja. Ella estaba sentada en un taburete, encorvada, flaca, nariguda, con la boca abierta, y de perfil parecía un pájaro que tiene sed.
—Mmm, sí… Así es… —dijo lentamente el practicante, y suspiró—. Influenza, y quizá fiebre. Ahora anda el tifus por el pueblo. ¿Qué se le va a hacer? La vieja ha vivido lo suyo, gracias a Dios… ¿Cuántos años tiene?
—Setenta menos uno, Maksim Nikoláich.
—Pues eso. Ha vivido lo suyo. Ya es hora.
—Eso, por supuesto, lo ha observado usted con toda justicia, Maksim Nikoláich —dijo Yákov, sonriendo por cortesía—, y le agradecemos mucho su amabilidad; pero permítame decirle que hasta el más pequeño insecto quiere vivir.
—¡Qué le vamos a hacer! —dijo el practicante, en un tono como si de él dependiera que la vieja viviera o muriera—. Bueno, querido, le pondrás una compresa fría en la cabeza y le darás estos polvos, dos al día. Y con esto, adiós, bonjour.
Por la expresión de su cara, Yákov comprendió que el asunto iba mal y que ya no habría polvos que ayudaran; le quedó claro que Marfa moriría muy pronto, hoy o mañana. Empujó ligeramente al practicante por debajo del codo, le guiñó un ojo y dijo en voz baja:
—Habría que ponerle ventosas, Maksim Nikoláich.
—No hay tiempo, no hay tiempo, querido. Toma a tu vieja y vete con Dios. Adiós.
—Hágame esa caridad —suplicó Yákov—. Usted mismo sabe que, si le doliera, digamos, el vientre o alguna entraña, entonces sí, polvos y gotas; pero lo que ella tiene es un resfrío. Y para un resfrío, lo primero es hacer correr la sangre, Maksim Nikoláich.
Pero el practicante ya había llamado al enfermo siguiente, y a la consulta entraba una mujer con un niño.
—Vete, vete… —dijo a Yákov, frunciendo el ceño—. No dramatices.
—¡Entonces póngale por lo menos sanguijuelas! ¡Haré que rece a Dios por usted eternamente!
El practicante se enfureció y gritó:
—¡Sigue hablando y verás! ¡Pedazo de bruto…!
Yákov también se enfureció y se puso completamente amoratado, pero no dijo una palabra; tomó a Marfa del brazo y la sacó de la consulta. Sólo cuando ya estaban sentados en la carreta miró severa y burlonamente hacia el hospital y dijo:
—¡Bonitos artistas han puesto aquí! A un rico seguro que le habría puesto ventosas, pero para un pobre hasta una sanguijuela le escatimó. ¡Herodes!
Cuando llegaron a casa, Marfa entró en la isba y permaneció unos diez minutos de pie, agarrada a la estufa. Le parecía que, si se acostaba, Yákov hablaría de las pérdidas y la retaría por estar siempre echada y no querer trabajar. Yákov la miraba con fastidio y recordaba que al día siguiente era San Juan Evangelista, al otro San Nicolás Milagrero, después domingo y luego lunes, día de mala suerte. Durante cuatro jornadas no podría trabajar, y seguramente Marfa moriría en alguna de ellas; por lo tanto, había que hacer el ataúd ese mismo día. Tomó su regla de hierro, se acercó a la vieja y le tomó las medidas. Después ella se acostó, y él se santiguó y comenzó a hacer el ataúd.
Cuando terminó el trabajo, Bronce se puso los anteojos y escribió en su cuaderno:
«Ataúd para Marfa Ivánova: 2 rublos 40 kopeks».
Y suspiró. La vieja permaneció todo el tiempo acostada en silencio, con los ojos cerrados. Pero por la noche, cuando oscureció, llamó de pronto al viejo.
—¿Te acuerdas, Yákov? —preguntó, mirándolo con alegría—. ¿Te acuerdas de que hace cincuenta años Dios nos dio una niñita de cabellos rubios? Tú y yo nos sentábamos entonces junto al río y cantábamos… bajo el sauce. —Y, sonriendo amargamente, añadió—: Se murió la niña.
Yákov hizo un esfuerzo de memoria, pero no pudo recordar ni a la niña ni el sauce.
—Te lo estás imaginando —dijo.
Vino el sacerdote, le dio la comunión y la extremaunción. Luego Marfa empezó a murmurar algo incomprensible, y hacia la mañana murió.
Las viejas vecinas la lavaron, la vistieron y la pusieron en el ataúd. Para no pagar de más al sacristán, Yákov leyó él mismo el salterio, y por la sepultura no le cobraron nada, pues el guardián del cementerio era su compadre. Cuatro campesinos llevaron el ataúd hasta el cementerio, no por dinero, sino por respeto. Detrás del ataúd iban viejas, mendigos y dos locos de Dios; la gente que pasaba se santiguaba devotamente… Y Yákov estaba muy satisfecho de que todo hubiera sido tan honrado, tan decoroso y tan barato, y sin ofensa para nadie. Al despedirse por última vez de Marfa, tocó el ataúd con la mano y pensó: «¡Buen trabajo!»
Pero cuando regresaba del cementerio, lo invadió una gran tristeza. Se sentía enfermo: tenía la respiración ardiente y pesada, las piernas débiles, sed. Y además le asaltaron toda clase de pensamientos. Recordó de nuevo que en toda su vida nunca había compadecido ni acariciado a Marfa. Los cincuenta y dos años que habían vivido en la misma isba se habían prolongado mucho, muchísimo, pero de algún modo había ocurrido que durante todo ese tiempo él no había pensado en ella ni una sola vez, no le había prestado atención, como si hubiera sido un gato o un perro. Y, sin embargo, ella encendía todos los días la estufa, cocinaba y horneaba, iba a buscar agua, partía leña, dormía con él en la misma cama, y cuando él volvía borracho de las bodas, ella colgaba siempre el violín en la pared con veneración y lo acostaba, y todo eso en silencio, con una expresión tímida y cariñosa.
Rothschild venía al encuentro de Yákov, sonriendo y haciendo reverencias.
—¡Lo ando buscando, tío! —dijo—. Moisés Ilich le manda saludos y le ordena que vaya ahora mismo a verlo.
Yákov no estaba para eso. Tenía ganas de llorar.
—¡Déjame en paz! —dijo, y siguió andando.
—¿Pero cómo va a ser eso? —se alarmó Rothschild, adelantándosele—. ¡Moisés Ilich se va a ofender! ¡Dijo que fuera ahora mismo!
A Yákov le resultó desagradable que el judío jadeara, parpadeara y tuviera tantas pecas rojizas. Y le molestaba mirar su levita verde, con remiendos oscuros, y toda su figura frágil y endeble.
—¿Por qué te me vienes encima, apestoso a ajo? —gritó Yákov—. ¡No me molestes!
El judío se enfadó y gritó también:
—¡Pero usted, por favor, no me grite, o lo hago volar por encima de la cerca!
—¡Fuera de mi vista! —rugió Yákov, abalanzándose sobre él con los puños—. ¡No se puede vivir con estos sarnosos!
Rothschild palideció de miedo, se agachó y agitó las manos por encima de la cabeza, como protegiéndose de los golpes; luego saltó y echó a correr con todas sus fuerzas. Al correr daba brincos, agitaba los brazos, y se veía cómo le temblaba la espalda larga y flaca. Los muchachos se alegraron de la ocasión y se lanzaron tras él gritando: «¡Judío! ¡Judío!». Los perros también lo persiguieron ladrando. Alguien soltó una carcajada y luego silbó; los perros ladraron más fuerte y más acompasados… Después, seguramente, un perro mordió a Rothschild, porque se oyó un grito desesperado y doloroso.
Yákov caminó por el descampado, luego fue hacia las afueras del pueblo, sin rumbo, y los muchachos gritaban: «¡Ahí va Bronce! ¡Ahí va Bronce!». Y ahí estaba el río. Las aves ribereñas revoloteaban chillando, los patos graznaban. El sol calentaba con fuerza, y del agua subía tal resplandor que dolía mirar. Yákov caminó por el sendero de la orilla y vio salir de los baños a una señora gorda y colorada; pensó de ella: «¡Mira, una nutria!». No lejos de los baños, unos muchachos pescaban cangrejos con carne; al verlo, empezaron a gritarle con malicia: «¡Bronce! ¡Bronce!». Y allí estaba el viejo y ancho sauce, con una enorme cavidad en el tronco y nidos de cuervos en las ramas… Y de pronto, en la memoria de Yákov, apareció viva la criatura de cabellos rubios y el sauce del que había hablado Marfa. Sí, era ese mismo sauce: verde, quieto, triste… ¡Cómo había envejecido, pobre!
Se sentó debajo de él y empezó a recordar. En la otra orilla, donde ahora había una pradera inundable, en aquel tiempo se alzaba un gran bosque de abedules; y allí, en aquel monte pelado que se veía en el horizonte, azuleaba entonces un viejo, viejísimo pinar. Por el río navegaban barcazas. Ahora, en cambio, todo era llano y despejado; en la otra orilla no quedaba más que un abedul joven y esbelto como una señorita, y en el río sólo había patos y gansos, y no parecía que por allí hubieran navegado barcazas alguna vez. Parecía incluso que había menos gansos que antes. Yákov cerró los ojos, y en su imaginación enormes bandadas de gansos blancos se cruzaron unas con otras.
No comprendía cómo había podido ocurrir que en los últimos cuarenta o cincuenta años de su vida no hubiera ido ni una sola vez al río; y si acaso había ido, no le había prestado atención. Después de todo, el río era bueno, no era ninguna pequeñez. Allí se podía haber montado un negocio de pesca, y vender pescado a los comerciantes, a los funcionarios y al encargado del bufé de la estación, y luego depositar el dinero en el banco; se podía haber navegado en bote de finca en finca tocando el violín, y gente de toda clase habría pagado dinero; se podía haber intentado de nuevo transportar barcazas: eso era mejor que hacer ataúdes; por último, se podía haber criado gansos, sacrificarlos y enviarlos a Moscú en invierno; seguramente sólo en plumón se habrían juntado unos diez rublos al año. Pero él había dejado pasar todo eso, no había hecho nada. ¡Qué pérdidas! ¡Ah, qué pérdidas! Y si hubiera hecho todo junto: pescar, tocar el violín, transportar barcazas y sacrificar gansos, ¡qué capital habría resultado! Pero nada de eso había existido ni siquiera en sueños; la vida había pasado sin provecho, sin ningún placer, se había perdido en vano, por menos que una pizca de tabaco. Por delante ya no quedaba nada, y si uno miraba hacia atrás, allí no había nada salvo pérdidas, y tan terribles que daban escalofríos. ¿Por qué el ser humano no puede vivir de manera que no haya esas pérdidas y esos daños? Cabe preguntarse: ¿para qué talaron el bosque de abedules y el pinar? ¿Para qué está abandonado inútilmente el descampado? ¿Por qué la gente hace siempre precisamente lo que no debe? ¿Por qué Yákov se había pasado la vida insultando, gruñendo, lanzándose con los puños, ofendiendo a su mujer? Y, cabe preguntarse, ¿para qué había asustado e insultado hacía un rato al judío? ¿Por qué, en general, la gente se estorba la vida unos a otros? ¡Cuántas pérdidas se siguen de eso! ¡Qué pérdidas tan terribles! Si no hubiera odio ni maldad, las personas obtendrían unas de otras un beneficio enorme.
Por la tarde y por la noche se le aparecieron la criatura, el sauce, los peces, los gansos sacrificados, Marfa de perfil como un pájaro que tiene sed, el rostro pálido y lastimoso de Rothschild, y unas caras monstruosas avanzaban desde todas partes y murmuraban sobre las pérdidas. Se revolvía de un lado a otro, y unas cinco veces se levantó de la cama para tocar el violín.
Por la mañana se levantó a duras penas y fue al hospital. El mismo Maksim Nikoláich le ordenó ponerse una compresa fría en la cabeza, le dio polvos, y por la expresión de su cara y por su tono Yákov comprendió que el asunto iba mal y que ya no habría polvos que ayudaran. Luego, mientras volvía a casa, razonaba que de la muerte sólo saldría provecho: no había que comer ni beber, ni pagar impuestos, ni ofender a la gente; y como el hombre permanece en la tumba no un año, sino cientos, miles de años, al hacer la cuenta el beneficio resultaba enorme. De la vida, para el hombre, sólo había pérdida; de la muerte, beneficio. Ese razonamiento era, por supuesto, justo, pero aun así resultaba ofensivo y amargo: ¿por qué en el mundo había un orden tan extraño, según el cual la vida, que se le concede al hombre una sola vez, transcurre sin provecho?
No le daba pena morir, pero en cuanto vio el violín en casa, se le encogió el corazón y sintió lástima. No podía llevarse el violín consigo a la tumba, y ahora quedaría huérfano; le ocurriría lo mismo que al bosque de abedules y al pinar. ¡Todo en este mundo se perdía y seguiría perdiéndose! Yákov salió de la isba y se sentó en el umbral, apretando el violín contra el pecho. Pensando en su vida perdida y malgastada, empezó a tocar, sin saber él mismo qué, pero salió algo lastimero y conmovedor, y las lágrimas le corrieron por las mejillas. Y cuanto más intensamente pensaba, más triste cantaba el violín.
El pestillo chirrió una o dos veces, y Rothschild apareció en el portón. Cruzó con decisión la mitad del patio, pero al ver a Yákov se detuvo de pronto, se encogió todo y, seguramente por miedo, empezó a agitar las manos como si quisiera indicar la hora con los dedos.
—Acércate, no pasa nada —dijo Yákov con suavidad, llamándolo con la mano—. ¡Acércate!
Mirándolo con desconfianza y miedo, Rothschild empezó a acercarse y se detuvo a un par de metros de distancia.
—¡Hágame la caridad, no me pegue! —dijo, agachándose—. Moisés Ilich me mandó otra vez. No tengas miedo, me dice, vuelve donde Yákov y dile, me dice, que sin él no podemos de ninguna manera. El miércoles hay boda… ¡Sí-i! El señor Shapoválov casa a su hija con un buen hombre… Y la boda será rica, ¡u-u! —añadió el judío, entornando un ojo.
—No puedo… —dijo Yákov, respirando con dificultad—. Estoy enfermo, hermano.
Y volvió a tocar, y las lágrimas le saltaron de los ojos sobre el violín. Rothschild escuchaba atentamente, puesto de lado y con los brazos cruzados sobre el pecho. La expresión asustada y perpleja de su rostro se transformó poco a poco en una triste y sufriente; volvió los ojos hacia arriba, como si experimentara un éxtasis doloroso, y dijo: «¡Vajjj!…». Y las lágrimas le corrieron lentamente por las mejillas y gotearon sobre la levita verde.
Después, Yákov pasó todo el día acostado y angustiado. Cuando por la noche el sacerdote, al confesarlo, le preguntó si recordaba algún pecado especial, él, esforzando su memoria debilitada, volvió a recordar el rostro desdichado de Marfa y el grito desesperado del judío al que había mordido el perro, y dijo casi en un susurro:
—Entreguen el violín a Rothschild.
—Está bien —respondió el sacerdote.
Y ahora, en el pueblo, todos preguntan de dónde tiene Rothschild un violín tan bueno. ¿Lo compró, lo robó o quizá se lo empeñaron? Hace tiempo que abandonó la flauta y ahora toca solo el violín. Bajo su arco brotan los mismos sonidos lastimeros que antes salían de la flauta; pero cuando intenta repetir lo que Yákov tocó sentado en el umbral, le sale algo tan sombrío y doloroso que los oyentes lloran, y él mismo al final alza los ojos y dice: «¡Vajjj!…». Y esa nueva canción ha gustado tanto en el pueblo que comerciantes y funcionarios se pelean por invitar a Rothschild y lo hacen tocarla diez veces.
FIN