El poeta

Hermann Hesse

Der Tag, 2 de abril de 1913

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

15 min de lectura
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Sinopsis: «El poeta» («Der Dichter») es un cuento del escritor alemán Hermann Hesse, publicado el 2 de abril de 1913 en el periódico Der Tag. Han Fook es un joven apuesto, instruido y prometido en matrimonio con una hermosa muchacha de buena familia. Aunque todo parece anunciarle una vida feliz, siente que su verdadero anhelo es alcanzar la perfección en el arte de la poesía. Una noche, durante la fiesta de los faroles, mientras contempla desde la orilla del río el resplandor de las luces sobre el agua, comprende que su destino lo aparta de la vida común. Entonces aparece un misterioso anciano que lo invita a seguirlo hasta su cabaña en las montañas para aprender el verdadero arte.

Hermann Hesse - El poeta

El poeta

Hermann Hesse
(Cuento completo)

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Se cuenta que el poeta chino Han Fook estuvo animado en su juventud por un impulso maravilloso: aprender y perfeccionarse en todo aquello que de algún modo pertenecía al arte de la poesía. Por entonces, cuando todavía vivía en su patria, junto al río Amarillo, se había comprometido, por decisión propia y con la ayuda de sus padres, que lo amaban tiernamente, con una joven de buena familia. La boda debía fijarse pronto para un día de felices presagios. Han Fook tenía entonces alrededor de veinte años y era un joven apuesto, modesto y de trato agradable, instruido en las ciencias y, pese a su juventud, ya conocido entre los literatos de su patria por varios poemas excelentes. Sin ser precisamente rico, podía esperar una fortuna suficiente, que aumentaría todavía más con la dote de su novia; y como ésta, además, era muy hermosa y virtuosa, nada parecía faltar a la felicidad del joven. Sin embargo, no estaba del todo satisfecho, pues su corazón estaba lleno de la ambición de convertirse en un poeta perfecto.

Sucedió entonces que una noche, mientras se celebraba la fiesta de los faroles en el río, Han Fook paseaba solo por la orilla opuesta. Se apoyó en el tronco de un árbol inclinado sobre el agua y vio en el espejo del río mil luces que flotaban y temblaban; vio en las barcas y almadías a hombres, mujeres y muchachas que se saludaban entre sí y resplandecían con sus ropas festivas como hermosas flores; oyó el débil murmullo de las aguas iluminadas, el canto de las cantoras, el zumbido de la cítara y los dulces sonidos de los flautistas, y por encima de todo vio la noche azulada suspendida como la bóveda de un templo. Al joven le latía el corazón mientras, como un espectador solitario dejándose llevar por su inclinación, contemplaba toda aquella belleza. Pero, por mucho que deseara cruzar al otro lado, participar en la fiesta y disfrutarla junto a su novia y sus amigos, ansiaba aún más vivamente recoger todo aquello como un espectador refinado y reflejarlo en un poema absolutamente perfecto: el azul de la noche y el juego de las luces en el agua, tanto como la alegría de los invitados y la nostalgia del espectador silencioso que se apoyaba en el tronco del árbol, junto a la orilla. Sintió que, en medio de todas las fiestas y todos los placeres de esta tierra, su corazón nunca podría sentirse enteramente contento y alegre; que incluso en medio de la vida seguiría siendo un solitario y, en cierto modo, un espectador y un extranjero. Y sintió que, su alma, a diferencia de muchas otras, estaba hecha de tal manera que debía percibir a un mismo tiempo la belleza de la tierra y el secreto anhelo del forastero. Esto lo entristeció, y se puso a meditar sobre el asunto; y la meta de sus pensamientos fue ésta: que sólo podría alcanzar una dicha verdadera y una profunda plenitud si alguna vez lograba reflejar el mundo en poemas tan perfectos que en esas imágenes pudiera poseer el mundo mismo, purificado y eternizado.

Apenas sabía Han Fook si estaba aún despierto o si se había quedado dormido, cuando percibió un leve ruido y vio junto al tronco a un desconocido: un anciano vestido de violeta, de semblante venerable. Se incorporó y lo saludó con el saludo debido a los ancianos y a las personas distinguidas; pero el extraño sonrió y pronunció algunos versos en los que todo lo que el joven acababa de sentir estaba expresado de un modo tan perfecto y hermoso, y tan conforme a las reglas de los grandes poetas, que el corazón se le detuvo de asombro.

—Oh, ¿quién eres tú —exclamó, inclinándose profundamente—, que puedes mirar dentro de mi alma y decir versos más bellos que cuantos he oído jamás a todos mis maestros?

El extraño volvió a sonreír con la sonrisa de quien ha alcanzado la perfección y dijo:

—Si quieres llegar a ser poeta, ven conmigo. Encontrarás mi cabaña junto a la fuente del gran río, en las montañas del noroeste. Mi nombre es Maestro de la Palabra Perfecta.

Dicho esto, el anciano entró en la estrecha sombra del árbol y desapareció enseguida. Han Fook lo buscó en vano y, al no encontrar ya ningún rastro de él, acabó por creer firmemente que todo había sido un sueño causado por el cansancio. Se apresuró a cruzar hacia los botes y asistió a la fiesta, pero entre la conversación y el sonido de las flautas seguía oyendo la misteriosa voz del extraño, y su alma parecía haberse marchado con aquel hombre, pues permanecía ajeno y con ojos soñadores entre los alegres invitados, que se burlaban de él por su enamoramiento.

Pocos días después, el padre de Han Fook quiso convocar a sus amigos y parientes para fijar el día de la boda. Entonces el novio se opuso y dijo:

—Perdóname si parezco faltar a la obediencia que el hijo debe a su padre. Pero sabes cuánto deseo distinguirme en el arte de los poetas; y aunque algunos de mis amigos alaben mis poemas, sé bien que todavía soy un principiante y que apenas estoy en los primeros peldaños del camino. Por eso te ruego que me permitas retirarme por un tiempo a la soledad y continuar mis estudios, pues me parece que, cuando tenga que hacerme cargo de una esposa y de una casa, eso me apartará de tales cosas. Ahora todavía soy joven y no tengo otras obligaciones, y quisiera vivir un tiempo sólo para mi poesía, de la que espero alegría y fama.

Este discurso dejó asombrado al padre, que dijo:

—Mucho debes de amar ese arte por encima de todo, si por él quieres incluso postergar tu boda. Pero si ha ocurrido algo entre tú y tu novia, dímelo, para que pueda ayudarte a reconciliarte con ella o a procurarte otra.

El hijo juró entonces que no amaba a su novia menos que ayer ni menos que siempre, y que ni la sombra de una disputa se había interpuesto entre ellos. Y al mismo tiempo contó a su padre que, el día de la fiesta de los faroles, un maestro se le había revelado en sueños, y que deseaba convertirse en su discípulo más ardientemente que poseer toda la felicidad del mundo.

—Bien —dijo el padre—, entonces te concedo un año. Durante ese tiempo podrás seguir tu sueño, que quizá te haya sido enviado por un dios.

—También podrían ser dos años —dijo Han Fook, titubeante—. ¿Quién puede saberlo?

Entonces el padre lo dejó partir, entristecido; el joven escribió una carta a su novia, se despidió y se marchó.

Después de caminar durante mucho tiempo, llegó a la fuente del río y encontró, en medio de una gran soledad, una cabaña de bambú. Delante de la cabaña, sentado sobre una estera trenzada, estaba el anciano a quien había visto en la orilla, junto al tronco del árbol. Estaba sentado tocando el laúd y, cuando vio acercarse respetuosamente al visitante, no se levantó ni lo saludó, sino que se limitó a sonreír y dejó correr sus finos dedos sobre las cuerdas. Una música hechicera fluyó como una nube plateada a través del valle, de modo que el joven se quedó de pie, maravillado, y en un dulce asombro olvidó todo lo demás, hasta que el Maestro de la Palabra Perfecta dejó a un lado su pequeño laúd y entró en la cabaña. Entonces Han Fook lo siguió con reverencia y permaneció junto a él como servidor y discípulo.

Pasó un mes, y en ese tiempo había aprendido a despreciar todas las canciones que había compuesto antes, y las borró de su memoria. Y meses después borró también de su memoria las canciones que en su casa había aprendido de sus maestros. El Maestro apenas hablaba con él; le enseñaba en silencio el arte de tocar el laúd, hasta que la naturaleza del discípulo quedó completamente inundada por la música.

Una vez Han Fook compuso un pequeño poema en el que describía el vuelo de dos pájaros en el cielo otoñal, y el poema le agradó. No se atrevió a mostrárselo al Maestro, pero una noche lo cantó apartado de la cabaña, y el Maestro lo oyó. Sin embargo, no dijo una palabra. Sólo tocó suavemente su laúd, y enseguida el aire se volvió fresco y el crepúsculo avanzó de pronto; se levantó un viento cortante, aunque estaban en pleno verano, y por el cielo, ya gris, volaron dos garzas con un poderoso anhelo migratorio. Y todo aquello fue mucho más hermoso y perfecto que los versos del discípulo, de modo que éste se entristeció, guardó silencio y se sintió sin valor. Así procedía el anciano cada vez. Y cuando hubo pasado un año, Han Fook había aprendido a tocar el laúd casi a la perfección, pero veía el arte de la poesía como algo cada vez más difícil y sublime.

Cuando hubieron pasado dos años, el joven sintió una intensa nostalgia de los suyos, de la patria y de su novia, y pidió al Maestro que le permitiera marcharse.

El Maestro sonrió y asintió con la cabeza.

—Eres libre —dijo— y puedes ir adonde quieras. Puedes volver o puedes quedarte lejos, como prefieras.

Entonces el discípulo emprendió el viaje y caminó sin descanso, hasta que una mañana, al amanecer, llegó a la orilla de su patria y, desde el puente abovedado, divisó su ciudad natal. Se deslizó furtivamente en el jardín de su padre y oyó, a través de la ventana del dormitorio, la respiración de éste, que aún dormía; luego entró a escondidas en el huerto de la casa de su novia y, desde la copa de un peral al que había trepado, la vio en la alcoba, peinándose los cabellos. Y al comparar todo aquello, tal como lo veía con sus propios ojos, con la imagen que en su nostalgia se había formado de ello, comprendió claramente que, después de todo, estaba destinado a ser poeta. Vio que en los sueños de los poetas habita una belleza y una gracia que se buscan en vano en las cosas de la realidad. Entonces bajó del árbol, huyó del jardín, cruzó el puente para salir de su ciudad natal y regresó al alto valle de la montaña. Allí estaba, como antes, el viejo Maestro sentado frente a su cabaña sobre la modesta estera, pulsando el laúd con sus dedos; y, en lugar de saludarlo, pronunció dos versos sobre las dichas del arte, cuya hondura y musicalidad llenaron de lágrimas los ojos del discípulo.

Han Fook volvió a quedarse junto al Maestro de la Palabra Perfecta, quien, ahora que dominaba el laúd, le enseñó a tocar la cítara; y los meses se desvanecieron como la nieve en el viento del oeste. Dos veces más ocurrió que la nostalgia lo dominó. Una vez huyó en secreto durante la noche, pero antes de llegar a la última curva del valle, el viento nocturno pasó sobre la cítara que colgaba en la puerta de la cabaña, y los sonidos corrieron tras él y lo llamaron de vuelta de un modo irresistible. La otra vez soñó que plantaba un árbol joven en su jardín; su esposa estaba junto a él, y sus hijos regaban el árbol con vino y leche. Al despertar, la luna brillaba en su habitación; se levantó turbado y vio cerca de allí al Maestro dormido, con su barba de anciano meciéndose suavemente. Entonces lo asaltó un odio amargo contra aquel hombre que, según le parecía, había destruido su vida y lo había engañado arrebatándole su porvenir. Quiso arrojarse sobre él y asesinarlo. Pero el anciano abrió los ojos y enseguida comenzó a sonreír con una fina y triste dulzura que desarmó al discípulo.

—Recuerda, Han Fook —dijo el anciano en voz baja—: eres libre de hacer lo que quieras. Puedes volver a tu patria y plantar árboles allí; puedes odiarme y matarme. Poco importa.

—¡Ah, cómo podría odiarte! —exclamó el poeta, vehementemente conmovido—. Sería como querer odiar al cielo mismo.

Y se quedó, y aprendió a tocar la cítara, y luego la flauta. Más tarde, bajo la guía del Maestro, comenzó a componer poemas, y aprendió lentamente aquel secreto arte de decir en apariencia sólo lo sencillo y lo simple, pero removiendo con ello el alma del oyente como el viento agita el espejo del agua. Describía la llegada del sol, cuando se demora al borde de la montaña, y el silencioso escabullirse de los peces cuando huyen como sombras bajo el agua, o el balanceo de un sauce joven en el viento de primavera. Y al escucharlo, no estaban allí sólo el sol, el juego de los peces y el susurro del sauce, sino que parecía que el cielo y el mundo resonaban por un instante en una música perfecta; y cada oyente pensaba entonces, con placer o con dolor, en aquello que amaba u odiaba: el niño en sus juegos, el joven en su amada, y el anciano en la muerte.

Han Fook ya no sabía cuántos años había permanecido junto al Maestro, en la fuente del gran río. A menudo le parecía que apenas la noche anterior había entrado en aquel valle y había sido recibido por la música de las cuerdas del anciano; otras veces sentía como si todas las generaciones humanas y todos los tiempos hubieran caído tras él y se hubiesen vuelto irreales.

Una mañana despertó solo en la cabaña, y por más que buscó y llamó, el Maestro había desaparecido. Durante la noche, el otoño parecía haber llegado de pronto; un crudo invierno sacudía la vieja cabaña, y sobre la cresta de la montaña volaban grandes bandadas de aves migratorias, aunque todavía no era su tiempo.

Entonces Han Fook tomó consigo el pequeño laúd y descendió a la tierra de su patria; y allí donde se encontraba con gente, lo recibían con el saludo debido a los ancianos y a las personas distinguidas. Cuando llegó a su ciudad natal, su padre, su novia y sus parientes habían muerto, y otras personas vivían en sus casas. Al anochecer se celebró la fiesta de los faroles en el río, y el poeta Han Fook se quedó en la orilla opuesta, la más oscura, apoyado en el tronco de un viejo árbol. Y cuando comenzó a tocar su pequeño laúd, las mujeres suspiraron y miraron hacia la noche, encantadas y con el corazón oprimido; y las muchachas llamaron al tañedor de laúd, a quien no podían encontrar por ninguna parte, y exclamaban que jamás habían oído semejantes sonidos. Pero Han Fook sonreía. Miró el río, donde flotaban los reflejos de los mil faroles; y así como ya no sabía distinguirlos de las luces verdaderas, tampoco encontraba en su alma diferencia alguna entre aquella fiesta y la primera, en la que, siendo joven, había estado allí y había escuchado las palabras del extraño Maestro.

FIN

(1913)

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Hermann Hesse - El poeta
  • Autor: Hermann Hesse
  • Título: El poeta
  • Título Original: Der Dichter
  • Publicado en: Der Tag, 2 de abril de 1913
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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