Un suceso en el puente sobre Owl Creek

Ambrose Bierce

Tales of Soldiers and Civilians (1891)

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

22 min de lectura
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Sinopsis: «Un suceso en el puente sobre Owl Creek» («An Occurrence at Owl Creek Bridge») es un cuento del escritor estadounidense Ambrose Bierce, publicado en 1891 en el libro Tales of Soldiers and Civilians. Durante la Guerra de Secesión, un hombre permanece de pie sobre un puente ferroviario en Alabama, con las manos atadas y una soga al cuello, mientras un destacamento federal prepara su ejecución. El condenado, Peyton Farquhar, es un hacendado sureño que, impedido de incorporarse a las filas del Sur, ha querido servir a la causa confederada desde su condición de civil. Mientras se cumplen los estrictos protocolos militares, aguarda el cumplimiento de su sentencia y dirige sus últimos pensamientos hacia su mujer y sus hijos.

Ambrose Bierce - Un suceso en el puente sobre Owl Creek

Un suceso en el puente sobre Owl Creek

Ambrose Bierce
(Cuento completo)

I

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Un hombre estaba de pie sobre un puente ferroviario en el norte de Alabama, mirando el agua veloz que corría veinte pies más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas atadas con una cuerda. Una soga le ceñía el cuello. Estaba sujeta a un macizo travesaño sobre su cabeza y la parte sobrante caía hasta la altura de sus rodillas. Algunos tablones sueltos tendidos sobre los durmientes que sostenían los rieles del ferrocarril servían de apoyo a él y a sus verdugos: dos soldados rasos del ejército federal, al mando de un sargento que en la vida civil bien podría haber sido un ayudante de sheriff. A corta distancia, sobre la misma plataforma provisional, se encontraba un oficial armado con el uniforme de su rango. Era un capitán. En cada extremo del puente había un centinela con el rifle en la posición conocida como «apoyo»: el arma en disposición vertical delante del hombro izquierdo, el percutor descansando sobre el antebrazo cruzado recto sobre el pecho; una postura formal y nada natural que obliga a mantener el cuerpo erguido. No parecía ser deber de estos dos hombres estar al tanto de lo que estaba ocurriendo en el centro del puente; simplemente bloqueaban los dos extremos de la pasarela que lo atravesaba.

Más allá de uno de los centinelas no se veía a nadie; la vía se adentraba en línea recta en un bosque durante unas cien yardas y luego, al tomar una curva, se perdía de vista. Sin duda había un puesto de avanzada más adelante. La otra orilla del río era campo abierto: una suave pendiente coronada por una empalizada de troncos verticales, con troneras para rifles y una abertura por la que asomaba la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. A medio camino de la pendiente, entre el puente y el fuerte, se hallaban los espectadores: una compañía de infantería formada en línea, en posición de descanso, con las culatas de los rifles en el suelo, los cañones ligeramente inclinados hacia atrás contra el hombro derecho y las manos cruzadas sobre el arma. A la derecha de la fila había un teniente, con la punta de su espada sobre el suelo y la mano izquierda descansando sobre la derecha. Salvo el grupo de cuatro hombres en el centro del puente, nadie se movía. La compañía miraba fijamente hacia el puente, pétrea, inmóvil. Los centinelas, de cara a las orillas del río, podrían haber sido estatuas que adornaban el puente. El capitán permanecía con los brazos cruzados, en silencio, observando el trabajo de sus subordinados sin hacer un solo gesto. La muerte es un dignatario que, cuando llega anunciada, ha de ser recibida con formales manifestaciones de respeto, incluso por parte de quienes están más familiarizados con ella. En el código de la etiqueta militar, el silencio y la inmovilidad son formas de deferencia.

El hombre al que estaban ahorcando aparentaba unos treinta y cinco años. Era civil, a juzgar por su atuendo, que era el de un hacendado. Sus rasgos eran agradables: nariz recta, boca firme, frente amplia y largo cabello oscuro peinado hacia atrás, cayéndole detrás de las orejas hasta el cuello de una levita bien cortada. Llevaba bigote y barba en punta, pero no patillas; sus ojos eran grandes, de un gris oscuro, y tenían una expresión bondadosa que difícilmente se habría esperado en alguien cuyo cuello estaba dentro de la soga. Evidentemente no era un vulgar asesino. El generoso código militar prevé la horca para muchas clases de personas, y los caballeros no están excluidos.

Una vez terminados los preparativos, los dos soldados se hicieron a un lado y cada uno retiró el tablón sobre el que había permanecido. El sargento se volvió hacia el capitán, lo saludó y se colocó inmediatamente detrás de él, quien a su vez se apartó un paso. Estos movimientos dejaron al condenado y al sargento de pie sobre los dos extremos de un mismo tablón, que abarcaba tres de los travesaños del puente. El extremo sobre el que se hallaba el civil casi alcanzaba un cuarto travesaño, pero no del todo. El tablón se había mantenido en su sitio gracias al peso del capitán; ahora lo sostenía el del sargento. A una señal del primero, el segundo se haría a un lado, el tablón oscilaría y el condenado caería entre dos travesaños. El mecanismo le pareció simple y eficaz. No le habían cubierto el rostro ni vendado los ojos. Por un momento miró su «inestable apoyo»; luego dejó que la vista se le fuera hacia las arremolinadas aguas de la corriente, que pasaba enloquecida bajo sus pies. Un trozo de madera a la deriva llamó su atención y sus ojos lo siguieron río abajo. ¡Con qué lentitud parecía moverse! ¡Qué corriente tan perezosa!

Cerró los ojos para fijar sus últimos pensamientos en su esposa y sus hijos. El agua dorada por el sol tempranero, las brumas sombrías bajo las orillas río abajo, el fuerte, los soldados, el trozo de madera a la deriva: todo lo había distraído. Y ahora se hizo consciente de una nueva perturbación. Irrumpiendo entre los pensamientos de sus seres queridos llegaba un sonido que no podía ignorar ni comprender, un golpeteo seco, nítido, una percusión metálica como el martillazo de un herrero sobre el yunque; tenía esa misma resonancia. Se preguntó qué sería, y si estaría inconmensurablemente lejos o muy cerca, porque parecía ambas cosas. Se repetía con regularidad, pero con tanta lentitud como el tañido de una campana de difuntos. Esperaba cada nuevo golpe con impaciencia y —sin saber por qué— con aprensión. Los intervalos de silencio se hacían progresivamente más largos; las pausas se volvían enloquecedoras. A medida que su frecuencia disminuía, los sonidos aumentaban en fuerza y nitidez. Le punzaban los oídos como la hoja de un cuchillo; temió que iba a gritar. Lo que oía era el tictac de su reloj.

Abrió los ojos y vio una vez más el agua bajo él. «Si pudiera soltarme las manos —pensó—, podría quitarme la soga y lanzarme al río. Zambulléndome evitaría las balas y, nadando con todas mis fuerzas, alcanzaría la orilla, me internaría en el bosque y llegaría a casa. Mi casa, gracias a Dios, está todavía fuera de sus líneas; mi esposa y mis pequeños siguen más allá del avance del invasor».

Mientras estos pensamientos —que aquí han tenido que expresarse con palabras— no tanto se formaban como relampagueaban en el cerebro del condenado, el capitán hizo una seña al sargento. El sargento dio un paso a un lado.

II

Peyton Farquhar era un hacendado acomodado, miembro de una antigua y muy respetada familia de Alabama. Dueño de esclavos y, como todos los dueños de esclavos, hombre de intereses políticos, era naturalmente un secesionista desde el primer momento y se hallaba ardientemente entregado a la causa del Sur. Circunstancias de naturaleza imperiosa, que no viene al caso relatar aquí, le habían impedido incorporarse al valeroso ejército que combatió en las desastrosas campañas que culminaron con la caída de Corinth, y se consumía bajo esa limitación sin gloria, anhelando la liberación de sus energías, la gran vida del soldado, la oportunidad de distinguirse. Esa oportunidad, pensaba, llegaría, como les llega a todos en tiempos de guerra. Entretanto, hacía lo que podía. Ningún servicio era demasiado humilde si con él ayudaba al Sur; ninguna aventura demasiado peligrosa con tal de que fuera compatible con el carácter de un civil que era soldado en el alma, y que de buena fe y sin demasiados reparos aceptaba al menos una parte de aquella máxima francamente infame de que en la guerra y en el amor todo vale.

Una tarde, mientras Farquhar y su esposa estaban sentados en un rústico banco cerca de la entrada de su propiedad, un soldado vestido de gris llegó a caballo hasta el portón y pidió un vaso de agua. La señora Farquhar estuvo encantada de servirle con sus blancas manos. Mientras ella iba a buscar el agua, su marido se acercó al polvoriento jinete y le preguntó con impaciencia por noticias del frente.  

—Los yanquis están reparando las vías del ferrocarril —dijo el hombre— y se preparan para otro avance. Han llegado al puente de Owl Creek, lo han compuesto y han levantado una empalizada en la orilla norte. El comandante ha emitido una orden, publicada en todas partes, que declara que todo civil sorprendido interfiriendo con el ferrocarril, sus puentes, túneles o trenes, será ahorcado sin juicio previo. Yo vi la orden.

—¿A qué distancia queda el puente de Owl Creek? —preguntó Farquhar.

—A unas treinta millas.

—¿No hay fuerzas de este lado del arroyo?

—Solo un puesto de vigilancia a media milla, junto a la vía, y un único centinela en este extremo del puente.

—Supongamos que un hombre —un civil aficionado a la horca— lograra eludir el puesto de vigilancia y quizá imponerse al centinela —dijo Farquhar, sonriendo—, ¿qué podría lograr?

El soldado reflexionó.

—Estuve allí hace un mes —respondió—. Observé que la crecida del invierno pasado había acumulado una gran cantidad de leña contra el pilar de este extremo del puente. Ahora está seca y ardería como estopa.

La señora había traído el agua, que el soldado bebió. Le dio las gracias ceremoniosamente, hizo una reverencia al marido y se marchó. Una hora más tarde, caída ya la noche, volvió a pasar por la plantación rumbo al norte, en la misma dirección de la que había venido. Era un espía federal.

III

Cuando Peyton Farquhar cayó en línea recta a través del puente perdió el conocimiento y quedó como si ya estuviera muerto. De ese estado lo despertó —siglos después, le pareció— el dolor de una fuerte presión en la garganta, seguida por una sensación de asfixia. Dolores agudos y punzantes parecían dispararse desde su cuello hacia abajo, a través de cada fibra de su cuerpo y sus extremidades. Esos dolores parecían recorrer como relámpagos las ramificaciones de su cuerpo, latiendo con una rapidez inconcebible. Eran como corrientes de fuego pulsante que lo calentaban hasta una temperatura intolerable. En cuanto a su cabeza, no era consciente de otra cosa que una sensación de hinchazón, de congestión. Estas sensaciones no iban acompañadas de pensamiento. La parte intelectual de su ser había sido anulada; solo podía sentir, y sentir era tormento. Era consciente del movimiento. Envuelto en una nube luminosa, de la que él no era más que el núcleo ardiente, sin sustancia material, se mecía en arcos de oscilación inimaginables, como un enorme péndulo. Entonces, de pronto, con una inmediatez terrible, la luz que lo rodeaba se fue de golpe hacia arriba con el ruido de un fuerte chapuzón; un rugido espantoso le llenó los oídos y todo fue frío y oscuro. Recuperó la capacidad de pensar; supo que la cuerda se había roto y que él había caído al río. No se sumó ningún nuevo estrangulamiento; la soga en su cuello ya lo estaba asfixiando, pero al menos impedía que el agua le entrara en los pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! La idea le pareció absurda. Abrió los ojos en la oscuridad y vio sobre él un destello de luz, pero ¡qué distante, qué inalcanzable! Seguía hundiéndose, porque la luz se hacía cada vez más tenue hasta no ser más que un resplandor. Entonces empezó a crecer y a brillar, y supo que estaba subiendo hacia la superficie; lo supo a su pesar, porque ahora estaba muy cómodo. «Ser ahorcado y ahogado —pensó—, no está tan mal; pero no quiero que me disparen. No; no me van a matar de un tiro; eso no es justo».

No fue consciente de hacer ningún esfuerzo, pero un dolor agudo en la muñeca le reveló que estaba intentando liberarse las manos. Observó el forcejeo con la atención de quien mira distraídamente las piruetas de un malabarista, sin interés por el resultado. ¡Qué espléndido empuje! ¡Qué fuerza tan magnífica, tan sobrehumana! ¡Ah, qué hermosa empresa! ¡Bravo! La cuerda cedió; sus brazos se separaron y flotaron hacia arriba, las manos apenas visibles a uno y otro lado en la luz que crecía. Las observó con renovado interés mientras, primero una y luego la otra, se abalanzaban sobre la soga de su cuello. La arrancaron y la arrojaron con furia a un lado, y la soga se alejó ondulando como una serpiente de agua. «¡Vuélvanla a poner, vuélvanla a poner!» Creyó haber gritado estas palabras a sus manos, pues tras aflojarse el nudo había sentido la punzada más atroz que hubiera experimentado hasta entonces. El cuello le dolía horriblemente; el cerebro le ardía; el corazón, que había estado latiendo débilmente, dio un gran salto como si quisiera salírsele por la boca. ¡Todo su cuerpo se sacudía y retorcía en una angustia insoportable! Pero sus manos desobedientes no hicieron caso de la orden. Golpeaban el agua vigorosamente con rápidos manotazos hacia abajo, empujándolo a la superficie. Sintió que la cabeza emergía; el sol le cegó los ojos; el pecho se le expandió convulsivamente y, con una agonía suprema y culminante, sus pulmones tragaron una gran bocanada de aire que al instante expulsó en un alarido.

Ahora estaba en plena posesión de sus sentidos físicos, que se hallaban, en efecto, sobrenaturalmente agudizados y alerta. Algo en la terrible perturbación de su sistema orgánico los había exaltado y refinado de tal modo que registraban cosas nunca antes percibidas. Sentía las ondas del agua sobre su cara y oía el sonido de cada una al golpearlo. Miró el bosque en la orilla del río, vio los árboles uno por uno, las hojas y las nervaduras de cada hoja; vio hasta los insectos sobre ellas: las langostas, las moscas de cuerpos brillantes, las arañas grises tendiendo sus telas de rama en rama. Advirtió los colores prismáticos en todas las gotas de rocío sobre un millón de briznas de hierba. El zumbido de los mosquitos que danzaban sobre los remolinos de la corriente, el batir de las alas de las libélulas, el golpeteo de las patas de las arañas de agua, como remos levantando un bote: todo eso se convertía en música audible. Un pez se deslizó ante sus ojos y oyó el roce de su cuerpo al cortar el agua.

Había salido a la superficie mirando río abajo; en un instante, el mundo visible pareció girar lentamente a su alrededor, con él como eje, y vio el puente, el fuerte, los soldados sobre el puente, el capitán, el sargento, los dos soldados rasos, sus verdugos. Eran siluetas recortadas contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban, señalándolo. El capitán había desenfundado su pistola, pero no disparó; los demás iban desarmados. Sus movimientos eran grotescos y horribles, sus formas gigantescas.

De pronto oyó un estallido seco y algo golpeó el agua a pocas pulgadas de su cabeza, salpicándole la cara. Oyó un segundo estallido y vio a uno de los centinelas con el rifle contra el hombro, una nube ligera de humo azul ascendiendo desde la boca del arma. El hombre en el agua vio el ojo del hombre en el puente mirándolo fijamente a través de la mira del rifle. Advirtió que era un ojo gris y recordó haber leído que los ojos grises eran los más agudos y que todos los tiradores famosos los tenían. Sin embargo, este había fallado.

Un contrarremolino atrapó a Farquhar y lo volteó a medias; de nuevo estaba mirando el bosque en la orilla opuesta al fuerte. A sus espaldas se alzó una voz clara y aguda, en un monótono sonsonete, que cruzó el agua con una nitidez que perforaba y ahogaba todos los demás sonidos, incluso el golpeteo de las ondas en sus oídos. Aunque no era soldado, había frecuentado suficientes campamentos como para conocer el terrible significado de aquella cantinela deliberada, lenta, jadeante: el teniente en la orilla se sumaba a la faena de la mañana. ¡Con qué frialdad, con qué despiadada calma, con qué entonación uniforme y serena que presagiaba e imponía la tranquilidad en los hombres, con qué intervalos medidos con exactitud caían aquellas palabras crueles!

—¡Atención, compañía!… ¡Armas al hombro!… ¡Preparen!… ¡Apunten!… ¡Fuego!

Farquhar se zambulló… lo hizo lo más profundo que pudo. El agua rugió en sus oídos como la voz del Niágara, pero alcanzó a oír el trueno amortiguado de la descarga y, al subir de nuevo hacia la superficie, se encontró con brillantes trozos de metal, extrañamente aplastados, que oscilaban con lentitud hacia el fondo. Algunos le rozaron la cara y las manos y continuaron descendiendo. Uno se le alojó entre el cuello y la levita; estaba incómodamente caliente y se lo sacó de un tirón.

Al subir a la superficie, jadeando, vio que había estado mucho tiempo bajo el agua; estaba perceptiblemente más lejos río abajo, más cerca de la salvación. Los soldados casi habían terminado de recargar; las baquetas de metal brillaron al sol, todas a la vez, al ser extraídas de los cañones, giradas en el aire e introducidas en sus ranuras. Los dos centinelas dispararon de nuevo, cada uno por su cuenta y sin dar en el blanco.

El hombre cazado vio todo esto por encima del hombro; ahora nadaba vigorosamente con la corriente. Su cerebro era tan enérgico como sus brazos y piernas; pensaba con la rapidez del rayo.

«El oficial —razonó— no cometerá el mismo error dos veces. Es tan fácil esquivar una descarga como un disparo aislado. Probablemente ya habrá dado la orden de fuego a discreción. ¡Que Dios me ayude, no puedo esquivarlos a todos!».

Un estruendo aterrador a dos yardas de él dio paso a un rugido silbante, diminuendo, que pareció regresar por el aire hacia el fuerte y murió en una explosión que sacudió el río hasta lo más hondo. Una cortina de agua se arqueó sobre él, le cayó encima, lo cegó, lo estranguló. El cañón había entrado en el juego. Mientras sacudía la cabeza para librarse de la agitación del agua, oyó el disparo desviado zumbar por el aire y al instante tronchar y destrozar las ramas en el bosque de enfrente.

«No van a hacer eso de nuevo —pensó—; la próxima vez usarán una carga de metralla. Debo vigilar el cañón; el humo me avisará… la detonación llega demasiado tarde; va detrás del proyectil. Ese es un buen cañón».

De pronto se sintió girar y girar, dando vueltas como un trompo. El agua, las orillas, el bosque, el puente ya distante, el fuerte y los hombres: todo se mezclaba y se borraba. Los objetos quedaban representados solo por sus colores; franjas circulares y horizontales de color: eso era todo lo que veía. Había sido atrapado por un remolino que lo arrastraba y hacía girar a una velocidad que lo mareaba y le revolvía el estómago. En pocos instantes fue arrojado sobre la grava al pie de la orilla izquierda del río —la orilla sur—, detrás de un saliente que lo ocultaba de sus enemigos. La súbita detención de su movimiento, el raspón de una de sus manos contra la grava, lo hicieron volver en sí, y lloró de alegría. Hundió los dedos en la arena, la arrojó sobre sí a puñados y la bendijo en voz alta. Parecía diamantes, rubíes, esmeraldas; no podía pensar en nada hermoso a lo que no se asemejara. Los árboles en la orilla eran plantas gigantes de jardín; advirtió un orden definido en su disposición, aspiró la fragancia de sus flores. Una extraña luz rosada brillaba entre los espacios de sus troncos y el viento hacía sonar en sus ramas la música de arpas eólicas. No tenía ningún deseo de consumar su fuga; se contentaba con quedarse en aquel lugar encantado hasta que lo recapturasen.

Un silbido y el repiqueteo de la metralla entre las ramas sobre su cabeza lo arrancaron de su ensueño. El frustrado artillero le había disparado una despedida al azar. Se puso de pie de un salto, subió corriendo la pendiente de la orilla y se internó en el bosque.

Caminó todo ese día, orientándose por el arco del sol. El bosque parecía interminable; en ninguna parte descubrió un claro, ni siquiera un camino de leñadores. No sabía que vivía en una región tan salvaje. Había algo inquietante en esa revelación.

Al caer la noche estaba agotado, con los pies destrozados, hambriento. Pensar en su esposa y sus hijos lo impulsaba a seguir. Por fin encontró un camino que iba en la dirección que él sabía correcta. Era tan ancho y recto como una calle de ciudad, pero parecía que nadie lo hubiera transitado. Ningún campo lo bordeaba; no se veía una sola vivienda. Ni siquiera el ladrido de un perro sugería la presencia de seres humanos. Los cuerpos negros de los árboles formaban una pared recta a ambos lados, que se cerraba en un punto en el horizonte, como un diagrama de una lección de perspectiva. Arriba, al mirar a través de aquella abertura en el bosque, brillaban grandes estrellas doradas que le resultaban desconocidas, agrupadas en constelaciones extrañas. Estaba seguro de que estaban dispuestas en algún orden cuyo significado era secreto y maligno. El bosque a cada lado estaba lleno de ruidos extraños, entre los cuales —una vez, y otra, y otra más— oyó con claridad susurros en una lengua desconocida.

El cuello le dolía y al llevarse la mano lo encontró horriblemente hinchado. Sabía que tenía un cerco negro donde la cuerda lo había lacerado. Los ojos los sentía congestionados; ya no podía cerrarlos. La lengua se le había hinchado de sed; alivió su ardor sacándola entre los dientes hacia el aire frío. ¡Con qué suavidad el césped había alfombrado la avenida desierta! ¡Ya no sentía el camino bajo sus pies!

Sin duda, a pesar de su sufrimiento, se había quedado dormido mientras caminaba, porque ahora ve otra escena; quizá no ha hecho más que recuperarse de un delirio. Está de pie ante el portón de su propia casa. Todo está como lo dejó, todo brillante y hermoso bajo el sol de la mañana. Debe de haber caminado toda la noche. Cuando empuja el portón y avanza por el ancho camino blanco, ve un revoloteo de prendas femeninas; su esposa, fresca y dulce y serena, baja de la galería para recibirlo. Al pie de los escalones lo espera, con una sonrisa de alegría inefable, en una actitud de gracia y dignidad incomparables. ¡Ah, qué hermosa es! Se lanza hacia ella con los brazos extendidos. Cuando está a punto de abrazarla siente un golpe fulminante en la nuca; una luz blanca y cegadora estalla a su alrededor con un estruendo como de cañón… y después, todo es oscuridad y silencio.


Peyton Farquhar estaba muerto; su cuerpo, con el cuello roto, se mecía suavemente de un lado a otro bajo los maderos del puente de Owl Creek.

FIN

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Ambrose Bierce - Un suceso en el puente sobre Owl Creek
  • Autor: Ambrose Bierce
  • Título: Un suceso en el puente sobre Owl Creek
  • Título Original: An Occurrence at Owl Creek Bridge
  • Publicado en: Tales of Soldiers and Civilians (1891)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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