El abandonado

Guy de Maupassant

Le Figaro, 15 de agosto de 1884

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

15 min de lectura
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Sinopsis: «El abandonado» (L’abandonné) es un cuento de Guy de Maupassant, publicado el 15 de agosto de 1884 en Le Figaro. Durante unas vacaciones, mientras su esposo la espera en el hotel, la señora de Cadour convence a d’Apreval, un viejo amigo, de acompañarla a dar un paseo por los alrededores de Fécamp. Mientras ambos avanzan en un sofocante día de verano, la mujer se muestra visiblemente alterada. Un secreto y una culpa la acongojan: hace cuarenta años, fruto de una relación amorosa, nació un niño que fue dejado al cuidado de una familia de campesinos normandos. Ahora, sintiendo que la muerte se acerca, está decidida a encontrarlo.

Guy de Maupassant - El abandonado

El abandonado

Guy de Maupassant
(Cuento completo)

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—La verdad, querida, te creo loca por querer salir a pasear por el campo con un tiempo así. Desde hace dos meses tienes ideas muy extrañas. Me traes, quiera o no, a la orilla del mar, cuando en cuarenta y cinco años de matrimonio jamás habías tenido semejante fantasía. Eliges por tu cuenta Fécamp, una ciudad triste, y ahora te ha dado tal furia por caminar —tú, que nunca te movías— que quieres recorrer el campo en el día más caluroso del año. Dile a d’Apreval que te acompañe, ya que se presta a todos tus caprichos. Yo, por mi parte, vuelvo a dormir la siesta.

La señora de Cadour se volvió hacia su antiguo amigo:

—¿Viene usted conmigo, d’Apreval?

Él se inclinó, sonriendo, con una galantería de otros tiempos:

—Donde usted vaya, iré —dijo.

—Bueno, vayan a insolarse —declaró el señor de Cadour. Y volvió al hotel de los Baños para tenderse una hora o dos en la cama.

En cuanto quedaron solos, la anciana y su viejo compañero. Ella dijo, muy bajo, apretándole la mano: «¡Al fin! ¡Al fin!».

Él murmuró:

—Está usted loca. Le aseguro que está loca. Piense en lo que arriesga. Si ese hombre…

Ella se sobresaltó:

—¡Oh, Henri! No diga ese hombre cuando hable de él.

Él replicó en tono brusco:

—¡Está bien! Si nuestro hijo sospecha algo, si desconfía de nosotros, la tiene a usted en sus manos, nos tiene a los dos. Usted pasó cuarenta años sin verlo. ¿Qué le pasa hoy?

Habían seguido la larga calle que va del mar a la ciudad. Doblaron a la derecha para subir la cuesta de Étretat. El camino blanco se desplegaba bajo una ardiente lluvia de sol.

Caminaban despacio, bajo el calor abrasador, a pasos cortos. Ella había pasado su brazo bajo el de su amigo y miraba al frente, con la mirada fija, obsesiva.

Dijo:

—¿Así que usted tampoco lo ha vuelto a ver?

—No, ¡jamás!

—¿Es posible?

—Querida amiga, no empecemos de nuevo esta eterna discusión. Yo tengo esposa e hijos, como usted tiene marido; los dos tenemos todo que temer de la opinión ajena.

Ella no respondió. Pensaba en su juventud lejana, en las cosas pasadas, tan tristes.

La habían casado como se casa a las jóvenes. Apenas conocía a su prometido, un diplomático, y vivió con él, después, la vida de todas las mujeres de sociedad.

Pero un joven, el señor d’Apreval, casado como ella, la amó con una pasión profunda; y durante una larga ausencia del señor de Cadour, que había partido a las Indias en misión política, ella sucumbió.

¿Habría podido resistir? ¿Negarse? ¿Habría tenido la fuerza, el valor de no ceder, cuando ella también lo amaba? No, de verdad, ¡no! Habría sido demasiado duro. Habría sufrido demasiado. ¡Qué malvada y astuta es la vida! ¿Puede uno evitar ciertos golpes del destino, huir de la fatalidad? Cuando se es mujer, sola, abandonada, sin ternura, sin hijos, ¿se puede huir siempre de una pasión que se alza sobre una, como se huiría de la luz del sol, para vivir hasta la muerte en la oscuridad?

¡Cómo recordaba ahora todos los detalles: sus besos, sus sonrisas, su modo de detenerse en la puerta para mirarla al entrar en su casa! ¡Qué días felices, sus únicos días hermosos, tan pronto terminados!

Luego descubrió que estaba embarazada. ¡Qué angustias!

¡Oh, aquel viaje al sur, aquel largo viaje, aquellos sufrimientos, aquellos temores incesantes, aquella vida escondida en la casita solitaria, a orillas del Mediterráneo, en el fondo de un jardín del que no se atrevía a salir!

¡Cómo los recordaba, los largos días que pasaba tendida bajo un naranjo, con los ojos levantados hacia los frutos anaranjados, redondos, entre el follaje verde! ¡Cómo habría querido salir, ir hasta el mar, cuyo soplo fresco le llegaba por encima del muro, cuyas breves olas oía en la playa, cuya gran superficie azul, brillante de sol, con velas blancas y una montaña en el horizonte, soñaba sin cesar! Pero no se atrevía a cruzar la puerta. Si alguien la hubiera reconocido, deformada así, exhibiendo su vergüenza en su abultado vientre…

¡Y los días de espera, los últimos días de tortura! ¡Las alarmas! ¡Los dolores amenazantes! ¡Y luego la noche espantosa! ¡Cuántas miserias había soportado!

¡Qué noche aquella! ¡Cómo había gemido, gritado! Todavía veía el rostro pálido de su amante, que le besaba la mano a cada instante, la cara lampiña del médico, la cofia blanca de la enfermera.

¡Y qué sacudida había sentido en el corazón al escuchar aquel frágil gemido de criatura, aquel maullido, aquel primer esfuerzo de una voz de hombre!

¡Y el día siguiente! ¡El día siguiente! El único día de su vida en que había visto y abrazado a su hijo, porque desde entonces jamás había vuelto siquiera a tenerlo cerca.

Y desde aquel día, ¡qué larga existencia vacía en la que flotaba siempre, siempre, el pensamiento de aquel niño! No lo había vuelto a ver, ni una sola vez, a aquel pequeño ser salido de ella, ¡su hijo! Se lo habían llevado, escondido. Solo sabía que lo habían criado unos campesinos normandos, que él mismo se había hecho campesino, y que estaba casado, bien casado y bien dotado por su padre, cuyo nombre ignoraba.

¡Cuántas veces, en cuarenta años, había querido ir a verlo, a abrazarlo! No se imaginaba que hubiera crecido. Seguía pensando en aquella larva humana que había sostenido un día en sus brazos y apretado contra su costado dolorido.

Cuántas veces le había dicho a su amante: «No aguanto más, quiero verlo, voy a ir».

Siempre él la había retenido, detenido. Ella no sabría contenerse, dominarse; el otro adivinaría, la explotaría. Estaría perdida.

—¿Cómo es? —decía ella.

—No lo sé. Yo tampoco lo he vuelto a ver.

—¿Es posible? Tener un hijo y no conocerlo. Tener miedo de él, haberlo rechazado como una vergüenza. —Era horrible.

Iban por el largo camino, agobiados por la llamarada del sol, subiendo siempre la interminable cuesta.

Ella continuó:

—¿No parece un castigo? Nunca tuve otro hijo. No, ya no podía resistir este deseo de verlo que me atormenta desde hace cuarenta años. Ustedes los hombres no entienden eso. Piense que estoy muy cerca de la muerte. Y no lo habría vuelto a ver… ¿No haberlo vuelto a ver, es posible? ¿Cómo pude esperar tanto tiempo? He pensado en él toda mi vida. ¡Qué existencia espantosa me ha dado eso! No me he despertado una sola vez, ni una sola vez, ¿me oye?, sin que mi primer pensamiento fuera para él, para mi hijo. ¿Cómo será? ¡Oh, cuánta culpa siento! ¿Se debe temer al mundo en un caso así? Debí dejarlo todo para seguirlo, criarlo, amarlo. Habría sido más feliz, sin duda. No me atreví. Fui cobarde. ¡Cuánto he sufrido! ¡Oh, esas pobres criaturas abandonadas, cuánto deben odiar a sus madres!

Se detuvo de golpe, ahogada por los sollozos. Todo el valle estaba desierto y mudo bajo la luz aplastante del día. Solo los saltamontes lanzaban su grito seco y continuo en la hierba amarilla y escasa a ambos lados del camino.

—Siéntese un poco —dijo él.

Ella se dejó llevar hasta el borde de la cuneta y se desplomó, con el rostro entre las manos. Sus cabellos blancos, torcidos en espirales a ambos lados de la cara, se le deshacían, y lloraba, desgarrada por un dolor profundo.

Él permanecía de pie frente a ella, inquieto, sin saber qué decirle. Murmuró: «Vamos… ánimo».

Ella se incorporó: «Lo tendré». Y, secándose los ojos, reanudó la marcha con el andar tembloroso de una anciana.

Un poco más adelante, el camino se hundía bajo un grupo de árboles que ocultaba algunas casas. Distinguían ahora el golpe vibrante y regular de un martillo de fragua sobre un yunque.

Y pronto vieron, a la derecha, una carreta detenida frente a una especie de casa baja y, a la sombra de un cobertizo, dos hombres que herraban un caballo.

El señor d’Apreval se acercó.

—¿La granja de Pierre Bénédict? —preguntó.

Uno de los hombres respondió:

—Tome el camino de la izquierda, junto al cafecito, y siga derecho; es la tercera después de la de Poret. Hay un abeto junto a la cerca. No hay cómo equivocarse.

Doblaron a la izquierda. Ella caminaba muy despacio ahora, con las piernas que le flaqueaban, el corazón latiendo con tanta violencia que se ahogaba.

A cada paso murmuraba, como una plegaria: «¡Dios mío! ¡Oh, Dios mío!». Y una emoción terrible le apretaba la garganta, haciéndola tambalear como si le hubieran cortado las piernas.

El señor d’Apreval, nervioso, un poco pálido, le dijo bruscamente:

—Si no logra dominarse más, va a delatarse de inmediato. Haga un esfuerzo, por favor.

Ella balbuceó:

—¿Acaso puedo? ¡Mi hijo! ¡Cuando pienso que voy a ver a mi hijo!

Siguieron uno de esos senderos de campo encajonados entre los corrales de las granjas, hundidos bajo una doble hilera de hayas alineadas junto a las cunetas.

Y de pronto se encontraron frente a una cerca de madera junto a la cual crecía un abeto joven.

—Es aquí —dijo él.

Ella se detuvo en seco y miró.

El patio, plantado de manzanos, era grande y se extendía hasta la casita, con techo de paja. Enfrente, la caballeriza, el granero, el establo, el gallinero. Bajo un techo de pizarra, los carros: una carreta, un volquete, un cabriolé. Cuatro terneros pastaban la hierba bien verde al abrigo de los árboles. Las gallinas negras vagaban por todos los rincones del recinto.

Ningún ruido. La puerta de la casa estaba abierta, pero no se veía a nadie.

Entraron. Un perro negro salió enseguida de un barril colocado al pie de un gran peral y se puso a ladrar con furia.

Contra el muro de la casa, cuatro colmenas sobre tablas alineaban sus cúpulas de paja.

El señor d’Apreval gritó frente a la vivienda: «¿Hay alguien?». Apareció una niña, una chiquilla de unos diez años, vestida con una camisa y una falda de lana, las piernas desnudas y sucias, con aire tímido y desconfiado. Se quedó de pie en el marco de la puerta, como para impedir la entrada.

—¿Qué quieren? —dijo.

—¿Está tu papá?

—No.

—¿Dónde está?

—No sé.

—¿Y tu mamá?

—Está con las vacas.

—¿Va a volver pronto?

—No sé.

Y de repente, la anciana, como si temiera que fueran a llevársela a la fuerza, dijo con voz precipitada:

—No me iré sin haberlo visto.

—Lo esperaremos, querida amiga.

Al volverse, vieron a una campesina que venía hacia la casa, cargando dos baldes de hojalata que parecían pesados y a los que el sol arrancaba por momentos un destello blanco y deslumbrante.

Cojeaba de la pierna derecha y, con el pecho envuelto en un suéter marrón, desteñido, lavado por las lluvias, quemado por los veranos, tenía el aspecto de una pobre sirvienta, miserable y sucia.

—Ahí viene mi mamá —dijo la niña.

Cuando estuvo cerca de la casa, miró a los desconocidos con aire hostil y receloso; luego entró como si no los hubiera visto.

Parecía vieja, con una cara hundida, amarillenta, dura: esa cara de madera de las campesinas.

El señor d’Apreval la llamó:

—Disculpe, señora, entramos para pedirle que nos venda dos vasos de leche.

La mujer refunfuñó, apareciendo de nuevo en la puerta después de haber dejado los baldes:

—Yo no vendo leche.

—Es que tenemos mucha sed. La señora es mayor y está muy cansada. ¿No habrá forma de conseguir algo de beber?

La campesina los miraba con ojos inquietos y desconfiados.

Al fin, se decidió.

—Ya que están aquí, les voy a dar de todos modos —dijo.

Y desapareció dentro de la casa.

Luego salió la niña cargando dos sillas que colocó bajo un manzano, y la madre apareció a su vez con dos tazones de leche espumosa que puso en manos de los visitantes.

Y se quedó de pie frente a ellos, como para vigilarlos y adivinar sus intenciones.

—¿Son ustedes de Fécamp? —preguntó.

El señor d’Apreval respondió:

—Sí, estamos en Fécamp por el verano. —Luego, tras un silencio, continuó: —¿Podría vendernos pollos todas las semanas?

La campesina vaciló, luego respondió:

—Bueno, podría ser. ¿Los quieren tiernos?

—Sí, tiernos.

—¿A cuánto los pagan en el mercado?

D’Apreval, que no lo sabía, se volvió hacia su amiga:

—¿Cuánto paga usted las aves, querida, las aves jóvenes?

Ella balbuceó, con los ojos llenos de lágrimas:

—Cuatro francos, y cuatro francos cincuenta.

La granjera la miró de reojo, extrañada, y luego preguntó:

—¿Está enferma esta señora, que está llorando?

Él no sabía qué responder y tartamudeó:

—No… no… pero es que… ella… perdió su reloj en el camino, un reloj muy bonito, y eso la ha apenado. Si alguien lo encuentra, avísenos.

La señora Bénédict no respondió nada, encontrando todo aquello sospechoso.

Y de pronto dijo:

—¡Ahí viene mi marido!

Solo ella lo había visto entrar, porque estaba de cara a la cerca. D’Apreval dio un respingo; la señora de Cadour casi cayó al volverse desesperadamente en su silla.

Un hombre estaba allí, a diez pasos, tirando de una vaca con una cuerda, encorvado, resoplando.

Dijo, sin prestar atención a los visitantes:

—¡Maldita sea! ¡Qué animal tan terco!

Y pasó de largo, hacia el establo, donde desapareció.

Las lágrimas de la anciana se habían secado de golpe, y permanecía aturdida, sin palabras, sin pensamientos: «Su hijo… ¡aquel era su hijo!».

D’Apreval, herido por la misma idea, articuló con voz temblorosa:

—¿Es el señor Bénédict?

La granjera, desconfiada, preguntó:

—¿Quién les dijo su nombre?

Él respondió:

—El herrero de la carretera principal.

Luego todos callaron, con los ojos fijos en la puerta del establo. Parecía un negro agujero en el muro del edificio. No se veía nada adentro, pero se oían ruidos vagos, movimientos, pasos amortiguados por la paja esparcida en el suelo.

Reapareció en el umbral, secándose la frente, y volvió hacia la casa con un paso largo y lento que lo mecía a cada zancada.

Pasó otra vez frente a los desconocidos sin reparar en ellos, y le dijo a su mujer:

—Tráeme un jarro de sidra, tengo sed.

Y entró en la casa. La granjera se fue hacia la bodega, dejando solos a los visitantes.

La señora de Cadour, fuera de sí, balbuceó:

—Vámonos, Henry, vámonos.

D’Apreval la tomó del brazo, la levantó y, sosteniéndola con todas sus fuerzas, pues sentía que iba a caer, se la llevó, después de haber dejado cinco francos sobre una de las sillas.

En cuanto cruzaron la cerca, ella se echó a sollozar, sacudida por el dolor, y balbuceando:

—¡Oh! ¿Eso es lo que hizo usted con él?…

Él estaba muy pálido. Respondió en tono seco:

—Hice lo que pude. Su granja vale ochenta mil francos. Es una dote que no tienen todos los hijos de la burguesía.

Y volvieron despacio, sin agregar una palabra. Ella seguía llorando. Las lágrimas le brotaban de los ojos y le rodaban por las mejillas, sin cesar.

Al fin las lágrimas se detuvieron, y entraron en Fécamp.

El señor de Cadour los esperaba para cenar. Se echó a reír al verlos y exclamó:

—Muy bien, mi mujer se ha insolado. Me alegro. La verdad, creo que está perdiendo la cabeza desde hace un tiempo.

No respondieron ni uno ni otra; y cuando el marido preguntó, frotándose las manos:

—¿Hicieron al menos un buen paseo?

D’Apreval respondió:

—Encantador, querido amigo, absolutamente encantador.

FIN

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Guy de Maupassant - El abandonado
  • Autor: Guy de Maupassant
  • Título: El abandonado
  • Título Original: L’abandonné
  • Publicado en: Le Figaro, 15 de agosto de 1884
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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