Ambrose Bierce: La muerte de Halpin Frayser

«A partir de la muerte se producen metamorfosis más extraordinarias de lo que hasta aquí se ha dicho. Y si, ordinariamente, el alma salida del cuerpo vuelve en ciertas ocasiones a su envoltura corporal para aparecerse a los seres de carne, también ha sucedido que el cuerpo desprovisto de su alma haya pisado la tierra. Los que después de haber visto a tales espectros han sobrevivido para contarlo, afirman que no poseen sentimientos, como no sea el del odio. Y ocurre que ciertas almas, asimismo, muy buenas cuando vivían en un cuerpo, se convierten, después de la muerte, en espíritus malignos».

Hali


EN una oscura noche de mediados de verano, un hombre que dormía en un bosque alzó la cabeza después de un sueño sin pesadillas y, tras haber mirado fijamente las tinieblas, pronunció las siguientes palabras: «Catherine Larue». No dijo nada más, y, que él supiera, no tenía motivos para haber dicho siquiera aquello.

El hombre se llamaba Halpin Frayser. En aquella época vivía en Santa Helena, pero nadie sabe dónde vive ahora, ya que está muerto. Los que duermen en los bosques, sin tener debajo de ellos más que las hojas secas y el suelo húmedo, sin más techo que las ramas que han dejado caer las hojas, y el cielo que ha dejado caer la tierra, no pueden esperar llegar a viejos: sin embargo, Frayser había alcanzado ya el trigésimo segundo año de su existencia. En el mundo existen millones de seres, los mejores de entre nosotros, que consideran la treintena como una edad muy avanzada. Esos seres son los niños. Para los que contemplan el viaje de la vida desde el punto de partida, el navío que está ya en alta mar, a una distancia notable de la orilla, parece hallarse muy cerca de la orilla opuesta. Sin embargo, no es cierto que Halpin Frayser encontrara la muerte sólo por haber dormido al raso.

Había pasado todo el día en las colinas situadas al oeste del valle de Napa, en busca de palomas de otra caza menor propia de la estación. Al atardecer, el cielo se había cubierto de nubes y le resultó imposible orientarse. Aunque no tenía más que avanzar en línea recta (que es siempre el camino más seguro para un viajero perdido), al no encontrar ningún sendero se había desconcertado hasta tal punto, que a la caída de la noche se hallaba aún en el bosque. Incapaz, en aquellas tinieblas, de abrirse paso a través de la espesura de manzanitas, abrumado de fatiga, se había dejado caer al pie de un enorme madroño para sumergirse inmediatamente en un sueño sin pesadillas. Muchas horas después, en la oscuridad de la noche, uno de los misteriosos mensajeros celestes, precediendo a la innumerable cohorte de sus compañeros que se deslizaban hacia occidente huyendo del alba, pronunció la palabra «¡Despierta!» al oído del durmiente, el cual se incorporó murmurando, sin saber por qué, un nombre desconocido.

Halpin Frayser no era un filósofo ni un hombre de ciencia. El hecho de haber pronunciado en alta voz, al despertar de un profundo sueño en el corazón de un bosque, un nombre que no figuraba en sus recuerdos, no provocó en él una excesiva curiosidad. Lo encontró algo raro, pero eso fue todo. Tras haberse estremecido ligeramente, como para confirmar la opinión de los que creen que las noches son muy frescas durante el verano en aquellos parajes, se acostó de nuevo y volvió a quedarse dormido. Pero, esta vez, su descanso se vio turbado por un sueño.

Andaba por un camino polvoriento cuya blancura destacaba en medio de las tinieblas crecientes de una noche de verano. Ignoraba de dónde procedía aquel camino, adónde conducía y por qué se encontraba en él. Sin embargo, todo aquello le parecía sencillo y natural, como ocurre siempre en sueños, ya que en el País de los Sueños no hay lugar para la sorpresa y la razón ha abdicado su imperio. No tardó en llegar a un sendero que partía del camino principal y que parecía abandonado desde hacía mucho tiempo. Halpin Frayser pensó que habrían dejado de utilizarlo porque debía conducir a un lugar maldito; sin embargo, se adentró por él sin vacilar, impulsado por una imperiosa necesidad de hacerlo.

A medida que avanzaba, se daba cuenta de que el sendero estaba frecuentado por invisibles presencias a las cuales no podía dar forma concreta en su mente. De ambos lados, entre los árboles que bordeaban el sendero, oía murmurar frases incoherentes en un idioma extranjero que sólo comprendía a medias. Las interpretó como frases sueltas de un monstruoso complot contra su cuerpo y su alma.

Era noche cerrada desde hacía mucho tiempo; sin embargo, el interminable bosque a través del cual avanzaba estaba bañado por una pálida claridad que no procedía de ningún lugar determinado y que no proyectaba sombra alguna debajo de ella. De pronto, la mirada de Halpin Frayser se sintió atraída por el reflejo carmesí de un pequeño charco que una lluvia reciente había formado a un lado del sendero. Se inclinó para mojar sus manos… ¡y las retiró manchadas de sangre! Entonces se dio cuenta de que estaba rodeado de sangre por todas partes. Las grandes hojas de las plantas silvestres que crecían al borde del sendero mostraban unas siniestras salpicaduras. Grandes manchas rojas salpicaban asimismo los troncos de los árboles, cuyo follaje dejaba filtrar un fúnebre resplandor rojizo.

Aquel espectáculo le inspiró un sentimiento de terror, a pesar de que al mismo tiempo lo encontraba natural. Le pareció que esperaba desde hacía mucho contemplar aquella escena, como castigo de un crimen que no recordaba haber cometido, aunque tenía consciencia de su culpabilidad. Aquello fue para él un horror que añadir a las misteriosas amenazas del ambiente que le rodeaba. Trató en vano de recordar toda su vida anterior, para descubrir en ella el instante de su falta; incidentes e imágenes acudieron en tropel a su mente, entremezclándose en gran tumulto, sin que Halpin Frayser consiguiera encontrar lo que buscaba. El fracaso, aumentó su terror; tuvo la sensación de haber matado a alguien en la oscuridad, sin saber a quién ni por qué. La misteriosa claridad constituía una amenaza tan espantosa, los árboles (a los cuales todos los humanos atribuyen un carácter melancólico o funesto) conspiraban tan abiertamente contra la paz de su alma, los suspiros y los murmullos procedentes de los seres sobrenaturales que le rodeaban eran tan alarmantes, en una palabra, su situación resultaba tan horrorosa, que no pudo resistir más. Realizando un enorme esfuerzo para romper el nefasto sortilegio que le reducía a la inmovilidad y al silencio, se puso a gritar a pleno pulmón. Su voz pareció quebrarse en una multitud de sonidos poco familiares, perderse en balbuceos volubles en las profundidades del bosque, para luego apagarse; y todo continuó igual. Pero ahora, reconfortado por aquel principio de resistencia, Halpin Frayser declaró en voz alta:

«No me someteré sin haber hablado. En este sendero maldito existen, quizás, potencias benéficas. Voy a dejarles un testimonio escrito, y un ruego. Voy a exponer mis pesares, las persecuciones de que soy víctima, yo, débil mortal, humilde pecador, poeta inofensivo. (Halpin Frayser no era poeta ni pecador más que en su sueño)».

Habiendo sacado de su bolsillo un pequeño cuaderno de tapas de cuero rojo, se dio cuenta de que no tenía lápiz. Rompió una ramita de un arbusto, la sumergió en el charco de sangre y empezó a escribir rápidamente. Apenas la punta de su improvisada pluma tocó el papel, Halpin Frayser oyó resonar una carcajada a una distancia incalculable; una carcajada que fue acercándose y aumentando en intensidad; una carcajada sin alma, sin corazón, sin alegría; una carcajada que culminó en un aullido demoníaco a los oídos del hombre y se extinguió lentamente en el horizonte, como si el ser maldito que la había lanzado se hubiese retirado más allá de los límites del mundo, de donde había surgido. Pero Halpin Frayser adivinó que no era así: el ser maldito no se había movido, se hallaba aún cerca de él.

Lentamente, una extraña sensación se apoderó de todo su ser. No hubiese podido decir cuál de sus sentidos estaba afectado por ella. En realidad, no sabía siquiera si gozaba del uso de sus sentidos. Se trataba más bien de un fenómeno de consciencia mental: tenía la misteriosa certidumbre de que a poca distancia suya se encontraba una presencia maligna, una presencia sobrenatural distinta de todas las que murmuraban a su alrededor, e infinitamente más poderosa. Y aquella presencia era la que había proferido la odiosa carcajada. Ahora, parecía acercarse a él, sin que le fuera posible adivinar la dirección en que llegaba. Todos sus temores primitivos quedaron sumergidos en un nuevo terror, formidable y tiránico. Halpin Frayser tenía una sola idea en el pensamiento: redactar su ruego a las potencias benéficas que, al atravesar el alucinante bosque, podían quizá salvarle si le era negada la gracia de morir. Se puso a escribir con toda rapidez, ya que la sangre goteaba sin interrupción de la ramita que sostenía entre sus dedos. Pero, de repente, en mitad de una frase, su mano se negó a obedecer a su voluntad, sus brazos cayeron a lo largo de sus costados, y el cuaderno se desprendió de sus dedos. Incapaz de moverse o de gritar, vio alzarse ante él un rostro de rasgos cansados, de ojos sin mirada… ¡El rostro de su propia madre, pálida y muda en su sudario!


II

Halpin Frayser había pasado toda su juventud con sus padres en Nashville, Tennessee. Los Frayser eran gente acomodada y ocupaban un rango bastante elevado en la sociedad que había sobrevivido a los desastres de la guerra civil. Sus hijos, que habían recibido la mejor educación y frecuentado los ambientes más distinguidos que podían ofrecer la época y el lugar, poseían unos modales excelentes y una sólida cultura. Halpin, el benjamín, había sido un poco mimado a causa de su delicada salud. Había tenido la doble desventaja de ser objeto de los asiduos cuidados de su madre y de la negligencia de su padre. Este último era lo que todo plantador del Sur que se preciara un poco no podía dejar de ser: un político. Su país, o mejor dicho, su Estado, le absorbía hasta tal punto que sólo podía prestar un oído distraído a las exigencias familiares: un oído ensordecido por los detonantes discursos de los jefes políticos, así como por las aclamaciones y los silbidos, incluidos los suyos propios.

Soñador, indolente, romántico, el joven Halpin se sentía más atraído por la literatura que por el bufete de abogado que le aguardaba. Aquellos de sus parientes que creían en las modernas teorías acerca de la herencia, estaban convencidos de que el joven había heredado el talento poético de su bisabuelo Myron Bayne, considerado en su tierra natal como un poeta de altos vuelos. Un hecho notable era que los Frayser, todos los cuales poseían un lujoso ejemplar de las «obras poéticas» de su antepasado (editadas a costa de la familia y retiradas, desde hacía muchísimo tiempo, de un mercado que no las absorbía), manifestaban, en contraste con esa actitud, una curiosa falta de lógica negándose a honrar al ilustre difunto en la persona de su heredero espiritual. En términos generales, adoptaban una actitud reprobatoria en lo que respecta a Halpin, aquella sarnosa oveja intelectual que, un día u otro, sería capaz de deshonrar a la familia poniéndose a balar en verso. Los Frayser de Tennessee era gente práctica: lo cual no quiere decir que se dedicaran a ocupaciones de bajo nivel intelectual, sino que alimentaban un sano desdén hacia toda cualidad capaz de apartar a un hombre de la saludable vocación política.

Para ser justos con el joven Halpin, hay que decir que, si bien se encontraban en él, fielmente reproducidas, la mayor parte de las características atribuidas al célebre bardo local por la tradición histórica y familiar, sólo por deducción era considerado como el depositario del don divino. No solamente no había cortejado nunca a la musa poética, sino que, en realidad, era incapaz de escribir un verso correcto, aunque de ello hubiese dependido su vida. Sin embargo, nadie podía saber si la facultad dormida despertaría en cualquier momento para inducirle a pulsar las cuerdas de la lira.

Entretanto, el joven no servía para gran cosa. Entre su madre y él reinaba el más perfecto acuerdo, ya que la bella Mrs. Frayser era una ferviente discípula de Myron Bayne, a pesar de que, con el tacto tan justamente admirado en las personas de su sexo (a despecho de las lenguas calumniosas que lo atribuyen a astucia), ponía el mayor cuidado en ocultar su debilidad a todo el mundo, excepto a aquellas personas que la compartían con ella. Su complicidad en ese punto constituía otro lazo entre ellos. Si su madre le había mimado en su infancia, él se había dejado mimar dócilmente. A medida que llegaba a ese grado de virilidad que puede alcanzar un hombre del Sur indiferente al resultado de las elecciones, la unión entre él y su madre (a la cual llamaba Katy desde su más tierna infancia) se hacía cada vez más fuerte. Madre e hijo eran casi inseparables, hasta el punto de que quienes no les conocían los tomaban a menudo por una pareja de enamorados.

Un día, Halpin Frayser entró en el gabinete de su madre. Después de besarla en la frente y de juguetear unos instantes con uno de sus negros rizos, acabó por decir, con una voz que se esforzaba por parecer tranquila:

—¿Te disgustaría mucho, Katy, que me marchase a California por algunas semanas?

Mrs. Frayser no tuvo necesidad de formular una respuesta en alta voz: sus indiscretas mejillas acababan de contestar elocuentemente la pregunta de su hijo. Sí, le disgustaría mucho, y las lágrimas que se deslizaron de sus grandes ojos color de avellana no hicieron más que confirmar el testimonio de sus mejillas.

—¡Ah! ¡Hijo mío! —exclamó Mrs. Frayser, contemplando a su hijo con infinita ternura—. Me estaba temiendo algo por el estilo… Anoche se me apareció en sueños el abuelo Bayne, y al despertar estuve llorando mucho tiempo. De pie junto a su retrato, que le representa joven y guapo, me señalaba con el dedo tu retrato, colgado en la misma pared. Pero, cuando miré en aquella dirección, no pude ver los rasgos de tu fisonomía, pues aparecía cubierta con uno de esos pañuelos que ponemos sobre el rostro de los difuntos. Y debajo del pañuelo, vi la huella de unos dedos en tu garganta… Perdona si te cuento todo esto, pero nunca nos hemos ocultado nada el uno al otro. Tal vez puedas darme una interpretación de mi sueño distinta a la mía. Tal vez no quiera decir que vas a marcharte a California. Tal vez significa que me llevarás contigo…

Hay que confesar que aquella ingeniosa interpretación del sueño a la luz de una prueba recién descubierta no mereció la plena aprobación de la mente bastante más lógica de Halpin. El joven quedó convencido, al menos de momento, que aquel sueño anunciaba una calamidad más simple y más inmediata que una visita a la costa del Pacífico: tuvo la impresión de que sería estrangulado algún día en su tierra natal.

—¿No hay fuentes termales en California? —continuó Mrs. Frayser, sin dejarle tiempo para exponer el verdadero significado del sueño—. ¿No hay villas donde uno pueda curarse el reuma y las neuralgias? Mira: tengo los dedos rígidos, y estoy segura de que me duelen mucho mientras duermo.

Mrs. Frayser tendió las manos para someterlas a la inspección de su hijo. El historiador no podría decir cuál fue el diagnóstico que el joven se reservó para sí, sonriendo, pero su opinión personal es que jamás dedos más flexibles y más exentos de dolor han sido sometidos a examen médico por la más encantadora de las pacientes, deseosa de visitar, por prescripción facultativa, un país desconocido.

Finalmente, de aquellos dos extraños personajes que tenían un concepto tan singular del deber, uno se marchó a California tal como exigían los intereses de su cliente, y el otro se quedó en casa conformándose a no ver realizado un deseo que por otra parte su marido no se hubiese sentido inclinado a aprobar.

En el curso de su visita a California, una tarde que se paseaba a solas por la orilla del mar, Halpin Frayser se vio convertido en marinero de un modo que le sorprendió enormemente. En realidad, fue embarcado a la fuerza a un buque de altura, y navegó hacia un país lejano. Aquel viaje no fue su única desdicha: en efecto, el buque encalló sobre la costa de una isla del Pacífico, donde los supervivientes tuvieron que permanecer seis años esperando la llegada de una goleta que les recogió y les llevó a San Francisco.

Aunque tenía los bolsillos completamente vacíos, Frayser continuaba siendo tan orgulloso como en la época de su viaje a California, época que para él parecía remontarse a varios siglos. No quiso aceptar ninguna ayuda de personas desconocidas, y durante su estancia en casa de un compañero de viaje, cerca del pueblo de Santa Helena, en espera de noticias y de ayuda de su familia, fue cuando se le ocurrió ir a cazar… y a soñar.


III

¡El espectro que acababa de surgir ante el hombre alucinado en el bosque maldito, aquel espectro tan parecido y tan distinto a su madre, era horrible! No suscitó amor alguno en el corazón de Halpin Frayser; no evocó ninguno de los agradables recuerdos de un pasado dichoso. Todos los delicados sentimientos de Halpin quedaron anulados por el miedo. Trató de dar media vuelta con la intención de huir, pero sus piernas se habían convertido en plomo y se negaron a moverse. Sus brazos, asimismo, pendían inertes a sus costados. Sólo podía mover los ojos; sin embargo, no se atrevía a apartarlos de las apagadas pupilas de la aparición, una aparición que no era un alma sin cuerpo, sino el más espantoso de todos los fantasmas que circulaban por aquel lugar maldito: ¡un cuerpo sin alma! Aquella mirada vacía no expresaba amor, ni compasión, ni comprensión: no expresaba nada capaz de sugerir una posible inclinación a la misericordia.

Transcurrió un espacio interminable de tiempo, tan largo que el universo envejeció bajo la doble carga de la edad y del pecado, y el bosque alucinante, tras haber alcanzado su objetivo en aquella monstruosa culminación de sus terrores, desapareció de la consciencia de Halpin Frayser con todos sus ruidos, todas sus imágenes fúnebres; y durante todo ese tiempo, la aparición continuó enfrente del joven con los ojos llenos de la obtusa malignidad de una fiera salvaje. De repente, extendiendo la mano hacia delante, la aparición saltó sobre él en un impulso de espantosa ferocidad. Aquel gesto liberó la energía física de Frayser sin liberar su cerebro. Su mente permaneció prisionera del horrible sortilegio, pero su cuerpo poderoso y sus ágiles miembros, fortalecidos por una existencia llena de dificultades, resistieron vigorosamente. Por un instante, como sucede en sueños, tuvo la sensación de ser espectador desinteresado de aquel monstruoso combate entre una inteligencia muerta y un mecanismo dotado del soplo vital; recobró bruscamente su identidad: el autómata dispuesto a luchar recobró a su vez una voluntad tan feroz como la de su odioso adversario.

Pero ¿qué mortal puede llegar a vencer a un personaje que él mismo ha creado en sueños? La imaginación está vencida en el instante mismo en que crea al enemigo: y el resultado del combate está asimismo predeterminado. A pesar de su resistencia física, a pesar de sus desesperados esfuerzos que parecían proyectarse contra el vacío, Halpin Frayser sintió cómo los dedos helados rodeaban implacablemente su cuello. De espaldas sobre el húmedo suelo, vio al rostro de rasgos cansados a unos diez centímetros de distancia del suyo, y luego todo se desvaneció en insondables tinieblas. Un lejano redoblar de tambores, un enjambre de voces susurrantes, un agudo grito quebrando el silencio de todo el Universo… y Halpin Frayser soñó que estaba muerto.


IV

A la noche clara y cálida había seguido un amanecer envuelto en una densa neblina. El día anterior, a media tarde, una nubecilla de vapor, un fantasma de nube, en realidad, se había enganchado al flanco occidental del monte Santa Helena, al nivel de las áridas extensiones de terreno cercanas a la cumbre. Era una nubecilla tan frágil, tan diáfana, que parecía un simple capricho de la imaginación.

En un instante, se hizo más ancha y más espesa. Mientras uno de sus extremos continuaba adherido a la montaña, el otro se extendía más y más en el aire, encima de las inclinadas pendientes. La nube se alargaba al mismo tiempo hacia el norte y hacia el sur, hasta que la cima de la montaña fue completamente invisible desde el valle, encima del cual no había más que una bóveda opaca y grisácea. En Calistoga, que se hallaba a la entrada del valle, al pie de la montaña, hubo una noche sin estrellas, seguida por una mañana sin sol. La niebla, hundiéndose más y más hacia el sur, se había tragado las granjas, una detrás de otra, antes de engullirse al pueblo de Santa Helena, nueve millas más allá. Sobre la carretera, el polvo había dejado de levantarse; los árboles desprendían gotas de agua; los pájaros permanecían callados en sus escondites; la claridad diurna, pálida y espectral, no tenía calor ni color.

A punta de alba, dos hombres salieron de Santa Helena y enfilaron la carretera que remonta el valle en dirección norte, hacia Calistoga. Cada uno de ellos iba armado con un fusil, pero ningún indígena, por poco avispado que fuera, les habría tomado por cazadores de pájaros o de conejos. Uno de los hombres, llamado Holker, era el sheriff de Napa; el otro, llamado Jaralson, era inspector de policía y procedía de San Francisco. Habían salido para la caza de un hombre.

—¿Está muy lejos? —preguntó Holker, mientras andaban, levantando de nuevo con sus pies el polvo bajo la húmeda superficie de la carretera.

—¿La Iglesia Blanca? Se encuentra a media milla, aproximadamente de aquí. Y, a propósito, debo decirle que no se trata de una iglesia, sino de una escuela abandonada. Además, la escuela en cuestión no es blanca; con el paso del tiempo sus paredes se han convertido en grises. En la época en que los muros eran blancos, se habían celebrado en ella algunos oficios religiosos, y cerca de allí hay un cementerio que encantaría a un poeta. ¿Adivina usted por qué le he hecho venir rogándole que se trajera su fusil?

—Ya sabe usted que nunca le hago preguntas en circunstancias como éstas: me consta que no es usted de los que se callan cuando llega el momento de hablar. Sin embargo, si desea usted que aventure una hipótesis, yo diría que me necesita usted para detener a uno de los muertos del cementerio.

—¿Se acuerda usted de Branscom? —preguntó Jaralson, concediendo a la chanza de su compañero el desdén que merecía.

—¿El tipo que le cortó el cuello a su esposa? Tengo buenos motivos para acordarme de él: perdí una semana de trabajo a cuenta suya. Se ofreció una recompensa de quinientos dólares por su captura, pero nadie de nosotros pudo echarle la vista encima. No irá usted a decirme…

—Pues, sí. Lo ha tenido usted ante sus narices durante todo este tiempo. Aprovecha la oscuridad de la noche para acudir al viejo cementerio de la Iglesia Blanca.

—¡Qué desfachatez! ¿No es allí dónde está enterrada su víctima?

—Sí, y debió usted suponer que, tarde o temprano, acudiría a visitar la tumba de su esposa.

—Es el último lugar del mundo donde hubiese esperado verle.

—Y vigiló usted inútilmente todos los demás escondrijos posibles. Pero yo me enteré de su fracaso y decidí emboscarme en el cementerio.

—¿Y lo encontró?

—¡Santo cielo! ¡Él me encontró a mí! Se me echó encima, y sólo por verdadero milagro conseguí escapar de entre sus manos. Es un bruto, lo confieso, y me contentaré con la mitad de la recompensa si necesita usted la otra mitad.

Holker se echó a reír, y luego declaró alegremente que sus acreedores no se habían mostrado nunca tan insistentes como en aquellos momentos.

—Hoy —explicó el inspector—, deseo simplemente enseñarle el terreno, a fin de que podamos trazar un plan de acción. Pero he creído preferible que fuésemos armados, incluso en pleno día.

—Yo creo que ese tipo está loco. La recompensa será entregada a la persona que consiga su captura y su condena. Pero, si está loco, no podrán condenarle…

(Holker quedó tan dolorosamente afectado por la perspectiva de ese eventual fallo de la justicia, que se detuvo unos instantes en medio de la carretera, antes de reemprender la marcha con mucho menos entusiasmo).

—Desde luego, tiene el aspecto de un loco —convino Jaralson—. Debo reconocer que no había visto nunca un malhechor peor afeitado, peor vestido, peor todo lo que usted quiera, en la antigua y honorable cofradía de los vagabundos. Pero me he propuesto capturarle, y no estoy dispuesto a abandonar la empresa. De todos modos, si no dinero, obtendremos por lo menos algo de gloria. Nadie sospecha siquiera que pueda encontrarse a este lado de las montañas de la luna.

—De acuerdo —dijo Holker—, vamos a examinar el terreno… «donde no tardarás en reposar tú también» —añadió (ya que ésta era la frase ritual que antiguamente se grababa en las tumbas)—. Y, desde luego, es lo que le aguarda a usted si el viejo Branscom se cansa de su impertinente intromisión en sus asuntos. Y, a propósito, el otro día me enteré de que el viejo no se llama realmente Branscom.

—¿No? ¿Cómo se llama, entonces?

—No lo recuerdo. Como me había desinteresado por completo de este asunto, no presté demasiada atención a este detalle; pero tengo la impresión de que es algo parecido a Pardee… La mujer a quien tuvo el mal gusto de cortar el cuello era viuda cuando nuestro hombre la conoció.

Había venido a California a buscar a un pariente suyo… Pero, ya debe usted estar enterado de todo eso.

—Desde luego.

—Hay una cosa que me intriga: si no conoce usted el verdadero nombre del asesino, ¿cómo pudo encontrar la tumba de su esposa? El tipo que me ha informado dijo que el nombre estaba grabado en la lápida.

—Ignoro dónde se halla la tumba —respondió Jaralson, a regañadientes: era evidente que le molestaba tener que confesar su ignorancia acerca de aquel extremo—. Me limité a vigilar todo el cementerio. Parte de nuestro trabajo de esta mañana consistirá en localizar esa tumba. Mire, ahí está la Iglesia Blanca.

Hasta entonces, la carretera había estado bordeada de campos por ambos lados. Ahora, a mano izquierda se veía un bosque de encinas, de madroños, y de abetos gigantes que no dejaban ver más que el tronco, en tanto que las copas aparecían sumergidas en una niebla espectral. Durante algún tiempo, Holker no pudo ver el edificio señalado por su compañero; luego, cuando los dos hombres hubieron avanzado un trecho por entre los árboles, apareció confusamente en medio de la bruma, enorme, gris, lejano.

Como la mayor parte de las escuelas campesinas, tenía el aspecto de una caja rectangular; su tejado estaba cubierto de musgo; sus abiertas ventanas no tenían cristales ni postigos. Aunque estaba en ruinas, no era propiamente una ruina, sino un ejemplar perfecto de lo que California puede ofrecer como sucedáneo de los «monumentos del pasado» que nuestros turistas visitan en el extranjero. Sin dirigir una sola mirada a aquel edificio desprovisto de interés, Jaralson pasó ante él, murmurando:

—Voy a enseñarle el lugar donde me atacó ese hombre. Nos hallamos ya en el cementerio.

Esparcidos entre los arbustos veíanse varios cercados, cada uno de los cuales contenía una o más tumbas. Estas podían ser reconocidas por una lápida descolorida, una tabla podrida o una cerca de estacas que señalaba sus contornos. De cuando en cuando, el lugar donde reposaban los despojos de un pobre mortal abandonado de «sus amigos sumidos en la aflicción» quedaba señalado por una simple depresión del terreno, más duradera que la impresión que había dejado en el corazón de sus amigos su paso por la vida. Las avenidas habían desaparecido hacía muchísimo tiempo. La maleza y los arbustos habían crecido anárquicamente entre las tumbas, y por doquier reinaba una atmósfera de abandono y de decrepitud que en ninguna parte se hace tan ostensible como en una ciudad de muertos olvidados.

Mientras los dos hombres se abrían un camino a través de los arbustos, Jaralson, que marchaba en cabeza, se detuvo bruscamente, alzó el fusil a la altura de su pecho, murmuró una palabra de aviso y se quedó inmóvil, con la mirada fija ante él. Su compañero, a pesar de que no podía ver nada, adoptó la misma actitud y esperó los acontecimientos. Unos segundos después, Jaralson avanzó prudentemente, siendo imitado a continuación por Holker.

Bajo un enorme abeto yacía el cadáver de un hombre. De pie junto a él, los investigadores observaron los detalles que atraen la atención al primer momento: el rostro, la posición de los miembros, los vestidos, en suma, todo lo que responde con más claridad a las mudas preguntas de una curiosidad mezclada de compasión.

El cadáver estaba tendido de espaldas, con las piernas muy separadas. Uno de los brazos se alzaba hacia el cielo; el otro estaba doblado formando un ángulo agudo, con la mano cerca de la garganta. Los dos puños aparecían fuertemente crispados. Todos estos detalles revelaban una resistencia desesperada, aunque, inútil… Pero ¿contra qué, o contra quién?

No lejos del cadáver veíanse una escopeta de caza y un zurrón; las mallas de este último permitían ver el plumaje de varios pájaros muertos. Alrededor del cadáver se advertían las huellas de una lucha furiosa: las encinas enanas mostraban las ramas tronchadas; a lo largo de las piernas, unos pies que no eran los del muerto habían dejado su impronta en el montón de hojas podridas; cerca de las caderas veíanse las huellas clarísimas de dos rodillas humanas.

Una ojeada al rostro y a la garganta del cadáver puso de manifiesto la naturaleza de la lucha. En efecto, aquellas dos partes de su cuerpo aparecían de un color violáceo, en contraste con la blancura de las manos. Los hombros descansaban sobre una leve prominencia del terreno; aquella posición permitía que la cabeza quedase completamente echada hacia atrás, de modo que los dilatados ojos miraban en dirección opuesta a la de los pies. La boca, entreabierta y llena de espuma, permitía ver una lengua negra e hinchada. El cuello mostraba unas horribles contusiones: no ya simples huellas de dedos, sino heridas y laceraciones producidas por dos manos fuertes que, una vez hundidas en la carne, debieron prolongar su terrible opresión hasta mucho después de la muerte. El pecho, la garganta y el rostro estaban húmedos; los vestidos, empapados en agua; los cabellos y el bigote llenos de gotas que semejaban de rocío.

Los dos hombres contemplaron unos instantes en silencio aquel macabro espectáculo. Luego, Holker dijo:

—¡Pobre diablo! Indudablemente, debió pasar un mal rato.

Jaralson vigilaba atentamente los alrededores, sosteniendo el fusil con las dos manos, con el dedo apoyado en el gatillo.

—Esto ha sido obra de un loco —dijo, sin volver los ojos—. Y el asesino se llama Branscom… o Pardee.

Un objeto oculto entre las hojas muertas atrajo la atención de Holker. Era un pequeño cuaderno con las tapas de cuero rojo. Lo recogió y lo abrió. Contenía varias hojas blancas destinadas a tomar notas. La primera llevaba el nombre de Halpin Frayser. En las páginas siguientes, escritos con tinta roja y garabateados a toda prisa, casi ilegibles, había varios versos que Holker leyó en voz alta mientras su compañero escudriñaba con inquietud los confines grisáceos de su angosto universo, percibiendo una terrible amenaza en las gotas de agua que caían continuamente de las ramas de los árboles.

Un sortilegio me encadenó en medio de las tumbas,
en este bosque encantado lleno de claras tinieblas.
El mirto y el ciprés mezclaban sus ramas
y el sauce murmuraba negros secretos,
en tanto que encima del sendero
la siempreviva y la ortiga entrecruzaban sus tallos
formando severos arcos.
La abeja estaba callada, ningún pájaro cantaba;
el viento permanecía silencioso.
El aire estaba inerte, y el Silencio era
como un ser viviente en medio de la enramada.
Los espíritus malignos planeaban en la oscuridad
siniestros proyectos que herían mis oídos.
Los árboles goteaban sangre; yo podía ver
sus hojas llenas de una claridad rojiza.
¡Grité! Pero el poderoso sortilegio
mantuvo cautivas mi voluntad y mi alma.
Desesperado, temblando, impotente como un niño,
traté de luchar contra un funesto designio.
Y, al fin, la oscuridad…

Holker se interrumpió, pues no había más que leer; el escrito terminaba en medio de un verso.

—Ese poema parece de Bayne —dijo Jaralson, el cual no carecía de cierta cultura.

—¿Quién es Bayne? —preguntó su compañero en tono indiferente, mientras el inspector, renunciando a su vigilancia, contemplaba el cadáver tendido a sus pies.

—Un tipo que gozó de cierto renombre como poeta, hace cosa de un siglo. Escribió unos poemas realmente lúgubres. Yo poseo sus obras completas. Ese poema no figura en ellas, pero debieron omitirlo por error.

Hace frío —dijo Holker—. Marchémonos de aquí. Tenemos que dar cuenta en Napa de lo que hemos encontrado.

Jaralson emprendió la marcha sin decir palabra. Al pasar junto al cadáver, su pie tropezó con un objeto duro que se hallaba debajo de las hojas podridas. Se inclinó a recogerlo. Era un trozo de lápida sobre el cual aparecía escrito un nombre, apenas legible: «Catherine Larue».

—¡Larue! —exclamó Holker vivamente—. ¡Ese es el verdadero nombre de Branscom! Sí, Larue, y no Pardee. Y, ahora recuerdo otra cosa: ¡la mujer asesinada se llamaba Frayser!

—En todo este asunto hay un siniestro misterio —dijo el inspector Jaralson—. No me gusta un pelo.

Entonces, en el corazón de la niebla, a una distancia incalculable, resonó una carcajada ahogada, sin corazón y sin alma, tan desprovista de alegría como la risa de una hiena en medio del desierto; una carcajada que gradualmente se hizo más fuerte, más audible, más terrorífica; una carcajada tan inhumana, tan diabólica, que inspiró a aquellos dos rudos cazadores de hombres un indecible horror. No se les ocurrió siquiera la idea de empuñar sus armas; los fusiles eran impotentes contra la amenaza de aquel horrible sonido. La carcajada se extinguió en la lejanía, de donde había llegado. El grito culminante que había resonado casi en los mismos oídos de los dos hombres se atenuó lentamente mientras flotaba hacia el horizonte, hasta que sus notas supremas, siempre maquinales y sin alegría, hubieron desaparecido en un silencio total, a una distancia incalculable.

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Ficha bibliográfica

Autor: Ambrose Bierce
Título: La muerte de Halpin Frayser
Título original: The Death of Halpin Frayser
Publicado en: The Wave, 19 de Diciembre de 1891
Traducción: Alfredo Herrera – José María Aroca

[Relato completo]

Ambrose Bierce

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