Ambrose Bierce: Los ojos de la pantera

Ambrose Bierce - Los ojos de la pantera
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Sinopsis: «Los ojos de la pantera» (The Eyes of the Panther) es un relato de Ambrose Bierce, publicado el 17 de octubre de 1897 en el San Francisco Examiner. Jenner Brading e Irene Marlowe se aman, pero ella se resiste obstinadamente a casarse con él. Ante la insistencia de Jenner por conocer el motivo de su negativa, Irene le narra una extraña y macabra historia familiar ocurrida en una cabaña aislada en el bosque, un episodio que habría dejado una profunda huella en su vida y que parece impedirle cualquier compromiso matrimonial.

Ambrose Bierce - Los ojos de la pantera

Los ojos de la pantera

Ambrose Bierce
(Cuento completo)

I. Uno no siempre se casa cuando está loco

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Un hombre y una mujer —la naturaleza había hecho el agrupamiento— estaban sentados en un rústico banco al caer la tarde. El hombre era de mediana edad, esbelto, bronceado; tenía la expresión de un poeta y la tez de un pirata: un hombre llamativo al que uno miraría por segunda vez. La mujer era joven, rubia, llena de gracia, con algo en su figura y en sus movimientos que sugería la palabra «agilidad». Vestía un traje gris, cuya tela tenía extrañas manchas marrones. Quizá era hermosa, pero no era fácil afirmarlo, porque sus ojos impedían prestar atención al resto del rostro: eran de un verde grisáceo, largos y estrechos, con una expresión que desafiaba todo análisis. De una sola cosa podía uno estar seguro: que inquietaban. Quizá Cleopatra tuvo unos ojos así.

El hombre y la mujer conversaban.

—Cierto —decía ella—. ¡Dios sabe que te amo! Pero casarme contigo… no. No puedo; no quiero.

—Irene, ya me has dicho eso muchas veces, pero siempre me has negado cualquier explicación. Tengo derecho a saberlo, a entenderlo, a medir y a poner a prueba mi fortaleza, si es que la tengo. Dame una razón.

—¿Para amarte?

Tras sus lágrimas y su palidez, la mujer sonreía. Pero aquello no despertó en el hombre el menor sentido del humor.

—No; para eso no hay razón. Una razón para no casarte conmigo. Tengo derecho a saberlo. Debo saberlo. ¡Lo sabré!

Se había levantado y estaba de pie ante ella, con las manos crispadas, con un surco en el rostro que lo hacía parecer ceñudo. Daba la impresión de estar dispuesto a saberlo, aunque para ello tuviera que estrangularla. Ella dejó de sonreír; permanecía sentada, mirando hacia arriba, al rostro de él, con una expresión fija que no parecía contener emoción ni sentimiento alguno. Sin embargo, había algo en ella que domeñó el resentimiento del hombre y lo hizo estremecerse.

—¿Estás decidido a conocer mi razón? —le preguntó en un tono totalmente mecánico, un tono que parecía ser su mirada hecha audible.

—Si no te pido demasiado.

Evidentemente, el señor de la creación estaba cediendo a su criatura parte de su dominio.

—Muy bien, entonces vas a saberlo: estoy loca.

El hombre se sobresaltó; luego pareció no creerla y cobró conciencia de que debía estar burlándose de él. Pero también ahí le falló el sentido del humor, de modo que, pese a su incredulidad, se sintió profundamente turbado por aquello en lo que no creía. Entre nuestras convicciones y nuestros sentimientos no hay buen entendimiento.

—Eso es lo que dirían los médicos… si lo supieran —continuó la mujer—. Yo preferiría considerarlo como un caso de «posesión». Siéntate y escucha lo que voy a decirte.

En silencio, el hombre volvió a sentarse a su lado, en el rústico banco que había al borde del camino. Frente a ellos, en el lado oriental del valle, las colinas enrojecían ya con el atardecer; y la quietud a su alrededor tenía esa cualidad peculiar que anuncia el crepúsculo. La solemnidad misteriosa y significativa del momento se había transmitido, de algún modo, al estado de ánimo del hombre. En el mundo espiritual hay, como en el material, signos y presagios de la noche.

Procurando no mirarla fijamente a los ojos, pues siempre que lo hacía cobraba conciencia de un terror indefinible que, pese a su belleza felina, le inspiraban, Jenner Brading escuchó en silencio la historia que le contó Irene Marlowe. Por deferencia al posible prejuicio del lector contra el método sin arte de una narradora inexperta, el autor se atreve a sustituir la versión de Irene por la suya.

II. Una habitación puede ser demasiado estrecha para tres, aunque uno esté fuera

En una pequeña cabaña de troncos, de una sola pieza, escasa y toscamente amueblada, había una mujer sentada en el suelo, con la espalda apoyada en una pared, apretando contra el pecho a una niña. Afuera, en todas direcciones, se extendía durante muchas millas un bosque denso e ininterrumpido. Era de noche y la habitación estaba a oscuras: ningún ojo humano habría podido distinguir a la mujer y a la niña. Sin embargo, eran observados de cerca y con vigilancia, sin que por un instante se relajara la atención; y éste es el hecho sobre el cual gira la presente narración.

Charles Marlowe era de esa clase de pioneros del bosque que ya ha desaparecido en este país: hombres que encontraban su ambiente más aceptable en las soledades selváticas que se extendían a lo largo de la vertiente oriental del valle del Mississippi, desde los Grandes Lagos hasta el Golfo de México. Durante más de cien años, generación tras generación, aquellos hombres avanzaron hacia el oeste con el rifle y el hacha, arrebatándole aquí y allá a la naturaleza y a sus hijos salvajes algunos acres aislados para cultivar, acres que tan pronto reclamaban como debían ceder a sus sucesores, menos aventureros pero más prósperos. Al final, tras franquear el borde del bosque, llegaron a campo abierto y se desvanecieron como si se hubieran precipitado por un risco. El pionero de los bosques ya no existe; el pionero de las llanuras —aquel cuya fácil tarea consistió en dominar y ocupar dos terceras partes del país en una sola generación— es una criatura distinta e inferior. Compartiendo con Charles Marlowe, en aquellas vastas soledades, los peligros, durezas y privaciones de esa vida extraña y poco provechosa, estaban su esposa y su hija, a quienes amaba apasionadamente, como era habitual entre los de su clase, para quienes las virtudes domésticas eran una religión. La mujer era todavía lo bastante joven como para ser bonita, y el terrible aislamiento de su suerte era tan reciente que aún podía sentirse alegre. Con una gran capacidad para ser feliz, aunque las simples satisfacciones de la vida en el bosque no bastaran para colmarla, el cielo la había tratado honorablemente, pues sus necesidades estaban abundantemente atendidas por las tareas ligeras de la casa, su hija, su esposo y unos cuantos libros necios.

Una mañana de mediados de verano, Marlowe tomó el rifle que colgaba de la pared en unos ganchos de madera, dando a entender su intención de salir a cazar.

—Tenemos carne de sobra —le dijo la esposa—. Hoy no salgas, por favor. Anoche tuve un sueño terrible. No puedo recordarlo, pero estoy casi segura de que, si sales, sucederá de verdad.

Es penoso confesar que Marlowe recibió aquella solemne afirmación con menos gravedad de la que correspondía a la naturaleza misteriosa de la calamidad presagiada. Para ser sinceros, se echó a reír.

—Intenta recordarlo —le dijo—. Quizá soñaste que Baby había perdido la facultad de hablar.

Esa conjetura se la sugirió, evidentemente, el hecho de que Baby, aferrándose al borde de la chaqueta de caza del padre con sus diez deditos regordetes, expresaba en ese momento lo que le producía la situación con una serie de exultantes «gu-gus», inspirados por el gorro de piel de mapache de su padre.

La mujer cedió: como carecía de sentido del humor, no pudo resistir las amables bromas de su marido. Así que él, después de besar a la madre y a la hija, salió de la casa, cerrando para siempre la puerta a la felicidad.

Al caer la noche, no había regresado. La mujer preparó la cena y aguardó. Luego acostó a Baby y le cantó suavemente hasta que se durmió. Para entonces, el fuego del hogar sobre el que había cocinado la cena se había apagado y la habitación estaba iluminada por una sola vela. La colocó en la ventana abierta como señal de bienvenida al cazador, por si acaso se acercaba por ese lado. Por precaución, había cerrado y atrancado la puerta contra los animales salvajes que pudieran preferirla a una ventana abierta; en cuanto a la costumbre de las fieras de entrar en una casa sin invitación, no estaba bien informada, pero, con la auténtica previsión femenina, había considerado la posibilidad de que lo hicieran por la chimenea. A medida que avanzaba la noche, no se sentía menos ansiosa, pero sí más somnolienta, y al fin apoyó los brazos en la cama, junto a la niña, y dejó caer la cabeza sobre ellos. La vela de la ventana se consumió hasta el candelero, chisporroteó y llameó un instante y se apagó sin que nadie la viera, pues la mujer dormía y estaba soñando.

En el sueño, se encontraba sentada junto a la cuna de una segunda hija. La primera había muerto. El padre había muerto. La cabaña del bosque se había perdido, y el lugar donde vivía no le resultaba familiar. Tenía pesadas puertas de roble que permanecían siempre cerradas, y por fuera de las ventanas, encajadas en los gruesos muros de piedra, había barras de hierro que evidentemente (así lo pensó ella) estaban allí contra los indios. Todo aquello lo percibía con una infinita piedad por sí misma, pero sin sorpresa: una emoción desconocida en los sueños. El cobertor impedía ver a la niña en la cuna, pero algo la impulsó a apartarlo. Lo hizo, y quedó al descubierto el rostro de un animal salvaje. Despertó del sueño con el sobresalto de aquella revelación temible, temblando en la oscuridad de su cabaña del bosque.

Recobrando lentamente el sentido de lo que en verdad la rodeaba, tocó a la niña real y se aseguró de que respiraba y estaba bien; pero no pudo evitar pasarle suavemente una mano por el rostro.

Luego, movida por un impulso que probablemente no habría sabido explicar, se levantó, tomó en brazos a la bebé dormida y la apretó contra el pecho. Entonces se volvió hacia la pared junto a la cabecera de la cuna y, al alzar la mirada, vio dos objetos brillantes que despedían un resplandor verde rojizo en la oscuridad. Los tomó por dos carbones del hogar, pero, al orientarse, cobró conciencia, con inquietud, de que no estaban en esa zona de la habitación, sino demasiado altos, casi a la altura de sus ojos… de sus propios ojos. Pues eran los ojos de una pantera.

El animal estaba en la ventana abierta que tenía enfrente, a menos de cinco pasos. No se veía nada más que aquellos ojos terribles, pero en el tumulto angustiado de sus sentimientos, al comprender la situación, supo de algún modo que el animal estaba erguido sobre los cuartos traseros, con las patas delanteras apoyadas en la repisa de la ventana. Aquello significaba un interés maligno, no la simple satisfacción de una curiosidad indolente. La conciencia de su actitud fue un horror añadido que agravó la amenaza de aquellos ojos terribles, en cuyo fuego fijo se consumieron por completo la fuerza y el valor de la mujer. En su silencioso autoexamen, se estremeció y se sintió enferma. Le fallaron las rodillas y, poco a poco, tratando de evitar instintivamente cualquier movimiento brusco que provocara a la bestia a saltar sobre ella, fue deslizándose hacia abajo, se apoyó en la pared y trató de proteger al bebé con su cuerpo tembloroso, sin apartar la vista de aquellas esferas luminosas que la estaban matando. En su miseria, ni siquiera pensó en el regreso de su esposo: no tenía esperanza alguna, ni la menor idea de que pudiera escapar o de que alguien pudiera rescatarla. Su capacidad de pensar y sentir se había reducido a las dimensiones de una sola emoción: el miedo al salto del animal, al choque de su cuerpo, al golpe de sus grandes patas, al contacto de sus dientes en su garganta, a que devorara a su bebé. Totalmente inmóvil y en absoluto silencio, aguardó su destino mientras los instantes se convertían en horas, en años, en eras; pero durante todo ese tiempo, aquellos ojos diabólicos no dejaron de vigilar.

Al regresar tarde a su cabaña aquella noche, con un ciervo sobre los hombros, Charles Marlowe intentó abrir la puerta, pero no cedió. Llamó y no obtuvo respuesta. Dejó el ciervo en el suelo y rodeó la cabaña para ir hacia la ventana; al dar la vuelta a la esquina creyó oír pasos sigilosos y crujidos en el matorral del bosque, pero eran demasiado leves para estar seguro, por muy fino que fuera su oído. Se acercó a la ventana y se sorprendió al encontrarla abierta, pero pasó una pierna sobre la repisa y entró en la cabaña. Todo era oscuridad y silencio. Se abrió paso hasta el hogar, encendió una cerilla y prendió una vela. Luego miró a su alrededor y vio a su esposa acobardada en el suelo, apoyada en la pared, apretando a la niña. Cuando corrió hacia ella, se levantó y rompió a reír, con una risa prolongada, fuerte y mecánica, desprovista de alegría y de sentido: una risa parecida al chasquido metálico de una cadena. Sin advertir lo que hacía, él extendió los brazos hacia ella. Ella seguía sosteniendo a la bebé, pero estaba muerta: aplastada hasta morir en el abrazo de su madre.

III. La teoría de la defensa

Eso fue lo que sucedió una noche en un bosque, pero Irene Marlowe no se lo contó todo a Jenner Brading: ella misma no lo sabía todo. Cuando concluyó su relato, el sol se había hundido bajo el horizonte y el largo crepúsculo del verano empezaba a ahondarse en las hondonadas de la tierra. Brading guardó silencio unos instantes, pues esperaba que la historia continuara con alguna relación concreta con la conversación que la había provocado; pero la narradora permanecía tan silenciosa como él, con el rostro apartado, entrelazando y soltando las manos sobre el regazo, a modo de singular indicio de una actividad independiente de su voluntad.

—Es una historia triste, terrible —observó por fin Brading—, pero no la entiendo. Dices que Charles Marlowe es tu padre; y eso lo sé. Que envejeció antes de tiempo, destrozado por alguna gran pena; lo he visto… o creí verlo. Pero perdóname: no entiendo que digas que tú… que tú…

—Que estoy loca —respondió ella, sin el menor movimiento de la cabeza ni del cuerpo.

—Pero, Irene, dices… por favor, querida, no apartes la vista de mí: dices que la niña murió, no que se volvió loca.

—Sí, esa niña. Yo soy la segunda. Nací tres meses después de aquella noche, pues a mi madre se le permitió —por piedad— vivir hasta darme la vida.

Brading volvió a guardar silencio; se sentía algo aturdido y no se le ocurría nada adecuado que decir. Ella seguía con el rostro apartado. En su confusión, él estuvo a punto de tomar impulsivamente aquellas manos que ella abría y cerraba sobre el regazo, pero algo —aunque no supo qué— lo contuvo. Recordó entonces, vagamente, que nunca se interesó en tomar su mano.

—¿Es probable —prosiguió ella— que una persona nacida en esas circunstancias sea como las demás… como las que se consideran cuerdas?

Brading no respondió; lo inquietaba un pensamiento nuevo que empezaba a tomar forma en su mente: lo que un científico habría llamado una hipótesis, y un detective una teoría. Podía arrojar una luz adicional, aunque bastante fantástica, sobre las dudas acerca de la cordura de ella, dudas que su propia afirmación no había disipado.

El país era todavía nuevo y, fuera de los pueblos, estaba escasamente poblado. El cazador profesional seguía siendo una figura habitual, con las cabezas y las pieles de las presas mayores entre sus trofeos. Los relatos —de credibilidad diversa— sobre encuentros nocturnos con animales salvajes en caminos solitarios eran corrientes: atravesaban las fases habituales de crecimiento y decadencia y, por último, terminaban olvidados. Una adición reciente a esos apócrifos populares, que parecía haberse originado por generación espontánea en varios hogares, era la de una pantera que había asustado a algunos miembros de una familia mirándolos de noche desde una ventana. El cuento había provocado su pequeña oleada de excitación: incluso había alcanzado la distinción de ocupar un espacio en un periódico local. Brading no le había prestado atención, pero la semejanza con la historia que acababa de escuchar lo impresionó de un modo que difícilmente podía ser casual. ¿No era posible que una historia hubiera sugerido la otra: que, al encontrar condiciones propicias en una mente morbosa y una imaginación fértil, hubiese crecido hasta convertirse en el relato trágico que acababa de oír?

Brading recordó ciertas circunstancias de la vida de la joven y de su temperamento a las que, con la falta de curiosidad del enamorado, hasta entonces no había prestado atención: la vida solitaria que llevaba con su padre, en cuya casa, al parecer, nadie era admitido como visitante; el extraño miedo a la noche con el que quienes mejor la conocían explicaban que nunca se la viera después de oscurecer. Seguramente, en una mente así la imaginación habría ardido con una llama ingobernable, penetrándolo todo y envolviéndolo todo. De que estaba loca ya no le cabía duda, aunque esa convicción le causara el dolor más agudo; simplemente había confundido el efecto de su trastorno mental con su causa, atribuyéndose de manera imaginaria las extravagancias de los fabricantes de mitos del lugar. Con la vaga intención de poner a prueba su nueva «teoría», aunque sin idea concreta de cómo hacerlo, dijo con gravedad, pero vacilante:

—Irene, amor mío, quiero que me digas… te ruego que no te ofendas, pero dime…

—Ya te lo he dicho —lo interrumpió ella, con una franqueza apasionada que él nunca le había oído—: ya te he dicho por qué no podemos casarnos. ¿Hay algo más que valga la pena decir?

Antes de que pudiera detenerla, se levantó de un salto del banco y, sin palabra ni mirada, se deslizó entre los árboles hacia la casa de su padre. Brading se incorporó para retenerla; pero se quedó en pie, observándola en silencio, hasta que se desvaneció en la penumbra. De pronto se sobresaltó como si le hubieran disparado; su rostro adoptó una expresión de asombro y alarma: en una de las sombras negras en las que ella había desaparecido, Brading captó un vislumbre rápido y fugaz de unos ojos brillantes. Por un instante permaneció atónito e indeciso, pero enseguida se lanzó al bosque tras ella, gritando:

—¡Cuidado, Irene, cuidado! ¡La pantera! ¡La pantera!

Un momento después había atravesado la franja boscosa y llegado a campo abierto, a tiempo de ver cómo la falda gris de la joven desaparecía tras la puerta de su padre. No se veía por allí pantera alguna.

IV. Una apelación a la conciencia de Dios

El abogado Jenner Brading tenía su casa de campo en las afueras del pueblo. Justo detrás de ella estaba el bosque. Como era soltero y, por tanto, el draconiano código moral de la época y del lugar le negaba los servicios de la única especie de ayuda doméstica que allí se conocía —la «joven contratada»—, se alojaba en el hotel del pueblo, donde tenía también su despacho. La casa junto al bosque era simplemente un alojamiento que mantenía —desde luego sin grandes gastos— como muestra de prosperidad y respetabilidad. Era poco adecuado que aquel a quien un periódico local había señalado con orgullo como «el principal jurista de su tiempo» careciera de hogar, aunque a veces él sospechara que los términos «hogar» y «casa» no eran estrictamente sinónimos.

En efecto, su conciencia de esa disparidad y su voluntad de armonizarla fueron asuntos de deducción lógica, pues era sabido en general que, poco después de construirse la casa, su propietario había hecho un intento inútil de casarse: de hecho, había llegado al extremo de ser rechazado por la hermosa pero excéntrica hija del anciano Marlowe, el recluso. Esto era del dominio público y resultaba creíble porque lo había contado él mismo, y no ella, lo cual invertía el orden habitual de las cosas y, por tanto, difícilmente podía dejar de convencer.

El dormitorio de Brading estaba en la parte posterior de la casa, con una sola ventana que daba al bosque. Una noche lo despertó un ruido en la ventana; apenas pudo discernir de qué se trataba. Con una leve conmoción nerviosa, se incorporó en la cama y tomó el revólver que, con una previsión propia de quien tuviera por costumbre dormir en la planta baja con la ventana abierta, había puesto bajo la almohada. La habitación estaba en completa oscuridad; pero, sin sentirse aterrado, supo hacia dónde dirigir la mirada y aguardó en silencio lo que pudiera ocurrir. Pudo distinguir vagamente que se abría una zona en la que la negrura se aclaraba. Luego, en el borde inferior, aparecieron dos ojos relucientes, ardiendo con un brillo maligno que infundía un terror inexpresable. A Brading el corazón le dio un vuelco y luego pareció quedársele inmóvil. Un escalofrío le recorrió la espalda y el cuero cabelludo; sintió que la sangre abandonaba sus mejillas. No podía gritar, ni para salvar la vida; y, como era hombre de valor, ni para salvarla habría gritado, aunque hubiera podido. Sintió cierto temblor en su cuerpo cobarde, pero su espíritu era de un material más duro. Lentamente, los ojos brillantes se elevaron con un movimiento que parecía de aproximación; y lentamente también se alzó la mano derecha de Brading, sosteniendo la pistola. ¡Disparó!

Cegado por el fogonazo y aturdido por el estampido, Brading, sin embargo, escuchó —o creyó escuchar— el grito salvaje y agudo de la pantera, aunque le pareció sonar muy humano y le sugirió algo diabólico. Saltó de la cama, se vistió con rapidez y, con la pistola en la mano, salió por la puerta y se encontró con dos o tres hombres que llegaban corriendo desde la carretera. Tras un registro cuidadoso de la casa, les dio una breve explicación. La hierba estaba húmeda por el rocío, y bajo la ventana se veía un tramo pisoteado que formaba un rastro sinuoso, visible a la luz de una linterna, y que se internaba en los arbustos.

Uno de los hombres tropezó y cayó sobre las manos; al levantarse y frotárselas, advirtió que estaban resbaladizas. Al examinarlas, vieron que se le habían enrojecido con sangre.

Un encuentro con una pantera herida, sin ir armados, no era del agrado de ninguno; todos se dieron la vuelta, salvo Brading. Él, llevando una linterna y la pistola, se internó valientemente en el bosque. Tras cruzar una zona difícil de matorral bajo, llegó a un pequeño claro y allí encontró recompensa a su valor, pues vio el cuerpo de su víctima. Pero no era una pantera.

Eso es lo que se ha contado, incluso hasta el día de hoy, junto a una lápida gastada por el tiempo en el cementerio del pueblo; y durante muchos años lo atestiguó allí a diario, junto a la tumba, la figura encorvada y de rostro apenado del anciano Marlowe, a cuya alma —y a la de su extraña e infeliz hija— la lápida desea paz. Paz y reparación.

FIN

Ambrose Bierce - Los ojos de la pantera
  • Autor: Ambrose Bierce
  • Título: Los ojos de la pantera
  • Título Original: The Eyes of the Panther
  • Publicado en: San Francisco Examiner, 17 de octubre de 1897
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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