Sinopsis: «Kashtanka» (Каштанка) es un cuento de Antón Chéjov, publicado el 25 de diciembre de 1887 en el periódico Novoye Vremya. Narra la historia de Kashtanka, una joven perra mestiza que se extravía en las calles después de perder de vista a su amo, el ebanista Luka Alexandrich. Asustada, hambrienta y congelada por la nieve, Kashtanka se refugia en un portal, donde es encontrada por un desconocido que la acoge en su casa. Allí descubre un mundo nuevo, junto a otros animales, bajo el cuidado de un amo distinto y en una forma de vida diferente a la que conocía.

Kashtanka
Antón Chéjov
(Cuento completo)
I. Mala conducta
Una joven perra rojiza —cruce de teckel y perro callejero—, muy parecida por el hocico a una zorra, corría de un lado a otro por la acera y miraba inquieta a su alrededor. De vez en cuando se detenía y, gimiendo, levantando ora una pata helada, ora la otra, trataba de explicarse: ¿cómo había podido suceder que se extraviara?
Recordaba perfectamente cómo había pasado el día y cómo, al final, había ido a parar a aquella acera desconocida.
El día había comenzado cuando su amo, el ebanista Luka Alexandrich, se puso la gorra, tomó bajo el brazo una cosa de madera envuelta en un pañuelo rojo y gritó:
—¡Kashtanka, vamos!
Al oír su nombre, el cruce de teckel y perro callejero salió de debajo del banco de trabajo, donde había dormido sobre las virutas, se estiró con gusto y corrió tras su amo. Los clientes de Luka Alexandrich vivían terriblemente lejos, de modo que, antes de llegar a cada uno de ellos, el ebanista debía entrar varias veces en la taberna a reponerse. Kashtanka recordaba que por el camino se había comportado de manera extremadamente indecorosa. Alegre, porque la llevaban de paseo, saltaba, se lanzaba ladrando contra los vagones del tranvía tirado por caballos, corría a los patios y perseguía a los perros. El ebanista la perdía de vista a cada momento, se detenía y le gritaba con enfado. Una vez incluso, con expresión de codicia en el rostro, agarró con el puño su oreja de zorra, la zarandeó y pronunció con énfasis, separando las sílabas:
—¡Que… te… revien… tes… de cólera!
Después de visitar a los clientes, Luka Alexandrich entró un momento donde su hermana, en cuya casa comió y bebió; de casa de la hermana fue a ver a un conocido encuadernador; del encuadernador a la taberna; de la taberna a donde su compadre, y así sucesivamente. En una palabra, cuando Kashtanka llegó a la acera desconocida, ya anochecía y el ebanista estaba borracho como un zapatero. Agitaba los brazos y, suspirando profundamente, murmuraba:
—¡En pecado me parió mi madre en su vientre! ¡Ay, pecados, pecados! Ahora vamos por la calle y miramos los faroles, pero cuando muramos arderemos en el infierno de fuego…
O bien adoptaba un tono bonachón, llamaba a Kashtanka y le decía:
—Tú, Kashtanka, eres un ser insignificante y nada más. Comparada con el hombre eres lo mismo que un carpintero comparado con un ebanista…
Cuando conversaba con ella de este modo, de pronto retumbó música. Kashtanka miró a su alrededor y vio que por la calle, directamente hacia ella, avanzaba un regimiento de soldados. No soportando la música, que le alteraba los nervios, se agitó angustiada y aulló. Para su gran sorpresa, el ebanista, en lugar de asustarse, chillar y ladrar, sonrió ampliamente, se puso firme y se llevó toda la mano a la visera. Viendo que el amo no protestaba, Kashtanka aulló más fuerte y, sin darse cuenta, cruzó corriendo la calle hacia la otra acera.
Cuando volvió en sí, la música ya no sonaba y el regimiento no estaba. Cruzó la calle corriendo hacia el lugar donde había dejado a su amo, pero, ¡ay!, el ebanista ya no estaba allí. Se lanzó hacia adelante, luego hacia atrás, cruzó la calle una vez más, pero el ebanista parecía haberse evaporado… Kashtanka se puso a olfatear la acera, esperando encontrar a su amo por el olor de sus huellas, pero antes algún canalla había pasado con galochas de goma nuevas, y ahora todos los olores sutiles se mezclaban con el penetrante hedor del caucho, de modo que no se podía distinguir nada.
Kashtanka corría de un lado a otro y no encontraba a su amo, y mientras tanto oscurecía. A ambos lados de la calle se encendieron los faroles y en las ventanas de las casas aparecieron luces. Caía una nieve gruesa y esponjosa que teñía de blanco el pavimento, los lomos de los caballos, las gorras de los cocheros, y cuanto más oscurecía, más blancos se volvían los objetos. Pasando junto a Kashtanka, obstruyéndole el campo de visión y empujándola con los pies, iban y venían sin cesar desconocidos clientes. (Kashtanka dividía a toda la humanidad en dos partes muy desiguales: en amos y en clientes; entre unos y otros había una diferencia esencial: los primeros tenían derecho a pegarle, mientras que a los segundos ella misma tenía derecho a morderles las pantorrillas.) Los clientes se apresuraban a alguna parte y no le prestaban ninguna atención.
Cuando se hizo completamente oscuro, Kashtanka fue presa de la desesperación y el terror. Se apretó contra un portal y se puso a llorar amargamente. El viaje de todo el día con Luka Alexandrich la había agotado; las orejas y las patas se le habían helado, y además tenía un hambre terrible. En todo el día solo había comido dos veces: en casa del encuadernador había probado un poco de engrudo y en una de las tabernas había encontrado cerca del mostrador una tripa de salchicha, y eso era todo. Si hubiera sido un ser humano, seguramente habría pensado:
«No, así no se puede vivir. ¡Hay que pegarse un tiro!»
II. El misterioso desconocido
Pero ella no pensaba en nada y solo lloraba. Cuando la nieve blanda y esponjosa le cubrió por completo la espalda y la cabeza y ella, de agotamiento, se sumió en una pesada somnolencia, de pronto la puerta del portal chasqueó, chirrió y le golpeó el costado. Ella se levantó de un salto. Por la puerta abierta salió un hombre cualquiera, perteneciente a la clase de los clientes. Como Kashtanka gimió y se metió entre sus pies, no pudo dejar de verla. Se inclinó hacia ella y preguntó:
—¿Perrita, de dónde vienes? ¿Te he hecho daño? Oh, pobre, pobre… Vamos, no te enfades, no te enfades… Perdona.
Kashtanka miró al desconocido a través de los copos de nieve que colgaban de sus pestañas y vio ante ella a un hombrecillo bajo y gordito, con el rostro redondo y afeitado, con sombrero de copa y con el abrigo desabrochado.
—¿Por qué gimes? —continuó él, quitando con el dedo la nieve de su lomo—. ¿Dónde está tu amo? Debes de haberte perdido. ¡Ah, pobre perrita! ¿Qué vamos a hacer ahora?
Captando en la voz del desconocido una nota cálida y cordial, Kashtanka le lamió la mano y gimió aún más lastimosamente.
—¡Eres buena y graciosa! —dijo el desconocido—. ¡Toda una zorrita! Bueno, qué se le va a hacer, ven conmigo. Quizás puedas servir para algo… Bueno, ¡vamos!
Chasqueó los labios e hizo a Kashtanka una señal con la mano que solo podía significar una cosa: «¡Vamos!» Kashtanka fue.
No más de media hora después ya estaba sentada en el suelo en una habitación grande y luminosa y, inclinando la cabeza hacia un lado, con ternura y curiosidad miraba al desconocido, que estaba sentado a la mesa y cenaba. Él comía y le tiraba algo… Primero le dio pan y una corteza verde de queso, luego un trozo de carne, medio pastelillo, huesos de pollo, y ella, del hambre que tenía, se lo comió todo tan rápido que no tuvo tiempo de distinguir el sabor. Y cuanto más comía, más fuerte sentía el hambre.
—Tus amos te alimentan muy mal —decía el desconocido, mirando con qué feroz avidez tragaba los pedazos sin masticar—. Qué flaca estás. Piel y huesos…
Kashtanka comió mucho, pero no quedó saciada, sino que solo se embriagó de comida. Después de la cena se tumbó en medio de la habitación, estiró las patas y, sintiendo en todo el cuerpo una languidez agradable, movió la cola. Mientras su nuevo amo, repantigado en el sillón, fumaba un cigarro, ella movía la cola y se planteaba la cuestión: ¿dónde era mejor, en casa del desconocido o en casa del ebanista?
En casa del desconocido el mobiliario era pobre y feo; excepto los sillones, el diván, la lámpara y las alfombras, no había nada, y la habitación parecía vacía; en cambio, en casa del ebanista toda la vivienda estaba abarrotada de cosas: tenía una mesa, el banco de trabajo, un montón de virutas, cepillos, formones, sierras, una jaula con un jilguero, una palangana… En casa del desconocido no olía a nada, mientras que en la vivienda del ebanista siempre había una nube de humo y olía maravillosamente a cola, a barniz y a virutas. Por otro lado, el desconocido tenía una ventaja muy importante: daba mucha comida y, hay que hacerle plena justicia, cuando Kashtanka estaba sentada frente a la mesa mirándole con ternura, ni una sola vez la golpeó, ni pateó el suelo ni le gritó: «¡Fuera, maldita!»
Después de fumar el cigarro, el nuevo amo salió y al minuto volvió llevando en las manos un pequeño colchoncillo.
—Eh, tú, perra, ven —dijo, colocando el colchoncillo en un rincón junto al diván—. Acuéstate aquí. ¡Duerme!
Luego apagó la lámpara y salió. Kashtanka se tumbó en el colchoncillo y cerró los ojos; desde la calle se oyó un ladrido y ella quiso responderle, pero de pronto inesperadamente se apoderó de ella la tristeza. Recordó a Luka Alexandrich, a su hijo Fediushka, el acogedor rinconcito bajo el banco de trabajo…
Recordó que en las largas tardes de invierno, cuando el ebanista cepillaba o leía en voz alta el periódico, Fediushka solía jugar con ella… La sacaba de las patas traseras de debajo del banco de trabajo y le hacía tales travesuras que ella veía todo verde y le dolían todas las articulaciones. La obligaba a caminar sobre las patas traseras, hacía de ella una campana, es decir, le tiraba fuerte de la cola, por lo que ella chillaba y ladraba, le daba a oler tabaco… Especialmente torturante era el siguiente truco: Fediushka ataba con un hilo un pedazo de carne y se lo daba a Kashtanka; luego, cuando ella se lo tragaba, con ruidosas carcajadas lo sacaba de vuelta de su estómago. Y cuanto más vívidos eran los recuerdos, más fuerte y angustiada gemía Kashtanka.
Pero pronto el cansancio y el calor vencieron a la tristeza… Empezó a dormirse. En su imaginación comenzaron a corretear perros; pasó, entre otros, un viejo caniche peludo que había visto hoy en la calle, con una nube en el ojo y con mechones de pelo alrededor de la nariz. Fediushka, con un cincel en la mano, persiguió al caniche; luego, de pronto, él mismo se cubrió de pelo lanudo, ladró alegremente y apareció junto a Kashtanka. Kashtanka y él se olfatearon amistosamente las narices y salieron corriendo a la calle…
III. Un nuevo y muy agradable conocimiento
Cuando Kashtanka despertó, ya era de día y desde la calle llegaba el ruido que solo hay durante el día. En la habitación no había un alma. Kashtanka se estiró, bostezó y, enfadada y huraña, se paseó por ella. Olfateó los rincones y los muebles, miró en el recibidor y no encontró nada interesante. Además de la puerta que daba al recibidor, había otra puerta más. Después de pensar, Kashtanka la arañó con ambas patas, la abrió y entró en la siguiente habitación. Allí, en la cama, tapado con una manta de bayeta, dormía el cliente en quien reconoció al desconocido del día anterior.
—Grrr… —gruñó, pero, recordando la cena, movió la cola y se puso a olfatear.
Olfateó la ropa y las botas del desconocido y encontró que olían mucho a caballo. Del dormitorio salía otra puerta más, también cerrada. Kashtanka arañó esta puerta, la empujó con el pecho, la abrió y de inmediato sintió un olor extraño, muy sospechoso. Presintiendo un encuentro desagradable, gruñendo y mirando a su alrededor, Kashtanka entró en un cuartito con un sucio empapelado y retrocedió con miedo. Vio algo inesperado y terrible. Con el cuello y la cabeza inclinados hacia el suelo, las alas extendidas y siseando, directamente hacia ella avanzaba un ganso gris. Un poco más lejos de él, en un colchoncillo, yacía un gato blanco; al ver a Kashtanka, se levantó de un salto, arqueó el lomo, levantó la cola, erizó el pelo y también siseó.
La perra se asustó de verdad, pero, no queriendo mostrar su miedo, ladró fuerte y se lanzó contra el gato… El gato arqueó el lomo aún más, siseó y golpeó a Kashtanka con la pata en la cabeza. Kashtanka retrocedió de un salto, se agachó sobre las cuatro patas y, estirando el hocico hacia el gato, estalló en ladridos fuertes y agudos; en ese momento el ganso se acercó por detrás y le picoteó dolorosamente en la espalda. Kashtanka se levantó de un salto y se lanzó contra el ganso…
—¿Pero qué pasa aquí? —se oyó una voz fuerte y enfadada, y entró en la habitación el desconocido, en bata y con un cigarro entre los dientes—. ¿Qué significa esto? ¡A su sitio!
Se acercó al gato, le dio un pequeño golpe en el lomo arqueado y dijo:
—Fiodor Timofeich, ¿qué es esto? ¿Has armado pelea? ¡Ah, viejo sinvergüenza! ¡Échate!
Y, volviéndose hacia el ganso, gritó:
—¡Ivan Ivanich, a tu sitio!
El gato se echó dócilmente en su colchoncito y cerró los ojos. A juzgar por la expresión de su hocico y de sus bigotes, él mismo estaba descontento de haberse acalorado y de haberse metido en pelea. Kashtanka gimió, ofendida, mientras el ganso estiró el cuello y habló a la carrera, acalorado y con gran articulación, pero de un modo completamente incomprensible.
—Está bien, está bien —dijo el amo, bostezando—. Hay que vivir en paz y amistad. —Acarició a Kashtanka y continuó—: Y tú, rojita, no tengas miedo… Esta es buena gente: no te harán daño. Espera, ¿cómo te vamos a llamar? Sin nombre no se puede, hermana.
El desconocido pensó y dijo:
—Esto es lo que… Tú serás Tiotka… ¿Entiendes? ¡Tiotka!
Y, después de repetir varias veces la palabra “Tiotka”, salió. Kashtanka se sentó y se puso a observar. El gato permanecía inmóvil en su colchoncito y fingía dormir. El ganso, estirando el cuello y pisoteando en el mismo lugar, continuaba hablando de algo rápida y acaloradamente. Por lo visto era un ganso muy inteligente: después de cada largo discurso siempre retrocedía sorprendido y fingía admirarse de lo que acababa de decir… Luego de escucharlo y responderle “grrr…”, Kashtanka se puso a olfatear los rincones. En uno de ellos había un pequeño comedero: vio guisantes en remojo y cortezas de centeno reblandecidas. Probó los guisantes: no estaban buenos. Probó las cortezas y se puso a comer. El ganso no se ofendió en absoluto de que una perra desconocida comiera su alimento; por el contrario, habló aún más acaloradamente y, para mostrar su confianza, él mismo se acercó al comedero y comió unos cuantos guisantes.
IV. Prodigios y maravillas
Poco después entró de nuevo el desconocido y trajo consigo una cosa extraña, parecida a una puerta y a la letra A. De la barra transversal de esa A de madera, toscamente ensamblada, colgaba una campana y estaba atada una pistola; del badajo de la campana y del gatillo de la pistola colgaban unas cuerdecitas. El desconocido colocó la A en medio de la habitación, estuvo largo rato desatando y atando algo; luego miró al ganso y dijo:
—¡Ivan Ivanich, si es tan amable!
El ganso se acercó y se detuvo en posición de espera.
—Bien —dijo el desconocido—, empecemos desde el principio. Primero haz una reverencia. ¡Rápido!
Ivan Ivanich estiró el cuello, asintió hacia todos lados y arrastró la patita.
—Así, bien hecho… Ahora, ¡muérete!
El ganso se echó de espaldas y levantó las patas hacia arriba. Después de realizar algunos trucos más de poca importancia, el desconocido de pronto se agarró la cabeza, puso expresión de horror y gritó:
—¡Socorro! ¡Fuego! ¡Nos quemamos!
Ivan Ivanich corrió hacia la A, tomó con el pico la cuerda y tocó la campana.
El desconocido quedó muy satisfecho. Acarició al ganso en el cuello y dijo:
—Bien hecho, Ivan Ivanich. Ahora imagina que eres joyero y comerciante de oro y brillantes. Imagina que llegas a tu tienda y encuentras allí ladrones. ¿Cómo actuarías en ese caso?
El ganso tomó con el pico la otra cuerdecita y tiró: de inmediato resonó un disparo ensordecedor. A Kashtanka le gustó mucho el sonido de la campana, pero el disparo la puso en tal éxtasis que corrió alrededor de la A y ladró.
—¡Tiotka, a tu sitio! —le gritó el desconocido—. ¡Silencio!
El trabajo de Ivan Ivanich no terminó con el disparo. El desconocido lo tuvo toda una hora dando vueltas alrededor de él atado a una cuerda y haciendo restallar el látigo; después, el ave tuvo que saltar por encima de una barrera y a través de un aro, sentarse sobre la cola y agitar, al mismo tiempo, las patas. Kashtanka no quitaba los ojos de Ivan Ivanich, aullaba de entusiasmo y varias veces se ponía a correr tras él con ladridos sonoros. Después de cansar al ganso y a sí mismo, el desconocido se secó el sudor de la frente y gritó:
—¡María, llama aquí a Javronia Ivanovna!
Un minuto después se oyó un gruñido… Kashtanka gruñó también, puso cara de valentía y, por si acaso, se acercó más al desconocido. Se abrió la puerta: una vieja asomó la cabeza en la habitación y, después de decir algo, dejó pasar a una cerda negra muy fea. Sin prestar la menor atención a los gruñidos de Kashtanka, la cerda levantó su hocico y gruñó alegremente. Por lo visto le resultaba muy agradable ver a su amo, al gato y a Ivan Ivanich. Cuando se acercó al gato y lo empujó suavemente con el hocico bajo el vientre, y luego habló de algo con el ganso, en sus movimientos, en su voz y en el temblor de su colita se sentía mucha bondad. Kashtanka comprendió enseguida que era inútil gruñir y ladrarles a sujetos así.
El amo retiró la A y gritó:
—¡Fiodor Timofeich, si es tan amable!
El gato se levantó, se estiró perezosamente y, de mala gana, como si hiciera un favor, se acercó a la cerda.
—Bien, empecemos con la pirámide egipcia —comenzó el amo.
Explicó algo durante largo rato; luego dio la orden:
—¡Uno… dos… tres!
Ivan Ivanich, al oír la palabra “tres”, agitó las alas y saltó sobre el lomo de la cerda… Cuando, balanceándose con las alas y el cuello, se afianzó sobre el lomo erizado, Fiodor Timofeich, lánguido y perezoso, con evidente desdén y con un aire como si despreciara su arte y no diera ni un centavo por él, trepó al lomo de la cerda; luego se subió de mala gana al ganso y se puso sobre las patas traseras. El resultado fue aquello que el desconocido llamaba la pirámide egipcia. Kashtanka chilló de entusiasmo, pero en ese momento el viejo gato bostezó y, perdiendo el equilibrio, se cayó del ganso. Ivan Ivanich se tambaleó y también se cayó. El desconocido gritó, agitó los brazos y se puso de nuevo a explicar algo. Después de trabajar una hora entera con la pirámide, el amo incansable se puso a enseñar a Ivan Ivanich a montar a caballo sobre el gato; luego empezó a enseñar al gato a fumar, etcétera.
La lección terminó cuando el desconocido se secó el sudor de la frente y salió. Fiodor Timofeich resopló con desdén, se echó en su colchoncito y cerró los ojos; Ivan Ivanich se dirigió al comedero, y la cerda fue llevada por la vieja. Gracias a la cantidad de nuevas impresiones, el día pasó para Kashtanka sin que se diera cuenta, y por la tarde ella, con su colchoncito, ya estaba instalada en el cuartito del empapelado sucio y pasó la noche en compañía de Fiodor Timofeich y del ganso.
V. ¡Talento! ¡Talento!
Pasó un mes.
Kashtanka ya se había acostumbrado a que cada tarde la alimentaran con una cena sabrosa y la llamaran Tiotka. Se había acostumbrado también al desconocido y a sus nuevos compañeros. La vida transcurría como sobre ruedas.
Todos los días comenzaban igual. Habitualmente el primero en despertarse era Ivan Ivanich, y de inmediato se acercaba a Tiotka o al gato, arqueaba el cuello y empezaba a hablar de algo acalorada y persuasivamente, pero, como antes, de manera incomprensible. A veces levantaba la cabeza y pronunciaba largos monólogos. En los primeros días, Kashtanka pensaba que hablaba tanto porque era muy inteligente, pero pasó poco tiempo y ella perdió todo respeto por él: cuando se le acercaba con sus largos discursos, ya no movía la cola, sino que lo trataba como a un charlatán molesto que no dejaba dormir a nadie y, sin ceremonia alguna, le respondía: “grrr…”
Fiodor Timofeich, en cambio, era un señor de otro tipo. Al despertarse no emitía ningún sonido, no se movía y ni siquiera abría los ojos. De buena gana no se habría despertado, porque, por lo que se veía, no le gustaba mucho la vida. Nada le interesaba: a todo lo trataba con languidez y negligencia, despreciaba todo e incluso, al comer su sabrosa cena, resoplaba con desdén.
Al despertarse, Kashtanka empezaba a caminar por las habitaciones y a olfatear los rincones. Solo a ella y al gato se les permitía andar por toda la vivienda; el ganso, en cambio, no tenía derecho a cruzar el umbral del cuartito del empapelado sucio, y Javronia Ivanovna vivía en algún lugar del patio, en un cobertizo, y aparecía solo durante las lecciones. El amo se despertaba tarde y, después de tomar el té, enseguida se ponía con sus trucos. Cada día traían al cuartito la A, el látigo, los aros, y cada día se hacía casi lo mismo. La lección duraba de tres a cuatro horas, de modo que a veces Fiodor Timofeich, de cansancio, se tambaleaba como un borracho; Ivan Ivanich abría el pico y respiraba pesadamente, y el amo se ponía colorado y no alcanzaba a secarse el sudor de la frente.
La lección y la cena hacían los días muy interesantes, pero las tardes transcurrían aburridas. Habitualmente, por las tardes, el amo se iba a alguna parte y se llevaba consigo al ganso y al gato. Quedándose sola, Tiotka se echaba en su colchoncito y empezaba a entristecerse… El abatimiento se apoderaba de ella de algún modo imperceptible y la dominaba gradualmente, como la oscuridad domina una habitación. Empezaba porque la perra perdía todas las ganas de ladrar, de comer, de correr por las habitaciones e incluso de mirar; luego, en su imaginación, aparecían dos figuras borrosas —no se sabía si perros o personas—, con fisonomías simpáticas y dulces, pero incomprensibles; al surgir ellas, Tiotka movía la cola, y le parecía que las había visto en alguna parte, alguna vez, y que las había querido… Y, al dormirse, siempre sentía que esas figuritas olían a cola, a virutas y a barniz.
Cuando ya se había acostumbrado por completo a la nueva vida y de perra callejera flaca y huesuda se había convertido en una perra satisfecha y bien cuidada, una vez, antes de la lección, el amo la acarició y dijo:
—Ya es hora, Tiotka, de ponernos a trabajar en serio. Basta de holgazanear. Quiero hacer de ti una artista… ¿Quieres ser artista?
Y empezó a enseñarle diversas ciencias. En la primera lección aprendió a estar de pie y caminar sobre las patas traseras, lo que le gustó muchísimo. En la segunda lección debía saltar sobre las patas traseras y atrapar azúcar que el maestro sostenía bien alto sobre su cabeza. Luego, en las lecciones siguientes, bailaba, corría atada a una cuerda, aullaba con la música, tocaba la campana y disparaba, y al cabo de un mes ya podía reemplazar con éxito a Fiodor Timofeich en la “pirámide egipcia”. Aprendía con mucho gusto y estaba contenta con sus progresos: correr con la lengua afuera, atada a la cuerda, saltar a través del aro y montar a caballo sobre el viejo Fiodor Timofeich le proporcionaban el mayor placer. Cada truco logrado lo acompañaba con ladridos sonoros y entusiastas, y el maestro se sorprendía, se entusiasmaba también y se frotaba las manos.
—¡Talento! ¡Talento! —decía—. ¡Talento indudable! ¡Tendrás éxito sin duda!
Y Tiotka se acostumbró tanto a la palabra “talento” que, cada vez que el amo la pronunciaba, se levantaba de un salto y miraba a su alrededor, como si fuera su nombre.
VI. Una noche inquieta
Tiotka tuvo un sueño perruno: un portero la perseguía con una escoba, y se despertó sobresaltada.
En el cuartito había silencio, oscuridad y un bochorno sofocante. Le picaban las pulgas. Nunca antes Tiotka había tenido miedo de la oscuridad, pero ahora, por alguna razón, se sentía inquieta y le daban ganas de ladrar. En la habitación contigua el amo suspiró fuerte; un poco después, en su cobertizo, gruñó la cerda, y otra vez todo quedó en silencio. Cuando uno piensa en comida, el alma se alivia, y Tiotka se puso a pensar en cómo hoy le había robado a Fiodor Timofeich una pata de pollo y la había escondido en la sala, entre el armario y la pared, donde había mucha telaraña y polvo. ¿No sería buena idea ir ahora a ver si aquella pata seguía entera? Era muy posible que el amo la hubiera encontrado y se la hubiera comido. Pero antes de la mañana no se podía salir del cuartito: esa era la regla. Tiotka cerró los ojos para dormirse cuanto antes, pues sabía por experiencia que cuanto antes te duermes, antes llega la mañana.
Pero de pronto, no lejos de ella, resonó un grito extraño que la hizo estremecerse y ponerse en pie. Era Ivan Ivanich quien había gritado, y su grito no era parlanchín y persuasivo, como de costumbre, sino salvaje, penetrante y antinatural, parecido al chirrido de un portón al abrirse. Sin distinguir nada en la oscuridad y sin entender qué pasaba, Tiotka sintió aún más miedo y gruñó:
—Grrrrr…
Pasó un rato —el que se necesita para roer un buen hueso— y el grito no se repitió. Tiotka poco a poco se calmó y empezó a adormecerse. Soñó con dos perros grandes y negros, con mechones de pelo viejo en los muslos y los costados; comían con avidez, de una palangana grande, unas lavazas de las que salía vapor blanco y un olor muy sabroso; de vez en cuando miraban a Tiotka, enseñaban los dientes y gruñían: “¡A ti no te daremos!” Pero de la casa salió corriendo un hombre con abrigo y los ahuyentó con un látigo; entonces Tiotka se acercó a la palangana y se puso a comer, pero en cuanto el hombre salió por el portón, los dos perros negros se lanzaron rugiendo sobre ella, y de pronto volvió a resonar aquel grito penetrante.
—¡K-gué! ¡K-gué-gué! —gritó Ivan Ivanich.
Tiotka se despertó, se levantó de un salto y, sin moverse del colchoncillo, estalló en ladridos aullantes. Ya le parecía que no gritaba Ivan Ivanich, sino alguien extraño. Y, por alguna razón, en el cobertizo gruñó de nuevo la cerda.
Entonces se oyó el arrastrar de unas zapatillas y entró en el cuartito el amo, en bata, con una vela. La luz vacilante se extendió por el empapelado y por el techo y ahuyentó la oscuridad. Tiotka vio que en el cuartito no había nadie extraño. Ivan Ivanich estaba sentado en el suelo y no dormía. Tenía las alas extendidas y el pico abierto, y en general tenía el aspecto de estar muy cansado y tener sed. El viejo Fiodor Timofeich tampoco dormía: debía de haberse despertado también por el grito.
—Ivan Ivanich, ¿qué te pasa? —preguntó el amo al ganso—. ¿Por qué gritas? ¿Estás enfermo?
El ganso callaba. El amo le tocó el cuello, le acarició el lomo y dijo:
—Qué raro eres. Tú no duermes y no dejas dormir a los demás.
Cuando el amo salió y se llevó consigo la luz, volvió la oscuridad. Tiotka tenía miedo. El ganso no gritaba, pero a ella le volvió a parecer que en la oscuridad había alguien extraño. Lo más terrible era que a ese intruso no se le podía morder, porque era invisible y no tenía forma. Y, por alguna razón, pensaba que esa noche necesariamente debía ocurrir algo muy malo. Fiodor Timofeich también estaba inquieto. Tiotka oía cómo se revolvía en su colchoncillo, bostezaba y sacudía la cabeza.
En algún lugar de la calle golpearon un portón y en el cobertizo gruñó la cerda. Tiotka gimoteó, estiró las patas delanteras y apoyó la cabeza sobre ellas. En el golpeteo del portón, en el gruñido de la cerda —que por alguna razón no dormía—, en la oscuridad y en el silencio, se le antojó algo tan angustioso y terrible como en el grito de Ivan Ivanich. Todo estaba en alarma e inquietud, pero ¿por qué? ¿Quién era ese intruso que no se veía?
De pronto, junto a Tiotka, por un instante brillaron dos débiles chispas verdes. Era la primera vez, en todo el tiempo que llevaban conociéndose, que Fiodor Timofeich se acercaba a ella. ¿Qué necesitaba? Tiotka le lamió la pata y, sin preguntar por qué había venido, aulló suave, en distintos tonos.
—¡K-gué! —gritó Ivan Ivanich—. ¡K-gué-gué!
La puerta se abrió de nuevo y entró el amo con la vela. El ganso estaba sentado en la misma posición, con el pico abierto y las alas extendidas. Tenía los ojos cerrados.
—¡Ivan Ivanich! —llamó el amo.
El ganso no se movió. El amo se sentó delante de él en el suelo, lo miró en silencio durante un minuto y dijo:
—¡Ivan Ivanich! ¿Pero qué es esto? ¿Te estás muriendo acaso? ¡Ah, ahora recuerdo, recuerdo! —exclamó y se agarró la cabeza—. ¡Ya sé de qué se trata! Es porque hoy te pisó un caballo. ¡Dios mío, Dios mío!
Tiotka no entendía lo que decía el amo, pero por su cara vio que él también esperaba algo terrible. Estiró el hocico hacia la ventana oscura —en la que le parecía que miraba ese intruso— y aulló.
—Se está muriendo, Tiotka —dijo el amo, y juntó las manos—. Sí, sí, se está muriendo. La muerte ha entrado en su cuarto. ¿Qué vamos a hacer?
El amo, pálido e inquieto, suspirando y moviendo la cabeza, volvió a su dormitorio. Tiotka tenía miedo de quedarse en la oscuridad y fue tras él. El amo se sentó en la cama y repitió varias veces:
—Dios mío, ¿qué hacer?
Tiotka caminaba alrededor de su pierna, sin entender por qué tenía tanta angustia y por qué todos estaban tan inquietos, y, tratando de comprender, seguía cada uno de sus movimientos. Fiodor Timofeich, que rara vez abandonaba su colchoncillo, también entró en el dormitorio del amo y empezó a frotarse contra sus piernas. Sacudía la cabeza, como si quisiera sacudirse pensamientos pesados, y miraba con sospecha debajo de la cama.
El amo tomó un platillo, vertió en él agua de la palangana y volvió junto al ganso.
—Bebe, Ivan Ivanich —dijo tiernamente, poniendo el platillo ante él—. Bebe, querido.
Pero Ivan Ivanich no se movía ni abría los ojos. El amo le inclinó la cabeza hacia el platillo y hundió el pico en el agua, pero el ganso no bebía; extendió aún más las alas, y su cabeza quedó así, apoyada en el platillo.
—No, ya no se puede hacer nada —suspiró el amo—. Todo ha terminado. ¡Se ha perdido Ivan Ivanich!
Y por sus mejillas se deslizaron gotitas brillantes, como las que quedan en las ventanas cuando llueve. Sin entender de qué se trataba, Tiotka y Fiodor Timofeich se apretaron contra él y miraban al ganso con terror.
—Pobre Ivan Ivanich —decía el amo, suspirando tristemente—. Y yo que soñaba que en primavera te llevaría a la dacha y pasearía contigo por la verde hierba. Querido animal, buen compañero mío: ya no estás. ¿Cómo voy a arreglármelas ahora sin ti?
A Tiotka le parecía que con ella sucedería lo mismo; es decir, que ella también, así, sin saber por qué, cerraría los ojos, estiraría las patas, enseñaría el hocico, y todos la mirarían con terror. Por lo visto, pensamientos semejantes rondaban también la cabeza de Fiodor Timofeich. Nunca antes el viejo gato había estado tan sombrío y lúgubre como ahora.
Empezaba a amanecer, y en el cuartito ya no estaba aquel intruso invisible que tanto había asustado a Tiotka. Cuando amaneció del todo, vino el portero, tomó al ganso por las patas y se lo llevó a alguna parte. Y, poco después, apareció la vieja y se llevó el comedero.
Tiotka fue a la sala y miró detrás del armario: el amo no se había comido la pata de pollo; estaba en su lugar, con el polvo y la telaraña. Pero Tiotka estaba aburrida, triste y con ganas de llorar. Ni siquiera olfateó la pata, sino que se metió debajo del diván, se sentó allí y empezó a gimotear suave, con voz fina:
—Sku-sku-sku…
VII. Un debut fracasado
Una hermosa tarde el amo entró en el cuartito del sucio empapelado y, frotándose las manos, dijo:
—Bueno…
Quiso decir algo más, pero no lo dijo y salió. Tiotka, que durante las lecciones había estudiado perfectamente su rostro y su entonación, adivinó que estaba agitado, preocupado y, al parecer, enfadado. Poco después volvió y dijo:
—Hoy te llevaré conmigo a ti, Tiotka, y a Fiodor Timofeich. En la pirámide egipcia tú, Tiotka, reemplazarás al difunto Ivan Ivanich. ¡Qué diablos! ¡Nada está preparado, nada está aprendido, los ensayos fueron pocos! ¡Vamos a quedar en ridículo, vamos a fracasar!
Luego salió de nuevo y al minuto volvió con el abrigo de piel y el sombrero de copa. Acercándose al gato, lo tomó por las patas delanteras, lo levantó y se lo metió en el pecho, bajo el abrigo, mientras Fiodor Timofeich parecía muy indiferente y ni siquiera se molestó en abrir los ojos. Para él, por lo visto, daba absolutamente igual: estar echado, o que lo levantaran por las piernas, estar tirado en el colchoncillo o ir acomodado en el pecho del amo, bajo el abrigo…
—Tiotka, vamos —dijo el amo.
Sin entender nada y moviendo la cola, Tiotka fue tras él. Un minuto después ya estaba sentada en el trineo, junto a los pies del amo, y escuchaba cómo él, encogido de frío y de agitación, murmuraba:
—¡Vamos a quedar en ridículo! ¡Vamos a fracasar!
El trineo se detuvo ante un edificio grande y extraño, parecido a una sopera volcada. La larga entrada de ese edificio, con tres puertas de cristal, estaba iluminada por una docena de faroles brillantes. Las puertas se abrían con estrépito y, como bocas, se tragaban a la gente que pululaba en la entrada. Había mucha gente; a menudo llegaban corriendo caballos hasta la entrada, pero no se veían perros.
El amo tomó a Tiotka en brazos y la metió en el pecho, bajo el abrigo, donde estaba Fiodor Timofeich. Allí estaba oscuro y sofocante, pero cálido. Por un momento brillaron dos débiles chispas verdes: era el gato, que había abierto los ojos, inquieto por las patas frías y ásperas de su vecina. Tiotka le lamió la oreja y, tratando de acomodarse lo mejor posible, se movió inquieta, aplastándolo con sus patas frías, y sacó sin querer la cabeza de debajo del abrigo; pero enseguida gruñó enfadada y se volvió a meter. Le pareció haber visto una sala enorme y mal iluminada, llena de monstruos: desde detrás de tabiques y rejas que se extendían a ambos lados, asomaban rostros terribles: equinos, cornudos, de orejas largas, y un rostro gordo y enorme con una cola en lugar de nariz y con dos largos huesos roídos que le sobresalían de la boca.
El gato maulló roncamente bajo las patas de Tiotka, pero en ese momento el abrigo se abrió, el amo dijo “¡hop!” y Fiodor Timofeich, junto con Tiotka, saltaron al suelo.
Ya estaban en un cuartito con paredes de tablas grises; allí, aparte de una mesita con espejo, un taburete y trapos colgados en los rincones, no había ningún otro mueble; y, en lugar de lámpara o vela, ardía una llama brillante en forma de abanico, sujeta a un tubito clavado en la pared. Fiodor Timofeich se lamió el pelaje, aplastado por Tiotka, se metió debajo del taburete y se echó. El amo, todavía agitado y frotándose las manos, empezó a desvestirse… Se desvistió como solía hacerlo en casa, cuando se preparaba para acostarse bajo la manta de bayeta: se quitó todo excepto la ropa interior; luego se sentó en el taburete y, mirándose en el espejo, empezó a hacer consigo mismo cosas sorprendentes. Primero se puso en la cabeza una peluca con raya y con dos mechones que parecían cuernos; luego se embadurnó la cara con algo blanco y, sobre esa blancura, se dibujó cejas, bigote y colorete.
Sus preparativos no terminaron ahí. Después de ensuciarse la cara y el cuello, empezó a vestirse con un traje extraordinario, sin parecido con nada que Tiotka hubiera visto antes, ni en casas ni en la calle. Imagínense unos pantalones amplísimos, hechos de percal con flores grandes, como el que se usa en las casas de clase media para cortinas y para tapizar muebles: pantalones que se abotonaban justo a la altura de las axilas; una pernera era de percal marrón y la otra de amarillo claro. Ahogándose en ellos, el amo se puso además una chaquetilla de percal con un gran cuello dentado y con una estrella dorada en la espalda, medias de colores y zapatos verdes…
A Tiotka se le nublaron la vista y el alma. De aquella figura blanca y holgada emanaba el olor del amo; la voz también era la conocida, la del amo, pero había momentos en que Tiotka dudaba y entonces estaba dispuesta a huir de la figura abigarrada y ponerse a ladrarle. El lugar nuevo, la llama en forma de abanico, el olor, la metamorfosis del amo: todo eso le infundía un miedo indefinido y el presentimiento de que, en cualquier momento, se toparía con algún horror como aquel rostro gordo con una cola en lugar de nariz. Y además, en algún lugar detrás de la pared, a lo lejos, sonaba la odiosa música y de vez en cuando se oía un rugido incomprensible. Solo una cosa la tranquilizaba: la imperturbabilidad de Fiodor Timofeich. Dormitaba muy tranquilo debajo del taburete y no abría los ojos ni siquiera cuando movían el taburete.
Un hombre de frac y chaleco blanco asomó la cabeza en el cuartito y dijo:
—Enseguida sale miss Arabella. Después de ella, ustedes.
El amo no respondió nada. Sacó de debajo de la mesa un maletín pequeño, se sentó y se puso a esperar. Por los labios y por las manos se notaba que estaba agitado, y Tiotka oía cómo le temblaba la respiración.
—¡M-r Georges, si es tan amable! —gritó alguien detrás de la puerta.
El amo se levantó y se persignó tres veces; luego sacó de debajo del taburete al gato y lo metió en el maletín.
—Vamos, Tiotka —dijo en voz baja.
Tiotka, sin entender nada, se acercó a sus manos; él la besó en la cabeza y la metió junto a Fiodor Timofeich. Después vino la oscuridad… Tiotka pisoteaba al gato, arañaba las paredes del maletín y, del terror, no podía emitir ni un sonido, mientras el maletín se balanceaba como sobre olas y temblaba…
—¡Aquí estoy yo! —gritó fuerte el amo—. ¡Aquí estoy yo!
Tiotka sintió que, después de aquel grito, el maletín golpeó contra algo duro y dejó de balancearse. Resonó un rugido fuerte y denso: aplaudían a alguien, y ese alguien —probablemente el rostro con cola en lugar de nariz— rugía y se reía tan fuerte que temblaban los cerrojos del maletín. En respuesta al rugido, resonó la risa aguda y chillona del amo, con la que nunca se reía en casa.
—¡Ja! —gritó, tratando de gritar más fuerte que el rugido—. ¡Respetabilísimo público! Acabo de llegar de la estación. ¡Se me ha muerto mi abuela y me ha dejado una herencia! En el maletín hay algo muy pesado, evidentemente oro… ¡Jaa! Y de pronto aquí hay un millón. Ahora lo abriremos y veremos…
Chasqueó el cerrojo del maletín. Una luz brillante golpeó los ojos de Tiotka; ella saltó fuera del maletín y, ensordecida por el rugido, empezó a correr rápidamente, a toda velocidad, alrededor de su amo y estalló en ladridos sonoros.
—¡Ja! —gritó el amo—. ¡Tío Fiodor Timofeich! ¡Querida tía! ¡Queridos parientes, que los lleve el diablo!
Se dejó caer boca abajo sobre la arena, agarró al gato y a Tiotka y empezó a abrazarlos. Tiotka, mientras él la estrujaba en sus brazos, echó una ojeada de refilón al mundo al que el destino la había llevado y, impresionada por su grandiosidad, por un instante se quedó paralizada de sorpresa y éxtasis; luego se soltó de los brazos del amo y, por la intensidad de la impresión, como un trompo, giró en el mismo lugar. El nuevo mundo era enorme y estaba lleno de una luz brillante; mirara donde mirara, por todas partes, desde el suelo hasta el techo, solo se veían rostros, rostros, rostros, y nada más.
—¡Tía, le ruego que se siente! —gritó el amo.
Recordando lo que aquello significaba, Tiotka saltó a una silla y se sentó. Miró al amo. Sus ojos, como siempre, miraban serios y cariñosos, pero el rostro, sobre todo la boca y los dientes, estaba desfigurado por una amplia sonrisa inmóvil. Él se reía, saltaba, encogía los hombros y fingía estar muy alegre ante miles de rostros. Tiotka le creyó; de pronto sintió con todo su cuerpo que esos miles de rostros la miraban, levantó su hocico de zorra y aulló de alegría.
—Usted, tía, quédese sentada —le dijo el amo—, y nosotros con el tío bailaremos la kamarinskaya.
Fiodor Timofeich, esperando que lo obligaran a hacer tonterías, estaba de pie y miraba indiferente a los lados. Bailaba lánguidamente, negligentemente, sombríamente, y por sus movimientos, por su cola y por sus bigotes se veía que despreciaba profundamente tanto a la multitud como a la luz brillante, al amo y a sí mismo… Después de bailar su parte, bostezó y se sentó.
—Bien, tía —dijo el amo—, primero usted y yo cantaremos, y luego bailaremos. ¿De acuerdo?
Sacó del bolsillo una flautilla y empezó a tocar. Tiotka, sin soportar la música, se movió inquieta en la silla y aulló. De todos lados resonaron rugidos y aplausos. El amo hizo una reverencia y, cuando todo se calmó, continuó tocando… Durante la ejecución de una nota muy alta, alguien, arriba, entre el público, exclamó fuerte:
—¡Papá! —gritó una voz infantil—. ¡Pero si es Kashtanka!
—¡Kashtanka es! —confirmó un tenorcito ebrio y tembloroso—. ¡Kashtanka! Fediushka, es, que Dios me castigue, Kashtanka. ¡Fiu!
Alguien silbó en la galería, y dos voces, una infantil y otra masculina, llamaron fuerte:
—¡Kashtanka! ¡Kashtanka!
Tiotka se estremeció y miró hacia donde gritaban. Dos rostros —uno peludo, ebrio y con una mueca; otro regordete, de mejillas rojas y asustado— le golpearon la vista, como antes se la había golpeado la brillante luz … Ella recordó; se cayó de la silla y se revolcó en la arena; luego se levantó de un salto y, con un chillido de alegría, se lanzó hacia aquellos rostros. Resonó un rugido ensordecedor, atravesado de lado a lado por silbidos y por el grito agudo infantil:
—¡Kashtanka! ¡Kashtanka!
Tiotka saltó por encima de la barrera, luego por encima del hombro de alguien y apareció en un palco; para llegar al piso siguiente había que saltar una pared alta; Tiotka saltó, pero no alcanzó y se deslizó hacia abajo por la pared. Luego pasó de mano en mano, lamía manos y caras de desconocidos, avanzaba cada vez más arriba y, por fin, llegó a la galería…
Media hora después, Kashtanka caminaba por la calle detrás de unas personas que olían a cola y a barniz. Luka Alexandrich se bamboleaba e instintivamente, enseñado por la experiencia, trataba de mantenerse lejos de la cuneta.
—En el abismo del pecado me revuelco en mi vientre… —murmuraba—. Y tú, Kashtanka, eres un enigma. Comparada con el hombre eres lo mismo que un carpintero comparado con un ebanista.
Junto a él caminaba Fediushka con la gorra de su padre. Kashtanka les miraba la espalda y le parecía que llevaba mucho tiempo caminando detrás de ellos, y se alegraba de que su vida no se hubiera interrumpido ni por un minuto.
Recordaba el cuartito con el sucio empapelado, al ganso, a Fiodor Timofeich, las cenas sabrosas, las lecciones, el circo, pero todo aquello se le presentaba ahora como un sueño largo, confuso y pesado.
FIN
