Es una desgracia para un joven tener aficiones caras, grandes esperanzas de riqueza, parientes aristocráticos, pero sin dinero contante y sonante, y ninguna profesión con que poder ganarlo. El hecho es que mi padre, hombre bondadoso, optimista y complaciente, tenía una confianza tal en la riqueza y en la benevolencia de su hermano mayor, solterón, lord Southerton, que dio por hecho que yo, su único hijo, no necesitaría verme nunca en la necesidad de ganarme la vida. Imaginó que, aun en el caso de no existir para mí una vacante en las grandes posesiones de Southerton, encontraría al menos algún cargo en el servicio diplomático, que sigue siendo coto cerrado de nuestras clases privilegiadas. Falleció demasiado pronto para comprobar lo equivocado de sus cálculos. Ni mi tío ni el Estado se dieron por enterados de mí existencia, ni mostraron el menor interés por mi porvenir. Todo lo que me llegaba como recordatorio de que era el heredero de la casa de Otwell y de una de las mayores fortunas del país eran un par de faisanes de cuando en cuando, o una canastilla de liebres. Mientras tanto, me encontré soltero y ocioso, viviendo en un apartamento de Grosvenor Mansions, sin más ocupaciones que el tiro al pichón y jugar al polo en Hurlingham. Un mes tras otro fui comprobando que cada vez resultaba más difícil conseguir que los prestamistas me renovasen los pagarés y obtener más dinero a cuenta de las propiedades no vinculadas que había de heredar. Tenía a la vista la ruina, que se me presentaba cada día más clara, más inminente y más completa.

Lo que más vivamente me daba la sensación de mi pobreza era el hecho de que, aparte de la gran riqueza de lord Southerton, el resto de mis parientes gozaba de una posición desahogada. El más próximo era Everard King, sobrino de mi padre y primo carnal mío, que había llevado en Brasil una vida aventurera, regresando después a Inglaterra para disfrutar tranquilamente de su fortuna. Nunca supimos cómo la había ganado, pero era evidente que poseía mucho dinero, porque compró la finca de Greylands, cerca de Clipton-on-the-Marsh, en Suffolk. Durante su primer año de estancia en Inglaterra no me prestó mayor atención que mi avaricioso tío, pero una buena mañana de primavera recibí, con gran satisfacción y júbilo, una carta en la que me invitaba a ir aquel mismo día a su finca para una breve estancia en Greylands Court. Yo debía por aquel entonces hacer una visita bastante larga al tribunal de quiebras, o Bankruptcy Court, y esa interrupción me pareció casi providencial. Quizá pudiese salir adelante si me ganaba las simpatías de aquel pariente mío desconocido. No podía dejarme en la estacada, si tenía en algo el honor de la familia. Di orden a mi ayuda de cámara de que dispusiese mi maleta, y aquella misma tarde salí para Clipton-on-the-Marsh.

Después de cambiar de tren en Ipswich, el que tomé en ese empalme, que era un tren corto, me dejó en una estación pequeña y solitaria. Se alzaba en una llanura de praderas atravesada por un río de corriente perezosa que serpenteaba entre ribazos altos y fangosos que me hicieron comprender que la subida de la marea llegaba hasta allí. No me esperaba ningún coche (más tarde me enteré de que mi telegrama había llegado con retraso), así que alquilé uno en el mesón del pueblo. Al cochero, hombre excelente, se le llenaba la boca haciendo el elogio de mi pariente, y por él me enteré de que Mr. Everard King era uno de los personajes más populares en aquella parte del país. Daba fiestas a los niños de la escuela, permitía el libre acceso de los visitantes a su parque, estaba suscrito a muchas obras benéficas y, en una palabra, su filantropía era tan universal que mi cochero sólo se la explicaba con la hipótesis de que mi pariente abrigaba la ambición de ir al Parlamento.

La aparición de un ave preciosa que se posó en un poste de telégrafo, al lado de la carretera, apartó mi atención del panegírico que estaba haciendo el cochero. A primera vista me pareció que se trataba de un arrendajo, pero era mayor que este pájaro y de un plumaje más alegre. El cochero me explicó inmediatamente la presencia de aquel pájaro, diciendo que pertenecía al mismo hombre a cuya finca estábamos a punto de llegar. Por lo visto, una de las aficiones de mi pariente consistía en aclimatar animales exóticos, y se había traído de Brasil una cantidad de aves y de otros animales que estaba tratando de criar en Inglaterra. Una vez que cruzamos la puerta exterior del parque de Greylands se nos ofrecieron numerosas pruebas de esa afición suya. Algunos ciervos pequeños y con manchas, un extraño jabalí que, según creo, es conocido con el nombre de pecarí, una oropéndola de plumaje espléndido, algunos ejemplares de armadillos y un extraño animal que caminaba pesadamente y que parecía un tejón sumamente grueso fueron algunos de los animales que distinguí mientras el coche avanzaba por la avenida en curva.

Mr. Everard King, mi primo desconocido, estaba esperándome en persona en la escalinata de su casa, porque nos vio venir a lo lejos y supuso que era yo el que llegaba. Era hombre de aspecto muy sencillo y bondadoso, pequeño de estatura y corpulento, de cuarenta y cinco años, quizá, y de cara llena y simpática, atezada por el sol tropical y llena de mil arrugas. Vestía traje blanco, al estilo auténtico del cultivador tropical; tenía entre los labios un cigarro y llevaba un gran sombrero panameño echado hacia atrás. Era la suya una figura que asociamos con la visión de un porche de bungalow, y parecía curiosamente desplazada ante aquel palacio inglés, de grandes dimensiones y construido con piedra de sillería, con dos alas macizas y columnas estilo Palladio delante de la puerta principal.

—¡Mujer, mujer, aquí tenemos a nuestro huésped! —gritó, mirando por encima del hombro—. ¡Bienvenido, bienvenido a Greylands! Estoy encantado de conocerte, primo Marshall, y considero una gran atención el que hayas venido a honrar con tu presencia esta pequeña y adormilada mansión campestre.

Sus maneras no podían ser más cordiales. Enseguida me sentí allí a mis anchas. Pero toda su cordialidad apenas podía compensar la frialdad e incluso la grosería de su mujer, es decir, de la mujer alta y ceñuda que acudió a su llamada. Según tengo entendido, era de origen brasileño, aunque hablaba a la perfección el inglés. Yo disculpé sus maneras, atribuyéndolas a su ignorancia de nuestras costumbres. Sin embargo, ni entonces ni después trató de ocultar lo poco que le agradaba mi visita a Greylands Court. Por regla general, sus palabras eran corteses, pero poseía unos ojos negros extraordinariamente expresivos, y en ellos leí con claridad desde el primer momento que anhelaba vivamente que regresase a Londres.

Sin embargo, mis deudas eran demasiado apremiantes y los proyectos que me había formado en relación con mi rico pariente demasiado vitales para dejar que fracasasen por culpa del mal genio de su mujer. Me despreocupé por tanto de su frialdad y le devolví a mi primo la extraordinaria cordialidad con que me había acogido. Mi anfitrión no había ahorrado molestias para procurarme toda clase de comodidades. Mi habitación era encantadora; me suplicó que le indicase cualquier cosa que necesitase para estar allí completamente a mi gusto. Estuve a punto de contestarle que un cheque en blanco resultaría una ayuda eficaz para que yo me considerase feliz, pero me pareció prematuro en el estado en que se encontraban nuestras relaciones. La cena fue excelente. Cuando, de sobremesa, nos sentamos a fumar unos habanos y a tomar el café, que, según me informó, le enviaban seleccionado para él de su propia plantación, me pareció que todas las alabanzas del cochero estaban justificadas y que jamás había tratado con un hombre más cordial y hospitalario.

Pero, a pesar de la simpatía de su temperamento, era hombre de firme voluntad y dotado de un genio arrebatado muy característico. Lo pude comprobar a la mañana siguiente. La curiosa animadversión que la esposa de mi primo había concebido hacia mí era tan fuerte que su comportamiento durante el desayuno me resultó casi ofensivo. Pero, una vez que su marido se retiró de la habitación, ya no hubo lugar a dudas acerca de lo que pretendía, porque me dijo:

—El tren más conveniente del día es el que pasa a las doce y cincuenta minutos.

—Es que yo no pensaba marcharme hoy —le contesté con franqueza, quizá con arrogancia, porque estaba resuelto a no dejarme echar de allí por aquella mujer.

—Oh, si es usted quien ha de decidirlo… —dijo ella, y dejó cortada la frase, mirándome con una expresión de la mayor insolencia.

—Estoy seguro de que Mr. Everard King me lo advertiría si yo abusase de su hospitalidad.

—¿Qué significa esto? ¿Qué significa esto? —preguntó una voz, y mi primo entró en la habitación.

Había escuchado mis últimas palabras y le bastó observar mi expresión y la de su esposa. Su rostro, regordete y simpático, se revistió en el acto de un gesto de absoluta ferocidad y dijo:

—¿Quieres hacer el favor de salir, Marshall?

Diré de paso que mi nombre es Marshall King.

Mi primo cerró la puerta en cuanto hube salido, e inmediatamente oí que hablaba a su mujer en voz baja, pero con furor concentrado. Aquella grosera ofensa a la hospitalidad le había molestado evidentemente en lo más vivo. A mí no me gusta escuchar detrás de las puertas y me alejé paseando hasta la cespedera. De pronto oí a mis espaldas pasos precipitados y vi que se acercaba la señora, con el rostro pálido de emoción y los ojos enrojecidos de haber llorado.

—Mi marido me ha rogado que le presente mis disculpas, Mr. Marshall King —dijo, permaneciendo delante de mí con los ojos bajos.

—Por favor, señora, no diga ni una palabra más.

Sus ojos negros me miraron de pronto con pasión:

—¡Estúpido! —me dijo con voz sibilante y frenética vehemencia. Luego giró sobre sus tacones y regresó rápida hacia la casa.

La ofensa era tan grave, tan insoportable, que me quedé de una pieza, mirándola con asombro. Seguía en el mismo lugar cuando vino a reunirse conmigo mi anfitrión. Era de nuevo el mismo hombre simpático y regordete.

—Creo que mi señora se ha disculpado por sus estúpidas observaciones —me dijo.

—¡Sí, sí; lo ha hecho, claro que sí!

Me cogió del brazo y caminamos de aquí para allá por la cespedera.

—No debes tomarlo en serio —me explicó—. Me dolería muchísimo que acortases tu visita aunque sólo fuese por una hora. La verdad es que —no hay razón para que entre parientes guardemos ningún secreto— mi buena y querida mujer es increíblemente celosa. Le molesta que nadie, sea hombre o mujer, se interponga un instante entre nosotros. Su ideal es una isla desierta y un eterno diálogo entre los dos. Eso te dará la clave de su conducta, que en este punto, lo reconozco, no anda lejos de la monomanía. Dime que no volverás a pensar en lo sucedido.

—No, no; desde luego que no.

—Pues entonces, prende este cigarro y acompáñame para que veas mi pequeña colección de animales.

Esta inspección nos ocupó toda la tarde, pues la propiedad estaba llena de aves, animales y hasta reptiles que había importado. Algunos vivían en libertad, otros en jaulas y eran pocos los que estaban encerrados en el edificio. Me habló con entusiasmo de sus éxitos y de sus fracasos, de los nacimientos y de las muertes registradas. Gritaba como un escolar entusiasmado cuando, durante nuestro paseo, alzaba las alas del suelo algún pájaro espléndido de colores, o cuando algún animal extraño se deslizaba hacia el refugio. Por último, me condujo por un pasillo que arrancaba de una de las alas de la casa. Al final había una pesada puerta que tenía un cierre corredizo, a modo de mirilla; junto a la puerta salía de la pared un manillar de hierro unido a una rueda y a un tambor. Una reja de fuertes barrotes bloqueaba totalmente el pasillo.

—Te voy a enseñar la perla de mi colección —dijo—. En Europa sólo existe otro ejemplar, desde la muerte del cachorro que había en Rotterdam. Se trata de un gato de Brasil.

—¿Pero en qué se diferencian de los demás gatos?

—Pronto lo vas a ver —me contestó riendo—. ¿Quieres tener la amabilidad de correr la mirilla y mirar dentro?

Así lo hice, y vi una habitación amplia y vacía, con el suelo enlosado y ventanas de barrotes en la pared del fondo. En el centro de la habitación, tumbado en medio de una mancha dorada de luz solar, se veía un gran animal, del tamaño de un tigre, pero tan negro y lustroso como el ébano. Era, pura y simplemente, un gato negro enorme y muy bien cuidado; estaba recogido sobre sí mismo, calentándose en aquel estanque amarillo de luz, tal y como lo haría cualquier gato. Era tan flexible, musculoso, agradable y diabólicamente suave, que me costaba apartar los ojos de la ventanita.

—¿Verdad que es magnífico? —me dijo mi anfitrión lleno de entusiasmo,

—¡Una maravilla! Jamás he visto animal más espléndido.

—Hay quienes le dan el nombre de puma negro, pero en realidad no tiene nada de puma. Este animal anda por los once pies de morro a cola. Hace cuatro años era una bolita de pelo negro y fino, con dos ojos amarillos que miraban fijamente. Me lo vendieron como cachorro recién nacido en la región salvaje de la cabecera del río Negro. Mataron a la madre a lanzazos cuando ya ella había matado a una docena de sus atacantes.

—Según eso, son animales feroces.

—No los hay más traicioneros y sanguinarios en toda la superficie de la tierra. Hable usted a los indios de las tierras altas de un gato de Brasil y verá cómo salen corriendo. La caza preferida de estos animales es el hombre. Este ejemplar mío no le ha cogido todavía el gusto a la sangre caliente, pero si llega a hacerlo se convertirá en un animal espantoso. En la actualidad no tolera dentro de su cubil a nadie que no sea yo. Ni siquiera su cuidador, Baldwin, se atreve a acercársele. Pero yo soy para él la madre y el padre al mismo tiempo.

Mientras hablaba, abrió de pronto la puerta, y con gran asombro mío se deslizó dentro, cerrándola inmediatamente a sus espaldas. Al oír su voz, el voluminoso y flexible animal se levantó, bostezó y se frotó cariñosamente la cabeza redonda y negra contra su costado, mientras mi primo le daba golpecitos y le acariciaba.

—¡Vamos, Tommy, métete en tu jaula! —le dijo mi primo.

El magnífico gato se dirigió a un extremo de la habitación y se enroscó debajo de unas rejas. Everard King salió, cogió el manillar de hierro que antes he mencionado y empezó a hacerlo girar. A medida que lo accionaba, la reja de barrotes del pasillo empezó a meterse por una rendija que había en el muro y fue a cerrar la parte delantera del espacio enrejado, convirtiéndolo en una verdadera jaula. Cuando estuvo en su sitio, mi primo abrió la puerta otra vez y me invitó a pasar a la habitación, en la que se percibía el olor penetrante y rancio característico de los grandes animales carnívoros.

—Así es como lo tratamos —me dijo Everard King—. Le dejamos un amplio espacio para que vaya y venga por la habitación, pero cuando llega la noche lo encerramos en su jaula. Para darle libertad basta girar el manillar desde el pasillo, y para encerrarlo hacemos lo que acabas de ver. ¡No, no; no se te ocurra hacer eso!

Yo había metido la mano por entre los barrotes para palmear el lomo brillante que se hinchaba y encogía con la respiración. Mi primo tiró de mi mano hacia atrás, con una expresión de seriedad en el rostro.

—Te aseguro que eso que acabas de hacer es peligroso. No se te ocurra pensar que cualquier otra persona puede tomarse con este animal las libertades que yo me tomo. Es muy exigente en sus amistades. ¿Verdad que sí, Tommy? ¡Vaya, ha oído ya que llega el que le trae la comida! ¿No es así, muchacho?

Se oyeron pasos en el corredor enlosado y el animal saltó sobre sus patas y se puso a caminar de un lado para otro de su estrecha jaula, con los ojos llameantes y la lengua escarlata temblando y agitándose por encima de la blanca línea de sus dientes puntiagudos. Entró un cuidador que traía un trozo de carne cruda en una artesilla y se lo tiró por entre los barrotes. El animal se lanzó con ligereza y lo atrapó, retirándose luego a un rincón; allí, sujetándolo entre sus garras, empezó a destrozarlo a mordiscos, alzando su hocico ensangrentado para dirigirnos de cuando en cuando una mirada. El espectáculo era fascinante, aunque daba miedo verlo.

—¿Verdad que no te extraña que le tenga afecto a ese animal? —dijo mi primo, cuando salíamos de la habitación—. Especialmente si se piensa que fui yo quien lo crió. No ha sido fácil transportarlo desde el centro de Sudamérica, pero aquí está ya, sano y salvo, y como te he dicho es con mucho el ejemplar más perfecto que hay en Europa. La dirección del Zoo daría cualquier cosa por tenerlo, pero la verdad es que no puedo separarme de él. Bueno, creo que ya te he mortificado bastante con mi chifladura, de modo que lo mejor que podemos hacer es seguir el ejemplo de Tommy y pedir que nos sirvan el almuerzo.

Tan absorto estaba mi pariente de Sudamérica con su parque y sus curiosos ocupantes que al principio no creí que pudiera interesarse por ninguna otra cosa. Sin embargo, pronto comprendí que tenía otros intereses, bastante apremiantes, a juzgar por el gran número de telegramas que recibía. Le llegaban a todas horas, y los abría siempre con una expresión de máxima ansiedad y anhelo en su cara. Supuse que se trataba de negocios relacionados con las carreras de caballos, o con operaciones de Bolsa, pero lo que era seguro es que se traía entre manos negocios muy urgentes y totalmente ajenos a las actividades de las llanuras de Suffolk. En ninguno de los seis días que duró mi visita recibió menos de cuatro telegramas, llegando en ocasiones hasta siete y ocho.

Yo había aprovechado tan perfectamente aquellos seis días que, para cuando transcurrió ese plazo, había alcanzado un nivel de máxima cordialidad con mi primo. Todas las noches habíamos prolongado la velada hasta muy tarde en el salón de billar. Él me contaba los más extraordinarios relatos de sus aventuras en América, unas aventuras tan arriesgadas y temerarias que me costaba trabajo relacionarlas con aquel hombrecito curtido y regordete que tenía delante. Yo, a mi vez, me aventuré a contarle algunos de mis recuerdos de la vida londinense, que le interesaron hasta el punto de que prometió venir a Grosvenor Mansions a vivir conmigo. Sentía verdadero anhelo por conocer el aspecto más disoluto de la vida de la gran ciudad y, mal está que yo lo diga, no podía, desde luego, haber elegido un guía más competente. Hasta el último día de mi estancia no me arriesgué a abordar lo que me preocupaba. Le hablé francamente de mis dificultades pecuniarias y de mi ruina inminente y le pedí consejo, aunque lo que de él esperaba era algo más sólido. Me escuchó atentamente, dando grandes chupadas a su cigarro, y me dijo por fin:

—Pero yo tenía entendido que tú eras el heredero de nuestro pariente lord Southerton.

—Tengo toda clase de razones para suponerlo así, pero jamás ha querido darme nada.

—Sí, ya he oído hablar de su tacañería. Mi pobre Marshall, tu situación ha sido sumamente difícil. A propósito, ¿no has tenido noticias últimamente de la salud de lord Southerton?

—Se está muriendo desde que yo era niño.

—Así es. No ha habido jamás un gozne chirriante como ese hombre. Quizá tu herencia tarde todavía mucho en llegar a las manos. ¡Válgame Dios, y en qué situación más lamentable te encuentras!

—He llegado a tener alguna esperanza de que tú, conociendo como conoces mi situación, quizá accedieras a adelantarme…

—Ni una palabra más, muchacho —exclamó con la máxima cordialidad—. Esta noche hablaremos del asunto, y te prometo hacer todo cuanto esté en mi mano.

No lamenté que mi visita estuviese llegando a su término, porque es algo bastante desagradable vivir con el convencimiento de que hay en la casa una persona que anhela vivamente que uno se marche. La cara cetrina y los ojos antipáticos de la esposa de mi primo me mostraban cada vez un odio mayor. Ya no manifestaba una grosería activa, porque el miedo a su marido no se lo permitía, pero llevó su insana envidia hasta el extremo de no darse por enterada de mi presencia, de no hablarme nunca y de hacer mi estancia en Greylands todo lo desagradable que podía. Tan insultantes fueron sus maneras en el transcurso del último día que, sin duda alguna, me habría marchado inmediatamente de no mediar la entrevista que había de celebrar con mi primo aquella noche y que esperaba que me sacaría de mi ruinosa situación.

La entrevista se celebró a una hora muy tardía, porque mi pariente, que en el transcurso del día recibió más telegramas que de ordinario, se encerró después de la cena en su despacho y únicamente salió de él cuando ya todos los habitantes de la casa se habían retirado a dormir. Le oí realizar su ronda, como todas las noches, cerrando las puertas, y por último vino a reunirse conmigo en la sala de billar. Su voluminosa figura estaba envuelta en un batín y tenía los pies metidos en unas zapatillas turcas, rojas y sin talones. Tomó asiento en un sillón, se preparó un buen whisky superaba con mucho al agua, y me dijo:

—¡Vaya nochecita!

En efecto, el viento aullaba y gemía en torno de la casa y las ventanas de persianas temblaban y golpeaban como si fueran a ceder hacia adentro. El resplandor amarillo de las lámparas parecía, por contraste, más brillante, y más intenso el aroma de los cigarros. Mi anfitrión me dijo:

—Bien, muchacho; disponemos de la casa y de la noche para nosotros solos. Explícame cómo están tus asuntos y yo veré lo que puede hacerse para ponerlos en orden. Me agradaría conocer todos los detalles.

Animado por estas palabras, me lancé a una larga exposición en la que fueron desfilando todos mis proveedores y mis banqueros, desde el dueño de la casa hasta mi ayuda de cámara. Llevaba en el bolsillo algunas notas. Ordené los hechos y creo que hice una exposición muy comercial de mi sistema de vida anticomercial y de mi lamentable situación. Sin embargo, me sentí deprimido al darme cuenta de que la mirada de mi compañero parecía perdida en el vacío, como si su atención estuviese en otra parte. De cuando en cuando introducía alguna observación, pero tan de compromiso y fuera de lugar que tuve la seguridad de que no había seguido el conjunto de mi exposición. A veces parecía despertar de su ensimismamiento y esforzarse por mostrar algún interés, pidiéndome que repitiese algo o que me explicase más a fondo, pero siempre volvía a recaer en su ensimismamiento. Por último, se puso en pie, tiró a la rejilla de la chimenea la colilla de su cigarro y me dijo:

—Te voy a decir una cosa, muchacho: yo no tuve jamás buena cabeza para los números, de modo que tendrás que disculparme. Lo que tienes que hacer es ponerlo todo por escrito y entregarme una nota de la totalidad. Cuando lo vea en blanco y negro lo comprenderé.

La proposición era alentadora y le prometí hacerlo.

—Bien, ya es hora de que nos acostemos. Por Júpiter, el reloj del vestíbulo está dando la una.

En medio del profundo bramido de la tormenta pudo oírse el tintineo del reloj que daba la hora. El viento azotaba la casa con el ímpetu de la corriente de agua de un gran río. Mi anfitrión dijo:

—Antes de acostarme tendré que echar un vistazo a mi gato. Estos ventarrones lo excitan. ¿Quieres venir?

—Desde luego que sí —le contesté.

—Procura andar despacio y no hables, porque todo el mundo está acostado.

Cruzamos en silencio el vestíbulo iluminado por lámparas y cubierto con alfombras persas, y salimos por la puerta que había al final. Reinaba una absoluta oscuridad en el pasillo de piedra, pero mi anfitrión echó mano de una lamparilla de caballeriza que colgaba de un gancho y la encendió. Como no se veía en el pasillo la reja de barrotes, comprendí que la fiera estaba dentro de su jaula.

—¡Entra! —dijo mi pariente, y abrió la puerta.

El profundo gruñido que lanzó el animal cuando entramos nos demostró que, en efecto, la tormenta lo había irritado. A la vacilante luz de la linterna distinguimos la gran masa negra recogida sobre sí misma en el rincón de su cubil, que proyectaba una sombra achaparrada y grotesca sobre la pared enjalbegada. Su cola se movía inquieta entre la paja.

—El bueno de Tommy ya está del mejor humor —dijo Everard King, manteniendo en alto la linterna y mirando hacia donde estaba su gato—. ¿No es verdad que da la impresión de un demonio negro? Es preciso que le dé algo de comer para que se amanse un poco. ¿Quieres sostener un momento la linterna?

Se la cogí de la mano; él avanzó hacia la puerta y dijo:

—Aquí afuera tiene la despensa. Perdóname un momento.

Salió, y la puerta se cerró a sus espaldas con un fuerte chasquido metálico.

Aquel sonido duro y chasqueante hizo que mi corazón dejase de latir. Se apoderó de mí una súbita oleada de terror. Un confuso pensamiento de alguna monstruosa traición me dejó helado. Salté hacia la puerta, pero no había picaporte por la parte de dentro.

—¡Oye! —grité—. ¡Déjame salir!

—¡No pasa nada! ¡No armes escándalo! —me dijo mi primo desde el pasillo—. Tienes la luz encendida.

—Sí, pero no me gusta nada estar encerrado y sólo de esta manera.

—¿Que no te gusta?

Oí que se reía con risa cordial y glogloteante.

—No vas a estar mucho tiempo solo.

—¡Déjame salir! —repetí, muy irritado—. Te digo que no admito bromas de esta clase.

—Ésa es precisamente la palabra: bromas —me contestó, lanzando otro odioso gorgoteo de risa.

Y de pronto, entre el bramar de la tormenta, oí el chirrido y el gemir del manillar que daba vueltas y el traqueteo de la reja al pasar por la rendija del muro. ¡Santo Dios, estaba poniendo en libertad al gato de Brasil!

A la luz de la linterna vi cómo la reja de barrotes iba retirándose lentamente delante de mí. Había ya una abertura de un pie en un extremo. Lancé un alarido y agarré el último barrote, tirando de él con toda la energía de un loco. En efecto, estaba loco de furor y espanto. Sostuve por unos momentos inmóvil el mecanismo. Me di cuenta de que mi primo, por su parte, giraba con todas sus fuerzas el manillar, y que el sistema de palanca acabaría por sobreponerse a mis fuerzas. Fui cediendo pulgada a pulgada; mis pies resbalaban sobre las losas mientras le pedía y suplicaba a aquel monstruo inhumano que me librase de tan horrible muerte. Se lo supliqué por nuestro parentesco. Le recordé que era su huésped; le pregunté qué le había hecho. Él no daba otras respuestas que los empujones y tirones al manillar; con cada uno de ellos, y a pesar de todos mis forcejeos, se iba llevando otro barrote por la rendija de la pared. Aferrándome y tirando con todas mis fuerzas me vi arrastrado a todo lo largo de la parte delantera de la jaula; por último, con las muñecas doloridas y los dedos desgarrados, renuncié a la lucha inútil. Al soltar el enrejado, éste se retiró totalmente con un golpe seco, y un momento después oí cómo se alejaba por el pasillo el ruido de las pisadas de las zapatillas turcas, que terminó con el chasquido de una puerta lejana cerrada de golpe. Luego reinó el silencio.

El animal no se había movido de su sitio en todo ese tiempo. Permanecía tumbado en el rincón, y su cola había dejado de moverse. Por lo visto le había llenado de asombro la aparición de un hombre agarrado a los barrotes de su jaula y arrastrado por delante de él dando alaridos. Vi cómo sus ojos enormes me miraban con fijeza. Al aferrarme a los barrotes yo había dejado caer la linterna, pero seguía encendida en el suelo e hice un movimiento para apoderarme de ella, pensando que quizá su luz me protegiese. Pero en el mismo instante en que me moví, la fiera dejó escapar un gruñido profundo y amenazador. Me detuve y permanecí en mi sitio, temblando de pies a cabeza. El gato (si es que puede darse este nombre tan casero a un animal tan horrible como aquél) estaba a menos de diez pies de mí. Le brillaban los ojos como dos discos de fósforo en la oscuridad. Me aterraban y, sin embargo, me fascinaban. No podía apartar la vista de aquellos ojos. En momentos de intensidad tan grande como eran aquéllos para mí, la Naturaleza nos hace las más extrañas jugarretas; aquellos ojos brillantes se encendían y se desvanecían como dos luces que suben y bajan a un ritmo constante. Había momentos en que los veía como dos puntos minúsculos de un brillo extraordinario, como dos chispas eléctricas en la negra oscuridad, pero luego se ensanchaban y ensanchaban hasta ocupar con su luz siniestra y movediza todo el ángulo de la habitación. De pronto se apagaron por completo.

La fiera había cerrado los ojos. No sé si hay algo de verdad en la vieja idea del dominio que ejerce la mirada del hombre sobre los animales, o si fue porque el enorme gato estaba simplemente amodorrado, lo cierto es que, lejos de mostrar síntomas de querer atacarme, se limitó a apoyar su cabeza negra y sedosa sobre sus terribles garras delanteras y pareció dormirse. Seguí de pie, temiendo moverme y despertarlo de nuevo a la vida y a la agresividad. Pero, por último, pude pensar con claridad, libre ya de la impresión de aquellos ojos ominosos. Estaba encerrado para toda la noche con la fiera feroz. Mi propio instinto, por no hablar de las palabras de aquel miserable calculador que me había hecho caer en esta trampa, me advertían que aquel animal era tan salvaje como su amo. ¿Cómo me las iba a arreglar para mantenerlo en la situación en que estaba ahora hasta que amaneciese? Era inútil intentar escapar por la puerta, lo mismo que por las ventanas estrechas y enrejadas. Dentro de la habitación, desnuda y embaldosada, no existía para mí ninguna clase de refugio. Era absurdo que gritase pidiendo socorro. Este cubil era una construcción accesoria, y el pasillo que lo unía a la casa tenía, por lo menos, una longitud de cien pies. Además, mientras en el exterior bramase la tormenta, no era probable que nadie oyese mis gritos. Sólo podía confiar en mi propio valor y en mi propio ingenio. De pronto, con una nueva oleada de espanto, mis ojos se posaron en la linterna. La llama ardía ya a muy poca altura y empezaban a formarse estrías laterales. No tardaría diez minutos en apagarse. Sólo disponía, por tanto, de diez minutos para tomar alguna iniciativa, porque una vez que me quedase a oscuras y cerca de aquella fiera espantosa sería incapaz de actuar. Ese mismo pensamiento me tenía paralizado. Miré por todas partes con ojos de desesperación cada pulgada de aquella cámara mortuoria, y de pronto me fijé en un lugar que parecía prometer, si no la salvación, por lo menos un peligro no tan inmediato e inminente como el suelo desnudo.

He dicho que la jaula, además de tener una parte delantera, tenía también una parte superior, que permanecía fija cuando se recogía la parte delantera a través de la rendija del muro. La parte superior estaba formada por barras separadas entre sí por pocas pulgadas, estando a su vez esa separación cubierta con tela de alambre fuerte, y sus dos extremos se apoyaban sobre dos fuertes montantes. En ese momento producía la impresión de un gran solio hecho de barras, bajo el cual estaba agazapada en un rincón la fiera. Entre esa parte superior de la jaula y el techo quedaba una especie de estante de unos dos a tres pies de altura. Si conseguía subir hasta allí y meterme entre los barrotes y el cielo raso sólo tenía un lado vulnerable. Estaría a salvo por debajo, por detrás y a cada lado. Únicamente podía ser atacado de frente. Es cierto que por ese lado no tenía protección alguna, pero al menos me encontraría fuera del camino de la fiera cuando empezase a pasearse dentro de su cubil. Para llegar hasta mí tendría que salirse de su camino. Tenía que hacerlo ahora o nunca, porque en cuanto la luz se apagase me resultaría imposible. Hice una profunda inspiración y salté, aferrándome al borde de hierro de la parte superior de la jaula, y me metí, jadeante, en aquel hueco. Al retorcerme quedé con la cara para abajo, y me encontré mirando en línea recta a los ojos terribles y las mandíbulas abiertas del gato. Su aliento fétido me daba en la cara lo mismo que la vaharada de vapor de una olla infecta en ebullición.

Me pareció que el animal se mostraba más bien curioso que irritado. Con una ondulación de su lomo largo y negro se levantó, se estiró, y luego, apoyándose en sus patas traseras con una de las garras delanteras en la pared, levantó la otra y pasó sus uñas por la tela de alambre que tenía debajo. Una uña afilada y blanca rasgó mis pantalones —he olvidado decir que estaba con mi traje de smoking— y me hizo un arañazo en la rodilla. La fiera no lo hizo agresivamente, sino más bien como tanteo, porque cuando lancé un agudo grito de dolor se dejó caer de nuevo al suelo, saltó luego ágilmente a la habitación y empezó a pasearse con paso rápido alrededor de la misma, lanzando de cuando en cuando una mirada hacia mí. Yo, por mi parte, me apretujé muy adentro hasta tocar con la espalda en la pared, comprimiéndome de forma que ocupara el menor espacio posible. Cuanto más adentro me metiese, más difícil le iba a resultar atacarme.

Parecía irse excitando con sus paseos y se puso a correr ágilmente y sin ruido por el cubil, cruzando continuamente por debajo de la cama de hierro en que me encontraba tendido. Era un espectáculo maravilloso ver aquel cuerpo enorme dando vueltas y vueltas como una sombra, sin que apenas se oyese un ligerísimo tamborileo de sus patas aterciopeladas. La llama brillaba con muy poca luz, hasta el punto de que apenas podía distinguir al animal. De pronto, después de una última llamarada y chisporroteo, se apagó por completo. ¡Me encontraba a solas y en la oscuridad con el gato!

Parece que el convencimiento de que uno ha hecho todo lo que estaba en su mano ayuda a enfrentarse con el peligro. No queda entonces otro recurso que el de esperar con calma el resultado. En mi caso, la única posibilidad de salvación estaba en el sitio en que me había refugiado. Me estiré, pues, y permanecí en silencio, casi sin respirar, con la esperanza de que la fiera se olvidase de mi presencia si yo no hacía nada por recordárselo. Calculo que serían las dos de la madrugada. A las cuatro amanecería. Así pues, sólo tenía que esperar dos horas hasta la luz del día.

En el exterior la tormenta seguía furiosa y la lluvia azotaba constantemente las pequeñas ventanas. En el interior la atmósfera fétida y ponzoñosa era insoportable. Ya no veía ni oía al gato. Traté de pensar en otras cosas, pero sólo había una con fuerza suficiente para apartar mi pensamiento de la terrible situación en que me encontraba: la villanía de mi primo, su hipocresía no igualada por nadie, el odio maligno que me profesaba. Un alma de asesino medieval acechaba detrás de aquella cara afable. Cuanto más pensaba en ello, más claramente veía la astucia con que había preparado el golpe. Por lo visto se había acostado como los demás. Sin duda había preparado sus testigos para demostrarlo. Después, sin que esos testigos lo advirtiesen, había bajado sigilosamente, me había metido con engaños en el cubil y me había abandonado allí. La historia que debía contar era sencilla. Yo me había quedado en el salón de billar terminando de fumar mi cigarro. Había bajado por propia iniciativa para echar una última ojeada al gato de Brasil, me había metido en la habitación sin darme cuenta de que la jaula estaba abierta y la fiera había hecho presa en mí. ¿Cómo se podría demostrar el crimen que había cometido? Quizá hubiese sospechas, pero jamás se obtendrían pruebas.

¡Con qué lentitud transcurrieron aquellas dos horas espantosas! En una ocasión llegó a mis oídos un ruido apagado, raspante, que atribuí a que el animal se estaba lamiendo el pelo. En varias ocasiones los ojos verdosos me enfocaron brillantes a través de la oscuridad, pero nunca me miraron fijamente, y cada vez fue mayor mi esperanza de que me olvidase o de que ignorase mi presencia. Pero llegó un momento en que penetró por las ventanas un asomo de luz; empecé a verlas como dos recuadros grises en la pared negra, luego los recuadros se volvieron blancos, y pude ver de nuevo a mi terrible compañero. ¡Y él también pudo verme a mí, por desgracia!.

Comprendí en el acto que la fiera se encontraba de un humor más peligroso y agresivo que cuando dejé de verlo. El frío de la mañana lo había irritado y, además, estaba hambriento. Iba y venía con un gruñido constante y con paso rápido, por el lado de la habitación que estaba más alejado de mi refugio, con los bigotes erizados de rabia y descargando latigazos con la cola enhiesta. Cuando daba media vuelta al llegar a los ángulos de la pared, alzaba siempre los ojos hacia mí, preñados de espantosas amenazas. Comprendí que se estaba preparando para matarme. Y, sin embargo, hasta en una situación tan crítica como la mía no podía dejar de admirar la elegancia sinuosa de la endiablada alimaña, sus movimientos sin violencia, ondulantes, de suaves curvas, el brillo de sus lomos magníficos, el color escarlata palpitante de su lengua lustrosa que colgaba fuera del morro azabache. El gruñido profundo y amenazador subía y subía de tono en un crescendo ininterrumpido. Comprendí que había llegado el momento decisivo.

Resultaba penoso esperar una muerte como aquélla en un estado como el que me encontraba: transido, en posición forzada, temblando de frío sobre aquella parrilla de tortura en que estaba tendido con mis ropas ligeras. Me esforcé por reanimarme, por levantar mí alma a una altura superior a aquella situación y, al mismo tiempo, con una lucidez de cerebro propia de un hombre que se ve perdido, miré por todas partes buscando algún medio posible de salvación. Una cosa era evidente para mí: si fuese posible hacer retroceder a su posición anterior la reja delantera de la jaula, podía encontrar detrás de ella un refugio seguro. ¿Sería capaz de volverla a su sitio? Apenas me atrevía a moverme, por temor a que la fiera saltase sobre mí. Lenta, lentísimamente, alargué la mano hasta aferrar con ella el último barrote de la reja, que sobresalía de la rendija del muro exterior. Con gran sorpresa mía, cedió fácilmente al tirón que le di. Como es natural, la dificultad de tirar hacia adentro se debía al hecho de que yo estaba como pegado a ella, sin poder hacer juego con el cuerpo. Di otro tirón y la reja avanzó tres pulgadas más. Por lo visto, funcionaba sobre ruedas. Volví a tirar… ¡y en ese instante saltó el gato!

La cosa fue tan rápida, tan súbita, que no me di cuenta de cómo había ocurrido. Oí el salvaje rechinar de dientes, y un instante después, la llamarada de sus ojos amarillos, la negra cabeza achatada con su roja lengua y centelleantes colmillos estuvo al alcance de mi mano. El proyectil viviente hizo vibrar con su choque los barrotes sobre los que me había tendido, hasta el punto de que pensé que se venían abajo (si es que en aquel instante podía pensar en algo). El gato se balanceó allí un instante, tratando de afianzarse en el borde del enrejado con las patas traseras, quedando su cabeza y sus garras delanteras muy cerca de mí. Oí el chirrido raspante de las uñas en la tela metálica y sentí en mi cara el nauseabundo aliento de la fiera. Había calculado mal el salto. No pudo sostenerse en aquella postura. Poco a poco, enseñando con furia los dientes y arañando con desesperación los barrotes, perdió el equilibrio y cayó pesadamente al suelo. Pero se volvió instantáneamente con un gruñido hacia mí y se agazapó para dar otra vez el salto.

Comprendí que en unos momentos se iba a decidir mi destino. El animal había aprendido la lección y ya no calcularía mal. Era preciso que actuase con rapidez y sin temor alguno si quería tener alguna posibilidad de conservar la vida. Imaginé instantáneamente un plan. Me despojé del smoking y se lo tiré a la fiera encima de la cabeza. Simultáneamente me dejé caer al suelo, agarré la primera barra de la reja delantera y tiré de ella frenéticamente hacia adentro.

Respondió a mi esfuerzo con facilidad mucho mayor de la que esperaba; crucé la habitación arrastrándola conmigo, pero la posición en que me encontraba al realizar ese avance me obligó a quedar del lado exterior de la reja. Si hubiese quedado del lado interior, tal vez hubiese salido sin un rasguño. Pero tuve que detenerme un instante para tratar de meterme por la abertura que había dejado. Bastó ese instante para dar tiempo a la fiera a desembarazarse del smoking con que la había cegado y lanzarse sobre mí. Me precipité en el interior de la jaula por la abertura y empujé la reja hasta el final, pero el gato hizo presa en mi pierna antes de que pudiera meterla dentro por completo. Un zarpazo de su enorme garra me arrancó la pantorrilla igual que una garlopa arranca una viruta de madera. Un instante después, desangrándome y a punto de desmayarme, me encontré tendido sobre la maloliente cama de paja, y separado de la fiera por aquellas rejas amigas contra las que se lanzaba con loco frenesí.

Demasiado gravemente herido para moverme, y demasiado desmayado para experimentar la sensación del miedo, no pude hacer otra cosa que permanecer tumbado, más muerto que vivo, viendo el espectáculo. El gato apretaba contra los barrotes su pecho negro y ancho, y buscaba hacer presa en mí con las uñas ganchudas de sus garras, tal como había visto hacer a un gato ante una trampa de alambre para ratoncitos. Me arrancaba trozos de la ropa, pero por más que se estiraba no conseguía hacer presa en mi cuerpo. He oído hablar de que las heridas producidas por los grandes animales carnívoros ocasionan una curiosa sensación de embotamiento. En efecto, estaba escrito que yo también lo experimentaría, porque perdí toda conciencia de mi personalidad, y la perspectiva del posible fracaso o éxito de aquel animal me producía el mismo efecto de indiferencia que si estuviese contemplando un juego inofensivo. Después, mi cerebro fue alejándose de una manera insensible hasta la región de los ensueños confusos, en los que penetraban una y otra vez la negra cara y la roja lengua. Por ese camino me perdí en el nirvana del delirio, en el que encuentran alivio bendito todos aquellos que han llegado a un punto excesivo de sufrimiento.

Tratando posteriormente de rehacer el curso de los acontecimientos, he llegado a la conclusión de que debí de permanecer insensible por espacio de dos horas más o menos. Lo que me volvió una vez más en mí fue aquel vivo chasquido metálico con el que se había iniciado mi terrible experiencia. Alguien había hecho retroceder la cerradura automática. A continuación, antes aún de que mis sentidos estuviesen lo suficientemente despiertos para comprender lo que veían, me di cuenta de que en la puerta abierta y mirando hacia el interior estaba la cara regordeta y de expresión simpática de mi primo. Sin duda alguna el espectáculo que se le ofreció lo dejó atónito. El gato se hallaba agazapado en el suelo. Yo estaba tumbado de espaldas dentro de la jaula, en mangas de camisa, con las perneras de los pantalones desgarradas y rodeado de un gran charco de sangre. En este momento me parece estar viendo su cara de asombro iluminada por los rayos del sol matinal. Miró hacia mí una y otra vez. Luego cerró la puerta a sus espaldas y se adelantó hacia la jaula para ver si yo estaba realmente muerto.

No puedo intentar describir lo que ocurrió, porque no me hallaba en un estado como para testificar o escribir el relato de la escena. Lo único que puedo decir es que tuve conciencia súbita de que dejaba de mirarme y se volvía a mirar a la bestia.

—¡Vamos, querido Tommy! ¡Formalidad, querido Tommy! —gritó.

Luego se aproximó a los barrotes de la jaula, vuelto de espaldas a mí todavía, y bramó:

—¡Quieto, estúpido animal! ¡Quieto, te digo! ¿Es que no reconoces a tu amo?

Aunque mi cerebro estaba como atontado, me vinieron súbitamente al recuerdo las palabras que me había dicho aquel hombre, de que el sabor de la sangre enfurecía al gato, convirtiéndolo en un demonio. Era mi sangre la que había paladeado, pero el amo iba ahora a pagar el precio de ella.

—¡Apártate! —chilló—. ¡Apártate, demonio! ¡Baldwin! ¡Baldwin! ¡Oh, santo Dios!

Luego le oí caer, levantarse y volver a caer, con ruidos de saco que se desgarra. Sus alaridos fueron debilitándose hasta quedar ahogados por el gruñido lacerante. Luego, cuando ya pensaba que había muerto, vi como en una pesadilla una figura ciega, hecha jirones, empapada en sangre, que corría alocada por la habitación… y ésa fue la última visión que tuve de aquel hombre antes de volver a perder el conocimiento.

* * *

Tardé muchos meses en reponerme; a decir verdad, no puedo decir que haya sanado todavía, ni que sanaré, porque tendré que usar un bastón hasta el fin de mis días, como recuerdo de la noche que pasé con el gato de Brasil. Cuando Baldwin, el cuidador, y los demás criados acudieron a los gritos de agonía que lanzaba su amo, no acertaron a comprender lo que había ocurrido, porque a mí me encontraron dentro de la jaula, y los restos mortales de su amo, o lo que más tarde pudieron comprobar que eran sus despojos, los tenía entre sus garras la fiera que él había criado. Más tarde consiguieron ahuyentarla con hierros al rojo, y por último la mataron a tiros desde la ventanita de la puerta. Sólo entonces pudieron sacarme de allí. Me condujeron a mi dormitorio y permanecí en él entre la vida y la muerte por espacio de varias semanas, bajo el techo del que quiso asesinarme. Enviaron en busca de un cirujano a Clipton, e hicieron venir de Londres una enfermera; al cabo de un mes estuve en condiciones de ser trasladado hasta la estación, y luego a mis habitaciones de Grosvenor Mansions.

Conservo de mi enfermedad un recuerdo que bien pudiera pertenecer al panorama constantemente variable creado por mi cerebro febril, si no se hubiese grabado en mi memoria de una manera tan permanente. Cierta noche, estando ausente la enfermera, se abrió la puerta de mi habitación y una mujer alta y completamente enlutada se deslizó dentro. Se acercó hasta mi cama, e inclinó su cara cetrina hacia mí. Al débil resplandor de la lamparilla vi que era la brasileña con la que mi primo estaba casado. Me miró fijamente a la cara, con una expresión mucho más amable que cuando la conocí, y me preguntó:

—¿Está usted consciente?

Contesté con una leve inclinación de cabeza, porque me sentía aún muy débil.

—Bien, pues quería decirle que únicamente debe culparse a usted mismo de lo ocurrido. ¿No hice yo cuanto pude por ayudarle? Traté desde el primer momento de alejarlo de la casa. Me esforcé por librarlo de él, recurriendo a todos los medios, menos al de traicionar al que era mi esposo. Yo conocía sus intenciones cuando le atrajo a la casa, y que no le dejaría salir de ella con vida. Nadie conoció a ese hombre como yo, que tanto he tenido que sufrir con él. No me atreví a decirle todo esto. Me habría matado. Pero hice cuanto pude por usted. A fin de cuentas, usted ha sido para mí el mejor amigo que he tenido. Me ha devuelto la libertad, cuando creía que sólo la muerte sería capaz de traérmela. Lamento sus heridas, pero no puede hacerme ningún reproche. Le dije que era usted un estúpido y, en efecto, lo ha sido.

Aquella mujer extraña y amargada se deslizó fuera de la habitación, y estaba escrito que no la volvería a ver jamás. Regresó a su país de origen con lo que le quedó de las riquezas de su esposo, y según noticias recibidas posteriormente, ingresó en un convento en Pernambuco.

Hasta pasado algún tiempo de mi regreso a Londres no dictaminaron los médicos que me encontraba en condiciones de atender mis asuntos. Esa clase de autorización no me hizo realmente muy feliz, pues temía que sirviera de señal a un asalto en masa de mis acreedores; sin embargo, quien primero la aprovechó fue mi abogado, Summers.

—Me alegra muchísimo que su señoría se encuentre tan mejorado —me dijo—. Llevo esperando mucho tiempo para presentarle mis felicitaciones.

—¿Qué quiere usted decir con eso, Summers? La cosa no está para bromas.

—Quise decir, y digo —me contestó—, que desde hace seis semanas es usted lord Southerton, pero no se lo hemos dicho por temor a que la noticia retrasase el curso de su recuperación.

¡Lord Southerton, es decir, uno de los pares más ricos de Inglaterra! No podía creer lo que oía. Y de pronto pensé en el plazo que había transcurrido, y en que coincidía con el que yo llevaba herido.

—Según eso, lord Southerton debió fallecer, más o menos, por el tiempo en que yo resulté herido.

—Ambos sucesos ocurrieron el mismo día.

Summers me miraba fijamente al hablar, y estoy convencido de que había adivinado la verdad de lo ocurrido, porque era un hombre muy perspicaz. Calló un momento, como si esperase de mí una confidencia, pero no creí que se adelantase nada dando publicidad a semejante escándalo familiar. Entonces mi abogado prosiguió, con la misma expresión de quien lo adivina todo:

—Sí, es una coincidencia curiosa. Supongo que sabrá usted que el siguiente heredero de la fortuna era su primo Everard King. Si ese tigre lo hubiese destrozado a usted y no a él, su primo sería en este momento lord Southerton.

—Desde luego —le contesté.

—¡Con cuánta pasión lo anhelaba! —dijo Summers—. He sabido casualmente que el ayuda de cámara del difunto lord Southerton estaba a sueldo de Everard King, y que ponía telegramas a éste con intervalos de pocas horas para informarle del estado de salud de su amo. Esto ocurría más o menos por el tiempo en que usted estuvo de visita en su finca. ¿No le resulta extraño que tuviese tanto interés en estar bien informado, no siendo, como no era, el heredero inmediato?

—Sí que es muy extraño —le contesté—. Y ahora, Summers, tráigame las facturas de mis deudas y un nuevo talonario de cheques para que empecemos a poner las cosas en orden.

* * *

© Arthur Conan Doyle: The Brazilian Cat (El gato de Brasil). Publicado en The Strand Magazine, diciembre de 1898. Traducción de Amando Lázaro Ros.

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