Horacio Quiroga: De una mujer a un hombre

— Sí —replicó impaciente el doctor Zumarán — . Ya conozco la fórmula: las cosas deben ser dichas, cueste lo que cueste… Ante el altar de la Verdad, aun una mentira que fue largo tiempo mentira, adquiere súbita pureza, por el solo hecho de ser confesada… ¡Ya! ¡Sé todo esto!…

Hubo un pequeño silencio. La noche caía ya. Adentro, en el escritorio, no se veía sino nuestras caras y los chismes de níquel de la mesa. Alguno de nosotros replicó:

—También conocemos todos lo que hay de fórmula y lo que hay de realidad: pero eso no obsta para que nos esforcemos en transmutar el programa ideológico en propia sustancia vital.

—Sí. sí —reafirmó Zumarán —. Ser cristianos por intelectualidad y pretender serlo por corazón… O serlo por corazón y aspirar a serlo de carácter. Es una noble tarea. ¿Ustedes no han conocido a ningún tipo violento, de buen corazón como suelen serlo casi todos ellos, empeñado en aprender a contenerse cuando la llamarada de indignación le sube a los ojos ante una perrería de cualquier vecino o de uno de sus hijos? Es la cosa más triste que pueda verse. Nadie más que él sabe que comprender es perdonar… que responder con una canallada a otra es hacerse digno de ella… (que no se debe pegar a los chicos… ¡Linda música! Yo he conocido a muchos con esta angélica pretensión, y su vida, les repito, no era agradable. Algo de esto pasa con la Verdad. Las cosas deben ser dichas… Sí, cuando por la pared opuesta no está guiñándonos el ojo una Verdad bastante criminal como para aniquilar dos o tres sueños de dicha. ¡Linda obra la de decir las cosas, entonces…!

El silencio se reprodujo. Quien más, quien menos, todos tenemos idea de algunas de estas Verdades que han rozado o clavado el dientecito en nuestra vida. Pero Zumarán, en su carácter de médico, debía estar bastante informado al respecto, y se lo insinuamos así.

—¡Y es claro! —respondió levantándose. —Por esto se lo digo… ¿Quieren oír una historia? No es de las fuertes… pero tampoco es moco de pavo. La cosa es ésta, en dos palabras.

—Hace tiempo, fui llamado una noche urgentemente de una casa. Era la primera vez que me llamaban. Fui allá y encontré a una muchacha en cama, con terribles dolores de vientre. Me acerqué a palparla, pero puso el grito en el cielo. La madre no sabía qué hacer. La gran sensibilidad del vientre, la facies lívida y sudorosa de la enferma me hicieron temer una peritonitis o cosa muy cercana. Era indispensable examinar en forma. Tenía, desde luego, bastante temperatura. Pero la muchacha, devorándonos con los ojos a mí y a la madre, se resistía. Al fin clamó:

—Máma… déjame… Que el doctor me vea solo… ¡No! ¡Que él sólo me vea!

Hay casos así, de extraordinario pudor, aun ante la madre. No hice mayor hincapié, por lo cual la señora se retiró, aunque muy disgustada.

La examiné con atención. La muchacha se había callado. Había cerrado fuertemente los ojos y los labios como si se dispusiera a soportar con valor, y se mantenía inmóvil. Esto me facilitó un examen detenido.

Cuando me incorporé, la muchacha tenía los ojos abiertos y me miraba en silencio. Lo que tenía era un simple suceso, diríamos. Provocado, desde luego. Inmóvil siempre, la muchacha continuaba con los ojos clavados en los míos.

Le dije algunas palabras, tratando de facilitar una explicación, cualquier cosa, pues la situación de la familia no era cómoda con el fenómeno aquel. No me respondió una palabra. Me dirigí entonces a la puerta. Ella entonces habló.

—Doctor…

Yo me volví. Se había prendido con las dos manos al borde de la sábana. Me suplico con voz baja y ronca:

—¡No les diga nada!

Quedé a mi vez inmóvil, mirándola.

—¡No les diga nada! —repitió. Y me miraba siempre con igual fijeza.

En la casa, fuera de la madre, había un padre, un pobre viejo que vi al entrar, que entonces dormiría, supongo. Había también dos chicos de cinco o seis años, hermanos de la muchacha. Ésta, por su parte, era empleada de una casa de comercio, y la que debía contribuir mayormente a los gastos de la casa.

Y todas estas cositas se iban jugando con mi posible actitud. Por eso la muchacha, más prendida aun al borde de la sábana, dijo de nuevo:

—¡No les diga nada, doctor! — Y agregó, bajando un poco la voz — : No lo voy a hacer más…

Es decir… ¿Se dan Vds. cuenta de este no lo voy a hacer más, tratándose de eso, en una muchacha de diecisiete años, cuyos dos hermanitos felices duermen en la otra pieza?

Yo me acerqué entonces.

—Y Vd. —le dije— ¿no va a decir jamás una palabra?

—¡No! —me respondió con algo que podía pasar por una sonrisa del caso.

Y así fue. Nada más fácil, como comprenderán, que dar a los padres una razón verosímil de los trastornos que sufría su hija. En pocos días simples cuestiones de higiene concluyeron con el mal, y desde entonces no he vuelto a ver a la muchacha.

Lo serio del caso, para mí, es que tratándose de una persona bastante menor de edad, no sabía hasta dónde me era lícito ocultar el hecho a los padres… Y bien —concluyó Zumarán —, ¿qué hubieran hecho ustedes en este caso?

La pregunta era un tanto idiota, y más envuelta en la forma con que había finalizado el hombre. Ninguno de nosotros —como le pasó a él— hubiera pensado un segundo en denunciar a la muchacha.

—Está muy bien —repuso serio Zumarán—. Y está muy bien también lo de la forma pedantesca del epílogo… Pero la historia no concluye aquí. Tiempo después un amigo, un excelente muchacho, preciso es advertirlo, me dijo que se iba a casar con un encanto de mujer, buena, inteligente y noble. Le pregunté el nombre; era la muchacha en cuestión.

Aunque no la he vuelto a ver más desde aquella noche, como les he dicho, circunstancias de una doble amistad me han hecho no perderla de vista; sé que, efectivamente, es buena, inteligente y noble. Y aquí de nuevo la pregunta pedantesca de hace un momento: ¿qué hubieran hecho ustedes en este caso?

Otro silencio, esta vez más largo.

—¿El individuo es, o era, muy amigo tuyo? —preguntó uno.

—Muy amigo —repuso Zumarán — . Un muchacho de un gran valer, y de una rara nobleza. De esos individuos para quienes engañar o reírse de un ser que no puede defenderse es lo más vil que haya en el mundo. ¿Qué tal? ¿Qué hubieran hecho?

Nueva meditación. La cosa no era para menos.

Otro rebuscó aún.

—¿Y estás tan seguro de la nobleza de la muchacha como de la de tu amigo?

—Sí, en lo posible… ¡Ah, no!… descartemos esto —añadió Zumarán, comprendiendo a dónde iba el hombre—. ¿Por qué ella no se lo confesó a él?… No, no es posible pedir humanamente a nadie que se sacrifique así… Desearlo por los otros o por uno mismo, ardientemente, divinamente, sí; exigirlo, no… Una mujer no habla… Es tan violento, tan terrible confesar esto a un hombre, que en cien años sólo aparecerá una mujer con bastante confianza en la nobleza del varón como para atreverse a hablar. No, no es justo… Y bueno, por tercera vez: un buen muchacho, un amigo de corazón, iba a comprar la felicidad a trueque de un engaño —iba a ser engañado miserablemente, es la palabra. ¿Qué hubieran hecho?

Cuarto silencio.

—¡No es tan fácil! —dijo Zumarán, después de habernos dado todo el tiempo que nos quisimos tomar. Uno rompió:

—¡Quién sabe!… Es preciso estar en el caso…

—Por eso mismo, ponte en el caso. Ahí está la gracia.

—Pues bien: yo se lo hubiera dicho todo al amigo.

—Es una respuesta —apoyó Zumarán — . Por de contado, no se te escapa que al decírselo mandabas al diablo una doble felicidad… Partías, sencillamente, por la mitad dos vidas.

Entonces intervinieron otros, dirigiéndose a Zumarán.

—Estamos hablando al aire… Dinos lo que hiciste tú, de una vez… Después discutiremos el caso.

—¿Lo que hice yo? —respondió Zumarán — . No hay inconveniente. Pero lo que yo hice tiene un punto de apoyo, una impresión vaga…

—No importa; dila.

—Pues bien, cuando vi a la muchacha en aquel trance que les he contado, y me incorporé después de haberla examinado, ella había abierto los ojos y me miraba muda e inmóvil, todo lo fijo e inmóvil que se puede pedir… Y me miraba, no como al médico, no… Me miraba como a un simple compañero de la vida; como a otro ser que sabe lo que es ser engañado y engañar: como a un hombre capaz de comprender, con el cual podría tal vez haber pecado…

Eso había en su mirada. Nada de médico en mí, ni pretexto alguno para que me callara…

Un compañero en la vida, con el cual se miraban fijamente, nada más.

Ultimo silencio.

—¿Y le dijiste algo a tu amigo?

—Ni una palabra —respondió Zumarán.

—Bien hecho —dijimos todos.

Ficha bibliográfica

Autor: Horacio Quiroga
Título: De una mujer a un hombre
Publicado en: Revista Popular, nº 13, 24 de diciembre de 1917

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Horacio Quiroga

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