Bram Stoker: El invitado de Drácula

«El invitado de Drácula», cuento corto de Bram Stoker, sigue a un hombre inglés, en viaje a Transilvania, que se aventura a recorrer los alrededores de Múnich durante la Noche de Walpurgis. Tras una serie de eventos sobrenaturales, se encuentra en un cementerio y se refugia en una tumba durante una tormenta, donde tiene un encuentro aterrador. Este relato iba a ser el primer capítulo de la novela «Drácula«, sin embargo, Stoker lo desechó y apareció publicado de forma independiente en el libro póstumo: Dracula’s Guest and Other Weird Stories (1914).

Bram Stoker - El invitado de Drácula

El invitado de Drácula

Bram Stoker
(Cuento completo)

Cuando partí de excursión, Múnich se hallaba iluminado por un sol radiante, y el aire estaba lleno de la alegría de comienzos de estío. El coche se movía ya cuando Herr Delbrück (el propietario del hotel Las Cuatro Estaciones, donde yo me había alojado) corrió hacia mí para desearme un feliz paseo; luego, con la mano en la portezuela, se dirigió al cochero:

—Sobre todo, regresa antes del anochecer. Ahora luce el sol, pero tal vez el viento del norte nos traerá a pesar de todo una tormenta. Claro que es inútil recomendarte prudencia, amigo, puesto que tan bien como yo sabes que esta noche no hay que andar por los caminos. —Sonrió al pronunciar las últimas palabras—. Ja, mein Herr —asintió Johann con expresión de complicidad y llevándose dos dedos a la gorra.

Después, azuzó los caballos a toda velocidad. Cuando nos encontramos ya fuera de la ciudad, le pedí que parase.

—Dime, Johann —le pregunté—, ¿por qué el propietario del hotel se ha referido de forma tan especial a la noche que se avecina?

Walpurgis Nacht![1] —respondió el cochero después de santiguarse.

Sacó un reloj del bolsillo, un enorme reloj alemán de plata del grosor de un nabo; lo consultó frunciendo el entrecejo y se encogió de hombros ligeramente, con un movimiento de contrariedad. Comprendí que aquella era su forma de protestar respetuosamente contra aquel retraso inútil, por lo que volví a dejarme caer en mi asiento. Al instante, el carruaje volvió a ponerse en marcha a toda prisa, como si deseara recobrar el tiempo perdido. De vez en cuando los caballos enderezaban bruscamente la cabeza, relinchando, como si un olor que solo ellos podían percibir les inspirase cierto temor. Cada vez que les veía asustados de ese modo, yo, bastante inquieto también, a mi pesar, contemplaba el paisaje que me rodeaba. El camino se hallaba batido por el viento, ya que desde hacía un buen rato estábamos ascendiendo por una ladera en dirección a una especie de meseta. Poco después distinguí una senda que parecía muy poco frecuentada y que, según creí vislumbrar, descendía hacia un estrecho valle. Sentí un vivo anhelo de seguirla y, aun a riesgo de importunar a Johann, le pedí de nuevo que se detuviese, y cuando frenó le anuncié mis deseos de continuar por aquella senda. Buscando toda clase de pretextos, me contestó que era imposible; y mientras hablaba se persignó varias veces. Despertada de este modo mi curiosidad, le formulé numerosas preguntas, a las que respondió con evasivas, sin dejar de consultar su reloj a cada instante, a guisa de protesta. Por fin, no pude más.

—Johann —le comuniqué con firmeza—, yo descenderé por ese camino. No te obligo a acompañarme, pero quisiera saber por qué te niegas a ir por allí.

Por toda respuesta, con un brinco rápido, saltó del pescante. Una vez en tierra, cruzó las manos y me suplicó que no me internase por aquella senda. Como en su alemán introducía bastantes expresiones inglesas, no pude equivocarme respecto al sentido de sus palabras. Continuaba dándome la sensación de que quería decirme algo… advertirme de algo, cuya sola idea, sin duda alguna, le atemorizaba enormemente, pero cada vez se reprimía y repetía simplemente tras persignarse:

Walpurgis Nacht! Walpurgis Nacht!

Me habría gustado discutir con él, pero ¿cómo se puede discutir cuando se desconoce el idioma del interlocutor? Johann tenía una gran ventaja sobre mí, pues aunque trataba constantemente de emplear las pocas palabras inglesas que conocía, siempre acababa por excitarse y hablar solo en alemán… e invariablemente me enseñaba su reloj para darme a entender la hora. Los caballos también se mostraban impacientes y relinchaban; cuando ocurría eso, el cochero palidecía y miraba a su alrededor atemorizado. De pronto, cogiendo las bridas de los animales, los alejó varios metros. Lo seguí y le pregunté por qué había hecho eso. En respuesta, se persignó, me señaló el lugar del que acababa de alejarse e hizo avanzar un poco más el carruaje hacia la otra carretera y, con el dedo tendido hacia una cruz que se alzaba allí, me espetó, primero en alemán y después en mal inglés:

—Enterraban allí, al que se mató.

Me acordé entonces de la antigua costumbre de enterrar a los suicidas cerca de las encrucijadas.

—¡Ah, un suicida! —exclamé—. Sí, es muy interesante.

Pese a ello, seguía sin comprender por qué los caballos estaban tan asustados. Mientras hablábamos, oímos en lontananza un grito que era a la vez un ladrido y un aullido; sonó muy lejos, sí, pero los caballos comenzaron a encabritarse y Johann pasó grandes dificultades para apaciguarlos. Se volvió hacia mí con voz temblorosa:

—Parecía un lobo. Sin embargo, por esta región no los hay.

—¿No? ¿Hace mucho tiempo que los lobos no se acercan a la ciudad?

—Hace mucho tiempo, al menos en primavera y verano. Sin embargo, no hace tanto que se les vio en la nieve.

Acariciaba a los animales, intentando calmarlos. De repente, el sol quedó oculto por enormes nubarrones que, en muy pocos instantes, cubrieron todo el cielo. Casi al mismo tiempo, un viento helado comenzó a soplar… mejor dicho, hubo una sola racha de aire helado, que no debía de ser un signo precursor de tormenta ya que, casi al momento, el sol brilló de nuevo. Haciendo visera con la mano, Johann examinó el horizonte.

—No tardaremos mucho en tener una tormenta de nieve.

Volvió a consultar su reloj y, sosteniendo las riendas con más firmeza, ya que seguramente el nerviosismo de los caballos le hacía temer lo peor, subió otra vez al pescante, dispuesto a reanudar el viaje. En cuanto a mí, aún deseaba saber algunas cosas.

—¿Adónde conduce esa senda que te niegas a tomar? —pregunté—. ¿Adónde llega?

Se santiguó y murmuró una plegaria antes de contestar.

—Es un camino… prohibido.

—¿Prohibido? ¿Adónde va?

—Al pueblo.

—¡Ah! ¿Hay un pueblo allá abajo?

—No, no, hace siglos que nadie vive en él.

—Y sin embargo has hablado de un pueblo.

—Sí, lo hubo en tiempos.

—¿Qué pasó?

Acto seguido, Johann inició un relato muy largo en alemán con expresiones inglesas, tan embrollado que apenas pude seguirle. Creí comprender, sin embargo, que en otros tiempos, centenares de años atrás, murieron varios individuos de aquel pueblo, a los que enterraron; luego se oyeron ruidos extraños bajo tierra y, cuando abrieron las tumbas, aquellos individuos, hombres y mujeres, aparecieron llenos de vida, con los labios muy enrojecidos. Así, para salvar sus vidas y sobre todo sus almas, añadió Johann volviendo a hacer la señal de la cruz, los habitantes de la aldea huyeron hacia otros lugares, donde los vivos vivían y los muertos estaban muertos y no… Era evidente que al cochero le asustaban las palabras que estuvo a punto de pronunciar.

Durante su relación se fue excitando cada vez más, concluyendo en medio de un verdadero ataque de pánico, pálido como la misma muerte, sudando gruesas gotas y mirando a su alrededor como si temiese la manifestación visible de algo muy temible en aquella llanura donde el sol brillaba en todo su esplendor.

Walpurgis Nacht! —repitió por fin, como un grito de desesperación. Después me señaló el coche, y me suplicó con un ademán que subiese a él.

Mi sangre inglesa se me subió a la cabeza y retrocedí un par de pasos.

—Tienes miedo, Johann, tienes miedo —le recriminé—. Bien, regresa a Múnich; yo volveré solo. Creo que me sentará bien un paseo a pie. —Como la portezuela estaba abierta, solo tuve que inclinarme para coger mi bastón de madera de fresno que, en las vacaciones, llevaba siempre conmigo—. Sí, regresa a Múnich —repetí—. La noche de Walpurgis no amedrenta a los ingleses, ni tiene nada que ver con nosotros.

Los caballos volvían a encabritarse y Johann apenas conseguía retenerlos por las riendas; sin embargo, seguía rogándome que no cometiera aquella insensatez. En mi interior me sentía apiadado de aquel pobre chico que se tomaba el asunto tan a pecho. Sin embargo, por otro lado, me burlaba de él. Su espanto le había hecho olvidarse de que debía expresarse en inglés, y continuó farfullando en alemán, lo que resultaba ya francamente enojoso. Con el índice, le indiqué el camino de Múnich.

—¡A Múnich! —le grité, y dando media vuelta me apresté a descender por el sendero hacia el valle.

Con un gesto de verdadera desesperación, Johann hizo girar el carruaje hacia Múnich. Apoyado en mi bastón, seguí al coche con la vista; se alejó lentamente.

De repente, encima de la colina apareció la silueta de un hombre, un hombre alto y delgado, al que distinguí bien a pesar de la distancia. Al acercarse a los caballos, estos empezaron a relinchar y encabritarse, llenos de terror. Johann no consiguió dominarlos y se desbocaron. No tardé en perder de vista el carruaje. Entonces, volví la vista hacia el desconocido, pero me di cuenta de que también se había esfumado.

Con el corazón muy ligero eché a andar por el camino que tanto amedrentaba al pobre Johann. En realidad, no conseguía entender sus temores. Anduve tal vez dos horas sin darme cuenta del paso del tiempo ni de la distancia recorrida y, asimismo, sin tropezar con ningún ser viviente. Tampoco había por allí ningún edificio ni alquería, hasta donde podía divisar. La comarca estaba totalmente desierta. De esto, no obstante, no me di plena cuenta hasta que alcancé el lindero de un bosque de vegetación poco densa. Solo entonces comprendí la impresión que me había causado el desolado aspecto de aquella parte del país.

Me senté a descansar, y, poco a poco, fui observando todo cuanto me rodeaba. No tardé en notar que hacía más frío que al iniciar mi paseo, al tiempo que creía oír, de cuando en cuando, un largo y profundo suspiro entrecortado, seguido de una especie de mugido ahogado. Levanté la vista y percibí en el cielo unos gruesos nubarrones que desde el norte corrían hacia el sur. No tardaría en estallar la tormenta. Sentí un estremecimiento, pensando que había descansado demasiado rato. Por tanto, reanudé mi paseo.

El paisaje era realmente maravilloso. La mirada no se sentía atraída por tal o cual cosa notable, pero, dondequiera que mirase, mis ojos observaban una belleza imponderable. La tarde tocaba a su fin, y cuando empecé a preguntarme por dónde debería regresar a Múnich, caía el crepúsculo. La claridad diurna iba extinguiéndose, cada vez hacía más frío y las nubes que se acumulaban en el firmamento eran a cada instante más amenazadoras, y estaban acompañadas de un estruendo lejano, en medio del cual surgía, en ocasiones, el grito misterioso que el cochero había reconocido como el aullido del lobo. Vacilé un instante; sin embargo, estaba decidido a llegar a la aldea abandonada. Proseguí mi marcha y no tardé en alcanzar una vasta llanura rodeada de colinas con laderas totalmente arboladas. Seguí con la vista el camino sinuoso que desaparecía en un recodo tras un denso bosquecillo de árboles que crecían al pie de una loma.

Me hallaba aún contemplando aquel panorama cuando, de repente, sopló un viento helado y comenzó a nevar. Pensé en los muchos kilómetros que había recorrido por aquella campiña desierta, y fui a guarecerme bajo unos árboles que se alzaban frente a mí. El cielo se oscurecía cada vez más; los copos de nieve eran más gruesos y espesos, y caían con una rapidez vertiginosa, y la tierra, ante mí, no tardó en convertirse en una alfombra de blancura deslumbrante, cuyo final no lograba distinguir, ya que se perdía en una densa neblina.

Reanudé la marcha, pero la senda era muy mala; sus bordes se confundían con el campo o con el lindero del bosque, y la nieve entorpecía aún más mis pasos. No tardé en darme cuenta de que me había apartado del camino, ya que mis pies, bajo la nieve, se hundían cada vez más en la hierba y en lo que parecía una especie de musgo. El viento soplaba con violencia, el frío era intenso, y a pesar del ejercicio empecé a sufrir de verdad. Los torbellinos de nieve casi me impedían mantener los ojos abiertos. De vez en cuando, un relámpago desgarraba las nubes y durante un par de segundos veía ante mí unos árboles enormes, particularmente tejos y cipreses, recubiertos de nieve.

Al abrigo de los árboles y envuelto en el silencio de la campiña, solo oía silbar el viento por encima de mi cabeza. La oscuridad creada por la tormenta se fundió en la definitiva oscuridad de la noche. Poco después, la tormenta pareció alejarse; solo continuaron soplando algunas ráfagas de viento de una extremada fuerza y, de vez en cuando, me parecía oír el aullido misterioso, casi sobrenatural, del lobo, repetido por un eco múltiple.

En ocasiones, entre las enormes nubes negras, aparecía un rayo de luna que iluminaba todo el paisaje; de este modo, conseguí darme cuenta de que había llegado al borde de lo que parecía un bosquecillo de tejos y cipreses. Como había cesado de nevar, abandoné mi refugio para examinar más de cerca cuanto me rodeaba. Me dije que tal vez hallaría una casa, aunque fuese en ruinas, lo cual constituiría un refugio mucho más seguro. Mientras recorría la linde del bosquecillo, comprendí que estaba rodeado por un muro de poca altura, pero no muy lejos de allí descubrí una brecha. En aquel sitio, el bosque de cipreses se abría en dos filas paralelas que formaban una avenida que conducía a una mole cuadrada que debía de ser un edificio. Pero en el mismo instante en que lo distinguí, las nubes velaron la luna, por lo que recorrí la avenida en medio de una completa oscuridad. Mientras andaba iba temblando de frío, pero me esperaba un refugio y esta esperanza guiaba mis pasos. En realidad, avanzaba igual que un ciego.

Me detuve, extrañado del súbito silencio. La tormenta se había alejado y se habría dicho que en comunión con la calma de la naturaleza mi corazón había dejado de latir, al menos en apariencia. Esto solo duró un instante, ya que la luna volvió a surgir por entre las nubes y entonces vi que me hallaba en un cementerio y que el edificio cuadrado al fondo de la avenida era un gran sepulcro de mármol, blanco como la nieve que lo cubría casi por completo, lo mismo que al cementerio. El claro de luna amenazó con otra tormenta, ya que los ruidos sordos volvieron a dejarse oír y, al mismo tiempo, pude oír los aullidos lejanos de unos lobos o perros. Terriblemente impresionado, sentí que el frío empezaba a invadir mi cuerpo, hasta el mismo corazón. Entonces, mientras la luna seguía iluminando el sepulcro de mármol, la tormenta, con una violencia inusitada, pareció volver a la carga. Impulsado por cierta fascinación, me acerqué al mausoleo, que se elevaba en solitario; lo rodeé y leí, sobre su puerta de estilo dórico, esta inscripción en alemán:

CONDESA DOLINGEN DE GRATZ
ESTIRIA
BUSCÓ Y HALLÓ LA MUERTE
1801

Encima del sepulcro, aparentemente hincado en el mármol, ya que el monumento funerario se componía de varios bloques de esta piedra, había un gran palo o una estaca de hierro. Al otro lado del sepulcro logré descifrar las siguientes palabras, grabadas en caracteres rusos:

LOS MUERTOS VAN DEPRISA

Aquello era tan insólito y misterioso que estuve a punto de desmayarme. Y empecé a lamentar no haber seguido el consejo del cochero Johann. Entonces me asaltó una idea terrible: ¡era la noche de Walpurgis! Walpurgis Nacht!

Sí, la noche de Walpurgis en la que miles y miles de personas creen que el diablo surge entre nosotros, que los muertos abandonan sus tumbas y que todos los genios malignos de la tierra, del aire y de las aguas, celebran sus bacanales.

Me encontraba en el lugar que el cochero quiso evitar a toda costa, en aquella aldea abandonada desde muchos siglos atrás. Era allí donde habían enterrado a la suicida y yo me hallaba solo delante de su tumba, impotente, temblando de frío bajo un sudario de nieve, mientras una violenta tormenta me amenazaba nuevamente. Tuve que apelar a todo mi valor, a toda mi razón, a las creencias religiosas en las que me había educado, para no sucumbir al terror.

No tardé en verme envuelto en un verdadero tornado. El suelo temblaba como bajo el galopar de centenares de caballos; no se trataba ya de una tempestad de nieve, sino de granizo, que se abatió con tal fuerza sobre la tierra que las piedras heladas destrozaban las hojas de los árboles y quebraban de tal modo las ramas que, al cabo de un instante, los cipreses ya no pudieron protegerme del todo. Busqué el refugio de otro árbol, pero tampoco estuve largo tiempo guarecido allí, y empecé a buscar un sitio que pudiese realmente protegerme, es decir, la puerta del sepulcro que, por ser de estilo dórico, tenía un vano muy profundo. Allí, apoyado contra el bronce macizo, me hallé protegido contra el granizo, que solo me alcanzaba de rebote, tras haber caído sobre la avenida o las losas de mármol.

De pronto, la puerta cedió y se abrió hacia el interior. El refugio ofrecido por el sepulcro me pareció una suerte contra la implacable tormenta, y ya iba a entrar en él cuando un zigzagueante relámpago iluminó todo el firmamento. En aquel instante, y tan cierto como que vivo, divisé al volver los ojos hacia la oscuridad de la tumba a una mujer hermosísima, de mejillas redondeadas y labios carmíneos, dormida sobre un ataúd. Resonó un trueno y me vi asido como por la mano de un gigante que me arrojó hacia la tormenta. Todo esto pasó con tanta rapidez que, antes de poder darme cuenta de la sorpresa, tanto moral como física, recibida, volví a sentir el granizo cayendo sobre mi cuerpo. Al mismo tiempo, tuve la extraña impresión de no estar solo. Miré de nuevo hacia el sepulcro. Otro espantoso relámpago pareció caer sobre la estaca que coronaba la tumba y después abrirse paso hasta el interior de la tierra, destruyendo la magnífica sepultura. La muerta, en medio de terribles sufrimientos, se incorporó un momento, rodeada de llamas estremecedoras, pero sus gritos de dolor quedaron ahogados por el rugido de la tempestad.

Aquel concierto terrible fue lo último que oí, ya que de nuevo me asió la gigantesca mano, transportándome a través del granizo, mientras en el círculo de colinas que me rodeaba repercutían los aullidos de los lobos. Lo último que recuerdo es el espectáculo de una blanca y borrosa multitud en movimiento, como si todas las tumbas se hubieran abierto para dejar paso a los fantasmas de los muertos que se iban acercando a mí por entre las ráfagas del granizo.

Poco a poco fui recobrando el conocimiento, experimentando una fatiga tan enorme que me asusté. Necesité largo tiempo y un gran esfuerzo para recordar lo sucedido. Me dolían los pies de modo terrible y era incapaz de moverlos. Los tenía entumecidos. Mi nuca parecía helada, y toda mi columna vertebral y mis orejas, igual que mis pies, estaban a la vez entumecidos y doloridos. Sin embargo, noté en el corazón una sensación cálida realmente deliciosa, comparada con las demás impresiones. Era una pesadilla, una pesadilla física, si se me permite esta expresión, puesto que una terrible opresión me impedía casi respirar.

Estuve, me parece, largo tiempo en aquel estado semiletárgico, del que solo salí para caer en una modorra dulce, a menos que no fuese un desvanecimiento. Luego me sentí preso de náuseas, como cuando uno se marea en el mar; sentía en mi interior el intenso deseo de despojarme de algo… de algo desconocido. A mi alrededor reinaba un profundo silencio, como si el mundo entero durmiese o acabara de morir; un silencio roto únicamente por el jadeo de un animal que debía de estar junto a mí. Sentí algo caliente que me desgarraba la garganta, y fue entonces cuando descubrí la espantosa verdad. Un enorme animal estaba tendido sobre mí, con su hocico pegado a mi garganta. No me atreví a moverme, sabiendo que solo una prudente inmovilidad podía salvarme; pero la bestia comprendió, sin duda, que en mí se había producido un cambio, ya que levantó la cabeza. A través de mis pestañas, divisé los ojos grandes y llameantes de un gigantesco lobo. Sus colmillos grandes, largos y puntiagudos, brillaban en su boca rojiza, y su aliento cálido y acre llegaba hasta mi olfato.

De nuevo transcurrieron unos instantes de los que no tengo recuerdo alguno. Finalmente, percibí un sordo gruñido y una especie de ladrido, repetido varias veces. Luego, muy lejos, creí oír gritar:

—¡Hola! ¡Hola!

Levanté la cabeza con precaución, tratando de mirar en la dirección de la voz, pero el cementerio me obstaculizaba la visión. El lobo seguía aullando de modo extraño, y una luz roja empezó a contornear el bosque de cipreses, como siguiendo a la voz. Ahora eran varias las voces que se aproximaban, mientras que el lobo aullaba cada vez más fuerte. Temí más que nunca efectuar el menor movimiento, dejar incluso escapar el más leve suspiro. Y la luz rojiza se iba acercando por encima del blanco sudario que se extendía a mi alrededor en la noche. De repente, por detrás de los árboles, apareció un grupo de jinetes, al trote, provistos de antorchas. El lobo se incorporó rápidamente, se apartó de mi pecho y huyó hacia el cementerio. Uno de los jinetes (era soldado, ya que reconocí su uniforme militar) se echó la carabina al hombro y apuntó. Uno de sus compañeros le tocó el codo y la bala silbó por encima de mi cabeza. Seguramente me había confundido con el lobo. Otro soldado vio cómo el animal se alejaba, y disparó otro tiro. Después, todos los jinetes marcharon al galope, unos hacia mí, y los demás en persecución del lobo, que desapareció bajo los cipreses cargados de nieve.

Una vez llegaron a mi lado, traté de mover los brazos y las piernas, pero me resultó imposible. Carecía de fuerzas, a pesar de que no perdía detalle de cuanto ocurría, ni de lo que se decía, a mi alrededor. Dos o tres soldados echaron pie a tierra y se arrodillaron para examinarme. Uno me levantó la cabeza y colocó una mano sobre mi corazón.

—¡Aún hay esperanzas, amigos! —exclamó—. Su corazón sigue latiendo.

Me vertieron unas gotas de coñac en la garganta, lo cual me despertó por completo, y pude por fin abrir los ojos. La luz de las antorchas y las sombras se mezclaban en los árboles, y oía conversar a los jinetes. Sus gritos expresaban miedo, y los que habían ido a perseguir al lobo no tardaron en volver, excitados como unos posesos. Los que me rodeaban les interrogaron angustiados.

—¿Lo habéis encontrado?

—¡No! ¡No! —contestaron los otros precipitadamente. El temor anidaba aún en sus corazones—. ¡Vámonos de aquí! ¡Deprisa, por favor! ¡Qué idea tan rara esa de querer pasar por aquí, y precisamente esta noche!

—¿Qué era? —preguntó un soldado, cuya voz traicionaba su emoción.

Las respuestas fueron diferentes, particularmente indecisas, como si todos deseasen expresar lo mismo, si bien el miedo les impedía manifestar con claridad sus pensamientos.

—Era… era… ¡sí, lo era! —balbució uno, todavía estremecido.

—Un lobo… ¡pero no era un lobo! —repuso otro, temblando de horror.

—De nada sirve disparar contra él si no es con una bala bendecida —observó un tercero, algo más tranquilo.

—¡Vaya idea la de salir esta noche! —exclamó uno de ellos—. Verdaderamente, nos hemos ganado bien nuestros mil marcos.

—Había sangre sobre las losas de mármol —explicó alguien— y no a causa del rayo. ¿Y él? ¿No corre peligro? Fijaos en su garganta. Oh, amigos míos, el lobo se tumbó encima de su pecho, para chuparle la sangre.

El oficial se inclinó hacia mí.

—No es grave —declaró—. La piel apenas ha sido lacerada. ¿Qué significa, entonces, todo esto? Jamás lo habríamos hallado sin los aullidos del lobo.

—Y la bestia, ¿por dónde ha huido? —preguntó el soldado que me sostenía la cabeza y que, de entre todos, parecía el de más sangre fría.

—Ha vuelto a su guarida —respondió su camarada. Tenía el semblante lívido y temblaba de miedo, mirando a su alrededor. Luego añadió—: ¿No hay por aquí infinidad de tumbas donde puede guarecerse? ¡Vamos, muchachos! ¡Huyamos también nosotros de este lugar maldito!

El soldado me obligó a sentarme mientras el oficial daba unas órdenes. Entonces, varios jinetes me levantaron y me colocaron encima de una cabalgadura. El oficial saltó a la silla detrás de mí, me pasó un brazo en torno a la cintura, y dio la orden de partida. Dejando a nuestras espaldas el bosquecillo de cipreses, partimos al galope, en formación.

Como aún no había recuperado el uso de la palabra, no pude explicar nada de mi inverosímil aventura. Sin duda debí de dormirme, ya que lo único que recuerdo a partir de aquel momento es haber estado de pie, sostenido por dos soldados. Era de día y, hacia el norte, se reflejaba en la nieve un rayo de sol, semejante a un reguero de sangre. El oficial les ordenaba a sus hombres no decir nada de cuanto acababan de presenciar; solo explicarían que habían encontrado a un inglés atacado por un perro enorme.

—¡Un perro! —exclamó un soldado—. ¡Oh, no, no era un perro! ¡Yo sé distinguir perfectamente un lobo de un perro!

—He dicho un perro —repitió el oficial, tranquilamente.

—¡Un perro! —se burló el soldado.

Estaba claro que la salida del sol infundía valor a aquel cobarde, ya que, señalándome con el dedo, añadió:

—Mire su garganta, teniente. ¿Fue un perro el que hizo esto?

Instintivamente, me llevé la mano a la garganta y gemí de dolor. Todos me rodearon, algunos sin apearse, pero se inclinaron sobre las sillas para verme mejor.

—¡He dicho un perro! —exclamó de nuevo el oficial serenamente—. ¡Si contásemos otra cosa, todo el mundo se mofaría de nosotros!

Un soldado me hizo montar de nuevo en su caballo y proseguimos la marcha hasta llegar a los arrabales de Múnich. Allí me hicieron subir a una carreta, que me condujo al hotel Las Cuatro Estaciones. El oficial me acompañó al interior, mientras un soldado vigilaba su caballo y los demás se dirigían al cuartel.

Herr Delbrück se apresuró de tal forma a acudir hacia nosotros que comprendimos que nos aguardaba con impaciencia. Me cogió ambas manos y no me soltó hasta haber entrado en el vestíbulo. El oficial me saludó, y ya iba a retirarse cuando yo le rogué que se quedase, insistiendo en que subiera con nosotros a mi cuarto.

Le invité a un vaso de buen vino, le expresé mi profundo agradecimiento, lo mismo que a sus hombres, por haberme salvado la vida, y él me contestó que solo había cumplido con su deber. Después me contó que era Herr Delbrück el que había tomado las medidas necesarias para buscarme, y que tal búsqueda, en definitiva, no había resultado excesivamente desagradable.

Al escuchar tan ambigua declaración, el propietario del hotel sonrió, mientras el oficial nos rogaba que le dejásemos partir, ya que el servicio le reclamaba en el cuartel.

—Herr Delbrück —pregunté—, ¿a qué se debe en realidad que esos soldados fuesen en mi busca? ¿Por qué?

El hombre se encogió de hombros, como dando muy poca importancia a su intervención en el asunto.

—El comandante del cuartel donde yo serví —repuso luego— me permitió pedir unos voluntarios.

—¿Y usted, cómo sabía que yo me había extraviado?

—El cochero regresó con los restos del carruaje, que quedó casi completamente destrozado cuando los caballos se desbocaron.

—Sin embargo, juraría que no fue solo por eso por lo que usted envió a los soldados en mi busca…

—Oh, no… Bien, antes de que regresara el cochero, recibí este telegrama del individuo del cual usted es su huésped.

Del bolsillo extrajo un telegrama que me entregó.

Bistritz

Vigile atentamente a mi futuro invitado; su seguridad es muy valiosa para mí. Si le ocurriese algo terrible o desapareciese, haga cuanto pueda para hallarle y salvarle la vida. Es inglés y, por tanto, ama la aventura. La nieve, la noche y los lobos podrían ser para él grandes peligros. No pierda un instante si siente alguna inquietud al respecto. Mi fortuna me permitirá recompensar su celo.

DRÁCULA

Tenía aún el telegrama en la mano cuando me pareció que toda la habitación giraba a mi alrededor, y, de no haberme sujetado el hotelero, habría caído al suelo.

Era todo tan extraño, tan misterioso, tan increíble, que lentamente tuve la sensación de ser el juguete y el envite de unas fuerzas opuestas… y esta sola idea sirvió para paralizarme. Cierto, me encontraba al amparo de una protección misteriosa: casi en el instante oportuno, un mensaje llegado de un lejano país acababa de salvarme del peligro de dormirme sobre la nieve, y de perecer bajo los ataques de un lobo sanguinario.


[1] Noche de Walpurgis: es la del 30 de abril al primero de mayo, durante la cual, según una superstición alemana, las brujas celebran sus aquelarres en el Blocksberg. (N. del T.)

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Bram Stoker - El invitado de Drácula
  • Autor: Bram Stoker
  • Título: El invitado de Drácula
  • Título Original: Dracula’s Guest
  • Publicado en: Dracula’s Guest and Other Weird Stories (1914)
  • Traducción: Mario Montalbán

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