Elena Garro: Invitación al campo

Desde que el ministro entró a su salón a las siete de la mañana, a recogerla para la jira campestre, Inés supo que no era un hombre común y que el paseo tenía un objeto preciso, aunque secreto. La presencia inmaculada del visitante provocó la rebeldía de Ágata, que de pronto apareció en medio del salón arrastrando un gran trozo de carne cruda. El animal parecía querer desafiar el orden implacable que traía consigo el recién llegado. Inés corrió detrás del gato, que insolente saltó encima de la consola de los cristales amenazando romperlos.

—Perdone… nunca se porta así —dijo ella avergonzada.

—Lo sé, señora, es mi presencia la que lo enoja —contestó el ministro con una voz extrañamente hermosa.

Inés lo miró convencida. Era verdad. Era la presencia extraña la que había enojado a Ágata, que de costumbre se paseaba entre sus frascos de perfume aspirando el aroma de las cremas y polvos con deleite. Ágata siempre tan delicada, ahora se conducía indecente delante de un extraño. Miró a su huésped y vio que efectivamente había algo en él que no era común. Pero, ¿qué era lo que no era común en el visitante? Ágata escapó de la consola y su dueña no tuvo tiempo de contestarse a sí misma, se quedó inútil delante del hombre que la miraba intacto desde el centro del salón amarillo.

—¡Cuando usted guste, señora! —dijo con aquella extraña voz, que hizo vibrar a los espejos.

Salieron. El mercedes del ministro los esperaba solemne frente a la reja. Ahora el paisaje amarillo corría junto a ellos y apenas si habían cruzado palabra. El ministro ocupaba el lado izquierdo del automóvil y muy quieto miraba de perfil, como miran los pájaros, la inmensidad del valle que se reproducía en la copa amarilla del cielo. Al mismo tiempo la observaba, mientras parecía contar con exactitud los escasos árboles diseminados en el valle. Inés, nerviosa, sacó un cigarrillo y él con precisión subió el vidrio de la portezuela y se lo encendió. Ambos se miraron, observándose, por encima de la minúscula flama blanca. Acababan de conocerse y Ágata parecía estar en desacuerdo con el encuentro. En realidad, la invitación a la jira campestre se debía a la insistencia de Julio, un amigo común, que ahora, discreto, no había asistido al paseo. Julio pensaba que al conocerse terminaría la enemistad entre el ministro e Inés. Pero, ¿qué podía importarle a él la crítica banal de una señora? Mientras encendía el cigarrillo y lo miraba a los ojos, supo que el ministro no sólo estaba por encima de las enemistades, sino que casi se atrevería a jurarlo, por encima de las amistades.

Fumaba, observando el perfil de su acompañante. «Es un ser aparte y sus intereses son distintos a los nuestros», se dijo, y al decir nuestros ella se colocó en medio del común de los mortales y a su nuevo amigo en una dimensión diferente. Lo miró de reojo: una melancolía extraña se desprendía de las líneas finas y agudas del hombre que iba sentado a su izquierda. La piel oscura se aferraba a la delicadeza de los huesos finamente tallados, y la nariz, apenas aguileña, le daba un parecido con los pájaros. La certera puntería de la mirada estaba en desacuerdo con la exquisitez de los rasgos.

—¿Usted no fuma? —preguntó por decir algo.

—No, señora —contestó inclinándose ante ella.

En verdad era un personaje poco común. No podía explicarse en qué residía su extrañeza, tal vez en la voluntad de poder absoluto que se desprendía de él, en oposición con la apatía de ciertos gestos como los de sus manos que revelaban a un escéptico. El resultado de esta contradicción era la nostalgia extraordinaria que se desprendía de su rostro, y que se volvía contagiosa. De pronto se sintió invadida por una tristeza aguda que le hizo olvidar sus consideraciones sobre el extraño que la acompañaba. Abstraída, se dejó llevar por el paisaje y olvidó el lugar y la compañía en que se hallaba. Su memoria se diluyó en la luz de la mañana, y ella y su acompañante se convirtieron en minúsculas sombras reflejadas en una luminosa pantalla china. Su vida se escabulló por una misteriosa rendija abierta en el tiempo de la mañana y no le quedó ninguno de sus gestos anteriores al viaje. Volvió los ojos: lo único real era el perfil de su acompañante, al que había visto en los frisos mayas. El corte casi al rape de sus tupidos cabellos blancos, contrastaba con la fragilidad de los párpados. «Es un mandarín», se dijo, y se sintió desordenada junto al orden matemático del personaje. Se arregló los cabellos.

—El pelo rubio se ve bien en desorden —comentó el ministro, con su voz grave que brotó de su pecho delgado, poderosa de resonancias.

—¿Le gusta la música? —preguntó Inés, quizás asociándola con la voz de su reciente amigo.

—Siempre que trabajo la necesito, señora —dijo el mandarín con su misma hermosa voz.

Había algo muy poderoso muy antiguo en la voz que le hablaba. Quiso recordar dónde la había escuchado antes y se encontró en el jardín de su casa de niña, con un libro de tapas rojas y letras de oro. Al abrirlo, de sus páginas se desprendió una música melodiosa que le impidió la lectura y la dejó absorta frente al dragón que hipnotizaba al caballo, montado por un príncipe de ojos rasgados. Atrás, muy atrás, perdido en el infinito espacio de la página, una torre, que ella llamó campanario…

—Ese campanario me recuerda al caballo de la procesión de mi pueblo.

Inés se volvió sobresaltada. El ministro sonreía apenas, señalando con su sonrisa un campanario pequeño y lejanísimo, que se dibujaba blanco en la luz infinita de la mañana.

—El caballo es blanco, señora. Todo el año lo cuidan, lo alimentan con trigo fino y lo hacen dormir en yerba tierna. Las jóvenes vírgenes lo bañan y lo peinan y el día de la fiesta lo adornan con borlas azules y en sus crines colocan cascabeles de oro. Cuando sale el caballo a la procesión, todos la olvidan para seguir el ritmo de sus pasos y la música de sus crines —dijo sonriendo.

Inés tuvo la impresión de que le hablaba del cuento que encerraba el libro rojo, que ella no leyó por admirar las imágenes.

—Una vez me tocó condenarlo a presidio. ¡Era demasiado hermoso y distraía la fe del pueblo! El juicio se lo hicimos al pie del campanario, cuando ya estaba engalanado para la fiesta —el ministro se inclinó ante ella y susurró—: en la política, señora, se condena a la belleza cuando ésta interfiere con el poder. Así, tuve el apoyo del sacerdote y los votos de los feligreses que necesitaba para mi candidatura de diputado.

El campanario desapareció cuando el ministro terminó de hablar. El paisaje se deslizaba como una interminable sucesión de reflejos. Avanzaban por una corriente que los llevaba sin esfuerzo. Al final del viaje se descorrería la cortina de luz por la que viajaban y hallarían un milagro inesperado. El poder era justamente cruzar las fronteras que nos limitan, y el nuevo amigo de Inés era la concentración extraña del poder absoluto. Con esta convicción, Inés se volvió a mirar al hermoso mandarín que viajaba junto a ella y descubrió en su rostro una imperceptible ironía, como si acabara de leer sus tontos pensamientos. «¿Para qué me habrá invitado?», se preguntó sobresaltada. Él se inclinó ante ella.

—¿Es usted curiosa, señora?

—Sí… —aceptó Inés.

—Lo único que vale la pena ver es lo que está adelante del tiempo —contestó desplegando una sonrisa inmaculada.

Inés no supo qué contestar. Se volvió a mirar hacia atrás y se encontró con la comitiva de coches oficiales que los seguían. A través del vidrio ahumado el cortejo se volvía fantasmal. Le pareció absurdo que los escoltaran. Miró hacia adelante y dio con la grosera nuca del chofer. Antes no había reparado en él. Todo el tiempo había creído que en el mercedes sólo iban ella y el ministro. Tal vez esta impresión se debiera al poder invasor de su nuevo amigo, que con sólo estar oscurecía todas las presencias. Observó que los cabellos del chofer eran más largos que lo usual y que caían gruesos sobre el cuello negro del chaquetín.

—¿Se puede hablar de cualquier cosa? —preguntó ella haciendo alusión a la presencia del chofer.

—Sí, señora. En este paraje sólo estamos usted y yo.

Inés no tenía nada que decir y prefirió mirar al sol, que ahora se había vuelto muy pálido. Los pinos de la sierra helaban el aire que golpeaba los vidrios del mercedes. El ministro se volvió a ella y le subió el cuello del abrigo de pieles blancas. Después volvió a su quietud de friso maya. Inés sintió que su gesto había sido puramente cortés, y que en realidad le producía horror cualquier contacto extraño. Le tocó el hombro con la punta de los dedos.

—Abríguese —le aconsejó con voz suave.

El ministro la miró con frialdad, como si su gesto hubiera amenazado el orden secreto en que él se movía. Después, se ajustó las solapas de su abrigo de viaje de un gris metálico y brillante.

Los pinos empezaron a escasear y el viento de las altas cumbres sopló con violencia sobre las rocas blancas. Cada minuto acusaba al silencioso personaje: era más que un político, y su poder lo ejercía más allá de los límites conocidos. Desde su ámbito desconocido usaba una fuerza antiquísima que la lanzaba a su más olvidada infancia. La voluntad y los pensamientos de Inés cayeron rotos ante la omnipotente imagen y no se atrevió a mirarlo más.

El auto desembocó en un valle de luces blanquecinas. Entre las rocas crecían algunas hierbas pálidas y secas. El viento levantaba arenas pequeñísimas, que al reflejarse en la luz daban al aire una consistencia quebradiza.

Al final del camino, cerrándolo, un enorme grupo de automóviles dispuesto en forma de abanico, esperaba. El mercedes aminoró la marcha. A medida que fueron acercándose, Inés vio delante de los cofres, cuyos remates niquelados brillaban como cuchillos, a un grupo de hombres vestidos de oscuro, que de pie frente a los automóviles esperaban también. Los hombres llevaban gafas negras. Se detuvieron frente a ellos. El ministro no pareció inmutarse ante los extraños, que presurosos rodearon al vehículo. Uno de ellos abrió la portezuela y el ministro bajó. Se estableció un diálogo, que Inés no logró descifrar. Vio, en cambio, que su presencia los perturbaba, como si ella perteneciera a un orden distinto, pues la miraban con fijeza. El ministro permanecía impasible y se movía con soltura, como si supiera de antemano lo que ellos le decían. Miraba en torno suyo, sin hacer caso de sus palabras. La comitiva personal del ministro descendió de sus automóviles y se mezcló con el grupo que los había estado esperando. De pronto el ministro avanzó grácil hasta la portezuela abierta del mercedes y le tendió la mano invitándola a bajar.

—¿No baja, señora?

Inés obedeció a la invitación. Una vez en tierra se sintió insegura. De cerca los hombres tenían un extraño color tierra y sus mejillas y sus bocas parecían barro rajado. Sus corbatas de colorines contrastaban con sus pelos resecos cubiertos de polvo y sus nucas marchitas. No podía verles los ojos a través de los vidrios ahumados. Eran gordos y se movían con torpeza. Dos de ellos extendieron el brazo para señalar un camino invisible e Inés vio que de sus palmas rojizas iba a brotar sangre. Con una mirada el ministro le indicó que se colocara a su lado y ambos echaron a andar. Los hombres se detuvieron al borde del camino y abrieron un mapa marcado con algunas cruces.

—Aquí es —dijeron dos de ellos desdoblando el mapa.

El ministro sin hacer caso de su indicación, contempló el paisaje blancuzco, que se extendía como un enorme mar. Parecía abstraído y actuaba como si estuviera absolutamente solo, ignorando la presencia de los extraños que esperaban sus palabras con actitud ansiosa. Inés siguió la dirección de su mirada y encontró una antigua fachada gris. La casa era enorme, estaba en ruinas y sus ventanas vacías mostraban los vestigios de un incendio. El ministro pareció pensativo.

—Veo que ya no hay nada que hacer —dijo con su hermosa e imperturbable voz.

El hombre al que llamaban «Señor Gobernador» se acercó nervioso al ministro con intenciones de decirle algo, pero sólo produjo el ruido hueco de unos dientes de porcelana al entrechocar unos con otros adentro de su boca vacía. Inmediatamente, el gobernador hizo un gesto de sorpresa al ver a unas figuras descalzas y vestidas de blanco que se acercaban al grupo. Los hombres de gafas negras formaron un semicírculo amenazador, mientras el ministro permanecía impasible. Las figuras vestidas de blanco se acercaron cada vez más e Inés se dio cuenta de que eran más de un centenar. Tenían rajaduras en la piel y de ellas brotaban hilos de sangre a medio coagular; las mechas negras les caían lacias sobre los rostros exangües. Las ropas blancas eran garras y de sus bocas entreabiertas no salía una sola palabra.

—Haré lo que pueda por ustedes… lo haré —repitió el ministro con voz clara y sin perder la sangre fría.

Después, acompañado por Inés, se alejó rápidamente de la orilla del camino y ambos subieron al mercedes. El automóvil partió raudo. El paraje estaba absolutamente quieto y no soplaba ningún viento. Inés no sabía si iba de ida o de regreso y si estaba dormida o despierta. En el valle sin viento se quedaron los hombres vestidos de oscuro y los hombres vestidos de blanco. El ministro se volvió hacia ella.

—Ya vamos a llegar —anunció con una sonrisa apenas esbozada.

Su voz estableció un tiempo preciso e Inés pareció olvidar lo que acababa de suceder, sin embargo lo seguía recordando, aunque ahora carecía del orden exacto de la visión y sólo rescataba imágenes fragmentadas, gestos sueltos y la extraña sensación de haber visitado un paraje prohibido. El mercedes entró a la boca de un valle frío, igual al que acababan de cruzar. Inés miró el rostro exquisito de su amigo y no halló ningún rastro que indicara que volvían al lugar del que acababan de partir. El terreno era ondulado y las hierbas se mecían al compás de un viento helado. Estaba segura de que era el mismo valle y de que sólo la luz había cambiado. Al final del camino, cerrándolo, un grupo de automóviles dispuesto en forma de abanico, esperaba. El mercedes aminoró la marcha. A medida que fueron acercándose, Inés vio delante de los cofres cuyos remates niquelados brillaban como cuchillos, a un grupo de hombres vestidos de oscuro, que de pie frente a los automóviles, esperaba también. Los hombres llevaban gafas negras. El mercedes se detuvo suavemente frente a ellos. El ministro no pareció inmutarse ante la presencia de los extraños, que presurosos rodearon el vehículo. Uno de ellos abrió la portezuela y el ministro bajó a tierra. Su figura enfundada de gris se recortaba ligera en medio de las figuras obtusas de los extraños. Se estableció un diálogo, que Inés no logró descifrar. Vio, en cambio, que su presencia los perturbaba, como si ella perteneciera a un orden diferente o fuera un testigo inoportuno, pues miraban hacia ella con fijeza, a través de sus gafas negras. El ministro permanecía impasible y se movía entre ellos con soltura, como si supiera de antemano lo que ellos le decían. Miraba en torno suyo, sin hacer caso de sus palabras. La comitiva personal del ministro descendió de sus automóviles y se mezcló con el grupo que aguardaba. De pronto el ministro avanzó grácil hasta la portezuela abierta del mercedes y le tendió la mano.

—¿No baja, señora?

Inés obedeció a la invitación. Una vez en tierra se sintió insegura; detrás de cada par de gafas negras, adivinaba miradas indecentes. Miró las corbatas brillantes y los pelos llenos de vaselina de los hombres que esperaban. Parecían ávidos y groseros dentro de sus cuerpos redondos por la grasa fácil. Los bultos de las pistolas les deformaban los talles.

—Es por aquí —dijeron dos de los hombres señalando la orilla del camino. En sus dedos gordos y negros brillaban verdes las esmeraldas y cristalinos los diamantes de los anillos con los que se adornaban.

El ministro contempló el paisaje ondulado, que se extendía como el mar. Parecía abstraído mientras los otros esperaban sus palabras con ansiedad. Inés siguió la dirección de su mirada y encontró una hermosa fachada gris. La casa lejana era enorme y sus ventanas estaban cuidadosamente cerradas. El ministro pareció pensativo.

—¿Y eso? —preguntó señalando con su sonrisa la fachada lejana.

—Es la antigua hacienda de los Lechuga —contestó el hombre al cual llamaban «señor gobernador» y que se relamía los labios resecos de color barro entre los cuales brillaba la perfección de porcelana de unos dientes postizos.

—¿Y ahora quiénes son los dueños? —preguntó el ministro sin cambiar de actitud.

—Los Lechuga… —contestó el gobernador con la voz incómoda. Después se echó a reír como para facilitar el diálogo.

—¿Son ésas las tierras que se van a tomar? —preguntó el ministro sin mirar a nadie en particular.

—¿Las de los Lechuga? No, hermanito, esas tierras son inafectables —contestó el gobernador con voz hueca.

—Son éstas —dijeron los hombres al mismo tiempo que abrían un mapa, que colocaron delante del ministro. Éste, impenetrable, se inclinó a estudiarlo.

—¿Es necesario tomar todo el ejido? —preguntó con voz indiferente.

—Apenas alcanza para los fines dispuestos —contestó nervioso el gobernador, haciendo castañetear los dientes. De pronto se detuvo en su explicación y con desagrado miró hacia unos grupos de indios vestidos de blanco, que se acercaban encabezados por una anciana descalza.

—Señor, somos pobres. Si estos rateros nos quitan las tierras correrá otra vez nuestra preciosa sangre —dijo la anciana, con una voz de niña, encarándose con el ministro.

El grupo de hombres con gafas negras se abrió en un semicírculo amenazador.

—¡Cállate vieja! ¿No sabes que estás delante de la más alta autoridad? —amenazó uno haciendo ademán de querer golpear a la india.

—¡Asesino! ¿Por qué no le quitas las tierras a los Lechuga o al mentado Feldmann? —preguntó la anciana a la cara de quien la amenazaba.

Las palabras de la vieja desencadenaron un coro de protestas y los indios trataron de avanzar. El ministro levantó la mano en señal de paz. Su gesto calmó unos instantes el motín que amenazaba producirse. Pero las voces airadas volvieron a levantarse más sombrías.

—¡Asesinos! ¡Correrá otra vez nuestra preciosa sangre!

—¿Qué dicen? ¿Nos acusan de asesinos? —preguntó airado el gobernador.

—¡Sí! ¿No mataste a los de Santa María para robarles sus tierras? —contestaron los de blanco.

El ministro levantó la mano en señal de paz.

—Haré lo que pueda por ustedes. Para eso vine aquí.

La voz del ministro pareció calmar a los airados. En ese instante, con un gesto, dispersó a los pistoleros y alejó al gobernador. De mala gana, los hombres de gafas negras se refugiaron cerca de los automóviles. Se hizo un silencio, que rompió la vieja para presentar las quejas comunes. Su voz enumeraba penas como una larga letanía. La cara descompuesta por la ira contrastaba con la voz lastimosa. Los demás la escuchaban con ojos centelleantes.

—¿Quién de ustedes tiene la vara de la sabiduría?

Un joven de pelo lacio avanzó hasta el ministro.

—La tuvo mi difunto padre y ahora la tengo yo.

Los demás aprobaron. De todos los recodos del paisaje avanzaban los indios envueltos en sus trajes en garras de color blanco.

—Forma una comisión y ven a mi despacho. Allí arreglaremos que no los despojen de sus tierras —su voz sonó sin convicción, como si de antemano supiera lo inútil de sus gestos y de sus palabras.

Los campesinos se calmaron y guardaron silencio. Su cólera se esfumó en la hermosa luz de la mañana. Con ojos ávidos siguieron los gestos delicados y las palabras comunes que el ministro les regalaba. Les hablaba de cualquier cosa sin énfasis, con una indiferencia completa; de cuando en cuando subrayaba las frases con una sonrisa. El diálogo se volvió una charla apacible. A lo lejos, los hombres del gobernador lo miraban ceñudos.

Cuando el mercedes arrancó, las manos de los hombres del campo ondularon el aire en señal de adiós. El ministro cedió el paso al automóvil del gobernador que encabezó la comitiva. Inés tuvo la impresión de que se hallaba muy abatido.

—¿De veras va usted a impedir que les quiten sus tierras? —preguntó ella, escrutando el rostro impenetrable de su amigo.

—Señora, yo no soy brujo. No puedo cambiar los hechos ni sus consecuencias.

No, en verdad no era un brujo. Tal vez sólo un personaje que vivía fuera del tiempo. Inés tuvo la certeza de que podía ir por el tiempo a voluntad y de que su permanencia en el paisaje era anterior a la memoria de la historia. Tal vez sólo era el necesario testigo, el libro secreto en donde se inscribían los acontecimientos; volver sus páginas sería encontrar a través de los siglos el mismo hecho repetido. Por eso su cansancio. La carretera se había vuelto una carretera cualquiera. Como si de pronto el poder del hombre que viajaba junto a ella se hubiera extinguido. Llegaron a la ciudad de provincia que los esperaba. Visitaron el Palacio de Gobierno, en donde el ministro revisó casi sin ver los mapas que parecía conocer de memoria. Las palabras pomposas del gobernador caían como guirnaldas fúnebres sobre los hombros del ministro, que ignoraba la presencia de su huésped. Después los condujeron a un hotel de grandes ventanales en donde aguardaba un banquete. El ministro ocupó su lugar y presidió las bromas abigarradas de elogios y los platillos desparramados de grasa. Nada existía para él, ni la grosería de sus acompañantes ni la mayonesa pasada de la langosta.

A las cinco de la tarde terminó el banquete con la tristeza que producen las digestiones pesadas. Los diputados, el gobernador, el secretario general y el director de las prisiones tenían las caras caídas y la piel como tepalcates sucios. Sólo él permanecía intacto como un granizo. Una última fotografía en las escaleras del hotel de lujo y después la despedida junto a la portezuela abierta del mercedes. El camino de regreso estaba oscuro. Por las montañas descendían sombras que se posaban en los valles. Desde un rincón, el ministro miraba la oscuridad y el automóvil se impregnó de nostalgia. Atravesaban grandes extensiones en donde no quedaban vestigios de que hubiera vivido nadie. La vida era eso: una gran extensión oscura en donde era igual avanzar hacia atrás o hacia adelante; los gestos se sucedían sin eco y de ellos no quedaban trazas. Era un ir corriendo en un espacio vacío hacia ninguna parte. Allí se borraban el Sur y el Norte como simples convenciones banales y, sin embargo, la nostalgia persistía como una capa de humedad de la que no se podía escapar. Viajaron en silencio, cada uno sumergido en sus propios pensamientos. Era difícil que Inés pensara, la presencia de su reciente amigo le vaciaba la cabeza y la dejaba en una orilla límite desde donde podía alcanzar una realidad distinta. De pronto cruzaron un pueblo apenas iluminado. El ministro ordenó al chofer que se detuvieran en algún sitio donde tomar una bebida caliente. Entraron seguidos de sus acompañantes a un tendajón en donde al mismo tiempo que se vendían especies, caramelos y quesos olorosos, se servían bebidas alcohólicas y café caliente. El piso era de tierra y el pequeño mostrador grasiento estaba pintado de un color canario. Los ayudantes del ministro solícitos ordenaron los cafés, mientras su superior y su amiga se quedaban en una esquina casi oscura del estrecho tendajón. De pronto apareció cerca del mostrador una niña. Estaba descalza y sus faldas azules desgarradas; no había nada insólito en ella a excepción de sus revueltos cabellos rubios. El ministro avanzó hasta ella sonriente y le tocó los cabellos extraños para un pueblo de indios.

—¡Es rubia! —dijo dirigiendo una mirada a Inés, quien se acercó a la criatura. La niña permaneció con los ojos bajos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el ministro e Inés tuvo la impresión de que sabía su nombre.

—Inés… —dijo la niña levantando la cara y mostrando las pecas que invadían su naricilla.

Un coro de exclamaciones de los ayudantes del ministro acogió la respuesta de la niña.

—Todas las que llevan tu nombre son rubias —dijo sonriendo a su invitada.

El incidente era curioso, pero parecía carecer de importancia. Sin embargo Inés se quedó preocupada. Una vez en el coche, quiso saber por qué aquella niña perdida en el pueblo de indios era rubia y por qué se llamaba Inés.

—No me gustó el gobernador. Es un hombre muy ávido —dijo Inés recordando la cara oscura y la boca grosera del hombre de los dientes falsos.

—Así parece ser, señora —asentó el ministro con su voz musical.

—¿Le va a permitir que se quede con esas tierras? —preguntó ella.

—Antes le pregunté si era curiosa, señora —contestó él desde su rincón oscuro.

—Le dije que sí lo era —respondió ella desconcertada.

—Entonces, usted no es buena deductora —aseguró él sonriendo.

Inés no supo qué contestar. Su acompañante le producía la sensación de dejarle la cabeza en blanco.

Reanudaron la marcha y el mercedes entró en un valle frío. A Inés le pareció que era el mismo que habían cruzado ya dos veces durante la mañana, sólo que ahora las sombras lo hacían parecer como un tercero. Iba a preguntar algo, cuando vio que al final del camino, cerrándolo, había un grupo de automóviles, dispuesto en forma de abanico. El mercedes no aminoró la marcha, e Inés vio, delante de los cofres, cuyos remates niquelados brillaban como cuchillos con la luz de los faros del mercedes, a un grupo de hombres que de pie, delante de los automóviles, esperaban. El ministro no pareció inmutarse cuando el mercedes pasó sobre ellos como un bólido. Detrás, su comitiva hizo otro tanto. Inés aceptaba sin una pregunta todo lo que viniera de parte del ministro; sin embargo, esta vez miró con extrañeza a la figura preciosa que sonreía en la oscuridad. Sintió que en ese instante entraba a un miedo más allá de todo control. El ministro se inclinó solícito y ella guardó silencio aterrada. Entonces, él subió con cuidado el cuello de pieles blancas con el que se envolvía.

—La noche está muy fría.

Inés no contestó. Esta vez la hermosa voz no logró ahuyentarle el miedo. Al contrario, pensó que detrás del engaño de su música se encerraba un poder mortal y procuró mirar la noche para olvidar las visiones absurdas que creía haber visto ya dos veces durante el mismo paseo.

—Además de fría, la noche brilla como un juego de espejos —agregó la voz seductora.

—Sí, como un juego de espejos —repitió ella sintiendo que detrás de la palabra espejo se encerraba un misterio.

El ministro se inclinó ante ella, que guardaba silencio aterrada.

—En mi pueblo, señora, tuve que encerrar en la cárcel a José Isabel Reyes. Usted no sabe por qué lo hice, no me juzgue mal. Era un hombre muy peligroso, podía reflejar a voluntad el futuro. Usted le llama videncia, ¿verdad? Pero no es exactamente eso. José Isabel Reyes no se conformaba con ver el futuro, sino que lo desplegaba a voluntad delante de los ojos de los otros. Así, les quitaba la fe a todos. Nadie creía en los hechos porque José Isabel les enseñaba en hechos las consecuencias de los mismos. Él sabía que yo era el que lo iba a apresar. Yo no. Una noche llegó hasta mi casa y platicamos, después venía todas las noches y, en efecto, el tiempo son imágenes, que se proyectan en espacios sucesivos, como un juego de espejos… El todo está en colocarse en el ángulo favorable. Por eso, José Isabel Reyes era peligroso.

Inés guardó silencio. El ministro tenía una manera peculiar de pronunciar el nombre de José Isabel Reyes: era como si se lo presentara delante y ella se sintiera avergonzada delante de una presencia indiscreta. La voz del ministro tenía además el don de hacerle olvidar todo lo que sabía sobre ella misma y recordarle todo lo que ignoraba sobre sí misma. Por ejemplo, ahora su voz había borrado el extraño paisaje que habían cruzado tres veces. No sabía por qué siempre estaban allí los mismos hombres, y no se le ocurría preguntárselo. Esta última vez habían pasado sobre ellos sin inmutarse. Iba a preguntar, cuando vio que habían llegado a la ciudad. Casi sin sentirlo se encontró frente a su casa. El mercedes se detuvo y detrás se detuvo la comitiva. El ministro bajó y la ayudó a salir del vehículo. Una vez en la luz de los arbotantes, se volvió hacia el chofer.

—José Isabel, baje los dulces de la señora —ordenó con voz tranquila.

El chofer sacó del automóvil los paquetes de camotes, los quesos y las frutas olorosas, que el ministro le había obsequiado durante el viaje.

Inés vio cómo el viejo mandarín se inclinaba ante ella. Lo último que le oyó decir la dejó pensativa.

—Lea usted los periódicos del 7 de mayo.

Faltaban todavía cinco meses para que llegara mayo. Ahora el día con su escalofriante noticia estaba sobre la bandeja de su desayuno: En Tlacopa, en un motín de campesinos hallaron la muerte el gobernador y sus amigos…

Inés llamó al ministro por teléfono. Su voz melodiosa parecía la misma.

—Hoy andamos juntos usted y yo en los altos de Tlacopa, señora. ¿No recuerda que la invité a una gira campestre?

—¿Y José Isabel Reyes, señor ministro?

—No me lo tome a mal, señora, tuve que encarcelarlo por ser un hombre muy peligroso.

Ficha bibliográfica

Autor: Elena Garro
Título: Invitación al campo
Publicado en: El accidente y otros cuentos inéditos, 1997

[Relato completo]

Elena Garro

1 comentario en «Elena Garro: Invitación al campo»

  1. Misterio y muchos s interrogantes me deja este hermoso relato. El ministro como un ente irreal y al mismo tiempo por su acciones de hacer justicia muy real. Finamente descrito frágil y volátil como un pájaro que se mueve en el tiempo y fuera de él, galante, discreto y dulce con la mujer a la que invita a un viaje donde encuentran los miserables de siempre, despojados y con hambre y protestas de justicia. Ella era la niña rubia que nunca leyó aquel libro y que él acarició reconociéndola en el desolado paisaje de los infortunados, los del campo que, finalmente, son reivindicados.

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