Evelyn Waugh: La fiesta que dio Bella Fleace

Ballingar está a cuatro horas y media de Dublín si uno toma el primer tren desde la estación de Broadstone, y a cinco y cuarto si uno espera hasta la tarde. Es ciudad de mercado, la principal población de un distrito grande relativamente populoso. En un lado de la plaza, hay una bonita iglesia protestante de estilo neogótico —data de 1820—, y una enorme catedral católica —inacabada— justo enfrente, ejemplo de esa irresponsable mezcolanza de órdenes arquitectónicos tan querida a los pietistas transmontanos. Letras de inspiración vagamente celta empiezan a reemplazar las del alfabeto latino en las fachadas de los comercios que completan la plaza. Del primero al último venden todos idénticas mercancías en diversos grados de deterioro; la tienda de Mulligan, la tienda de Flannigan, la tienda de Riley, en cada una de ellas el cliente encontrará gruesas botas negras, colgadas en atados, jabonoso queso de las colonias, artículos de mercería y ferretería, aceite y guarniciones, y todas tienen permiso para expender cerveza rubia o negra para su consumo tanto dentro como fuera del establecimiento. El cuartel se mantiene en pie, con las ventanas sin paño y el interior renegrido, a guisa de monumento a la emancipación. En el buzón de color verde alguien ha escrito con brea: «El papa es un traidor». La típica ciudad irlandesa.

Fleacetown dista de Ballingar unos veinticuatro kilómetros por una carretera desnivelada que recorre una típica campiña irlandesa; a lo lejos, colinas de un tono amoratado, y, en un lado de la carretera, hasta donde alcanza la mirada y visibles a intervalos entre nubecillas de niebla, kilómetros y kilómetros de ciénaga con algún que otro montón de turba de vez en cuando. Al otro lado, el terreno se empina hacia el norte, dividido a intervalos irregulares por terraplenes y muretes de piedra en campos enjutos que hacen las delicias de los perros de caza de Ballingar. Todo está cubierto de musgo: una verde alfombra rasposa cubre muretes y terraplenes, y un mullido terciopelo verde recubre los troncos de los árboles, desdibujando las texturas de forma que es casi imposible saber dónde termina el suelo y dónde empieza el tronco o la mampostería. Viniendo desde Ballingar hay toda una sucesión de cabañas enjalbegadas y una docena de casas de labranza; pero en toda la zona no hay una sola casa de caballeros, pues en tiempos anteriores a la Comisión de Arrendamientos, esa zona fue propiedad de Flace. Lo único que pertenece ahora a Fleacetown es la heredad, y los granjeros de la comarca la utilizan para el pastoreo. Sólo unos cuantos arriates se cultivan en el jardín tapiado de la iglesia; el resto se ha ido pudriendo, y arbustos espinosos desprovistos de frutos comestibles se extienden por todas partes entre flores larguiruchas condenadas a volver a su estado primitivo. Hace diez años que los invernaderos son simples armazones a merced de corrientes de aire. La gran verja incrustada en su arco georgiano tiene siempre echado el candado, nadie ocupa los pabellones, y la línea que dibuja el paseo principal apenas si se ve entre los prados. Se accede a la casa un poco más arriba a través de una cancela, siguiendo un sendero echado a perder por el ganado.

Pero la casa propiamente dicha, en la fecha de la que estamos hablando, se encontraba en un estado relativamente bien conservado, esto es, comparada con Ballingar House o el castillo de Boycott o Knode Hall. Claro está que no podía rivalizar con Gordontown, donde la norteamericana ladyGordon había instalado luz eléctrica, calefacción central y un ascensor, ni con Mock House o Newhill, que estaban alquiladas a ingleses amantes de la caza, ni con el castillo de Mockstock, desde que lord Mockstock se casó con una plebeya. Estas cuatro casas, con su gravilla bien rastrillada, sus cuartos de baño y sus dinamos, eran el pasmo y el hazmerreír del país. Pero Fleacetown, en sana competencia con las casas esencialmente irlandesas del Estado Libre, era insólitamente habitable.

El tejado estaba intacto; y es precisamente el tejado lo que en Irlanda marca la diferencia entre el segundo y el tercer escalón de casas de campo. Cuando eso falla tienes musgo en los dormitorios, helechos en la escalera y vacas en la biblioteca, y, al cabo de pocos años, no te queda más remedio que mudarte a la vaquería o a uno de los pabellones. Pero mientras un irlandés tenga, literalmente, un techo sobre su cabeza, su casa sigue siendo un castillo para él. Había algunos puntos flacos en Fleacetown, pero la opinión general era que los emplomados podían durar todavía una veintena de años y que, desde luego, sobrevivirían al actual propietario.

La señorita Annabel Rochfort-Doyle-Fleace, puestos a dar el nombre completo bajo el cual constaba en obras de referencia, aunque toda la comarca la conocía como Bella Fleace, era la última de su familia. Fleces y Fleysers habían residido en Ballingar desde los tiempos de Strongbow, y diversas alquerías señalaban el lugar donde habían habitado un fuerte con empalizada dos siglos antes de que llegaran los Boycott, los Gordon o los Mockstock. En la sala de billar colgaba un árbol de familia blasonado por un genealogista decimonónico, donde podía apreciarse cómo el linaje original se mezcló con los también antiquísimos Rochfort y los respetables, si bien más recientes, Doyle. La casa actual había sido edificada según extravagantes planos a mediados del siglo XVIII, cuando la familia, un tanto debilitada ya, poseía aún riquezas e influencia. Resultaría tedioso dejar aquí constancia de su paulatino declive; baste decir que no se debió a un heroico libertinaje. Los Fleace se fueron empobreciendo discretamente sin más, como les ocurre a las familias que no hacen el menor esfuerzo por ayudarse a sí mismas. Las últimas generaciones, por otra parte, habían mostrado claros signos de excentricidad. La madre de Bella —una O’Hara de Newhill— tuvo el delirio de que era negra desde el día de su boda hasta el de su defunción. Su hermano, de quien ella había heredado, se dedicó a pintar al óleo; no tenía en la cabeza otra cosa que el tema del asesinato y antes de morir había llevado al lienzo prácticamente todos los asesinatos famosos de la historia, desde el de Julio César hasta el del general Wilson. Estaba trabajando en un cuadro, el de su propio asesinato, en la época de los conflictos, cuando lo asaltaron y le propinaron dos tiros mortales en su propio camino particular.

Precisamente debajo de uno de los cuadros de su hermano —Abraham Lincoln en el palco del teatro— se hallaba sentada la señorita Fleace una mañana gris de noviembre cuando se le ocurrió la idea de organizar una fiesta por Navidad. Sería innecesario, y en cierto modo confuso, describir su aspecto con detalle, pues parecía estar en abierta contradicción con gran parte de su personalidad. Tenía más de ochenta años, un aspecto muy desaliñado y la tez muy colorada; llevaba sus cabellos entrecanos recogidos de cualquier manera en un moño, y algunos mechones huían hacia sus mejillas; su prominente nariz mostraba venitas azules, y sus ojos, de un azul pálido, miraban inexpresivos y perturbados; tenía una sonrisa vivaz y hablaba con un marcado acento irlandés. Se ayudaba de un bastón para caminar, pues muchos años atrás había quedado coja cuando su caballo la arrastró por unas piedras sueltas durante una larga jornada con los sabuesos de Ballingar; un médico ligeramente ebrio acabó de complicar la cosa, y Bella ya no había podido montar nunca más. Cuando los perros se metían en las espesuras de Fleacetown, salía a pie para afearle airadamente la conducta al cazador en cuestión, pero con los años eran cada vez menos los amigos de antaño que aparecían por allí; en cambio, se presentaban caras extrañas.

Conocían a Bella, aunque ésta no los conocía a ellos. Se había convertido en una marca, un chiste muy apreciado en la vecindad.

—Un día echado a perder —se les oía decir después—. Hemos dado con el zorro, pero casi al momento lo hemos perdido otra vez. Pero, bueno, hemos visto a Bella. Quién sabe cuánto durará esa mujer. Debe de tener casi noventa años. Mi padre la recuerda yendo de cacería… y hay que ver cómo montaba.

De hecho, la propia Bella Fleace pensaba cada vez más en la contingencia de la muerte. El invierno anterior a éste del que hablamos, había estado gravemente enferma. Resurgió en abril, con las mejillas sonrosadas como siempre, pero más lenta de movimientos y de cabeza. Dio instrucciones de que las tumbas de su padre y su hermano recibieran mayores cuidados, y, llegado el mes de junio, tomó la insólita iniciativa de proponer a su heredero que fuera a visitarla. Hasta entonces siempre se había negado a ver a aquel joven. Se trataba de un primo muy lejano, inglés para más señas, de apellido Banks. Vivía en South Kensington y trabajaba en el museo local. Se presentó en agosto y escribió largas y divertidas cartas a sus amigos explicando detalles de la visita, experiencia que más adelante convertiría en un relato breve para el Spectator. A Bella le cayó mal desde el primer momento. Usaba gafas con montura de concha y tenía voz de locutor de la BBC. Dedicaba mucho tiempo a fotografiar las repisas de las chimeneas y las molduras de las puertas. Un día se acercó a Bella con un montón de tomos encuadernados en piel de becerro que había cogido de la biblioteca.

—Oye, ¿sabías que tenías todos estos libros? —preguntó.

—Sí —mintió Bella.

—Son todo primeras ediciones. Deben de ser muy valiosos…

—Déjalos donde los has encontrado.

Más adelante, cuando le escribió para agradecerle la visita —adjuntando copias de algunas de las fotos—, Banks mencionó de nuevo los libros. Esto dio que pensar a Bella. ¿Por qué tenía aquel mocoso que andar husmeando por la casa poniéndole precio a todo? Al fin y al cabo, pensó Bella, todavía no se había muerto. Y, cuanto más lo meditaba, más repugnante le resultaba la imagen de Archie Banks llevándose sus libros a South Kensington, retirando las repisas de las chimeneas y, según le había dicho con aire amenazador, escribiendo un trabajo sobre la casa para Architectural Review. Bella había oído decir a menudo que los libros eran valiosos. Bueno, había muchos en la biblioteca y no veía por qué demonios tenía que sacar él un provecho. Decidió escribir una carta a un librero de Dublín, y el hombre acudió a echar un vistazo a la biblioteca. Al cabo de un rato le ofreció mil doscientas libras por el conjunto, o mil por los seis libros que habían llamado la atención de Archie. Bella no estaba segura de tener derecho a vender cosas de la casa; una venta al por mayor se notaría demasiado. Así pues, conservó los tomos de sermones e historia militar que constituían el grueso de la colección, el librero se quedó con las primeras ediciones —que al final se vendieron por bastante menos de lo que él le había pagado— y Bella se quedó a la espera del invierno con mil libras en mano.

Fue entonces cuando se le ocurrió la idea de la fiesta. Por Navidad en Ballingar se daban siempre varias fiestas, pero a Bella hacía años que no la invitaban a ninguna, en parte porque muchos de sus vecinos no habían hablado nunca con ella, en parte porque pensaban que no querría ir, y en parte porque de haber aceptado no habrían sabido qué hacer con ella. A decir verdad, a Bella le encantaban las fiestas. Le gustaba sentarse a la mesa en una habitación con mucho bullicio, le gustaba la música de baile y chismorrear sobre qué chica era guapa y cuál no, y que le sirvieran hombres con chaqué de color rosa. Y, aunque intentaba consolarse con desdeñosas reflexiones sobre la ascendencia de las anfitrionas, le fastidiaba cada vez que oía hablar de que se daba una fiesta en el vecindario y a ella no le decían nada.

Y fue así, sentada con el Irish Times bajo el retrato de Abraham Lincoln y contemplando las colinas más allá de los árboles desnudos del jardín, como tuvo la idea de dar una fiesta. Se puso de pie al momento y cruzó cojeando la salita hasta la cuerda del timbre. Momentos después comparecía el mayordomo, ataviado con el mandil de paño verde que se ponía para limpiar los cubiertos de plata y sujetando el cepillo con la mano mientras hacía silencioso hincapié en lo irregular del timbrazo.

—¿Era usted que llamaba? —preguntó.

—Claro, ¿quién, si no?

—¡Y yo con la plata!

—Riley —dijo Bella con cierta solemnidad—, me he propuesto organizar un baile por Navidad.

—¡De veras! —exclamó el mayordomo—. ¿Y para qué quiere usted bailar, a su edad?

Pero mientras Bella le hacía un esbozo de su idea, los ojos de Riley empezaron a mostrar un brillo de complicidad.

—No ha habido un baile así en la región desde hace veinticinco años. Va a costar una fortuna.

Los preparativos fueron, necesariamente, formidables. Siete sirvientes nuevos reclutados en el pueblo se ocuparon de sacar el polvo, limpiar y pulir, retirar muebles y arrancar moquetas. Su quehacer puso en evidencia nuevas necesidades; las molduras de escayola, podridas desde hacía mucho tiempo, se desmoronaban bajo los plumeros, las carcomidas tablas de caoba se levantaban al tirar de las chinchetas; en el salón grande, detrás de los aparadores, apareció ladrillo visto. En una segunda oleada, la invasión trajo a pintores, empapeladores y fontaneros, y, en un momento de entusiasmo, Bella decidió hacer dorar de nuevo la cornisa y los capiteles de las columnas del hall; se pusieron cristales nuevos en las ventanas, barandillas donde debía haberlas y no las había, y se cambió de sitio la alfombra de la escalera para que se notaran menos los trechos muy gastados.

Bella se mostró infatigable en todo momento. Correteaba de acá para allá, del salón al vestíbulo, por la larga galería, escaleras arriba, reprendiendo a los sirvientes asalariados, echando una mano con los objetos más livianos del mobiliario, deslizándose —llegado el momento— por el suelo de caoba del salón para marcarlo con el jaboncillo. Vació cajones de cubertería en el desván, encontró servicios de porcelana largamente olvidados, bajó con Riley a la bodega a fin de contar las pocas botellas que quedaban de un champán ahora ácido y sin efervescencia. Al anochecer, cuando los trabajadores manuales marchaban exhaustos a sus burdos entretenimientos, Bella estudiaba libros de cocina hasta bien entrada la noche, comparaba presupuestos de diferentes casas de servicio de comidas, redactaba largas y prolijas cartas a los representantes de orquestas de baile y, lo más importante, escribía la dirección de su lista de invitados en las tarjetas grabadas que tenía sobre el buró en sendas pilas altas.

En Irlanda la distancia cuenta poco. La gente está más que dispuesta a hacer un trayecto de tres horas en coche para ir de visita, y, ante un baile de tanta importancia, ningún viaje era demasiado largo. Para confeccionar la lista, Bella recurrió a obras de referencia, a Riley —que estaba un poco más al día en estas cuestiones— y a su propia y revigorizada memoria. Con su letra firme e infantil, abordó alegremente la tarea de ir transfiriendo los nombres a las tarjetas y escribiendo la dirección en los sobres. Eso le ocupó varias sesiones. Muchos de aquellos nombres pertenecían a personas ya difuntas o postradas en cama; algunos de los que ella recordaba haber visto de niña estaban ya a punto de jubilarse en regiones remotas del globo terráqueo; muchas de las direcciones correspondían a casas quemadas durante los conflictos y que no habían sido reconstruidas; otras no tenían «inquilino oficial; sólo campesinos». Pero por fin, tras mucho trabajo, terminó todos los sobres. Un último esfuerzo con los sellos y, finalmente, aunque más tarde de lo acostumbrado, se levantó de la mesa. Tenía el cuerpo rígido, los ojos deslumbrados de tanto fijar la vista, y la lengua pastosa debido a la goma del servicio de correos del Libre Estado; se sentía un poco mareada, pero cerró el buró con llave sabiendo que la parte más urgente de los preparativos para la fiesta estaba terminada. En la lista había habido varias omisiones, tan deliberadas como importantes.

—¿Qué es todo eso de que Bella va a dar una fiesta? —le preguntó ladyGordon a lady Mockstock—. Yo no he recibido ninguna tarjeta.

—Yo tampoco. Espero que la anciana no se haya olvidado de mí, porque pienso ir. No he estado nunca dentro de esa casa. Parece ser que tiene cosas muy bonitas.

Con auténtica reserva inglesa, la dama cuyo marido había alquilado Mock Hall no reveló en ningún momento que estuviera al corriente de que se preparaba una fiesta en Fleacetown.

A medida que se aproximaba el día señalado, Bella se fue concentrando en su propio aspecto. En los últimos años se había comprado muy poca ropa, y el modisto de Dublín al que solía acudir había cerrado el negocio. Durante un momento de delirio acarició la idea de hacer un viaje a Londres e incluso a París, y sólo por cuestiones de tiempo se vio obligada a abandonar el proyecto. Al final descubrió una tienda a su gusto y compró un suntuoso vestido de raso color carmesí; posteriormente añadió al conjunto unos largos guantes blancos y unos zapatos de raso. Por desgracia, no tenía ninguna diadema entre sus joyas, pero desenterró un gran número de insulsos anillos victorianos, varias cadenas y relicarios, broches de perlas, pendientes de turquesa y un collar de granates. Finalmente quedó con un peluquero de Dublín para que fuera a arreglarle el pelo.

El día del baile se despertó temprano, un tanto febril debido a los nervios de la ocasión, y permaneció inquieta en la cama hasta que la llamaron, repasando mentalmente una y otra vez los pormenores de la fiesta. Antes del mediodía había ido a supervisar la colocación de centenares de velas en apliques repartidos por el salón de baile y el comedor, así como en los tres grandes candelabros de cristal tallado de Waterford; se había ocupado de que las mesas estuvieran puestas con la cubertería de plata y de que los grandes recipientes para enfriar el vino estuvieran junto al bufete; había ayudado a sembrar de crisantemos la escalera y el hall. Ese día no tomó almuerzo, pese a que Riley la tentó repetidas veces con muestras de las delicias que el servicio de comidas había enviado ya. Se sintió débil y tuvo que acostarse un ratito, pero enseguida se levantó para coser con sus propias manos los botones historiados que los sirvientes de alquiler llevaban en sus libreas.

En las invitaciones se especificaba que la fiesta era a las ocho. Bella se preguntó si no sería demasiado temprano —había oído contar que algunas fiestas empezaban entrada la noche—, pero mientras la tarde transcurría interminable y un crepúsculo denso envolvía la casa, Bella se alegró de que la extenuante espera no fuera a ser muy larga.

A la seis subió para vestirse. El peluquero estaba allí con una bolsa llena de tenacillas y peines. Le cepilló y enrolló el pelo, se lo ahuecó, le hizo esto y aquello hasta dejárselo bien, con un peinado que además de ser formal daba más volumen a sus cabellos. Bella se puso todas las joyas y, al mirarse en el espejo basculante de su alcoba, no pudo reprimir un boqueo de sorpresa. Después bajó cojeando la escalera.

La casa tenía un aspecto espléndido a la luz de las velas. Había llegado ya la banda y estaban también los doce lacayos de alquiler, así como Riley, con pantalón por la rodilla y medias de seda negras.

Dieron las ocho. Bella esperó. No llegó nadie.

Se sentó en una butaca dorada al pie de la escalera, mirando fijo al frente con sus inexpresivos ojos azules. En el hall, en el guardarropa, en el comedor, los lacayos intercambiaban miradas y guiños de complicidad.

—¿Qué espera esa pobre anciana? Hasta las diez nadie habrá terminado de cenar.

En los escalones, los encargados de acompañar con antorchas a los invitados zapateaban de frío y se frotaban las manos.

A las doce y media Bella se levantó del asiento. Su cara no dejaba traslucir lo que podía estar pensando.

—Riley —dijo—, creo que cenaré un poco. No me encuentro nada bien.

Fue cojeando despacio hacia el comedor.

—Tomaré codorniz rellena y una copa de vino. Diga a la orquesta que empiece a tocar.

Los primeros compases de «El Danubio azul» inundaron la casa. Bella sonrió a modo de aprobación y meció un poco la cabeza al ritmo del vals.

—Riley, estoy hambrienta de verdad. No he comido nada en todo el día. Tráigame otra codorniz y un poco de champán.

Solo entre las velas y los lacayos de alquiler, Riley sirvió a su señora una copiosa cena. Bella parecía disfrutar cada bocado.

Al cabo de un rato se levantó.

—Estoy segura de que debe de haber algún error. Parece que no viene nadie. Después de tanto ajetreo, resulta francamente decepcionante. Puede decir a los músicos que se marchen.

Pero justo cuando estaba saliendo del comedor, se oyó un revuelo en el hall. Llegaban invitados. Con gran determinación Bella subió escaleras arriba: tenía que llegar al rellano antes de que anunciaran a los invitados. Apoyándose en la barandilla con una mano, y en su bastón con la otra, el corazón a cien, subió los escalones de a dos. Una vez arriba giró en redondo. Veía una especie de bruma frente a los ojos y los oídos le silbaban. Trató de acompasar la respiración y logró ver, pero sólo a medias, cuatro personas que avanzaban, y a Riley que iba a su encuentro, y luego le oyó anunciar:

—Lord y lady Mockstock, sir Samuel y lady Gordon.

De pronto, la niebla que todo ese rato la había rodeado empezó a aclarar. Al pie de la escalera estaban las dos damas a las que no había invitado: ladyMockstock, la hija del pañero, y lady Gordon, la americana.

Bella se irguió y clavó en ellas sus inexpresivos ojos azules.

—No esperaba este honor —dijo—. Discúlpenme, pero no puedo atenderles.

Los Mockstock y los Gordon se quedaron atónitos; vieron los perturbados ojos de su anfitriona, su vestido carmesí; al fondo el salón de baile tan inmenso como vacío; oyeron el eco de la música de baile resonar en la casa desierta. El olor a crisantemos era muy intenso. Y entonces el dramatismo de la irreal escena se esfumó de golpe. La señorita Fleace se sentó súbitamente en el suelo, tendió sus manos al fiel Riley y dijo:

—No sé qué está pasando.

El mayordomo y dos de los lacayos llevaron a la anciana señora hasta un sofá. Ella solamente habló una vez más: en su cabeza seguía dándole vueltas a lo mismo:

—Han venido esas dos, sin invitación…, pero nadie más.

Al día siguiente falleció.

El señor Banks llegó para asistir al funeral y dedicó una semana entera a hacer inventario de los efectos personales de la difunta. En el buró, con el sello puesto y la dirección escrita, pero sin echar al correo, estaban las invitaciones al baile.

Ficha bibliográfica

Autor: Evelyn Waugh
Título: La fiesta que dio Bella Fleace
Título original: Bella Fleace Gave a Party
Publicado en: Harper’s Bazaar, diciembre de 1932
Traducción: Luis Murillo Fort

[Relato completo]

Evelyn Waugh

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