El ladrón honrado

Fiódor Dostoyevski

Отечественные записки, abril de 1848

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

34 min de lectura
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Sinopsis: «El ladrón honrado» (Честный вор) es un cuento de Fiódor Dostoyevski, publicado en abril de 1848 en la revista Отечественные записки. Por sugerencia de su ama de llaves, un hombre solitario acepta arrendar una modesta habitación de su casa a Astáfi Ivánovich, un locuaz veterano cuyos relatos rompen la monotonía del hogar. Un día, un desconocido entra en el vestíbulo y roba un abrigo. El incidente impulsa a Astáfi a contar la historia de Emelián Ilich, un vagabundo alcohólico y desvalido con quien convivió en el pasado, y un episodio doméstico que marcaría profundamente su relación.

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Fiódor Dostoyevski - El ladrón honrado

El ladrón honrado

(De las notas de un desconocido)

Fiódor Dostoyevski
(Cuento completo)

Una mañana, cuando ya me disponía a salir hacia mi trabajo, entró Agrafena, mi cocinera, lavandera y ama de llaves, y, para mi sorpresa, entabló conversación conmigo.

Hasta entonces era una mujer tan callada y sencilla que, aparte de las dos palabras diarias sobre lo que iba a preparar para comer, no había pronunciado casi nada en seis años. O, al menos, yo nunca le había oído decir nada más.

—He venido a decirle, señor —empezó de pronto— que podría usted alquilar el cuartito.

—¿Qué cuartito?

—El que está junto a la cocina. Ya sabe cuál.

—¿Para qué?

—¡Para qué! Pues porque la gente alquila. Está claro para qué.

—Pero ¿quién lo va a alquilar?

—¡Quién! Un inquilino. ¿Quién si no?

—Pero si allí, madrecita mía, no cabe ni una cama; es demasiado estrecho. ¿Quién va a vivir allí?

—¿Para qué hace falta vivir allí? Solo necesita un sitio donde dormir; y para vivir está el alféizar de la ventana.

—¿Qué ventana?

—¡Está claro cuál, como si no lo supiera! La del vestíbulo. Allí podría sentarse, coser o hacer lo que sea. Si le parece, puede sentarse en la silla. Tiene una silla, y también una mesa; tiene de todo.

—Pero ¿quién es?

—Pues una buena persona, con experiencia. Yo le prepararé la comida. Por la habitación y la comida le cobraré solo tres rublos de plata al mes…

Finalmente, tras muchos esfuerzos, supe que un hombre entrado en años había convencido o de algún modo persuadido a Agrafena para que lo dejara vivir en la cocina como inquilino y comensal. Lo que a Agrafena se le metiera en la cabeza tenía que llevarse a cabo; de lo contrario, yo sabía bien que no me dejaría en paz. Cuando algo no salía como ella quería, se quedaba pensativa, se sumía en una profunda melancolía que podía durarle dos o tres semanas. Durante ese tiempo, la comida se estropeaba, la ropa blanca no se lavaba, los suelos no se limpiaban; en una palabra, sucedían toda clase de cosas desagradables. Hacía mucho que me había dado cuenta de que aquella mujer muda era incapaz de tomar una decisión ni de sostenerse en una idea propiamente suya. Pero si en su débil cerebro llegaba a formarse algo que se pareciera a una idea, a un propósito, negarle su realización significaba matarla moralmente durante algún tiempo. Y por eso, como yo por encima de todo apreciaba mi propia tranquilidad, di mi consentimiento de inmediato.

—Pero ¿tiene al menos algún documento, un pasaporte o algo así?

—¡Pues claro que sí! Es una buena persona, con experiencia; me ha prometido pagar tres rublos.

Al día siguiente, en mi humilde vivienda de soltero apareció un nuevo inquilino; pero no me disgusté, e incluso me alegré por dentro. En general vivo muy solitario, como un ermitaño. Casi no tengo conocidos y salgo muy rara vez. Después de diez años viviendo como un recluso, naturalmente me había acostumbrado a la soledad. Pero otros diez, quince, o quizá más años de la misma soledad, con la misma Agrafena, en la misma vivienda de soltero, era una perspectiva de lo más descolorida. Por eso, dada la situación, una persona tranquila venida de fuera era una bendición caída del cielo.

Agrafena no había mentido: mi inquilino era, en efecto, un hombre con experiencia. Por el pasaporte supe que era un soldado retirado, cosa que yo había adivinado al primer golpe de vista, sin necesidad de mirar el pasaporte, solo por su cara. Eso se nota enseguida. Astáfi Ivánovich, mi inquilino, era buena gente entre los suyos. Empezamos a convivir bien. Pero lo mejor de todo era que Astáfi Ivánovich sabía contar historias y episodios de su propia vida. Dada la monotonía habitual de mi existencia, un narrador así era sencillamente un tesoro. Una vez me contó una de esas historias. Me causó una fuerte impresión. Y he aquí con qué motivo surgió este relato:

Un día me quedé solo en casa: tanto Astáfi como Agrafena habían salido a hacer recados. De pronto oí que alguien entraba en la habitación contigua y me pareció que era un desconocido. Salí a mirar y, en efecto, en el vestíbulo había un extraño, un joven bajito que, a pesar del frío otoñal, llevaba solo una levita.

—¿Qué quieres?

—Busco al funcionario Alexándrov. ¿Vive aquí?

—Aquí no vive nadie con ese nombre, amigo. ¡Adiós!

—¡Pero si el portero me dijo que era aquí! —murmuró el visitante, retrocediendo con cautela hacia la puerta.

—¡Vamos, vamos, fuera de aquí!

Al día siguiente, después de comer, mientras Astáfi Ivánovich me probaba una levita que estaba arreglando, alguien volvió a entrar en el vestíbulo. Entreabrí la puerta.

El sujeto del día anterior, delante de mis propios ojos, descolgó tranquilamente mi abrigo de piel de la percha, se lo metió bajo el brazo y salió corriendo de la casa. Agrafena se quedó mirándolo con la boca abierta de asombro, sin mover un dedo para salvar el abrigo. Astáfi Ivánovich salió corriendo detrás del ladrón y a los diez minutos volvió sin aliento y con las manos vacías. ¡El hombre se había esfumado!

—¡Qué mala suerte, Astáfi Ivánovich! ¡Menos mal que nos queda el capote! ¡De no ser así, el muy ladrón nos habría dejado en la ruina!

Pero a Astáfi Ivánovich todo aquello le había afectado de tal modo que, de mirarlo, hasta me olvidé del robo. No lograba reponerse. A cada momento abandonaba su labor para ponerse otra vez a contar lo sucedido: cómo había ocurrido, cómo estaba él allí, cómo ante sus propios ojos y a dos pasos le quitaron el abrigo sin que nadie pudiera alcanzar al ladrón. Después se sentaba de nuevo a trabajar; y de nuevo lo dejaba todo, y vi cómo al final bajó donde el portero para contárselo y reprenderle por permitir que semejantes cosas ocurrieran en su patio. Después regresó y se puso a regañar a Agrafena. A continuación volvió a su labor, y durante un buen rato siguió murmurando para sus adentros cómo había sucedido todo, cómo él estaba allí y yo aquí, y cómo delante de sus narices y a dos pasos descolgaron el abrigo, etcétera, etcétera. En una palabra, Astáfi Ivánovich, aunque hacía bien su trabajo, era también muy maniático y dado a armar alborotos.

—¡Nos han engañado, Astáfi Iványch! —le dije por la tarde, ofreciéndole un vaso de té, con ganas de volver a sacar el tema del abrigo desaparecido, que, de tanto repetirse y por la sinceridad del que lo contaba, empezaba a resultarme cada vez más cómico.

—¡Nos han timado, señor! Me da rabia, aunque no fuera mi ropa la que desapareció. Y, en mi opinión, no hay peor alimaña en el mundo que un ladrón. A uno le pueden quitar algo a cambio de nada, pero en este caso te roban tu trabajo, tu sudor, tu tiempo… ¡Qué asco! ¡No dan ganas ni de hablar! Me hierve la sangre. Y a usted, señor, ¿no le da pena que le quiten lo suyo?

—Sí, es verdad, Astáfi Iványch. ¡Es preferible que una cosa se queme antes que cederla a un ladrón! ¡Da tanta rabia!

—¡Ni me lo diga! Claro que hay ladrones y ladrones… Pues a mí, señor, me tocó una vez encontrarme con un ladrón honrado.

—¿Cómo que honrado? ¿Qué ladrón puede ser honrado, Astáfi Iványch?

—Tiene razón, señor. ¿Cómo puede un ladrón ser honrado? Eso no existe. Lo que quise decir es que el hombre parecía honrado, pero robó. Me daba mucha lástima.

—¿Y cómo fue eso, Astáfi Iványch?

—Pues verá, señor: de eso hace ya unos dos años. Por aquel entonces llevaba yo casi un año sin trabajo, y en esa situación hice amistad con un hombre completamente perdido. Nos conocimos en una cantina. Era un borrachín, un vagabundo y un holgazán que antes había trabajado en algún sitio, pero hacía tiempo que lo habían echado por bebedor. ¡Era un impresentable! Andaba vestido Dios sabe cómo. A veces me preguntaba si debajo del capote llevaría siquiera una camisa. Todo lo que conseguía se lo bebía. Pero no era peleador; tenía un carácter manso, era cariñoso y bondadoso; no pedía nada, le daba vergüenza todo; pero cuando uno veía que el pobre se moría de ganas de beber, le invitaba. Bueno, pues así fue como nos hicimos amigos, o más bien, él se me pegó… A mí me daba lo mismo. ¡Y qué hombre tan curioso! Se te pegaba como un perrito: ibas a un lado, y él detrás de ti; y eso que solo nos habíamos visto una vez. ¡Era un alfeñique! Al principio le dejé pasar una noche en mi casa. Vi que tenía el pasaporte en regla, que parecía buena persona. Al día siguiente, lo mismo, y al tercero vino por su cuenta y se pasó el día entero sentado en el alféizar; y también esa noche se quedó. Vaya, pensé, se me ha pegado del todo: le doy de beber, le doy de comer y encima le dejo dormir aquí. ¡Y a un pobre como yo va y se le cuelga otro del cuello para que le dé de comer! Antes de pegárseme a mí, había hecho lo mismo con un funcionario: se emborrachaban juntos; pero el funcionario se alcoholizó del todo y murió de no se sabe qué. El mío se llamaba Emelián, Emelián Ilich. Yo no dejaba de darle vueltas: ¿qué hago con él? Echarlo a la calle me daba vergüenza y lástima. ¡Daba tanta pena verlo! Estaba tan perdido, ¡Dios mío! Y era tan callado, no pedía nada, se quedaba sentado mirándote a los ojos como un perrito. Así es como el alcohol arruina a una persona. Y yo dale que dale, pensando cómo le iba a decir: Márchate de aquí, Emelianushka, que no tienes nada que hacer. Te has equivocado de persona. Pronto ni yo mismo podré llevarme un pedazo de pan a la boca. ¿Cómo voy a mantenerte? Estoy sentado pensando: ¿Qué hará cuando le diga eso? Y ya me lo imagino: cómo se quedará mirándome largo rato después de oírlo, cómo permanecerá sentado sin entender nada, y cómo después, al caer en la cuenta, se levantará del alféizar, agarrará su atado —lo estoy viendo ahora mismo: a cuadros, rojo, todo agujereado, con Dios sabe qué envuelto dentro— y se lo llevará consigo a todas partes; cómo se arreglará su pobre capote para parecer lo más presentable posible, y que le dé calor, y que no se le vean los agujeros. ¡Era una persona delicada! Después abrirá la puerta y saldrá a la escalera con una lagrimita en los ojos. ¡No, no quería que el hombre se perdiera del todo! Y luego pensaba: ¿Y yo, qué? Espera, Emelianushka, me decía, que no vas a estar mucho tiempo de banquete en mi casa. Pronto me mudaré y ya no me encontrarás. Y me mudé.

»Por aquel entonces, mi señor, Alexander Filimónovich (que en paz descanse), me dijo: “Estoy muy contento de ti, Astáfi; cuando regresemos del campo no nos olvidaremos de ti y te daremos trabajo”. Yo vivía en su casa, trabajaba de mayordomo. Era un señor muy bueno, pero falleció ese mismo año. Bueno, pues en cuanto nos despedimos, agarré mis cosas, los pocos ahorrillos que tenía, pensé en tomarme un descanso y me fui donde una viejecita a la que le alquilé un rincón. Solo le quedaba un rincón libre. Ella también había sido niñera en alguna casa, pero ya vivía sola, cobrando una pensión. Y yo que pensé: ¡Ahora sí que no me encontrarás, Emelianushka! ¿Y qué se piensa usted, señor? Por la tarde, al volver de visitar a un conocido, lo primero que vi fue a Emelián sentado sobre mi baúl, con el atado a cuadros al lado, sin quitarse el viejo capote, esperándome… Del aburrimiento le había tomado a la vieja un libro de la iglesia y lo tenía al revés. ¡Me había encontrado! Se me cayeron los brazos. Bueno, pensé, no tiene remedio. ¿Por qué no lo eché desde el principio? Y le pregunté directamente: “¿Has traído el pasaporte, Emelián?”.

»Entonces, señor, me senté a pensar: Bueno, siendo un vagabundo, ¿qué daño me va a hacer? Y llegué a la conclusión de que no sería tanto el trastorno. Tendrá que comer, pensé. Bueno, un trozo de pan por la mañana, y para que el bocado sea más sabroso, compraré un poco de cebolla. Al mediodía, también pan con cebolla; y al anochecer, cebolla con kvas y un mendrugo de pan, si es que quiere más. Y si un día hay sopa de col, los dos comeremos hasta hartarnos. Yo, comer, como poco, y el que bebe, ya se sabe, apenas come: le basta con un traguito. Me va a arruinar con la bebida, pensé. Y en ese mismo momento, señor, me vino otra idea a la cabeza que me impresionó mucho: que si Emelián se iba, ya no sería yo feliz en la vida… Y decidí ser para él como un padre y benefactor. Lo apartaré del vicio, pensé, y le quitaré la afición a la bebida. ¡Espera un poco!, pensé. ¡Bueno, está bien, Emelián, quédate; pero prepárate para vivir conmigo! ¡Aquí se obedece!

»Mientras tanto, yo le daba vueltas a cómo enseñarle algún oficio, pero sin prisas. Que al principio paseara un poco, y, mientras, yo iría observando, buscando algo para lo que Emelián pudiera servir. Porque para cualquier trabajo, señor, hace falta ante todo una aptitud. Y empecé a observarlo de soslayo. Veo que es un hombre desesperado, Emelianushka. Comencé, señor, por hablarle con buenas palabras: “Entre otras cosas”, le digo, “Emelián Ilich, podrías mirarte al espejo y arreglarte un poco. ¡Ya está bien de vagabundear! Mira cómo vas: todo lleno de harapos, y tu viejo capote, con perdón, parece un colador. ¡No está bien! Ya es hora, me parece, de tener un poco de dignidad”.

»Está sentado escuchándome con la cabeza gacha, mi Emelianushka. ¡Dios mío, señor! De tanto beber se le habían trabado las palabras y no era capaz de decir nada con sentido. Si le hablabas de pepinos, te contestaba con habas. Me escuchó largo rato y después dejó escapar un suspiro.

»—¿Y por qué suspiras, Emelián Ilich? —le pregunto.

»—Por nada, Astáfi Ivánovich, no se preocupe. Pues hoy, Astáfi Iványch, dos mujeres se pelearon en la calle, y una le volcó a la otra el cesto de arándanos.

»—Bueno, ¿y qué tiene eso de especial?

»—Y entonces la otra fue y le volcó su cesto de arándanos a la primera, y se puso a pisotearlos.

»—Bueno, ¿y qué más, Emelián Ilich?

»—Pues nada, Astáfi Iványch, solo comentaba.

»Nada, solo comentaba. ¡Ay, Emelián, Emelianushka!, pensé. ¡La bebida te ha dejado sin cabeza!

»—Y en la calle Gorójovaia, es decir, en la Sadóvaia, a un señor se le cayó un billete en la acera. Y un mujik que lo vio dice: “¡Qué suerte la mía!”. Pero enseguida lo vio otro y dice: “¡No, la suerte es mía! ¡Yo lo vi primero!”.

»—Bueno, Emelián Ilich.

»—Y se pelearon los dos mujiks, Astáfi Iványch. Y entonces llegó el guardia, recogió el billete, se lo devolvió al señor y amenazó a los dos mujiks con meterlos en el calabozo.

»—Bueno, ¿y qué tiene eso de aleccionador, Emelianushka?

»—Nada… yo… La gente se reía, Astáfi Iványch.

»—¡Ay, Emelianushka! ¡Qué importa la gente! Has vendido el alma por una moneda de cobre. Pero ¿sabes lo que te voy a decir, Emelián Ilich?

»—¿Qué, Astáfi Iványch?

»—Búscate algún trabajo, de verdad, búscatelo. Te lo digo por centésima vez: ¡ten piedad de ti mismo!

»—Pero ¿qué trabajo podría buscar, Astáfi Iványch? No sé qué trabajo podría hacer, y a mí no me contratará nadie, Astáfi Iványch.

»—¡Por eso mismo te echaron del trabajo, Emelián! ¡Porque eres un borrachín!

»—Pues hoy llamaron al camarero Vlas para que se presentara en la oficina, Astáfi Iványch.

»—¿Y por qué lo llamaron, Emelianushka? —le digo.

»—Pues la verdad es que no lo sé, Astáfi Iványch. Será que tenían que hacerlo y por eso lo llamaron…

»¡Ay, ay!, pensé. ¡Estamos perdidos los dos, Emelianushka! ¡El Señor nos castiga por nuestros pecados! Pero, señor, ¿qué puede uno hacer con un hombre así?

»Sin embargo, era un tipo muy astuto. Te escuchaba y te escuchaba, pero en cuanto veía que se aburría o que yo me ponía serio, agarraba su viejo capote y se escabullía como si no lo conocieras. Se pasaba el día deambulando por ahí y volvía al anochecer borracho. Quién le daba de beber, dónde conseguía el dinero, solo Dios lo sabe; la culpa no era mía…

»—¡No, Emelián Ilich! —le digo—. ¡Vas a perder la cabeza! ¡Ya basta de beber, ¿me oyes?! ¡Basta! Si vuelves borracho otra vez, dormirás en la escalera. ¡No te dejo entrar!

»Después de escuchar la reprimenda, estuvo Emelián en casa un día, dos; al tercero desapareció de nuevo. Yo esperando, y él sin aparecer. Si le soy sincero, estaba preocupado, y sentía lástima. ¿Qué le he hecho?, pensaba. Le he metido miedo. ¿Adónde habrá ido el desdichado? Se va a perder, Dios mío. Llegó la noche y no volvía. A la mañana siguiente, cuando salí a la entrada, vi que había dormido allí. Estaba tumbado con la cabeza apoyada en un peldaño, completamente helado.

»—Pero ¿qué haces, Emelián? ¡Dios te ampare! ¿Dónde te has metido?

»—Usted se enojó el otro día, Astáfi Iványch, se disgustó y me amenazó con mandarme a dormir a la entrada, así que no me atreví a entrar y me acosté aquí…

»¡Sentí a la vez rabia y pena!

»—Pero, Emelián, podrías buscarte algún otro oficio —le digo—. ¿Para qué vigilar la escalera?

»—¿Y qué otro oficio podría buscar, Astáfi Iványch?

»—Al menos podrías aprender a coser, ¡alma perdida! —le dije, furioso—. ¡Mira qué capote llevas! No solo está lleno de agujeros, sino que hasta barres la escalera con él. Toma una aguja y remiéndate los agujeros, como manda la decencia. ¡Ay, borrachín!

»Pues ¿qué cree usted, señor? ¡Tomó la aguja! Se lo dije en broma, pero él se avergonzó y se puso manos a la obra. Se quitó el viejo capote y empezó a enhebrar la aguja. Le miro: como era de esperar, tenía los ojos irritados y enrojecidos, las manos temblándole sin parar. Metía, metía el hilo, pero no había forma de enhebrarlo. ¡Y cómo entornaba los ojos, humedecía el hilo, lo retorcía entre los dedos… nada! Al final lo tiró todo y se me quedó mirando…

»—¡Bueno, Emelián, vaya favor me has hecho! ¡Si hubiera habido gente delante, me habrías hecho pasar la vergüenza de mi vida! Te lo dije en broma, como un reproche para hacerte reaccionar… Pero, en fin, que Dios te ampare. Entra en casa, pero no hagas locuras, ¡no duermas en la escalera para avergonzarme!

»—Pero ¿qué puedo hacer, Astáfi Iványch? Yo mismo sé que siempre estoy borracho y que no sirvo para nada… Lo único que hago es meterle a usted, mi… bienhechor, en disgustos sin motivo…

»Y de pronto le empezaron a temblar los labios amoratados, y una lágrima le resbaló por la mejilla pálida, y la lagrimita le temblaba en la barba sin afeitar, y de golpe rompió a llorar a mares mi Emelián… ¡Dios mío! Fue como si me pasaran un cuchillo por el corazón.

»¡Vaya, qué hombre tan sensible! ¡Y yo sin sospecharlo! ¿Quién lo hubiera sabido, quién lo hubiera adivinado?… No, pensé, me desentiendo de ti, Emelián. ¡Piérdete como un trapo viejo!

»Bueno, señor, todo eso daría para mucho cuento. Pero el caso es que la historia es nimia, miserable, no merece la pena; es decir, que usted, señor, no daría por ella dos kopeks, y sin embargo yo, de haberlos tenido, habría dado mucho con tal de que no hubiera sucedido.

»Yo tenía, señor, unos pantalones —¡malditos pantalones!—, buenos, estupendos, azules y a cuadros. Me los había encargado un terrateniente que venía por aquí, pero luego desistió diciendo que le quedaban estrechos, así que se quedaron en mis manos. Pensé que eran valiosos: en el mercadillo podían darme hasta cinco rublos, y si no, podría sacar de ellos dos pantalones de caballero y aún me sobraría un trozo para un chaleco. Eso, para un hombre humilde como nosotros, siempre viene bien. Y Emelianushka, por aquel entonces, andaba en un mal momento: serio, triste. Pasa un día sin beber, pasa otro sin beber, al tercero tampoco prueba gota. Estaba completamente aletargado, me daba verdadera pena verlo allí sentado y abatido. Y pensé: O te has quedado sin un kopek para beber, o tú mismo has escogido el buen camino y has dicho basta. Pues así estaban las cosas, señor, cuando llegaron las fiestas. Yo me fui a los oficios religiosos. Cuando regreso a casa, veo que mi Emelián está sentadito en el alféizar, completamente borracho y meciéndose de un lado a otro. ¡Ajá!, pensé. ¡Conque esas tenemos! Y me fui derecho al baúl. Miro: ¡los pantalones no están! Revolví toda la casa. Me los han robado, pensé. Cuando hube registrado todo y vi que no aparecían, fue como si algo me arañara el corazón. Me abalancé sobre la viejecita y pequé acusándola; pero respecto a Emelián, aunque la sospecha era grande por lo borracho que estaba, ni lo consideré.

»—No —me dijo la viejecita—, que Dios le ampare, señorito, ¿qué falta me hacen a mí unos pantalones? ¿Para ponérmelos? También a mí me desapareció hace unos días una falda, con este buen hombre… Bueno, no puedo decir lo que no he visto —me dijo.

»—¿Quién estuvo aquí? —le pregunté—. ¿Quién ha pasado por aquí?

»—Pues nadie, señor —me respondió—, yo no me he movido de aquí en todo el día. Emelián Ilich salió y después volvió. Allí lo ve usted sentado. Pregúnteselo a él.

»—¿No habrás tomado los pantalones nuevos porque te surgiera alguna necesidad, Emelián? ¿Te acuerdas de los que estaba cosiendo para el terrateniente?

»—No —responde—, Astáfi Iványch, yo no he tomado nada.

»Pero ¡qué cosa! De nuevo me puse a buscarlos, revolví todo: nada. Y Emelián seguía sentado bamboleándose. Yo, señor, me senté frente a él sobre el baúl, en cuclillas, y de pronto lo miré de reojo… ¡Ay!, pensé. Sentí un fuego en el pecho; hasta me subió el color a la cara. Y de repente también Emelián me miró a mí.

»—No —me dice—, Astáfi Iványch, yo sus pantalones… o sea… usted puede pensar que… pero yo no los he tomado.

»—¿Pues cómo han podido desaparecer, Emelián Ilich?

»—No sé —me dice—, Astáfi Iványch, no los he visto para nada.

»—Entonces, Emelián Ilich, ¿ellos solos, así como así, se han esfumado?

»—Puede que sí se hayan esfumado solos, Astáfi Iványch.

»En cuanto le oí decir eso, me levanté de golpe, me acerqué a la ventana, encendí la lámpara y me puse a coser. Estaba rehaciendo un chaleco para un funcionario que vivía en el apartamento de abajo. Y sentía un ardor en el pecho, como si algo me aullara dentro. Es decir, me habría dolido menos si hubiera metido toda la ropa del armario en la estufa. Y por lo visto Emelián sintió que la rabia me había mordido el corazón. Es lo que pasa, señor: cuando un hombre está comprometido con el mal, ya desde lejos presiente la desgracia, igual que un ave presiente la tormenta.

»—Astáfi Ivánovich —empezó Emelianushka, con la vocecita temblorosa—, hoy Antip Projórich, el practicante, se casó con la mujer del cochero, el que murió hace unos días…

»Le eché una mirada tan furiosa… Emelián lo comprendió. Veo que se levanta, se acerca a la cama y empieza a revolverlo todo alrededor. Yo a lo mío, y veo que lleva mucho rato trasteando y refunfuñando: ¡No aparecen! ¿Dónde se habrán metido, los muy granujas? Yo seguía esperando, y Emelián se puso de rodillas y se metió debajo de la cama. No pude aguantar más.

»—¿Qué hace usted, Emelián Ilich, de rodillas?

»—Pues buscando los pantalones, Astáfi Iványch. A ver si se hubieran caído por algún lado.

»—Pero ¿qué necesidad tiene usted, señor —le digo—, qué necesidad tiene de preocuparse así por un pobre hombre como yo, destrozándose las rodillas para nada? —De lo furioso que estaba, le hablé de usted.

»—Pero si no es nada, Astáfi Iványch, nada… Puede que se encuentren buscando bien.

»—¡Hum! —le digo—. Escúchame, Emelián Ilich.

»—¿Qué, Astáfi Iványch? —me dice.

»—¿Y no habrás sido tú quien los robó, como un vulgar ladrón, pagándome así el pan y la sal que comparto contigo?

»Es decir, señor, lo que me alteró fue verlo arrastrándose de rodillas delante de mí por el suelo.

»—No… Astáfi Ivánovich…

»Y se quedó en la misma posición, boca abajo debajo de la cama. Estuvo allí tumbado un largo rato; después salió a rastras. Le miro: está completamente blanco, como una sábana. Se levantó, se sentó cerca de mí en el alféizar de la ventana y permaneció así unos diez minutos.

»—No, Astáfi Iványch —me dice. Y de pronto se levanta y se me acerca con una cara que daba espanto—. No, Astáfi Iványch —repite—, yo no tomé sus pantalones.

»Estaba temblando de pies a cabeza, golpeándose en el pecho con el dedo tembloroso, y la vocecita le vibraba tanto que hasta yo, señor, me asusté y me quedé como clavado en la ventana.

»—Bueno, Emelián Ilich —le digo—. Está bien, le pido disculpas por haberle acusado sin motivo. ¡Allá los pantalones! Que se pierdan; no nos vamos a morir por unos pantalones. Gracias a Dios tenemos manos y no vamos a ir a robar… ni tampoco a pedir limosna a otros pobres; nos ganaremos el pan…

»Me escuchó Emelián, se quedó un rato de pie frente a mí y después se sentó. Permaneció así toda la tarde, sin moverse; cuando a mí ya me había entrado el sueño, Emelián seguía en el mismo sitio. Solo al amanecer vi que estaba tumbado en el suelo, acurrucado en su pobre capote; se había sentido tan humillado que no se atrevió a subirse a la cama. Pues desde aquel momento, señor, le cobré aversión; es decir, los primeros días hasta llegué a odiarlo. Era como si un hijo mío me hubiera robado y me hubiera causado un dolor terrible. ¡Ay, Emelián, Emelián!, pensaba. Y Emelián, señor, se estuvo dos semanas seguidas borracho perdido. Se enloqueció, se emborrachaba hasta caer. Se iba por la mañana y no volvía hasta bien entrada la noche; en dos semanas no le oí una sola palabra. Es decir, o la pena le devoraba por dentro, o quería destruirse a sí mismo. Por fin, paró; al parecer se había gastado todo y de nuevo se sentó en el alféizar. Recuerdo que se estuvo así, sentado y callado, tres días enteros; de pronto, le miro: está llorando. Quiero decir, señor, que está sentado y llora; llora a mares, como si no se diera cuenta de que se le caen las lágrimas. Y es duro, señor, ver a un hombre hecho y derecho, y encima un anciano como Emelián, llorar de pena y de tristeza.

»—¿Qué te pasa, Emelián? —le digo.

»Y se puso a temblar. Se estremeció entero. Era la primera vez, desde lo ocurrido, que le dirigía la palabra.

»—Nada… Astáfi Iványch.

»—Que Dios te ampare, Emelián, que se vaya todo al demonio. ¿Por qué estás ahí sentado como un búho? —Me dio lástima.

»—Es que… Astáfi Iványch… nada. Quisiera buscarme algún trabajo, Astáfi Iványch.

»—¿Y qué tipo de trabajo, Emelián Ilich?

»—Pues cualquiera. Puede que encuentre algo que hacer, como antes; … No me siento bien ofendiéndole, Astáfi Iványch. Puede que encuentre algún trabajo, y entonces le devolveré todo y le compensaré por lo que se ha gastado en mi comida.

»—Basta, Emelián, basta. Lo que pasó, pasó. ¡Al diablo con eso! Vivamos como antes.

»—No, Astáfi Iványch, usted sigue pensando lo mismo… Pero yo no tomé sus pantalones…

»—Bueno, como quieras. Que Dios te ampare, Emelianushka.

»—No, Astáfi Iványch. Se ve que ya no puedo seguir viviendo con usted. Discúlpeme, Astáfi Iványch.

»—Pero, ¡Dios mío! —le digo—. ¿Quién te ofende, quién te echa? ¿Acaso yo?

»—No, pero me resulta penoso vivir así con usted, Astáfi Iványch… Será mejor que me vaya…

»El hombre estaba ofendido y había tomado una decisión. Le miro y veo que se levanta y se echa al hombro su pobre capote.

»—Pero ¿adónde vas, Emelián Ilich? Sé razonable, escucha: ¿qué piensas hacer?, ¿adónde vas a ir?

»—No, perdone usted, Astáfi Iványch, no me retenga —y de nuevo se puso a lloriquear—. Me voy, Astáfi Iványch. Usted ya no es el mismo de antes.

»—¿Cómo que no soy el mismo? ¡Soy el mismo! Si eres como un niño pequeño sin juicio: vas a acabar mal solo, Emelián Ilich.

»—No, Astáfi Iványch; usted ahora, cuando sale, cierra el baúl con llave, y yo, Astáfi Iványch, lo veo y me pongo a llorar… No, mejor déjeme ir, Astáfi Iványch, y perdone las ofensas que le haya causado durante nuestra convivencia.

»¿Y qué cree usted, señor? Se fue. Le esperé un día pensando que volvería al atardecer: nada. Al siguiente, nada. Al tercero, tampoco. Me asusté; la angustia me consumía. No bebía, no comía, no dormía. Aquel hombre me había desarmado por completo. Al cuarto día salí a buscarlo: me asomé a todas las tabernas, pregunté por todas partes, pero nada: Emelianushka había desaparecido. ¿No habrás acabado con tu pobre cabeza?, pensaba. Puede que estés tirado junto a alguna valla, borracho, como un tronco podrido. Volví a casa medio muerto. Al día siguiente también salí a buscarlo. Y me maldecía a mí mismo por haber permitido que un hombre sin cabeza se marchara por su cuenta. Al quinto día, con las primeras luces del alba —era día de fiesta—, oigo crujir la puerta. Miro: entra Emelián. Amoratado, con el pelo sucio de mugre, como si hubiera dormido en la calle; adelgazado hasta parecer una astilla. Se quitó el pobre capote, se sentó junto a mí en el baúl y se me quedó mirando. Me alegré mucho de verlo, pero me invadió una tristeza aún mayor que antes. Es que, mire usted, señor: que caiga sobre mí ese pecado, pero le digo de verdad que yo habría preferido morirme como un perro antes que volver en esas condiciones. ¡Pero Emelián volvió! Naturalmente, era penoso ver a un hombre en ese estado. Empecé a animarlo, a acariciarlo, a consolarlo.

»—Bueno —le digo—, Emelianushka, me alegro de que hayas vuelto. Si hubieras tardado un poco más, habría ido hoy a buscarte por las tabernas. ¿Has comido?

»—Sí, Astáfi Iványch.

»—¿De verdad? Mira, hermano, aquí queda un poco de sopa de ayer; de carne, no de agua. Y aquí hay un poco de cebolla con pan. Come, que no te vendrá mal.

»Le serví la sopa y comprobé que probablemente llevaba tres días sin probar bocado: ¡qué apetito tenía! Era el hambre lo que lo había traído de vuelta. Me enterneció verlo. Espera, pensé, voy a buscar algo de beber. Le traeré un poco para que se sienta feliz, y aquí paz y después gloria. ¡Ya no te guardo rencor, Emelianushka! Traje una botellita de vino.

»—Aquí tienes —le digo—, Emelián Ilich, bebamos por la fiesta. ¿Quieres un trago? Salud.

»Extendió la mano con avidez y ya casi había agarrado el vaso, pero se detuvo; esperó un momento; y veo que lo toma, se lo lleva a la boca, salpicándose la manga con el vino. No: lo acercó a los labios, pero al instante lo dejó sobre la mesa.

»—¿Qué pasa, Emelianushka?

»—Nada; es que yo… Astáfi Iványch…

»—¿No te lo vas a beber?

»—Pues… Astáfi Iványch… ya no voy a beber más, Astáfi Iványch.

»—¿Has decidido dejarlo del todo, Emelianushka, o solo por hoy?

»Se quedó callado. Al rato, miro: tiene apoyada la cabeza en la mano.

»—¿No te habrás puesto malo, Emelián?

»—No sé, no me encuentro muy bien, Astáfi Iványch.

»Lo llevé hasta la cama. Efectivamente, estaba mal: le ardía la cabeza y todo el cuerpo le temblaba de fiebre. Estuve junto a él todo el día; al llegar la noche se puso peor. Le preparé kvas con aceite y cebolla y le desmigajé un poco de pan.

»—Vamos —le digo—, tómate esta sopa de pan, te sentará bien.

»Negó con la cabeza.

»—No, hoy no voy a comer, Astáfi Iványch.

»Le preparé un té y tuve a la pobre viejecita de aquí para allá hasta agotarla; pero nada, no mejoraba. ¡Mal asunto!, pensé. Al tercer día fui a buscar a un médico. Conocía a uno que se apellidaba Kostoprávov, que me había tratado cuando yo vivía en casa de los señores Bosomiágin. Vino el médico, lo examinó y dijo: “Pues no, la cosa está mal. No tenía que haberse molestado en avisarme. Pero, en fin, dele estos polvos”. Yo no se los di; pensé que el médico hablaba por cumplir; y, mientras tanto, llegó el quinto día.

»Se estaba muriendo ante mis ojos, señor. Yo estaba sentado junto a la ventana con la labor en las manos. La viejecita echaba leña en la estufa. Todos callados. Se me desgarraba el corazón, señor, por aquel borrachín, como si estuviera enterrando a mi propio hijo. Sabía que Emelián me miraba; lo había notado desde la mañana. Veía que hacía esfuerzos, que quería decirme algo, pero no se atrevía. Y, en cuanto lo sorprendía mirándome, al instante bajaba los ojos.

»—¡Astáfi Iványch!

»—¿Qué, Emelianushka?

»—Pues verá, si yo llevara mi capotillo a vender al mercadillo, ¿me darían mucho, Astáfi Iványch?

»—Bueno —le dije—, no sabría decirte. Con suerte, quizá te dieran un billetito de tres rublos, Emelián Ilich.

»Pero la verdad es que, de haberlo llevado, no le habrían dado nada, solo se habrían reído de él en su cara por ir a vender semejante porquería. Se lo dije para consolarlo, conociendo su carácter sencillo.

»—Y yo que creía, Astáfi Iványch, que me darían tres rublos de plata; es de paño, Astáfi Iványch. ¿Cómo no van a darme tres rublos por algo de paño?

»—No sé, Emelián Ilich —le digo—. Si quieres llevarlo, habría que pedir tres rublos de plata desde el primer momento.

»Emelián se quedó un rato callado; después volvió a llamarme:

»—¡Astáfi Iványch!

»—¿Qué, Emelianushka? —le pregunté.

»—Venda usted el capote cuando yo me muera; no me entierre con él puesto. Yo estaré bien así; en cambio el capote es algo valioso, le puede hacer falta.

»En ese momento, señor, se me encogió el corazón de tal modo que no pude decir palabra. Vi que la angustia de la muerte se acercaba a él. Nos quedamos callados otra vez. Así pasó una hora. Le eché otro vistazo: seguía mirándome, y, en cuanto mis ojos se cruzaban con los suyos, los desviaba.

»—¿Quieres un poco de agua, Emelián Ilich? —le digo.

»—Si es tan amable, que Dios le bendiga, Astáfi Iványch.

»Le di de beber. Bebió un sorbo.

»—Se lo agradezco, Astáfi Iványch —me dijo.

»—¿Necesitas algo más, Emelianushka?

»—No, Astáfi Iványch, no necesito nada; solo que…

»—¿Qué?

»—Pues eso…

»—¿Qué quieres decirme, Emelianushka?

»—Los pantalones… eso… fui yo quien se los llevó aquella vez… Astáfi Iványch…

»Bueno, pues que Dios te perdone, Emelianushka, me dije, ¡pobre desgraciado, pobre diablo, pobre infeliz! Vete en paz… Y a mí, señor, se me cortó la respiración y las lágrimas me corrieron por las mejillas; me di la vuelta un momento.

»—¡Astáfi Iványch…!

»Le miro: Emelián quiere decirme algo; se incorpora con esfuerzo, mueve los labios… De golpe se le pone la cara roja como la grana y me clava la mirada… Y de pronto veo que empalidece, empalidece, se apaga por completo en un instante; echa la cabeza hacia atrás, exhala una vez… y entrega su alma a Dios.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

FIN

Fiódor Dostoyevski - El ladrón honrado
  • Autor: Fiódor Dostoyevski
  • Título: El ladrón honrado
  • Título Original: Честный вор
  • Publicado en: Отечественные записки, abril de 1848
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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