Fiódor Dostoyevski: El sueño de un hombre ridículo

Fiódor Dostoyevski - El sueño de un hombre ridículo
Anuncio

Sinopsis: «El sueño de un hombre ridículo» (Son smeshnogo cheloveka) es un relato fantástico de Fiódor Dostoyevski, publicado en 1877 en Dnevnik pisatelya (Diario de un escritor). En una lúgubre noche de noviembre en San Petersburgo, un hombre deambula absorto en sus pensamientos, sumido en una profunda crisis existencial. Convencido de que todo carece de sentido y hastiado de la vida, toma una determinación extrema. Sin embargo, el encuentro con una angustiada niña que le solicita ayuda lo deja inquieto y abre en él una fisura inesperada, que alterará su propósito y lo conducirá a una experiencia decisiva.

Fiódor Dostoyevski - El sueño de un hombre ridículo

El sueño de un hombre ridículo

UN RELATO FANTÁSTICO

Anuncio

Fiódor Dostoyevski
(Cuento completo)

I

Soy un hombre ridículo. Ahora me llaman loco. Eso supondría un ascenso de categoría, si no fuera porque para ellos sigo siendo igual de ridículo que antes. Pero ahora ya no me enfado; ahora todos me resultan queridos, e incluso cuando se ríen de mí, de algún modo me resultan especialmente queridos. Yo mismo me reiría con ellos —no de mí mismo, sino por cariño hacia ellos—, si no sintiera tanta tristeza al mirarlos. Tristeza porque ellos no conocen la Verdad, y yo sí la conozco. ¡Oh, qué difícil es ser el único que conoce la Verdad! Pero ellos no lo entenderán. No, no lo entenderán.

Antes me angustiaba mucho al parecerles ridículo. No solo lo parecía, lo era. Siempre fui ridículo, y lo sé, probablemente desde el día de mi nacimiento. Quizá desde los siete años ya sabía que era ridículo. Después estudié en la escuela, más tarde en la universidad. ¿Y qué ocurrió? Que cuanto más estudiaba, más me convencía de que era ridículo. De modo que toda mi formación universitaria pareció existir, a fin de cuentas, solo para demostrarme y explicarme, a medida que profundizaba en ella, que yo era ridículo. Lo mismo que ocurrió con la ciencia, sucedió también en la vida. Con cada año que pasaba se acrecentaba y afianzaba en mí la misma conciencia de mi aspecto ridículo en todos los sentidos.

Todos se reían de mí siempre. Pero ninguno de ellos sabía ni sospechaba que, si había alguien en el mundo que supiera mejor que nadie que yo era ridículo, ese era yo mismo, y eso era lo que más me ofendía: que ellos no lo supieran. Pero en esto solo yo tenía la culpa: siempre fui tan orgulloso que por nada del mundo quise reconocérselo jamás a nadie. Ese orgullo crecía en mi interior con los años, y si me hubiera permitido reconocer ante quien fuera que era ridículo, creo que aquella misma noche me habría volado la cabeza de un disparo. ¡Oh, cómo sufría en mi adolescencia ante la idea de que no resistiría y de pronto lo confesaría a mis compañeros! Pero desde que me hice hombre, aunque cada año fui conociendo más y más mi horrible cualidad, por alguna razón me sentí algo más tranquilo.

Digo que por alguna razón, porque hasta hoy no sé por qué. Quizá porque en mi alma crecía una terrible angustia a causa de una circunstancia que estaba infinitamente por encima de todo lo demás: me refiero a la convicción que se había apoderado de mí de que en el mundo todo daba igual. Llevaba mucho tiempo presintiendo esto, pero la convicción plena llegó de golpe el año pasado. De pronto sentí que me daba igual que el mundo existiera o que no hubiera nada en ninguna parte. Comencé a oír y a sentir con todo mi ser que nada existía mientras yo estuviera. Al principio me parecía que, al menos antes, hubo muchas cosas, pero después comprendí que tampoco antes hubo nada, que solo lo parecía. Poco a poco me convencí de que tampoco habría nada nunca. Entonces dejé de enfadarme con la gente y casi dejé de percibirla. Y la verdad es que esto se manifestaba incluso en las cosas más insignificantes: por ejemplo, a veces iba por la calle y chocaba con las personas. Y no era porque estuviera absorto en mis pensamientos: ¿en qué iba a pensar? Para entonces había dejado por completo de pensar: todo me daba igual. Y ojalá hubiera resuelto algún problema; ¡oh, no resolví ni uno solo, y cuántos había! Pero todo me daba igual, y los problemas se alejaron de mí.

Y fue después de eso cuando conocí la Verdad. La conocí en noviembre pasado, concretamente el tres de noviembre, y desde aquel momento recuerdo cada instante.

Fue una noche lúgubre, la más lúgubre que pueda haber. Volvía a casa alrededor de las once de la noche, y recuerdo que pensé que no podía haber un momento más lúgubre. Incluso en el aspecto físico. Había llovido todo el día, y fue la lluvia más fría y sombría, una lluvia incluso amenazante —lo recuerdo—, con manifiesta hostilidad hacia la gente. Y de pronto, hacia las once, cesó, y comenzó una humedad terrible, más húmeda y fría que cuando llovía, y de todo salía una especie de vapor, de cada piedra de la calle y de cada callejón, si uno se asomaba a mirar en lo profundo desde la calle. De pronto se me figuró que, si se hubiera apagado el gas por todas partes, todo sería más llevadero, y que con el gas el corazón se sentía más triste, porque lo alumbraba todo.

Aquel día apenas había comido, y desde el atardecer había estado en casa de un ingeniero, donde también había otros dos amigos suyos. Permanecí callado todo el tiempo y creo que les aburrí. Hablaban de un tema apasionante e incluso llegaron a acalorarse. Pero les daba igual, yo lo veía, y discutían sin ganas. De pronto se los dije:

—Señores, a ustedes les da igual todo esto.

No se ofendieron, sino que se rieron de mí. Lo hicieron porque lo dije sin ningún reproche, simplemente porque a mí todo me daba igual. Ellos vieron que me daba igual, y eso les hizo gracia.

Cuando en la calle pensé en el gas, miré hacia el cielo. El cielo estaba terriblemente oscuro, pero se distinguían con claridad las nubes desgarradas, y entre ellas unas manchas negras insondables. De pronto advertí en una de esas manchas una estrellita y me puse a contemplarla fijamente. Aquella estrellita me inspiró una idea: resolví quitarme la vida aquella noche. Lo tenía firmemente decidido desde hacía dos meses, y aunque soy pobre, me compré un magnífico revólver y lo cargué aquel mismo día. Pero ya habían pasado dos meses y el revólver seguía en el cajón. Me daba tan igual todo que quise esperar el momento en que no me diera tan igual, no sé por qué. Y así, durante aquellos dos meses, cada noche al volver a casa pensaba en pegarme un tiro. Solo esperaba el momento. Ahora aquella estrellita me había dado la idea, y decidí que sería sin falta aquella noche. Por qué la estrellita me la dio, no lo sé.

Y justo cuando miraba el cielo, de pronto aquella niña me agarró del codo. La calle ya estaba desierta y casi no había nadie. A lo lejos dormitaba un cochero en su carruaje. La niña tenía unos ocho años, llevaba un pañuelo en la cabeza y un vestidito, estaba toda empapada, pero me llamaron especialmente la atención sus botitas mojadas y rotas, todavía las recuerdo. Me saltaron a la vista. De pronto empezó a tirarme del codo y a llamarme. No lloraba, sino que pronunciaba entrecortadamente algunas palabras que no podía articular bien porque estaba toda temblando con pequeños estremecimientos de frío. Estaba aterrorizada por algo y gritaba desesperada:

—¡Mamita! ¡Mamita!

Volví la cara hacia ella, pero no le dije nada y seguí andando. Mientras, ella corría y me tiraba del brazo, y en su voz había aquel sonido que en los niños muy asustados significa desesperación. Conozco ese sonido. Aunque no terminaba las palabras, comprendí que su madre se estaba muriendo en algún lugar, o que les había pasado algo, y ella había salido corriendo a buscar a alguien, a encontrar algo que ayudara a su mamá. Pero no fui tras ella; al contrario, de pronto se me ocurrió la idea de espantarla. Primero le dije que buscara a un guardia. Pero ella juntó las manitas y, sollozando, ahogándose, seguía corriendo a mi lado sin apartarse de mí. Fue entonces cuando di un pisotón y le grité. Ella solo exclamó:

—¡Señor, señor!…

De pronto me dejó y cruzó la calle corriendo a toda velocidad: había aparecido otro transeúnte y, por lo visto, se lanzó hacia él, alejándose de mí.

Subí a mi quinto piso. Vivo de alquiler, en una pensión. Mi habitación es pobre y pequeña, con una ventana semicircular de buhardilla. Tengo un sofá de hule, una mesa con libros, dos sillas y un sillón cómodo, muy viejo, pero de estilo volteriano. Me senté, encendí una vela y me puse a pensar. Al lado, en la otra habitación, tras el tabique, continuaba el alboroto. Llevaban así desde hacía tres días. Allí vivía un capitán retirado que tenía invitados, unos seis rufianes que bebían vodka y jugaban a las cartas con una baraja vieja. La noche anterior hubo una pelea, y sé que dos de ellos se tiraron de los pelos durante un buen rato. La dueña quería denunciarlos, pero le tiene un miedo terrible al capitán. Aparte de nosotros, en la pensión solo hay una señora bajita y delgada, esposa de un militar, que vino de fuera con tres niños pequeños que han enfermado aquí. Tanto ella como los niños tienen un miedo mortal al capitán y pasan toda la noche temblando y santiguándose, y al más pequeño le dio una especie de ataque del susto.

Sé que ese capitán a veces para a los transeúntes en la avenida Nevski y les pide limosna. No lo admiten en ningún empleo, pero, cosa extraña (y por eso lo cuento), el capitán no me ha causado ninguna contrariedad durante todo el mes que lleva viviendo aquí. Desde el principio evité trabar conocimiento con él, y él mismo se aburrió conmigo desde el primer día. Por mucho que griten detrás del tabique y por muchos que sean, a mí siempre me da igual. Me quedo sentado toda la noche y, la verdad, ni los oigo, de tan olvidados que los tengo. Ya llevo así un año, sin dormir por las noches, hasta el amanecer. Paso toda la noche sentado en el sillón junto a la mesa sin hacer nada. Únicamente leo de día. Me siento y ni siquiera pienso; algunos pensamientos simplemente vagan, y yo los dejo andar libremente. La vela se consume por completo durante la noche.

Me senté en silencio junto a la mesa, saqué el revólver y lo puse delante de mí. Cuando lo hice, recuerdo que me pregunté: «¿Es así?», y me respondí afirmativamente: «Así es». Es decir, me pegaré un tiro. Sabía con seguridad que me pegaría un tiro aquella noche, pero no sabía cuánto tiempo seguiría sentado a la mesa antes de hacerlo. Y sin duda me habría disparado de no ser por aquella niña.

II

Verán: aunque todo me daba igual, el dolor, por ejemplo, sí lo sentía. Si alguien me golpeaba, yo sentía dolor. Lo mismo en el aspecto moral: si ocurría algo muy lamentable, sentía pena igual que cuando no todo en la vida me daba igual. Y hacía un rato había sentido compasión: sin duda habría ayudado a un niño. Entonces, ¿por qué no ayudé a la niña?

Fue por una idea que se apoderó de mí: cuando ella me tiraba del brazo y me llamaba, de pronto surgió ante mí una pregunta que no pude resolver. La pregunta era ociosa, pero me enfureció. Me enfurecí al razonar que, si ya había decidido acabar conmigo aquella noche, entonces todo en el mundo debía darme ahora más igual que nunca. ¿Por qué de pronto sentí que no todo me daba igual y me compadecí de la niña?

Recuerdo que sentí mucha lástima por ella, hasta un dolor extraño, incluso inverosímil en mi situación. La verdad, no sé transmitir mejor aquella sensación fugaz que tuve entonces, pero la sensación continuó en casa, cuando ya estaba sentado a la mesa, y me sentía muy irritado, como hacía mucho que no lo estaba. Un razonamiento se encadenaba con otro. Se me presentaba con claridad que, si soy un ser humano, y todavía no soy un cero, y mientras no me convierta en un cero, estoy vivo y, por consiguiente, puedo sufrir, enfadarme y sentir vergüenza por mis actos. Bien. Pero si voy a matarme, por ejemplo, dentro de dos horas, ¿qué me importa la niña, qué me importa entonces la vergüenza ni nada en el mundo? Me convierto en un cero, en un cero absoluto. ¿Y acaso esa conciencia —la de que ahora mismo dejaré por completo de existir y, por tanto, nada existirá— no podía influir en lo más mínimo en mi compasión hacia la niña, ni en mi vergüenza por aquella bajeza?

Precisamente por eso di aquel pisotón y le grité a la pobre niña con voz fiera, pensando: «No solo no siento lástima, sino que, aunque cometa la bajeza más inhumana, puedo hacerlo, porque dentro de dos horas todo se habrá extinguido». ¿Creen que grité por eso? Estoy casi convencido de ello. Me parecía claro que la vida y el mundo dependían, por así decirlo, de mí. Podría decirse incluso que el mundo estaba hecho solo para mí: si me pego un tiro, el mundo dejará de existir, al menos para mí. Y eso sin contar con que quizá realmente no habrá nada para nadie después de mí, y en cuanto se extinga mi conciencia, se extinguirá al instante el mundo entero como un fantasma, como algo perteneciente únicamente a mi conciencia, y quedará anulado, porque tal vez todo este mundo y toda esta gente no soy sino yo mismo.

Recuerdo que, sentado y reflexionando, daba vueltas a todas aquellas nuevas preguntas que se agolpaban unas tras otras, girándolas hacia una dirección completamente distinta e inventando cosas del todo nuevas. Por ejemplo, de pronto me vino a la mente una idea extraña: que si yo hubiera vivido antes en la Luna o en Marte y allí hubiera cometido el acto más infame y deshonroso que uno pueda imaginar, y hubiera sido ultrajado y deshonrado como solo es posible sentir e imaginar acaso en un sueño, en una pesadilla, y si luego, al encontrarme en la Tierra, siguiera conservando la conciencia de lo que hice en el otro planeta y, además, supiera que por nada del mundo volvería jamás allí, entonces, al mirar la Luna desde la Tierra, ¿me daría igual o no? ¿Sentiría vergüenza por aquel acto o no?

Las preguntas eran ociosas y superfluas, puesto que el revólver ya estaba delante de mí y yo sabía con todo mi ser que aquello ocurriría sin falta, pero las preguntas me exaltaban y me enfurecían. Era como si ya no pudiera morir sin haber resuelto algo antes. En pocas palabras, aquella niña me salvó, porque con las preguntas aplazaba el disparo.

Mientras tanto, en la habitación del capitán también empezó a cesar el ruido: habían terminado de jugar a las cartas, se disponían a dormir, y mientras tanto gruñían y se insultaban perezosamente. Fue entonces cuando de pronto me quedé dormido, cosa que nunca me había pasado antes, sentado a la mesa, en el sillón. Me dormí sin darme cuenta en absoluto.

Los sueños, como es sabido, son algo extraordinariamente extraño: una cosa se presenta con claridad aterradora, con una minuciosidad de detalles propia de un joyero, y otra la saltas como sin notarla en absoluto, por ejemplo, el espacio y el tiempo. Los sueños, al parecer, no los impulsa la razón, sino el deseo; no la cabeza, sino el corazón. Y sin embargo, ¡qué cosas tan ingeniosas hacía a veces mi razón en sueños! Aunque también a la razón le ocurren en el sueño cosas absolutamente inconcebibles. Mi hermano, por ejemplo, murió hace cinco años. A veces lo veo en sueños: participa en mis asuntos, ambos muy absortos, y sin embargo yo sé y recuerdo perfectamente, durante todo el sueño, que mi hermano ha muerto y está enterrado. ¿Cómo es que no me asombra que, aunque esté muerto, esté aquí a mi lado afanándose conmigo? ¿Por qué mi razón admite todo esto sin más?

Pero basta. Paso a contar mi sueño. Sí, entonces soñé ese sueño, ¡mi sueño del tres de noviembre! Ahora me provocan diciendo que solo fue un sueño. Pero ¿acaso no da igual, sueño o no, si este sueño me anunció la Verdad? Porque si una vez has conocido la Verdad y la has visto, sabes que es la Verdad y que no hay ni puede haber otra, duermas o vivas. Pues bien, que sea un sueño, que lo sea; pero esta vida que ustedes tanto ensalzan, yo quería apagarla con el suicidio, mientras que mi sueño, mi sueño… ¡oh, él me anunció una vida nueva, grande, renovada, fuerte! Escuchen.

III

Ya dije que me dormí sin darme cuenta y como si siguiera reflexionando sobre los mismos temas. De pronto soñé que tomaba el revólver y, sentado, me lo apuntaba directamente al corazón —al corazón y no a la cabeza—, aunque antes había decidido dispararme en la cabeza, concretamente en la sien derecha. Apuntándome al pecho, esperé un segundo o dos, y de pronto la vela, la mesa y la pared ante mí empezaron a moverse y a oscilar. Me apresuré a disparar.

En sueños a veces uno cae de una altura, o lo acuchillan, o lo golpean, pero nunca siente dolor, salvo si uno se golpea de verdad en la cama; entonces siente dolor y casi siempre se despierta del dolor. Así fue en mi sueño: no sentí dolor, pero me pareció que con mi disparo todo en mi interior se sacudió y todo se apagó de pronto, y a mi alrededor se hizo una oscuridad terrible. Como si me hubiera quedado ciego y mudo. Y ahí estoy yo, tendido sobre algo duro, boca arriba, estirado, sin ver nada y sin poder hacer el más mínimo movimiento. Alrededor camina gente y grita, ruge el capitán, chilla la patrona, y de pronto otra interrupción, y ya me llevan en un ataúd cerrado. Siento cómo se balancea el ataúd, y pienso en ello, y de pronto me impacta por primera vez la idea de que estoy muerto, completamente muerto, lo sé y no lo dudo, no veo y no me muevo, pero sin embargo siento y pienso. Pero pronto me conformo con ello y, como suele ocurrir en los sueños, acepto la realidad sin discutir.

Y entonces me entierran. Todos se van, me quedo solo, completamente solo. No me muevo. Antes, cuando despierto imaginaba cómo me enterrarían en la tumba, lo único que asociaba con la sepultura era la sensación de humedad y frío. Así también ahora: sentí que tenía mucho frío, especialmente en la punta de los dedos de los pies, pero nada más.

Estaba tumbado y, cosa extraña, no esperaba nada, aceptando sin discusión que un muerto no tiene nada que esperar. Pero había humedad. No sé cuánto tiempo pasó, si una hora o varios días, o muchos días. Pero de pronto sobre mi ojo izquierdo cerrado cayó una gota de agua que se había filtrado por la tapa del ataúd; al minuto cayó otra, luego otra al minuto siguiente, después otra, y así sucesivamente: siempre cada minuto. Una profunda indignación se encendió en mi corazón, y sentí en él un dolor físico: «Es mi herida», pensé, «es el disparo, ahí está la bala…». Y la gota seguía cayendo, cada minuto, directamente sobre mi ojo cerrado. Y de pronto clamé —no con la voz, pues estaba inmóvil, sino con todo mi ser—, al soberano de todo lo que me estaba ocurriendo:

—Quienquiera que seas, si existes y si existe algo más racional que lo que ahora ocurre, permite que eso exista también aquí. Pero si, en cambio, te vengas de mí por mi insensato suicidio mediante lo monstruoso y absurdo de esta existencia ulterior, entonces sabe esto: jamás ningún tormento que me sobrevenga podrá compararse con el desprecio que sentiré en silencio, ¡aunque dure millones de años mi martirio!…

Clamé y callé. Durante casi un minuto se prolongó un silencio profundo, y hasta cayó una gota más; pero yo sabía, sabía con una certeza infinita e inquebrantable, y creía, que ahora mismo todo cambiaría sin falta. Y entonces mi sepultura se abrió. Es decir, no sé si fue abierta o desenterrada, pero fui tomado por un ser oscuro y desconocido para mí, y nos encontramos en el espacio.

De pronto recobré la vista: era noche profunda, ¡y nunca, nunca había habido oscuridad semejante! Nos precipitábamos por el espacio, ya lejos de la Tierra. Yo no le preguntaba nada al que me llevaba; esperaba, y estaba orgulloso. Me convencía de que no tenía miedo, y me estremecía de entusiasmo ante la idea de que no tenía miedo. No recuerdo cuánto tiempo volamos, y no puedo imaginármelo: todo sucedía como siempre en los sueños, cuando uno se salta el espacio y el tiempo y las leyes de la existencia y de la razón, y se detiene solo en los puntos con los que sueña el corazón.

Recuerdo que de pronto vi en la oscuridad una estrellita.

—¿Es Sirio? —pregunté, sin poder contenerme, aunque yo no quería preguntar nada.

—No, es la misma estrella que viste entre las nubes cuando volvías a casa —me respondió el ser que me llevaba.

Sabía que aquel ser tenía algo así como un rostro humano. Cosa extraña: yo no lo quería, incluso sentía una profunda aversión hacia él. Esperaba la inexistencia absoluta y con esa idea me había disparado al corazón. Y he aquí que estoy en manos de un ser, claro que no humano, pero que existe, que es: «¡Entonces también hay vida después de la tumba!», pensé con la extraña ligereza del sueño, pero la esencia de mi corazón permanecía conmigo en toda su profundidad: «Y si debo existir de nuevo», pensé, «y vivir otra vez por la voluntad irrevocable de alguien, ¡no quiero que me venzan y me humillen!».

—Tú sabes que te temo, y por eso me desprecias —le dije de pronto a mi compañero, sin poder contener aquella pregunta humillante que encerraba una confesión, y sintiendo mi humillación como un pinchazo de alfiler en el corazón.

Él no respondió a mi pregunta, pero de pronto sentí que no me despreciaban, que no se reían de mí, que ni siquiera me compadecían, y que nuestro viaje tenía un fin desconocido y misterioso que solo me concernía a mí. El miedo crecía en mi corazón. Algo mudo, pero atormentador, me comunicaba mi silencioso compañero y como que me traspasaba. Volábamos por espacios oscuros y desconocidos. Hacía tiempo que había dejado de ver las constelaciones familiares. Yo sabía que hay estrellas en los espacios celestes cuyos rayos llegan a la Tierra solo al cabo de miles y millones de años. Quizá ya habíamos atravesado esos espacios.

Yo esperaba algo con una angustia terrible que me torturaba el corazón. Y entonces un sentimiento familiar y sumamente evocador me estremeció: ¡vi de pronto nuestro sol! Sabía que no podía ser nuestro sol, el que engendró nuestra Tierra, ya que estábamos a una distancia infinita de él, pero reconocí por alguna razón, con todo mi ser, que era un sol exactamente igual que el nuestro, una réplica suya, su doble. Un sentimiento dulce y evocador resonó con éxtasis en mi alma: la fuerza familiar de la luz, la misma que me engendró, resonó en mi corazón y lo resucitó, y sentí la vida, la antigua vida, por primera vez después de mi tumba.

—Pero si esto es el sol, si este es exactamente el mismo sol que el nuestro —exclamé—, entonces ¿dónde está la Tierra?

Y mi compañero me señaló una estrellita que brillaba en la oscuridad con un resplandor esmeralda. Volábamos directamente hacia ella.

—¿Y de veras son posibles tales repeticiones en el universo? ¿Es esa acaso la ley natural?… Y si eso de allí es la Tierra, ¿será posible que sea igual que la nuestra…, exactamente igual, desdichada, pobre, pero querida y eternamente amada, y que engendre un amor igual de torturador hacia sí misma incluso en sus hijos más ingratos, como la nuestra?… —exclamaba yo, estremeciéndome de amor incontenible y arrebatado hacia aquella Tierra natal, la de antes, que había abandonado. La imagen de la pobre niña a la que había ofendido pasó fugazmente ante mí.

—Lo verás todo —respondió mi compañero, y un tono de tristeza resonó en sus palabras.

Nos acercábamos rápidamente al planeta. Crecía ante mis ojos, ya distinguía el océano, los contornos de Europa, y de pronto un sentimiento extraño de grandes y santos celos se encendió en mi corazón: «¿Cómo es posible tal repetición y para qué? Yo amo, solo puedo amar aquella Tierra que dejé, en la que quedaron salpicaduras de mi sangre cuando, ingrato, me quité la vida de un disparo en el corazón. Pero nunca, nunca dejé de amar aquella Tierra, e incluso aquella noche, al separarme de ella, quizá la amaba más dolorosamente que nunca. ¿Hay sufrimiento en esta nueva Tierra? En nuestra Tierra solo podemos amar de verdad con dolor y solo a través del dolor. No sabemos amar de otro modo y no conocemos otro amor. Yo quiero el dolor para amar. Quiero, ansío en este instante besar y bañar con lágrimas aquella Tierra que dejé, ¡y no quiero, no acepto la vida en ninguna otra…!».

Pero mi compañero ya me había dejado. De pronto, casi sin darme cuenta, me encontré en aquella otra Tierra bajo la luz brillante de un día soleado, hermoso como el paraíso. Me encontraba, creo, en una de aquellas islas que forman en nuestra Tierra el archipiélago griego, o en algún lugar de la costa del continente cercano a aquel archipiélago.

¡Oh, todo era exactamente como en nuestra Tierra, pero parecía resplandecer por todas partes con algo así como una fiesta y un triunfo grandioso, santo, finalmente alcanzado! El manso mar esmeralda chapoteaba suavemente contra las orillas y las besaba con un amor manifiesto, visible, casi consciente. Altos y hermosos árboles se erguían en toda la exuberancia de su floración, y sus innumerables hojitas —estoy convencido de ello— me saludaban con su quedo y tierno rumor y parecían pronunciar palabras de amor. El césped ardía de flores brillantes y aromáticas. Los pajarillos revoloteaban en bandadas y, sin temerme, se posaban en mis hombros y en mis brazos y me golpeaban alegremente con sus encantadoras alitas temblorosas.

Y por fin vi y conocí a la gente de aquella Tierra feliz. Vinieron a mí ellos mismos, me rodearon, me besaron. Hijos del sol, hijos de su sol, ¡oh, qué hermosos eran! Nunca había visto en nuestra Tierra tal belleza en el ser humano. Solo en nuestros niños, en sus primeros años, se podría encontrar un reflejo lejano, aunque débil, de aquella belleza. Los ojos de aquella gente feliz brillaban con un resplandor claro. Sus rostros irradiaban inteligencia y una conciencia como colmada ya hasta la serenidad. Aquellos rostros eran alegres; en las palabras y las voces de aquella gente resonaba una alegría infantil. ¡Oh, al primer vistazo a sus rostros comprendí todo, todo!

Aquella era una Tierra no mancillada por el pecado original; en ella vivían personas que no habían pecado, vivían en el mismo paraíso en el que, según las tradiciones de toda la humanidad, vivieron también nuestros primeros padres pecadores, con la única diferencia de que toda la Tierra aquí era por todas partes un solo y mismo paraíso. Aquella gente, sonriendo alegremente, se agolpaba a mi alrededor y me acariciaba; me llevaron consigo, y cada uno de ellos quería tranquilizarme. ¡Oh, no me preguntaban nada, era como si ya lo supieran todo —así me parecía—, y querían borrar cuanto antes el sufrimiento de mi rostro!

IV

Vean ustedes, lo repito: ¡supongamos que fue solo un sueño! Pero la sensación del amor de aquella gente inocente y hermosa se me quedó para siempre, y siento que su amor se derrama sobre mí todavía ahora, desde allá. Los vi, los conocí y me convencí; los amé y después sufrí por ellos. ¡Oh, comprendí al instante, incluso entonces, que en muchas cosas no los entendería en absoluto! A mí, como ruso moderno, progresista y despreciable petersburgués, me parecía incomprensible, por ejemplo, que ellos, sabiendo tanto, no tuvieran nuestra ciencia. Pero pronto comprendí que su conocimiento se colmaba y se nutría de otras intuiciones distintas de las nuestras en la Tierra, y que sus aspiraciones también eran por completo diferentes. No deseaban nada y estaban serenos, no aspiraban a conocer la vida como nosotros aspiramos a conocerla, porque su vida estaba colmada. Sin embargo, su conocimiento era más profundo y elevado que el de nuestra ciencia; porque nuestra ciencia busca explicar qué es la vida, aspira a comprenderla para enseñar a otros a vivir; ellos, en cambio, aun sin ciencia, sabían cómo vivir, y eso lo comprendí, pero no pude comprender su conocimiento.

Me señalaban sus árboles, y yo no podía comprender el grado de amor con que los miraban: como si hablaran con seres semejantes a ellos mismos. Y ¿saben?, tal vez no me equivoco si digo que ¡hablaban con ellos! Sí, habían encontrado su lenguaje, y estoy convencido de que los árboles los comprendían. Así miraban también a toda la naturaleza: a los animales, que vivían con ellos en paz, no los atacaban y los amaban, vencidos por el amor de ellos mismos. Me señalaban las estrellas y me hablaban de ellas, de algo que yo no podía comprender; pero estoy convencido de que, de algún modo, estaban en contacto con las estrellas del cielo: no solo con el pensamiento, sino por alguna vía viva.

¡Oh, aquellas personas ni siquiera pretendían que yo los comprendiera! Me amaban sin eso; pero, en cambio, yo sabía que ellos tampoco me comprenderían nunca, y por eso casi no les hablaba de nuestra Tierra. Yo solo besaba ante ellos la Tierra en la que vivían, y sin palabras los adoraba, y ellos lo veían y se dejaban adorar, sin avergonzarse de que los adorara, porque ellos mismos amaban mucho. No sufrían por mí cuando yo, entre lágrimas, a veces besaba sus pies, sabiendo con alegría en mi corazón con qué fuerza de amor me responderían.

A veces me preguntaba, asombrado: ¿cómo podían, todo el tiempo, no ofender a alguien como yo y ni una sola vez despertar en alguien como yo sentimientos de celos o de envidia? Muchas veces me pregunté cómo yo, fanfarrón y mentiroso, no les hablaba de mis conocimientos —de los que, por supuesto, ellos no tenían la menor idea—, ni deseaba asombrarlos con ellos, aunque fuera solo por amor a ellos.

Eran vivaces y alegres como niños. Vagaban por sus hermosos bosques y arboledas, cantaban sus hermosas canciones, se alimentaban de comida ligera, de los frutos de sus árboles, de la miel de sus bosques y de la leche de los animales que los amaban. Para su sustento y su vestido trabajaban solo un poco y sin esfuerzo. Había amor entre ellos y nacían niños, pero nunca observé en ellos esos arrebatos de cruel voluptuosidad que se apoderan de casi todos en nuestra Tierra, de todos y cada uno, y que son la única fuente de casi todos los pecados de nuestra humanidad. Se alegraban de los niños que les nacían como de nuevos partícipes de su dicha.

Entre ellos no había disputas ni celos, y ni siquiera entendían lo que eso significaba. Sus hijos eran hijos de todos, porque todos formaban una sola familia. Casi no tenían enfermedades, aunque sí había muerte; pero sus ancianos morían apaciblemente, como si se durmieran, rodeados de gente que se despedía de ellos, bendiciéndolos, sonriéndoles y siendo a su vez despedidos con sus luminosas sonrisas. Yo no vi en ello pena ni lágrimas, solo un amor como multiplicado hasta el éxtasis, pero un éxtasis sereno, colmado, contemplativo. Se podía pensar que seguían en contacto con sus muertos incluso después de su muerte y que la unión terrestre entre ellos no se interrumpía con la muerte.

Casi no me comprendían cuando les preguntaba por la vida eterna; pero, evidentemente, estaban tan convencidos de ella de manera instintiva que no constituía para ellos una cuestión. No tenían templos, pero tenían una especie de unión vital, viva e incesante con el Todo del universo; no tenían fe, pero en cambio poseían el firme conocimiento de que, cuando su alegría terrenal se colmara hasta los límites de la naturaleza terrenal, entonces llegaría para ellos —para los vivos y para los muertos— una expansión aún mayor del contacto con el Todo del universo. Esperaban ese momento con alegría, pero sin prisa, sin sufrir por él, como si ya lo tuvieran en los presentimientos de su corazón, que se comunicaban unos a otros.

Por las tardes, antes de dormir, les gustaba formar coros armoniosos y acordes. En aquellas canciones transmitían todas las sensaciones que les había deparado el día que se iba, lo alababan y se despedían de él. Alababan la naturaleza, la Tierra, el mar, los bosques. Les gustaba componer canciones los unos sobre los otros y se elogiaban mutuamente como niños; eran canciones sencillas, pero brotaban del corazón y penetraban los corazones. Y no solo en las canciones: parecía que toda su vida la pasaban únicamente en admirarse unos a otros. Era una especie de enamoramiento mutuo, total, universal.

Otras de sus canciones, solemnes y entusiastas, yo casi no las comprendía en absoluto. Aunque entendía las palabras, nunca podía penetrar en todo su significado. Este quedaba como inaccesible a mi mente; pero, en cambio, mi corazón parecía impregnarse de él instintivamente, cada vez más y más.

A menudo les decía que hacía tiempo yo había presentido todo aquello, que toda aquella alegría y gloria se me había manifestado ya en nuestra Tierra en forma de una nostalgia evocadora que a veces llegaba a una angustia insoportable; que a todos ellos y su gloria los presentía en los sueños de mi corazón y en las ensoñaciones de mi mente; que a menudo en nuestra Tierra no podía mirar el sol poniente sin lágrimas… Que en mi odio a la gente de nuestra Tierra siempre había una melancolía: ¿por qué no puedo odiarlos sin amarlos?, ¿por qué no puedo dejar de perdonarlos?; y que en mi amor a ellos había una nostalgia: ¿por qué no puedo amarlos sin odiarlos?

Ellos me escuchaban, y yo veía que no podían imaginarse lo que les decía, pero no me arrepentía de habérselo dicho: sabía que comprendían toda la fuerza de mi nostalgia por aquellos a quienes había abandonado. Sí, cuando me miraban con su mirada dulce e impregnada de amor, cuando sentía que en su presencia también mi corazón se volvía tan inocente y veraz como los suyos, no me apenaba no comprenderlos. Ante la sensación de plenitud de la vida me faltaba el aliento, y en silencio rezaba ante ellos.

¡Oh, ahora todos se ríen mirándome a los ojos y me aseguran que ni en sueños se pueden ver tales detalles como los que transmito ahora, que en mi sueño solo vi o sentí una única sensación, engendrada por mi propio corazón en el delirio, y que los detalles los inventé yo mismo al despertar! Y cuando les revelé que quizá realmente fue así… ¡Dios mío, qué carcajadas soltaron en mi cara y cuánto se divirtieron!

Oh, sí, claro que yo estaba vencido por una sola sensación de aquel sueño, y solo ella sobrevivió en mi corazón herido hasta la sangre. Pero en cambio las imágenes y formas reales de mi sueño, es decir, las que realmente vi en el momento mismo de soñarlo, estaban tan colmadas de armonía, eran tan fascinantes y hermosas, y eran tan verdaderas, que al despertar, claro, no fui capaz de encarnarlas en nuestras débiles palabras. Debieron como desdibujarse en mi mente, y por tanto, quizá yo mismo, inconscientemente, me vi obligado a inventar después los detalles, desfigurándolos, claro, especialmente dado mi apasionado deseo de transmitirlos cuanto antes y al menos en algo.

Pero entonces ¿cómo puedo no creer que todo aquello fue real? Fue, quizá, mil veces mejor, más luminoso y alegre de lo que cuento. Quizá sea un sueño, pero todo eso no pudo no haber sido.

¿Saben qué? Les diré un secreto: ¡quizá todo aquello no fue un sueño en absoluto! Porque aquí ocurrió algo, algo tan terriblemente verdadero que no podría haberse soñado jamás. Supongamos que mi sueño lo engendró mi corazón, pero ¿acaso mi solo corazón era capaz de engendrar aquella Verdad terrible que me sucedió después? ¿Cómo podría haberla inventado o haberla soñado solo con el corazón? ¿Acaso mi pequeño corazón caprichoso y mi mente mezquina podían elevarse a tal revelación de la Verdad?

¡Oh, juzguen ustedes mismos! Hasta ahora lo he ocultado, pero ahora les revelaré también esa Verdad.

El caso es que yo… ¡los corrompí a todos!

V

¡Sí, sí, acabó en que los corrompí a todos! Cómo pudo ocurrir, no lo sé; no lo recuerdo con claridad. El sueño atravesó milenios y dejó en mí solo la sensación del conjunto. Solo sé que la causa de la caída fui yo. Como una triquina repugnante, como un átomo de peste que contagia estados enteros, así yo contagié con mi persona toda aquella Tierra, feliz y sin pecado antes de mí. Aprendieron a mentir y llegaron a amar la mentira y conocieron la belleza de la mentira. Oh, quizá aquello empezó inocentemente, con una broma, con coquetería, con un juego amoroso, quizá realmente con un átomo, pero aquel átomo de mentira penetró en sus corazones y les gustó.

Después nació rápidamente la lujuria, la lujuria engendró los celos, los celos la crueldad… Oh, no sé, no lo recuerdo, pero pronto, muy pronto, brotó la primera sangre: se asombraron y se horrorizaron, y empezaron a separarse, a desunirse. Aparecieron las alianzas, pero ya de unos contra otros. Comenzaron los reproches, las acusaciones. Conocieron la vergüenza y elevaron la vergüenza a virtud. Nació el concepto de honor, y cada alianza enarboló su bandera. Empezaron a torturar a los animales, y los animales se alejaron de ellos hacia los bosques y se volvieron sus enemigos.

Comenzó la lucha por la separación, por el aislamiento, por la individualidad, por lo mío y lo tuyo. Empezaron a hablar lenguas diferentes. Conocieron el dolor y llegaron a amar el dolor, anhelaban el sufrimiento y decían que la Verdad solo se alcanza mediante el sufrimiento. Entonces apareció entre ellos la ciencia. Cuando se volvieron malvados, empezaron a hablar de fraternidad y humanidad y comprendieron esas ideas. Cuando se volvieron criminales, inventaron la justicia y se prescribieron códigos enteros para mantenerla, y para garantizar los códigos instalaron la guillotina.

Apenas recordaban lo que habían perdido, ni siquiera querían creer que alguna vez fueron inocentes y felices. Se reían incluso de la posibilidad de aquella felicidad pasada y la llamaban sueño. Ni siquiera podían imaginársela en formas e imágenes, pero, cosa extraña y maravillosa: después de perder toda fe en la felicidad pasada y llamarla fábula, desearon tanto volver a ser inocentes y felices de nuevo que se rindieron ante el deseo de su corazón como niños, divinizaron ese deseo, levantaron templos y empezaron a rezar a su propia idea, a su propio «deseo», creyendo plenamente, al mismo tiempo, que nunca podría cumplirse ni realizarse, pero adorándolo con lágrimas y rindiéndole culto.

Y sin embargo, si hubiera podido ocurrir que volvieran a aquel estado inocente y feliz que habían perdido, y si alguien se lo hubiera mostrado de nuevo y les hubiera preguntado: ¿quieren volver a él?, sin duda lo habrían rechazado. Me contestaban:

«Supongamos que somos mentirosos, malvados e injustos, lo sabemos y lloramos por ello, y nos atormentamos a nosotros mismos por ello, y nos castigamos a nosotros mismos y nos mortificamos más incluso, quizá, que aquel Juez misericordioso que nos juzgará y cuyo nombre no conocemos. Pero tenemos la ciencia, y a través de ella encontraremos de nuevo la Verdad, pero la recibiremos ya conscientemente. El conocimiento está por encima del sentimiento, la conciencia de la vida está por encima de la vida. La ciencia nos dará sabiduría, la sabiduría descubrirá las leyes, y el conocimiento de las leyes de la felicidad está por encima de la felicidad».

Eso es lo que decían, y después de tales palabras cada uno se amó a sí mismo más que a todos los demás, y no podían hacer otra cosa. Cada uno se volvió tan celoso de su individualidad que se esforzaba con todas sus fuerzas solo en humillar y menoscabar la de los otros, y en eso ponía su vida. Apareció la esclavitud, apareció incluso la esclavitud voluntaria: los débiles se sometían gustosos a los más fuertes, con la condición de que estos les ayudaran a oprimir a los más débiles que ellos.

Aparecieron justos que venían a aquella gente con lágrimas y les hablaban de su orgullo, de la pérdida de la mesura y la armonía, de la pérdida del pudor. Se reían de ellos o los apedreaban. La sangre santa se derramaba en los umbrales de los templos. Pero empezó a aparecer gente que comenzó a idear: cómo hacer para que todos volvieran a unirse de tal modo que cada uno, sin dejar de amarse a sí mismo más que a todos los demás, al mismo tiempo no estorbara a nadie más, y así todos vivieran juntos como en una sociedad armoniosa.

Por esta idea se desataron guerras enteras. Todos los que luchaban creían firmemente a la vez que la ciencia, la sabiduría y el instinto de autoconservación obligarían finalmente al hombre a unirse en una sociedad armoniosa y racional, y mientras tanto, para acelerar el asunto, los «sabios» se apresuraban a exterminar a todos los «no sabios» que no entendían su idea, para que no estorbaran su triunfo.

Pero el instinto de autoconservación empezó a debilitarse rápidamente; aparecieron orgullosos y voluptuosos que exigían directamente todo o nada. Para adquirirlo todo recurrían a la maldad, y si esta no tenía éxito, al suicidio. Aparecieron religiones con el culto a la inexistencia y a la autodestrucción por amor al eterno reposo en la nada. Por fin aquella gente se cansó del esfuerzo sin sentido, y en sus rostros apareció el sufrimiento, y aquella gente proclamó que el sufrimiento es belleza, pues solo en el sufrimiento hay pensamiento. Cantaron el sufrimiento en sus canciones. Yo caminaba entre ellos, retorciéndome las manos, y lloraba por ellos, pero los amaba, quizá, aún más que antes, cuando en sus rostros todavía no había sufrimiento y eran inocentes y tan hermosos. Amé su Tierra profanada por ellos aún más que cuando era un paraíso, solo porque en ella había aparecido el dolor. ¡Ay, siempre amé el dolor y la pena, pero solo para mí, para mí, mientras que por ellos lloraba compadeciéndolos!

Les tendía las manos, acusándome a mí mismo en mi desesperación, maldiciendo y despreciándome. Les decía que todo aquello lo había hecho yo, yo solo, que yo les había traído la corrupción, el contagio y la mentira. Les rogaba que me crucificaran, les enseñaba cómo hacer una cruz. No podía, no tenía fuerzas para matarme yo mismo, pero quería recibir de ellos el martirio, ansiaba el martirio, ansiaba que en aquel martirio se derramara mi sangre hasta la última gota. Pero ellos solo se reían de mí y al final empezaron a tomarme por un loco. Me justificaban, decían que habían recibido solo lo que ellos mismos habían deseado, y que todo lo que ahora había no podía no haber sido.

Finalmente me anunciaron que me estaba volviendo peligroso para ellos y que me encerrarían en un manicomio si no me callaba. Entonces el dolor entró en mi alma con tal fuerza que mi corazón se oprimió, y sentí que iba a morir, y entonces… bueno, entonces me desperté.

Ya era de mañana, es decir, todavía no había amanecido, pero eran cerca de las seis. Desperté en el mismo sillón, mi vela se había consumido del todo, en la habitación del capitán dormían, y en nuestra vivienda reinaba un silencio poco habitual. Lo primero que hice fue saltar con extraordinario asombro: nunca me había pasado nada semejante, ni siquiera en los detalles más nimios y triviales: por ejemplo, nunca me había quedado dormido así en el sillón.

Y de pronto, mientras estaba allí de pie recobrando el sentido, vi ante mí mi revólver, listo, cargado, pero al instante lo aparté de mí. ¡Oh, ahora la vida, la vida! Alcé las manos y clamé a la Verdad eterna; no clamé, sino que lloré; el éxtasis, un éxtasis inconmensurable elevaba todo mi ser. ¡Sí, la vida, y la prédica! Decidí predicar en aquel mismo instante y, por supuesto, para toda la vida. Voy a predicar, quiero predicar. ¿Qué? La Verdad, pues la he visto, la he visto con mis propios ojos, ¡he visto toda su gloria!

Y desde entonces predico. Además, amo a todos los que se ríen de mí más que a todos los demás. Por qué es así, no lo sé y no puedo explicarlo, pero que así sea. Dicen que ya ahora me confundo; es decir: si ya ahora me he confundido así, ¿qué pasará después? Es la pura verdad, me confundo, y quizá después sea peor. Y, desde luego, me confundiré varias veces, hasta que halle cómo predicar, es decir, con qué palabras y con qué hechos, porque es muy difícil llevarlo a cabo.

Incluso ahora veo todo esto tan claro como el día, pero escuchen: ¿quién no se confunde? Y sin embargo, todos van hacia lo mismo, al menos todos aspiran a lo mismo, desde el sabio hasta el último bandido, solo que por caminos distintos. Esta es una verdad antigua, pero he aquí lo nuevo: yo ni siquiera puedo confundirme mucho. Porque he visto la Verdad, he visto y sé que la gente puede ser hermosa y feliz sin perder la capacidad de vivir en la Tierra. No quiero y no puedo creer que el mal sea el estado normal de los hombres.

Y precisamente de esta fe mía se ríen todos. Pero ¿cómo puedo no creer? He visto la Verdad, no es que la haya inventado con la mente, sino que la he visto, la he visto, y su imagen viva ha llenado mi alma para siempre. La he visto en una integridad tan plena que no puedo creer que no pueda existir entre la gente. Entonces, ¿cómo voy a confundirme? Me desviaré, claro, incluso varias veces, y hablaré quizá incluso con palabras ajenas, pero no por mucho tiempo: la imagen viva de lo que vi estará siempre conmigo y siempre me corregirá y me guiará. ¡Oh, estoy animado, estoy fresco, voy, voy, aunque sea por mil años!

¿Saben? Al principio quise incluso ocultar que los había corrompido a todos, pero fue un error, ¡he aquí el primer error! Sin embargo, la Verdad me susurró que estaba mintiendo, me protegió y me guio. Cómo organizar el paraíso… no lo sé, porque no sé transmitirlo con palabras. Después de mi sueño perdí las palabras. Al menos, todas las palabras principales, las más necesarias. Pero que así sea: iré y hablaré sin descanso, porque, a pesar de todo, lo vi con mis propios ojos, aunque no sepa contar lo que vi.

Esto es lo que los burlones no entienden: «Vio un sueño, dicen, un delirio, una alucinación». ¡Eh! ¿Y eso es sabiduría? ¡Y están tan orgullosos! ¿Un sueño? ¿Qué es un sueño? ¿Y nuestra vida no es un sueño? Diré más: supongamos que esto nunca se cumpla y que no haya paraíso (¡eso ya lo entiendo!), pues aun así predicaré.

Y sin embargo, es tan sencillo: en un solo día, en una sola hora, ¡todo se arreglaría de golpe! Lo principal es amar a los demás como a ti mismo, eso es lo principal, y eso es todo, no se necesita nada más en absoluto: enseguida encontrarás cómo organizar tu existencia. Pero esto no es más que una vieja verdad, repetida y leída miles de millones de veces, ¡y aun así no ha arraigado! «La conciencia de la vida está por encima de la vida, el conocimiento de las leyes de la felicidad está por encima de la felicidad»: ¡contra eso hay que luchar! Y lucharé. Si tan solo todos lo quisieran, al instante todo se arreglaría.

Y a aquella niñita la encontré… ¡Voy! ¡Voy!

FIN

Fiódor Dostoyevski - El sueño de un hombre ridículo
  • Autor: Fiódor Dostoyevski
  • Título: El sueño de un hombre ridículo
  • Título Original: Son smeshnogo cheloveka
  • Publicado en: Dnevnik pisatelya, 1877
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

No te pierdas nada, únete a nuestros canales de difusión y recibe las novedades de Lecturia directamente en tu teléfono:

Canal de Lecturia en WhatsApp
Canal de Lecturia en Telegram
Canal de Lecturia en Messenger