Novela en nueve cartas

Fiódor Dostoyevski

Sovreménnik (El Contemporáneo), 1847

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

26 min de lectura
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Sinopsis: «Novela en nueve cartas» (Роман в девяти письмах) es un cuento de Fiódor Dostoyevski, publicado en 1847 en la revista Sovreménnik (El Contemporáneo). En San Petersburgo, Piotr Ivánich e Iván Petróvich inician un intenso intercambio epistolar, motivado por un confuso asunto entre ambos y por la imposibilidad de reunirse. En sus cartas relatan una serie de desencuentros que los obligan a recorrer en vano distintos lugares de la ciudad, sin lograr encontrarse nunca. A medida que avanza la correspondencia, la cordialidad inicial va cediendo paso a los reproches, dejando entrever que bajo la fachada de una afectuosa amistad se ocultan intereses no del todo claros.

Fiódor Dostoyevski - Novela en nueve cartas

Novela en nueve cartas

Fiódor Dostoyevski
(Cuento completo)

I

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(De Piotr Ivánich a Iván Petróvich)

Respetabilísimo señor y queridísimo amigo, Iván Petróvich:

Llevo ya tres días, por así decirlo, persiguiéndolo, queridísimo amigo mío, para hablarle de un asunto de lo más urgente, y no lo encuentro en ninguna parte. Ayer, cuando estuvimos en casa de Semión Alekséich, mi mujer le hizo a usted una broma muy oportuna, diciendo que usted y Tatiana Petrovna son una pareja de trotamundos. No llevan ni tres meses de casados y ya desatienden sus lares domésticos. Nos reímos todos bastante, por la sincera simpatía que le tenemos, claro está; pero, bromas aparte, mi apreciadísimo amigo, me ha dado usted un montón de dolores de cabeza. Semión Alekséich me dijo que quizá se encontrara usted en el baile de la Sociedad Unida. Dejé a mi mujer con la esposa de Semión Alekséich y volé hacia la Sociedad. ¡Risa y pena! Imagínese mi situación: ¡yo en un baile, solo, sin mi mujer! Iván Andréich, con quien me topé en el vestíbulo, al verme solo, sacó de inmediato la conclusión (¡el muy pícaro!) de que yo tenía una pasión irresistible por los bailes y, tomándome del brazo, quiso arrastrarme a la fuerza al salón de clases de danza, diciendo que en la Sociedad Unida le faltaba espacio para que su alma galana pudiera desplegarse, y que del pachulí y la reseda le había empezado a doler la cabeza. No encontré ni a usted ni a Tatiana Petrovna. Iván Andréich me juró y perjuró que sin duda usted estaba en el Teatro Aleksándrinski, viendo La desgracia de ser inteligente.

Volé al Teatro Aleksándrinski: tampoco estaba allí. Esta mañana pensé encontrarlo en casa de Chistogánov, pero no fue así. Chistogánov me mandó a casa de los Perepalkin, y lo mismo. En una palabra, quedé completamente agotado; ¡juzgue usted cuánto anduve de un lado a otro! Ahora le escribo (¡no hay otro remedio!). Mi asunto no es en absoluto literario (ya me entiende); sería mejor hablarlo cara a cara. Me es imprescindible aclarar algo con usted, y cuanto antes, mejor. Por eso lo invito hoy a tomar el té y a conversar un rato por la tarde, junto a Tatiana Petrovna. Mi Anna Mijáilovna se alegrará enormemente con la visita. De veras que, como suele decirse, nos quedaremos eternamente agradecidos.

A propósito, apreciadísimo amigo mío —ya que la cosa ha llegado hasta la pluma, aprovecho para decirlo todo—: me veo en la obligación de hacerle un reproche, e incluso de recriminarle, mi distinguido amigo, por una jugarreta en apariencia muy inocente con la que usted se ha burlado terriblemente de mí… ¡Es usted un pícaro y un sinvergüenza! Hacia mediados del mes pasado trajo usted a mi casa a un conocido suyo, concretamente a Evgueni Nikoláich, avalándolo con su amistosa y, ni hace falta decirlo, para mí sagrada recomendación; yo me alegré de la ocasión, recibí al joven con los brazos abiertos y, al hacerlo, metí la cabeza en la soga. Soga o no soga, lo cierto es que resultó, como suele decirse, un bonito lío. Ahora no hay tiempo de explicarme, y además resulta incómodo hacerlo por escrito; solo le suplico, mi perverso amigo y compañero, que busque algún modo… lo más delicado posible… entre paréntesis, al oído, con toda discreción… de susurrarle a su joven amigo que en la capital hay muchas otras casas aparte de la nuestra. ¡Ya no puedo más, señor mío! ¡Caigo a sus pies!, como dice nuestro amigo Simónevich. Cuando nos veamos, le contaré todo. No quiero decir con esto que el joven no me cayera bien por su porte, por sus cualidades personales, o que hubiera metido la pata en algo. Al contrario, es incluso un muchacho amable y encantador; pero espere a que nos veamos. Mientras tanto, si se lo encuentra, dígaselo, por el amor de Dios, mi respetabilísimo amigo. Yo mismo lo haría, pero ya me conoce: tengo ese carácter, no soy capaz, y punto. Al fin y al cabo, fue usted quien lo recomendó. En cualquier caso, esta tarde lo aclararemos todo con más detalle. Por ahora, hasta la vista. Quedo de usted, etc.

P. S. Mi pequeño lleva ya una semana enfermito, y cada día está peor. Le están saliendo los dientes, el pobre. Mi mujer no se aparta de él y anda triste, la pobrecita. Vengan a vernos. De verdad que nos alegrarán, queridísimo amigo mío.

II

(De Iván Petróvich a Piotr Ivánich)

Estimado señor, Piotr Ivánich:

Recibo ayer su carta, la leo y no salgo de mi asombro. Me busca usted sabe Dios en qué lugares, y yo simplemente estaba en casa. Hasta las diez estuve esperando a Iván Ivánich Tolokónov. En cuanto recibo su carta, tomo a mi mujer, alquilo un coche, gasto mi dinero y me presento en su casa hacia las seis y media. Usted no estaba; nos recibió su esposa. Lo esperé hasta las diez y media; más ya no era posible. Tomo a mi mujer, gasto dinero, alquilo un coche, la llevo a casa, y yo me dirijo a casa de los Perepalkin, pensando que quizá lo encontrara allí, pero otra vez me equivoqué en mis cálculos. Llego a casa, no duermo en toda la noche, me inquieto; por la mañana paso por su casa tres veces —a las nueve, a las diez y a las once—, tres veces gasto dinero, alquilo coches, y otra vez me deja usted plantado.

Leyendo su carta, me asombro. Me escribe acerca de Evgueni Nikoláich, me pide que le insinúe algo con discreción, pero no menciona por qué. Alabo su prudencia, pero hay papeles y papeles, y yo no le doy a mi mujer los documentos importantes para que se rice el pelo con ellos. No acabo de entender en qué sentido me ha escrito usted todo eso. Además, si vamos al grano, ¿para qué me mete a mí en este asunto? Yo no meto las narices en los problemas ajenos. Usted mismo podía haberse negado. Solo veo que necesito aclarar las cosas con usted cuanto antes y de forma más categórica; además, el tiempo pasa. Me encuentro en apuros y no sé qué voy a tener que hacer si usted sigue sin cumplir lo que acordamos. El viaje lo tengo encima, un viaje cuesta lo suyo, y para colmo mi mujer lloriqueando para que le mande hacer un bata de terciopelo a la última moda. Y en cuanto a Evgueni Nikoláich, me apresuro a comunicarle lo siguiente: ayer, sin perder tiempo, recabé los informes definitivos estando en casa de Pável Semiónich Perepalkin. Tiene quinientas almas propias en la provincia de Yaroslavl, y de la abuela tiene esperanza de recibir una finca de trescientas almas en los alrededores de Moscú. Cuánto dinero tenga, no lo sé, pero imagino que eso usted lo sabe mejor que yo. Le ruego con toda insistencia que fijemos una cita. Ayer se topó usted con Iván Andréich, y me escribe que este le aseguró que yo estaba en el Teatro Aleksándrinski con mi mujer. Pues yo le digo que miente, y que en asuntos así menos que nunca se puede confiar en su palabra, puesto que, sin ir más lejos, hace tres días le sacó a su abuela ochocientos rublos en billetes. Con esto, tengo el honor de quedar a su disposición.

P. S. Mi mujer ha quedado embarazada; además es muy asustadiza y a veces le da por la melancolía. Y como en las funciones de teatro a veces meten tiros y truenos hechos con máquinas, por temor a asustarla, no la llevo. Yo mismo tampoco tengo mucho interés en las funciones teatrales.

III

(De Piotr Ivánich a Iván Petróvich)

¡Apreciadísimo amigo mío, Iván Petróvich!

¡Culpable, culpable y mil veces culpable soy, pero me apresuro a justificarme! Ayer, hacia las seis, y justamente en el momento en que nos acordábamos de usted con sincero afecto, llegó un mensajero a caballo de parte del tío Stepán Alekséich con la noticia de que la tía se encontraba grave. Temiendo asustar a mi mujer, sin decirle una palabra, inventé como pretexto un asunto urgente y me fui a casa de la tía. La encontré más muerta que viva. A las cinco en punto había sufrido un ataque, ya el tercero en dos años. Karl Fedórich, el médico de la casa, declaró que tal vez no pasara de esa noche. Imagínese mi situación, queridísimo amigo mío. Pasé toda la noche en pie, entre afanes y angustia. Solo por la mañana, agotadas mis fuerzas, rendido en cuerpo y alma, me dejé caer en un sofá de la casa de ellos, olvidé pedir que me despertaran a tiempo, y desperté a las once y media. La tía estaba mejor. Fui a ver a mi mujer; la pobre estaba deshecha de tanto esperarme. Comí un bocado, abracé al pequeño, tranquilicé a mi mujer y me encaminé a su casa. Usted no estaba. Pero encontré allí a Evgueni Nikoláich. Regresé a casa, tomé la pluma y ahora le escribo. No se queje ni se enfade conmigo, mi sincero amigo. Pégueme, córteme la cabeza de los hombros, pero no me prive de su buena disposición. Por su esposa supe que esta tarde estará usted en casa de los Slaviánov. Allí estaré sin falta. Lo espero con enorme impaciencia.

Mientras tanto, quedo de usted, etc.

P. S. Nuestro pequeño nos tiene sumidos en verdadera desesperación. Karl Fedórich le recetó ruibarbo. Gime; ayer no reconocía a nadie. Hoy ya nos reconoce y balbucea: «papá, mamá, bu…». Mi mujer lleva toda la mañana llorando.

IV

(De Iván Petróvich a Piotr Ivánich)

¡Estimado señor mío, Piotr Ivánich!

Le escribo desde su casa, en su habitación, sobre su escritorio; pero antes de tomar la pluma lo esperé más de dos horas y media. Ahora permítame decirle abiertamente, Piotr Ivánich, mi franca opinión sobre toda esta miserable circunstancia. Por su última carta deduzco que lo esperaban en casa de los Slaviánov; me invita usted a ir allí, me presento, paso cinco horas sentado, y usted ni aparece. ¿Qué pretende, que haga el ridículo ante la gente? Permítame, señor mío… Me presento en su casa por la mañana, con la esperanza de encontrarlo, sin imitar en ello a ciertas personas poco confiables que buscan a la gente sabe Dios en qué lugares, cuando se las puede encontrar en su casa a cualquier hora razonable. Ni rastro suyo. No sé qué me detiene ahora de decirle toda la verdad sin rodeos. Solo diré que, a mi modo de ver, me parece que usted se está echando atrás respecto a lo que acordamos. Y ahora, al reconsiderar todo el asunto, no puedo dejar de reconocer que estoy verdaderamente asombrado de la orientación tan taimada de su intelecto. Veo claramente ahora que sus malas intenciones las viene alimentando desde hace mucho. Y prueba de ello es que aún la semana pasada, de un modo casi inadmisible, se apoderó de aquella carta suya dirigida a mí, en la que usted mismo exponía, aunque de forma bastante oscura y confusa, nuestro acuerdo sobre el asunto que tan bien conoce. Le teme usted a los documentos, los destruye, y a mí me deja en ridículo. Pero no voy a permitir que me tomen por tonto, pues hasta ahora nadie me ha considerado como tal, y todos en este asunto han hablado bien de mí. Se me han abierto los ojos. Pretende usted confundirme, aturdirme con Evgueni Nikoláich, y cuando yo, con aquella carta suya del siete del presente mes que aún no he descifrado, busco encontrarme con usted para aclararlo todo, usted me da citas falsas y se esconde. ¿Acaso cree, señor mío, que no soy capaz de darme cuenta de todo esto? Me promete recompensarme por servicios que usted bien conoce en relación con la recomendación de ciertas personas, y mientras tanto, no se sabe cómo, se las arregla para sacarme dinero sin recibo, en sumas considerables, lo cual ocurrió, sin ir más lejos, la semana pasada. Ahora, con el dinero en la mano, se oculta, y encima niega el favor que le hice al presentarle a Evgueni Nikoláich. Probablemente cuenta usted con mi próximo viaje a Simbirsk y cree que no alcanzaremos a ajustar cuentas. Pero le declaro solemnemente, y empeño en ello mi palabra de honor, que, llegado el caso, estoy dispuesto a quedarme dos meses más en San Petersburgo con tal de lograr lo mío, alcanzar mi objetivo y dar con usted. También nosotros sabemos, cuando hace falta, actuar para fastidiar. Para concluir, le informo de que si hoy mismo no me da una explicación satisfactoria —primero por escrito, y después en persona, cara a cara—, si no me repite en su carta todo lo que acordamos y no me explica definitivamente qué piensa respecto a Evgueni Nikoláich, me veré obligado a recurrir a medidas muy desagradables para usted, e incluso para mí mismo.

Quedo de usted, etc.

V

(De Piotr Ivánich a Iván Petróvich)

11 de noviembre

Mi queridísimo y respetadísimo amigo, Iván Petróvich:

Su carta me afligió hasta lo más hondo del alma. ¿Y no le da vergüenza, mi querido, aunque injusto, amigo, portarse así con quien mejor lo quiere? Precipitarse, sin haber aclarado el asunto, y ofenderme con sospechas tan injuriosas… Pero me apresuro a responder a sus acusaciones. No me encontró ayer en casa, Iván Petróvich, porque fui llamado de pronto e inesperadamente al lecho de una moribunda. Mi tía Evfimia Nikoláievna falleció ayer por la noche, a las once. Por voto unánime de los familiares fui elegido para encargarme de toda la triste y dolorosa ceremonia. Ha habido tanto que hacer que ni esta mañana pude verlo, ni siquiera avisarle con una sola línea. Lamento de todo corazón el malentendido surgido entre nosotros. Las palabras que dije sobre Evgueni Nikoláievich, en tono de broma y de pasada, las interpretó usted en un sentido completamente opuesto, dándole a todo el asunto un significado que me ofende profundamente. Me habla del dinero y me expresa su preocupación. Pues sin ningún reparo estoy dispuesto a satisfacer todos sus deseos y exigencias, aunque no puedo dejar de recordarle, de paso, que el dinero —trescientos cincuenta rublos en plata— lo tomé de usted la semana pasada bajo condiciones bien conocidas, y no como un préstamo. De haber sido así, habría un recibo de por medio. No me rebajo a dar explicaciones sobre los demás puntos de su carta. Veo que se trata de un malentendido, y reconozco en ello su acostumbrada impetuosidad, vehemencia y franqueza. Sé que su buen carácter y su espíritu abierto no permitirán que la duda permanezca en su corazón, y que al final será usted el primero en tenderme la mano. Se ha equivocado, Iván Petróvich, ¡se ha equivocado gravemente!

A pesar de que su carta me hirió en lo más hondo, yo sería el primero en presentarme hoy mismo en su casa a pedirle disculpas, pero estoy metido en tantos asuntos desde ayer que me encuentro totalmente agotado y apenas me sostengo en pie. Para colmo de mis desgracias, mi mujer ha caído en cama; temo una enfermedad seria. En cuanto al pequeño, gracias a Dios, está algo mejor. Pero suelto la pluma… los asuntos me reclaman, y son un montón.

Permita, apreciadísimo amigo mío, que quede de usted, etc.

VI

(De Iván Petróvich a Piotr Ivánich)

14 de noviembre

Mi estimado señor, Piotr Ivánich:

He esperado tres días; procuré aprovecharlos de manera útil. Mientras tanto, teniendo presente que la cortesía y la corrección son las principales virtudes de todo hombre, desde mi última carta, del diez de este mes, no le he recordado mi existencia ni con una palabra ni con un acto; en parte para dejarlo cumplir tranquilamente con su deber cristiano respecto a su tía, y en parte porque para ciertas averiguaciones e indagaciones sobre el asunto en cuestión necesitaba tiempo. Ahora me apresuro a explicarme con usted de una vez por todas.

Le confieso francamente que al leer sus dos primeras cartas pensé seriamente que usted no entendía lo que yo quería; por eso busqué ante todo una entrevista con usted y una explicación cara a cara. Le tenía miedo a la pluma y me culpaba a mí mismo por la falta de claridad con que expreso mis ideas sobre el papel. De sobra sabe usted que carezco de una educación refinada y de buenos modales, y que rehúyo las vanidades huecas, pues por amarga experiencia terminé por comprender cuán engañosa resulta a veces la apariencia, y que bajo las flores a veces se oculta una serpiente. Pero usted me entendía; si no me respondió como debía, fue porque con la perfidia de su alma decidió de antemano traicionar su palabra de honor y la relación de amistad que existía entre nosotros. Y eso me lo ha confirmado usted plenamente con su ruin proceder hacia mí en los últimos tiempos, un proceder perjudicial para mis intereses, cosa que yo no esperaba y en la que no quise creer hasta este momento; pues, cautivado desde el inicio de nuestra relación por sus buenas maneras, la delicadeza de su trato, su conocimiento de los negocios y las ventajas que debía reportarme la sociedad con usted, creí haber encontrado un verdadero amigo, compañero y bienhechor. Pero ahora comprendo claramente que hay mucha gente que, bajo una apariencia halagadora y reluciente, esconde veneno en su corazón, que emplea su inteligencia para urdir intrigas contra el prójimo y para cometer fraudes imperdonables, y que por eso le teme al papel y a la pluma; gente que utiliza su elocuencia no para el bien del prójimo y de la patria, sino para adormecer y seducir la razón de quienes han entrado con ellos en distintos tratos y arreglos. Su deslealtad hacia mí, mi estimado señor, se puede ver claramente en lo que a continuación le expongo.

En primer lugar, cuando en las claras y expresas líneas de mi carta le describía mi situación, y al mismo tiempo le preguntaba en mi primera carta qué había querido decir con ciertas expresiones e intenciones suyas, sobre todo en lo relativo a Evgueni Nikoláich, usted optó casi siempre por callar, y después de haberme agitado con dudas y sospechas, se desentendió tranquilamente del asunto. Luego, habiéndome hecho cosas que no hay palabras decentes para nombrar, me escribía diciéndome que estaba apenado. ¿Cómo quiere que llame yo a eso, mi estimado señor? Después, cuando cada minuto era precioso para mí y cuando usted me hacía perseguirlo por toda la capital, me escribía cartas bajo la máscara de la amistad en las que, callando a propósito lo que importaba, me hablaba de cosas completamente ajenas al asunto: concretamente, de las enfermedades de su esposa, a quien en todo caso respeto, y de que a su pequeño le habían dado ruibarbo y que con esa ocasión le había salido un diente. De todo esto me informaba usted en cada carta suya con una regularidad repugnante y ofensiva para mí. Por supuesto, estoy dispuesto a admitir que los sufrimientos de un hijo le destrozan el corazón a un padre, pero ¿para qué mencionarlos entonces, cuando lo que importaba era algo completamente distinto, más necesario e importante? Yo callaba y aguantaba; pero ahora, cuando ya ha pasado el tiempo, consideré mi deber explicarme. Finalmente, habiéndome engañado varias veces con citas falsas, me obligó a hacer, al parecer, el papel de tonto suyo y bufón para su diversión, cosa que jamás pienso ser. Después, tras invitarme a su casa y haberme engañado como corresponde, me notifica que lo llamaron al lado de su tía enferma, que había sufrido un ataque a las cinco en punto, excusándose así, una vez más, con una precisión vergonzosa. Pero por suerte, mi estimado señor, en esos tres días me dio tiempo a recabar informes, por los que supe que el ataque le sobrevino a su tía la víspera del día ocho, poco antes de medianoche. De lo cual deduzco que usted se valió de la santidad de los lazos familiares para engañar a personas completamente ajenas a ellos. Finalmente, en su última carta menciona también la muerte de su pariente, como si esta hubiera ocurrido justo en el momento en que yo debía acudir a su casa para tratar el asunto en cuestión. Pero aquí la bajeza de sus cálculos y sus invenciones supera toda verosimilitud, puesto que, según las informaciones más fidedignas a las que por una feliz casualidad pude recurrir de manera oportuna, supe que su tía falleció exactamente veinticuatro horas después del plazo que usted tan impíamente fijó en su carta para la muerte de ella. No acabaría nunca si siguiera enumerando todas las pruebas por las que descubrí la traición de usted hacia mí. A un observador imparcial le bastaría con que en cada una de sus cartas me llama usted su amigo sincero y me trata con palabras cariñosas, cosa que hacía, a mi entender, con el único fin de adormecer mi conciencia.

Paso ahora al punto principal de su engaño y traición hacia mí, que consiste concretamente en lo siguiente: en el silencio ininterrumpido que ha guardado últimamente sobre todo lo que concierne a nuestro interés común; en el deshonesto robo de la carta en la que, aunque de forma oscura y no del todo comprensible para mí, exponía usted nuestras condiciones y acuerdos mutuos; en el bárbaro préstamo forzoso de trescientos cincuenta rublos en plata, sin recibo, que me hizo en calidad de socio a medias; y, finalmente, en la infame calumnia contra nuestro mutuo conocido Evgueni Nikoláich. Veo ahora claramente que usted pretendía demostrarme que de él, con perdón, no se saca nada, como del chivo que no da ni leche ni lana, y que él mismo no es ni una cosa ni la otra, ni carne ni pescado; todo lo cual le achacó como un defecto en su carta del seis de este mes. Pero yo conozco a Evgueni Nikoláich como un joven modesto y honrado, cualidades con las que precisamente puede atraer, ganarse y merecer el respeto en la sociedad. También sé que usted, cada noche durante dos semanas enteras, se embolsaba unas cuantas decenas y a veces hasta centenares de rublos en plata jugando a las cartas con Evgueni Nikoláich. Sin embargo, ahora pretende desentenderse de todo, y no solo no accede a agradecerme mis esfuerzos, sino que encima se ha quedado con mi dinero sin intención de devolverlo, habiéndome seducido previamente con la perspectiva de ser su socio y habiéndome deslumbrado con diversas ganancias que supuestamente me corresponderían. Y ahora, habiéndose apropiado del modo más ilegal de mi dinero y el de Evgueni Nikoláich, se niega a pagarme, recurriendo para ello a calumnias con las que ha desacreditado imprudentemente ante mis ojos a la persona que yo, con mis propios esfuerzos, introduje en su casa. Sin embargo, según cuentan los conocidos, usted no para de adularlo y lo presenta ante todo el mundo como su mejor amigo, a pesar de que no hay en este mundo tonto tan grande que no adivine al instante adónde apuntan sus intenciones y lo que de verdad significan esas relaciones de amistad y compañerismo. Yo le diré lo que significan: engaño, traición, olvido de la decencia y de los derechos del hombre, ofensa a Dios y depravación en todas sus formas. Yo mismo soy el ejemplo y la prueba. ¿En qué lo ofendí? ¿Y por qué ha procedido usted conmigo de forma tan impía?

Doy por terminada mi carta. Me he explicado. Ahora concluyo: si usted, estimado señor mío, en el plazo más breve posible tras recibir la presente, no me devuelve íntegramente, en primer lugar, la suma que le presté —trescientos cincuenta rublos en plata—, y en segundo lugar, todas las demás sumas que me corresponden según lo prometido por usted, recurriré a todos los medios posibles para obligarlo a la devolución, incluso por la fuerza; en segundo lugar, a la protección de las leyes; y, por último, le hago saber que poseo ciertos testimonios que, permaneciendo en manos de su más humilde servidor y admirador, podrían arruinar y mancillar su nombre a los ojos del mundo entero.

Quedo de usted, etc.

VII

(De Piotr Ivánich a Iván Petróvich)

15 de noviembre

¡Iván Petróvich!

Al recibir su rústico y a la vez extraño escrito, en un primer momento quise hacerlo pedazos, pero lo conservé como pieza de colección. Por lo demás, lamento de corazón los malentendidos y desavenencias entre nosotros. Contestarle, en un principio, no era mi intención. Pero me obliga la necesidad. Concretamente, con estas líneas debo comunicarle que verlo en alguna ocasión en mi casa me resultaría muy desagradable, al igual que a mi esposa: es delicada de salud y el olor a brea le es dañino. Mi mujer le devuelve a la suya, con agradecimiento, el libro Don Quijote de la Mancha, que quedó en nuestra casa. En cuanto a sus chanclos, supuestamente olvidados en nuestra casa durante su última visita, lamento comunicarle que no se han encontrado por ningún lado. De momento los siguen buscando; pero si definitivamente no aparecen, le compraré unos nuevos.

Por lo demás, tengo el honor de quedar de usted, etc.

VIII

El dieciséis de noviembre, Piotr Ivánich recibe por correo de la ciudad dos cartas a su nombre. Al abrir el primer sobre, saca una notita ingeniosamente doblada, en papel rosa pálido. La letra es de su mujer. Está dirigida a Evgueni Nikoláich, con fecha 2 de noviembre. En el sobre no había nada más. Piotr Ivánich lee:

Mi querido Eugène:

Ayer fue imposible. Mi marido estuvo en casa toda la tarde. Mañana ven sin falta a las once en punto. A las diez y media mi marido se va a Tsárskoie y no vuelve hasta medianoche. Estuve furiosa toda la noche. Gracias por enviarme las noticias y la correspondencia. ¡Cuánto papel! ¿Es posible que todo eso lo haya escrito ella? Por lo demás, tiene estilo; te lo agradezco; veo que me quieres. No te enojes por lo de ayer y ven mañana, por el amor de Dios.

A.

Piotr Ivánich abre la segunda carta.

¡Piotr Ivánich!

De todos modos, mi pie jamás habría pisado su casa; fue inútil que se molestara en gastar papel. La semana que viene me marcho a Simbirsk; como apreciadísimo y queridísimo amigo le queda a usted Evgueni Nikoláich; le deseo suerte, y por los chanclos no se preocupe.

IX

El diecisiete de noviembre, Iván Petróvich recibe por correo de la ciudad dos cartas a su nombre. Al abrir el primer sobre, saca una notita escrita con descuido y apresuramiento. La letra es de su mujer; está dirigida a Evgueni Nikoláich, con fecha 4 de agosto. En el sobre no había nada más. Iván Petróvich lee:

¡Adiós, adiós, Evgueni Nikoláich! ¡Que Dios le recompense también por esto! ¡Sea feliz! A mí me tocó un destino cruel; ¡es terrible! Fue voluntad de usted. Si no fuera por la tía, me habría entregado a usted sin más. Pero no se burle ni de mí ni de la tía. Mañana es la boda. La tía está contenta de que haya aparecido un buen hombre que me acepte sin dote. Hoy lo miré con atención por primera vez. Parece buena persona. Me están apurando. ¡Adiós, adiós… querido mío! Acuérdese de mí alguna vez; yo jamás lo olvidaré. ¡Adiós! Firmo esta última carta igual que la primera mía… ¿se acuerda?

Tatiana.

En la segunda carta se leía lo siguiente:

¡Iván Petróvich! Mañana recibirá usted unos chanclos nuevos; no tengo la costumbre de sacar nada de bolsillos ajenos; como tampoco me gusta recoger trapos viejos de la calle. Evgueni Nikoláich parte en estos días a Simbirsk, por asuntos de su abuelo, y me pidió que le buscara un compañero de viaje; ¿no le gustaría serlo?

FIN

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Fiódor Dostoyevski - Novela en nueve cartas
  • Autor: Fiódor Dostoyevski
  • Título: Novela en nueve cartas
  • Título Original: Роман в девяти письмах
  • Publicado en: Sovreménnik (El Contemporáneo), 1847
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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