Sinopsis: «Cuento de Navidad» (Conte de Noël) es un relato de Guy de Maupassant, publicado el 25 de diciembre de 1882 en Le Gaulois. El doctor Bonenfant, médico rural en la Normandía francesa, rememora un suceso extraordinario ocurrido durante un invierno implacable. La nieve cae sin descanso y deja a Rolleville sumido en el silencio y el temor, mientras los habitantes aseguran oír voces que atraviesan la noche. En este ambiente de inquietud sobrenatural, un acontecimiento inexplicable sacude al pueblo y pone a prueba las certezas del propio doctor, quien confiesa haber presenciado en Nochebuena un evento que desafía toda lógica racional.

Cuento de Navidad
Guy de Maupassant
(Cuento completo)
El doctor Bonenfant forzaba su memoria, murmurando:
—¿Un recuerdo de Navidad?… ¿Un recuerdo de Navidad?…
Y, de pronto, exclamó:
—Sí, tengo uno, y ciertamente muy extraño. Es una historia fantástica, ¡un milagro! Sí, señoras, un milagro de Nochebuena.
Comprendo que sorprenda oír hablar así a un incrédulo como yo. ¡Y, sin embargo, presencié un milagro! Lo vi, lo que se dice verlo, con mis propios ojos.
¿Que si me impresionó mucho? No; porque, aun sin profesar creencias religiosas, creo que la fe lo puede todo, que la fe mueve montañas. Podría citar muchos ejemplos, pero no lo haré para no incomodar a la concurrencia ni disminuir el efecto de mi extraña historia.
Confesaré, de entrada, que si lo que voy a contarles no bastó para convertirme, sí fue suficiente para conmoverme; procuraré narrar el suceso con la mayor sencillez posible, adoptando la credulidad propia de un campesino.
En aquel entonces yo era médico rural y vivía en plena Normandía, en un pueblecito llamado Rolleville.
Aquel invierno fue terrible. Tras continuas heladas, comenzó a nevar a finales de noviembre. Se acumulaban al norte densas nubes, y caían blandamente los copos, tenues y blancos.
En una sola noche quedó cubierta toda la llanura.
Las masías, aisladas, parecían dormir en sus corralones cuadrados como en un lecho, entre sábanas de ligera y tenaz espuma; y los grandes árboles del fondo, también revestidos, parecían cortinajes blancos.
Ningún ruido turbaba la campiña inmóvil. Solo los cuervos, en bandadas, trazaban largos festones en el cielo, buscando de qué alimentarse, sin encontrar nada, lanzándose todos a la vez sobre los campos lívidos y picoteando la nieve.
Solo se oía el roce tenue y vago de los copos al caer.
Nevó sin interrupción durante ocho días; luego, de pronto, aclaró. La tierra quedó cubierta con una capa blanca de metro y medio de espesor.
Y, durante casi un mes, el cielo estuvo, de día, claro como un cristal azul y, por la noche, tan estrellado como si lo cubriera una escarcha luminosa. Helaba de tal manera que la sábana de nieve, compacta y fría, parecía un espejo.
La llanura, los cercados, las hileras de olmos, todo parecía muerto de frío. Ni hombres ni animales asomaban; solo las chimeneas de las chozas vestidas de blanco daban indicios de vida interior, oculta, con aquellas delgadas columnas de humo que se elevaban en el aire glacial.
De cuando en cuando crujían los árboles, como si el hielo hiciera más frágiles las ramas; y, a veces, una rama gruesa se desprendía y caía, pues la helada invencible petrificaba la savia y quebraba las fibras.
Las viviendas campesinas parecían mucho más distantes unas de otras. Se vivía mal; cada cual encerrado en su casa. Solo yo salía para visitar a mis pacientes más cercanos, expuesto a morir enterrado en la nieve de una hondonada.
Comprendí enseguida que un pánico terrible se cernía sobre la comarca. Aquel azote parecía sobrenatural. Algunos creyeron oír de noche silbidos agudos, voces pasajeras. Aquellas voces y silbidos los producían sin duda las aves migratorias que viajaban al anochecer y que huían siempre hacia el sur. Pero es imposible hacer razonar a la gente desesperada. El espanto invadía los ánimos y se aguardaban sucesos extraordinarios.
La fragua de Vatinel se hallaba en un extremo del caserío de Epivent, junto a la carretera intransitable y desaparecida entre la nieve. Como no tenían pan, el herrero decidió ir a buscarlo. Se entretuvo unas horas conversando con los vecinos de las seis casas que formaban el núcleo principal del caserío; recogió el pan, algunas noticias, algo del temor que se difundía por la comarca, y se puso en camino antes de que anocheciera.
De pronto, bordeando un seto, creyó ver un huevo sobre la nieve, un huevo muy blanco; se inclinó para cerciorarse: no cabía duda, era un huevo. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Qué gallina había salido del corral para ponerlo en un paraje tan apartado? El herrero, absorto, no lograba explicárselo, pero cogió el huevo para llevárselo a su mujer.
—Toma este huevo que encontré en el camino.
La mujer bajó la cabeza, recelosa:
—¿Un huevo en el camino, con este tiempo? ¿No habrás estado bebiendo?
—No, mujer, no; te aseguro que no he bebido. Y el huevo estaba junto al seto, todavía caliente. Ahí lo tienes; me lo metí en el pecho para que no se enfriara. Cómetelo esta noche.
Lo echaron en la cazuela donde se hacía la sopa, y el herrero comenzó a contar lo que se decía en la comarca.
La mujer escuchaba, palideciendo.
—Es cierto; yo también oí silbidos anoche, y entraban por la chimenea.
Se sentaron y tomaron la sopa; luego, mientras el marido untaba un pedazo de pan con mantequilla, la mujer tomó el huevo, examinándolo con desconfianza.
—¿Y si tuviera algún maleficio?
—¿Qué maleficio podría tener?
—¡Vaya una pregunta! ¡Si yo supiera!
—¡Anda ya! Cómetelo y no digas tonterías.
La mujer abrió el huevo: era como todos, y se dispuso a comerlo con prevención, cogiéndolo, dejándolo y volviéndolo a coger. El hombre le decía:
—¿Qué haces? ¿No te gusta? ¿No está bueno?
Ella, sin responder, terminó por tragárselo. Y de pronto clavó en su marido unos ojos feroces, inquietos, levantó los brazos y, convulsionándose de pies a cabeza, cayó al suelo, retorciéndose y dando gritos horribles.
Toda la noche sufrió convulsiones violentas y un temblor espantoso la sacudía, la transformaba. El herrero, sin fuerzas para dominarla, tuvo que atarla.
Y la mujer, sin reposo, vociferaba:
—¡Se me ha metido en el cuerpo! ¡Se me ha metido en el cuerpo!
Por la mañana me avisaron. Apliqué todos los calmantes conocidos; ninguno dio resultado. Estaba loca.
Y, con increíble rapidez, a pesar del obstáculo que representaban las altísimas nieves heladas, la noticia se difundió de finca en finca: «A la mujer de la fragua se le han metido los diablos en el cuerpo».
Acudían curiosos de todas partes; pero, sin atreverse a entrar en la casa, escuchaban desde afuera aquellos horribles gritos, lanzados por una voz tan potente que no parecía humana.
Avisaron al cura. Era un viejo crédulo. Llegó con sobrepelliz, como si fuera a auxiliar a un moribundo, y pronunció las fórmulas del exorcismo, extendiendo las manos, rociando con el hisopo a la mujer, que se retorcía, espumarajeando, mal sujeta por cuatro mozos.
Los diablos no quisieron salir.
Y llegaba la Nochebuena, sin que mejorase el tiempo.
La víspera, por la mañana, el cura fue a verme:
—Deseo —me dijo— que esta infeliz asista a la misa del gallo. Tal vez Nuestro Señor Jesucristo la salve en la hora en que nació de una mujer.
Yo respondí:
—Me parece bien, señor cura. Es posible que la ceremonia, muy a propósito para conmover, la impresione y que, sin otra medicina, pueda salvarse.
El viejo sacerdote insinuó:
—Usted es incrédulo, doctor, y, sin embargo, confío mucho en su ayuda. ¿Podría encargarse de que la lleven a la iglesia?
Prometí hacer cuanto estuviese a mi alcance.
Ya de noche empezó a repicar la campana, enviando sus quejumbrosas vibraciones a través de la sombría llanura, sobre la superficie tersa y blanca de la nieve.
Bultos negros llegaban agrupados lentamente, dóciles a la voz de bronce del campanario. La luna llena iluminaba con su tibia claridad todo el horizonte, haciendo aún más visible la pálida desolación de los campos.
Fui a la fragua con cuatro mozos robustos.
La endemoniada seguía rugiendo y aullando, sujeta con cuerdas a la cama. La vistieron, venciendo con dificultad su resistencia, y se la llevaron.
Aunque la iglesia estaba ya llena de gente y todas las luces encendidas, hacía frío; los cantores aturdían con sus voces monótonas; roncaba el serpentón; la campanilla del monaguillo advertía con su agudo tintineo a los devotos los cambios de postura.
Detuve a la mujer y a los cuatro portadores en la cocina de la casa parroquial, aguardando el instante oportuno. Juzgué que sería el momento posterior a la comunión.
Todos los campesinos, hombres y mujeres, habían comulgado pidiendo a Dios perdón. Un silencio profundo invadía la iglesia mientras el cura concluía el misterio divino.
Obedeciéndome, los cuatro mozos abrieron la puerta y se acercaron a la endemoniada.
Cuando ella vio a los fieles de rodillas, las luces y el tabernáculo resplandeciente, hizo esfuerzos tan violentos por soltarse que apenas logramos retenerla; sus agudos alaridos trastornaron de pronto la tranquilidad y el recogimiento de la muchedumbre; algunos huyeron.
Convulsa, retorcida, con las facciones descompuestas y los ojos encendidos, apenas parecía una mujer.
La llevaron a las gradas del presbiterio, sosteniéndola con fuerza, agazapada.
Cuando el cura la vio allí, sujeta, se acercó con la custodia, entre cuyas irradiaciones de oro aparecía una hostia blanca, y, alzando la sagrada forma por encima de su cabeza, se la presentó con toda solemnidad a la vista de la endemoniada.
La mujer seguía vociferando y aullando, con los ojos fijos en aquel objeto brillante; y el cura permanecía quieto, inmóvil, hasta parecer una estatua.
La mujer mostraba temor, fascinación, contemplando fijamente la custodia; presa de terribles angustias, seguía gritando, pero sus voces eran ya menos desgarradoras.
Aquello duró un buen rato.
Hubiera dicho uno que su voluntad era impotente para apartar la vista de la hostia; gemía, sollozaba; su cuerpo, abatido, perdía la rigidez y recuperaba su blandura.
La muchedumbre se había postrado con la frente en el suelo; y la endemoniada, parpadeando, como si no pudiera resistir la presencia de Dios ni sustraerse a contemplarlo, callaba. Luego advertí que sus ojos se habían cerrado definitivamente.
Dormía el sueño del sonámbulo, hipnotizada…, no, no: vencida por la contemplación de las fulgurantes irradiaciones de la custodia de oro; humillada por Cristo Nuestro Señor triunfante.
La llevaron, inerte, y el cura volvió al altar.
La muchedumbre, desconcertada, entonó un Te Deum.
Y la mujer del herrero durmió cuarenta horas seguidas. Al despertar, no conservaba el menor recuerdo ni de la posesión ni del exorcismo.
Ahí tienen, señoras, el milagro que yo presencié.
Hubo un breve silencio y luego añadió:
—No pude negarme a dar mi testimonio por escrito.
FIN
