Guy de Maupassant: La dicha

Guy de Maupassant - La dicha2
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Sinopsis: «La dicha» (Le bonheur) es un cuento de Guy de Maupassant, publicado el 16 de marzo de 1884 en Le Gaulois. En una villa que domina el Mediterráneo, un grupo de invitados conversa sobre el amor y se pregunta si es posible que se mantenga a lo largo de los años. La charla continúa hasta que, en el horizonte, aparece la silueta de Córcega, visible desde el continente solo en ocasiones excepcionales. Esa visión inesperada anima a un anciano caballero a intervenir y compartir un episodio vivido en la isla: una historia que, según él, revela de manera sencilla cómo el amor puede perdurar a través del tiempo.

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La dicha

Guy de Maupassant
(Cuento completo)

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Era la hora del té, antes de que encendieran las lámparas. La villa dominaba el mar; el sol, ya desaparecido, había dejado el cielo todo rosado a su paso, frotado de polvo de oro; y el Mediterráneo, sin una arruga, sin un temblor, liso, aún brillante bajo la luz moribunda, parecía una placa de metal bruñido y desmesurada.

A lo lejos, a la derecha, las montañas dentadas dibujaban su perfil negro sobre la púrpura desvaída del ocaso.

Se hablaba del amor, se discutía ese viejo tema, se repetían cosas que ya se habían dicho muchas veces. La dulce melancolía del crepúsculo alargaba las palabras, hacía flotar un enternecimiento en las almas, y la palabra «amor», que volvía sin cesar, ora pronunciada por una fuerte voz masculina, ora dicha por una voz femenina de timbre ligero, parecía llenar la pequeña sala, revolotear en ella como un pájaro, planear como un espíritu.

—¿Se puede amar varios años seguidos?

—Sí —pretendían unos.

—No —afirmaban otros.

Se distinguían los casos, se establecían demarcaciones, se citaban ejemplos; y todos, hombres y mujeres, llenos de recuerdos turbadores que no podían mencionar y que asomaban a sus labios, parecían conmovidos. Hablaban de esa cosa trivial y soberana, el acuerdo tierno y misterioso de dos seres, con profunda emoción y ardiente interés.

Pero de pronto alguien, con los ojos fijos en la lejanía, exclamó:

—¡Oh! ¡Miren, allá! ¿Qué es eso?

Sobre el mar, en el fondo del horizonte, surgía una masa gris, enorme y confusa.

Las mujeres se habían levantado y contemplaban, sin comprenderla, aquella cosa sorprendente que nunca habían visto.

Alguien dijo:

—¡Es Córcega! Se la distingue así dos o tres veces al año, en condiciones atmosféricas excepcionales, cuando un aire de perfecta limpidez ya no la oculta con esas brumas de vapor de agua que siempre velan las lejanías.

Se distinguían vagamente las crestas; creyeron reconocer la nieve de las cumbres. Y todos estaban sorprendidos, turbados, casi asustados por aquella brusca aparición de un mundo, por ese fantasma salido del mar. Acaso tuvieron esas visiones extrañas quienes se lanzaron, como Colón, a través de los océanos inexplorados.

Entonces un viejo caballero, que aún no había hablado, dijo:

—Fíjense: he conocido en esa isla que se alza ante nosotros, como para responder por sí misma a lo que decíamos y traer a mi memoria un recuerdo singular, un ejemplo admirable de amor constante, de un amor increíblemente dichoso. Este es.

*

Hice, hace cinco años, un viaje a Córcega. Esa isla salvaje es más desconocida y está más lejos de nosotros que América, aun cuando a veces se la vea desde las costas de Francia, como hoy.

Figúrense un mundo todavía en caos, una tempestad de montañas separadas por estrechos barrancos por donde ruedan torrentes; ni una sola llanura, sino inmensas olas de granito y gigantescas ondulaciones de tierra cubiertas de maquis o de altos bosques de castaños y pinos. Es un suelo virgen, inculto, desierto, aunque a veces se divise una aldea semejante a un montón de rocas en la cima de un monte. Nada de cultivos, ninguna industria, ningún arte. Jamás se encuentra un pedazo de madera labrada, un trozo de piedra esculpida; jamás el menor rastro de ese gusto infantil o refinado de los antepasados por las cosas graciosas y bellas. Eso es, precisamente, lo que más impresiona en ese soberbio y duro país: la indiferencia hereditaria hacia la búsqueda de formas seductoras que llamamos arte.

Italia, donde cada palacio, lleno de obras maestras, es una obra maestra en sí; donde mármol, madera, bronce, hierro, metales y piedras atestiguan el genio del hombre; donde los objetos antiguos más modestos que reposan en las viejas casas revelan ese divino afán por la gracia, es para todos nosotros la patria sagrada que amamos porque nos muestra y nos prueba el esfuerzo, la grandeza, el poderío y el triunfo de la inteligencia creadora.

Y, frente a ella, la Córcega salvaje ha permanecido tal como en sus primeros días. Allí el hombre vive en su casa rústica, indiferente a cuanto no afecte su existencia misma o sus querellas de familia. Y ha conservado los defectos y cualidades de las razas incultas: violento, rencoroso, sanguinario con inconsciencia, pero también hospitalario, generoso, abnegado, ingenuo, con la puerta abierta a los transeúntes y dispuesto a ofrecer una amistad fiel a la menor muestra de simpatía.

Desde hacía un mes vagaba yo por esa isla magnífica, con la sensación de estar en el fin del mundo. Nada de posadas, nada de tabernas, nada de carreteras. Se llega, por senderos de mulas, a esos villorrios colgados del flanco de las montañas, que dominan abismos tortuosos de los cuales se oye subir, por la noche, el ruido continuo, la voz sorda y profunda del torrente. Uno llama a la puerta de las casas, pide abrigo para la noche y algo con qué vivir hasta el día siguiente. Y uno se sienta a la humilde mesa, y duerme bajo el humilde techo; y estrecha, por la mañana, la mano extendida del anfitrión que lo ha acompañado hasta los límites de la aldea.

Una tarde, después de diez horas de marcha, llegué a una pequeña vivienda completamente aislada en el fondo de un estrecho valle que desembocaba en el mar una legua más adelante. Las dos rápidas laderas de la montaña, cubiertas de maquis, de rocas desprendidas y de grandes árboles, encerraban, como dos sombrías murallas, ese barranco profundamente triste.

Alrededor de la choza había algunas vides, un pequeño huerto y, más lejos, grandes castaños: lo necesario para vivir, una fortuna en ese país pobre.

La mujer que me recibió era vieja, severa y excepcionalmente limpia. El hombre, sentado en una silla de paja, se levantó para saludarme, luego volvió a sentarse sin decir una palabra. Su compañera me dijo:

—Discúlpelo; está sordo ahora. Tiene ochenta y dos años.

Hablaba el francés de Francia. Me sorprendió.

Le pregunté:

—¿No es usted de Córcega?

—No; somos continentales. Pero hace cincuenta años que vivimos aquí.

Me invadió una sensación de angustia y miedo al pensar en esos cincuenta años transcurridos en aquel oscuro agujero, tan lejos de las ciudades donde viven los hombres. Un viejo pastor entró, y nos pusimos a comer el único plato de la cena: una sopa espesa en la que habían cocido juntos patatas, tocino y coles.

Cuando la corta comida terminó, fui a sentarme ante la puerta, con el corazón oprimido por la melancolía del lúgubre paisaje, atrapado por ese desamparo que a veces atenaza a los viajeros en ciertas noches tristes, en ciertos parajes desolados. Parece que todo está a punto de acabar: la existencia y el universo. Se percibe de pronto la espantosa miseria de la vida, el aislamiento de todos, la nada de todo, y la oscura soledad del corazón que se adormece y se engaña a sí mismo con sueños hasta la muerte.

La anciana se unió a mí y, torturada por esa curiosidad que vive siempre en el fondo de las almas más resignadas, dijo:

—Entonces, ¿viene usted de Francia?

—Sí; viajo por placer.

—¿Es usted de París, acaso?

—No; soy de Nancy.

Me pareció que una emoción extraordinaria la agitaba. No sé cómo lo vi, o mejor dicho, cómo lo sentí.

Repitió con voz lenta:

—¿Es usted de Nancy?

El hombre apareció en la puerta, impasible como lo son los sordos.

Ella prosiguió:

—No importa. No oye.

Luego, tras unos segundos:

—Entonces, ¿conoce usted gente en Nancy?

—Claro que sí; a casi todo el mundo.

—¿A la familia de Sainte-Allaize?

—Sí, muy bien; eran amigos de mi padre.

—¿Cómo se llama usted?

Le dije mi nombre. Me miró fijamente y luego pronunció, con esa voz baja que despiertan los recuerdos:

—Sí, sí, me acuerdo muy bien. ¿Y los Brisemare? ¿Qué ha sido de ellos?

—Todos han muerto.

—Ah… ¿Y a los Sirmont los conocía?

—Sí; el último es general.

Entonces, temblando de emoción, de angustia, de no sé qué sentimiento confuso, poderoso y sagrado, de no sé qué necesidad de confesar, de decirlo todo, de hablar de esas cosas que había mantenido hasta entonces encerradas en el fondo de su corazón, y de esas personas cuyo nombre trastornaba su alma, dijo:

—Sí, Henri de Sirmont. Lo sé muy bien. Es mi hermano.

Alcé los ojos hacia ella, pasmado. Y de repente el recuerdo volvió a mí.

Aquel hecho había provocado, en otros tiempos, un gran escándalo en la noble Lorena. Una joven hermosa y rica, Suzanne de Sirmont, había sido raptada por un suboficial de húsares del regimiento que mandaba su padre.

Era un muchacho apuesto, hijo de campesinos, pero que lucía con garbo el dolmán azul, aquel soldado que había seducido a la hija de su coronel. Ella lo había visto, lo había notado, lo había amado al ver desfilar los escuadrones, sin duda. Pero ¿cómo le había hablado? ¿Cómo habían podido verse, entenderse? ¿Cómo se había atrevido a hacerle comprender que lo amaba? Eso nadie lo supo jamás.

No se había sospechado nada, no se había presentido nada. Una noche, cuando el soldado acababa de licenciarse, desapareció con ella. Los buscaron; no los hallaron. Jamás se tuvo noticia de ellos y la dieron por muerta.

Y yo la encontraba así en aquel siniestro valle.

Entonces proseguí:

—Sí, me acuerdo muy bien. Usted es la señorita Suzanne.

Asintió con la cabeza. Las lágrimas caían de sus ojos. Luego, señalándome con una mirada al anciano inmóvil en el umbral de su choza, dijo:

—Es él.

Y comprendí que lo seguía amando, que aún lo veía con los ojos que él había seducido.

Pregunté:

—¿Ha sido usted feliz, al menos?

Respondió, con una voz que venía del corazón:

—¡Oh, sí, muy feliz! Me hizo muy feliz. Jamás lamenté nada.

La contemplaba triste, sorprendido, maravillado por el poder del amor. Aquella muchacha rica había seguido a ese hombre, a ese campesino. Se había convertido en campesina. Se había acomodado a su vida sin encantos, sin lujo, sin delicadeza alguna; se había plegado a sus hábitos sencillos. Y aún lo amaba. Se había convertido en la mujer de un rústico, con cofia, con sayas de lienzo. Comía, sobre una mesa de madera, en una fuente de barro, sentada en una silla de paja, una sopa de coles y patatas con tocino. Dormía en un jergón a su lado.

Jamás había pensado en nada salvo en él. No había añorado ni las joyas, ni las telas, ni las elegancias, ni la blandura de los asientos, ni la tibieza perfumada de las habitaciones tapizadas, ni la suavidad de los edredones donde se hunden los cuerpos para descansar. No había necesitado nunca más que de él; con tal de que estuviera allí, no deseaba nada.

Había abandonado la vida, jovencísima, y el mundo, y a quienes la habían criado y amado. Había venido sola con él a aquel salvaje barranco. Y él había sido todo para ella: todo lo que se desea, todo lo que se sueña, todo lo que se espera sin cesar, todo lo que se aguarda sin fin. Él había colmado de dicha su existencia, de un extremo a otro.

No habría podido ser más dichosa.

Y toda la noche, escuchando la respiración ronca del viejo soldado tendido en su camastro, junto a aquella que lo había seguido tan lejos, pensaba en esa extraña y sencilla aventura, en aquella dicha tan completa, hecha de tan poco.

Y partí al amanecer, tras estrechar la mano de los dos viejos esposos.

*

El narrador calló. Una mujer dijo:

—Da igual; ella tenía un ideal demasiado fácil, necesidades demasiado primitivas y exigencias demasiado simples. No podía ser más que una boba.

Otra pronunció con voz lenta:

—Qué importa. Fue feliz.

Y allá, en el fondo del horizonte, Córcega se hundía en la noche, regresaba lentamente al mar, borrando su gran sombra aparecida como para contar por sí misma la historia de los dos humildes amantes que cobijaban sus orillas.

FIN

Guy de Maupassant - La dicha2
  • Autor: Guy de Maupassant
  • Título: La dicha
  • Título Original: Le bonheur
  • Publicado en: Le Gaulois, 16 de marzo de 1884
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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