Sinopsis: «Un regalo de Año Nuevo» (Etrennes) es un cuento de Guy de Maupassant, publicado el 7 de enero de 1887 en Gil Blas. En la víspera de Año Nuevo, Jacques de Randal se encuentra solo en casa, escribiendo cartas y reflexionando sobre su vida. Desde hace diez meses es amante de Irène, una mujer casada a la que ama con un afecto sereno y maduro. La tranquilidad de la noche se rompe cuando Irène aparece inesperadamente en su puerta, pálida y angustiada, revelando un conflicto que pondrá a prueba la naturaleza de su relación y las convicciones de Jacques sobre el amor y el compromiso.

Un regalo de Año Nuevo
Guy de Maupassant
(Cuento completo)
Después de haber cenado solo en su casa, Jacques de Randal dijo a su ayuda de cámara que podía retirarse y se sentó ante su escritorio para escribir cartas.
Así terminaba todos los años: solo, escribiendo y dejándose llevar por la ensoñación. Hacía para sí una especie de revista de todo lo ocurrido desde el último día del año anterior: las cosas acabadas, las cosas muertas; y, a medida que surgían ante sus ojos los rostros de sus amigos, les escribía unas líneas, un saludo cordial del primero de enero.
Así pues, se sentó, abrió un cajón, sacó de él una fotografía de mujer, la miró durante unos segundos y la besó. Luego, tras dejarla junto a la hoja de papel, comenzó:
«Mi querida Irène: habrá recibido hace un momento el pequeño recuerdo que envío a la mujer; me he encerrado esta noche para decirle…»
La pluma quedó inmóvil. Jacques se levantó y se puso a pasear.
Desde hacía diez meses tenía una amante; no una amante como las demás, una mujer de aventuras, del mundo, del teatro o de la calle, sino una mujer a la que había amado y conquistado. Había dejado atrás la juventud, aunque fuera todavía un hombre joven, y contemplaba la vida con seriedad, desde un espíritu realista y práctico.
Se puso entonces a hacer el balance de su pasión, como hacía cada año el de las amistades perdidas o nuevas, de los hechos y de las personas que habían entrado en su existencia.
Apaciguado el primer ardor del amor, se preguntó, con la precisión de un comerciante que hace cuentas, cuál era el estado de su corazón hacia ella, e intentó adivinar cuál sería en el porvenir.
Encontró en él un afecto grande y profundo, hecho de ternura, de reconocimiento y de esos mil lazos sutiles de los que nacen las relaciones largas y sólidas.
Un toque de campanilla lo hizo sobresaltarse. Dudó. ¿Abriría? Pero se dijo que, en la noche de Año Nuevo, siempre hay que abrir. Abrir al desconocido que pasa y llama, sea quien sea.
Tomó una vela, atravesó la antesala, quitó los cerrojos, giró la llave, atrajo la puerta hacia sí y vio a su amante de pie, pálida como una muerta, con las manos apoyadas en la pared.
Balbuceó:
—¿Qué tienes?
Ella respondió:
—¿Estás solo?
—Sí.
—¿Sin criados?
—Sí.
—¿No ibas a salir?
—No.
Entró, como mujer que conoce la casa. En cuanto estuvo en el salón, se dejó caer sobre el diván y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar de manera desgarradora.
Él se arrodilló ante ella, intentando apartarle los brazos para ver sus ojos, y repitiendo:
—Irène, Irène, ¿qué te ocurre? Te lo ruego, dime qué te ocurre.
Entonces ella murmuró, entre sollozos:
—Ya no puedo vivir así.
Él no comprendía.
—¿Vivir así?… ¿Cómo?…
—Sí. No puedo seguir viviendo así… nunca te lo he dicho… Es horrible… No puedo más… sufro demasiado… Me ha golpeado hace un momento…
—¿Quién… tu marido?
—Sí… mi marido.
—¡Ah!
Se sorprendía, pues jamás había sospechado que aquel marido pudiera ser brutal. Era un hombre de mundo, de lo mejor: un hombre de club, de hípica, de bastidores y de esgrima; conocido, citado, apreciado en todas partes, de modales muy corteses, de espíritu muy mediocre, con esa falta de instrucción y de inteligencia real indispensable para pensar como todos los bien educados, y respetuoso de todos los prejuicios convenientes.
Parecía ocuparse de su mujer como se debe entre personas ricas y bien nacidas. Se interesaba lo suficiente por sus deseos, por su salud, por sus vestidos, y la dejaba, por lo demás, perfectamente libre.
Randal, convertido en amigo de Irène, tenía derecho al apretón de manos afectuoso que todo marido que sabe vivir debe a los íntimos de su esposa.
Luego, cuando Jacques, después de haber sido durante algún tiempo amigo, se convirtió en amante, sus relaciones con el esposo fueron aún más cordiales, como corresponde.
Jamás había visto ni adivinado tempestades en aquella casa, y permanecía atónito ante esa revelación inesperada. Preguntó:
—¿Cómo ha sucedido? Dímelo.
Entonces ella contó una larga historia: toda la historia de su vida desde el día de su matrimonio. La primera desavenencia, nacida de nada, y luego acentuada por la distancia que crecía cada día entre dos caracteres opuestos.
Después vinieron las disputas, una separación completa, no aparente, sino efectiva; luego su marido se mostró agresivo, suspicaz, violento. Ahora estaba celoso, celoso de Jacques, y aquel mismo día, tras una escena, la había golpeado.
Añadió con firmeza:
—No volveré a su casa. Haz de mí lo que quieras.
Jacques se había sentado frente a ella, con las rodillas tocándose. Le tomó las manos:
—Mi querida amiga, vas a cometer una gran, una irreparable tontería. Si quieres dejar a tu marido, haz que las culpas recaigan sobre él, de modo que tu situación de mujer, de mujer del mundo irreprochable, quede a salvo.
Ella preguntó, lanzándole una mirada inquieta:
—Entonces, ¿qué me aconsejas?
—Que regreses a tu casa y soportes allí la vida hasta el día en que puedas obtener o una separación o un divorcio, con los honores de la guerra.
—¿No es un poco cobarde lo que me aconsejas?
—No, es sensato y razonable. Tienes una alta posición, un nombre que preservar, amigos que conservar y parientes que considerar. No hay que olvidarlo y perderlo todo por un arrebato.
Ella se levantó y, con violencia, exclamó:
—Pues bien, no; no puedo más, se acabó, se acabó, se acabó.
Luego, apoyando ambas manos en los hombros de su amante y mirándolo fijamente a los ojos, dijo:
—¿Me amas?
—Sí.
—¿De verdad?
—Sí.
—Entonces, guárdame.
Él exclamó:
—¿Guardarte? ¿En mi casa? ¿Aquí? ¡Estás loca! Sería perderte para siempre; perderte sin retorno. ¡Estás loca!
Ella replicó lentamente, con gravedad, como mujer que siente el peso de sus palabras:
—Escucha, Jacques. Me ha prohibido volver a verte y no voy a representar la comedia de venir a tu casa a escondidas. Es preciso o perderme, o que me tomes.
—Mi querida Irène, en ese caso obtén tu divorcio y me casaré contigo.
—Sí, te casarás conmigo dentro de… dos años, como muy pronto. Tienes una ternura paciente.
—Vamos, reflexiona. Si permaneces aquí, mañana te reclamará, puesto que es tu marido, puesto que el derecho y la ley están de su parte.
—No te pedía que me guardases en tu casa, Jacques, sino que me llevaras a cualquier parte. Creí que me amabas lo suficiente para eso. Me he equivocado. Adiós.
Se volvió y se dirigió hacia la puerta tan rápidamente que él solo la alcanzó cuando salía del salón.
—Escucha, Irène…
Ella se debatía, sin querer oír nada, con los ojos llenos de lágrimas y balbuceando:
—Déjame… déjame… déjame…
La hizo sentar a la fuerza y volvió a arrodillarse ante ella; luego trató, acumulando razones y consejos, de hacerle comprender la locura y el terrible peligro de su proyecto. No omitió nada de lo que debía decir para convencerla, buscando incluso en su propia ternura motivos de persuasión.
Como ella permanecía muda y helada, la rogó, la suplicó que lo escuchara, que le creyera, que siguiera su consejo. Cuando terminó de hablar, ella respondió únicamente:
—¿Estás dispuesto a dejarme partir ahora? Suéltame, para que pueda levantarme.
—Vamos, Irène…
—¿Quieres soltarme?
—Irène… ¿tu resolución es irrevocable?
—¿Quieres soltarme?
—Dime solo si tu resolución, si tu loca resolución que lamentarás amargamente, es irrevocable.
—Sí… Suéltame.
—Entonces, quédate. Bien sabes que aquí estás en tu casa. Nos iremos mañana por la mañana.
Ella se levantó a pesar de él y dijo con dureza:
—No. Es demasiado tarde. No quiero sacrificios, no quiero abnegación.
—¡Maldición! He hecho lo que debía hacer, he dicho lo que debía decir. Ya no soy responsable ante ti. Mi conciencia está tranquila. Expresa tus deseos y obedeceré.
Ella volvió a sentarse, lo miró largo rato y luego preguntó, con voz muy serena:
—Entonces, explica.
—¿Qué? ¿Qué quieres que explique?
—Todo… Todo lo que has pensado para cambiar así de resolución. Yo veré entonces lo que debo hacer.
—Pero no he pensado nada. Debía advertirte que ibas a cometer una locura. Insistes; reclamo mi parte de esa locura, e incluso la exijo.
—No es natural cambiar de opinión tan deprisa.
—Escucha, mi querida amiga. Aquí no se trata ni de sacrificio ni de abnegación. El día en que comprendí que te amaba, me dije esto, que todos los enamorados deberían decirse en el mismo caso:
«El hombre que ama a una mujer, que se esfuerza por conquistarla, que la obtiene y la toma, contrae consigo mismo y con ella un compromiso sagrado. Se trata, naturalmente, de una mujer como tú, y no de una mujer de corazón abierto, de corazón fácil.
»El matrimonio, que tiene un gran valor social y un gran valor legal, no posee a mis ojos más que un valor moral muy ligero, dadas las condiciones en que generalmente se contrae.
»Así, cuando una mujer, atada por ese lazo jurídico, pero que no ama a su marido, que no puede amarlo, cuyo corazón es libre, encuentra a un hombre que le agrada y se entrega a él; cuando un hombre sin compromisos toma a una mujer así, digo que se comprometen el uno con el otro, por ese consentimiento mutuo y libre, mucho más que por el “sí” murmurado ante la banda del alcalde.
»Digo que, si ambos son personas de honor, su unión debe ser más íntima, más fuerte, más sana que si todos los sacramentos la hubieran consagrado.
»Esa mujer lo arriesga todo. Y es precisamente porque lo sabe, porque lo da todo —su corazón, su cuerpo, su alma, su honor, su vida—; porque ha previsto todas las miserias, todos los peligros, todas las catástrofes; porque osa un acto audaz, un acto intrépido; porque está preparada, decidida a desafiarlo todo, a su marido que puede matarla y al mundo que puede rechazarla, por lo que es respetable en su infidelidad conyugal. Por eso también su amante, al tomarla, cree haberlo previsto todo y preferirla a todo, ocurra lo que ocurra. No tengo nada más que decir. He hablado primero como un hombre sensato que debía advertirte; no queda ya en mí más que un hombre, el que te ama. Ordena».
Radiante, ella le cerró la boca con sus labios y le dijo en voz baja:
—No era verdad, querido, no hay nada; mi marido no sospecha nada. Pero quería ver, quería saber qué harías; quería… un regalo de Año Nuevo… el de tu corazón… otro regalo distinto del collar de hace un momento. Me lo has dado. Gracias… gracias… ¡Dios mío, qué contenta estoy!
FIN
