Bajo el sauce

Hans Christian Andersen

Historier. Anden Samling (1852)

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

32 min de lectura
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Sinopsis: «Bajo el sauce» (Under Piletræet) es un cuento del escritor danés Hans Christian Andersen, publicado en 1852 en el volumen Historier. Anden Samling. Knud y Johanne son dos niños vecinos que, en Kjøge, crecen jugando junto a un viejo sauce. Un día, un vendedor de bizcochos les cuenta la historia de dos figuras de miel enamoradas que nunca se atreven a expresar lo que sienten, y el relato queda grabado en la memoria de ambos. Con el tiempo, Johanne se marcha con su padre a Copenhague, donde comienza a cantar en el teatro. Cuando Knud se convierte en oficial zapatero, también viaja a la ciudad, decidido a confesarle su amor y no repetir la historia de los bizcochos de miel.

Hans Christian Andersen - Bajo el sauce

Bajo el sauce

Hans Christian Andersen
(Cuento completo)

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Los alrededores de Kjøge son bastante áridos; la ciudad está junto a la costa, y eso siempre es bonito, pero bien podría ser más hermosa de lo que es: todo alrededor son campos llanos y el bosque queda muy lejos. Sin embargo, cuando uno se siente de verdad en casa en un lugar, siempre encuentra algo bello, algo que luego echará de menos incluso estando en el sitio más hermoso del mundo. Y hay que reconocer que en las afueras de Kjøge, donde un par de pobres jardincitos se extienden hasta el arroyuelo que desemboca en el mar, el paisaje podía ser bastante encantador en verano, y así lo sentían sobre todo los dos pequeños vecinos, Knud y Johanne, que jugaban allí y se escurrían entre los groselleros para juntarse. En uno de los jardines crecía un saúco y en el otro un viejo sauce, y debajo de este último era donde más les gustaba jugar a los niños; y tenían permiso para hacerlo, a pesar de que el árbol estaba justo al borde del arroyo, donde fácilmente podían caer al agua. Pero Nuestro Señor tiene los ojos puestos en los pequeños, porque si no, las cosas andarían muy mal. Además, los dos eran muy prudentes; es más, el niño le tenía tanto miedo al agua que en verano no había forma de llevarlo a la playa, donde los demás niños chapoteaban a sus anchas. Se burlaban de él por eso, y él tenía que aguantarse.

Pero un día la pequeña Johanne, la hija del vecino, soñó que navegaba en un bote por la bahía de Kjøge y que Knud caminaba hacia ella; el agua le llegó primero al cuello y después lo cubrió por completo. Desde el momento en que Knud se enteró de aquel sueño, ya no toleró que lo llamaran cobarde del agua, y se remitía al sueño de Johanne como prueba. Ese sueño era su orgullo, pero al agua no se acercaba.

Los humildes padres se visitaban con frecuencia, y Knud y Johanne jugaban en los jardines y en el camino que corría a lo largo de las zanjas, bordeado de toda una hilera de sauces. Bonitos no eran aquellos árboles, pues tenían las copas recortadas a hachazos, pero tampoco estaban allí para lucirse, sino para servir de algo. Más hermoso era el viejo sauce del jardín, y debajo de él pasaron, como quien dice, muy buenos ratos.

En el centro de Kjøge hay una gran plaza, y en época de feria se levantaban calles enteras de carpas con cintas de seda, botas y todo lo imaginable. Había un gentío tremendo y por lo general llovía, y entonces se sentía el tufo de las chaquetas de los campesinos, pero también el delicioso aroma de los bizcochos de miel, de los que había un puesto repleto. Y lo mejor de todo era que el hombre que los vendía se alojaba siempre, durante la feria, en casa de los padres del pequeño Knud, y por supuesto les regalaba un bizcocho de miel, del que a Johanne también le tocaba su pedazo. Pero había algo todavía mejor: el vendedor de bizcochos sabía contar historias sobre casi cualquier cosa, incluso sobre sus propios bizcochos. Y una noche les contó una que causó una impresión tan profunda en los dos niños que nunca la olvidaron, así que será mejor que la escuchemos nosotros también, sobre todo porque es corta.

—Sobre el mostrador había dos bizcochos de miel —dijo el hombre—. Uno tenía forma de hombre con sombrero, y el otro de doncella sin sombrero, pero con una mancha de pan de oro en la cabeza. Tenían la cara del lado de arriba, y por ahí había que mirarlos, nunca por el revés, que a ninguna persona se la debe mirar del revés. El hombre llevaba una almendra amarga en el lado izquierdo: ese era su corazón. La doncella, en cambio, era puro bizcocho de miel. Los habían puesto como muestras en el mostrador y allí estuvieron mucho tiempo, y así fue como se enamoraron. Pero ninguno de los dos se lo dijo al otro, y eso hay que hacerlo si se quiere que la cosa llegue a algo.

»“Es hombre, así que debe decir la primera palabra”, pensaba ella; pero de todos modos se habría conformado con saber que su amor era correspondido.

»Los pensamientos de él eran mucho más voraces, como son siempre los de los hombres. Soñaba que era un chiquillo callejero, que tenía cuatro monedas, y que se compraba a la doncella y se la comía.

»Y así pasaron días y semanas sobre el mostrador, y se fueron secando. Los pensamientos de ella se volvieron más delicados y femeninos: “Me basta con haber estado sobre el mostrador junto a él”, pensó, y en ese momento se partió por la cintura.

»“Si ella hubiera sabido de mi amor, seguro que habría aguantado un poco más”, pensó él.

—Y esa es la historia, y aquí están los dos —dijo el vendedor de bizcochos—. Son notables por su destino y por su amor callado, que nunca lleva a nada. ¡Ahí los tienen! —y le dio a Johanne el hombre, que estaba entero, y a Knud le tocó la doncella rota. Pero los niños estaban tan conmovidos por la historia que no tuvieron corazón para comerse a la pareja de enamorados.

Al día siguiente fueron con ellos al cementerio de la iglesia de Kjøge, donde el muro está cubierto de la más hermosa hiedra, que en invierno y en verano cuelga como un rico tapiz. Pusieron los bizcochos de miel entre la verde hiedra, al sol, y les contaron a un grupo de niños la historia del amor mudo que no servía para nada —el amor, se entiende, porque la historia era preciosa, en eso estuvieron todos de acuerdo—. Y cuando volvieron a mirar a la pareja de bizcochos, un muchachón grandote se había comido a la doncella rota, y lo había hecho de pura maldad. Los niños lloraron, y después —seguramente para que el pobre hombre no se quedara solo en el mundo— se lo comieron también a él. Pero la historia no la olvidaron nunca.

Los dos niños siempre estaban juntos, al pie del saúco y bajo el sauce, y la pequeña cantaba las canciones más hermosas con una voz clara como campanas de plata. Knud no tenía ni una nota en el cuerpo, pero se sabía la letra, y eso ya es algo. La gente de Kjøge, hasta la señora de la ferretería, se detenía a escuchar a Johanne. «¡Qué voz tan dulce tiene esa niña!», decía.

Fueron días felices, pero no podían durar para siempre. Las familias vecinas se separaron: la madre de la niña había muerto, el padre iba a casarse de nuevo en Copenhague, donde podía ganarse la vida; le habían ofrecido un puesto de mensajero, un empleo que se decía muy lucrativo. Los vecinos se despidieron con lágrimas, y los niños fueron los que más lloraron, pero los mayores se prometieron escribirse al menos una vez al año. Y Knud entró de aprendiz de zapatero, pues ya no podían dejar al muchacho sin oficio por más tiempo. Y después recibió la confirmación.

¡Cuánto habría dado por ir a Copenhague aquel día solemne y ver a la pequeña Johanne! Pero no fue, y nunca había estado allí, a pesar de que queda a solo cinco millas de Kjøge. Sin embargo, las torres de la ciudad las había visto Knud al otro lado de la bahía en los días despejados, y en el de su confirmación distinguió con claridad la cruz dorada que brillaba sobre la iglesia de Nuestra Señora.

¡Cuánto pensó en Johanne! ¿Se acordaría ella de él? ¡Sí! Por Navidad llegó una carta de su padre para los padres de Knud. Todo les iba muy bien en Copenhague, y a Johanne le esperaba una gran fortuna gracias a su hermosa voz: la habían contratado en el teatro lírico, ya ganaba algo de dinero, y de lo que ganaba les enviaba a sus queridos vecinos de Kjøge un escudo entero para que celebraran la Nochebuena con alegría. Quería que brindaran a su salud, y ella misma había añadido de su puño y letra en una posdata: «¡Saludos cariñosos a Knud!».

Todos lloraron, y eso que las noticias eran de lo más alegres; pero era de alegría que lloraban. Johanne había estado en los pensamientos de Knud todos los días, y ahora veía que ella también pensaba en él. Y cuanto más se acercaba el momento de convertirse en oficial, con más claridad sentía que quería muchísimo a Johanne y que ella tenía que ser su mujercita. Cuando pensaba en eso se le dibujaba una sonrisa en los labios y tiraba del hilo con más fuerza, mientras la pierna tensaba la correa que sujetaba el cuero. Se clavó la lezna hasta el fondo en un dedo, pero no importaba. Desde luego que él no iba a quedarse mudo como los dos bizcochos de miel; aquella historia había sido una buena lección.

Y se hizo oficial de zapatero, y ató su morral. A Copenhague iría por fin, por primera vez en su vida, y ya tenía un maestro allí. ¡Cómo se iba a sorprender Johanne, y qué contenta se pondría! Ella tenía ahora diecisiete años y él diecinueve.

Ya en Kjøge quiso comprarle un anillo de oro, pero luego pensó que seguramente los encontraría mucho más bonitos en Copenhague. Se despidió de sus padres y un día de otoño echó a andar bajo la lluvia y el viento; las hojas caían de los árboles. Empapado hasta los huesos llegó a la gran Copenhague y a la casa de su nuevo maestro.

El primer domingo se dispuso a visitar al padre de Johanne. Se puso la ropa nueva de oficial y el sombrero nuevo que traía de Kjøge, que le quedaba muy bien; antes siempre había usado gorra. Encontró la casa que buscaba y subió las muchas escaleras. ¡Daba vértigo ver cómo se apilaba la gente unos encima de otros en aquella enorme ciudad!

El interior de la vivienda tenía un aire próspero, y el padre de Johanne lo recibió con mucho afecto. Para la señora era un desconocido, pero le dio la mano y le ofreció café.

—A Johanne le va a dar mucho gusto verte —dijo el padre—. ¡Te has convertido en un buen mozo! Ahora vas a verla. Es una muchacha que me llena de alegría, y con la ayuda de Dios me dará más todavía. Tiene su propia habitación y nos paga por ella.

Y el padre mismo llamó a la puerta con mucha delicadeza, como si fuera un desconocido, y entraron. ¡Qué hermoso era aquello! Seguro que en todo Kjøge no existía un cuarto así; ni la propia reina lo tendría más bonito. Había alfombra, cortinas que llegaban hasta el suelo, un sillón de verdadero terciopelo, y por todas partes flores y cuadros, y un espejo tan grande como una puerta, en el que casi se podía uno meter caminando. Knud lo vio todo de un vistazo y sin embargo solo veía a Johanne. Era una muchacha hecha y derecha, muy distinta de como Knud se la había imaginado, pero mucho más hermosa. En todo Kjøge no había una joven como ella, ¡y qué fina era! Pero qué extraña fue la mirada que le dirigió a Knud al principio, aunque solo duró un instante; enseguida corrió hacia él como si fuera a besarlo. No lo hizo, pero estuvo a punto. Sí, de verdad estaba contenta de ver al amigo de su infancia. ¿No le brillaban lágrimas en los ojos? Y después tenía tanto que preguntar y tanto que contar, desde los padres de Knud hasta el saúco y el sauce, a los que llamaba mamá saúco y papá sauce, como si fueran personas; aunque bien podían pasar por tales, igual que los bizcochos de miel. De ellos habló también, de su amor callado, de cómo habían estado sobre el mostrador y se habían partido, y se reía con toda el alma. Pero a Knud le ardía la sangre en las mejillas y el corazón le latía más fuerte que de costumbre. No, no se había vuelto orgullosa. Y fue ella también, bien se dio cuenta Knud, la que hizo que sus padres lo invitaran a quedarse toda la velada. Sirvió el té y le ofreció una taza con sus propias manos, y luego tomó un libro y les leyó en voz alta, y a Knud le pareció que lo que leía trataba justamente de su amor, tan bien encajaba con todos sus pensamientos. Y después cantó una canción sencilla, pero en su voz se convirtió en toda una historia; era como si su propio corazón se desbordara en ella. Sí, seguro que quería a Knud. Las lágrimas le corrieron por las mejillas sin poder evitarlo, y no pudo decir una sola palabra; él mismo se sentía muy tonto. Pero ella le apretó la mano y le dijo:

—Tienes un buen corazón, Knud. ¡Sé siempre como eres!

Fue una velada extraordinaria, de esas después de las cuales es imposible dormir, y Knud no durmió. Al despedirse, el padre de Johanne le había dicho: «Bueno, ahora no nos vas a olvidar del todo, ¿verdad? Espero que no dejes pasar todo el invierno sin volver a visitarnos». Así que bien podía volver el domingo siguiente, y eso pensaba hacer. Pero cada noche, cuando terminaba el trabajo —y trabajaban a la luz de las velas—, Knud salía a la calle y se iba hasta la calle donde vivía Johanne. Miraba hacia su ventana, que casi siempre estaba iluminada, y una noche vio con toda claridad la sombra de su rostro en la cortina. ¡Fue una noche preciosa!

A la esposa del maestro no le hacía gracia que anduviera de paseo todas las noches, como ella lo llamaba, y meneaba la cabeza. Pero el maestro se reía:

—¡Es joven! —decía.

«El domingo nos vemos, y le digo lo que siento por ella, y que tiene que ser mi mujercita. No soy más que un pobre oficial zapatero, pero puedo llegar a maestro, al menos a maestro independiente. Trabajaré y me esforzaré. Sí, se lo voy a decir. Del amor callado no sale nada, eso lo aprendí de los bizcochos de miel».

Y llegó el domingo, y Knud se presentó, pero ¡qué mala suerte! Tenían que salir, y se lo tuvieron que decir. Johanne le apretó la mano y le preguntó:

—¿Ya fuiste al teatro? Tienes que ir alguna vez. Yo canto el miércoles, y si tienes tiempo te mando una entrada. ¡Mi padre sabe dónde vive tu maestro!

¡Qué detalle tan cariñoso de su parte! Y el miércoles a mediodía llegó, en efecto, un papel sellado sin palabras, pero adentro estaba la entrada. Esa noche Knud fue por primera vez en su vida al teatro, y ¿qué vio? Vio a Johanne, tan hermosa, tan encantadora. Es cierto que se casaba con un desconocido, pero eso era teatro, algo que representaban, bien lo sabía Knud; de lo contrario ella no le habría mandado la entrada para que lo viera. Todo el público aplaudía y gritaba, y Knud gritó «¡Hurra!».

Hasta el rey le sonrió a Johanne, como si él también estuviera encantado con ella. ¡Dios mío, qué pequeñito se sintió Knud! Pero la quería con toda el alma, y ella también lo quería a él; y el hombre tiene que decir la primera palabra, así pensaba también la doncella de bizcocho de miel. ¡Cuánto había en aquella historia!

En cuanto llegó el domingo, Knud se encaminó a su casa. Sus pensamientos eran solemnes, como si fuera a recibir la comunión. Johanne estaba sola y fue ella quien lo recibió; no podía haber sido más oportuno.

—¡Qué bueno que vienes! —le dijo—. Estuve a punto de mandarte a mi padre, pero tuve el presentimiento de que vendrías esta noche. Tengo que decirte que el viernes me voy a Francia. Tengo que hacerlo si quiero llegar a ser realmente buena.

Knud sintió como si la habitación diera vueltas, como si su corazón fuera a hacerse pedazos. No le salieron lágrimas de los ojos, pero su tristeza era bien visible. Johanne lo vio y estuvo a punto de llorar.

—¡Alma leal y fiel! —dijo ella. Y entonces se le soltó la lengua a Knud, y le dijo cuánto la quería y que ella tenía que ser su mujercita. Y al decirlo vio que Johanne se ponía pálida como la cera; ella le soltó la mano y le dijo, seria y apenada:

—No nos hagas desgraciados a los dos, Knud. Yo seré siempre una buena hermana para ti, alguien en quien puedas confiar, pero nada más. —Y le pasó su mano suave por la frente ardiente—. Dios nos da fuerzas para mucho, con tal de que uno quiera.

En ese momento entró la madrastra.

—¡Knud está desolado porque me voy! —dijo Johanne—. ¡Vamos, sé un hombre! —y le dio una palmada en el hombro, como si no hubieran hablado más que del viaje—. ¡Niño! —añadió—. Ahora vas a portarte bien y ser razonable, como debajo del sauce, cuando los dos éramos niños.

Knud sintió como si un pedazo del mundo se hubiera roto. Sus pensamientos eran como un hilo suelto a merced del viento. Se quedó, sin saber si lo habían invitado o no, pero todos fueron amables y buenos con él. Johanne le sirvió el té y cantó. No era la misma voz de antes, y sin embargo sonaba tan maravillosamente que era como para romper el corazón en pedazos. Y así se despidieron. Knud no le tendió la mano, pero ella tomó la suya y le dijo:

—Dale la mano a tu hermana para despedirte, viejo compañero de juegos. —Y sonreía entre las lágrimas que le rodaban por las mejillas, y repitió—: Hermano. —¡Vaya consuelo! Esa fue la despedida.

Johanne se fue a Francia; Knud siguió caminando por las sucias calles de Copenhague. Los otros oficiales del taller le preguntaban por qué andaba siempre tan pensativo; que se fuera a divertir con ellos, que era joven.

Y fue con ellos a un salón de baile. Había muchas chicas bonitas, pero ninguna como Johanne, y justo allí donde esperaba olvidarla, la tenía más viva que nunca en el pensamiento. «Dios nos da fuerzas para mucho, con tal de que uno quiera», le había dicho ella, y le vino un sentimiento devoto al alma; juntó las manos… y los violines tocaban y las muchachas bailaban en corro. Se asustó: le pareció que aquel no era un lugar adecuado para llevar a Johanne, y sin embargo la llevaba en su corazón. Salió corriendo, recorrió las calles y pasó frente a la casa donde ella había vivido. Estaba oscura; todo estaba oscuro, vacío y solitario. El mundo siguió su camino y Knud el suyo.

Llegó el invierno y las aguas se helaron. Era como si todo se preparara para un funeral.

Pero cuando llegó la primavera y zarpó el primer vapor, Knud sintió un anhelo enorme de irse lejos, muy lejos, a recorrer el mundo, pero no demasiado cerca de Francia.

Así que ató su mochila y se fue caminando a lo largo de Alemania, de ciudad en ciudad, sin reposo ni descanso. Solo cuando llegó a la antigua y espléndida ciudad de Núremberg fue como si por fin los pies le obedecieran y pudiera quedarse.

Es una vieja ciudad extraordinaria, como recortada de una crónica ilustrada. Las calles van por donde les da la gana, las casas no quieren estar en fila; miradores con torrecillas, volutas y estatuas sobresalen por encima de las aceras, y en lo alto de los tejados, extrañamente inclinados, corren canalones con forma de dragones y perros de cuerpo alargado que desembocan en medio de la calle.

Knud se detuvo en la plaza del mercado con el morral a la espalda, junto a una de las viejas fuentes donde las espléndidas figuras de bronce, bíblicas e históricas, se alzan entre los chorros del surtidor. Una muchacha bonita estaba sacando agua y le dio a Knud un trago; y como llevaba un buen puñado de rosas, le regaló una, y eso le pareció a Knud un buen presagio.

Desde la iglesia cercana le llegaba el sonido del órgano, tan familiar como si fuera el de la iglesia de Kjøge, y entró en la gran catedral. El sol brillaba a través de los vitrales, entre las altas y esbeltas columnas. Un sentimiento devoto llenó sus pensamientos y una quietud se asentó en su alma.

Buscó y encontró un buen maestro en Núremberg, y con él se quedó y aprendió el idioma.

Los antiguos fosos alrededor de la ciudad se han convertido en pequeñas huertas, pero las altas murallas siguen en pie, con sus pesadas torres. El cordelero trenza sus cuerdas en la galería de vigas que recorre el muro hacia la ciudad, y por todas partes, brotando de grietas y agujeros, crecen los saúcos, que extienden sus ramas por encima de las casitas de abajo. En una de ellas vivía el maestro para quien trabajaba Knud, y sobre la pequeña ventana del desván donde dormía, el saúco inclinaba sus ramas.

Vivió allí un verano y un invierno, pero cuando llegó la primavera ya no pudo soportarlo. El saúco estaba en flor y su aroma era tan familiar que le parecía estar en el jardín de Kjøge. Así que Knud dejó a su maestro y se fue con otro, más adentro de la ciudad, donde no hubiera saúcos.

Su nuevo taller estaba cerca de uno de los viejos puentes de piedra, sobre un bajo molino de agua que murmuraba sin cesar. Por fuera solo había un río torrentoso, encajonado entre casas cargadas de viejos balcones desvencijados, que parecían a punto de desprenderse y caer al agua. Allí no crecía ningún saúco, ni siquiera había una maceta con algo de verde, pero justo enfrente se alzaba un viejo y enorme sauce que parecía aferrarse a la casa para no ser arrastrado por la corriente. Extendía sus ramas sobre el río, exactamente igual que el sauce del jardín junto al arroyo de Kjøge.

Sí, había ido a parar de mamá saúco a papá sauce. Aquel árbol, sobre todo en las noches de luna, tenía algo que lo hacía sentirse, como dice el verso, «tan danés en el alma, a la luz de la luna». Pero no era la luz de la luna lo que producía ese sentimiento, no: era el viejo sauce.

No pudo resistirlo. ¿Y por qué no? Pregúntale al sauce, pregúntale al saúco en flor. Y así se despidió de su maestro y de Núremberg y siguió adelante.

A nadie le hablaba de Johanne; guardaba su pena por dentro y le daba un significado profundo a la historia de los bizcochos de miel. Ahora entendía por qué el hombre de la historia tenía una almendra amarga en el lado izquierdo: él mismo sentía ese amargor. Y Johanne, que siempre era tan dulce y sonriente, era puro bizcocho de miel. Era como si la correa del morral le apretara de tal modo que le costaba respirar; la aflojó, pero no sirvió de nada. El mundo a su alrededor era solo la mitad; la otra mitad la llevaba dentro. ¡Así era!

Solo cuando vio las altas montañas se le agrandó el mundo; sus pensamientos se volvieron hacia afuera y le brotaron lágrimas en los ojos. Los Alpes le parecieron las alas plegadas de la Tierra. ¡Qué pasaría si las desplegara, si extendiera esas enormes alas con sus pinturas multicolores de bosques oscuros, aguas rugientes, nubes y masas de nieve! «El Día del Juicio la Tierra levantará sus grandes alas, volará hacia Dios y estallará como una burbuja en sus rayos luminosos. ¡Ay, si ya fuera el Día del Juicio!», suspiró.

Siguió caminando en silencio por el país, que le parecía un jardín cubierto de hierba. Desde los balcones de madera de las casas lo saludaban con la cabeza las muchachas que tejían encaje; las cumbres de las montañas brillaban rojas en el sol del atardecer, y cuando vio los lagos verdes entre los árboles oscuros pensó en la playa de la bahía de Kjøge. Había melancolía, pero no dolor, en su pecho.

Allí donde el Rin se precipita como una larga ola, se estrella, se rompe y se transforma en claras masas de nubes blancas como la nieve, como si fuera la fábrica de las nubes, y el arcoíris flota por encima como una cinta suelta, allí pensó en el molino de agua de Kjøge, donde el agua rugía y se rompía.

Se habría quedado con gusto en la tranquila ciudad del Rin, pero había demasiados saúcos y demasiados sauces, así que siguió adelante. Cruzó las altas y poderosas montañas, a través de paredes de roca cortadas a pico y por caminos que se pegaban a las laderas como nidos de golondrina. El agua rugía en las profundidades, las nubes quedaban debajo de él. Caminó entre cardos relucientes, rododendros y nieve bajo el sol cálido del verano, y al fin dijo adiós a las tierras del norte y bajó a las de los castaños, los viñedos y los maizales. Las montañas eran un muro entre él y todos sus recuerdos, y así debía ser.

Ante él se extendía una ciudad grande y espléndida que llamaban Milán, y allí encontró a un maestro alemán que le dio trabajo. Era un viejo matrimonio honrado y decente, en cuyo taller había entrado. Los dos le tomaron cariño al oficial apacible, que hablaba poco y trabajaba mucho, y era piadoso y cristiano. Y era como si Dios le hubiera quitado la pesada carga del corazón.

Su mayor gusto era subir de vez en cuando a la grandiosa catedral de mármol, que le parecía hecha con la nieve de su tierra y tallada en estatuas, torres puntiagudas y pórticos abiertos y adornados con flores. Desde cada rincón, cada punta y cada arco le sonreían las blancas esculturas. Arriba tenía el cielo azul; abajo, la ciudad y la extensa llanura verde de Lombardía, y hacia el norte las altas montañas con su nieve eterna. Entonces pensaba en la iglesia de Kjøge con las enredaderas de hiedra sobre los muros rojos, pero no la echaba de menos. Allí, detrás de las montañas, quería ser enterrado.

Llevaba un año allí —tres desde que dejó su tierra— cuando un día su maestro lo llevó a la ciudad; no a la arena a ver jinetes acróbatas, sino a la gran ópera, que tenía también una sala digna de verse. En sus siete pisos colgaban cortinas de seda, y desde el suelo hasta el techo, a una altura que daba vértigo, se veían las damas más elegantes con ramos de flores en las manos, como si fueran a un baile, y los caballeros iban vestidos de gala, muchos con plata y oro. Había tanta luz como en el más claro día de sol, y la música rugía fuerte y magnífica. Era más espléndido que el teatro de Copenhague, pero allí había estado Johanne, y aquí… sí, fue como un hechizo: se abrió el telón y también aquí apareció Johanne, vestida de oro y seda, con una corona dorada en la cabeza. Cantó como solo un ángel de Dios sabe cantar, avanzó hasta el borde del escenario, sonrió como solo Johanne sabía sonreír y miró directamente a Knud.

El pobre Knud le agarró la mano a su maestro y gritó: «¡Johanne!» Pero no se oyó, porque los músicos tocaban demasiado fuerte. El maestro asintió con la cabeza: «Sí, claro que se llama Johanne», y sacó un programa impreso y le señaló el nombre, su nombre completo.

No, no era un sueño. Todo el público la aclamaba y le arrojaba flores y coronas, y cada vez que ella se retiraba la llamaban de nuevo; salía, entraba y volvía a salir.

Afuera, en la calle, la gente se agolpó alrededor de su carruaje y lo llevó tirando de él; Knud iba al frente de todos, más feliz que nadie. Cuando llegaron a la casa de ella, espléndidamente iluminada, Knud estaba justo junto a la portezuela. Se abrió, ella bajó, la luz le dio de lleno en su bendito rostro, y sonrió y agradeció con dulzura, visiblemente conmovida. Knud la miró a la cara y ella miró a Knud a la cara, pero no lo reconoció. Un caballero con una estrella en el pecho le ofreció el brazo. Estaban comprometidos, decía la gente.

Entonces Knud se fue a casa y se ató el morral. Quería volver, tenía que volver, al saúco y al sauce. ¡Ay, bajo el sauce! En una sola hora se puede vivir toda una vida.

Le rogaron que se quedara; ninguna palabra pudo retenerlo. Le dijeron que se acercaba el invierno, que ya estaba cayendo nieve en las montañas; pero podía seguir la huella del carruaje que avanzaba lentamente, abriéndose paso entre la nieve, con el morral a la espalda y apoyado en su bastón.

Y caminó hacia las montañas, cuesta arriba y cuesta abajo. Estaba agotado, pero no había visto todavía un pueblo ni una casa. Iba hacia el norte. Las estrellas se encendieron sobre él, los pies le flaqueaban, la cabeza le daba vueltas. En lo hondo del valle también se encendieron estrellas; era como si el cielo se extendiera también debajo de él. Se sentía enfermo. Las estrellas de abajo se multiplicaban y brillaban cada vez más, y se movían de un lado a otro. Era un pueblito cuyos faroles parpadeaban, y cuando se dio cuenta de lo que era, reunió sus últimas fuerzas y llegó hasta una modesta posada.

Se quedó allí un día entero con su noche, pues su cuerpo necesitaba descanso y cuidados. En el valle había deshielo y llovía. Una mañana apareció un organillero que tocó una melodía danesa, y entonces Knud ya no pudo más. Caminó durante días, muchos días, con una prisa como si quisiera llegar a casa antes de que todos se murieran. Pero no le habló a nadie de su anhelo; nadie habría creído que tuviera una pena en el corazón, la más honda que se pueda tener; esa clase de pena no es para el mundo, no tiene nada de divertida, no es ni siquiera para los amigos, y él no tenía amigos. Forastero en tierra extraña, caminaba hacia el norte, rumbo a su hogar. En la única carta que había recibido de casa, que sus padres le habían escrito hacía mucho tiempo, decía: «Tú no eres danés de verdad como nosotros. ¡Nosotros sí que lo somos! A ti solo te gustan los países extranjeros». Eso habían escrito sus padres. Sí, ¡vaya si lo conocían!

Era de noche. Caminaba por la carretera abierta y empezaba a helar. El campo se volvía cada vez más llano, todo praderas y sembrados. Junto al camino había un gran sauce. Todo se veía tan familiar, tan danés. Se sentó debajo del sauce; estaba tan cansado que la cabeza se le caía y los ojos se le cerraban de sueño. Pero sentía y percibía cómo el sauce bajaba sus ramas hacia él. El árbol le parecía un anciano vigoroso: era papá sauce en persona, que lo levantaba en sus brazos y lo cargaba, al hijo agotado, de vuelta a la tierra danesa, a la playa abierta y pálida, a la ciudad de Kjøge, al jardín de su infancia. Sí, era el mismísimo sauce de Kjøge que había salido al mundo a buscarlo, y ahora lo había encontrado y lo había llevado a casa, al jardincito junto al arroyo, y allí estaba Johanne en todo su esplendor, con la corona de oro en la cabeza, tal como la había visto la última vez, y le gritaba: «¡Bienvenido!».

Y justo enfrente de ellos había dos figuras extrañas, pero se veían mucho más humanas que en los tiempos de la infancia; también ellas habían cambiado. Eran los dos bizcochos de miel, el hombre y la mujer. Estaban de frente y tenían buen aspecto.

—¡Gracias! —le dijeron los dos a Knud—. ¡Tú nos desataste la lengua! Nos enseñaste que hay que expresar lo que uno piensa con franqueza, porque si no, no se llega a nada. ¡Y ahora sí que ha salido algo! ¡Estamos comprometidos!

Y se fueron caminando de la mano por las calles de Kjøge, y hasta por detrás se veían muy correctos, nada que reprocharles. Caminaron derecho hasta la iglesia de Kjøge, y Knud y Johanne los seguían, también de la mano. La iglesia estaba como siempre, con sus muros rojos y su hermosa hiedra, y la gran puerta se abrió de par en par y el órgano retumbó. El hombre y la mujer de bizcocho avanzaron por la nave central. «¡Primero los señores!», dijeron. «¡Los novios de bizcocho de miel!» Y se hicieron a un lado para dejar paso a Knud y a Johanne, y ellos se arrodillaron ante el altar. Ella inclinó la cabeza sobre el rostro de él, y lágrimas heladas rodaron de sus ojos: era el hielo que rodeaba su corazón, derretido por el fuerte amor de él. Las lágrimas cayeron sobre las mejillas ardientes del muchacho, y… entonces despertó. Estaba sentado bajo el viejo sauce en una tierra extraña, en el frío de una noche de invierno. Caía del cielo un granizo helado que le azotaba el rostro.

—¡Ha sido la hora más hermosa de mi vida! —dijo—. Y era un sueño. ¡Dios mío, déjame soñarlo otra vez! —Y cerró los ojos, se durmió, soñó.

Hacia la madrugada empezó a nevar. El viento arrastraba la nieve sobre sus pies. Dormía. La gente del pueblo iba camino a la iglesia. Junto al camino, sentado, había un joven oficial. Estaba muerto, congelado. Bajo el sauce.

FIN

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Hans Christian Andersen - Bajo el sauce
  • Autor: Hans Christian Andersen
  • Título: Bajo el sauce
  • Título Original: Under Piletræet
  • Publicado en: Historier. Anden Samling (1852)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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