Sinopsis: «El científico loco» (The Mad Scientist) es un cuento de Isaac Asimov, publicado en julio de 1989 en la revista Analog Science Fiction and Fact y luego recogido en el libro Magic: The Final Fantasy Collection (1996). George, un sujeto locuaz y oportunista, interrumpe el trabajo de su amigo escritor aprovechando que la esposa de este no está en casa. Durante el encuentro le narra la historia de Martinus Augustus Dander, un físico amargado y excéntrico que asegura haber descubierto una teoría revolucionaria capaz de obtener energía ilimitada del vacío. Sin embargo, su falta de prestigio académico hace que sus artículos sean rechazados una y otra vez. Para ayudarlo, George decide recurrir a Azazel, un diminuto ser extraterrestre con poderes más allá de las capacidades humanas.

El científico loco
Isaac Asimov
(Cuento completo)
George y yo solemos encontrarnos en algún lugar neutral: en un restaurante o en la banca de un parque, por ejemplo. La razón es simple: mi esposa no lo quiere en nuestro apartamento porque piensa que es un vividor… y yo estoy de acuerdo. Además, ella es inmune a su encanto y yo, por alguna razón que no logro comprender, no lo soy.
Sin embargo, mi querida esposa había salido por todo el día y George lo sabía, así que se apareció por la tarde. No podía simplemente cerrarle la puerta en la cara, de modo que lo hice pasar con todo el entusiasmo que fui capaz de reunir. No fue mucho, porque tenía un plazo de entrega encima y unas galeradas que debía revisar.
—Espero que no te importe —le dije—. Tengo que terminar esto. ¿Por qué no agarras un libro y lees un rato?
La verdad, no creí que fuera a hacerlo. Me fulminó un momento con la mirada y luego, señalando las galeradas, dijo:
—¿Cuánto tiempo llevas ganándote la vida así?
—Cincuenta años —murmuré.
—¿No es suficiente? ¿Por qué no lo dejas?
—Porque —dije, pronunciando cada palabra con mucha claridad— tengo que ganar suficiente dinero para mantener a esos amigos míos que no paran de devorar comidas a mi costa.
Quise que aquello le doliera, pero George es inmune a ese tipo de cosas. Dijo:
—Yo pensaría que, después de pasarte cincuenta años escribiendo historias de científicos locos, el cerebro se te habría encogido hasta quedar como un maní.
El dolido fui yo. Repliqué con bastante sequedad:
—Yo no escribo historias de científicos locos. Nadie en la ciencia ficción que esté por encima del nivel de las tiras cómicas lo hace. Esas historias se escribían en tiempos de los neandertales; hoy ya nadie las escribe.
—¿Por qué no?
—Porque están pasadas de moda. Y, además, la locura de los científicos es una burda patraña que solo aceptan los banales sin remedio y los adictos a los clichés. No existen los científicos locos. Algunos podrán ser afablemente excéntricos, quizá, pero nunca locos.
—¿De veras? —dijo George—. Yo conocí una vez a un científico loco. Martinus Augustus Dander. Hasta las iniciales de su nombre denotaban locura. ¿Has oído hablar de él?
—Nunca —dije, y clavé los ojos en mis galeradas.
—No dije que estuviera para que lo internaran —dijo George, ignorando por completo mis galeradas—, pero cualquier persona aburrida, respetable y poco interesante…, tú, por ejemplo…, lo habría considerado loco. Voy a contarte su historia…
—Después —dije, y una nota de súplica se coló en mi voz.
* * *
Veo que, pese a tu torpe intento de aficionado por parecer ocupado, te mueres por oír el relato [dijo George], así que no voy a torturarte haciéndote esperar e iré directo al grano.
Mi buen amigo Martinus Augustus Dander era físico. Había obtenido su doctorado en física en la Universidad Mudlark, en Tennessee, y en la época en que ocurrió todo esto era profesor de física en la Escuela de Ciencias Físicas por Correspondencia de Flatbush.
Yo solía almorzar con él en la cafetería de la escuela, que quedaba en la esquina de Drexel y la Avenida D, cerca de un carrito de falafel. Mientras nos sentábamos en la escalinata a comer nuestros falafels, o de vez en cuando un knish, él me abría su alma.
Era un físico brillante, pero un hombre amargado. Mi propio conocimiento de la física se detiene más o menos por la época de Newton G. Descartes, así que no puedo juzgar su brillantez de primera mano; pero él me decía que era brillante, y sin duda un físico brillante es capaz de reconocer la brillantez cuando la ve.
Su amargura nacía de que nadie lo tomaba en serio. Solía decirme:
—George, en el mundo de la física todo depende de tus contactos. Si yo tuviera un título de Harvard y enseñara en Yale, o en el MIT, o en CalTech, o incluso en Columbia, el mundo estaría pendiente de cada una de mis palabras. Pero debo admitir que un doctorado de la aguerrida vieja Mudlark y una cátedra en la Flatbush CSPS pesan algo menos.
—Supongo que Flatbush no forma parte de la Ivy League.
—Tienes toda la razón —dijo Martinus—. No forma parte de la Ivy League. Y, lo que es peor, no tiene equipo de fútbol americano. Aunque —añadió a la defensiva— tampoco lo tiene Columbia, y aun así a mí me ignoran. Physical Reviews no publica mis artículos de investigación. Son brillantes, revolucionarios, de importancia cósmica… (en ese punto sus ojos adquirían ese brillo peculiar que llevaría a personas prosaicas como tú a considerarlo loco) …pero no solo me los rechaza PR, sino también el American Journal of Cosmology, el Connecticut Bulletin of Particle Interactions e incluso la Latvian Society of Impermissible Thought.
—Qué lástima —dije, preguntándome si estaría dispuesto a pagar un knish extra de camote, que aquel carrito en particular preparaba à la française—. ¿Has probado pagando para que te lo publiquen?
—Admito —dijo— que a veces me siento desesperado, pero tengo mi orgullo, George, y jamás pagaré para que publiquen mis teorías capaces de sacudir al mundo.
—Por cierto —pregunté, con débil curiosidad—, ¿cuál es esa teoría tuya capaz de sacudir al mundo?
Miró furtivamente a uno y otro lado, como para asegurarse de que ningún colega estuviera escuchando. Por fortuna, las únicas personas presentes eran algunos individuos de aspecto andrajoso que exploraban el contenido de los basureros cercanos, y una mirada atenta pareció convencerlo de que ninguno de ellos pertenecía al cuerpo docente de la Flatbush CSPS.
Dijo:
—No puedo darte los detalles, por supuesto, porque debo asegurarme de que nadie me robe la idea. Después de todo, mis colegas académicos, aunque en la mayoría de los aspectos sean almas íntegras, no vacilarán en apropiarse de las ideas de cualquiera. Omitiré, por lo tanto, las matemáticas y me limitaré a insinuar los resultados. Sabes, supongo, que una cantidad suficiente de energía, suficientemente concentrada, produce un electrón y un positrón o, dicho de manera más general, cualquier par de partícula y antipartícula.
Asentí con solemnidad. Después de todo, una vez le había echado un vistazo por accidente a uno de tus ensayos científicos, viejo amigo, y algo de eso se me había quedado.
Dander prosiguió:
—La partícula y la antipartícula se desvían en respuesta a un campo electromagnético, una hacia la izquierda y la otra hacia la derecha, y si se encuentran en un buen vacío, se separan indefinidamente sin reconvertirse en energía, ya que en ese vacío no interactúan con nada.
—Ajá —dije, siguiendo con el ojo de la imaginación a aquellas pequeñas criaturas mientras se internaban en el vacío—. Muy cierto.
—Pero las ecuaciones que rigen ese proceso funcionan en ambas direcciones, como puedo demostrar mediante una línea de razonamiento muy sutil. En otras palabras, es posible crear un par partícula-antipartícula, bien separado, en el vacío, sin aporte alguno de energía, por supuesto, ya que en el sentido directo producen energía. Dicho de otro modo, obtenemos energía ilimitada a partir del vacío, haciendo realidad el sueño de todo el que alguna vez deseó tener la lámpara de Aladino. De hecho, solo puedo suponer que los genios de las leyendas árabes medievales conocían mi teoría y la aplicaban.
Por favor, viejo amigo, no me interrumpas con exclamaciones pomposas diciendo que eso es imposible porque exigiría una inversión del tiempo o la violación de la primera y la segunda leyes de la termodinámica. Me limito a relatar lo que Dander me dijo, y lo hago sin agregar comentarios de mi cosecha.
Ahora, para volver a mi historia —y sí, estoy irritado—:
Al oír lo que Dander tenía que decir, comenté pensativamente:
—Pero, Martinus, amigo mío, lo que sugieres implicaría o bien que el tiempo se invierte o bien que tanto la primera como la segunda leyes de la termodinámica quedan violadas.
A lo cual respondió que, en el nivel subatómico, el tiempo puede invertirse y que las leyes de la termodinámica son reglas estadísticas que no se aplican a las partículas subatómicas individuales.
—En ese caso, amigo mío, ¿por qué no le cuentas al mundo este gran descubrimiento tuyo?
—¿Ah, sí? —dijo Dander, con un elaborado gesto de desprecio—. ¿Así, sin más? ¿Qué crees que pasaría si yo acorralara a un colega físico y le dijera lo mismo que acabo de decirte a ti? Balbucearía sobre la inversión del tiempo y las leyes de la termodinámica, igual que tú, y saldría corriendo. ¡No! Lo que necesito es publicar mi teoría con todo detalle en una revista cargada de prestigio y de venerable reputación científica. Entonces la gente prestará atención.
—En ese caso, ¿por qué no publicas…?
No me dejó terminar:
—¿Porque qué editor o revisor estirado y cabeza hueca aceptaría un artículo mío que se apartara aunque fuera un poco de lo habitual? ¿Sabías que James P. Joule no logró que le publicaran su artículo sobre la conservación de la energía en una revista científica porque era cervecero? ¿Sabías que Oliver Heaviside no consiguió que nadie prestara atención a sus importantes trabajos porque era autodidacta y usaba una simbología matemática poco convencional? ¿Y tú esperas que yo, miembro de la humilde Flatbush CSPS, logre que me publiquen?
—Qué lástima —dije, con varonil simpatía.
—¿Qué lástima? —dijo, apartando mi brazo, que descansaba sobre su hombro en gesto de consuelo—. ¿Eso es todo lo que se te ocurre? ¿Te das cuenta de que, si tan solo lograra que me publicaran el artículo, quienes lo estudiaran verían exactamente lo que quiero decir y lo reconocerían como el mayor avance y aplicación de la teoría cuántica jamás propuesto? ¿Te das cuenta de que sin duda recibiría el Premio Nobel y sería canonizado junto a Albert Einstein? Y solo porque nadie dentro del establishment científico tiene el valor ni la inteligencia para reconocer al genio, estoy condenado a yacer en una tumba sin nombre: sin lágrimas, sin honores y sin que nadie me cante.
Eso me conmovió, viejo amigo, aunque debo admitir que no tenía la menor idea de por qué a Dander le molestaba tanto quedarse sin que le cantaran. No alcanzo a imaginar qué bien podría hacerle a su cadáver que un grupo de rock aullara sobre su tumba recién removida.
Dije:
—Sabes, Martinus, puedo hacer algo por ti.
—Oh —dijo, con un leve matiz de amargura en la voz—. Quizá seas primo segundo del editor de Physical Reviews; o tal vez tu hermana sea su amante; o quizá estés al tanto de los detalles exactos de cómo consiguió su puesto, después de las sospechosas…
Levanté una mano austera.
—Tengo mis métodos —dije—. Te prometo que conseguiré que publiquen tu artículo.
* * *
Y así fue, porque da la casualidad de que sé cómo ponerme en contacto con un ser extraterrestre de dos centímetros, al que llamo Azazel, y cuya tecnología avanzada le permite…
(Oh, ya has oído hablar de él. ¿Acaso no te advertí ya de las terribles consecuencias que tendría para ti si él te oyera repetir esa necedad tuya de siempre?)
En cualquier caso, me puse en contacto con él y llegó a mi apartamento en su habitual estado de altísima irritación. Es, desde luego, un ser pequeño comparado con los seres humanos de nuestro planeta y, de hecho, todavía más pequeño comparado con las inteligencias de su propio mundo, todas las cuales, según he podido averiguar, tienen largos cuernos curvos y puntiagudos, a diferencia de los pequeños muñones que luce Azazel para su indecible bochorno. A la infelicidad que le produce su tamaño y su equipamiento de pigmeo atribuyo yo su temperamento fogoso. Una persona de comprensión tan amplia como la mía puede simpatizar con su situación e incluso aprobarla, ya que sus frustraciones me resultan útiles. Después de todo, solo concede mis peticiones porque así tiene la oportunidad de demostrar lo que vale, cosa que jamás le ocurre en su propio mundo.
En este caso, sin embargo, su furia se esfumó apenas le expliqué la situación.
Dijo pensativamente, con su agudo chillido:
—Pobre hombre. Así que anda peleado con los editores, ¿eh?
—Me temo que sí —dije.
—No me sorprende —dijo Azazel—. Los editores son demonios, todos y cada uno, y ajustarles las cuentas después de haberse peleado con ellos es una tarea digna. El mundo sería más feliz, más puro y más fragante —su voz se alzó de pronto en un arrebato apasionado— si todos los editores fueran enterrados bajo una inmensa montaña de apestoso maradram, aunque, claro está, los editores harían que oliera peor..
—¿Cómo es que sabes tanto de editores?
—Pues, una vez escribí un cuentecillo tierno, perfumado de amor verdadero y rebosante de sacrificio, y un increíble estúpido…
Se interrumpió.
—¿Quieres decir que en esta atrasada bola de barro ustedes tienen editores del mismo tipo que nosotros en nuestro avanzado mundo?
—Eso parece.
Azazel sacudió la cabeza.
—Lo cierto es que todas las sociedades inteligentes son iguales en lo fundamental. Podemos diferir en las superficialidades —como la constitución biológica, las actitudes mentales o la sensibilidad moral—, pero en lo esencial, en lo que define a los editores, somos iguales.
(Sí, viejo amigo, ya sé que tú no tienes problemas con los editores, pero eso es porque te arrastras.)
—¿Hay algo que puedas hacer, oh Todopoderoso y Señor del Universo, para remediar la situación? —pregunté.
Azazel reflexionó.
—Necesito algún indicio de la constitución psíquica de algún editor en particular. Supongo que tu amigo tendrá una…, perdona la expresión…, carta de rechazo de algún editor.
—Estoy convencido de ello, Gran Señor.
—La redacción y el aura de esa carta me darían la información que necesito. Un ligero ajuste de esa aura, una gota de la leche de la bondad humana, una pizca de inteligencia, un rastro de tolerancia… No se puede esperar convertir a un editor en un faro moral, claro está, pero sí se puede atenuar un poco la maldad…
Pues bien, no es mi intención entrar en los pormenores de las técnicas de Azazel; de todos modos, sería peligroso hacerlo.
Baste decir que me hice con una carta de rechazo del profesor Dander mediante una hábil maniobra estratégica que consistió en forzar la cerradura de su oficina y revisar sus archivos. Después lo convencí de que volviera a enviar su artículo a la revista de cuyas augustas oficinas había salido la carta de rechazo.
De hecho, viejo amigo, usé un pequeño truco que una vez te aprendí a ti. Le dije:
—Dander, amigo mío, devuelve este artículo a ese incompetente de corazón negro y acompáñalo con una carta que diga lo siguiente: «He realizado todos los cambios sugeridos por el revisor y resulta increíble hasta qué punto han mejorado el artículo. Estoy agradecido a todos ustedes por su ayuda».
Dander puso débiles reparos al principio, señalando que no había hecho ningún cambio y que, por lo tanto, aquella declaración no constituía una descripción objetiva de las circunstancias reales. Sin embargo, le expliqué que lo que necesitaba era una publicación, no una insignia de Boy Scout.
Se quedó pensando un rato y luego dijo:
—Tienes razón. Una insignia de Boy Scout sería de lo más inapropiada, ya que en realidad nunca llegué a calificar para ser scout. Reprobé identificación de árboles.
Allá se fue el artículo y, dos meses después, fue publicado. No tienes idea de lo feliz que estaba Martinus Augustus Dander. Compramos en la cafetería callejera suficiente carne en brochetas como para abrasarnos el estómago, y luego la bajamos con vaso tras vaso de orange crush à la ptomaine.
(Por favor, deja de asentir con la cabeza, viejo amigo, y de alargar la mano hacia tus lúgubres galeradas. No he terminado la historia.)
* * *
Fue más o menos por esa época cuando pasé un invierno con aquel amigo mío que tenía una casa en el campo; aquel al que le enseñé a caminar sobre la nieve. Creo haberte contado esa historia. Por eso no vi al profesor Dander durante unos tres o cuatro meses.
Sin embargo, fui a buscarlo apenas regresé, porque estaba seguro de que a esas alturas ya habría completado negociaciones preliminares con alguna empresa japonesa para fabricar energía de la nada y de que estaría nadando en billetes de alta denominación. Estaba seguro de que no estaría de humor para andar con mezquindades y de que una cena en Burger King era perfectamente factible. Incluso llevaba una botella de mi propia mezcla especial de kétchup, por si acaso.
Lo encontré en su oficina mirando fijamente la pared, con la mirada perdida. Tenía una barba de tres días y su traje parecía como si hubiera dormido con él durante tres noches, aunque él mismo tenía aspecto de no haber pegado un ojo en cuatro. Era una paradoja que no intenté desentrañar.
—Profesor Dander, ¿qué ha pasado?
Levantó la vista hacia mí con ojos apagados. Tardaron en enfocar, y un atisbo de comprensión fue asomándose en ellos poco a poco.
—¿George? —dijo.
—El mismo —le aseguré.
—No funcionó, George —dijo débilmente—. Me fallaste.
—¿Te fallé? ¿De qué manera?
—El artículo. Fue publicado. Todo el mundo lo leyó. Cada persona que lo leyó encontró un error matemático. Cada persona que lo leyó encontró un error matemático distinto. Me engañaste, George. Dijiste que resolverías mi problema y no lo hiciste. Solo me queda una cosa por hacer, George. Sumé la cuenta de la comida en la cafetería de la esquina. Me debes 116,50 dólares solo en porciones de pizza, George.
Aquello me horrorizó. Una vez que mis amigos empiezan a hacer cuentas, quién sabe dónde puede terminar eso. Hasta tú podrías animarte a hacerlo, pese a lo mal que se te dan las sumas.
—Profesor Dander, yo no lo engañé. Le dije que me encargaría de que publicaran su artículo, y eso hice. No prometí nada más. Nunca se me ocurrió garantizarle las matemáticas. ¿Cómo pretendía que yo supiera que sus matemáticas fallaban?
—No fallaban. —Cierta energía indignada se coló en su voz—. No fallaban.
—¿Pero y esos profesores que encontraron errores?
—¡Necios, todos y cada uno! No saben nada de matemáticas.
—Pero cada uno encontró un error distinto.
—Exactamente.
Su voz era ya casi normal y sus ojos empezaban a brillar.
— Debí suponerlo. Son incompetentes. Tienen que serlo. Si entendieran de matemáticas, todos habrían encontrado el mismo error.
Entonces el brillo se apagó y volvió a invadirlo un aire de desesperanza.
—Pero ¿de qué sirve? —dijo—. Han destruido mi reputación. Me he convertido en el hazmerreír. A menos que… A menos que…
Se incorporó de pronto y me aferró la mano.
— A menos que pueda demostrárselos.
—¿Y cómo piensa demostrárselos, profesor?
—Hasta ahora solo tengo una teoría, una línea de razonamiento, una intrincada demostración matemática. Eso es algo contra lo que se puede argumentar y, supuestamente, refutar. Pero si logro producir realmente mis partículas y antipartículas… Si puedo hacerlo en cantidades significativas y generar enormes volúmenes de energía de la nada…
—Sí, pero ¿puede?
—Tiene que haber algún modo. Tendré que pensar…, pensar…
Hundió la cabeza entre los puños.
—Pensar —murmuró—. Pensar.
Luego levantó la vista hacia mí, con los ojos entrecerrados.
—Después de todo, ya se ha hecho antes.
—¿Ah, sí?
—Sin la menor duda. Estoy convencido. Hace ochenta años, algún ruso debió de encontrar un método para obtener energía del vacío. Einstein acababa de establecer la teoría cuántica en 1905 con su trabajo sobre el efecto fotoeléctrico, y de ahí se seguía…
No voy a negar que me mostré escéptico.
—¿Y cómo se llamaba ese ruso?
—¿Cómo voy a saberlo? —dijo Dander, indignado—. Pero debió de crear una masa de partículas aquí en la Tierra y una masa igual de antipartículas en el espacio, más allá de la atmósfera, simplemente como demostración. Se curvaron una hacia la otra y se encontraron en la atmósfera. Eso fue en 1908, en Siberia, cerca del río Tunguska. Se lo conoce como el Evento de Tunguska. Nadie pudo averiguar qué había pasado. Derribó todos los árboles en un radio de sesenta kilómetros, pero no dejó cráter. Pero nosotros sí sabemos qué pasó, ¿verdad?
Se había puesto muy nervioso y se había levantado de un salto. Daba brincos de un lado a otro frotándose las manos. Balbuceaba de puro entusiasmo:
—Aquel ruso, quienquiera que fuese, experimentó deliberadamente en pleno centro de Siberia para evitar daños y sin duda murió en la explosión. Hoy en día, sin embargo, tenemos formas de realizar experimentos a gran distancia con señales de radio.
—Dander —dije, bastante alarmado—. No estará pensando en realizar experimentos peligrosos.
—¿Que no? —dijo, y el rostro se le torció en una expresión de pura maldad.
Fue entonces cuando la locura empezó a mostrarse de verdad. Recuerda que te dije que era un científico loco.
—Se los demostraré —chilló—. Se los demostraré a todos. Ya verán si se puede o no obtener energía del vacío. Crearé una explosión que sacudirá la Tierra hasta sus cimientos. ¿Así que se ríen de mí?
Entonces se volvió contra mí de golpe.
—¡Fuera! ¡Fuera de aquí! Sé muy bien que intentas robarme las ideas, pero no lo lograrás. Te arrancaré el corazón y lo picaré hasta hacerlo papilla.
Agarró un instrumento de borde afilado que había sobre el escritorio y se me vino encima, sin dejar de desvariar.
Bien, viejo amigo, que nadie diga jamás de mí que no sé reconocer cuándo no soy bienvenido. Me retiré con la dignidad que tan bien me sienta…, corriendo un poco, claro está.
No volví a ver a Dander y ya no está en la Flatbush CSPS.
Y esa es mi historia del científico loco.
* * *
Me quedé mirando el rostro de George, con su expresión de plácida inocencia.
Dije:
—¿Cuándo pasó todo eso, George?
—Hace varios años.
— Naturalmente, conservas una copia del artículo del profesor Dander.
—No, viejo amigo, la verdad es que no.
—Al menos tendrás una referencia de la revista en que se publicó.
—No tengo la menor idea, viejo amigo. No me interesan esas trivialidades.
—No te creo ni por un instante, George. Cuando me dices que ese científico loco tuyo anda por ahí intentando provocar una enorme colisión de materia y antimateria, te digo que todo eso son disparates.
—Por tu propia tranquilidad —dijo George con calma—, será mejor que sigas pensándolo. Sin embargo, en algún lugar de este mundo, Dander trabaja sin descanso. Por lo último que alcanzó a balbucear, entiendo que planeaba crear un Evento de Tunguska a larga distancia sobre la parte baja del Potomac. Señaló que, después del centro de Siberia o quizá del desierto de Gobi, Washington, D. C., era el lugar más prescindible de la Tierra. Naturalmente, su destrucción convencerá a lo que quede del gobierno de que los soviéticos han atacado, y la respuesta será inmediata, de modo que la guerra termonuclear resultante destruirá la Tierra. Así que me preguntaba si podrías prestarme cincuenta dólares hasta el primero del mes, querido amigo.
—¿Y por qué habría de hacerlo?
—Porque, si Dander tiene éxito, el dinero habrá perdido todo valor y tú no habrás perdido nada. O, para decirlo de otro modo, lo habrás perdido todo, así que ¿qué importan otros cincuenta?
—Sí, pero ¿y si Dander no tiene éxito?
—En ese caso, aliviado como estarás al saber que toda la humanidad sobrevivirá, ¿vas a ser tan mezquino como para regatear por unos míseros cincuenta dólares?
Le di los cincuenta.
FIN
