Jesse Weill levantó la vista de su escritorio. Su cuerpo viejo y descarnado, la nariz de prominente caballete, los ojos hundidos y sombríos y las sorprendentes greñas canosas habían definido su aspecto durante los años que Sueños, Inc. se había hecho mundialmente famosa.

—¿Ya está aquí el chico, Joe? —preguntó.

Joe Dooley era un hombre corpulento y de baja estatura. Un puro acariciaba su húmedo labio inferior. Se quitó el cigarro de la boca por un instante e hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Ha venido con sus padres. Todos están asustados.

—¿Está seguro de que no se trata de una falsa alarma, Joe? No dispongo de mucho tiempo. —Consultó su reloj—. Asuntos gubernamentales a las dos.

—Es una cosa segura, señor Weill. —El rostro de Dooley era todo seriedad. Sus carrillos temblaban con persuasiva intensidad—. Tal como le conté, lo encontré en el patio de la escuela jugando a algo parecido al baloncesto. Tenía que haber visto al chico. Era malísimo. Cuando tenía la pelota en sus manos, su propio equipo debía ir a cogérsela, y deprisa, pero al mismo tiempo tenía la actitud de una estrella del deporte. ¿Comprende? Para mí fue una revelación involuntaria.

—¿Habló con él?

—Sí, claro. A la hora de comer. Usted ya me conoce. —Dooley hizo un amplío gesto con su puro y cogió la ceniza con su otra mano—. Chico, le dije…

—¿Y cree que servirá para soñador?

—Le dije: «Mira, chico, acabo de llegar de África y…»

—Muy bien. —Weill alzó una mano para interrumpirle—. Siempre me fiaré de su palabra. No sé cómo se las arregla, pero cuando usted dice que un chico es un soñador potencial, no me queda más remedio que aceptarlo. Hágalo pasar.

El chico entró en el despacho con sus padres. Dooley ofreció asiento, y Weill se levantó para estrechar las manos de los recién llegados. Sonrió al niño de una manera tan especial que hasta las arrugas de su rostro reflejaron benevolencia.

—¿Eres Tommy Slutsky?

Tommy asintió silenciosamente con la cabeza. Aparentaba unos diez años y no estaba demasiado desarrollado para su edad. Su cabello negro estaba peinado de forma poco convincente, y su cara increíblemente limpia.

—¿Te portas bien? —preguntó Weill.

La madre del niño sonrió al momento y acarició maternalmente la cabeza de Tommy (un gesto que no suavizó la expresión de ansiedad del rostro de éste).

—Es muy buen chico —dijo la madre.

—Dime, Tommy —prosiguió Weill, haciendo caso omiso de la última y dudosa afirmación. Ofreció un caramelo y el chico lo aceptó tras una ligera vacilación—. ¿Conoces los cilindros de sueños?

—Un poco —respondió Tommy, con una voz aguda e insegura.

El señor Slutsky se aclaró la garganta. Era un hombre ancho de hombros y de dedos gruesos, el tipo de trabajador que, de vez en cuando y para confusión de la eugenesia, procreaba un soñador.

—Alquilamos algunos para el chico —dijo—. Sueños muy viejos.

—¿Te gustaron, Tommy? —inquirió Weill.

—Eran un poco tontos.

—¿Te inventas sueños mejores para ti? ¿Sí?

La sonrisa que se extendió por las facciones infantiles produjo el efecto de mitigar en parte la irrealidad de aquel pelo tan bien peinado y aquella cara tan limpia.

—¿Te gustaría inventar un sueño para mí? —continuó Weill, en un tono muy amable.

—Creo que no. —Tommy se había puesto muy nervioso.

—No será difícil. Ya verás… Joe.

Dooley apartó un biombo y acercó la mesita de ruedas sobre la que estaba la grabadora de sueños.

El chico fijó la vista en el aparato. Weill cogió el casco y lo aproximó al muchacho.

—¿Sabes qué es esto? —preguntó.

—No —repuso Tommy echándose hacia atrás.

—Es un pensador. Lo llamamos así porque la gente piensa dentro del casco. Póntelo en la cabeza y piensa en cualquier cosa.

—¿Y luego qué pasa?

—Nada. Te sentirás muy bien.

—No. Creo que no me lo pondré.

La madre del joven se inclinó precipitadamente hacia él.

—No te hará daño, Tommy —dijo. Había un inconfundible rasgo de irritación en su voz—. Haz lo que este señor te diga.

Tommy se puso rígido y pareció estar a punto de llorar, pero no lo hizo. Weill le colocó el pensador, cuidadosa y lentamente, y dejó pasar treinta segundos antes de seguir hablando, de modo que el chico comprobara que no debía temer nada y se acostumbrara al suave contacto de las fibrillas (que penetraban en la piel sin que el sujeto pudiera percibirlas apenas) con las suturas de su cerebro. Además, Tommy debía familiarizarse con el tenue zumbido de los vórtices del campo alternador.

—¿Quieres pensar algo para nosotros? —preguntó finalmente.

—¿El qué? —Del casco sólo asomaban la nariz y la boca de Tommy.

—Lo que tú quieras. ¿Qué es lo que más te gustaría hacer cuando salgas del colegio?

Tommy pensó un instante.

—¿Ir en un estratojet?

—¿Por qué no? Estás en un jet. Está despegando ahora mismo.

Hizo una seña a Dooley y éste conectó la grabadora. La prueba duró cinco minutos. A continuación, Tommy y su madre salieron del despacho acompañados por Joe Dooley. El muchacho parecía confundido, pero la experiencia no le había afectado lo más mínimo.

—Bien, señor Slutsky. Si su hijo pasa esta prueba, le pagaremos quinientos dólares anuales hasta que el chico termine sus estudios superiores. Después sólo le pediremos una cosa: que Tommy pase una hora semanal en nuestra escuela especial.

—¿Debo firmar algún papel? —La voz de Slutsky era un poco ronca.

—Sí, desde luego. Es un negocio, señor Slutsky.

—Bueno, no sé. He oído decir que los soñadores son difíciles de encontrar.

—Lo son, lo son. Pero su hijo, señor Slutsky, todavía no es un soñador. Quizá no lo sea nunca. Quinientos dólares anuales es un riesgo para nosotros. Pero no para usted. Cuando Tommy tenga dieciocho años, podríamos encontrarnos con que no es un soñador. Pero usted no habrá perdido nada. Al contrarío, habrá ganado un total aproximado de cuatro mil dólares. Y si es un soñador, él se ganará muy bien la vida y usted seguirá sin haber perdido nada.

—Necesitará un entrenamiento especial, ¿no?

—Oh, sí. Y muy duro. Pero no tenemos que preocuparnos por eso hasta que Tommy termine sus estudios. Luego pasará dos años con nosotros y después se someterá al entrenamiento. Confíe en mí, señor Slutsky.

—¿Me garantizará ese entrenamiento especial?

Weill, que había aproximado un documento a su interlocutor y estaba tendiéndole una pluma al revés, puso ésta correctamente y procuró contener la risa.

—¿Garantizar? No. ¿Cómo voy a hacer tal cosa, cuando todavía no sabemos con certeza si es o no un talento real? No obstante, los quinientos dólares anuales no son nada despreciables.

Slutsky meditó un instante y agitó su cabeza.

—Se lo diré claramente, señor Weill —dijo por fin—. Después de acordar con su empleado que vendríamos aquí, telefoneé a Luster-Think. Dijeron que garantizarían el entrenamiento.

—Señor Slutsky —suspiró Weill—, no me gusta hablar mal de la competencia. Si le dijeron que garantizarían el entrenamiento, lo harán. Pero es imposible hacer un soñador de un muchacho si él carece de tal cualidad. Si cogen a un chico que no tiene el talento adecuado y lo someten a un curso de preparación, lo destrozarán. No será un soñador, eso por descontado, pero tampoco será un ser humano normal. No se arriesgue a hacerle eso a su hijo.

»Sueños, Inc. será honesta con usted. Si es posible, haremos de él un soñador. Si no, se lo devolveremos tal cual y le diremos: «Déjele aprender un oficio.» Será mejor para el chico. Créame, señor Slutsky, tengo hijos, hijas y nietos, y sé lo que le digo: no permitiría que un hijo mío pasara la experiencia sin estar preparado para ella. Ni aunque me ofrecieran un millón de dólares.

Slutsky se limpió la boca con el dorso de la mano y cogió la pluma estilográfica.

—¿Qué dice aquí? —preguntó.

—Se trata simplemente de una opción. Le pagamos ahora mismo cien dólares en efectivo. Sin condiciones. Estudiaremos el sueño del muchacho. Si creemos que el caso vale la pena, volveremos a llamarle y cerraremos el trato de los quinientos dólares anuales. Déjelo todo en mis manos, señor Slutsky, y no se preocupe. No se arrepentirá.

Slutsky firmó.

Weill introdujo el documento en la ranura del archivador y entregó un sobre a Slutsky.

Cinco minutos más tarde, solo en el despacho, Weill se colocó el casco y revivió el sueño de Tommy. Era el típico sueño infantil. El protagonista estaba ante los controles del avión, un aparato que parecía una mezcla de imágenes de las películas, el consuelo de los que carecían de tiempo, ganas o dinero para comprar cilindros de sueños.

Al quitarse el casco, descubrió que Dooley le estaba mirando.

—¿Y bien, señor Weill? ¿Qué le parece? —preguntó ansiosamente Dooley.

—Tal vez, Joe, tal vez. Tratándose de un chico de diez años y sin un ápice de entrenamiento, el caso es prometedor. El muchacho capta muy bien los detalles. Cuando el avión se metió entre las nubes, hubo una clara sensación de almohadones. Y también olor a sábanas limpias, un detalle muy divertido. Podemos ocuparnos de él, Joe.

—Excelente. —La aprobación de Weill satisfizo plenamente a Joe.

—Pero le diré una cosa, Joe: necesitamos descubrirlos más pronto todavía. ¿Y por qué no? Algún día, Joe, todos los niños pasarán la prueba al nacer. Debe de existir una diferencia evidente en el cerebro y habría que encontrarla. De ese modo podríamos seleccionar a los soñadores ya desde el principio.

—Vaya, señor Weill —dijo Joe con aspecto ofendido—. ¿Y qué sucedería entonces con mi empleo?

Weill se rio de buena gana.

—Aún es pronto para que se preocupe, Joe. Eso no sucederá durante nuestras vidas. O al menos, no durante la mía. Seguiremos dependiendo muchos años de talentos exploradores como el suyo. Observe en los parques y las calles… —La rugosa mano de Weill apretó suave y aprobadoramente el hombro de Dooley—, y encuéntrenos unos cuantos Hillary y Janow para que Luster-Think no nos pisen los talones… Ahora puede irse. Quiero comer y estar preparado para mi cita de las dos. El gobierno, Joe, el gobierno. —Y dicho esto, parpadeó nerviosamente.

La cita que Jesse Weill tenía a las dos era con un hombre joven, mofletes de manzana, gafas, cabellos claros y resplandecientes, con la intensidad de una persona que debe cumplir una misión. Mostró sus credenciales a Weill y se presentó como John J. Byrne, agente del Departamento de Artes y Ciencias.

—Buenas tardes, señor Byrne —saludó Weill—. ¿En qué puedo servirle?

—¿Hay alguien que pueda escucharnos? —preguntó el agente. Tenía una sorprendente voz de barítono.

—Nadie en absoluto.

—Entonces, si no le importa, voy a pedirle que asimile esto. —Byrne sacó un pequeño cilindro de aspecto deforme y lo sostuvo entre sus dedos pulgar e índice.

Weill lo cogió, sopesó y observó. Finalizado su examen, exhibió ampliamente su dentadura mientras sonreía.

—No es un producto de Sueños, Inc., señor Byrne —dijo.

—No pensaba que lo fuera. Insisto en que lo asimile. Aunque le recomiendo que ajuste el interruptor automático para que actúe al cabo de un minuto.

—¿Ese es todo el tiempo que se puede resistir?

Weill acercó el receptor a su escritorio y colocó el cilindro en la parte reproductora. Después lo sacó, limpió ambos extremos del cilindro con su pañuelo y efectuó un segundo intento.

—No hace buen contacto —explicó—. Un trabajo de aficionados.

Se colocó en la cabeza el casco de reproducción y ajustó los contactos de las sienes y el interruptor automático. Se recostó en la silla con los brazos cruzados e inició la asimilación.

Sus dedos fueron adquiriendo rigidez y se aferraron a la chaqueta. Una vez interrumpida la emisión, Weill se quitó el casco. Estaba ligeramente enojado.

—¡Qué vulgaridad! —exclamó—. Me alegro de ser viejo y que estas cosas hayan dejado de preocuparme.

—Y sin embargo —dijo Byrne, muy serio—, no es lo peor que hemos encontrado. Además, esta moda está extendiéndose.

—Sueños pornográficos. —Weill hizo un gesto de indiferencia—. Supongo que es un fenómeno lógico.

—Lógico o no, representa un peligro mortal para la moralidad de la nación.

—La moralidad es capazde resistir muchos golpes. El erotismo ha sido una constante de nuestra historia, de un modo o de otro.

—Pero no como éste, señor. Una estimulación directa de mente a mente es mucho más efectiva que las novelas subidas de tono o las películas obscenas. En esos casos, la imagen debe filtrarse hasta los sentidos, perdiendo así parte de su efecto.

—¿Qué desea que haga? —preguntó Weill, ya que difícilmente podía discutir el punto de vista del representante gubernamental.

—¿Se le ocurre una posible procedencia de este cilindro?

—Señor Byrne, no soy policía.

—No, no. No le estoy pidiendo que haga nuestro trabajo. El departamento tiene toda la capacidad necesaria para dirigir sus propias investigaciones. Lo que le pregunto es si puede colaborar con su experiencia en este campo. Usted afirmó que su compañía no fabricó ese cilindro. ¿Quién lo hizo?

—No puede tratarse de un distribuidor conocido. De eso estoy seguro. Es un trabajo muy burdo.

—Quizá lo hayan hecho así a propósito.

—Y ningún soñador profesional ha intervenido en esto.

—¿Está seguro, señor Weill? ¿No es posible que los soñadores hagan este tipo de trabajo por pequeñas e ilegales cantidades de dinero…? ¿O por simple diversión?

—Sí, es posible, pero no en este caso concreto. No hay relieves, son imágenes bidimensionales. Aunque debo reconocer que tampoco hacen falta relieves en este tipo de sueños.

—¿Qué entiende por relieves?

—¿No es usted aficionado a los sueños? —preguntó Weill con una amable sonrisa.

—Prefiero la música. —Byrne había tratado de no mostrarse demasiado virtuoso, pero no lo logró por entero.

—Bueno, eso también está bien. Pero hace un poco difícil explicar el concepto de relieves. Incluso la gente que asimila sueños podría ser incapaz de responder su pregunta. No obstante, si un sueño careciera de relieves, no les gustaría, aunque no supieran explicar el porqué. Mire, cuando un soñador experto inicia su trabajo, sus imágenes no tienen nada que ver con las de la anticuada televisión o las películas. Se trata de una serie de visiones, y cada una de ellas posee diversos significados. Si las analizara con sumo cuidado, descubriría cinco o seis. Cuando se asimilan de forma ordinaria, jamás se advierte la combinación, pero un estudio concienzudo lo demuestra. Créame, mi sección de psicología dedica a ello mucho tiempo. Todos los relieves, distintos significados, se mezclan en un conjunto emocional orientado. Sin ellos, el resultado sería vulgar, insulso.

»Esta mañana hice una prueba a un niño de diez años y que tiene ciertas aptitudes. Para él, una nube no es simplemente una nube sino también un almohadón. La combinación de las dos sensaciones supera la particular de cada una de ellas. El chico es muy primitivo, desde luego; pero cuando termine sus estudios será entrenado y sometido a una disciplina mental. Captará todo tipo de sensaciones y acumulará experiencia. Analizará sueños clásicos del pasado. Aprenderá a controlar y dirigir sus pensamientos, aunque, fíjese bien, siempre he opinado que cuando un soñador improvisa…

Weill se interrumpió bruscamente. Después prosiguió en tono menos apasionado:

—No debería excitarme. Todo lo que trato de explicarle es que todo soñador profesional posee su tipo particular de relieves, una característica que no puede ocultar y que para los expertos tiene el valor de una firma. Y yo, señor Byrne, conozco todas las firmas. Esa obscenidad que ha traído carece por completo de relieves. Un talento de segunda, quizá, pero al igual que usted o yo, no puede pensar.

Byrne enrojeció ligeramente.

—No todo el mundo es incapaz de pensar, señor Weill, aun cuando no elaboren sueños.

—¡Oh, vamos! —Weill agitó su mano—. No se enfade por lo que dice un viejo. No estoy hablando de pensar en el sentido de razonar, sino de soñar. Todos podemos soñar hasta cierto punto, del mismo modo que podemos correr. ¿Pero nos atreveríamos usted y yo a correr la milla en menos de cuatro minutos? Todos podemos hablar, ¿pero acaso como Daniel Webster? Cuando pienso en un bistec, pienso en la palabra bistec. Quizá tengo una imagen fugaz de un filete servido en un plato. Quizá usted sea más imaginativo y vea la grasa, la cebolla frita y las patatas asadas, no lo sé. Pero un soñador… El soñador ve el bistec, lo huele y lo saborea, percibe la satisfacción en el estómago, el cuchillo cortando la carne y muchas cosas más… en un solo instante. Es muy sensitivo. Muy sensitivo. Usted y yo no podemos imitarle.

—De modo que ningún profesional ha hecho esto —dijo Byrne—. Algo es algo. —Guardó el cilindro en el bolsillo interior de su americana—. Confío en que contaremos con su colaboración para poner fin a esta situación.

—Naturalmente, señor Byrne. Se la ofrezco de todo corazón.

—Confío en ello —dijo Byrne, ahora hablando en tono autoritario—. Señor Weill, no me corresponde a mí decidir qué se hará y qué no se hará, pero esto… —Dio una palmada sobre el cilindro—. Esto va a ser una tentación terrible para imponer una censura muy estricta sobre los sueños. —Se incorporó—. Buenas tardes, señor Weill.

—Buenas tardes, señor Byrne. Yo siempre confío en lo mejor.

Francis Belanger irrumpió en el despacho de Jesse Weill con su acostumbrada excitación, cabello pelirrojo en desorden y rostro preocupado y sudoroso. Le sorprendió ver a Weill con los brazos cruzados sobre el escritorio y la cabeza reposando en ellos, de modo que sólo sus canas eran visibles. Belanger tragó saliva.

—¿Jefe?

—¿Eres tú, Frank? —dijo Weill alzando la cabeza.

—¿Qué ocurre, jefe? ¿Está enfermo?

—Soy lo bastante viejo para estar enfermo, pero sigo al pie del cañón. Tambaleándome, pero al pie del cañón. Un funcionario del gobierno estuvo aquí.

—¿Qué quería?

—Nos amenaza con la censura. Trajo una muestra de lo que se está vendiendo por ahí. Sueños baratos para noches de orgía.

—¡Maldita sea! —exclamó Belanger con auténtica irritación.

—El único problema es que la moralidad es un buen pretexto para una campaña. Van a moverse por todas partes. Y si quieres que te diga la verdad, somos vulnerables, Frank.

¿Nosotros? Nuestro material es limpio. Sólo tratamos aventuras y romances.

Weill frunció el entrecejo. Su labio inferior sobresalió por un instante.

—Entre nosotros, Frank. No hay que fingir. ¿Material limpio? Depende del punto de vista. No es un detalle divulgable, pero tú sabes tan bien como yo que todo sueño tiene sus connotaciones freudianas. Es algo que no se puede negar.

—Claro que no. Pero no se ven a simple vista. Si eres un psiquiatra…

—Y también si eres una persona ordinaria. El observador normal no sabe que el detalle está ahí. Incluso es posible que no sepa diferenciar un símbolo fálico de una imagen materna, aunque alguien lo indicara. Pero su subconsciente capta tales detalles. Y son estas connotaciones las que ejercen más influencia.

—De acuerdo, pero ¿qué piensa hacer el gobierno? ¿Limpiar los subconscientes de la gente?

—Primer problema. No sé qué piensan hacer. Lo que tenemos de nuestro lado, y en eso confío, es el hecho de que el público ama sus sueños y no estará dispuesto a renunciar a ellos… Mientras tanto, ¿a qué has venido? ¿Querías verme?

Belanger dejó un objeto sobre el escritorio y se arregló la parte inferior de su camisa, que asomaba por encima de los pantalones.

Weill abrió la reluciente cubierta de plástico y sacó el cilindro que había dentro. En uno de los extremos estaba grabado el título, en color azul pastel y letra caprichosa: Excursión al Himalaya. Llevaba la marca comercial de Luster-Think.

—Un producto de la competencia —dijo Weill con tono solemne. Después, su boca se crispó en una mueca—. Todavía no ha salido al mercado. ¿Dónde lo has obtenido, Frank?

—No importa. Sólo quería que lo asimilara.

Weill suspiró.

—Al parecer, hoy todos queréis que asimile sueños. Frank, ¿no será nada obsceno?

—Tiene sus símbolos freudianos —contestó el enojado Belanger—. Estrechas hendeduras entre los picos de las montañas. Espero que eso no le moleste.

—Soy un viejo. Hace años que dejé de molestarme… pero aquel cilindro estaba tan defectuosamente elaborado que… resultaba ofensivo. Bien, veamos eso que has traído.

Otra vez la grabadora. De nuevo el casco reproductor sobre su cráneo y sienes. En esta ocasión, Weill se recostó en su silla durante quince minutos o más. Entretanto, Francis Belanger fumó apresuradamente dos cigarrillos.

Cuando Weill se quitó el casco y se restregó los ojos, Belanger preguntó:

—¿Qué opina, jefe?

—No es para mí. —Weill arrugó la frente—. Era repetitivo. Con una competencia así, Sueños, Inc. no tiene motivo para preocuparse. Al menos, de momento.

—Ese es su error, jefe. Luster-Think ganará con este tipo de material. Debemos reaccionar.

—Mira, Frank…

—No, escúcheme. Este es el producto del futuro.

¿Este? —Weill contempló el cilindro con expresión incierta y bastante humorística—. Es obra de aficionados. Repetitivo. Sus relieves apenas tienen vida. La nieve tenía un claro sabor a helado de limón. ¿Es que hay alguien actualmente que le encuentre a la nieve sabor a helado de limón, Frank? En los viejos tiempos, sí. Hace veinte años, como mucho. Cuando Lyman Harrison hizo por primera vez sus Sinfonías en la Nieve, se vendió muy bien en el sur. Cimas con franjas de helado y caramelo y resbalosos riscos cubiertos de chocolate. Esto es una payasada, Frank, no sirve para nuestra época.

—Porque usted está atrasado, jefe, se lo digo sinceramente. Cuando usted empezó el negocio de los sueños, cuando obtuvo las patentes y se puso manos a la obra, los sueños eran un artículo de lujo. El mercado era pequeño y no había competencia. Usted podía invertir cualquier cantidad en sueños especializados y venderlos muy caros.

—Lo sé, y nos hemos mantenido firmes en eso. Pero también hemos abierto un negocio de alquiler para las masas.

—Sí, pero no basta. Nuestros sueños son muy sutiles, de acuerdo. Pueden usarse una y otra vez. Sigues encontrando nuevos detalles a la décima ocasión que reproduces el cilindro, sigues descubriendo motivos de diversión. Pero ¿cuántas personas son expertas en la materia? Y otra cosa. Nuestros productos están muy individualizados. Siempre con un protagonista.

—¿Y bien?

—Luster-Think está inaugurando palacios del sueño. Han abierto uno de trescientas plazas de Nashville. Entras, te sientas, te pones el casco y tienes tu sueño. Todo el público asimila el mismo sueño.

—Había oído hablar de ello, Frank, y no es nada nuevo. No resultó la primera vez y tampoco resultará ahora. ¿Quieres saber por qué? Porque en primer lugar, soñar es un asunto privado. ¿Te gustaría que tu vecino supiera lo que estás soñando? En segundo lugar, en uno de esos palacios del sueño la sesión es única, ¿no es así? De modo que el cliente no puede soñar cuando quiere, sino cuando el encargado dice: «¡Ahora!» Y para terminar, hay sueños que gustan a determinadas personas, pero no a todas. Puedo asegurarte que de las trescientas plazas que me has dicho, ciento cincuenta las ocupará gente que no quedará satisfecha. Y si no les ha gustado la sesión, no volverán.

Belanger se subió lentamente las mangas de la camisa y aflojó la corbata.

—Jefe, está diciendo disparates. ¿Qué utilidad tiene demostrar que esos palacios no resultarán rentables? Ya lo están siendo ahora. Hoy ha corrido el rumor de que Luster-Think está preparando un palacio de mil localidades en San Luis. Las personas pueden acostumbrarse al sueño público, aunque toda la gente de la misma sala tenga idéntico sueño. Y pueden aceptar que el sueño se inicie en un momento dado porque resulta una diversión barata y apropiada.

»¡Maldita sea, jefe, es un asunto social! Un chico y una chica van a un palacio del sueño y asimilan un tema romántico de relieves vulgares y situaciones triviales, pero salen de allí con estrellas centelleando en su cabeza. Han tenido juntos el mismo sueño. Han pasado por idénticas emociones. Están en armonía, jefe. Le apuesto lo que quiera a que volverán al palacio y llevarán a todas sus amistades.

—¿Y si no les gusta el sueño?

—Ahí está el secreto, la esencia del asunto. El sueño les gustará, es forzoso que sea así.

»Si preparamos especiales de Hillary con un engranaje conectado a otro engranaje que está conectado a un tercero, con giros sorprendentes en colores amortiguados, con inteligentes cambios de significado y el resto de características de las que tanto nos enorgullecemos… Bueno, es obvio: no todo el mundo se sentirá atraído. Los sueños especializados requieren gustos especializados. Pero Luster-Think se limita a producir sueños sencillos en tercera persona, de forma que ambos sexos encuentren satisfacción. Un material como el que usted acaba de asimilar. Simple, repetitivo, vulgar… Una especie de mínimo común denominador. Quizá no todo el mundo se sienta muy satisfecho, pero nadie rechazará estos productos.

Weill meditó durante un buen rato, y Belanger no pudo hacer otra cosa más que mirarle.

—Frank —dijo Weill al cabo de varios minutos—, empecé basándome en la calidad, y seguiré así. Es posible que tengas razón, quizá los palacios del sueño sean la idea con más futuro. Y si eso es cierto, también nosotros inauguraremos nuestros palacios. Pero con sueños de calidad. Tal vez Luster-Think subestima a la gente normal. No hay que apresurarse ni dejarse llevar por el pánico. Siempre me he basado en la teoría de que la calidad jamás dejará de encontrar un mercado. Muchacho, a veces es un mercado tan enorme que supera todas tus previsiones.

—Jefe…

El zumbido del intercomunicador interrumpió a Belanger.

—¿Qué hay, Ruth? —dijo Weill.

—Es el señor Hillary, señor —anunció su secretaria—. Quiere hablar con usted inmediatamente. Dice que es muy importante.

—¿Hillary? —La voz de Weill denotó sorpresa—. Ruth, que espere un poco. Hágale pasar dentro de cinco minutos.

Weill volvió a encararse con Belanger.

—Frank —dijo—, hoy no es definitivamente uno de mis mejores días. Un soñador debería estar en su casa, al lado de su pensador. Y Hillary es nuestro mejor soñador. Él, más que ningún otro, debería estar en su casa. ¿Cuál supones que será su problema, Frank?

—Cuando hable con él, lo averiguará —respondió simplemente Belanger, todavía pensando en Luster-Think y los palacios del sueño.

—Enseguida lo haré. Dime… ¿corno fue su último sueño? No he asimilado el que llegó la semana pasada.

Belanger bajó de las nubes y arrugó la nariz.

—No demasiado bueno —contestó.

—¿Por qué no?

—Era desigual, demasiado vacilante. Usted sabe que no me importan las transiciones bruscas, siempre y cuando el sueño gane en vivacidad. Pero necesariamente debe existir algún tipo de conexión, aunque sólo sea a un nivel profundo.

—¿No sirve para nada?

—Ningún sueño de Hillary es una pérdida total. Pero costó muchos esfuerzos montarlo. Hicimos bastantes recortes e intercalamos algunos fragmentos extraños que Hillary nos había enviado ocasionalmente. Son escenas independientes, ¿comprende? No es un sueño de primera categoría, pero puede pasar.

—¿Hablaste con él al respecto, Frank?

—¿Piensa que estoy loco, jefe? ¿Cree que soy capazde mostrarme duro con un soñador?

En aquel momento se abrió la puerta. La joven secretaria de Weill exhibió la correspondiente sonrisa y Sherman Hillary entró al despacho.

Sherman Hillary, un hombre de treinta y un años, habría sido reconocido como soñador por cualquier persona. No usaba gafas, pero sus ojos poseían la mirada brumosa de una persona que, o bien necesita llevarlas, o bien no suele fijar su atención en nada mundano. Era de mediana estatura, más bien delgado, pelo negro que pedía un peluquero, mentón prominente, piel pálida y expresión preocupada.

—Hola, señor Weill —saludó en voz baja, e hizo una levísima reverencia en dirección a Belanger, sin atreverse a mirarle.

—Sherman, muchacho —dijo cariñosamente Weill—, tienes muy buen aspecto. ¿Qué ocurre? ¿Un sueño que no te está quedando muy bien? ¿Estás preocupado por eso? Siéntate, siéntate.

El soñador obedeció, ocupando tan sólo el borde de una silla, como preparado para levantarse inmediatamente en cuanto se lo ordenaran.

—He venido para decirle que dejo el trabajo, señor Weill —explicó.

—¿Dejar el trabajo?

—No quiero soñar más, señor Weill.

En aquel instante, el rostro de Weill pareció envejecer diez años más. El soñador se mordió los labios.

—¿Por qué, Sherman? —inquirió Weill.

Porque esto no es vida, señor Weill. Es como si todo pasara de largo con respecto a mí. Al principio no era tan malo. Incluso era un trabajo tranquilizante. Soñaba por las noches, los fines de semana, cuando no me encontraba bien o cuando fuera. Y dejaba de trabajar siempre que no me apetecía hacerlo. Pero ahora soy un profesional experto. Usted me dijo que soy uno de los mejores soñadores y que toda la competencia está pendiente de mí para idear nuevas sutilezas y cambios en los sueños acreditados, como los de vuelos y las fantasías de gusanos que cambian de forma.

—¿Y existe alguien mejor que tú, Sherman? —preguntó Weill—. Tu secuencia dirigiendo una orquesta sigue vendiéndose al cabo de diez años.

—De acuerdo, señor Weill. He cumplido mi parte. No voy a ningún sitio. Tengo olvidada a mi mujer. Mi hija no me conoce. La semana pasada Sarah me obligó a ir a una comida… No recuerdo nada en absoluto. Sarah dice que estuve sentado toda la tarde en el sofá, murmurando y con la mirada perdida. Dice que todo el mundo me observaba. Se pasó toda la noche llorando. Estoy harto de estas situaciones, señor Weill. Quiero ser una persona normal y vivir en este mundo. Prometí a mi mujer que dejaría este trabajo y así lo haré. Me despido, señor Weill.

Hillary se puso en pie y extendió torpemente la mano derecha. Weill hizo un gesto para que volviera a sentarse.

—Si quieres irte, adelante, Sherman. Pero haz un favor a un anciano y déjame que te explique alguna cosa.

—No voy a cambiar de opinión.

—No voy a tratar de convencerte. Sólo quiero explicarte una cosa. Soy viejo y ya estaba en este negocio antes de que nacieras, así que me gustaría hablarte de ello. ¿Me darás ese gusto, Sherman? Te lo suplico.

Hillary tomó asiento de nuevo. Tenía los dientes clavados en su labio inferior y contemplaba sombríamente sus uñas.

—¿Sabes qué es un soñador, Sherman? —prosiguió Weill—. ¿Sabes qué significa para la gente normal? ¿Sabes qué se siente cuando se es como yo, como Frank Belanger, o como tu esposa Sarah? ¿Tener mentes limitadas incapaces de imaginar, de elaborar pensamientos visuales? A la gente normal, como yo mismo, le gustaría evadirse de esta vida aunque sólo fuera por una vez. Pero no podemos hacer tal cosa. Necesitamos ayuda.

»En los viejos tiempos había libros, teatro, cine, radio, televisión… Eran artificios, pero eso no nos importaba. Lo importante era que se estimulaba nuestra imaginación durante algunos minutos. Podíamos concebir apuestos caballeros y bellísimas princesas. Podíamos ser atractivos, ocurrentes, fuertes, inteligentes… todo lo que no éramos.

»Pero el tránsito del sueño entre soñador y receptor siempre era imperfecto. El sueño debía ser transformado en palabras, de un modo o de otro. El mejor soñador del mundo quizá fuera incapaz de traducir sus sueños en palabras. Y el mejor escritor del mundo sólo podía describir con palabras una ínfima parte de sus sueños. ¿Comprendes?

«Pero ahora, con las grabadoras de sueños, todo el mundo puede soñar. Tú, Sherman, y un puñado de hombres como tú, creáis esos sueños de una forma directa y exacta, de vuestra mente a la nuestra y sin que se pierda un ápice de vivacidad. Soñáis para cien millones de personas. Vuestro sueño es el de cien millones de seres humanos. Y eso es muy importante, muchacho. Proporcionáis a toda esa gente una visión fugaz de algo que ellos no podrían vislumbrar por sí mismos.

—He cumplido con mi parte —murmuró Hillary. Estaba desesperado cuando, por segunda vez, se puso en pie—. Todo ha terminado. No me importa lo que me está diciendo. Y si quiere demandarme por incumplimiento de contrato, hágalo.

—¿Demandarte? —Weill se levantó a su vez y apretó un botón del intercomunicador—. Ruth, quiero la copia del contrato del señor Hillary.

Aguardó. Igual que Hillary y Belanger. Weill esbozó una leve sonrisa y sus dedos amarillentos tamborilearon suavemente sobre el escritorio.

Ruth trajo el contrato. Weill lo cogió, miró a Hillary y dijo:

—Sherman, muchacho. No está bien que te quedes aquí, a menos que desees permanecer conmigo.

Belanger empezó a levantar la mano para detener a su jefe, pero ya era demasiado tarde. Boquiabierto, contempló cómo Weill rompía el contrato en cuatro trozos y los arrojaba a la papelera-trituradora.

—Eso es todo —dijo Weill.

La mano derecha de Hillary se extendió automáticamente para estrechar la de Weill

—Gracias, señor Weill —dijo roncamente y muy emocionado—. Siempre se portó muy bien conmigo y se lo agradezco. Siento que las cosas hayan llegado a este punto.

—No te preocupes, muchacho, no te preocupes.

Sherman Hillary salió del despacho a punto de llorar y sin cesar de dar las gracias.

—¡Por el amor de Dios, jefe! —exclamó Belanger-—. ¿Por qué ha permitido que se fuera? ¿Es que no comprende la jugada? Hillary se irá directamente a Luster-Think. Le han pagado para que hiciera esto.

—Te equivocas. Estás totalmente equivocado. Conozco muy bien al muchacho y esas jugadas sucias no van con él. Además, Ruth es una magnífica secretaria y sabe qué debe traerme cuando pido el contrato de un soñador. El documento auténtico sigue a salvo, créeme.

»¡Vaya día que he tenido! Tuve que discutir con un padre de familia para que me permitiera aprovechar un nuevo talento, con un funcionario del gobierno para evitar la censura, contigo para que no te dejaras llevar por planes funestos, y ahora con mi mejor soñador para que no abandone su trabajo. Al padre es posible que lo convenciera. Al funcionario y a ti… no lo sé. Quizá sí, quizá no. Pero en cuanto a Sherman Hillary, no hay duda alguna: el soñador volverá.

—¿Cómo lo sabe?

Weill sonrió. Las arrugas de sus mejillas formaron una red de minúsculas líneas.

—Frank, muchacho —dijo—. Tú sabes recortar sueños y eso te lleva a creer que conoces todos los engranajes del negocio. Pero permite que te diga algo. El engranaje más importante en el negocio de los sueños es el soñador mismo. Es el engranaje que mejor hay que comprender, y yo lo conozco perfectamente.

«Escucha. Cuando era joven… Entonces no había sueños, claro. Cuando era joven conocí a un tipo que escribía guiones para la televisión. Cuando alguien le conocía, averiguaba su profesión y le preguntaba: ¿De dónde sacas esas ideas tan alocadas?, siempre recurría a mí para quejarse amargamente.

»Pero la gente que le hacía esa pregunta desconocía la respuesta. Les parecía imposible inventar uno solo de aquellos guiones. ¿Qué responderles mi amigo? Solía hablar conmigo de este tema y me decía: «No puedo contestar que no lo sé. Por la noche me es imposible dormir porque las ideas bullen en mi cabeza. Me corto cuando me afeito. Cuando hablo, llega un momento en que pierdo el hilo de lo que estoy diciendo. Cuando me pongo al volante del coche, me juego la vida. Y el motivo siempre es el mismo: ideas, situaciones, diálogos… todo se arremolina en mi mente. No puedo explicarte de dónde saco mis ideas. ¿Podrías explicarme cuál es tu truco para no tener ideas? Si pudieras hacerlo, también yo podría gozar de un poco de paz.

»¿Te das cuenta, Frank? Aquí puedes dejar de trabajar cuando quieras. Igual que yo. Es nuestro trabajo, no nuestra vida. Pero ése no es el caso de Sherman Hillary. Vaya donde vaya, haga lo que haga… siempre soñará. Mientras viva, tendrá que pensar, y mientras piense, tendrá que soñar. No le mantenemos prisionero en esta empresa, nuestro contrato no representa una cárcel para él. La auténtica prisión es su propio cráneo. Sherman volverá. ¿Qué otra cosa puede hacer?

—Si está en lo cierto, lo siento por el muchacho.

—Yo lo siento por todos ellos —dijo tristemente Weill—. Con el paso de los años he descubierto una cosa: el trabajo de los soñadores consiste en hacer felices a las personas. A otras personas.


© Isaac Asimov: Dreaming Is a Private Thing (Soñar es un asunto privado). Publicado en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Diciembre de 1955. Traducción de César Terrón. | Cuento completo.

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