Peter Morton se despertó sobresaltado al enfrentarse con la primera luz del día. A través de la ventana, podía ver una rama desnuda inclinándose en un marco de plata. La lluvia golpeaba contra el cristal. Era el 5 de enero.

Miró hacia la otra cama, al otro lado de la mesita de noche en la que la lamparilla había acumulado pequeñas gotas de agua. Francis Morton aún dormía y Peter volvió a tenderse sin dejar de mirar a su hermano. Le divertía imaginar que se miraba a sí mismo, el mismo pelo, los mismos ojos, los mismos labios y la misma línea de la mejilla. Pero aquella idea pronto fue desvaneciéndose y la mente se centró de nuevo en el hecho que le daba importancia al día. Era el 5 de enero. Casi no podía creer que había transcurrido un año desde que la señora Henne-Falcon había dado su última fiesta infantil.

De pronto, Francis se revolvió y quedó boca arriba. Se cubría la cara con un brazo, tapándose la boca. El corazón de Peter empezó a latir más aprisa, no con placer, sino con intranquilidad. Se sentó e inclinándose sobre la mesita de noche, dijo:

—¡Despierta!

Los hombros de Francis temblaban y dio un golpe en el aire con el puño, pero sus ojos permanecieron cerrados. A Peter Morton le pareció que la habitación se oscurecía de pronto y un pájaro enorme se cernía sobre ellos. Volvió a gritar:

—¡Despierta!

De nuevo había la luz plateada y el golpeteo de la lluvia en la ventana. Francis se frotó los ojos.

—¿Me has llamado? —preguntó.

—Tenías una pesadilla —afirmó Peter, con superioridad.

Experiencias semejantes le habían demostrado el modo que tenían sus mentes de reflejarse la una en la otra. Pero, por cuestión de minutos, él era el mayor y aquel breve intervalo de luz mientras su hermano se debatía entre el dolor y la oscuridad, le había inspirado confianza en sí mismo y un instinto de protección hacia el otro, que tenía miedo a tantas cosas.

—Soñé que estaba muerto —explicó Francis.

—¿Cómo fue? —preguntó Peter, con curiosidad

—No lo recuerdo —repuso Francis y sus ojos se volvieron con alivio hacia la luz plateada, mientras permitía que los recuerdos fragmentados se fuesen perdiendo.

—Soñabas con un pájaro muy grande.

—¿Sí?

Francis aceptó sin dudar las palabras de su hermano y durante un rato ambos se quedaron silenciosos en la cama, mirándose los mismos ojos grises, la misma nariz respingona, los mismos labios finos y partidos y el mismo dibujo prematuro de la barbilla. 5 de enero, pensó de nuevo Peter, mientras su mente fluctuaba perezosamente de la imagen de los pasteles a los premios que podían ser ganados. Carreras de huevo y cuchara, huidizas manzanas en palanganas llenas de agua, la gallina ciega…

—No quiero ir —exclamó Francis, de pronto—. Supongo que Joyce estará allí… y Mabel Warren.

La idea de una fiesta compartida con las dos le resultaba odiosa. Eran mayores que ellos; Joyce tenía once años y Mabel trece. Sus largas trenzas colgaban desdeñosas sobre unos andares masculinos. Cuando lo miraban correr con el huevo, ocultas tras unas pestañas entornadas, su sexo le humillaba. Y el año pasado… volvió la cara, con las mejillas como la grana.

—¿Qué te pasa? —dijo Peter.

—Nada, me parece que no me encuentro bien, estoy resfriado. Será mejor que no vaya a la fiesta.

Peter le miró sorprendido.

—Pero, Francis, ¿es un resfriado fuerte?

—Lo será si voy a la fiesta. A lo mejor me moriré.

—Entonces no vayas —cortó Peter con decisión, acostumbrado a resolver con una simple frase todas sus dificultades.

Francis dejó sus nervios en reposo con una agradable sensación de alivio al ceder la responsabilidad, como siempre, a Peter. Pero aunque estaba agradecido, no se volvió hacia su hermano. Sus mejillas aún conservaban la marca de un recuerdo vergonzoso: el del juego al escondite del año anterior, en una casa a oscuras, y de cómo gritó cuando Mabel Warren le puso de pronto la mano sobre el brazo. No la había oído venir; las chicas eran así, sus zapatos nunca rechinaban, el suelo no gemía bajo sus pasos. Andaban como los gatos, sobre garras acolchadas.

Cuando entró el aya con el agua caliente, Francis reposaba tranquilo, confiando en Peter. Este dijo:

—Nana, Francis está resfriado.

La alta y tiesa mujer dejó las toallas sobre las jofainas, y sin volverse, dijo:

—La lavandera no vendrá hasta mañana, así que tendrás que prestarle algunos de tus pañuelos.

—Pero, nana —dijo Peter—, ¿no sería mejor que se quedase en la cama?

—Esta mañana lo llevaremos a dar un buen paseo —dijo el aya—. Y el viento se llevará todos los gérmenes. Levantaos ahora los dos. —Y salió cerrando la puerta tras sí.

—Lo siento —dijo Peter, preocupado a la vista de una cara marcada de nuevo por la angustia y el presentimiento—. ¿Por qué no te quedas en cama? Le diré a mamá que te sientes demasiado mal para levantarte.

Pero aquella rebelión contra el destino no entraba en las fuerzas de Francis. Además, si no se levantaba, subirían y le darían golpecitos sobre el pecho, le pondrían un termómetro en la boca y le mirarían la lengua, y entonces se descubriría que su enfermedad era fingida. Se sentía realmente mal, con una sensación de vacío en el estómago y el corazón le latía muy aprisa; pero sabía que la causa era el miedo, miedo a la fiesta, miedo a que le hicieran esconderse en la oscuridad sin la compañía de Peter, sin lamparillas que abriesen una bendita brecha de luz.

—No, me levantaré —dijo, y añadió con súbita desesperación—: Pero no iré a la fiesta de la señora Henne-Falcon, juro sobre la Biblia que no iré.

Ahora todo marcharía bien, pensó. Dios no le permitiría romper un juramento tan solemne, le mostraría alguna salida. Tenía toda la mañana por delante y parte de la tarde hasta las cuatro. No tenía por qué preocuparse ahora, cuando el pasto aún crujía bajo la helada de la mañana. No pasaría nada, quizá se cortaría o se rompería una pierna o se resfriaría. Dios lo arreglaría de algún modo.

Tenía tal confianza en Dios que al decir su madre durante el desayuno:

—Francis, me han dicho que estás resfriado. Él minimizó el asunto.

—Seguramente se insistiría más sobre el particular si no hubiese una fiesta por la tarde —comentó ella.

Francis sonrió incómodo, extrañado y triste por el desconocimiento de su persona que mostraba su madre. Su felicidad habría sido más duradera si al salir aquella mañana no hubiese encontrado a Joyce. Estaba solo con el aya, pues Peter fue a la leñera para terminar una conejera. Si éste hubiese estado allí, no le habría importado tanto, pues el aya también estaba a su servicio; pero de aquel modo era como si la hubiesen empleado únicamente en favor de Francis, porque no confiara en que pudiera dar un paseo solo. Joyce, en cambio, apenas dos años mayor que él, parecía no necesitarla.

Se acercó a ellos andando a trancos, con las trenzas balanceándose. Miró con desdén hacia Francis y se dirigió ostensiblemente al aya:

—Hola, señorita, ¿llevará a Francis a la fiesta esta tarde? Mabel y yo iremos.

Y se alejó, calle abajo, hacia la casa de Mabel Warren, concienzudamente sola, por la larga avenida vacía.

—¡Qué niña tan simpática! —exclamó el aya.

Francis no contestó, sintiendo de nuevo los latidos de su corazón, al comprender la inminencia de la hora de la fiesta. Dios no había hecho nada en su favor y los minutos volaban.

Volaron demasiado aprisa para planear cualquier evasión, o tan siquiera poner a punto su corazón para la futura prueba. El pánico casi hizo presa en él cuando, sin estar preparado, se encontró de pie en el rellano de la puerta, con el cuello del abrigo alzado contra el viento y la linterna del aya produciendo una corta línea luminosa a través de la oscuridad. Detrás de él estaban las luces del vestíbulo y el rumor de un criado poniendo la mesa para la cena, que sus padres efectuarían solos. Se vio casi vencido por el deseo de correr hacia la casa y gritarle a su madre que no iría a la fiesta, que prefería no ir. No podían obligarle a ello. Casi le pareció oír su voz pronunciando esas palabras finales que romperían para siempre, como sabía instintivamente, la barrera de ignorancia que separaba su mente del conocimiento de sus padres.

«Me da miedo tener que ir, prefiero no hacerlo… Me obligarán a esconderme en la oscuridad y me da miedo. Gritaré, gritaré y gritaré.»

Podía ver la expresión de extrañeza de su madre y luego la fría confianza en la respuesta de un adulto.

«No seas tonto, tienes que ir; ya hemos aceptado la invitación de la señora Henne-Falcon.»

Pero no podían obligarlo. Estaba indeciso en el quicio de la puerta, mientras los pies del aya crujían sobre el césped cubierto de escarcha, camino de la reja. Él lo sabía; contestaría:

«Podéis decir que estoy enfermo… No iré, me da miedo la oscuridad.»

Su madre diría:

«No seas absurdo, ya sabes que no hay motivo en temer a la oscuridad.»

Pero sabía que tal razonamiento era falso; le decían también que no debía temer a la muerte y, sin embargo, les asustaba pensar en ella. No podían obligarle a ir a la fiesta.

«Gritaré, gritaré…»

—Vamos, Francis —oyó la voz del aya desde el otro extremo del jardín vagamente fosforescente y vio al pequeño círculo amarillo de su linterna desplazarse del árbol al arbusto y luego otra vez al árbol.

—Ya vengo —gritó con desesperación, abandonando la iluminada puerta de la casa, vacilando aún en descubrir sus últimos secretos y vencer la reserva final entre su madre y él.

Pero le quedaba todavía la oportunidad de apelar a la señora Henne-Falcon; reconfortado con esta idea, avanzó con cautela por el vestíbulo, acercándose, pequeño, hasta su enorme cuerpo. Su corazón latía desigualmente, pero pudo controlar su voz y decir, con acento meticuloso:

—Buenas tardes, señora Henne-Falcon; fue muy amable invitándome a su fiesta.

Con el rostro tenso alzado hacia la curva de los senos de la mujer y su educado acento, parecía un viejo marchito. Francis se mezclaba muy poco con los demás niños. Hablar con Peter significaba un diálogo con su propia imagen en el espejo, una imagen algo alterada por una tara del cristal, que devolvía menos el parecido de lo que era que el de lo que habría querido ser, de lo que sería sin su irracional miedo a la oscuridad, a los pasos de los desconocidos, al vuelo de los murciélagos en los jardines tenebrosos.

—Niño bueno —murmuró la señora Henne-Falcon distraídamente, abriendo los brazos como si los niños fuesen polluelos arremolinados a su alrededor para oír el programa de diversiones: carreras de huevo y cuchara, carreras de tres pies, pesca de manzanas; juegos que guardaban para Francis la más terrible humillación. Durante los frecuentes intervalos en los que no se le pedía nada y podía quedarse solo en rincones lo más alejado posible de la mirada despreciativa de Mabel Warren, era capaz de trazar un plan para evitar el terror a la oscuridad que se avecinaba. Sabía que no tenía nada que temer hasta después del té, pero al sentarse ante la isla de radiaciones amarillas formada por las diez velas del pastel de cumpleaños de Colin Henne-Falcon, comprendió plenamente la inminencia de lo que temía. A través de la confusión de su mente, ahora asaltada por una docena de planes contradictorios, oyó la voz de Joyce:

—Después del té jugaremos al escondite a oscuras.

—Oh, no —rogó Peter, con piedad y sin comprenderlo del todo, al notar la expresión perturbada de Francis—. No lo hagamos, cada año es lo mismo.

—Pero está en el programa —gritó Mabel Warren—. Yo lo vi, miré sobre el hombro de la señora Henne-Falcon. Té a las cinco, de las seis menos cuarto a las seis y media, escondite. Está puesto en el programa.

Peter se calló; si el juego estaba anotado en el programa de la señora Henne-Falcon, no había más que decir. Pidió otro pedazo de pastel y sorbió lentamente su té. Quizá fuera posible retrasar el juego un cuarto de hora y darle a Francis unos minutos más para planear algo; pero hasta en esto falló Peter, pues a los pocos minutos los niños empezaron a abandonar la mesa. Era su tercer fracaso, y de nuevo, reflejo de una imagen en la mente del otro, vio un enorme pájaro que oscurecía con sus alas el rostro de su hermano.

Se reprendió en silencio por su locura y terminó el pastel, animado por el recuerdo de las palabras adultas:

—No hay por qué temerle a la oscuridad.

Los últimos en dejar la mesa, los dos hermanos se dirigieron hacia el vestíbulo para encontrarse con los ojos impacientes de la señora Henne-Falcon.

—Ahora jugaremos al escondite a oscuras —anunció ella.

Peter miró a su hermano y vio, como suponía, que sus labios se endurecían. Francis, lo sabía, temió este momento desde el principio de la fiesta, trató de enfrentarse a la idea con valentía, pero había abandonado el intento. Debía haber rezado desesperadamente para hallar cualquier excusa en la que eludir el juego, al que ahora los demás niños daban la bienvenida con gritos excitados.

—Oh, sí, juguemos. Hay que escoger los dos equipos. ¿Hay alguna parte de la casa que esté prohibida? ¿Dónde estará la base?

—Creo —dijo Francis Morton, acercándose a los enormes senos de la señora Henne-Falcon— que será mejor que no juegue; el aya llegará de un momento a otro.

—Pero el aya puede esperar, Francis —supuso la señora Henne-Falcon, distraídamente, mientras daba un par de palmadas para hacer volver a su lado a un grupo de niños que ya se iban escaleras arriba—. A tu madre no le importará.

Aquello fue el límite al que llegaron los esfuerzos de Francis. Se había negado a creer que una excusa tan bien preparada podía fallar. Lo único que pudo decir, y aun en un tono que los demás niños odiaban, pues lo consideraban como símbolo de engreimiento, fue:

—Pensé que era mejor no jugar.

Se mantuvo inmóvil, a pesar de su miedo; pero el conocimiento de su terror o el reflejo de este terror en sí mismo, llegó a la mente de su hermano, y en aquel momento, Peter Morton hubiese podido gritar ante el temor de que las luces pudiesen apagarse dejándolo solo en una isla de oscuridad rodeada por el suave deslizamiento de pasos desconocidos. Después recordó que el miedo no era suyo, sino de su hermano, y dijo impulsivamente a la señora Henne-Falcon:

—Por favor, es mejor que Francis no juegue; la oscuridad le pone muy nervioso.

Fueron palabras equivocadas, pues seis niños empezaron a cantar:

—¡Cobarde, miren cómo tiembla, cobarde! —volviendo caras torturantes con el vacío de grandes girasoles hacia Francis Morton.

Sin mirar a su hermano, éste dijo:

—Claro que jugaré, no tengo miedo; es sólo que…

Pero sus atormentadores humanos ya le habían olvidado y pudo, con la soledad, contemplar la proximidad de la tortura más ilimitada, la tortura espiritual. La chiquillería se agrupó en torno a la señora Henne-Falcon, ametrallándola a preguntas y sugerencias con sus voces chillonas.

—Sí, por toda la casa. Apagaremos todas las luces. Sí, podéis meteros en los armarios. Permaneced escondidos todo el tiempo posible. No habrá base.

Peter también se hizo a un lado, avergonzado por el modo torpe con que había tratado de ayudar a su hermano. Ahora podía sentir, batiendo en los rincones de su cerebro, todo el resentimiento de Francis por su defensa. Varios niños fueron hacia arriba y las luces del piso superior fueron apagándose. Después la oscuridad empezó a bajar como alas de un murciélago y fue posesionándose de la planta baja. Otros empezaron a apagar las luces laterales del vestíbulo, mientras los niños se agrupaban bajo el reflejo central de una araña; y los murciélagos se acurrucaban a su alrededor encapuchados en sus alas, esperando que aquélla también se apagase.

—Tú y Francis tenéis que esconderos —indicó una muchacha alta.

Después se apagó la luz y la alfombra onduló bajo sus pies con el susurro de las pisadas, como pequeñas corrientes de aire frío, perdiéndose trepidantes por los rincones.

«¿Dónde estará Francis? —se preguntó—. Si me reúno con él, estos ruidos no le darán tanto miedo.»

Los «ruidos» formaban la envoltura del silencio. El chasquido de una tabla, el cuidadoso cerrarse de la puerta de un armario, el susurro de un dedo sobre la madera pulida.

Peter se quedó en el centro de la desierta habitación sin escuchar nada, esperando que la idea de los movimientos de su hermano penetrase en su cerebro. Pero Francis estaba agazapado, con las manos sobre los oídos, los ojos apretadamente cerrados y la mente cerrada a toda sensación. Sin embargo, una especial tensión cruzó la oscuridad.

En aquel momento se oyó una voz que decía:

—Voy.

Al pensar que la sangre fría de su hermano acababa de ser destruida con aquel súbito grito, Peter Morton saltó con su miedo. Pero no era terror en sí; lo que en su hermano era pánico ardiente, que no admitía ideas si no eran para añadirle fuerza a la llama, en él era una emoción altruista que dejaba la mente intacta.

«Si yo fuese Francis, ¿dónde me escondería?»

Aquel era más o menos su pensamiento, y por ser, si no el mismo Francis, por lo menos un espejo para él, la respuesta le llegó de inmediato:

«Entre la librería de roble a la izquierda de la puerta del estudio y el sillón de piel.»

Peter Morton no se sorprendió por la rapidez de la respuesta. Entre gemelos, la telepatía no es una simple palabra. Habían estado juntos en el seno de su madre y no podían ser separados.

Fue de puntillas hacia el escondite de Francis. Ocasionalmente una tabla crujía y como temía ser encontrado por uno de los silenciosos buscadores en la oscuridad, se agachó y se desabrochó los zapatos. La punta metálica de uno de los cordones dio contra el suelo y este sonido atrajo hacia él el ruido de pies cautos. Pero ya iba en calcetines y se habría reído interiormente de la persecución si al tropezar alguien con sus zapatos abandonados su corazón no hubiese latido más de prisa con el reflejo de la sorpresa de otro. Las tablas del suelo ya no reflejaron el paso de Peter Morton. Descalzo pudo moverse silenciosamente y con seguridad hacia su meta. El instinto le dijo que estaba cerca de la pared y extendiendo una mano, puso los dedos sobre la cara de su hermano.

Francis no gritó, pero el salto de su propio corazón le reveló a Peter la medida del terror del otro.

—Está bien —murmuró recorriendo la figura agazapada hasta que capturó una mano apretadamente cerrada—. Soy yo, me quedaré contigo.

Y se aferró a él con fuerza mientras oía la cascada de susurros que sus palabras habían producido. Una mano tocó la librería cerca de la cabeza de Peter y se dio cuenta de que el miedo de Francis continuaba, a pesar de su presencia. Era menos intenso, más soportable, pero continuaba. Sabía que el miedo que experimentaba era el de su hermano y no el suyo. Para él la oscuridad era tan sólo la ausencia de luz y la mano que andaba a tientas era infantil y conocida. Pacientemente esperó a que les encontrasen.

No dijo nada más, pues para Francis y él, el contacto era la comunión más íntima. Con las manos unidas, el pensamiento podía fluir con más rapidez que lo que tardaban las palabras en formarse. Pudo notar el proceso de la emoción de su hermano, desde el salto de pánico al recibir el contacto inesperado, hasta el calmado pulso del terror, que ahora latía y latía con la regularidad de un corazón.

Peter Morton pensó con intensidad:

«Estoy aquí, no tengas miedo, pronto encenderán las luces. Los susurros y movimientos no son de temer; es Joyce, es Mabel Warren.»

Bombardeaba a la forma agazapada con pensamientos de seguridad, pero tenía conciencia de que el terror continuaba.

«Empiezan a murmurar, se están cansando de buscarnos. Pronto encenderán las luces y habremos ganado. No tengas miedo, era alguien en la escalera. Creo que es la señora Henne-Falcon. Escucha, están buscando los interruptores.»

Pies que se movían sobre la alfombra, manos que se deslizaban por la pared, una cortina separada, el chasquido de una puerta, un armario que se abre… En la librería que se alzaba sobre sus cabezas, un libro cayó al ser tocado.

«Sólo Joyce, sólo Mabel Warren, sólo la señora Henne-Falcon» —un crescendo de pensamientos tranquilizadores antes de que la lámpara se encendiese como un frutal al florecer.

Los gritos de los niños aumentaron penetrantes a su alrededor.

—¿Dónde está Peter? ¿Habéis mirado arriba? ¿Dónde está Francis? —Pero quedaron de nuevo en silencio al oír el grito de la señora Henne-Falcon.

Pero ella no había sido la primera en notar la inmovilidad de Francis Morton, tal como quedó pegado a la pared después de sentir el contacto de la mano de su hermano. Peter continuaba sosteniendo los dedos apretados en un árido y admirado dolor. No era únicamente que su hermano estaba muerto; su cerebro, demasiado joven para comprender la gran paradoja, no dejaba de preguntarse con una oscura compasión hacia sí mismo, a qué se debía que el pulso del terror de su hermano siguiese latiendo, cuando Francis estaba ahora donde siempre se le había dicho que no existían ni el temor ni la oscuridad.


© Graham Greene: The End of The Party (El final de la fiesta). Publicado en The Basement Room, 1935. Traducción de Irene Peypoch. | Cuento completo.

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