Mario Benedetti: Conversa

—Perdón. ¿Puedo sentarme aquí, contigo, a terminar esta cerveza?

—Sí, claro.

—Mi nombre es Alejandro.

—Ah.

—Alejandro Barquero.

—Está bien. Yo soy Estela.

—Estaba en el otro extremo del café. No sé. Te vi tan sola.

—Me gusta estar sola.

—¿Siempre?

—No, siempre no. Hay días. ¿No te ocurre que de pronto te vienen ganas de hacer balance contigo mismo?

—A veces. Pero por lo general de noche. Mi problema es que padezco insomnio.

—De noche prefiero dormir.

—Yo también. Pero no siempre puedo.

—¿Mala conciencia?

—No. ¿Acaso tengo aspecto de delincuente o de violador?

—De violador, no.

—¿De delincuente?

—Vaya una a saber. No hace diez años que nos conocemos, sino cinco minutos.

—¿Siempre estás así, a la defensiva?

—Hay que cuidarse.

—¿Venís a menudo a este café?

—Dos o tres veces por semana.

—¿Trabajás por aquí cerca?

—Si el interrogatorio va a continuar de esta guisa, reclamo la presencia de mi abogado.

—¿De esta guisa? ¡Qué léxico! Me gusta que tengas sentido del humor.

—Y vos ¿qué hacés?

—Traduzco.

—¿Del inglés?

—También del inglés. Pero sobre todo del francés y del italiano. Y además soy soltero en español.

—¿Me hacés confidencias para que yo te haga las mías?

—No sabía que la soltería era una confidencia. Más bien creía que era un estado civil.

—Yo no soy soltera. Estoy separada.

—¿Y qué tal?

—¿Qué tal qué?

—¿Cómo te sentís en el nuevo estado?

—No tan nuevo. Hace un año que me separé. Ahora ya me acostumbré, pero al principio fue duro.

—No te pregunto si vivís sola, porque vas a pegar la espantada.

—¿Por qué? Vivo sola, claro.

—¿Y tu familia?

—Me queda poca. Mi vieja vive en Brasil, con mi hermano. Mi viejo se quedó en un infarto. Tengo una hermana, casada con un gringo, que reside en Los Ángeles. Y se acabó.

—¿Qué hora es?

—Las seis y veinte.

—Caramba. Tenía que estar a las seis en el Centro. Pero no importa. Total, ya no llego. Ni en taxi. Lo que pasa es que mi reloj está perezoso. ¿Ves que marca las cinco y diez? Además, no he perdido el tiempo. Me gustó conocerte.

—¿Conocerme? Mucho no hemos hablado.

—Lo suficiente. Y una relación no sólo se construye con palabras. También hablan los ojos ¿no?

—Ajá. ¿Y se puede saber qué te dijeron mis ojos?

—Reservado.

—Te gusta el cachondeo ¿eh?

—Me gusta pasarla bien.

—A costa de esta servidora.

—¿Se puede saber qué edad tenés?

—No se puede.

—Representás veintitrés.

—Frío, frío.

—Yo tengo veinticinco.

—Pues representás veinticuatro y medio.

—Esta vez te haré una pregunta que requiere una respuesta franca.

—Venga.

—¿Te caigo bien?

—¿En qué sentido?

—Vertical. Horizontal. El que prefieras.

—Digamos que sí. Aunque no sé por qué.

—¿Te lo explico?

—No, por favor. No soporto la vanidad masculina cuando se desata espontáneamente.

—¿No te parece como si nos conociéramos desde hace años?

—¿No te suena esa pregunta como de culebrón venezolano?

—Vos contéstame. ¿Te parece o no te parece?

—¿Años? No. Me parece como si nos conociéramos desde hace veintiocho minutos.

—¿Alguien te dijo alguna vez que irradiás una simpatía tan fuerte que a uno lo marea?

—Bueno, una vez un muchacho me dijo que mi simpatía lo emborrachaba.

—¿Ves? Es así nomás. Y fíjate que ni siquiera te he tocado una mano.

—Ni te atrevas.

—¿No me das permiso?

—Claro que no. Apenas si autorizo a mi mano a tocar la tuya.

—Bárbaro.

—Tenés una piel suave. Interesante. Se ve que nunca fuiste obrero.

—¿Y esta cicatriz en la muñeca?

—Ah sí. Con ese detalle ya lo sabés todo de esta joven marquesa. Hace dos años intenté matarme.

—¿Y qué pasó?

—Me salvaron. Unas vecinas. Lo bien que hicieron. Estoy contenta de seguir vivita y coleando.

—¿Mal de amores?

—No. Falta de amores. Vacío de amores.

—¿Droga quizá?

—Nada de eso. Ni siquiera fumo. Casi no tomo alcohol. ¿Vos nunca quisiste suicidarte?

—Soy demasiado pelotudo para tomar una decisión tan laboriosa.

—Ya me dijiste que sos soltero en español. Pero ¿tenés mujer, compañera, amante o noviecita?

—Nada, mi niña. Llevo tres meses y medio de virginidad sabática.

—Entonces voy a hacerte una confesión que confío aprecies en toda su buena fe.

—Así será.

—Y en toda su inocencia.

—Soy todo orejas.

—Quizá te parezca extraño, pero tengo ganas de verte desnudo.

Ficha bibliográfica

Autor: Mario Benedetti
Título: Conversa
Publicado en: Buzón del tiempo (1999)

[Relato completo]

Mario Benedetti
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