Feathertop: una leyenda con moraleja

Nathaniel Hawthorne

The International Magazine, febrero de 1852

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

44 min de lectura
Compartir
Anuncio

Sinopsis: «Feathertop: una leyenda con moraleja» (Feathertop: A Moralized Legend) es un cuento de Nathaniel Hawthorne, publicado en febrero de 1852 en The International Magazine. Madre Rigby, una poderosa bruja de Nueva Inglaterra, fabrica un espantapájaros para su maizal utilizando palos, paja, ropa vieja y una calabaza por cabeza. Fascinada con el resultado de su obra, la bruja resuelve emplear la magia para infundirle vida. Transformado en un apuesto y refinado caballero, el muñeco —bautizado como Feathertop— es enviado por su creadora al vanidoso mundo de los humanos para probar suerte.

Nathaniel Hawthorne - Feathertop

Feathertop

Una leyenda con moraleja

Nathaniel Hawthorne
(Cuento completo)

Anuncio

—¡Dickon! —gritó la Madre Rigby—. ¡Un tizón para mi pipa!

La pipa estaba en la boca de la anciana cuando pronunció estas palabras. La había colocado allí después de cargarla con tabaco, pero sin agacharse a encenderla en el fogón, donde en verdad no había señales de que hubieran encendido fuego esa mañana. Sin embargo, apenas dio la orden, la cazoleta de la pipa emitió un intenso fulgor rojo y una bocanada de humo brotó de los labios de la Madre Rigby. De dónde salió el tizón y cómo llegó hasta allí transportado por una mano invisible, jamás he logrado descubrirlo.

—¡Bien! —dijo la Madre Rigby, con un gesto de aprobación—. ¡Gracias, Dickon! Y ahora, a fabricar este espantapájaros. Quédate cerca, Dickon, por si vuelvo a necesitarte.

La buena mujer se había levantado temprano (pues aún no terminaba de salir el sol) con la intención de fabricar un espantapájaros que pensaba instalar en el centro de su maizal. Corría la última semana de mayo y los cuervos y mirlos ya habían descubierto las pequeñas hojas verdes y enrolladas del maíz, que empezaban a asomar de la tierra. Estaba decidida, por lo tanto, a confeccionar el espantapájaros con el aspecto más humano que se hubiera visto jamás, y a terminarlo de inmediato, de pies a cabeza, para que iniciara su tarea de vigilancia esa misma mañana. Ahora bien, la Madre Rigby (como todo el mundo debe saber) era una de las brujas más astutas y poderosas de Nueva Inglaterra, y con muy poco esfuerzo habría podido fabricar un espantapájaros lo bastante horrible como para asustar al mismísimo pastor de la iglesia. Pero en esta ocasión, como se había despertado de un humor inusualmente bueno, y el tabaco de su pipa la había endulzado aún más, resolvió producir algo fino, hermoso y espléndido, en vez de espantoso y horrible.

—No quiero instalar un duende en mi propio maizal, casi en la puerta de mi casa —se dijo la Madre Rigby, lanzando una bocanada de humo—. Podría hacerlo si quisiera, pero estoy cansada de hacer cosas prodigiosas, de modo que, para variar, me mantendré dentro de los límites de lo cotidiano. Además, aunque es cierto que soy bruja, no tengo por qué asustar a los chiquillos de una milla a la redonda.

Quedó decidido, pues, en su fuero interno, que el espantapájaros representaría a un elegante caballero de la época, en la medida en que lo permitieran los materiales disponibles. Quizá convenga mencionar los principales elementos que entraron en la composición de esta figura.

El artículo más importante de todos, probablemente, aunque el menos vistoso, fue cierta escoba en la que la Madre Rigby había hecho muchas cabalgatas a medianoche, y que ahora le servía al espantapájaros de columna vertebral o, como dicen los menos ilustrados, de espinazo. Uno de sus brazos era un mayal inutilizado que el bueno de Rigby acostumbraba blandir antes de que su esposa lo sacara de este mundo a fuerza de disgustos; el otro, si no me equivoco, estaba compuesto por el palo de revolver budines y el travesaño roto de una silla, flojamente atados a la altura del codo. En cuanto a las piernas, la derecha era el mango de una azada, y la izquierda una estaca común y corriente sacada del leñero. Los pulmones, el estómago y demás órganos por el estilo no consistían en nada mejor que un costal relleno de paja. Tenemos ya, pues, el esqueleto y la totalidad de la corporeidad del espantapájaros, con excepción de la cabeza; y ésta quedó admirablemente conformada por una calabaza un tanto marchita y arrugada, en la que la Madre Rigby practicó dos agujeros para los ojos y un tajo para la boca, dejando que una protuberancia azulada en el centro pasara por nariz. Era, en verdad, una cara muy respetable.

—De todos modos, he visto peores sobre hombros humanos —dijo la Madre Rigby—. Y muchos caballeros distinguidos tienen cabeza de calabaza, igual que mi espantapájaros.

Pero en este caso la ropa iba a hacer al hombre. De modo que la buena anciana descolgó de una percha una vieja casaca de factura londinense, color ciruela, con restos de bordado en las costuras, puños, tapas de los bolsillos y ojales, pero lamentablemente gastada y desteñida, remendada en los codos, con los faldones hechos jirones y completamente raída. Sobre el lado izquierdo del pecho ostentaba un agujero redondo, del que o bien habían arrancado una estrella de nobleza, o bien el corazón ardiente de algún propietario anterior había quemado la tela de parte a parte. Los vecinos afirmaban que esta lujosa prenda pertenecía al guardarropa del Hombre Negro, y que éste la guardaba en la cabaña de la Madre Rigby para ponérsela cómodamente cada vez que deseaba hacer una aparición imponente en la mesa del gobernador. Con la casaca hacía juego un amplio chaleco de terciopelo, otrora bordado con hojas que habían sido tan luminosamente doradas como las hojas de arce en octubre, pero que a estas alturas se habían desvanecido por completo del terciopelo. Luego venían unas calzas escarlata, usadas en otro tiempo por el gobernador francés de Louisbourg, cuyas rodillas habían tocado el peldaño inferior del trono de Luis el Grande. El francés le había regalado estas prendas a un hechicero indio, quien a su vez se las cambió a la vieja bruja por un frasco de aguardiente, durante uno de sus bailes en el bosque. Además, la Madre Rigby sacó un par de medias de seda y se las enfundó en las piernas a la figura, donde resultaron ser tan insustanciales como un sueño, con la realidad de la madera transparentándose tristemente a través de los agujeros. Por último, le encasquetó la peluca de su difunto esposo sobre el cráneo desnudo de la calabaza y remató el conjunto con un polvoriento sombrero de tres picos en el que estaba clavada la pluma caudal más larga de un gallo.

Acto seguido, la anciana apoyó la figura de pie en un rincón de la cabaña y se rio por lo bajo al contemplar aquel amarillo remedo de rostro, con su pequeña nariz prominente apuntando al aire. Tenía un aspecto extrañamente satisfecho de sí mismo y parecía decir: «¡Vengan a mirarme!».

—¡Y bien vale la pena mirarte, eso es un hecho! —exclamó la Madre Rigby, admirando su propia obra—. He fabricado muchos muñecos en mis años de bruja, pero creo que éste es el más hermoso de todos. Es casi demasiado bueno para ser un espantapájaros. Y ya que estamos, voy a cargar otra pipa de tabaco y después lo llevaré al maizal.

Mientras llenaba la pipa, la anciana siguió contemplando con afecto casi maternal la figura del rincón. A decir verdad, ya fuera por casualidad, por pericia o por auténtica brujería, había algo maravillosamente humano en aquella ridícula figura, ataviada con sus andrajosas galas; y en cuanto al rostro, parecía contraer su amarilla superficie en una mueca, una curiosa expresión a medio camino entre el sarcasmo y la alegría, como si la figura comprendiera que era una burla a la humanidad. Cuanto más la miraba, más satisfecha se sentía la Madre Rigby.

—¡Dickon! —gritó con voz estridente—. ¡Otro tizón para mi pipa!

Apenas terminó de hablar, igual que la vez anterior, un carbón al rojo apareció sobre el tabaco. La bruja aspiró una larga bocanada y la exhaló hacia el rayo de sol matutino que pugnaba por colarse a través del único y polvoriento vidrio de la ventana. A la Madre Rigby siempre le gustaba sazonar su pipa con un tizón procedente de la chimenea particular de donde había sido traído éste. Pero dónde quedaba esa chimenea y quién traía la brasa, más allá de que el mensajero invisible parecía responder al nombre de Dickon, no puedo decirlo.

«Ése muñeco de allí —pensó la Madre Rigby, con los ojos todavía fijos en el espantapájaros— es demasiado bueno para pasarse todo el verano en un maizal espantando cuervos y mirlos. Es capaz de cosas mejores. ¡Vaya, si yo he bailado con otros peores cuando escaseaban las parejas en nuestros aquelarres del bosque! ¿Qué pasaría si lo dejara probar suerte entre los demás hombres de paja y sujetos huecos que circulan afanosos por el mundo?».

La vieja bruja dio otras tres o cuatro chupadas a su pipa y sonrió.

«¡Se encontrará con muchos hermanos suyos en cada esquina! —continuó reflexionando—. Bien; hoy no pensaba ocuparme de brujerías, salvo para encender mi pipa, pero bruja soy y bruja seguiré siendo, y es inútil disimularlo. ¡Convertiré a mi espantapájaros en hombre, aunque solo sea por diversión!».

Mientras mascullaba estas palabras, la Madre Rigby se sacó la pipa de la boca y la insertó en la hendidura que representaba el mismo rasgo en la cara de calabaza del espantapájaros.

—¡Fuma, querido, fuma! —le dijo—. ¡Fuma con fuerza, mi buen personaje! ¡En ello te va la vida!

Era ésta, sin duda, una extraña exhortación dirigida a un simple objeto confeccionado con palos, paja y ropa vieja, sin nada mejor que una calabaza arrugada por cabeza, como sabemos que era el caso del espantapájaros. Sin embargo, como debemos recordar con atención, la Madre Rigby era una bruja dotada de poderes y habilidades singulares; y si tenemos presente esta circunstancia, no encontraremos nada increíble en los notables episodios de nuestra historia. En verdad, la mayor dificultad quedará resuelta de una vez si conseguimos convencernos de que, apenas la anciana le ordenó fumar, una bocanada de humo brotó de la boca del espantapájaros. Fue, por cierto, la más débil de las bocanadas; pero la siguieron otra, y otra más, cada una más resuelta que la anterior.

—¡Fuma, mi encanto! ¡Fuma, mi preciosura! —no cesaba de repetir la Madre Rigby, con la más afable de sus sonrisas—. Es tu soplo de vida; y en eso puedes creerme.

Sin duda alguna la pipa estaba embrujada. El hechizo debía residir en el tabaco, o en la brasa intensamente roja que ardía de forma tan misteriosa sobre él, o en el humo de aroma penetrante que emanaba de la hierba encendida. Después de algunas tentativas vacilantes, la figura terminó por exhalar un chorro de humo que se proyectó desde el oscuro rincón hasta el rayo de sol, donde flotó y se desvaneció entre las motas de polvo. El esfuerzo pareció convulsivo, porque las dos o tres bocanadas siguientes fueron más débiles, aunque la brasa seguía ardiendo y esparciendo su resplandor sobre el rostro del espantapájaros. La vieja bruja aplaudió con sus manos huesudas y contempló su obra con una sonrisa alentadora. El hechizo estaba funcionando bien. La cara arrugada y amarillenta, que hasta ese momento no había sido siquiera una cara, ya ostentaba una bruma tenue y fantástica, por así decirlo, de parecido humano, que iba y venía sobre su superficie, desvaneciéndose por completo a ratos, pero haciéndose más perceptible que nunca con la siguiente bocanada de la pipa. Toda la figura, de igual manera, iba adquiriendo una apariencia de vida, como la que atribuimos a las formas imprecisas que aparecen entre las nubes y con las que nos engañamos a medias, entregados a los caprichos de nuestra propia fantasía.

Si nos viéramos obligados a examinar el asunto con rigor, podríamos poner en duda que se hubiera producido, al fin y al cabo, algún cambio verdadero en la sustancia sórdida, raída, inútil y destartalada del espantapájaros; y concluir que todo se reducía a una ilusión espectral y un artero juego de luz y sombra, coloreado y dispuesto de la manera apropiada para engañar los ojos de la mayoría de los hombres. Los milagros de la brujería siempre parecen haber tenido una sutileza muy superficial; y si la explicación anterior no acierta con la verdadera naturaleza del proceso, yo al menos no puedo sugerir otra mejor.

—¡Bien soplado, mi lindo muchacho! —seguía gritando la vieja Madre Rigby—. Vamos, otra buena bocanada, y que sea con todas tus fuerzas. ¡Sopla por tu vida, te digo! ¡Sopla desde el fondo mismo de tu corazón, si es que tienes corazón, o si es que tiene fondo! ¡Muy bien, otra vez! Esa bocanada la aspiraste como si lo hicieras con verdadero placer.

Y entonces la bruja le hizo señas al espantapájaros, imprimiendo tanta fuerza magnética en su gesto que parecía imposible desobedecerlo, como la llamada mística del imán cuando atrae al hierro.

—¿Por qué te escondes en el rincón, perezoso? —le dijo—. ¡Sal de ahí! ¡Tienes el mundo entero por delante!

Les doy mi palabra: si no se tratara de una leyenda que escuché en las rodillas de mi abuela, y que se había ganado un lugar entre las historias verosímiles antes de que mi juicio infantil pudiera analizar su credibilidad, dudo que ahora tuviera el atrevimiento de contarla.

Obedeciendo la orden de la Madre Rigby, y extendiendo el brazo como si quisiera alcanzar la mano tendida de la anciana, la figura dio un paso al frente… aunque fue más bien un movimiento trabado y torpe que un paso propiamente dicho; luego se tambaleó y casi perdió el equilibrio. ¿Qué podía esperar la bruja? Al fin y al cabo solo se trataba de un espantapájaros sostenido sobre dos estacas. Pero la vieja terca frunció el ceño, agitó los brazos y proyectó la energía de su voluntad con tanta fuerza contra aquella pobre combinación de madera podrida, paja mohosa y prendas andrajosas, que la criatura se vio obligada a demostrar que era un hombre, pese a la realidad de las cosas. Así que avanzó hasta el rayo de sol. Allí se quedó, ¡pobre diablo de artefacto!, envuelto apenas en el más tenue barniz de apariencia humana, a través del cual se veía el rígido, endeble, incongruente, desvaído, harapiento e inútil amasijo de su sustancia, a punto de desplomarse en el suelo, como si tuviera conciencia de su propia indignidad para mantenerse en pie. ¿Debo confesar la verdad? En este punto de su vivificación, el espantapájaros me recuerda a algunos de esos personajes tibios y fallidos, compuestos de materiales heterogéneos, utilizados por milésima vez y nunca dignos de ser empleados, con los que los novelistas (y sin duda yo mismo entre ellos) han superpoblado el mundo de la ficción.

Pero la feroz bruja vieja empezó a enfadarse y a dejar entrever su naturaleza diabólica (como la cabeza de una serpiente asomando entre siseos de su pecho) ante la conducta pusilánime de aquello que se había tomado la molestia de confeccionar.

—¡Fuma, desdichado! —chilló, furiosa—. ¡Fuma, fuma, fuma, criatura de paja y vacío! ¡Tú, par de harapos! ¡Costal de harina! ¡Cabeza de calabaza! ¡Tú, que no eres nada! ¿Dónde encontraré un nombre lo bastante vil para llamarte? ¡Fuma, te digo, y absorbe tu fantástica vida junto con el humo! De lo contrario te arrancaré la pipa de la boca y te arrojaré al mismo lugar de donde vino ese tizón.

Así amenazado, al pobre espantapájaros no le quedó más remedio que fumar como si le fuera la vida en ello. Así pues, según la necesidad lo exigía, se aplicó vigorosamente a la pipa y lanzó nubes tan copiosas de humo que la pequeña cocina de la cabaña se inundó de niebla. El único rayo de sol pugnaba por abrirse paso entre la bruma y apenas conseguía marcar en la pared opuesta la imagen borrosa del vidrio agrietado y polvoriento de la ventana. Mientras tanto, la Madre Rigby acechaba tétricamente en medio de la penumbra, con un brazo moreno en jarras y el otro extendido hacia la figura, con el mismo porte y expresión que adoptaba cuando solía arrojar una pesadilla descomunal sobre sus víctimas y sentarse junto al lecho a disfrutar de su tormento. Asustado y trémulo fumaba el desgraciado espantapájaros. Pero hay que reconocer que sus esfuerzos dieron un excelente resultado, porque con cada bocanada sucesiva la figura iba perdiendo más y más aquella desconcertante y vertiginosa inmaterialidad y parecía adquirir mayor consistencia. Incluso sus ropas participaban del cambio mágico, y resplandecían con el brillo de lo nuevo y refulgían con los bordados de oro hábilmente trabajados que hacía mucho habían sido arrancados. Y, medio revelado entre el humo, un rostro amarillento fijaba sus ojos opacos en la Madre Rigby.

Finalmente, la vieja bruja cerró el puño y lo agitó en dirección al muñeco. No es que estuviera verdaderamente enojada, sino que actuaba según el principio —quizá falso, o no la única verdad, aunque tan elevado como podía esperarse que la Madre Rigby comprendiera— de que las naturalezas débiles y aletargadas, puesto que son incapaces de mejor inspiración, deben ser estimuladas por el miedo. Pero ese era el momento crítico. Si fracasaba en lo que se proponía, tenía la despiadada intención de desintegrar el miserable simulacro y reducirlo a sus elementos originales.

—Tienes aspecto de hombre —dijo con severidad—. ¡Ten también el eco y el remedo de una voz! ¡Te ordeno que hables!

El espantapájaros jadeó, forcejó y por fin emitió un murmullo tan fundido con su aliento ahumado que apenas se podía distinguir si era una voz o tan solo un soplo de tabaco. Algunos narradores de esta leyenda sostienen que los conjuros de la Madre Rigby y la ferocidad de su voluntad habían obligado a un espíritu familiar a meterse dentro de la figura, y que la voz era la suya.

—Madre —musitó la pobre voz ahogada—, no seas tan terrible conmigo. Con gusto hablaría; pero, al carecer de entendimiento, ¿qué podría decir?

—¿Así que puedes hablar, querido, no es cierto? —exclamó la Madre Rigby, aflojando su gesto adusto en una sonrisa—. ¡Y preguntas qué debes decir! ¡Nada menos que qué decir! ¿Perteneces a la hermandad del cráneo vacío y me preguntas qué debes decir? ¡Dirás mil cosas, y después de repetirlas mil veces, todavía no habrás dicho nada! ¡No tengas miedo, te lo aseguro! Cuando entres al mundo (adonde tengo el propósito de enviarte de inmediato) no te faltará de qué hablar. ¡Hablar! Vaya, si quieres, podrás parlotear como un río de molino. ¡Creo que tienes suficiente seso para eso!

—A vuestro servicio, madre —respondió la figura.

—Y eso estuvo bien dicho, mi encanto —contestó la Madre Rigby—. Así hablas como tú mismo, sin decir nada. Tendrás un centenar de frases hechas como esa, y quinientas más de añadidura. Y ahora, querido, me he tomado tantos trabajos contigo y eres tan hermoso que, te lo juro, te quiero más que a cualquier otro muñeco de bruja del mundo, a pesar de que los he fabricado de toda clase: de arcilla, de cera, de paja, de ramas, de niebla nocturna, de bruma matutina, de espuma de mar y de humo de chimenea. Pero tú eres el mejor de todos. Así que presta atención a lo que voy a decirte.

—Sí, buena madre —asintió la figura—, ¡con todo mi corazón!

—¡Con todo tu corazón! —exclamó la vieja bruja, apretándose los costados con las manos y riendo a carcajadas—. ¡Qué linda manera de hablar tienes! ¡Con todo tu corazón! ¡Y te llevaste la mano al lado izquierdo del chaleco, como si de verdad tuvieras uno!

Así pues, encantada con aquel fantástico invento suyo, la Madre Rigby le dijo al espantapájaros que debía ir a desempeñar su papel en el gran mundo, donde —aseguró— ni un hombre de cada cien había sido dotado de una sustancia más real que la suya. Y para que pudiera andar con la cabeza bien alta entre los mejores, lo dotó en el acto de una fortuna incalculable. Ésta consistía en parte de una mina de oro en El Dorado, diez mil acciones de una burbuja reventada, medio millón de acres de viñedos en el Polo Norte, un castillo en el aire y otro en España, junto con todas las rentas e ingresos que de estas propiedades se derivaran. Además le cedió la carga de cierto navío que había embarcado sal en Cádiz y que ella misma, con sus artes nigrománticas, había hecho naufragar diez años atrás en lo más profundo del océano. Si la sal no se había disuelto y era posible llevarla al mercado, los pescadores la pagarían bien. Para que no le faltara dinero en efectivo, le entregó un cuarto de penique acuñado en Birmingham, que era toda la moneda que llevaba encima, y también una buena dosis de descaro, que le aplicó en la frente, poniéndola más amarilla que nunca.

—Solo con ese descaro —dijo la Madre Rigby— podrás abrirte camino por el mundo entero. ¡Bésame, mi tesoro! He hecho todo lo posible por ti.

Además, para que el aventurero no careciera de ninguna ventaja posible al iniciar su andadura, esta excelente anciana le entregó una contraseña con la que debía presentarse ante cierto magistrado, miembro del concejo, comerciante y patriarca de la iglesia (cuatro funciones que se conjugaban en un solo hombre), y que encabezaba la sociedad de la metrópoli vecina. La contraseña no era ni más ni menos que una sola palabra, que la Madre Rigby le susurró al espantapájaros y que éste, a su vez, debía susurrar al comerciante.

—Gotoso y todo, el viejo correrá a cumplir tus órdenes después de que le hayas deslizado esa palabra al oído —dijo la anciana bruja—. La Madre Rigby conoce al venerable juez Gookin, y el venerable juez Gookin conoce a la Madre Rigby.

Al decir esto, la bruja acercó su cara arrugada a la del muñeco, sin poder contener la risa y estremeciéndose de placer ante la idea que deseaba comunicarle.

—El venerable Maese Gookin —le susurró— tiene por hija a una bonita doncella. ¡Y escucha bien, mi pequeño! Tienes una linda facha y un ingenio propio bastante bueno. ¡Sí, bastante bueno! Te formarás una mejor opinión de él cuando lo hayas comparado con el ingenio de otros. Ahora bien, con tu exterior y tu interior eres justo el hombre para conquistar el corazón de una muchacha joven. ¡No lo dudes jamás! Te aseguro que será así. Adopta una expresión audaz, suspira, sonríe, haz girar el sombrero, adelanta la pierna como un maestro de danza, llévate la mano derecha al lado izquierdo del chaleco… ¡y la hermosa Polly Gookin será tuya!

Durante todo este rato la nueva criatura no había dejado de aspirar y exhalar la vaporosa fragancia de su pipa, y parecía consagrarse a esta ocupación tanto por el placer que le brindaba como porque era una condición esencial de su existencia. Era asombroso ver hasta qué punto se comportaba como un ser humano. Sus ojos (porque parecía poseer un par) estaban fijos en la Madre Rigby, y en los momentos oportunos asentía o negaba con la cabeza. Tampoco le faltaban palabras apropiadas para la ocasión: «¡Vaya! ¡De veras! ¡Cuénteme, por favor! ¿Es posible? ¡Qué me dice! ¡De ningún modo! ¡Oh! ¡Ah! ¡Ejem!», y otras exclamaciones igualmente graves que denotan atención, curiosidad, aquiescencia o desacuerdo por parte del oyente. Incluso si ustedes hubieran presenciado la fabricación del espantapájaros, difícilmente habrían resistido la convicción de que entendía a la perfección los astutos consejos que la vieja bruja vertía en su remedo de oreja. Cuanto más fervorosamente se llevaba la pipa a los labios, tanto más nítidamente se estampaba su parecido humano entre las realidades visibles, tanto más sagaz se hacía su expresión, tanto más naturales resultaban sus gestos y movimientos, y tanto más inteligible era su voz. Sus ropas también refulgían con mayor intensidad en su ilusoria magnificencia. La pipa misma, en la que ardía la causa de todo aquel prodigio, dejaba de parecer un trozo de barro ennegrecido por el humo y se transformaba en una pipa de espuma de mar, con cazoleta pintada y boquilla de ámbar.

Cabía pensar, sin embargo, que puesto que la vida de la ilusión parecía identificarse con el humo de la pipa, se extinguiría en el mismo momento en que el tabaco quedara reducido a cenizas. Pero la bruja previó la dificultad.

—Sujeta la pipa, mi precioso —le dijo—, mientras te la vuelvo a llenar.

Fue penoso ver cómo el distinguido caballero empezaba a disolverse otra vez en un espantapájaros mientras la Madre Rigby sacudía las cenizas de la pipa y procedía a cargarla de nuevo con el contenido de su tabaquera.

—¡Dickon! —gritó, con su voz aguda y penetrante—. ¡Otro tizón para esta pipa!

No terminó de decirlo cuando el punto de fuego intensamente rojo volvió a brillar dentro de la cazoleta, y el espantapájaros, sin esperar la orden de la bruja, se llevó la boquilla a los labios y aspiró unas bocanadas breves y convulsivas que, sin embargo, no tardaron en volverse regulares y parejas.

—Ahora, querida criatura de mi corazón —dijo la Madre Rigby—, pase lo que pase, aférrate a la pipa. Tu vida está en ella; y eso, por lo menos, lo sabes bien, aunque no sepas nada más. ¡Aférrate a tu pipa, te digo! Fuma, chupa, echa tu nube de humo; y si alguien te pregunta, di que lo haces por tu salud y que así te lo ha ordenado el médico. Y, tesoro mío, cuando notes que se está agotando el tabaco, retírate a algún rincón y (después de llenarte de humo) grita con fuerza: «¡Dickon, una pipa de tabaco fresco!», y «¡Dickon, otro tizón para mi pipa!», y vuélvetela a poner en la boca lo antes posible. De lo contrario, en vez de un elegante caballero con casaca recamada en oro, no serás más que un montón de palos y harapos, una bolsa de paja y una calabaza marchita. Ahora vete, mi tesoro, ¡y que la suerte te acompañe!

—¡No temáis, madre! —dijo la figura, con voz resonante, exhalando una valerosa bocanada de humo—. ¡Triunfaré, como puede hacerlo todo hombre honrado y caballero!

—¡Ay, terminarás por matarme de risa! —chilló la vieja bruja, sacudida por las carcajadas—. ¡Eso estuvo bien dicho! ¡Como puede hacerlo todo hombre honrado y caballero! Representas tu papel a la perfección. Anda, ponte en marcha, muchacho listo; y yo apostaré por ti como hombre de sustancia y mérito, con cerebro y eso que llaman corazón, y todo lo demás que debe tener un hombre, contra cualquier otro bípedo que se presente. Gracias a ti me considero mejor bruja que ayer. ¿Acaso no te fabriqué yo? ¡Y desafío a cualquier bruja de Nueva Inglaterra a hacer otro igual! Toma, llévate mi báculo.

El báculo, que no era más que una simple vara de roble, adquirió de inmediato el aspecto de un bastón con empuñadura de oro.

—Esa cabeza de oro tiene tanto juicio como la tuya —dijo la Madre Rigby—, y te guiará directo a la puerta del venerable Maese Gookin. Ahora vete, mi lindo cachorro, mi querido, mi precioso, mi tesoro; y si alguien te pregunta cómo te llamas, dile que tu nombre es Feathertop. Porque llevas una pluma en el sombrero, y yo te he metido un puñado de plumas en el hueco de la cabeza, y tu peluca también es del estilo que llaman Feathertop; ¡de modo que Feathertop será tu nombre!

Y, saliendo de la cabaña, Feathertop se encaminó con paso firme hacia la ciudad. La Madre Rigby permaneció en el umbral, muy complacida al ver cómo los rayos de sol refulgían sobre él como si toda su magnificencia fuera auténtica, con qué diligencia y cariño fumaba su pipa, y con qué garbo caminaba, pese a la ligera rigidez de sus piernas. Lo siguió con la mirada hasta que se perdió de vista y, cuando un recodo del camino se lo arrebató, lanzó tras él una bendición de bruja.

* * *

Poco antes de mediodía, cuando la calle principal de la ciudad vecina estaba en el apogeo de su bullicio y actividad, apareció en la acera un forastero de porte muy distinguido. Tanto su apostura como su indumentaria no denotaban menos que nobleza. Lucía una casaca color ciruela ricamente bordada, un chaleco de fino terciopelo magníficamente adornado con follaje dorado, un par de espléndidas calzas escarlata y las medias de seda blanca más tersas y relucientes que pudieran imaginarse. Su cabeza estaba cubierta por una peluca tan delicadamente empolvada y ajustada que habría sido un sacrilegio alborotarla con un sombrero; razón por la cual éste (un sombrero recamado en oro, rematado por una nívea pluma) lo llevaba bajo el brazo. Sobre el pecho de la casaca brillaba una estrella. Manejaba con gracia ligera su bastón con pomo de oro, con ese aire peculiar de los caballeros distinguidos de la época; y para dar el toque más refinado posible a su atuendo, lucía en las muñecas puños de encaje de una delicadeza casi etérea, que bastaban para atestiguar cuán ociosas y aristocráticas debían ser las manos que ocultaban a medias.

Un detalle notable en el equipo de este brillante personaje era que en la mano izquierda llevaba una especie de pipa fantástica, con una cazoleta exquisitamente pintada y una boquilla de ámbar. Se la llevaba a los labios cada cinco o seis pasos e inhalaba una profunda bocanada de humo que, después de permanecer un instante en sus pulmones, brotaba con elegancia de su boca y sus fosas nasales.

Como es fácil suponer, toda la calle bullía de curiosidad por averiguar el nombre del forastero.

—Sin duda es un gran noble —dijo uno de los vecinos—. ¿Ven la estrella que luce sobre el pecho?

—No; el brillo no deja verla —intervino otro—. Sí, tiene que ser un noble, como usted dice. Pero ¿por qué medio creen que su señoría habrá viajado hasta aquí? Hace un mes que no llega un barco del Viejo Mundo; y si ha venido por tierra desde el sur, ¿dónde están, pregunto, sus criados y su carruaje?

—No necesita carruaje para proclamar su rango —observó un tercero—. Si hubiera aparecido entre nosotros vestido de harapos, su nobleza habría refulgido a través de un agujero en el codo. Nunca vi una apariencia tan majestuosa. Apuesto a que por sus venas corre la vieja sangre normanda.

—Yo más bien creo que es holandés, o de la Alta Alemania —dijo otro vecino—. Los hombres de esos países llevan siempre la pipa en la boca.

—Y también los turcos —respondió su compañero—. Pero en mi opinión, este forastero se ha criado en la corte francesa y allí ha aprendido la cortesía y la elegancia que nadie practica tan bien como la nobleza de Francia. ¡Fíjense en cómo camina! Un espectador vulgar podría juzgar su andar rígido, podría llamarlo un paso trabado y torpe; pero a mis ojos posee una majestuosidad inefable, y debe haber sido adquirido mediante la observación constante del porte del Gran Monarca. La misión y el rango de este forastero son bastante evidentes. Es un embajador francés que ha venido a negociar con nuestros gobernantes la cesión de Canadá.

—Es más probable que sea español —dijo otro—, lo que explicaría el color amarillo de su tez; o bien es de La Habana, o de algún puerto del Caribe español, y viene a investigar los actos de piratería que se cree que nuestro gobierno tolera. Los colonos de Perú y México tienen la piel tan amarilla como el oro que extraen de sus minas.

—¡Amarillo o no, es un hombre hermoso! —exclamó una dama—. ¡Tan alto, tan esbelto! ¡Qué facciones tan finas y nobles, con una nariz tan bien formada y esa delicadeza de expresión en los labios! Y, ¡válgame Dios, cómo brilla su estrella! ¡Verdaderamente lanza llamas!

—Otro tanto sucede con los ojos de usted, encantadora dama —dijo el forastero, con una reverencia y un floreo de su pipa, pues pasaba por allí en ese preciso instante—. Le juro por mi honor que me han deslumbrado.

—¿Se ha escuchado alguna vez cumplido más original y exquisito? —murmuró la dama, en el colmo del deleite.

En medio de la admiración general que despertó la presencia del forastero, solo se alzaron dos voces discordantes. Una fue la de un perro impertinente que, después de olfatear los talones de la resplandeciente figura, metió la cola entre las patas y corrió a refugiarse en el patio trasero de la casa de su amo, lanzando un aullido abominable. El otro disidente fue un niño pequeño, que berreó a todo pulmón y balbuceó algún disparate ininteligible acerca de una calabaza.

Mientras tanto, Feathertop continuó su camino calle arriba. Salvo por las pocas palabras galantes que había dirigido a la dama y alguna ligera inclinación de cabeza para corresponder las profundas reverencias de los transeúntes, parecía totalmente absorto en su pipa. Para atestiguar su rango y su importancia no se necesitaba más prueba que la ecuanimidad perfecta con que se comportaba, mientras la curiosidad y admiración del pueblo crecían a su alrededor hasta convertirse casi en un clamor. Con una multitud agolpándose tras sus pasos, llegó finalmente a la mansión del venerable juez Gookin, cruzó el portón, subió la escalinata de la puerta principal y llamó. Entre tanto, antes de que atendieran su llamado, se observó que el forastero sacudía las cenizas de su pipa.

—¿Qué fue lo que dijo con esa voz tan aguda? —preguntó uno de los espectadores.

—No lo sé —respondió su amigo—. Pero el sol me encandila de un modo extraño. ¡Qué borroso y pálido veo de pronto a su señoría! ¡Santo cielo!, ¿qué me sucede?

—Lo asombroso —dijo el otro— es que la pipa, que estaba apagada hace apenas un instante, se haya encendido otra vez, y con la brasa más roja que he visto en mi vida. Este forastero tiene algo de misterioso. ¡Qué bocanada de humo acaba de echar! ¿Borroso y pálido dice usted? Vaya, si cuando se da vuelta la estrella que luce sobre el pecho le echa llamas otra vez.

—Es verdad —asintió su compañero—, y bien puede deslumbrar a la bella Polly Gookin, a quien veo espiando por la ventana de su cuarto.

Como en ese momento se abrió la puerta, Feathertop se volvió hacia la multitud, hizo una majestuosa reverencia, como la de un gran señor que reconoce el homenaje del pueblo llano, y desapareció en el interior de la casa. Sobre su rostro se dibujaba una especie de sonrisa misteriosa, aunque quizá sería más justo llamarla mueca o gesto sarcástico; pero de todo el gentío que lo observaba, ninguno pareció tener la perspicacia necesaria para descubrir la naturaleza ilusoria del forastero, a excepción de un niño y un perro callejero.

Aquí nuestra leyenda pierde un poco de continuidad y, pasando por alto la conversación preliminar entre Feathertop y el comerciante, parte en busca de la bella Polly Gookin. Era una doncella de figura suave y redondeada, cabellos claros y ojos azules, con un rostro terso y rosado que no parecía ni demasiado perspicaz ni demasiado simple. La joven había divisado al fulgurante desconocido mientras éste aguardaba en el umbral, y enseguida se había puesto una cofia de encaje, un collar de cuentas, su pañuelo más fino y su falda de damasco más almidonada, preparándose para la entrevista. Corrió de su aposento a la sala, y desde ese momento se consagró a contemplarse en el amplio espejo de cuerpo entero y a ensayar poses seductoras: primero, una sonrisa; luego, un semblante de ceremoniosa dignidad; después, una sonrisa más tierna que la primera, un beso lanzado con la mano, un movimiento de cabeza, un giro de abanico; mientras dentro del espejo una pequeña doncella incorpórea repetía cada gesto e imitaba todas las tonterías que hacía Polly, pero sin avergonzarse de ellas. En resumen, si la bella Polly no logró convertirse en un mecanismo tan consumado como el ilustre Feathertop, fue por la insuficiencia de sus artes y no por falta de voluntad; y cuando así jugaba con su propia sencillez, el fantasma de la bruja bien podía concebir la esperanza de conquistarla.

No bien oyó Polly que las gotosas pisadas de su padre se acercaban a la puerta de la sala, acompañadas por el duro repiqueteo de los zapatos de tacón alto de Feathertop, se sentó muy erguida y empezó a gorjear inocentemente una canción.

—¡Polly! ¡Polly, hija mía! —gritó el viejo comerciante—. Ven acá, chiquilla.

El semblante de Maese Gookin, al abrir la puerta, era inquieto y preocupado.

—Este caballero —continuó, presentándole al forastero— es el Chevalier Feathertop… o mejor dicho, con su perdón, milord Feathertop, quien me ha traído un recuerdo de parte de una vieja amiga. Saluda a su señoría, niña, y trátalo con el respeto que su calidad merece.

Después de estas breves palabras de presentación, el venerable magistrado abandonó inmediatamente la sala. Pero incluso en ese fugaz instante, si la hermosa Polly hubiera mirado a su padre en vez de consagrarse por entero al deslumbrante huésped, quizá habría presentido que algo malo se cernía sobre ellos. El anciano estaba nervioso, agitado y muy pálido. Con la intención de sonreír cortésmente, había crispado el rostro en una especie de mueca galvánica que, cuando Feathertop le dio la espalda, se transformó en un gesto furioso, al tiempo que blandía el puño y descargaba una patada con el pie gotoso, grosería que trajo consigo su propio castigo. La verdad parece ser que la palabra de presentación de la Madre Rigby, fuera cual fuese, había influido mucho más sobre los temores del rico comerciante que sobre su buena voluntad. Además, como era un hombre dotado de una agudeza de observación extraordinaria, había notado que las figuras pintadas en la cazoleta de la pipa de Feathertop se movían. Al mirar con más atención se convenció de que aquellas figuras eran un grupo de pequeños demonios, cada uno debidamente provisto de cuernos y cola, que bailaban tomados de la mano con gestos de diabólica alegría en torno a la cazoleta de la pipa. Como para confirmar sus sospechas, cuando Maese Gookin acompañó a su huésped a lo largo de un pasillo oscuro que conducía desde su despacho privado hasta la sala, la estrella sobre el pecho de Feathertop desprendió llamas reales y proyectó un resplandor vacilante sobre la pared, el techo y el piso.

Ante semejantes indicios siniestros que se manifestaban por todas partes, no es extraño que el comerciante sintiera que estaba entregando a su hija a una compañía muy sospechosa. En lo más íntimo de su ser maldijo la insinuante elegancia de los modales de Feathertop, mientras el brillante personaje hacía reverencias, sonreía, se llevaba la mano al corazón, aspiraba una larga bocanada de su pipa y enriquecía la atmósfera con el ahumado vapor de un suspiro fragante y visible. De buena gana habría el pobre Maese Gookin arrojado a su peligroso huésped a la calle; pero se sentía paralizado por el terror. Nos tememos que este respetable caballero, en una etapa anterior de su vida, había concertado algún pacto con las fuerzas del mal, y quizás ahora debía cumplirlo mediante el sacrificio de su hija.

Sucedió que la puerta de la sala era en parte de cristal, cubierta por una cortina de seda cuyos pliegues colgaban un poco al sesgo. El interés del comerciante por presenciar lo que iba a ocurrir entre la bella Polly y el galante Feathertop era tan intenso que, después de salir de la sala, no encontró fuerzas para abstenerse de espiar por una abertura de la cortina.

Pero no había nada muy milagroso que ver; nada, salvo los detalles que ya había observado, que confirmara la idea de un peligro sobrenatural cercándose sobre la hermosa Polly. Es cierto que el forastero era evidentemente un hombre de mundo cabal y experimentado, sistemático y dueño de sí, y por lo tanto el tipo de persona a quien un padre no debía confiar a una muchacha joven y sencilla sin la debida vigilancia. El digno magistrado, que había tratado con toda clase de gente, no podía menos que notar que cada movimiento y cada gesto del distinguido Feathertop caía en su sitio exacto; que nada quedaba en él de tosco o espontáneo; que un convencionalismo bien asimilado se había integrado por completo a su sustancia y lo había transformado en una obra de arte. Quizá era esta peculiaridad la que le daba cierto aire fantasmal e inquietante. Es el efecto de todo aquello que es completa y consumadamente artificial bajo forma humana: la persona nos impresiona como algo irreal y desprovisto de la entidad suficiente para proyectar su sombra sobre el piso. En el caso de Feathertop, todo esto resultaba en una impresión absurda, extravagante y fantástica, como si su vida y su ser fueran parientes del humo que se elevaba en espiral desde su pipa.

Pero la bella Polly Gookin no sentía nada de esto. En ese momento la pareja se paseaba por la sala: Feathertop, con su paso refinado y su mueca no menos refinada; la joven, con una gracia virginal innata, apenas tocada —que no echada a perder— por una actitud ligeramente afectada que parecía haberse contagiado de la perfecta artificialidad de su compañero. Cuanto más se prolongaba la entrevista, más fascinada se sentía la encantadora Polly, hasta que, en el transcurso del primer cuarto de hora (según controló el anciano magistrado con su reloj), empezó evidentemente a enamorarse. No fue necesariamente la brujería lo que la rindió en tan poco tiempo; es posible que el corazón de la pobre criatura estuviera tan inflamado que la derritiera con su propio calor, reflejado en la hueca apariencia de un amante. Dijera lo que dijera Feathertop, sus palabras encontraban hondura y eco en los oídos de Polly; hiciera lo que hiciera, sus actos eran heroicos ante sus ojos. Y a estas alturas cabe suponer que ya había un rubor en las mejillas de Polly, una sonrisa tierna en sus labios y una líquida dulzura en su mirada; mientras la estrella seguía centelleando sobre el pecho de Feathertop y los diablillos brincaban con una alegría cada vez más frenética alrededor de la cazoleta de su pipa. ¡Ay, bella Polly Gookin! ¿Por qué esos demonios se regocijaban tan locamente porque el corazón de una doncella inocente estaba a punto de entregarse a una sombra? ¿Era acaso un infortunio tan insólito, un triunfo tan raro?

A intervalos, Feathertop se detenía y, adoptando una postura imponente, parecía invitar a la hermosa joven a examinar su figura y a seguir resistiéndose, si podía. Su estrella, sus bordados, sus hebillas, resplandecían en ese instante con un esplendor inefable; los pintorescos tonos de su indumentaria adquirían una riqueza más profunda; toda su presencia irradiaba un brillo y un lustre que atestiguaban el perfecto hechizo de unos modales impecables. La doncella levantó los ojos y los dejó reposar sobre su compañero con una mirada tímida y admirada. Luego, como si deseara juzgar qué valor podía tener su propia y sencilla belleza junto a tanta brillantez, dirigió la vista hacia el espejo de cuerpo entero frente al cual se encontraban. Era uno de los espejos más fieles del mundo, incapaz de halago alguno. Pero apenas las imágenes allí reflejadas alcanzaron la vista de Polly, lanzó un grito, se apartó del forastero, lo miró un momento con la más tremenda consternación y se desplomó sin sentido sobre el piso. Feathertop también había mirado hacia el espejo y allí contempló, no la deslumbrante farsa de su apariencia exterior, sino la imagen del sórdido remiendo de su composición real, despojada de todo hechizo.

¡Pobre simulacro! Casi lo compadecemos. Levantó los brazos con una expresión de desesperación que contribuyó más que cualquiera de sus actos anteriores a reivindicar su condición humana; porque quizá por primera vez, desde que esta vida de los mortales, tan a menudo hueca y engañosa, emprendió su curso, una ilusión se había visto a sí misma con toda nitidez y se había reconocido como tal.

* * *

La Madre Rigby estaba sentada junto a la chimenea de su cocina en el crepúsculo de aquella memorable jornada, y acababa de sacudir las cenizas de una pipa nueva, cuando oyó pasos apresurados por el camino. Sin embargo, no le parecieron pisadas humanas, sino más bien un tableteo de maderas o un entrechocar de huesos secos.

«¡Vaya! —pensó la vieja bruja—, ¿qué pasos son esos? ¿A qué esqueleto se le habrá ocurrido escapar de su tumba?».

Una figura se precipitó de cabeza por la puerta de la cabaña. ¡Era Feathertop! Su pipa estaba todavía encendida; la estrella aún llameaba sobre su pecho; los bordados seguían brillando sobre sus ropas; y no había perdido, en ningún grado ni forma que pudiera estimarse, el aspecto que lo equiparaba a nuestra hermandad mortal. Y sin embargo, por alguna razón indefinible (como sucede siempre con aquello que nos ha engañado una vez que lo descubrimos), se podía percibir la pobre realidad debajo del astuto artificio.

—¿Qué ha sucedido? —exigió saber la bruja—. ¿Acaso ese hipócrita lloroso echó de su casa a mi criatura? ¡El villano! ¡Enviaré veinte demonios a atormentarlo hasta que te ofrezca a su hija de rodillas!

—No, madre —respondió Feathertop, con abatimiento—. No fue eso.

—¿Acaso la muchacha despreció a mi tesoro? —preguntó la Madre Rigby, con sus ojos feroces brillando como dos carbones del infierno—. ¡Le llenaré la cara de granos! ¡Su nariz se pondrá tan roja como el tizón de tu pipa! ¡Se le caerán los dientes de adelante! ¡En una semana no valdrá la pena que la quieras!

—Déjala en paz, madre —contestó el pobre Feathertop—. La muchacha estaba casi conquistada; y creo que un beso de sus dulces labios me habría hecho completamente humano. Pero —añadió, tras una breve pausa, seguida de un aullido de desprecio por sí mismo—, ¡me he visto, madre! ¡He visto lo que soy: la cosa miserable, harapienta y vacía que soy! ¡No seguiré existiendo!

Arrancándose la pipa de la boca, la arrojó con todas sus fuerzas contra la chimenea, y en ese mismo instante se desplomó al suelo convertido en un revoltijo de paja y ropas andrajosas, de donde asomaban algunas estacas, con una calabaza arrugada en el centro. Las cuencas de los ojos carecían ahora de brillo; pero el tajo toscamente tallado que un momento antes había sido una boca aún parecía torcerse en una mueca desesperada, y en esa medida conservaba su carácter humano.

—¡Pobre criatura! —murmuró la Madre Rigby, echando una mirada pesarosa a los restos de su malhadado invento—. ¡Mi pobre, querido y hermoso Feathertop! Hay miles y miles de vanidosos y charlatanes en el mundo, forjados con la misma mezcolanza de desperdicios gastados, olvidados e inútiles de la que estaba hecho él. Y sin embargo viven con buena reputación y jamás se ven tal como son. ¿Por qué mi pobre muñeco tuvo que ser el único en conocerse a sí mismo y en morir por ello?

Mientras mascullaba estas palabras, la bruja había cargado una pipa nueva de tabaco y sostenía la boquilla entre los dedos, como si dudara entre llevársela a su propia boca o a la de Feathertop.

—¡Pobre Feathertop! —continuó—. Fácilmente podría darle otra oportunidad y enviarlo al mundo mañana de nuevo. Pero no; sus sentimientos son demasiado tiernos, su sensibilidad demasiado profunda. Parece tener demasiado corazón para pelear por su propio bienestar en un mundo tan vacío y despiadado. ¡En fin, en fin! Al cabo lo usaré como espantapájaros. Es una vocación inocente y útil, y le vendrá bien a mi tesoro; y si cada uno de sus hermanos de carne y hueso tuviera una igualmente adecuada, la humanidad andaría mejor; y en cuanto a esta pipa de tabaco, yo la necesito más que él.

Dicho lo cual, la Madre Rigby se acomodó la boquilla entre los labios.

—¡Dickon! —gritó, con su voz aguda y destemplada—. ¡Otro tizón para mi pipa!

FIN

Nathaniel Hawthorne - Feathertop
  • Autor: Nathaniel Hawthorne
  • Título: Feathertop: una leyenda con moraleja
  • Título Original: Feathertop: A Moralized Legend
  • Publicado en: The International Magazine, febrero de 1852
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

Más cuentos de Nathaniel Hawthorne→

También puedes leer:

  • Nathaniel Hawthorne: Wakefield
  • Nathaniel Hawthorne: El holocausto del mundo
  • Nathaniel Hawthorne: El joven Goodman Brown