TODO un mundo de estrellas constelaba mi cabeza en los momentos en que comencé a penetrar en mi pobre barrio. Mi pobre y admirable barrio. Caserío sin buenas luces, pero desde cuyo corazón podía mirarse mejor el cielo que parecía apuntalado por la veterana gallardía de algunos álamos y eucaliptos.

—¡Tan tarde que vienes, m’hijo!

Mi madre estaba en la puerta de la casa, y me besó la frente.

—Don Tito quiso que trabajara un poco más —dije simplemente.

—Vienes helado…, m’hijo…

—Sí… Hace un poco de frío.

—¡Tan avanzado que está el invierno, y todavía no tienes abrigo! —se dolió mi madre.

No dije nada.

Me encaminé al fondo del patio a mojarme las manos. Me ardían como si me las hubiesen desollado. Saltó de la llave del agua el chorro benefactor.

Mi madre habíame seguido.

—¡Otra vez con las manos deshechas, Enrique, por Dios!

—Si no es nada, mamá…

—¿Cómo nada, Enrique? … ¿A ver?

Me cogió de un brazo para llevarme al comedorcillo, alumbrado ya por la escasa luz de la lámpara a parafina. Me escabullí y salí a la calle. De pie, al borde de la cuneta, traté de localizar en la oscuridad a alguno de mis compañeros.

Mi madre se sonaba en el patio, lo que quería decir que ya había comenzado a llorar.

—Pschhh — chisté.

Me enrabiaba un poco su terneza, su sentimentalismo tal vez un poco exagerado. Pero ella era así. Y así la amaba, como a mi padre, a mis hermanos. Por lo demás, ya era hora de regresar, aunque fuese de noche, a una pequeña parcela de mi infancia.

Allá, donde había un grueso lampo de luz que rompía las sombras, balanceándose en las ramas secas de una acacia, estaban mis compañeros.

Doña Chepa, la despachera, se gozaba con nuestras jugarretas en la puerta de su negocio. Inventábamos entretenimientos inverosímiles y hasta unas corridas de par de lomo echábamos casi encima mismo de los sacos de papas y frejoles.

—¡Enrique! —sentí gritar a mi madre, antes de atravesar la calle—. ¡Vuelve, muchacho, toma una taza de café mientras, antes de comer!…

—Más rato —chillé, más que dije, frotándome las manos ardorosas.

Y ya de regreso, cuando comenzaba a saborear la sopa de avena:

—Enrique, hijo, ¡vas a tener que apurarte! —exclamó mi madre—. Tienes que ir en busca de tu padre… No ha llegado aún. No sé qué puede haberle ocurrido…

Yo sabía lo que esto significaba: ir a la comisaría próxima, y de allí, pedir que trataran de ubicar al hombre.

Callé. Pensaba. Sí. Pensaba. En tanta cosa: en la Asistencia Pública; en algún retén policial lejano.

Tomé la sopa con premura. Me alteraba la idea de que mi buen padre estuviese herido o se encontrara preso. Los comerciantes ambulantes estaban siempre expuestos a contingencias dramáticas, trágicas muchas veces.

En un país libre, en una ciudad abierta a todas las actividades, los humildes se ven comúnmente trabados en su libertad de trabajo. ¡Que el papel de sanidad no está al día! ¡Que el vendedor sobrepasó su radio de acción mercantil! ¡Que la cédula de identidad se quedó olvidada en casa! O quizá qué diablos de circunstancias. Luego, que un camión se le fué encima. Que se resistió a ir detenido y fué apaleado por la policía. ¡Oh, la belleza de la libertad en una ciudad democrática!

—¡Que de la comisaría indaguen a la Asistencia! —exclamó mi madre mientras yo salía—. O que llamen a otro retén.

Me pasó un gran pan candeal con un trozo de carne asada adentro.

—Para tu padre —dijo. Y me besó.

—Bueno, mamá…

Me despidieron en la puerta de calle Elena y la buena señora.

Y salí corriendo en medio de la oscuridad, apenas rota por los escasos focos de alumbrado. Hacía un frío endiablado. Y en medio de las sombras se levantaban vaharadas de niebla espesa y arrastrada. Me eché el “sándwich” a la cartera del paletó y me envolví la bufanda al cuello.

—Ten mucho cuidado, Enrique… —me gritaba todavía mi madre.

Seguí corriendo. Y más tarde, saltando baches, endilgué por la calle importante del barrio, hacia la comisaría. Llegué allí acezando.

La niebla parecía descolgarse de los barrotes que encerraban el amplio jardín. Había un fuerte olor a estiércol y a ropa mojada.

Se me acercó un policía hosco, como todo policía que se sabe omnipotente dentro de su uniforme y de su mandato.

—Quiero saber de mí papá… —hablé torpemente.

—Se habrá emborrachado por ahí… —dijo el policía—. Ja, ja, ja…

—No, no, señor… —hablé, con más aplomo—. Mi papá no se emborracha… Puede haberle ocurrido algo… Vende queques y calugas en el centro… En las escuelas…

—Ah… Mmm… Mmm… —refunfuñó—. Espera… O, no… Dame el nombre de tu padre…

—Guillermo Quilodrán, señor…

El policía se frotó las manos, después de echarles un poco de su aliento.

—¡Ah!… ¡Afff! —hacía yo de frío, a pesar de la carrera.

Me quedé solo en el zaguán en donde la neblina rondaba también como otro policía tétrico, fantasmal.

 

En la oficina del oficial de guardia se produjo un campanilleo y una batahola de gritos.

—¡Al calabozo con él!… —gritó el oficial.

Sacaron a la rastra a un borracho que vociferaba lo mismo que si lo fuesen a degollar.

Sonó una vez más la campanilla del teléfono. Y, transcurrido un largo rato, regresó el guardia que me atendiera.

—Tu padre está bien, chiquillo —me dijo casi filialmente—. Se encuentra detenido por infracción municipal en la 2.a comisaría…

—¡Gracias, señor!…

Venía entrando un grupo de paisanos y policías. Dos de los paisanos traían el rostro deshecho, ensangrentadas las ropas. Más atrás, unas mujeres desgreñadas, llenaban el aire de improperios.

Salí disparado.

La calle, llena de sombras, se abría como la boca de un animal de pesadilla, recorrida de blancos cendales. Un acezar precipitado y casi doloroso me secaba los labios. Apretaba en mi bolsillo el pan con carne, pensando en la inquietud de mi padre. Me angustiaba la sensación de esta vida expuesta a tanto sinsabor. Pero corría, corría. Se me desató una alpargata y hube de detenerme. Algo me pesaba en un costado del estómago. Mas, seguí corriendo.

No tardaron en desvanecerse casi por completo las sombras. Llegaba a una zona mejor alumbrada, pero la niebla, la maldita niebla helada, silenciosa como un ánima asesina, seguía envolviéndome. Allá rodaba un tranvía con una sonajera despiadada. En los bares cantaban los borrachos. Corrían unas victorias desvencijadas, de caballejos estornudantes. Me detuve a descansar frente a una mujer que vendía pescado frito. Me asqueó el olor. Y caminé ahora con prisa. Corrí de nuevo. Las bocacalles se sucedían rápidamente, yo lo sabía. Pero mi agilidad parecíame vana.

Por fin, una plazoleta. Altas palmeras en las que se enredaba la luz de los focos enceguecidos por la neblina.

Ascendí una escalerilla de piedra. La gran puerta estaba cerrada, pero al ruido de mis pasos un guardia se asomó tras una rejilla de hierro.

—¿Qué hay?… ¡Cabo de guardia!…

—Mi padre está detenido aquí…

Se entreabrió un ala de la puerta. Entré.

Se oyó tronar de nuevo: —¡Cabo de guardia!

Vino un hombre menudo, demasiado pequeño para su uniforme. —¿Qué quieres?

—¡Quiero saber de Guillermo Quilodrán!… Es mi padre y está detenido aquí.

—¡Ah!… Ya… ¡Espera!…

Recién miré, con ancha mirada, el enorme zaguán. Al fondo, tras una baranda de madera, de pie, cariacontecidos y tristes, una cincuentena de hombres y mujeres, los unos con guardapolvos, los otros con overoles, aguardaban silenciosos el instante de la libertad. Esto es: la libertad, que si es hermosa palabra, es en la práctica el esqueleto de la vida, y su sangre, y su came, y su robusta piel, el cuerpo entero de la vida.

Esa gente estaba como extática, sin decirse nada, a los pies los canastos de las ventas, o junto a los carritos de mercancías, los tachos barquilleros festoneados de bronce, o los barcos maniceros con sus fuegos apagados.

Vi, sin embargo, una mano huesuda que se levantaba, una mano querida, enraizadamente querida, y oí casi al mismo tiempo una voz igualmente amada:

—¡Aquí, Enrique!… ¡Aquí, m’hijo!…

—¡Silencio! —gritó potentemente uno de los guardias que custodiaban al grupo.

Trascendía el ambiente carcelario un olor a sudores humanos secos y a humedad de bestias equinas.

Mi padre bajó su enorme y noble diestra. No habló ya. Pero sentí que su mirada, como la continuación de su gesto y de su voz, me llegaba a los tuétanos mismos del alma.

—¡Papá! —exclamé para dentro de mí mismo—. ¡Oh, papá!

El pareció oír mi exclamación sentimental y me sonrió. Sus ojos brillaban, sí, cabrilleaban de una ternura tibia, húmeda, llena de emoción tan humanamente varona, que sentí que temblaba, que era yo el preso y que él era mi hijo.

Traté de mantenerme rígido, incólume en mi debilidad, en mi sostenida impotencia, pero los labios y la barbilla me tiritaban.

En un calabozo interior comenzaron a vociferar los borrachos y los ladrones. Se escuchaban insultos, ruidos de llaves y golpes. Después, unos hondos quejidos. Seguidamente, una rechifla.

Una mujerota del grupo de comerciantes ambulantes, aulló:

—¡Si ya pagamos la multa, ¿por qué no nos dejan salir, cobardes?…

—¡Silencio, puercos! — chilló un guardia.

—¡Nos estamos entumiendo aquí, desgraciados!

—¡Infelices!… ¡Peor, mientras más gritan!… —amenazó un uniformado, tratando de localizar a quienes hablaron.

—¡Abusadores!… ¡Pacos…!

El oficial de guardia, un mozalbete espigado, de rubio y menudo mostacho semejante a cola de ratón, se asomó a la puerta de su oficina: —¡A callarse!… -gritó.

Y se quedó largo rato observando al grupo. Se produjo un silencio de tumba. Ahora, era como si el olor a caballeriza que impregnaba el zaguán, se diera a imprecar. Algunos temblaban, castañeteando los dientes. Oleaban los alientos lechosos en el aire frío.

Yo fui acercándome lentamente. Los guardianes parecían no verme. Alcancé hasta la baranda. Extraje del bolsillo el pan con carne asada que llevaba a mi padre y tenté pasárselo. Él alargó, quizá ávido, la diestra dura y venosa. Mas, cuando ya lo recibía, la luma de la ley se descargó sobre las manos juntas de un padre y de un hijo.

—¡Carajos! ¡Qué se figuran!…

Retiramos nuestras diestras tensas de dolor. Nos mordimos. Un guardia me tomó de un brazo, refunfuñando, y me arrastró con rabia hasta las inmediaciones del portón. Y allí quedaron el pan y la carne, desenvueltos por la violencia del golpe y la caída, mostrando todo un cuadro sobre el suelo de cemento, un cuadro como de pura ternura humillada. Y allí, sobre esa nobleza nutricia, como sobre la tradición misma de las luchas del hombre, se posó una bota negra indolente de lustrosa impiedad.

Me mordí una vez más. Se mordió mi padre. Nos mordimos todos los que, en medio de ese olor a estiércol, sentimos rudamente que la dignidad es materia insobornable del alma humana.

El guardia se mantuvo impertérrito. Yo hubiera llorado. Mas, la entereza de mi padre me daba coraje. Cerré un instante los párpados y me tragué el odio. Sí, el odio, el horrible odio que, aun en los pueblos libres, germina, contra la buena voluntad de los hombres limpios.

En medio del silencio, sonó de repente, como una escofina amable, una voz:

—Los que pagaron la multa, que se acerquen a la puerta.

Hubo una rebujiña. Los unos comenzaron a recoger sus canastos, mi padre entre ellos. Los otros, acercándose a sus carritos, a sus portabarquillos, a sus barquichuelos de fuegos apagados.

Salió el oficial de guardia y fué dándoles la salida, de uno en uno. Mi padre fué de los primeros. Se acercó a mí. Me apretó contra uno de sus costados. Y, abierto el portalón, salimos todos como una bandada de extraños pájaros, en medio de un crujir de canastos, sonajera de tachos y rechinar de ruedas.

La noche estaba cerrada de bruma. Miré el canasto de mi padre. Él dijo, simplemente:

—Le di a esta gente los últimos queques que me quedaban… Me trajeron porque estaba vendiendo en una calle del centro. Cosas de la policía… Y se encogió de hombros.

En medio de la bruma, pasaba un carro burro. El conductor reconoció a mi padre y frenó el armatoste:

—¡Eli, aquí, aquí, eh, viejo Quilo…!

Trepamos al carro. Y fuimos penetrando en las sombras lácteas de la noche, como penetrando a nuestra propia soledad, grande de potencias filiales.

© Nicomedes Guzmán: Una moneda al río y otros cuentos, 1954.