Cerezas

Osamu Dazai

世界 (Sekai), 1 de mayo de 1948

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

13 min de lectura
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Sinopsis: «Cerezas» (Ōtō) es un cuento autobiográfico del escritor japonés Osamu Dazai, publicado en mayo de 1948 en la revista Sekai. Un padre de familia, agobiado por sus responsabilidades e incapaz de ocuparse de las tareas domésticas, vive con su esposa y sus tres hijos pequeños en un hogar donde la tensión crece en silencio. La madre carga casi sola con el peso de la casa, mientras él recurre a las bromas y al alcohol para contener una angustia que no consigue expresar. Una noche de verano, una frase dicha casi al pasar deja al descubierto el cansancio y la fragilidad que agobian a la pareja.

Osamu Dazai - Cerezas

Cerezas

Osamu Dazai
(Cuento completo)

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Alzo mis ojos a los montes.
—Salmo 121.

Quisiera creer que los padres importan más que los hijos. Aunque uno intente pensar, con aire edificante, como un moralista a la antigua, que todo debe hacerse por los hijos, la verdad es que los padres son más débiles que ellos. Al menos en mi familia es así. No tengo, por supuesto, la menor intención egoísta de que, cuando llegue a viejo, mis hijos me ayuden o se hagan cargo de mí; pero este padre, dentro de su propia casa, vive siempre pendiente del humor de sus hijos. Y cuando digo hijos, los míos son todavía muy pequeños. La mayor tiene siete años; el varón, cuatro; la menor, uno. Aun así, cada uno de ellos empieza ya a imponerse a sus padres. El padre y la madre han acabado por parecer los criados de sus propios hijos.

Una noche de verano, toda la familia se reunió a cenar en el cuarto de tres tatamis, entre gran alboroto y gran confusión. El padre se secaba una y otra vez el sudor de la cara con una toalla.

—En el Yanagidaru leí algo así como: «Comer y sudar a mares, qué cosa tan vulgar». Pero, con estos niños tan ruidosos, hasta un padre tan refinado como yo termina sudando a chorros —empezó a quejarse, murmurando para sí.

La madre, mientras daba el pecho a la niña menor, servía al padre, a la hija mayor y al hijo; limpiaba lo que los niños derramaban, recogía lo que se les caía, les sonaba la nariz, y se multiplicaba con una energía prodigiosa.

—Parece que a papá donde más le sale sudor es en la nariz. Siempre estás secándotela a toda prisa.

El padre sonrió con amargura.

—¿Y a ti dónde te sale? ¿En la entrepierna?

—Qué padre tan fino.

—No, mujer, si estoy hablando de algo médico. No hay nada fino ni grosero en eso.

—En mi caso —dijo la madre, poniéndose un poco seria—, entre pecho y pecho… el valle de las lágrimas…

El valle de las lágrimas.

El padre guardó silencio y siguió comiendo.

Cuando estoy en casa, siempre estoy haciendo bromas. Precisamente porque mi corazón vive lleno de preocupaciones y tormentos, no me queda más remedio que mostrar una alegría exterior. O tal vez no sea solo cuando estoy en casa: también cuando trato con otras personas, por mucho que sufra mi ánimo o por mucho que me duela el cuerpo, me esfuerzo casi desesperadamente por crear un ambiente agradable. Luego, cuando el visitante se marcha, quedo tambaleándome de cansancio y pienso en el dinero, en la moral, en el suicidio. Y no es algo que me ocurra únicamente al tratar con la gente. También me sucede cuando escribo. Cuando estoy triste, me esfuerzo todavía más por crear relatos ligeros y divertidos. Yo, al menos, creo estar ofreciendo mi servicio más delicado; pero la gente no lo advierte y me desprecia: Dazai, dicen, se ha vuelto superficial últimamente, pesca lectores solo con lo entretenido, escribe con una facilidad intolerable.

¿Es malo que un ser humano quiera servir a otro ser humano? ¿Es bueno darse importancia y no reírse casi nunca?

En resumen, no soporto las cosas torpemente serias, desabridas e incómodas. Por eso, incluso en mi casa, estoy siempre haciendo bromas, y las hago con la sensación de caminar sobre una capa delgada de hielo. Contra lo que imaginan algunos lectores y críticos, los tatamis de mi habitación son nuevos, el escritorio está ordenado, marido y mujer se cuidan y se respetan; por supuesto, el marido jamás ha golpeado a la esposa, y ni siquiera han tenido una de esas discusiones violentas de «¡vete de la casa!» y «¡me voy!». El padre y la madre, sin dejarse ganar el uno por el otro, quieren mucho a sus hijos, y los niños, alegres, se muestran muy apegados a ambos.

Pero eso es solo apariencia. Cuando la madre se abre el pecho, está el valle de las lágrimas; los sudores nocturnos del padre son cada vez peores. Los esposos conocen el sufrimiento del otro, pero procuran no tocarlo. Si el padre hace una broma, la madre se ríe.

Sin embargo, aquella vez, cuando la madre dijo «el valle de las lágrimas», el padre se quedó callado. Quiso salir del paso con alguna broma, pero no se le ocurrió nada a tiempo. Al seguir callado, la incomodidad fue creciendo, y hasta aquel padre tan “hombre de mundo” terminó por ponerse serio.

—C-contrata a alguien. De un modo u otro, hay que hacerlo.

Lo murmuró como si hablara solo, con miedo de contrariar a la madre.

Tres hijos. El padre es completamente inútil para las tareas de la casa. Ni siquiera levanta su propio futón. No hace más que decir bromas absurdas. No sabe nada de racionamientos ni de registros. Vive como si estuviera alojado en una posada. Visitas. Agasajos. Sale con una vianda hacia su cuarto de trabajo y a veces pasa una semana entera sin volver a casa. Trabajo, trabajo, dice siempre con gran escándalo, aunque parece que apenas logra escribir dos o tres páginas al día. El resto es alcohol. Cuando bebe demasiado, se demacra y termina postrado en cama. Además, por lo visto, tiene por ahí algunas jóvenes amigas.

Los niños… La hija mayor, de siete años, y la menor, nacida esa primavera, se resfrían con facilidad, pero en general son como cualquier niño. El varón, en cambio, tiene cuatro años, está en los huesos y todavía no puede ponerse de pie. No habla una sola palabra: solo dice “aa” o “daa”; tampoco comprende lo que otros le dicen. Se arrastra por el suelo y no avisa cuando hace caca o pipí. Y, sin embargo, come muchísimo. Pero siempre está flaco y pequeño, tiene poco pelo y no crece nada.

El padre y la madre evitan hablar a fondo de este hijo. Idiota, mudo… Pronunciar siquiera una de esas palabras y confirmarla entre los dos sería demasiado atroz. A veces la madre abraza al niño con fuerza. A menudo, en un arrebato, el padre siente deseos de tomarlo en brazos, arrojarse con él al río y morir.

«Padre mata a hachazos a su segundo hijo mudo. Poco después del mediodía del día X, en el distrito X, barrio X, número X, el comerciante Fulano de Tal, de cincuenta y tres años, mató en la habitación de seis tatamis de su casa a su segundo hijo, Fulano, de dieciocho, golpeándolo una vez en la cabeza con una hachuela para leña. Luego se hirió la garganta con unas tijeras, pero no logró morir. Fue trasladado a una clínica cercana, donde se encuentra en estado crítico. En la familia habían adoptado recientemente a un marido para la segunda hija, Fulana, de veintidós años, y, al parecer, el padre, movido por el cariño hacia ella, llegó a tal extremo al pensar que su segundo hijo, además de mudo, era algo débil de entendimiento.»

Noticias como esa en el periódico también me hacen beber por desesperación.

¡Ah, ojalá se tratara solo de un retraso en el desarrollo! ¡Ojalá este hijo creciera de pronto algún día y se burlara con indignación de las preocupaciones de sus padres! Sin decírselo a parientes ni amigos, marido y mujer lo desean en secreto, mientras por fuera fingen que nada les preocupa y se ríen haciéndole bromas al niño.

La madre, seguramente, vive haciendo el mayor esfuerzo posible; pero el padre también se esfuerza con todo su empeño. Para empezar, no es un novelista capaz de escribir mucho. Es un hombre de una timidez extrema. Lo han arrastrado ante el público, y escribe desconcertado, dando tumbos. Como escribir le resulta penoso, busca refugio en el alcohol desesperado. El alcohol desesperado es el que uno bebe por la irritación, la impaciencia de no poder afirmar lo que piensa. Quien puede afirmar siempre con claridad lo que piensa no bebe por desesperación. (Por eso hay pocas mujeres bebedoras.)

Nunca he ganado una discusión. Siempre pierdo. Me abruma la fuerza de la convicción ajena, la violencia con que el otro se afirma a sí mismo. Entonces callo. Pero, a medida que lo pienso, advierto el egoísmo del otro y empiezo a convencerme de que no toda la culpa es mía. Sin embargo, después de haber perdido una vez la discusión, recomenzar obstinadamente la pelea me parece sombrío; además, las disputas me dejan durante mucho tiempo un odio desagradable, como si fueran peleas a golpes. Por eso, aunque tiemblo de rabia, sonrío, callo, pienso toda clase de cosas y al final termino bebiendo por desesperación.

Lo diré con claridad. He escrito dando rodeos cansadores por todas partes, pero lo cierto es que este relato es una historia de una pelea conyugal.

«El valle de las lágrimas».

Eso fue la mecha. Como ya he dicho, esta pareja era extraordinariamente apacible: nunca habían llegado, por supuesto, a una agresión física, ni siquiera se habían insultado con palabras groseras. Pero precisamente por eso vivían temblando ante el peligro de que cualquier cosa provocara una explosión. El peligro de que ambos, en silencio, fueran reuniendo pruebas contra el otro; el peligro de mirar apenas una carta y dejarla boca abajo, mirar apenas otra y dejarla boca abajo, hasta que un día, de improviso, alguien dijera «ya está» y extendiera ante los ojos del otro la serie completa. No sería del todo falso decir que ese peligro los hacía tan considerados entre sí. En cuanto a la esposa, no sé; pero el marido era de esos hombres a los que, cuanto más se los sacude, más polvo les sale.

«El valle de las lágrimas».

Al oírlo, el marido se sintió agraviado. Pero no le gustaban las discusiones. Calló. Tú me lo has dicho, pensaba, con algo de reproche; pero no eres la única que llora. Yo también, no menos que tú, pienso en los niños. Mi familia me importa. Si un niño tose de un modo raro en mitad de la noche, me despierto sin falta y me invade una angustia insoportable. Quisiera mudarnos a una casa un poco mejor y darles una alegría a ti y a los niños, pero sencillamente no me alcanzan las fuerzas. Con esto ya hago todo lo que puedo. Tampoco soy un monstruo feroz. No tengo el «valor» de mirar tranquilamente cómo mi mujer y mis hijos se hunden. Lo de los racionamientos y los registros no es que no lo sepa: es que no tengo tiempo para ocuparme de eso… El padre murmuraba así en su interior, pero no tenía confianza para decirlo en voz alta; además, si lo decía y la madre le respondía algo, sentía que no podría contestar ni una palabra. Por eso apenas consiguió afirmar, como quien habla solo:

—Contrata a alguien.

La madre, en realidad, también era más bien callada. Pero en lo que decía había siempre una confianza fría. (No solo esta madre: casi todas las mujeres son así.)

—Pero no es fácil encontrar a alguien que quiera venir.

—Si buscas, seguro que encuentras. Tal vez el problema no sea que no haya quien quiera venir, sino que no hay quien quiera quedarse.

—¿Estás diciendo que no sé tratar a la gente que trabaja en la casa?

—No, eso…

El padre volvió a callar. En realidad, eso era exactamente lo que pensaba. Pero calló.

Ah, si tan solo contrataran a una persona. Cuando la madre sale a hacer recados con la menor a la espalda, el padre tiene que encargarse de los otros dos niños. Y, además, todos los días llegan, sin falta, unas diez visitas.

—Quisiera irme al cuarto de trabajo.

—¿Ahora?

—Sí. Hay un trabajo que tengo que terminar esta misma noche, pase lo que pase.

No era mentira. Pero también sentía deseos de escapar de la melancolía de la casa.

—Esta noche pensaba ir a ver a mi hermana.

Yo también lo sabía. Su hermana estaba grave. Pero, si mi mujer iba a visitarla, yo tendría que quedarme cuidando a los niños.

—Por eso digo que hay que contratar a alguien…

Empecé a decirlo, pero me detuve. Si rozaba siquiera cualquier asunto relacionado con la familia de mi mujer, los sentimientos de ambos se enredaban terriblemente.

Vivir es algo tremendo. Las cadenas se enredan por todas partes y, al menor movimiento, brota la sangre.

Me levanté en silencio, saqué del cajón del escritorio de la habitación de seis tatamis un sobre con dinero de mis honorarios y me lo metí en la manga del kimono. Luego envolví papel de manuscrito y un diccionario en un furoshiki negro, y salí suavemente de la casa, como si no fuera un cuerpo.

Ya no estaba para trabajar. Solo pensaba en el suicidio. Fui directo al lugar donde bebía.

—Bienvenido.

— Bebamos. Hoy traes un kimono de lo más bonito…

—No está mal, ¿verdad? Pensé que era de los que te gustan.

—Hoy tuve una pelea con mi mujer. De esas que se quedan dentro, oscuras, y no hay quien las aguante. Bebamos. Esta noche me quedo. Me quedo sin falta.

Quisiera creer que los padres importan más que los hijos. Los padres son más débiles que los hijos.

Sirvieron cerezas.

En mi casa no damos de comer lujos a los niños. Quizá mis hijos ni siquiera hayan visto cerezas. Si se las diera, se alegrarían. Si el padre las llevara a casa, se alegrarían. Si las ensartara con un hilo y se las colgara del cuello, las cerezas parecerían un collar de coral.

Pero el padre comía con evidente disgusto las cerezas servidas en una gran fuente, escupía el carozo; comía y escupía el carozo; comía y escupía el carozo. Y las palabras que murmuraba en su interior, como una bravata, eran: los padres importan más que los hijos.

FIN

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Osamu Dazai - Cerezas
  • Autor: Osamu Dazai
  • Título: Cerezas
  • Título Original: 桜桃 (Ōtō)
  • Publicado en: 世界 (Sekai), 1 de mayo de 1948
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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