Ubasute

Osamu Dazai

Shinchō, octubre de 1938

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

34 min de lectura
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Sinopsis: «Ubasute» (姥捨) es un cuento del escritor japonés Osamu Dazai, publicado en octubre de 1938 en la revista Shinchō. Narra la historia de Kashichi y su esposa Kazue, un matrimonio en crisis que, acosado por las deudas, la infidelidad y el desgaste emocional, decide sellar un pacto de muerte. El relato describe sus últimas horas en Tokio y su melancólico viaje hacia las gélidas montañas de Minakami, donde planean consumar su fatídico destino.

Osamu Dazai - Ubasute

Ubasute[1]

Osamu Dazai
(Cuento completo)

En ese momento, ella murmuró con voz extraña:

—Está bien. Yo me encargaré de todo. Desde el principio estaba resuelta a hacerlo. De veras, ya no hay más que decir.

— Eso no puede ser. Sé bien cuál es tu resolución. Piensas morir sola, o si no, abandonarte y hundirte sin importarte las consecuencias. Algo así, supongo. Tienes padres y un hermano menor. No puedo quedarme de brazos cruzados sabiendo lo que pretendes.

Aunque sus palabras sonaban sensatas, a Kashichi también le entraron de pronto ganas de morir.

—Murámonos. Murámonos juntos. Hasta Dios nos perdonaría.

Los dos comenzaron a prepararse con solemnidad.

La esposa había acariciado a otro hombre; el marido, por su parte, había dejado que la vida cotidiana se arruinara hasta el punto de empujarla a semejante acto. Ambos pensaron poner fin a sus vidas muriendo juntos. Era un día de principios de primavera. Tenían catorce o quince yenes para los gastos del mes. Se los llevaron íntegros. Además, una muda de ropa para cada uno: la bata acolchada de Kashichi, un kimono forrado de Kazue y dos obi.[2] Era todo lo que les quedaba. Lo envolvieron en un furoshiki.[3] Kazue abrazó el bulto y, algo poco usual, salieron juntos, hombro con hombro.

Él no tenía capa. Llevaba un kimono de algodón de Kurume,[4] una gorra cazadora y una bufanda de seda azul oscuro anudada al cuello. Solo los geta[5] eran blancos y nuevos. Ella tampoco tenía abrigo. El haori[6] y el kimono eran ambos de seda meisen con dibujos de flechas. Un chal rojo claro de manufactura extranjera, desproporcionadamente grande, le cubría la mitad superior del cuerpo. Un poco antes de llegar a la casa de empeño, se separaron.

Era mediodía en la estación de Ogikubo. La gente entraba y salía sigilosamente. Kashichi estaba de pie frente a la estación, fumando un cigarrillo en silencio. Kazue llegó buscándolo con la mirada de un lado a otro y, al descubrirlo, corrió hacia él casi a tropezones.

—¡Fue un éxito! ¡Un gran éxito! —exclamó alborozada—. ¡Me prestaron quince yenes! ¡Qué tontos!

«Esta mujer no va a morir. No debo dejarla morir. No está aplastada por la vida como yo. Aún le quedan fuerzas para seguir viviendo. No es alguien que deba morir. Con solo haber dicho que pensaba quitarse la vida, ya tiene suficiente disculpa ante el mundo. Con eso basta. A ella la perdonarán. Yo moriré solo.»

—Eso sí que es una hazaña —dijo sonriendo, y sintió deseos de darle unas palmaditas en el hombro—. Entre todo, tenemos treinta yenes. Podríamos hacer un viaje corto, ¿no?

Compraron un billete hasta Shinjuku. Se bajaron allí y corrieron a una farmacia, donde Kashichi compró una caja grande de somníferos. Luego fueron a otra farmacia y allí compró una caja de otra marca. Hacía esperar a Kazue afuera mientras él, con una sonrisa, compraba los fármacos, de modo que en ninguna parte despertó sospechas.

Por último entraron a Mitsukoshi.[7] Se dirigieron a la sección de medicamentos y allí, envalentonado por el bullicio del lugar, Kashichi pidió dos cajas grandes. Una dependienta de rostro delgado y serio, con grandes ojos oscuros, dejó asomar una leve arruga de desconfianza en el entrecejo. Puso mala cara. Kashichi se sobresaltó. No pudo componer una sonrisa a tiempo. Los medicamentos le fueron entregados con frialdad.

«Nos está observando, estirándose para vernos de espaldas.»

A sabiendas de ello, Kashichi se pegó a Kazue y se perdieron entre la multitud. Aunque caminaba con aparente calma, visto desde fuera, algo extraño debía de traslucirse en él. Kashichi sintió tristeza.

Después, en la sección de ofertas, Kazue compró un par de tabi[8] blancos. Kashichi compró cigarrillos extranjeros de buena marca y salieron. Tomaron un coche y se dirigieron a Asakusa. Entraron a un cine donde proyectaban La luna sobre el castillo en ruinas.[9] Al comienzo aparecieron el tejado y la cerca de una escuela rural, y se oyó un coro de niños. Kashichi lloró.

—¿Sabes? —susurró a su esposa, sonriendo en la oscuridad—. Dicen que los enamorados, cuando van al cine, se toman de la mano así.

Movido por la compasión, asió con la derecha la mano izquierda de Kazue, la acercó hacia sí y la cubrió con su gorra para esconderla. Apretó con fuerza aquella mano pequeña, pero entre esposos puestos en una situación tan dolorosa, el gesto le pareció sucio. Le dio miedo y soltó la mano despacio. Kazue se rio por lo bajo; pero no se reía de la torpe broma de su marido, sino de alguna ocurrencia tonta de la película.

«Esta mujer es modesta, es buena; puede ser feliz viendo una película. No debo matarla. Que alguien como ella muera es un error.»

—¿Y si dejamos lo de morir?

—Como quieras —contestó sin apartar los ojos de la pantalla—. Yo, de todos modos, pienso morir sola.

Kashichi sintió el misterio del cuerpo femenino. Cuando salieron del cine ya había anochecido. Kazue dijo que quería comer sushi.[10] A Kashichi no le gustaba el sushi: le parecía que olía demasiado a pescado crudo. Además, esa noche quería comer algo más caro.

—Sushi, justo ahora.

—Pero yo quiero comerlo.

Había sido el propio Kashichi quien le enseñó la virtud del egoísmo, quien se jactó de mostrarle con ejemplos la impureza de la sumisión hipócrita.

«Todo se me revierte.»

En un restaurante de sushi, bebieron un poco de sake.[11] Kashichi pidió ostras fritas. «Esta será mi última comida en Tokio», se dijo, y no pudo evitar una mueca amarga. Su esposa comía tekka.[12]

—¿Está rico?

—Malo — dijo con una mueca de asco sincero, y se metió otro trozo en la boca—. Qué malo.

Apenas hablaron.

Salieron del restaurante y entraron a un teatro de manzai.[13] Estaba lleno a reventar. Desde la entrada, los espectadores se apretujaban de pie, dándose empujones y codazos, y aun así de vez en cuando estallaban todos juntos en carcajadas. Arrastrada por la multitud, Kazue fue arrastrada por la multitud hasta quedar a más de nueve metros de Kashichi. Como era baja de estatura, tenía que hacer verdaderos esfuerzos para espiar el escenario por entre la barrera de espectadores. Parecía una muchachita de pueblo.

Kashichi, también empujado por la gente, se ponía de puntillas de cuando en cuando para buscar la figura de Kazue con inquietud. Miraba más hacia ella que hacia el escenario. Kazue apretaba contra el pecho el envoltorio negro del furoshiki —dentro del cual iban también los somníferos— y movía la cabeza de un lado a otro tratando de ver a los cómicos. De vez en cuando se volvía y buscaba la figura de Kashichi. Cuando sus miradas se cruzaban, ninguno de los dos sonreía. Fingían indiferencia. Y, sin embargo, se sentían tranquilos.

«Esa mujer me ha ayudado mucho. No debo olvidarlo. La culpa es toda mía. Si la gente la señalara con el dedo, yo la defendería como fuera. Ella es buena persona. Lo sé. Lo creo.»

«¿Y lo de esta vez? Ah, no, no puedo. No puedo tomármelo a risa. No sirve de nada. Eso es lo único ante lo que no puedo quedarme tranquilo. No lo soporto.»

«Perdóname. Este será mi último acto de egoísmo. La ética, eso puedo aguantarlo. Pero lo que siento, eso no. Es sencillamente insoportable.»

Una oleada de risas se extendió por la sala. Kashichi le hizo una seña a Kazue con los ojos y salieron.

—Vamos a Minakami[14], ¿sí?

El verano del año anterior lo habían pasado en Tanigawa Onsen, unos baños termales enclavados en la montaña, a una hora de camino a pie desde la estación de Minakami. Había sido un verano dolorosamente difícil, pero de tan doloroso se había convertido en un recuerdo dulce, como una postal de colores intensos. La lluvia repentina y blanca cayendo sobre la montaña y el río: allí se podría morir en paz, con tristeza. Al oír «Minakami», el cuerpo de Kazue cobró vida de pronto.

—¡Ah! Entonces tengo que comprar castañas asadas. La señora decía siempre que quería, que quería…

Kazue se había encariñado con la anciana dueña de aquella pensión, y la anciana también parecía quererla. Era poco más que una pensión familiar, con solo tres habitaciones y sin baño propio: había que ir al gran hotel de al lado a buscar agua caliente, o si no, con paraguas cuando llovía y con un farol o una vela cuando era de noche, bajar hasta el río Tanigawa y meterse en una pequeña poza termal al aire libre.

El matrimonio de ancianos vivía solo; al parecer no tenían hijos. Con todo, a veces las tres habitaciones se ocupaban, y entonces los dos andaban de aquí para allá sin dar abasto; Kazue se metía en la cocina a ayudar, o más bien a estorbar. En la mesa servían huevas de salmón o nattō; no era comida de hotel. Kashichi se sentía a gusto.

Una vez, la señora se quejó de dolor de muelas y Kashichi, que no podía verla sufrir, le dio una aspirina. Le hizo tanto efecto que se quedó dormida como si nada, y el marido, que la consentía mucho, empezó a dar vueltas por ahí preocupado. Kazue se murió de risa. Otra vez, Kashichi caminaba solo con la cabeza gacha por un prado cerca de la pensión, y al levantar la vista hacia la entrada, vio a la señora sentada en el suelo de madera al pie de la escalera, en la penumbra del vestíbulo, observándolo en silencio con aire distraído. Aquella imagen se convirtió en uno de los recuerdos más nobles de Kashichi.

Aunque la llamaban «la anciana», era una mujer de cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años, de rostro bonachón y modales apacibles y distinguidos. El marido, según parecía, era yerno adoptivo.[15]

Kazue compró las castañas. Kashichi la animó a comprar unas cuantas más.

La estación de Ueno[16] olía a pueblo natal. Kashichi siempre temía encontrarse allí con algún conocido de su tierra. Esa noche más que nunca: con aquella pinta de dependientes de tienda o de sirvientas en día de permiso, le preocupaban terriblemente las miradas de la gente. En un puesto de la estación, Kazue compró un número especial de novelas de detectives de la revista Modan Nihon. Kashichi compró una botellita de whisky. Subieron al tren de las diez y media con destino a Niigata.

Una vez sentados uno frente al otro, sonrieron sutilmente.

—Oye, con esta facha, ¿no le parecerá raro a la señora?

—Da igual. Le dices que fuimos a ver una película a Asakusa y que, al volver, a tu marido borracho se le metió en la cabeza ir a Minakami, y que vinimos directamente.

—También es cierto —dijo, tan fresca.

Pero enseguida volvió a hablar:

—La señora se va a sorprender, ¿no crees?

Mientras el tren no partió, Kazue seguía sin calmarse.

—Seguro que se alegra —dijo Kashichi.

El rostro de Kazue se tensó por un instante; miró el andén de reojo. Se acabó. Como si hubiera cobrado valor, desató el furoshiki sobre sus rodillas, sacó la revista y empezó a hojearla.

Kashichi sentía las piernas pesadas y un malestar nervioso en el pecho. Se llevó la botella de whisky a la boca con la sensación de estar tomando una medicina.

«Si tuviera dinero, no habría ninguna necesidad de dejar morir a esta mujer. Si ese otro hombre fuera un poco más de fiar, esto podría tomar otra forma. Es insoportable. El suicidio de esta mujer no tiene sentido.»

—Oye, ¿yo soy buena persona? —soltó Kashichi de pronto—. ¿Será que solo quiero quedar como el bueno de la historia?

Lo dijo tan alto que Kazue se azoró, y luego frunció el ceño, irritada. Kashichi sonrió, cobarde, con una risa nerviosa.

—Pero, mira —dijo en broma, bajando la voz a propósito más de lo necesario—, tú todavía no eres tan infeliz. Al fin y al cabo eres una mujer común y corriente: ni mala ni buena, normal por naturaleza. Yo soy distinto. Soy un caso terrible. Un tipo que está, seguramente, por debajo de lo normal.

El tren dejó atrás Akabane y Omiya y corría en la oscuridad. Un poco por el whisky, un poco azuzado por la velocidad del tren, Kashichi se había puesto locuaz.

— Sé perfectamente lo vergonzoso que es: que mi mujer se haya hastiado de mí y yo no pueda hacer nada, que ande dando vueltas tras ella sin rumbo. Es una estupidez. Pero yo no soy el bueno. No quiero serlo. No busco esa compasión fácil: la de una mujer que me engaña, yo que no la puedo olvidar, ella que me arrastra hasta la muerte, y entonces la gente del ambiente artístico dice «qué puro era», y el mundo dice «era buena persona, pero sin carácter». No. Yo muero vencido por mi propio sufrimiento. No muero por ti. Yo también tuve mucha culpa. Dependí demasiado de los demás. Confié demasiado en la fuerza de otros. Eso lo sé, y también conozco mis muchos otros fracasos vergonzosos. He tratado de vivir como una persona normal, ¿tienes idea de cuánto me he esforzado? Vivía agarrado a una sola brizna de paja. Con el más mínimo peso, esa paja parecía quebrarse, y yo me aferraba con toda el alma. ¿Lo entiendes, verdad? No es que yo sea débil: es que el sufrimiento pesa demasiado. Me estoy quejando. Estoy lleno de rencor. Pero si no lo digo en voz alta y claramente, tú, igual que todos, creerás demasiado en mi fachada de hombre fuerte y pensarás: «tanto hablar de sufrimiento y al final es pura pose».

Kazue intentó decir algo.

—No, déjalo. No te estoy reprochando. Tú eres buena. Siempre fuiste franca. Creíste lo que se te decía al pie de la letra. No pretendo culparte. Hay gente con mucha más instrucción que tú, amigos de muchísimos años, que tampoco conocieron mi sufrimiento. Que tampoco creyeron en mi amor. Es comprensible. Yo, al fin y al cabo, fui torpe.

Luego de decir esto, le sonrió y Kazue, por un instante, se sintió satisfecha.

—Está bien. Ya basta. Si alguien te oyera, ¿no sería un problema?

—No entiendes nada. Te debo de parecer un perfecto idiota, ¿no? Lo que me atormenta es que quizá, en algún rincón de mi alma, siga escondido el deseo de quedar como el bueno. Llevamos seis o siete años juntos, y tú ni una sola vez… Pero no, no pretendo reprochártelo. Es comprensible. No es culpa tuya.

Kazue había dejado de escucharlo. Leía la revista en silencio. Kashichi se puso serio y, mirando hacia la oscura ventanilla, siguió hablando como para sí mismo.

— ¡Esto no es ninguna broma! ¿Cómo voy a ser yo el bueno? ¿Qué dice la gente de mí? Que soy mentiroso, perezoso, vanidoso, derrochador, mujeriego, y muchísimas cosas peores. Pero me callé. No dije ni una palabra en mi defensa. Tenía mis propias convicciones. Solo que eso no se puede decir en voz alta; si lo dijera, todo perdería su sentido. A pesar de ello, sigo creyendo en la misión histórica. No puedo vivir solo para mi propia felicidad. Decidí encarnar históricamente el papel del villano. Mientras más fuerte sea la maldad de Judas, más brilla la dulzura de Cristo. Me creía de una estirpe destinada a la extinción. Mi visión del mundo me lo enseñó así. Intenté ser una antítesis viva y poderosa. Creía que cuanto más encarnara el mal de los que están destinados a perecer, con más fuerza nacería después la luz de lo sano. Eso creía. Eso rezaba. No me importaba lo que me pasara: si mi papel servía aunque fuera un poco a ese futuro luminoso, con eso me bastaba para morir en paz. Nadie se lo creería, se reirían, pero de verdad pensaba así. Soy así de tonto. Puede que estuviera equivocado. Puede que en algún punto me creyera demasiado. Puede que todo fuera un sueño dulce. La vida no es un escenario. Decirle a alguien «yo caigo para que tú te levantes» quizás sea un error. Un banquete preparado con una vida sacrificada, apestando a cadáver, no se lo come ni un perro. Y a quien se lo ofreces le da asco. Si no nos salvamos todos juntos, quizás nada tenga sentido.

La ventanilla, por supuesto, no le respondía.

Kashichi se puso de pie y fue tambaleándose hacia el baño. Entró, cerró bien la puerta, vaciló un instante y juntó las palmas de las manos. Era la postura de quien reza. Sin el más mínimo asomo de pose.

Llegaron a la estación de Minakami a las cuatro de la madrugada. Aún estaba oscuro. La nieve, que les había preocupado, casi había desaparecido: apenas quedaban restos grises en algunos rincones. Kashichi pensó que quizá podrían subir a pie hasta Tanigawa Onsen, pero por precaución se dirigió al puesto de coches frente a la estación y tocó para despertar al chofer.

A medida que el coche subía zigzagueando por la montaña, iban apareciendo los campos y las colinas cubiertos de una nieve tan blanca que casi iluminaba el oscuro cielo.

—Qué frío. No pensé que haría tanto —dijo Kazue—. En Tokio ya hay gente que anda con kimono de primavera.

Hasta al chofer le pedía disculpas por su atuendo.

—¡Ah! Doble a la derecha ahí.

Se acercaban a la pensión. Kazue se iba animando.

—Seguro que están durmiendo todavía —y luego, dirigiéndose al chofer—: Sí, un poquito más adelante.

—Alto —dijo Kashichi—. Desde aquí vamos a pie.

Más adelante el camino se angostaba.

Se bajaron del coche, se quitaron los tabi y caminaron unos cincuenta metros hasta la pensión. La nieve del camino, a medio derretir, formaba una capa fina y traicionera que les empapó los geta. Cuando Kashichi estaba a punto de llamar a la puerta, Kazue, que venía un poco más atrás, se acercó corriendo.

—Déjame llamar a mí. Yo despierto a la señora.

Parecía una niña disputándose un privilegio.

El viejo matrimonio se sorprendió. Se turbaron, pero en silencio.

Kashichi subió solo y deprisa al segundo piso, entró en la habitación donde había vivido el verano anterior y encendió la luz. Desde abajo le llegaba la voz de Kazue.

—Y es que, ¿sabe usted?, insistió e insistió en venir a visitarla. Los artistas son como niños, ¿verdad?

Parloteaba como si no se diera cuenta de que mentía. Volvió a decir lo de que en Tokio ya se usaba el kimono de primavera.

La señora subió en silencio al segundo piso y, mientras abría despacio los postigos de la ventana, dijo:

—Qué bueno que vinieron.

Afuera empezaba a clarear. La ladera blanca de la montaña apareció justo frente a ellos. Al asomarse al valle, en el fondo de la bruma matutina, se veía una línea negra: el río Tanigawa.

—Hace un frío espantoso —mintió: en realidad no le parecía tanto—. Me gustaría tomar sake.

—¿Está bien de salud?

—Sí, ya estoy perfectamente. Engordé, ¿no?

En eso llegó Kazue cargando un kotatsu[17] enorme.

—¡Uf, cómo pesa! Señora, le tomé prestado el del señor. Me dijo que me lo podía llevar. ¡Es que hace un frío insoportable!

No miraba a Kashichi; se la veía alborotada, extrañamente animada.

Cuando quedaron a solas, de pronto se puso seria.

—Estoy agotada. Voy a meterme al baño y después dormir un poco.

—¿Se podrá bajar a la terma al aire libre?

—Sí, parece que sí. Los señores van todos los días.

El dueño se calzó unos grandes zapatos de paja y fue abriendo camino pisoteando y compactando la nieve recién caída. Detrás iban Kashichi y Kazue. Bajaron hacia el río en la media luz del amanecer. Se desvistieron sobre la esterilla que había traído el dueño y se deslizaron juntos en el agua caliente. El cuerpo de Kazue era rechoncho. De ninguna manera parecía el de alguien que fuera a morir esa noche.

Cuando el dueño se marchó, Kashichi dijo:

—¿Por aquella zona será? —y señaló con la barbilla una ladera blanca por donde flotaba la niebla espesa de la madrugada.

—Pero con tanta nieve quizá no podamos subir, ¿no?

—Tal vez más abajo sea mejor. Hacia la estación de Minakami no había tanta nieve.

Hablaban del lugar donde morirían.

Al volver a la pensión, ya estaban tendidos los futones.[18] Kazue se metió en el suyo y se puso a leer la revista. A los pies de su futón había un kotatsu grande. Daba sensación de calor. Kashichi recogió su propio futón, lo apartó y se sentó con las piernas cruzadas frente a la mesa, arrimado al brasero, y empezó a beber. De acompañamiento tenía cangrejo en conserva y setas secas. También había manzanas.

—¿Y si lo aplazamos una noche más?

—Como quieras —contestó la esposa sin levantar la vista de la revista—. Pero a lo mejor no nos alcanza el dinero.

—¿Cuánto queda?

Al preguntar eso, Kashichi se sintió profundamente avergonzado.

«Apego. Qué asco. Lo más miserable del mundo. Esto no puede ser. Al fin y al cabo, ¿no será que si doy tantas vueltas es simplemente porque deseo el cuerpo de esta mujer?»

Kashichi estaba consternado.

«¿Acaso no quiero seguir viviendo con esta mujer? Las deudas, deudas vergonzosas además, ¿qué hago con ellas? La infamia, la fama de medio loco, ¿qué hago con eso? La enfermedad, esa enfermedad que nadie me cree, ¿qué hago? Y luego, mi familia.»

—Dime, al final te venció mi familia, ¿verdad? Me parece que sí.

Kazue contestó rápido, sin despegar los ojos de la revista:

—Pues sí, a fin de cuentas siempre fui la nuera que no querían.

—No, no es tan simple. Es verdad que tú también fallaste en algunas cosas.

—¡Ya basta! ¡Suficiente! —dijo, tirando la revista—. Solo sabes dar explicaciones, por eso le caes mal a la gente.

—Vaya. Así que no te gustaba. Disculpa —dijo Kashichi, hablando como un borracho.

«¿Por qué no siento celos? ¿Será que soy vanidoso? ¿Será que en el fondo creo que no tiene por qué odiarme? Ni siquiera siento ira. ¿Será porque ese hombre es demasiado insignificante? ¿O será que esta manera de sentir las cosas no es más que soberbia? Si es así, todo lo que he pensado está mal. Todo lo que he vivido hasta ahora está mal. En lugar de decirme «es comprensible» y quedarme tan tranquilo, ¿por qué no puedo simplemente odiar? Unos celos sinceros, ¿no serían algo humilde y hermoso? Una furia ciega y repetida, ¿no sería algo noble y honesto? Morir aplastado solo por ese golpe, solo porque tu mujer te traicionó, ¿no sería una tristeza pura? Pero yo, ¿qué soy? Apego, buenismo, cara de santo, moral, deudas, responsabilidad, gratitud, antítesis, deber histórico, familia… Ah, no puedo más.»

Kashichi quería tomar un garrote y reventarse la cabeza de un golpe.

—Voy a dormir un rato. Luego nos vamos. ¡Hay que hacerlo, hay que hacerlo!

Arrastró su futón con estrépito y se metió dentro.

Como estaba bastante borracho, logró dormirse. Cuando despertó, aturdido, era poco después del mediodía. La desolación era insoportable. Saltó de la cama y enseguida, quejándose del frío, pidió sake a los de abajo.

—Venga, a levantarse. Nos vamos.

Kazue dormía con la boca entreabierta. Abrió los ojos, atónita.

—¿Ya? ¿Es tan tarde?

—No, apenas un poco pasado el mediodía, pero yo ya no aguanto más.

No quería pensar en nada. Quería morir rápido.

Después todo fue deprisa. Hizo que Kazue dijera a los dueños que querían aprovechar para recorrer las termas de los alrededores, y salieron de la pensión. El cielo estaba despejado. Rechazaron el coche diciendo que preferían pasear y bajar la montaña admirando el paisaje. Caminaron un trecho y, al volver casualmente la vista atrás, la señora de la pensión venía corriendo muy rezagada.

—Oye, ahí viene la señora —dijo Kashichi, inquieto.

—Tome —dijo la señora, roja de vergüenza, entregándole a Kashichi un paquete envuelto en papel—. Es Mawata[19]. La preparamos nosotros en casa. No tenemos nada mejor que ofrecer.

—Gracias —dijo Kashichi.

—Pero, señora, no tenía por qué molestarse —dijo Kazue.

Los dos sintieron un alivio.

Kashichi echó a andar con paso ligero.

—Cuídense mucho —dijo la señora.

—Usted también, cuídese —decía Kazue desde atrás, sin terminar de despedirse.

Kashichi dio media vuelta.

—Señora, un apretón de manos.

Al sentir que le apretaban la mano con fuerza, la cara de la señora mostró azoramiento y algo que parecía miedo.[20]

—Está borracho —explicó Kazue desde al lado.

Lo estaba. Se despidió de la señora entre risas. A medida que bajaban la montaña, la nieve se iba adelgazando. Kashichi empezó a preguntarle a Kazue en voz baja: «¿Aquí? ¿Allá?». Kazue dijo que prefería un lugar más cercano a la estación de Minakami, que no fuera tan desolado. Poco después, el pueblo de Minakami se desplegó oscuro ante sus ojos.

—Ya no podemos demorarnos más —dijo Kashichi, fingiendo entusiasmo.

—Sí —asintió Kazue, seria.

Kashichi se internó deliberadamente despacio en un bosque de cedros a la izquierda del camino. Kazue lo siguió. Casi no había nieve. La hojarasca se amontonaba espesa y el suelo estaba húmedo y fangoso. Sin darle importancia, avanzaron. En las cuestas empinadas subieron a gatas. También morir requiere esfuerzo. Encontraron al fin un pequeño claro donde cabían los dos sentados. Le daba un poco de sol y había un manantial.

—Aquí —dijo. Estaba agotado.

Kazue extendió un pañuelo para sentarse y Kashichi se rio de ella. Kazue casi no hablaba. Fue sacando los somníferos uno a uno del envoltorio. Kashichi los tomó.

—De medicinas solo entiendo yo. A ver… Para ti con esto es suficiente.

—Es poco, ¿no? ¿Puedo morir solo con esto?

—Quien lo toma por primera vez, con eso muere. Yo, que los tomo continuamente, necesito diez veces más que tú. Si quedara vivo, sería una vergüenza.

Si quedara vivo, a la cárcel.

«Pero ¿no será que quiero que Kazue sobreviva para así consumar una venganza mezquina? Imposible, algo tan cursi, tan propio de novela popular…»

Solo de pensarlo le dio rabia. Tomó las pastillas, que le desbordaban de la palma de la mano, y las tragó de un golpe con agua del manantial. Kazue también las tragó, torpemente. Se besaron, se tendieron uno junto al otro.

—Bueno, aquí nos despedimos. Quien quede vivo, que viva con fuerza.

Kashichi sabía que solo con somníferos no es fácil morir. Con cuidado fue desplazando el cuerpo hasta el borde del precipicio, se desató la heko-obi[21], se la enrolló al cuello y ató el otro extremo al tronco de un árbol que parecía una morera. La idea era que, al dormirse, resbalaría por el borde y moriría estrangulado. Desde el principio había elegido este claro sobre el precipicio con esa intención. Se durmió. Tuvo una vaga conciencia de que resbalaba.

Frío. Abrió los ojos. Todo estaba oscuro. La luz de la luna se filtraba entre las ramas. «¿Dónde estoy?» De pronto comprendió.

«Sobreviví.»

Se llevó la mano al cuello. La faja seguía enredada. Tenía las caderas heladas. Había caído en un charco. Entonces lo entendió: no había caído en vertical hacia abajo, sino que su cuerpo había rodado de costado y había ido a parar a una hondonada junto al precipicio. Allí se acumulaba el agua que escurría del manantial. Desde la espalda hasta la cintura sentía un frío que le calaba hasta los huesos.

«Estoy vivo. No pude morir. Esto es un hecho solemne. Ahora no debo dejar que Kazue muera. Que esté viva, por favor, que esté viva.»

Tenía las extremidades entumecidas; ni siquiera podía levantarse con facilidad. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, se incorporó, desató la faja del tronco, se la quitó del cuello y, sentado con las piernas cruzadas en medio del charco, miró a su alrededor. Kazue no estaba.

Arrastrándose, se puso a buscarla. Al fondo del barranco divisó un bulto oscuro. Parecía un cachorro pequeño. Bajó gateando con cautela por la pendiente y, al acercarse, era Kazue. Le tocó una pierna: estaba fría.

«¿Murió?»

Le puso la palma de la mano sobre la boca para comprobar si respiraba. Nada.

«¡Idiota! ¡Se murió! ¡Qué egoísta!»

Una extraña furia se apoderó de él. Le agarró la muñeca con brusquedad y le buscó el pulso. Un latido débil, muy débil.

«¡Está viva! ¡Está viva!»

Le metió la mano en el pecho. Estaba tibia.

«¿Cómo? Qué tonta. Está viva. ¡Bien! ¡Muy bien!»

Le entró una ternura enorme. Con esa dosis, era imposible que muriera. Sintió cierta felicidad. Se tendió boca arriba al lado de Kazue y en ese instante volvió a perder el conocimiento.

La segunda vez que despertó, Kazue roncaba a su lado ruidosamente. Kashichi la escuchaba casi muerto de vergüenza.

«Qué mujer tan fuerte.»

—Oye, Kazue. Despierta. Sobrevivimos. Los dos sobrevivimos —dijo, sacudiéndola del hombro con una sonrisa amarga.

Kazue dormía profundamente, con aspecto de total comodidad. Los cedros de la montaña, en plena noche, se erguían tiesos y mudos en la oscuridad. Sobre las copas, puntiagudas como agujas, brillaba una luna fría a medio llenar. Sin saber por qué, a Kashichi le brotaron las lágrimas y empezó a sollozar.

«Sigo siendo un niño. ¿Por qué tiene que sufrir así un niño?»

De pronto Kazue se puso a gritar.

—¡Señora! ¡Me duele! ¡El pecho me duele!

Su voz parecía el sonido de una flauta. Kashichi se asustó. Si alguien que pasara por el camino al pie de la montaña escuchaba esos gritos, sería terrible.

—Kazue, esto no es la pensión. La señora no está aquí.

Pero ella no podía entender. Gritando «me duele, me duele», se retorció de dolor, y poco a poco su cuerpo fue rodando cuesta abajo. La pendiente era suave, pero Kashichi pensó que iba a rodar hasta el camino al pie de la montaña. También él, a duras penas, hizo rodar su propio cuerpo para seguirla. Un cedro detuvo a Kazue. Quedó enredada en el tronco.

—¡Señora, tengo frío! ¡Tráigame el kotatsu! —gritaba a voz en cuello.

Al acercarse y ver a Kazue a la luz de la luna, ya no tenía aspecto humano. El pelo se le había soltado y estaba lleno de hojas secas de cedro; se extendía revuelto y enorme, como la melena del espíritu de un león, como la cabellera de una yamauba[22].

«Tengo que reponerme. Al menos yo tengo que reponerme.»

Kashichi se puso de pie tambaleándose. Tomó a Kazue e intentó arrastrarla de vuelta hacia el interior del bosque. Cayendo de bruces, trepando, resbalando, aferrándose a raíces, arañando la tierra, poco a poco fue subiendo el cuerpo de Kazue hacia lo profundo del bosque. ¿Cuántas horas llevó aquel esfuerzo de insecto?

«Ah, estoy harto. Esta mujer me pesa demasiado. Es buena, pero me desborda. Soy un hombre que no puede con nada. ¿Tengo que sufrir así por ella toda la vida? No quiero. Ya no quiero. Me separo de ella. Hice todo lo que podía hacer.»

En ese momento tomó una decisión firme.

«Esta mujer no tiene remedio. Depende únicamente de mí, sin límite. Digan lo que digan, me separo de ella.»

Se acercaba el amanecer. El cielo empezaba a clarear. Kazue se había ido calmando poco a poco. La niebla matutina llenaba de bruma la arboleda.

«Hay que simplificarse. Hay que simplificarse. No me voy a reír de la expresión ‘ser hombre’ por ser demasiado obvia. El ser humano no tiene más remedio que vivir sin tantas vueltas.»

Kazue yacía a su lado. Mientras quitaba una a una, con paciencia, las hojas secas de cedro de su cabello, pensaba:

«Amo a esta mujer. La amo tanto que no sé qué hacer. Ahí empieza mi tormento. Pero ya basta. Voy a alejarme de ella amándola todavía. He ganado cierta fuerza para eso. Para seguir viviendo hay que sacrificar incluso el amor. ¿Qué tiene de raro? Todo el mundo vive así. Viviré como se vive normalmente. No hay otra manera. No soy un genio. No estoy loco.»

Kazue durmió a sus anchas hasta pasado el mediodía. Mientras tanto, Kashichi, tambaleándose, se quitó el kimono mojado y lo puso a secar; enterró las cajas vacías de los somníferos, buscó los geta de Kazue, le limpió el barro del kimono con el pañuelo, y realizó muchas otras tareas.

Kazue despertó. Kashichi le contó todo lo que había pasado la noche anterior.

—Lo siento, papá —dijo, e hizo una rápida reverencia.

Kashichi se rio.

Él ya podía caminar; ella, no. Se quedaron un rato sentados hablando de lo que harían. Aún les quedaban casi diez yenes. Kashichi insistió en volver juntos a Tokio, pero Kazue dijo que tenía el kimono demasiado sucio y que no podía subirse al tren así. Finalmente acordaron que Kazue volvería en coche a Tanigawa Onsen, le contaría una mentira torpe a la señora —que se había caído paseando por otra terma y se había ensuciado la ropa—, y se quedaría descansando en la pensión hasta que Kashichi regresara de Tokio con ropa limpia y dinero.

Cuando el kimono de Kashichi se secó, salió del bosque de cedros, bajó al pueblo de Minakami, compró galletas de arroz, caramelos y una gaseosa, volvió al monte y comieron. Kazue dio un trago de gaseosa y la vomitó.

Estuvieron juntos hasta que oscureció. Kazue, que por fin podía caminar, aunque con dificultad, salió con él a escondidas del bosque. Kashichi la subió a un coche con rumbo a Tanigawa y luego tomó el tren de vuelta a Tokio, solo.

Después, le contó todo al tío de Kazue y le pidió que se hiciera cargo. El tío, hombre de pocas palabras, dijo:

—Qué lástima.

Y de verdad parecía lamentarlo.

El tío fue a buscar a Kazue, la trajo y la acogió en su casa.

—Esa Kazue —contó, encogiendo los hombros y riéndose—. Por la noche ponía su futón entre el del matrimonio, como la hija de los dueños de la pensión, y dormía de lo más tranquila. Qué muchacha tan rara, ¿eh?

No dijo nada más.

El tío era buena persona. Aun después de que Kashichi se separó definitivamente de Kazue, seguía saliendo a beber sake con él como si nada. Aunque de vez en cuando, como si le viniera de pronto a la memoria, decía:

—También Kazue da pena, ¿no?

Y cada vez, a Kashichi le flaqueaba el ánimo y no sabía qué hacer.

FIN


[1] Ubasute: antigua costumbre japonesa, hoy considerada legendaria, según la cual los ancianos eran llevados a la montaña y abandonados allí. El título del cuento alude a este mito.

[2]Obi: cinto ancho con el que se sujeta el kimono a la cintura.

[3]Furoshiki: paño cuadrado de tela que se usa para envolver y transportar objetos.

[4]Kurume: ciudad de la isla de Kyushu, famosa por sus textiles de algodón a rayas (kasuri).

[5]Geta: calzado tradicional japonés de madera, elevado sobre dos listones.

[6]Haori: chaqueta corta que se lleva sobre el kimono.

[7]Mitsukoshi: una de las tiendas departamentales más antiguas y prestigiosas de Japón.

[8]Tabi: calcetines japoneses con separación entre el dedo gordo y los demás, usados con el calzado tradicional.

[9]Kōjō no tsuki («La luna sobre el castillo en ruinas»): célebre canción japonesa de tono melancólico, compuesta en 1901.

[10]Sushi: plato japonés de arroz avinagrado acompañado de pescado crudo u otros ingredientes.

[11]Sake: bebida alcohólica japonesa elaborada a partir de arroz fermentado.

[12]Tekka-maki: rollo de sushi relleno de atún crudo.

[13]Manzai: forma tradicional japonesa de comedia en pareja, basada en diálogos rápidos y absurdos.

[14] Minakami: localidad montañosa del norte de la prefectura de Gunma, famosa por sus aguas termales.

[15]En Japón, cuando una familia no tiene hijos varones, puede adoptar al yerno como hijo, quien toma el apellido de la familia de su esposa.

[16]Estación de Ueno: principal terminal ferroviaria de Tokio para los trenes con destino al norte de Japón.

[17]Kotatsu: mesa baja con un calefactor eléctrico o de carbón en la parte inferior, cubierta por un edredón grueso bajo el cual se meten las piernas para calentarse.

[18]Futón: colchón delgado que se extiende sobre el suelo para dormir y se recoge durante el día.

[19] Mawata: capa esponjosa elaborada con capullos de seda estirados, usada como relleno térmico en prendas y mantas.

[20]En la cultura japonesa, el apretón de manos no es un gesto habitual de saludo, por lo que la reacción de la señora refleja su sorpresa ante un contacto físico inesperado.

[21]Heko-obi: faja suave y ancha, generalmente de seda, que se usa como cinto informal del kimono.

[22] Yamauba: figura del folclore japonés, anciana sobrenatural que habita en las montañas, de aspecto salvaje y aterrador.

Osamu Dazai - Ubasute
  • Autor: Osamu Dazai
  • Título: Ubasute
  • Título Original: Ubasute (姥捨)
  • Publicado en: Shinchō, octubre de 1938
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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